28/2/20

Simic. El señor de las máscaras


Charles Simic. 
El señor de las máscaras. 
Traducción de Nieves García Prados. 
Valparaíso Ediciones. Granada, 2018.

Seguro que anda entre nosotros sin ser reconocido: 
algún barbero, empleado de tienda, repartidor, 
farmacéutico, peluquero, culturista, 
bailarín exótico, joyero, paseador de perros, 
el mendigo ciego cantando, Oh, Señor, acuérdate de mí, 

un decorador de escaparates enciende un falso fuego 
en una chimenea falsa mientras la madre y el padre observan 
desde el sofá con sus sonrisas congeladas 
mientras la calle se queda vacía y llega la hora 
de que el enterrador y el último camarero se vayan a casa. 

Oh, viejo vagabundo, de pie en un portal 
con tu cara medio cubierta, 
yo no ignoraría el gato negro que cruza la calle, 
ni a la bombilla moviéndose en un cable 
en el túnel del metro cuando el tren se detiene. 

De ese poema toma su título El señor de las máscaras, el libro que el poeta serbio-estadounidense Charles Simic (Belgrado, 1938) publicó en 2010 y que edita Valparaíso con traducción de Nieves García Prados.

Organizado en cinco secciones, es una muestra de la poesía directa, de línea clara, pero rica en matices en sugerencias y en connotaciones de la escritura de Simic, que evoca así el año de su nacimiento:

MIL NOVECIENTOS TREINTA Y OCHO

Fue el año en que los Nazis invadieron Viena, 
Supermán debutó en Action Comics. 
Stalin mataba a sus camaradas revolucionarios, 
abrieron la primera Dairy Queen en Kankakee, III, 
Mientras en la cuna yo me orinaba en los pañales. 

“Seguro que fuiste un precioso bebé”, cantaba Bing Crosby. 
Un piloto a quien los periódicos llamaron “El despistado Corrigan” 
despegó de Nueva York hacia California 
y aterrizó en Irlanda, mientras yo veía a mi madre 
sacarse el pecho de su bata azul y acercarse a mí. 

Ese septiembre hubo un huracán que hizo que un teatro 
en Westhampton Beach acabara en el mar. 
La gente temía que fuera el fin del mundo. 
Un pez que se creía extinguido desde hace más de setenta millones de años 
apareció en una red en la costa de Sudáfrica. 

Yo estaba tumbado en mi cuna mientras los días 
eran cada vez más cortos y fríos, 
y la primera gran nevada cayó de noche 
silenciando las cosas en mi habitación. 
Pienso que entonces me oí llorar por mucho, mucho tiempo. 

Exploración en la memoria y voluntad interrogativa, reflexión e imaginación se combinan en estos poemas que indagan en los secretos de la identidad, en la soledad y la incomunicación, en el enigma de lo cotidiano.

La simplicidad engañosa de su estilo narrativo y su tono conversacional persigue la movilización de los sentidos a través de imágenes visionarias y metáforas inesperadas que revelan su estirpe surrealista en el cruce de lo interior y lo exterior, de lo real y lo irreal que anticipa la cita inicial de Wallace Stevens: “Todo lo irreal puede ser real.”

Santos Domínguez