17/10/18

El cosmos arquetipal


Keiron Le Grice.
El cosmos arquetipal. 
Traducción de Antonio Rivas Gonzálvez.
Atalanta. Gerona, 2018.

Al contemplar la inmensidad del espacio presenciamos un misterio enorme e insondable. El cielo nocturno produce una sensación de ilimitada profundidad y extensión inconcebible, de intemporalidad e infinitud, de terror ante la oscuridad ignota así como el irresistible atractivo de lo que aún no hemos experimentado. Al mismo tiempo, pone de relieve el enigma de nuestro origen esencial y la promesa de nuestro futuro lejano. Sentimos que el universo es a la vez nuestra fuente y nuestra meta, nuestro principio y nuestro final. El contexto evolutivo de la vida misma: tal es el terreno donde tienen su origen todas las cosas. 

Ese es el punto de partida de El cosmos arquetipal, de Keiron Le Grice, que publica Atalanta en su colección Imaginatio Vera con traducción de Antonio Rivas Gonzálvez. 

Un libro que formula la propuesta de una nueva perspectiva cultural para integrar mitología y modernidad, analiza las funciones del mito y destaca la importancia del monomito del viaje del héroe.

Inspirado en la psicología analítica de Jung y en la metodología comparativa de Campbell, este proyecto que Keiron Le Grice desarrolló durante más de diez años se publicó en 2010 y se materializa en la propuesta múltiple de una nueva perspectiva mítica del mundo, de una nueva cosmología, de una nueva concepción de la ciencia y de una nueva conciencia integral del mundo y del hombre.

Se trata en definitiva de reivindicar una nueva conciencia del mundo y de uno mismo desde la cosmología arquetipal y desde una mitología individual que revele las claves que ordenan la visión cosmológica, la conciencia individual y la imaginación colectiva en un orden más profundo, asentado en la relación entre la ciencia y la espiritualidad, en los arquetipos universales del mito y en las estructuras psíquicas que los producen desde la unidad de psique y cosmos. 

Así lo resume Keiron Le Grice en su introducción, Fronteras paralelas: 

Este libro presenta un bosquejo de una nueva perspectiva mítica del mundo a través de una exploración de las bases teóricas de la astrología arquetipal y su aplicación a la mitología, la psicología y la espiritualidad contemporáneas. En particular, la visión de la realidad que presento en estas páginas se inspira en el trabajo de Carl Gustav Jung y Joseph Campbell en las áreas de la psicología analítica y la mitología comparativa, respectivamente. Ambos han sido extremadamente influyentes no sólo en sus esferas de conocimiento, sino también en muchas otras de la cultura popular occidental, sobre todo en las formas contemporáneas de la espiritualidad y la autoexploración psicológica. Asimismo han contribuido de manera importante a la asimilación del simbolismo esotérico y la sabiduría religiosa oriental en las visiones culturales e intelectuales de Occidente. Y han sido decisivos en la identificación de los temas universales de los mitos y religiones del mundo y de las estructuras psíquicas subyacentes en las que se originan. 

Santos Domínguez

15/10/18

García Márquez. El escándalo del siglo



Gabriel García Márquez.
El escándalo del siglo.
Prólogo de Jon Lee Anderson.
Edición de Cristóbal Pera.
Literatura Random House. Barcelona, 2018.

Otras veces había experimentado el mismo sobresalto cuando se sentaba a oír la lluvia. Sentía crujir la verja de hierro; sentía pasos de hombre en el sendero enladrillado y ruido de botas raspadas en el piso, frente al umbral. Durante muchas noches aguardó a que el hombre llamara a la puerta. Pero después, cuando aprendió a descifrar los innumerables ruidos de la lluvia, pensó que el visitante imaginario no pasaría nunca del umbral y se acostumbró a no esperarlo. 

Así comienza Un hombre viene bajo la lluvia, que forma parte de la antología de cincuenta textos de García Márquez para prensa diaria y revistas entre 1950 y 1984, que publica Literatura Random House con prólogo de Jon Lee Anderson y selección de Cristóbal Pera.

El pulso narrativo que se aprecia en ese comienzo es una constante de toda la obra periodística de García Márquez, está presente ya en el primer artículo de esta antología, el espléndido El barbero presidencial, que apareció en El Heraldo de Barranquilla el 16 de marzo de 1950 y recorre las páginas de esta antología que toma su título de El escándalo del siglo, un largo reportaje que García Márquez envió desde Roma y publicó en El Espectador de Bogotá en septiembre de 1955 en trece entregas con el subtítulo Muerta, Wilma Montessi pasea por el mundo. 

Como el mejor oficio del mundo definió García Márquez el oficio del periodista, al que siempre vio ligada su obra narrativa. “Mis libros son libros de periodista”, decía, y es que en gran medida su obra explora y recorre los caminos de ida y vuelta que comunican el periodismo y la narrativa. 

Porque en el periodismo encontró García Márquez no sólo un medio de vida, sino una escuela de estilo, como señaló Jacques Gilard editor de su obra periodística en cinco voluminosos tomo. En la escritura de artículos, crónicas o reportajes de prensa aprendió algunas de las claves de su narrativa a lo largo de una trayectoria desde el narrador incipiente hasta el consagrado que repasa Jon Lee Anderson en el prólogo, donde afirma que “Gabo fue periodista; el periodismo fue en cierto modo su primer amor, y, como todos los primeros amores, el más duradero.”

Sobre la gran variedad de temas aportados por la realidad se proyecta siempre la mirada narrativa y el gusto por contar bien de García Márquez en los distintos formatos periodísticos: 

“Entre los textos se encuentran notas de prensa, columnas, comentarios, crónicas, reportajes, artículos de opinión y perfiles. El lector encontrará también algunos textos literarios publicados paralelamente en prensa o en revistas literarias”, explica en la nota previa Cristóbal Pera, responsable de la edición y de la selección de los textos, que añade que “el criterio de la selección ha sido personal y trata de sortear cualquier categorización académica, estilística o histórica. Como lector y editor de García Márquez, he escogido textos donde aparece latente esa atención narrativa entre periodismo y literatura, donde las costuras de la realidad se estiran por su incontenible impulso narrativo, ofreciendo a los lectores la posibilidad de disfrutar una vez más del contador de historias que fue García Márquez.”

Coetáneas de sus cuentos y sus novelas, en estas páginas ágiles de prosa limpia y exacta -páginas que no desmerecen del resto de la obra de García Márquez- se pueden encontrar algunos de sus temas, de sus tonalidades y de sus enfoques narrativos característicos y a veces la semilla de algunos de sus relatos.

Y así, junto a las crónicas y reportajes que escribió entre 1955 y 1960, cuando trabajaba como corresponsal en Europa, aparecen textos literarios como La casa de los Buendía (Apuntes para una novela), que publicó en junio de 1954 y que es la prehistoria de Cien años de soledad, y otros en los que predomina el enfoque narrativo, como El asesino de los corazones solitarios, La muerte es una dama impuntual o La extraña idolatría de La Sierpe, un reportaje que es también en gran medida un relato en el que aparece prefigurado el personaje de la Mamá Grande.

Pero no están aquí sólo los textos que muestran al escritor en ciernes. A partir de los años sesenta esos artículos conviven con la narrativa del escritor de libros que, en julio de 1966, mientras trabajaba en Cien años de soledad, que aparecería el año siguiente, publicaba en El Espectador de Bogotá el artículo Desventuras de un escritor de libros, que comenzaba y terminaba con estos dos párrafos que reivindicaban la vocación suicida de la escritura:

Escribir libros es un oficio suicida. Ninguno exige tanto tiempo, tanto trabajo, tanta consagración en relación con sus beneficios inmediatos. No creo que sean muchos los lectores que al terminar la lectura de un libro se pregunten cuántas horas de angustias y de calamidades domésticas le han costado al autor esas doscientas páginas y cuánto ha recibido por su trabajo. Para terminar pronto, conviene decir a quien no lo sepa que el escritor se gana solamente el diez por ciento de lo que el comprador paga por el libro en la librería. De modo que el lector que compró un libro de veinte pesos sólo contribuyó con dos pesos a la subsistencia del escritor. El resto se lo llevaron los editores, que corrieron el riesgo de imprimirlo, y luego los distribuidores y los libreros. Esto parecerá todavía más injusto cuando se piense que los mejores escritores son los que suelen escribir menos y fumar más, y es por tanto normal que necesiten por lo menos dos años y veintinueve mil doscientos cigarrillos para escribir un libro de doscientas páginas. Lo que quiere decir en buena aritmética que nada más en lo que se fuman se gastan una suma superior a la que van a recibir por el libro. Por algo me decía un amigo escritor: «Todos los editores, distribuidores y libreros son ricos y todos los escritores somos pobres»
(...)
Después de esta triste revisión, resulta elemental preguntarse por qué escribimos los escritores. La respuesta, por fuerza, es tanto más melodramática cuanto más sincera. Se es escritor simplemente como se es judío o se es negro. El éxito es alentador, el favor de los lectores es estimulante, pero éstas son ganancias suplementarias, porque un buen escritor seguirá escribiendo de todas maneras aun con los zapatos rotos, y aunque sus libros no se vendan. Es una especie de deformación que explica muy bien la barbaridad social de que tantos hombres y mujeres se hayan suicidado de hambre, por hacer algo que al fin y al cabo, y hablando completamente en serio, no sirve para nada.

Convertido en uno de los novelistas fundamentales de la segunda mitad del siglo pasado, siguió escribiendo y publicando artículos como Mi Hemingway personal  (El País, 29 de julio de 1981), en el que evoca el día lluvioso de primavera en que se cruzó con Hemingway en París: 

Lo reconocí de pronto, paseando con su esposa, Mary Welsh, por el bulevar de Saint-Michel, en París, un día de la lluviosa primavera de 1957. Caminaba por la acera opuesta en dirección del jardín de Luxemburgo, y llevaba unos pantalones de vaquero muy usados, una camisa de cuadros escoceses y una gorra de pelotero. Lo único que no parecía suyo eran los lentes de armadura metálica, redondos y minúsculos, que le daban un aire de abuelo prematuro. Había cumplido 59 años, y era enorme y demasiado visible, pero no daba la impresión de fortaleza brutal que sin duda él hubiera deseado, porque tenía las caderas estrechas y las piernas un poco escuálidas sobre sus bastos. Parecía tan vivo entre los puestos de libros usados y el torrente juvenil de la Sorbona que era imposible imaginarse que le faltaban apenas cuatro años para morir.
Por una fracción de segundo –como me ha ocurrido siempre– me encontré dividido entre mis dos oficios rivales. No sabía si hacerle una entrevista de prensa o sólo atravesar la avenida para expresarle mi admiración sin reservas. Para ambos propósitos, sin embargo, había el mismo inconveniente grande: yo hablaba desde entonces el mismo inglés rudimentario que seguí hablando siempre, y no estaba muy seguro de su español de torero. De modo que no hice ninguna de las dos cosas que hubieran podido estropear aquel instante, sino que me puse las manos en bocina, como Tarzán en la selva, y grité de una acera a la otra: «Maeeeestro». Ernest Hemingway comprendió que no podía haber otro maestro entre la muchedumbre de estudiantes, y se volvió con la mano en alto, y me gritó en castellano con una voz un tanto pueril: «Adióóóós, amigo». Fue la única vez que lo vi.

Santos Domínguez

12/10/18

Bruno Montané. Poesía reunida

Bruno Montané Krebs.
El futuro.
Poesía reunida (1979-2016).
Prólogo de Ignacio Echevarría.
Candaya. Barcelona, 2018.

A la escritura no le preocupa el discurso 
ni tampoco el correcto pulso de la redacción, 
lo que ella quiere es dejar de ser una palabra 
que esconda sus nervios, lo que ella desea 
es ser un poema, un rayo, un trueno 
en el oído interior del discurso. 
Como sabemos, el poema no se redacta, 
el poema solo quiere aprender a respirar.

Así termina Aprendizaje y respiración, uno de los mejores poemas de El futuro, el libro inédito que da título a la recopilación de la poesía del chileno Bruno Montané (Valparaíso, 1957) que publica Candaya en su colección de poesía con un prólogo de Javier Echevarría.

Esos versos podrían resumir el núcleo de una poesía en la que la búsqueda del sentido del mundo se une a la búsqueda del sentido de la propia creación, de manera que la conciencia existencial se sustancia en conciencia del lenguaje y en la escritura como la verdadera noción de lugar.

Entre El maletín de Stevenson y el libro inédito que da título al volumen se recogen en esta espléndida edición de la poesía reunida de Montané casi cuarenta años de escritura poética y cuatro libros -los otros dos son El cielo de los topos y Mapas de bolsillo- de un autor poco conocido en España.

Poeta de culto y casi secreto, Bruno Montané fue uno de los fundadores en México en1975 del movimiento infrarrealista con Roberto Bolaño, que lo convirtió en uno de los personajes fundamentales (Felipe Müller) de Los detectives salvajes.

Desde las intuiciones y revelaciones que sustentan la poesía de la sugerencia de El maletín de Stevenson a la reflexión sobre la escritura de El futuro, pasando por el poder de las imágenes como vehículo de conocimiento y comunicación con la realidad en El cielo de los topos y la poesía figurativa de Mapas de bolsillo, donde el sueño y el asombro son instrumentos para aprehender el sentido del mundo, esta recopilación de la totalidad de su obra poética muestra la contención poética minimalista de quien funda su escritura en los abismos existenciales pero encuentra un parapeto en el amor, en el paisaje o en el poder revelador del lenguaje ante el vacío, como en Escrito 4:

Nosotros, los que no sabemos de la locura 
sino su parte de leyenda, su fulgor 
extraño pero casi cómodo, nosotros 
los que aquí estamos y opinamos 
desde este lado del espejo, nosotros 
los del sueño y el proyecto infalible, 
somos los hundidos en la nada. 

Somos el surgimiento, somos 
los pies que se cimbran en el cálido vacío, 
el vacío que tiembla al otro lado del espejo.

Con una precisión alejada de cualquier tentación de gestualidad, la aparente sencillez expresiva de estos textos esconde una honda reflexión sobre la poesía como método de conocimiento y como búsqueda de la revelación de la realidad desde una radical conciencia del lenguaje, como en Más silencio:

Necesitamos más silencio, 
un verdadero silencio, un soplo mudo 
en la serena intensidad de las horas que, 
una tras otra, se disponen frente a la inteligencia 
y compasión del manipulado abismo. 
Silencio ante los comerciales primeros planos, 
silencio ante el programa del mito; 
silencio, tres veces, ante la máquina del poema 
que se prodiga expulsada del silencioso lógos; 
mientras seguimos el rumor de la mano 
que cava un agujero de luz 
en el centro del sentido.

Santos Domínguez

10/10/18

Lord Byron. Diarios


Lord Byron.
Diarios.
Traducción, introducción y notas
de Lorenzo Luengo.
Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2018.

“Las cartas y los diarios nos ofrecen un documento de primera mano para conocer a Byron desde el otro lado de sus versos, ese Byron introspectivo y solitario al que casi oímos morderse las uñas en las reuniones de sociedad («y de esta forma medio Londres pasa lo que llamamos vida. Mañana es la fiesta en casa de Lady Heathcote—¿iré?», se pregunta, para replicar de inmediato: «sí—para castigarme por no tener ninguna ocupación»), o mientras aguarda una revolución que nunca llega, pero sobre todo a ese Byron de mirada lúcida —y lúdica— que busca en los relieves de la realidad un motivo para la carcajada”, escribe Lorenzo Luengo en la magnífica introducción que abre su traducción de los Diarios de Lord Byron en la edición anotada que publica Galaxia Gutenberg.

Una edición que reúne el Diario de Londres, impulsado por la melancolía que le dejó el final de una agitada sucesión de episodios amorosos; el breve Diario alpino, un cuaderno de viaje por los Alpes suizos en 1816, el año sin verano; el Diario de Rávena, a donde llegó desde Venecia siguiendo a la joven Teresa Guiccioli; el efímero cuaderno Mi diccionario, que escribió en Pisa; los 121 fragmentos de reflexiones y recuerdos de los Pensamientos aislados y el Diario de Cefalonia, que escribió durante su aventura griega para luchar contra los turcos por la independencia.

Un conjunto que refleja a lo largo de poco más de diez años -entre el 14 de abril de 1813 y el 15 de febrero de 1824- la imagen humana de un Byron cercano e introspectivo, muy alejado de la imagen superficial y pintoresca del dandi disfrazado de su propia leyenda poética de donjuán arrasador.

El Byron de los Diarios es más trivial, más espontáneo y proclive a la confidencia -“Si deseara ser algo..., ni yo sé lo que deseo”-, un Byron contemplativo y a veces reflexivo que anota la intrahistoria de los procesos creativos de algunos de sus textos, escribe sobre sus lecturas, su pereza o sus dolores de cabeza y habla sobre las obras de teatro que presencia o sobre las visitas que hace o recibe, comenta la situación política de Europa, se queja de las inclemencias del clima o deja una nota para recordar que al día siguiente debe comprar un regalo para alguien.

Pero es también un Byron lúcido, cínico y divertido que en la primera anotación del Diario de Londres escribe: “No sé de nadie al que haya mejorado el matrimonio. Todos los emparejados de mi tiempo son calvos e infelices. Wordsworth y Southey se han quedado sin pelo y sin humor, y mira que Southey tenía en cantidad. Pero lo de menos es qué se desprende de las sienes de un hombre en tal estado.” O el que el 5 de enero de 1821 en el Diario de Rávena confiesa sonriente: “Me iré a la cama, pues me doy cuenta de que me estoy volviendo un cínico.”

En su estudio introductorio explica Lorenzo Luengo que “en todos sus escritos de naturaleza confesional, desde las cartas y los diarios hasta los breves (y en muchos casos divertidísimos) pasajes de sus memorias que han llegado hasta nosotros, encontramos a ese Hamlet en el camerino, que ‘desviste ante nuestros ojos su portentosa mente’ y ahonda en sus misterios inspirado por un desasosiego que, ya que no otra cosa, al menos le permite comprobar que hay algo en el que es ‘más que la apariencia’: ese Byron que purga su alma o la vuelca sin miramientos sobre la página en blanco no es ya el corsario, ni el peregrino sentimental, sino un hombre en su más inmediata desnudez, que puede permitirse incluso ser ‘un necio que duda’, aunque sin envidiarle a nadie ‘la confianza en una autoacreditada sabiduría’.”

Ese Byron inseguro que tiende a la melancolía y propenso al aburrimiento -“es parte de mi naturaleza”- escribía el 15 de febrero de 1824 en la última entrada de su Diario de Cefalonia:

“Recientemente me he visto agitado, no sin violencia, por más de una pasión, y bastante ocupado tanto en lo político como en lo privado, y en medio de conflictos partidistas, políticos y (en lo que respecta a los asuntos públicos) factuales; también me he visto sumido en un estado de ansiedad por cosas que únicamente tienen que ver con mis sentimientos más íntimos, y quizá no siempre me he conducido con la moderación que, a grandes rasgos, puedo decir que solía mostrar. Desconozco si alguna de tales cosas o todas ellas pueden haber actuado sobre la mente o el cuerpo de alguien que ya ha pasado por muchos cambios previos de lugar y pasión durante una vida de treinta y seis años.” 

Acababa de sufrir un aparatoso ataque convulsivo que los médicos no pudieron dictaminar si era “epiléptico, paralítico o apoplético”, pero que le había sumido en un estado de enorme debilidad. Ya no volvería a anotar nada en su diario y dos meses después, el 19 de abril, murió después de pronunciar las que fueron sus últimas palabras: “Ahora quiero dormir.”

Había cumplido años por última vez el 22 de enero, el día que escribió en Missolonghi un poema titulado En este día cumplo treinta y seis años, una despedida que termina con estas dos estrofas:

Si reniegas de la juventud, ¿ para qué vives?
La tierra de la muerte honorable
está aquí. Salta al campo de batalla
y rinde tu aliento.

Busca -a menudo menos buscada que hallada-
la tumba del soldado la mejor para ti;
luego mira alrededor y elige el sitio,
y toma tu descanso.
Santos Domínguez

8/10/18

Los papeles de J. C.




Moisés Pascual Pozas.
Los papeles de J. C.
Izana Editores. Madrid, 2018.

En las tardes asediadas por el tedio, abro el cuaderno y me busco en los renglones que la pluma traza, pero mentirosa es la memoria más veraz, añagaza necesaria en este ciego y corto vuelo que llamamos vida, nosotros, cucarachas en las alcantarillas del tiempo. Como el linaje de las hojas, así es el de los hombres. El viento las esparce por el suelo, pero de nuevo brotan del árbol revivido cuando llega la estación florida. Así, mientras una generación de hombres muere, otra nace. ¿Qué grano brotará de simiente tan falsaria y olvidadiza: amor, odio, indiferencia, alegría, pesadumbre o hastío? ¿Qué sentido tiene un existir anclado en un movimiento uniforme donde solo se escucha el tic-tac de los relojes que otros dieron cuerda? En el espejo de los olvidos y recuerdos busqué mi rostro, pero no lo encontré en esta tenebrosa procesión de máscaras insomnes.

Con esa potente calidad de prosa comienza Los papeles de J.C., la última novela de Moisés Pascual Pozas, que culmina con ella una larga y reconocida trayectoria narrativa iniciada en 1980 con Los descendientes del musgo y consolidada con títulos como Las voces de Candama o Espejos de humo.

La más arriesgada también, pese a la raigambre cervantina de su trama compleja, articulada en torno a dos personajes que responden a las siglas J. C.: el difunto y marginal Julián Cameno y el depositario de sus cuadernos, el periodista Julio Carmona, empeñado en la ordenación de los escritos confusos y laberínticos del primer J. C.

Unos papeles que permiten la reconstrucción de aquella vida ajena llena de lagunas que debe atravesar la fabulación, en una búsqueda del otro que acaba convirtiéndose como contrapunto en una autobiografía, en una búsqueda de sí mismo.

Ambientada en medio de un páramo que tiene más de espacio narrativo y territorio metafórico que de paisaje real, delimitado entre Armenta, el límite pedregoso de los pueblos muertos  y la Alhuma de sepulcros de Espejos de humo, quizá su mejor novela, en Los papeles de J. C. se cruzan la vida y la literatura, la realidad y la ficción, lo sucedido y lo imaginado para completar el viaje interior de dos autores en busca de su propia identidad problemática y de su propio personaje opaco.

Con una estructura compleja de cajas chinas en la que se confunden deliberadamente las diversas voces narrativas, memoria e invención se conjugan en una arquitectura narrativa sobre la que descansa la vertebración de vidas y peripecias de esta novela exigente y brillante que publica Izana  Editores con menos pulcritud de la que merece una obra de esta calidad.

Santos Domínguez

5/10/18

Aquilino Duque. La palabra secreta


Aquilino Duque. 
La palabra secreta. 
[Antología 1958-2018]
Edición de Juan Lamillar.
Renacimiento. Sevilla, 2018.


La verdad de la patria está en el oro 
en que cambia lo verde con el sol del otoño. 
También el sol pone amarillos 
en las estanterías los lomos de los libros. 
Los libros y los árboles, y el otoño entre ellos, 
la lluvia en los cristales, la lumbre en el brasero…

Así comienza Mis poderes, un poema de Las nieves del tiempo, de Aquilino Duque. Forma parte del centenar de textos de la antología que ha preparado Juan Lamillar par la Editorial Renacimiento.

Bajo el título La palabra secreta se recogen en este volumen sesenta años de escritura del autor de una “poesía con nombres”, como señala Juan Lamillar en el prólogo de esta edición que añade tres inéditos a las muestras de sus ocho libros, desde La calle de la luna y El campo de la verdad, los dos de 1958, hasta Entreluces, de 2009.

Entre lo andaluz y lo universal, porque “tienen los andaluces por patria el Universo”, como escribió en La sed; entre lo urbano y lo rural, lo culto y lo popular, la poesía meditativa de Aquilino Duque es un ejercicio de memoria y de búsqueda de “esa palabra secreta que encierra la magia del mundo”, explica Juan Lamillar en el prólogo.

Con la gracia alada del arte menor o la solemnidad del endecasílabo y el alejandrino, recorren esta poesía la música y las ciudades -de Nápoles a Sevilla, de Roma a Lisboa, de Viena a Buenos Aires-, el tiempo y los poetas -Cernuda y Machado, Bécquer y Claudio Rodríguez, Alberti y Garcilaso, Keats y Leopardi-, la pintura y la tauromaquia, de Juan Belmonte a Pepe Luis Vázquez, al que dedica el inédito que cierra el libro:

Pepe Luis Vázquez in memoriam 
"Jeder Engel ist schrecklich" 
R. M. R. 
“Ya sólo veo por dentro”, le decía a un amigo, 
en la penumbra azul de los últimos años 
de una vida de luces. 
Las del traje tenían que apagarse. 
Las de la inteligencia ardieron siempre. 
Y él fue reloj de sol que tan sólo contaba 
las horas luminosas, y eso era 
lo que veía por dentro cuando ya no veía; 
pero nunca olvidó que un ángel puede a veces 
de un aletazo ensombrecerlo todo. 
De ángeles él sabía más que nadie, 
tanto como el que más, y así se andaba 
con aquel que decía que todo ángel da miedo, 
que aterra, y más si monta guardia 
en la puerta del patio de cuadrillas. 

Dios reparte a voleo 
las luces entre los mortales. 

Las que a él le tocaron fueron maravillosas. 
Los que las vimos las seguimos viendo 
igual que él, por dentro, con los ojos cerrados. 

Santos Domínguez

3/10/18

Marcelino. Muerte y vida de un payaso



Víctor Casanova Abós.
 Marcelino. 
Muerte y vida de un payaso.
Pregunta ediciones. Zaragoza, 2018.

Los vecinos declararon haber oído un ruido en la noche, pero no le dieron más importancia. Su cuerpo fue llevado a la funeraria Frank E. Campbell donde Ada Holt, su viuda, reconoció el cadáver. Ada comentó a la prensa que, aunque se habían separado en 1925, mantenían una buena relación, solían cenar juntos los domingos. «El mundo olvida pronto», declaró a Los Angeles Times. Ella lo veía abatido por la pérdida de la fama. No tenía dinero: el lunes de la semana que murió pensaba firmar un contrato con un conocido empresario teatral llamado Roxy que al nal no se materializó. Wieder dijo de él a la prensa que era un hombre callado, que no recibía llamadas de teléfono ni correo, que ni sonreía ni se quejaba.
La última victoria de Marcelino tuvo lugar el día siguiente, cuando The New York Times publicó la noticia en portada: «Marceline, payaso, se quita la vida de un disparo». Un escalofrío recorrió a muchos de los niños, ya mayores, a los que había hecho reír. No lo habían olvidado. 

Con esos párrafos evoca Víctor Casanova el suicidio del payaso Marceline en un hotel modesto de Manhattan el 5 de noviembre de 1927 en el capítulo que abre su Marcelino. Muerte y vida de un payaso

Escrito con una técnica contrapuntística en la que se alternan la figura del biógrafo y el biografiado, este libro es un documentado recorrido que reconstruye la muerte y la vida del personaje y de la persona de Marcelino Orbés (Jaca, 1873- Nueva York, 1927), pero es también el relato vibrante de esa búsqueda por parte del autor desde Nueva York.

Espléndidamente editado y apoyado en un abundante material gráfico, es también una reflexión sobre el triunfo y el fracaso a través de una estrella fugaz que obtuvo un enorme éxito en el Hippodrome de Nueva York, el teatro-circo más grande del mundo con más de cinco mil localidades, perdió el favor del público, inspiró a Chaplin para perfilar la figura del payaso fracasado de Candilejas y murió con seis dólares en el bolsillo. Desde entonces yace en una tumba sin nombre en el cementerio de Kensico donde estuvo también enterrado Fernando de los Ríos.

Encarnó la figura del payaso torpe y vulnerable que no hablaba y sólo se expresaba con silbidos. Chaplin, Buster Keaton y Cary Grant reconocieron su importancia del personaje que fue ídolo de los niños en Nueva York y acabó sobrepasado por la época del cine mudo.

En la construcción de su relato Víctor Casanova empieza por el final del suicida y en ese contrapunto con que estructura los capítulos del libro se remite también  al comienzo de su búsqueda y a los orígenes humildes del personaje, a su salida de niño con los Martini, una familia de acróbatas que actuaba a finales del siglo XIX en el Circo Ecuestre de Barcelona. Se sucedieron luego las giras por Ámsterdam, Manchester, Glasgow y Londres hasta su máximo esplendor en Nueva York, antes de la decadencia de sus actuaciones por distintas ciudades de Estados Unidos, de su sonado fracaso en La Habana y de una supervivencia dura y orgullosa.

Pero más allá de su trayectoria artística, más allá de las luces del éxito y de las sombras del fracaso del personaje público, Casanova indaga también en las circunstancias de la persona que se esconde detrás de la máscara y del maquillaje: su desarraigo y sus problemas matrimoniales, sus reveses económicos y su crueldad privada o sus negocios fracasados.

Un panorama con más sombras que luces que se cerró la madrugada en que decidió desaparecer de verdad, no como hacía su amigo, el ilusionista Houdini:

En su última noche, puso sobre una maleta las fotografías de toda una vida. Ahí estaban Los Martini, Ventura era el primero que le había enseñado a dar volteretas y a erguirse sobre los hombros de uno de sus compañeros. Por su cabeza pasaron Teddy Huxter y Alice, hacía tiempo que les había perdido la pista, y quizá pensara en el pequeño Sid. Posiblemente, y quién sabe si con remordimiento, pensó en Louisa, que había sido su compañera durante casi una década, y en Ada, el último amor, a la que había seguido viendo semanalmente. Debió de acordarse de Slivers y su final, y de los otros compañeros (Alfredo, Van Cleve) con los que había compartido noches de aplausos y música. Pensó en los niños para los que había actuado. Muchos eran ya padres y traían a sus hijos a verlo, al menos cuando estaba en el Hippodrome. Ahora hacía tiempo que no había sentido ese cariño y ese calor. El mundo parecía haberle olvidado.
Tomó aire, se armó de valor y bajó el telón. 

Santos Domínguez

1/10/18

Prender con keroseno el pasado



José Manuel García Gil.
Prender con keroseno el pasado.
Una biografía de Carlos Edmundo de Ory.
Premio Antonio Domínguez Ortiz de Biografías 2018.
Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2018.

“La historia de la vida de Ory está transmutada en su obra. Ambas no pueden ni deben explicarse por separado, sino que constituyen la raíz de un mismo árbol definitorio de su personalidad y estilo/…/ Precisamente, este libro aspira a poner en escena un diálogo entre esa literatura y aquellos momentos de la vida que le dieron sentido” escribe José Manuel García Gil en Prender con keroseno el pasado, la espléndida biografía de Carlos Edmundo de Ory con la que obtuvo el Premio Antonio Domínguez Ortiz de Biografías 2018 que publica en una cuidada edición ilustrada la Fundación José Manuel Lara. 

Este volumen es el resultado de un trabajo minucioso que en casi seiscientas páginas aborda con rigor y conocimiento la vida y la obra de un escritor irrepetible cuya riqueza intentan delimitar los muchos adjetivos que se le han aplicado: “Incorregible, vulnerable, genial, sabio, mefistofélico, mago, payaso, raro, maldito, marginado, despendolado, jocundo, extravagante, díscolo, original, anárquico, alógico, diletante, visionario… y loco. Ory es quizá uno de los poetas más adjetivados de nuestra literatura. Tuvo y aún  retiene dimensión suficiente como para absorber cualquier aporte definitorio.”

Organizada en siete capítulos que toman como referencia los espacios y los tiempos para proponer un recorrido por la biografía y la escritura de Carlos Edmundo de Ory, su estructura geográfica y temporal responde -en palabras del biógrafo-, al diseño de “una cartografía  selectiva”, porque “el Ory que se desplaza asume en cada lugar un papel distinto, es alguien con facetas ocultas y nuevas.”

La infancia y adolescencia en Cádiz, los años formativos en los que se fue perfilando su personalísimo universo imaginativo, sus inicios literarios, la amistad con Eduardo Chicharro en Madrid y la propuesta del postismo como juego, el viaje París-Lima- París, las dificultades económicas y personales, la postergación literaria, su evolución ideológica y política desde mayo del 68, sus años en Amiens y el reconocimiento de su obra a partir de la antología que publicó Félix Grande en 1970, el Taller de Poesía Abierta y su instalación definitiva en Thézy-Glimont, los homenajes en sus últimos años, la enfermedad y la muerte son algunos de los puntos marcados en esta biografía itinerante construida con una documentación rigurosa en torno a su correspondencia y su diario, porque Ory fue un “obsesivo observador, intérprete y biógrafo de sí mismo”, aunque hay en su biografía zonas de sombra a las que solo puede acceder la especulación interpretativa del biógrafo, que ha manejado también informaciones orales de quienes lo conocieron de cerca.

Las vidas múltiples de Carlos Edmundo de Ory transcurrieron por decisión propia en los márgenes, entre amistades -Eduardo Chicharro, Cirlot, Félix Grande, Fernando Quiñones o Bolaño- y desencuentros varios como el que tuvo con Vicente Aleixandre.

Heterodoxo y vitalista, Ory es autor de una literatura en la que conviven la creatividad y el juego, la ingenuidad y la ira, la tristeza y la alegría, el amor y la muerte, pero “si tuviera que elegir una palabra para hablar de su vida a grandes rasgos -señala García Gil-, yo mencionaría la palabra exclusión. Ory fue un excluido. Y antes que nada fue un autoexcluido. En parte, de su propia vida, de su tiempo, de la sociedad, de su familia, de la poesía. Y también un excéntrico, alguien que está fuera del centro o tiene un centro diferente.”

Para sacar su figura y su escritura de ese aislamiento -más buscado que impuesto, pero en todo caso real- surge esta biografía, necesaria y rigurosa, que sale en busca de lectores que lo rescaten del olvido. Porque, además de una reivindicación de la figura de Carlos Edmundo de Ory, esta obra es una invitación a leer la obra renovadora y siempre joven del creador de Los aerolitos -de uno de ellos toma su título esta biografía-, de los ensayos de Iconografía y estelas, de libros de poesía como Técnica y llanto, recogido con sus libros posteriores en la amplia antología final Música de lobo (1941-2001), que publicó Galaxia Gutenberg hace ahora quince años.

Santos Domínguez


28/9/18

Antología de Aldana


Francisco de Aldana.
El ímpetu cruel de mi destino.
Edición de Enrique Baltanás.
Renacimiento. Sevilla, 2018.


Yo soy un hombre desvalido y solo, 
expuesto al duro hado cual marchita 
hoja al rigor del descortés Eolo; 

mi vida temporal anda precita 
dentro el infierno del común trafago 
que siempre añade un mal y un bien nos quita. 

Oficio militar profeso y hago, 
baja condenación de mi ventura 
que al alma dos infiernos da por pago. 

Los huesos y la sangre que natura 
me dio para vivir, no poca parte 
dellos y della he dado a la locura, 

mientras el pecho al desenvuelto Marte 
tan libre di que sin mi daño puede, 
hablando la verdad, ser muda el arte. 

Son cinco de los ciento cincuenta tercetos encadenados que componen la Carta a Arias Montano, que Francisco de Aldana fechó en el serventesio final: "de Madrid, a los siete de setiembre, / mil y quinientos y setenta y siete." 

Ese texto, su cima poética, es un “gran poema místico sobre la contemplación de Dios, donde enuncia su propósito de buscar un lugar donde retirarse del mundo", como explica Enrique Baltanás en el prólogo de El ímpetu cruel de mi destino, la antología de Aldana que ha preparado para la editorial Renacimiento. 

Ese poema horaciano y neoplatónico, una de las cumbres de la poesía española del Siglo de Oro, es -añade Baltanás- “un poema complejo, muy rico de elementos autobiográficos paisajísticos, teológicos y aun filosóficos. "

Organizada en cuatro apartados temáticos -Del amor, De la vida militar, Desengaños y Juicio-, esta antología recoge una muestra representativa de la poesía de aquel capitán poeta al que elogiaron Cervantes -que lo llamó ‘divino’ en La Galatea- y Quevedo y que murió el 4 de agosto de 1578 en la Jornada de Alcazarquivir, en la que desapareció el rey don Sebastián de Portugal.

Hasta entonces sólo había publicado un soneto. Parte de su poesía se perdió antes de que su hermano Cosme publicase en 1589 dos desordenados tomos con la obra de Francisco de Aldana, uno de los grandes poetas del Renacimiento español, napolitano de origen extremeño, ejemplo de cortesano cuya vida compagina las armas y las letras y autor de una obra de tono confidencial y temática variada en la que conviven lo amoroso y lo moral, las tradiciones pastoriles o la mitología clásica y el humanismo cristiano.

“Durante cuatro siglos –se lamentaba Cernuda- la posteridad no ha tenido espacio, atención ni gusto para reconocer al autor de la Epístola a Arias Montano como uno entre nuestros grandes poetas.”

Y en Desolación de la quimera lo evocó en una de las estrofas de A sus paisanos:

Contra vosotros y esa vuestra ignorancia voluntaria,
Vivo aún, sé y puedo, si así quiero, defenderme.
Pero aguardáis al día cuando ya no me encuentre
Aquí. Y entonces la ignorancia,
La indiferencia y el olvido, vuestras armas
De siempre, sobre mí caerán, como la piedra,
Cubriéndome por fin, lo mismo que cubristeis
A otros que, superiores a mí, esa ignorancia vuestra
Precipitó en la nada, como al gran Aldana.


Santos Domínguez

26/9/18

Herrera Petere. Acero de Madrid





Ochenta años separan esas dos portadas de Acero de Madrid, la obra con la que José Herrera Petere (Guadalajara 1909 -Ginebra 1977) obtuvo en 1938 el Premio Nacional de Narrativa.

Entre la primera, con una bella fotocomposición de Mauricio Amster para la editorial Nuestro pueblo, y la edición de Libros de La Ballena de 2017, con prólogo de Alberto Garzón y apéndice de Alejandro Pérez-Olivares, tuvo otra edición en Laia en 1979 esta “admirable epopeya”, como la definió Antonio Machado, que Herrera Petere dedica a la resistencia de Madrid y al Quinto Regimiento.


Con un peculiar cruce de literatura y propaganda que responde a las excepcionales circunstancias en que fue escrita, Acero de Madrid es el primer título de una trilogía de la guerra que completan Puentes de sangre, centrado en la travesía del Ebro por el ejército republicano, y Cumbres de Extremadura, que se ambienta en la guerrilla republicana que hostigaba la retaguardia de los sublevados.

Está dedicado a su hermano Emilio, aviador republicano muerto sobre Belchite en combate con la aviación italiana, y en el prólogo, fechado el 22 de febrero de 1938, ya anticipaba el autor el tono de su libro: “En el aire – escribía- está una poesía épica o una novela, un género literario que equivalga al antiguo que cantaban las epopeyas de las ciudades, las odiseas de los navegantes y el heroísmo de los pueblos.” 

Organizada en tres partes, la primera arranca en febrero de 1936 con la victoria electoral del Frente Popular y se cierra el 17 de julio, en los primeros momentos de la sublevación contra la Segunda República. Entre esos dos momentos, se reproduce la reacción de las clases altas y la preparación del golpe, cuando “el río de la traición corría, sonoro y rico, por los subterráneos de todos los cuarteles, de todos los edificios oficiales” y cuando el enfrentamiento entre dos Españas parece inevitable: “Tú mirabas en la primavera de 1936 cómo dos olas iban a separarse y a juntarse luego con tremendo furor, con fulgor de lucha, como dos montañas de piedras, presididas por el sol de la Historia, y decías: ‘¿Qué será de mí entre todo esto?’ De aquí iba a salir el objeto de tu vida.”

La segunda parte evoca con trazos breves, párrafos rápidos y descripciones enérgicas la defensa de Madrid y la lucha en la sierra de Guadarrama y la creación de las Compañías de Acero, que se integraron en el Quinto Regimiento.

Entre la crónica intrahistórica, el homenaje y la arenga propaganda, la tercera parte de esta novela coral arranca en el frente de Oropesa-Talavera bajo las bombas de la aviación alemana y, tras la caída de Toledo, la huida del gobierno republicano a Valencia, la resistencia de Madrid y la disolución del Quinto Regimiento para integrarse en el Ejército Popular de la República.

Cierran la novela dos epílogos. En uno de ellos se lee: “Los traidores que dominan la mitad de su territorio se encuentran en un callejón sin salida. No tienen reservas africanas, no tienen requetés, no tienen falangistas, no tienen hombres. No pueden ganar la guerra. Les faltan artefactos de sangre.” 

Y en el otro: “La artillería dispara continuamente sobre Madrid; los tanques intentan cruzar el Manzanares; los aviones aplastan barrios enteros, con sus mujeres, sus niños, sus viejos. Casas de siete pisos son partidas en dos; tiernos comedores y alcobas madrileñas quedan al aire, en carne viva; monstruosas bombas de cuatrocientos y quinientos kilos revientan en el empedrado de las calles, y hacen volar adoquines y miembros humanos: cabezas de mujer, piernas y brazos de niños. 
Madrid, la ciudad valiente, la ciudad serena y ejemplar, con las tripas fuera, resiste y resiste. Sus calles céntricas están cuajadas de agujeros, como ojos vacíos al fondo de los canales se ve la pupila, negra y húmeda, del túnel del Metro, abierta al sol. Sus barrios extremos están desmantelados, ruinosos, humeantes. 
¡Pero Madrid resiste, resiste, resiste! 
Pero Madrid resiste, resiste y pasará. 
¡PASAREMOS!”

En el entierro de Herrera Petere, fallecido el 7 de febrero de 1977 en Ginebra, María Zambrano leyó un texto en el que destacó su “pura voz que viene del alba de la historia (...) voz que traía y dejaba encinares y olivares, cumbres, puertos, ríos de aquella tu tierra de sueño y de alma.” 

Santos Domínguez

24/9/18

Dostoievski. Los años de prueba


Joseph Frank.
Dostoievski.
Los años de prueba 
(1850-1859).
Traducción de Jaime Retif del Moral.
Fondo de Cultura Económica. México, 2010.

“El 21 de diciembre se dictaron las disposiciones finales del caso, y por órdenes de Nicolás I, se envió a las autoridades militares un paquete con instrucciones relacionadas con el procedimiento que debería seguirse al anunciar las sentencias. La ley exigía que se efectuara una fingida ejecución cuando, como en este caso, la sentencia de muerte se había conmutado debido a un acto de imperial clemencia; pero esta ceremonia, en la mayoría de los casos, era sólo una formalidad ritual. No obstante, en esta ocasión el zar dio instrucciones explícitas de que se informara a los prisioneros que sus vidas habían sido perdonadas solamente después de que se hubieran completado todos los preparativos para el fusilamiento. Esta vez Nicolás preparó cuidadosamente el escenario para producir el máximo efecto sobre las confiadas víctimas de su regia solicitud. De esta manera, Dostoievski experimentó una extraordinaria aventura emocional: creyó que se encontraba a unos cuantos segundos de una muerte segura, y después resucitó milagrosamente de la tumba.” 

Así describe Joseph Frank el acontecimiento decisivo en la vida de Dostoievski: el simulacro de fusilamiento que sufrió en la Plaza Semenovski de San Petersburgo el 22 de diciembre de 1849. 

Ese es uno de los episodios centrales de Los años de prueba (1850-1859), segundo de los cinco tomos en que se organiza la monumental biografía de Dostoievski que publica el Fondo de Cultura Económica.

Un volumen que aborda los diez años siberianos sufridos por Dostoievski tras su detención en abril de 1849 y hasta su retorno a San Petersburgo diez años después, en diciembre de 1859. Condenado a muerte por pertenecer al círculo de Petrashevski, se le conmutó la pena capital por la de ocho años de trabajos forzados que se rebajaron finalmente a cuatro años que se completaron con la obligación de un servicio militar posterior como soldado raso en un regimiento de Siberia. 

Fueron diez años improductivos en creatividad, pero decisivos para Dostoievski, que salió de Siberia siendo otro, porque aquella media hora en el patíbulo que evocaría en El idiota y las experiencias carcelarias que reflejaría años después en sus Memorias de la casa muerta, provocaron en el novelista su conversión religiosa, la aparición y el agravamiento de sus crisis epilépticas y un cambio radical de actitud y de ideología.

“Lo que Dostoievski había sentido en esos momentos culminantes -escribe Frank- era la necesidad de perdonar y de ser perdonado, y el deseo de abrazar a otros con amor sincero e incondicional. Por supuesto, tales valores no habían estado ausentes en la sensibilidad moral de Dostoievski; pero en aquellos momentos de suprema necesidad estos valores habían adquirido un significado inmenso: eran el mayor consuelo humano. Y si la expiación, el perdón y el amor estaban destinados a tener prioridad sobre todos los demás valores en el universo artístico de Dostoievski, era seguramente porque había encontrado en ellos una verdad que le brindó apoyo en el más angustioso predicamento de su vida.
En efecto, es la penetrante percepción de Dostoievski de la espantosa fragilidad y transitoriedad de la existencia humana la que pronto le permitirá describir con poderosa urgencia, no igualada por ningún otro escritor moderno, el condicional y absoluto mandamiento cristiano de amor mutuo, que todo lo perdona y todo lo abarca.”

A miles de kilómetros de los centros culturales y literarios de Rusia, aislado totalmente durante cuatro años, sin posibilidades de enviar ni recibir correspondencia, estos años de soledad son fundamentales para entender su literatura posterior, porque, como señaló él mismo, fueron años decisivos para “la regeneración de mis convicciones.” 

En la carta que escribió a su hermano Mijail el 22 de febrero de 1854, una semana después de salir de la prisión, Dostoievski hace esta descripción de las condiciones de su cautiverio:

“Vivíamos apretujados, todos juntos en una sola barraca. Imagínate una construcción de madera, vieja y ruinosa, que se suponía debía haber sido derribada mucho tiempo atrás, que ya no era adecuada para usarse. En verano había una intolerable proximidad; en invierno, un frío insoportable. Todos los pisos estaban podridos. La mugre en los pisos tenía casi tres centímetros de espesor. Uno podía resbalarse y caer. Las ventanitas estaban tan cubiertas de escarcha que era imposible leer en ningún momento del día. Casi tres centímetros de hielo en los cristales. Goteras en el techo, corrientes de aire por todas partes. Nos hallábamos apiñados como sardinas en lata. En la estufa cabían seis leños, pero no había tibieza (el hielo dentro de la barraca casi no se derretía), sino sólo insufrible humo. Y esto duraba todo el invierno. Los reos lavaban en la barraca su ropa, y todo el lugar estaba salpicado con agua. No había espacio para darse la vuelta. Desde el anochecer hasta el amanecer era imposible no comportarse como cerdos porque, después de todo; ‘somos seres humanos vivientes.’ Dormíamos sobre tablas desnudas y se nos permitía únicamente una almohada. Extendíamos sobre nuestros cuerpos el abrigo de piel de oveja, durante la noche permanecían descubiertos nuestros pies. Temblábamos toda la noche. Pulgas, piojos, cucarachas, a montones. En invierno usábamos abrigos cortos de piel de oveja, con frecuencia de la peor calidad, que casi no proporcionaban ningún calor; y en nuestros pies, botas de media caña.”

Esa es una de las dos cartas extensas que vertebran este segundo tomo. La otra es la que le escribió el 18 de enero de 1856 a su confidente literario Apollon Maikov, que le influyó mucho en su paso del occidentalismo al eslavismo y a la reivindicación de las tradiciones rusas. Una carta “en la que -señala Frank- Dostoievski se descubre a sí mismo en forma más completa que en ningún otro documento de esa época.”

En el ambiente carcelario de odio y degradación moral y física, Dostoievski tomó notas que utilizaría años después en sus Memorias de la casa muerta. Tras su libertad en febrero de 1854, una primera pasión amorosa, María Dimitrievna; la ansiedad por reingresar en los ambientes literarios y las controversias sobre el idealismo en el arte y la función social de la literatura. Y al final de esta década, en 1859, su reincorporación al panorama editorial con la publicación de dos obras menores, dos novelas siberianas: El sueño del tío y La aldea de Stepanchikovo.

La colosal obra de Joseph Frank no es una biografía convencional, sino un proyecto ambicioso hecho realidad que desborda los límites del género y fusiona el seguimiento biográfico con el análisis literario y la contextualización sociocultural e histórica de la narrativa de Dostoievski.

Como en el resto de los tomos, lo que hace Joseph Frank en Los años de prueba es mucho más que una biografía, porque desborda los límites del género al hacer un análisis crítico riguroso y pormenorizado de las obras de Dostoievski y de las circunstancias personales y el contexto sociopolítico y cultural en que surgieron. 

De esa manera se explica -en palabras del autor- “el proceso creativo mediante el cual la vida es transformada en arte” con un método que subordina “la vida privada de Dostoievski a la descripción de su interdependencia con la historia literaria y sociocultural de su época” y que “sólo puede ser llevado a cabo si la vida es constantemente observada a la luz de la obra, y en íntima relación con ésta, en lugar de la manera más acostumbrada de considerar la obra como un producto más o menos fortuito de la vida.” 

Santos Domínguez

21/9/18

Juan Ramón Jiménez. Antología poética


Juan Ramón Jiménez.
Antología poética.
Selección y prólogo de Antonio Colinas.
Alianza Editorial. Madrid, 2018.

“En esta edición muy personal de la poesía de Juan Ramón Jiménez hemos seguido el criterio de que en ella están representados todos los libros del poeta. En este sentido, es el criterio cronológico de la creación de los mismos el que hemos seguido para ordenarlos”, escribe Antonio Colinas en la Nota a la nueva edición de la Antología poética de Juan Ramón Jiménez en El libro de bolsillo de Alianza Editorial.

La que acaba de aparecer es una versión revisada que se hace eco de las nuevas ediciones y estudios sobre la poesía de Juan Ramón y de la recuperaciones de libros inéditos que se han publicado desde que apareciera en 2001 la primera edición de esta antología que, en palabras de Colinas, es la de “un fervoroso lector, no la de un especialista”, que ofrece una “selección breve en dimensiones, mas abarcadora en el tiempo, de su obra.” 

Esta antología de más de cuatrocientas páginas puede leerse como una iniciación a la poesía de Juan Ramón Jiménez, cuya obra ocupa miles de páginas, pero es también una inmejorable ocasión para la relectura, para recorrer la poesía de Juan Ramón, sometida por su autor a un proceso de depuración permanente, a través de textos que forman parte de una Obra total y sucesiva que fue construyendo meticulosamente y en la que cada libro es un eslabón imprescindible.

Sucesión y continuidad, intensidad y emoción, pureza y exigencia son los ejes que vertebran la poesía juanramoniana, un viaje a la plenitud de la conciencia, una exigente aventura poética hacia el fondo de sí mismo en busca de la belleza absoluta.

Desde el primer Juan Ramón, melancólico y musical, decadente y sensorial de la época sensitiva al profundamente renovador del Diario de un poeta recién casado, que abre el camino a la desnudez expresiva de su época intelectual, en la que ejerció un magisterio decisivo sobre el 27 y la poesía posterior en una etapa que culmina La estación total con las canciones de la nueva luz, un libro central en su trayectoria, publicado ya en el exilio, aunque recoge poemas escritos hasta 1936.  

Juan Ramón había pasado de la influencia magistral al aislamiento antes de emprender el exilio en que construyó la zona más ambiciosa y plena de su obra, la época suficiente de su Lírica de una Atlántida con libros como En el otro costado, Una colina meridiana, Dios deseado y deseante con Animal de fondo, y De ríos que se van.

Una poesía del conocimiento en la que Juan Ramón funde naturaleza y conciencia en una búsqueda metafísica de lo absoluto cuyas claves están presentes ya en Espacio, un poema fundamental en la poesía española del siglo XX, del que se reproduce en esta antología el Fragmento primero, que termina así:

¡Espacio y tiempo y luz en todo yo, en todos y yo y todos! ¡Yo con la inmensidad! Esto es distinto; nunca lo sospeché y ahora lo tengo. Los caminos son sólo entradas o salidas de luz, de sombra, sombra y luz; y todo vive en ellos para que sea más inmenso yo, y tú seas. ¡Qué regalo de mundo, qué universo májico, y todo para todos, para mí, yo. ¡Yo, universo inmenso, dentro, fuera de ti, segura inmensidad! Imájenes de amor en la presencia concreta; suma gracia y gloria de la imajen, ¿vamos a hacer eternidad, vamos a hacer la eternidad, vamos a ser eternidad, vamos a ser la eternidad? ¡Vosotras, yo, podemos crear la eternidad una y mil veces, cuando queramos. ¡Todo es nuestro y no se nos acaba nunca! ¡Amor, contigo y con la luz todo se hace, y lo que haces, amor, no acaba nunca!

Santos Domínguez




19/9/18

Teoría y práctica de los estudios culturales


David Walton.
Teoría y práctica de los estudios culturales.
Traducción de Pilar Cáceres.
Carpe Noctem. Madrid, 2018.


“Tras una breve introducción a los estudios culturales (británicos), este libro abarca, en primer lugar, el estructuralismo y el postestructuralismo para, luego, adentrarse en el posmodernismo y más allá de él. Dicha estrategia engloba los teóricos más importantes y las cuestiones que han preocupado a los académicos que trabajan dentro de este campo: el género, las clases sociales, la sexualidad, la raza/etnia, la ideología, las políticas de la identidad, el poscolonialismo, el discurso, la cultura popular, la historia, los medios de comunicación, el consumismo, la comodificación, la globalización, los nuevos movimientos sociales y el neoliberalismo, escribe David Walton en la introducción de Teoría y práctica de los estudios culturales, que publica Carpe Noctem con traducción de Pilar Cáceres. 

Una obra que aborda las diversas y sucesivas corrientes intelectuales que han articulado la teoría y la evolución de los estudios culturales. Del estructuralismo a la semiótica, del psicoanálisis a la deconstrucción posmoderna, este es un manual pensado para diversos tipos de lectores, pues -señala Walton en la Introducción, ‘Para qué sirve este libro’- “está dirigido a aquellos lectores con un cierto conocimiento de los estudios culturales que deseen asentar las bases sobre cómo se relacionan la teoría y la práctica cultural. Sin embargo, también les resultará útil a quienes tengan escaso o ningún conocimiento del análisis cultural, aunque sí la suficiente experiencia académica como para abordar la teoría y la práctica cultural a un nivel más profundo.” 

Por eso, por su concepción de manual o de introducción a los estudios culturales y a sus métodos hermenéuticos, Walton prescinde del abstruso lenguaje técnico para iniciados y explica que “uno de sus objetivos consiste en describir las teorías en un estilo accesible, a pesar de su complejidad.” 

Cada uno de los quince capítulos en que se organiza incluye no sólo una parte expositiva de cada una de las tendencias y enfoques en los estudios culturales, sino también el desarrollo de un ejemplo práctico y el apoyo de varios archivos de ayuda. Cierran cada una de las secciones una conclusión muy sintética, un resumen de las ideas esenciales desarrolladas en el capítulo y una relación de lecturas complementarias. 

Articulado en una estructura progresiva en la que cada capítulo añade complejidad al anterior, el libro ofrece un mapa detallado de las tendencias en los estudios culturales, pero es también por su orientación práctica una invitación a entrar en ese territorio, porque su intención es -afirma Walton- “ayudar a los lectores a desarrollar sus propias destrezas interpretativas, ya que no solamente se describen y explican los conceptos, sino que lo anterior va acompañado de ejemplos prácticos.” 

Desde el giro lingüístico estructuralista de Saussure a la semiótica de Eco o Barthes, desde Althusser y las definiciones de la ideología al postestructuralismo de Derrida, a la deconstrucción, la teoría y práctica de la intertextualidad o el psicoanálisis lacaniano, desde la definición de la condición posmoderna en Lyotard, Habermas o Baudrillárd, Walton ofrece en las más de cuatrocientas páginas de este libro un recorrido que culmina en un capítulo final sobre la cartografía cognitiva, un concepto que se define en el amplio glosario que resume y fija los conceptos básicos en los que se sustentan los estudios culturales. 

Santos Domínguez

17/9/18

Soldados de Salamina


Javier Cercas.
Soldados de Salamina.
Edición de 
Domingo Ródenas de Moya.
Cátedra Letras Hispánicas. Madrid, 2017.


Soldados de Salamina podría resumirse como la historia de un tipo de mi generación que al principio del relato, como tanta gente de mi generación en los años del cambio de siglo, está harto de casposas novelas y películas sobre la guerra civil y piensa que ésta es algo tan remoto y tan ajeno a su vida como la batalla de Salamina, y que al final del relato comprende su error, comprende que la guerra civil no es pasado sino presente o una dimensión del presente sin la cual el presente -el presente colectivo pero también el individual- es inexplicable”, escribía Javier Cercas en el epílogo a la edición revisada y corregida de Soldados de Salamina que se publicó en 2015.

Ese texto figura como uno de los seis apéndices que cierran la edición de la novela en Cátedra Letras Hispánicas. 

Preparada por Domingo Ródenas de Moya, que toma como base esa segunda edición, se reproducen en los apéndices una serie de materiales que orientan al lector hacia una mirada más amplia sobre el origen y la repercusón de Soldados de Salamina: ‘El sueño de los héroes’, el artículo de Mario Vargas Llosa que apareció en El País el 3 de septiembre de 2001, que fue el primer reconocimiento importante de la novela; el irónico ‘Decálogo apócrifo del escritor de éxito’ que Cercas publicó cinco años después; un artículo de Eugenio Montes el 9 de febrero de 1939 en La Vanguardia sobre el fusilamiento fallido de Rafael Sánchez Mazas y dos poemas, uno de Borges y otro de Thomas Hardy.

Esos seis apéndices rematan esta estupenda edición anotada de Soldados de Salamina elaborada por Domingo Ródenas de Moya, que ha puesto al frente de ella un largo estudio introductorio de casi doscientas páginas que constituyen la mejor aproximación crítica a la novela de Javier Cercas. Aborda en ellas Soldados de Salamina como un fenómeno de sociología literaria por sus constantes reediciones y reconocimientos nacionales e internacionales; describe la trayectoria previa de Cercas y su evolución desde la publicación de esta novela, la primera en la que se materializa la teoría del punto ciego a la que el novelista dedicó un libro imprescindible para entender su concepción de la técnica narrativa.

El núcleo de ese estudio introductorio es el análisis pormenorizado de Soldados de Salamina, desde el recurso que integra autobiografía y ficción en la figura de un narrador-protagonista que se llama Javier Cercas al tema del heroísmo o la reivindicación de la memoria.

Tras destacar que en Soldados de Salamina confluyen “la historiografía, la memoria y la imaginación literaria con el compromiso moral con los olvidados”, en esa introducción Domingo Ródenas recuerda que "la asombrosa difusión y repercusión de la novela puso de manifiesto, además, que era posible concebir un maridaje hasta ese momento muy difícil entre un producto literario sofisticado, de riguroso diseño formal y semánticamente complejo, y las grandes cifras de ventas. Alta literatura y bestseller encontraban en Soldados de Salamina un inopinado punto de acuerdo y, sin que ello sea contradictorio, de conflicto.”

Esta edición es una inmejorable manera de volver a una novela imprescindible, de la que el propio autor afirmaba en Diálogos de Salamina, el libro que recogía las conversaciones con David Trueba, que dirigió la adaptación al cine: 

“La novela, básicamente, habla de los héroes, de la posibilidad del heroísmo; habla de los muertos, y del hecho de que los muertos no están muertos del todo mientras haya alguien que los recuerde; habla de la búsqueda del padre, de Telémaco buscando a Ulises; habla de la inutilidad de la virtud y de la literatura como única forma de salvación personal.”

Santos Domínguez