2/5/16

Guía del lector del Quijote



Salvador de Madariaga.
Guía del lector del Quijote.
Stella Maris. Barcelona, 2016.

La editorial Stella Maris, que acaba de publicar tres espléndidos estudios sobre Shakespeare, se suma al año cervantino con la recuperación de un libro esencial en la bibliografía sobre el Quijote: la Guía del lector del Quijote, de Salvador de Madariaga, que apareció en 1926, muy poco después de ese otro hito ineludible que es El pensamiento de Cervantes, de Américo Castro.

Dos títulos de dos novecentistas que miraban al horizonte europeo y abrieron con sus ensayos decisivos el camino a la lectura contemporánea del Quijote y de Cervantes como dueño de su escritura frente a la tradición del genio inconsciente desbordado por su creación.

La aportación más importante de Madariaga en este libro es el análisis psicológico de los protagonistas como personajes individualizados, profundos y cambiantes, y no como entes simbólicos opuestos, como meros  representantes del realismo materialista y del idealismo imaginativo.

Y partiendo de ese análisis, Madariaga funda el concepto de quijotización de Sancho, un personaje en creciente movimiento de ascensión que le acerca a la configuración moral de Don Quijote y la inversa sanchificación de Don Quijote en un proceso dialéctico de ósmosis en el que es fundamental el valor humano del diálogo, que le da a la novela profundidad y sentido de lo humano

Pero además de esa contribución a los estudios sobre el Quijote, Madariaga dirige en este libro su mirada a la doble condición de Cervantes como crítico y como creador, de lector y novelista que tiene una actitud matizada ante los libros de caballerías, y hace un análisis luminoso de la figura de Dorotea, "hija predilecta" de Cervantes, de  la cobardía de Cardenio o del episodio de la Cueva de Montesinos, que ocupa un lugar central en ese proceso de quijotización de Sancho y de sanchificación de Don Quijote:

“Deshelados de la rigidez simplista que los presenta como dos figuras de antitética simetría, don Quijote y Sancho adquieren a los ojos del observador atento la movilidad vital y humana que heredaron de su humanísimo padre y creador. Circula por todos sus actos la misma jugosa savia cervantina que los hermana. Y así, interpenetrados por un mismo espíritu, se van aproximando gradualmente, mutuamente atrayendo, por virtud de una interinfluencia lenta y segura que es, en su inspiración como en su desarrollo, el mayor encanto y el más hondo acierto del libro.”

Un proceso de influencia y transformación mutua en el que el crecimiento de Sancho como personaje es paralelo al decaimiento de Don Quijote, a un progresivo desencanto que se manifiesta en el “humorismo de tranquila desilusión” que alude Madariaga, que destaca como el rasgo esencial de la maestría de Cervantes la sutileza con la que fija la evolución de esos dos personajes, no opuestos sino complementarios.

Esta Guía del lector del Quijote surgió del desarrollo textual de unas conferencias de Madariaga en Cambridge. Tal vez por eso, las ilustraciones que contiene esta edición son las de distintas ediciones inglesas. 

Santos Domínguez

29/4/16

Francisco Brines. Jardín nublado


Francisco Brines.
Jardín nublado.
Edición de Juan Carlos Abril.
Pre-Textos Antologías. Valencia, 2016.

Cantan los pájaros en el jardín nublado.
Yo soy el negador de todo el tiempo
que me fue concedido, y aún me espera.
Soy la mirada en el jardín nublado,
del yerto mundo, de la cama difunta
que produce los sueños.
¿En dónde están, y a dónde va mi vida
que ya no está?

Así comienza Ante el jardín nublado, el poema del que toma título la antología de la poesía de Francisco Brines que incorpora diez textos inéditos. La publica Pre-Textos con edición, selección e introducción de Juan Carlos Abril, que explica que “el jardín nublado se presenta como un correlato de nuestro estado de ánimo.”

La de Francisco Brines es una de las voces poéticas imprescindibles que en el último medio siglo ha ido creando una sólida poesía contemplativa marcada por un constante tono elegiaco matizado a veces con algún acento hímnico o con impulsos epicúreos.

Entre Las brasas y La última costa, con libros intermedios tan fundamentales como Insistencias en Luzbel o El otoño de las rosas, la reflexión sobre el tiempo constituye el eje temático de la poesía de Brines, que agrupó en 1997 su poesía completa bajo el título Ensayo de una despedida.

La soledad, la fugacidad de la vida, el sentido de la existencia constituyen el centro espiritual de una poesía en la que hay un constante equilibrio entre lo físico y lo ético y que el poeta ha resumido así: “El conjunto de mi obra es una extensa elegía.”

Planteada como forma de conocimiento y como lamento de las pérdidas, la poesía de Brines se levanta como una expresión depurada de la materia existencial, como elaboración verbal de la sentimentalidad objetivada y de las sensaciones tamizadas por la inteligencia.

Así lo explica el propio autor: “La poesía surge del mundo personal y de las obsesiones del poeta, pero yo no puedo escribir desde la plenitud ni desde el dolor, necesito un distanciamiento con respecto a la experiencia. La poesía desvela una visión del mundo, una cosmovisión de la vida como pérdida, que me ha concedido la poesía, y así surgen los poemas: del amor y de la pérdida, de la luz y de la sombra. La poesía secretamente da a conocer aquello que está en uno y no se conoce y, además, es un retrato opaco del escritor.”

Un retrato opaco que dibuja el contorno moral y biográfico de la poesía de Brines, su mezcla de reflexión y pasión sobre el fondo de luz y sombra de la realidad. De esa lucidez y esa intensidad se alimenta su obra, porque –como él mismo explica- “estimo particularmente, como poeta y lector, aquella poesía que se ejercita con afán de conocimiento, y aquella que hace revivir la pasión por la vida. La primera nos hace más lúcidos, la segunda, más intensos.”

Esas dos líneas en las que se cruzan la vida y la muerte, la memoria del tiempo fugaz y el amor más fugaz aún, el deseo y el abandono, conviven en la poesía de Francisco Brines y en el tema del jardín, que, como destaca Juan Carlos Abril, tiene una enorme relevancia en su obra.

Es el mismo jardín al que daba el balcón en el primer poema de Las brasas. El jardín nublado del poema que termina así:

y en el jardín nublado, que miro desde el cuarto,
cantan tristes los pájaros, con vida,
y hay un olor extendido de rosas,
como si sólo un hombre aquí existiera,
y porque existe él transcurre todo,
y la belleza
honda se ofrece ante su muerte,
con sólo fin de darle un pensamiento.
Y así, de un modo débil y una existencia torpe,
Nace, breve, el amor.


Santos Domínguez

28/4/16

Manuel Longares. El oído absoluto


Manuel Longares.
El oído absoluto.
Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2016.

Max Bru mimaba a los aplicados, pero sus intentos de que superasen la frontera de las cuatro reglas no prosperaban. Desalentado, adoctrinaba a los notables del casino sobre los males de la patria y a los menos encopetados sobre la Revolución bolchevique. Y en la madrugada, cuando todos dormían, al amparo de una vela escribía en unas hojas. Porque aquel maestro de primaria era poeta y sus versos, rimados o en blanco, incomodaban tanto a los suyos como sus monsergas regeneracionistas.
(...)
El patriarca Belvis le había pedido que, en su doble faceta de maestro y literato, entretuviese en aquella reunión a su invitado más insigne. Max Bru, que nunca había ido de caza y tampoco preveía hacerlo en esa ocasión, aceptó la encomienda a regañadientes.
-Si te comportas, te colocará en Madrid -le prometió Belvis-. No lo estropees.
Finalizó la batida y el mejor escritor de la Madre Patria regresó a la capital sin concretar ofertas. Y mientras en las cocinas de Pagán se despellejaban las piezas cobradas, bullían las perolas y en las sartenes se sazonaban sofritos, Max Bru resumió en un latiguillo su convivencia con el eximio:
-Compartimos la cicuta literaria.
No sedujo esta retórica al patriarca de sólo dos ideas, pero revolucionarias, que le emplazó a responder sin circunloquios:
-¿Cuándo te lleva a Madrid?
-Cuando yo quiera -se ufanó el joven.
Y relató a Belvis el momento estelar de su encuentro. Había guiado el escritor hasta el paraje menos agreste de la finca -ahí donde cantan las aguas bajo la guirnalda del emparrado- y aprovechó que se acomodaba bajo un arbusto para sondearlo sobre la decadencia de Occidente.
-Con la deshumanización del arte -proyectaba decirle-, ¿será el espíritu de la letra el tema de nuestro tiempo?

Ese socarrón fragmento que evoca la visita cinegética de Ortega y Gasset a Pagán en otoño de 1927 forma parte de la última novela de Manuel Longares, El oído absoluto, que publica Galaxia Gutenberg.

Un año después, en septiembre de 1928, el maestro poeta viaja a la Villa y Corte con carta de recomendación de Belvis –“el patriarca de sólo dos ideas, pero revolucionarias”- para el mejor escritor de la Madre Patria.

Va el maestro poeta, que no cultiva epopeyas sino atmósferas, en busca de la gloria literaria en el Madrid del 27 y de la Residencia de Estudiantes para darse de bruces con la mugre del Parnaso en una chabola pestilente donde Max Bru -“poeta modernista de verso híspido”- escribirá a sueldo de Atilano García de la Cal, empresario de zarzuela que sufre el virus lírico en forma de estigmas en las nalgas cuando oye versos y ripios.

Sustituye en el puesto a Nidal, bohemio barbudo y zumbado, autor de novelas sicalípticas que recuerda mucho a Pedro Luis de Gálvez, un personaje estrafalario, aunque no tanto como el inolvidable y anónimo maletero mulato que entre volatines acrobáticos destila versos ingleses de textos de Shakespeare.

El contraste grotesco, de raíz esperpéntica, entre lo grave y lo ligero, entre lo serio y lo cómico, entre el género chico y las tragedias isabelinas, entre Ricardo III y la Virgen de la Cueva, entre los versos de los clásicos y las aleluyas de poetas zarrapastrosos, entre Garcilaso y Amadeo Vives, orienta la mirada de Longares, más sarcástica que irónica cuando se ejercita en la parodia burlona del empinado estilo modernista, tan alejado en su vuelo lírico de la realidad rastrera en la que se mueven los personajes, que se expresan también con ese desgarrón estilístico:

“Belvis se felicita de recobrar al gran poeta. Sólo le falta rescatar a Bernardo de unas sábanas tan concupiscentes como las de su sobrina Otilia Risco, desterrada por sus coitos estruendosos a la localidad francesa de Monlieu con dos gemelos en su vientre. Pide discreción sobre su presencia en la posada y el dueño blasona:
-¡Soy insonoro!”

Organizada en tres partes –Épica, Lírica y Dramática- el peso de El oído absoluto lo soportan tres narradores: Eladia Mansilla, enamorada del poeta y madre de su hijo, bachillera y autora de dos diarios de ausencia: Odisea de una fea y Diario de un viaje sin equipaje.

La ejecución de una compañía de cómicos ambulantes y de Eladia Mansilla el 19 de julio de 1936 en el escenario de la plaza de Pagán por un pelotón de fusilamiento en el que estaba lo peor de cada casa sirve de bisagra narrativa entre la primera parte y la segunda. Con esa matanza cambia el tono de la novela y cambia también el esquema narrativo de la segunda parte, que se sostiene sobre el estudio biográfico de la profesora Landete sobre Max Bru.

Y finalmente las memorias de Máximo Brú Mansilla, el hijo del poeta que sufrió la guerra y el exilio y acabó regresando para colaborar en revistas musicales y trabajando en la compañía La España Musical antes de perder la cabeza y morir en un manicomio en 1946.

Esa compañía la dirige su cuñado Bernardo Mansilla, un Sansón Carrasco que sale al rescate del protagonista y le suplanta para llevar a cabo un proyecto vital que se resume en el lema “Valses, champán y mistinguetes” y acabar siendo empresario de revista en la posguerra.

Y pululando por la novela, un elenco de personajes excéntricos y memorables: Otilia Risco, desterrada en Francia por sus orgasmos tronitronantes; el padre Abades, un censor eclesiástico de la posguerra que se jacta en la tertulia del Comercial de ejercer la censura “como me sale del miembro”; el padre Lachaise, cura francés y ciclista inepto y prostibulario; Conrado Santa Fe, autor de las revistas musicales Diosas de Oriente y Mus de sotas, textos de doble sentido por los que los falangistas piadosos, al saber que no tiene brasero, le hacen la caridad de calentarle.

O un siniestro gafe de a peseta, inclinado a las necrológicas: “Estaba el café tan bullicioso como de costumbre, así que observé desde la barra a los figurones de las mesas. La gente gastaba una pelambrera que un soldadito como yo echaba de menos y se mostraba en su tertulia chistosa y ocurrente. Por contraste, un tipo de pajarita y abrigo misero traía dentro de una carpeta la relación de los artistas gravemente enfermos o recién fallecidos y la leía por las mesas a cambio de una peseta, en el mejor de los casos.”

Tan brillante como el resto de su obra, El oído absoluto es una divertida novela sobre literatura y literatos extravagantes y algo patéticos. Es la octava novela de un narrador imprescindible, autor de títulos tan memorables como Romanticismo, Nuestra epopeya, Las cuatro esquinas, Las ingenuas o la trilogía que agrupó en La vida de la letra.


Santos Domínguez

27/4/16

Shakespeare sin duda

Paul Edmonson y Stanley Wells (Eds.)
La verdad sobre Shakespeare.
Traducción de Jorge García y Carla López.
Stella Maris. Barcelona, 2016

¿Escribió Shakespeare las obras de Shakespeare? 

Esa pregunta que tiene ya siglos de antigüedad y que ha generado literatura de ficción y películas como Anonymous es el motor de La verdad sobre Shakespeare., una espléndida colección de ensayos que, coordinados por Paul Edmonson y Stanley Wells, abordan la polémica cuestión de la autoría de los textos de Shakespeare, atribuidas a veces a Francis Bacon, o a Christopher Marlowe, o a los condes de Southampton o de Oxford.

Desde la psicología a los estudios textuales, pasando por las más recientes aportaciones de la investigación y la bibliografía sobre Shakespeare, más de veinte especialistas analizan desde diversas perspectivas críticas los argumentos, las evidencias y las polémicas sobre esa vieja cuestión. 

El elocuente título inglés -Shakespeare beyond Doubt- orientaba sobre el sentido de este libro que disipa las dudas sobre la atribución de las obras de Shakespeare a Shakespeare. A esa conclusión llegan los diecinueve capítulos y el epílogo de James Shapiro, que destaca que "uno de los pocos aspectos beneficiosos del desafío planteado por la autoría de Shakespeare es que ha obligado a los expertos a dedicar mayores esfuerzos al análisis de sus propias propuestas. Entre ellas, las fechas de creación de las obras de Shakespeare, en qué medida las piezas fueron escritas por una persona inmersa en el mundo del teatro y las formas en las que el autor manejaba el desafío de escribir para determinados autores en particular."

Organizado en tres secciones -Los escépticos, Shakespeare como autor y Un fenómeno cultural-, este volumen, que responde a una polémica infundada y a una antigua teoría conspirativa, permite acceder desde otros puntos de vista a los textos de Shakespeare y al contexto histórico, social y cultural en que se escribieron.


Un volumen consistente que aporta una serie de pruebas y evidencias que resume así Shapiro: “los hechos y el análisis presentados en esta obra harán posible que la respuesta a la próxima película, campaña o pregunta sobre la autoría de Shakespeare planteada por cualquier estudiante, desconocido o incluso profesor, sea mucho más sencilla."
Santos Domínguez

26/4/16

El círculo de Shakespeare


Paul Edmonson y Stanley Wells (Eds.)
El círculo de Shakespeare.
Traducción de Juan Carlos Postigo y Pilar Ramírez.
Stella Maris. Barcelona, 2016.


Una biografía alternativa es el subtítulo de este volumen que acaba de publicar Stella Maris en el que se reúnen veinticinco capítulos realizados por un equipo coordinado por Paul Edmonson y Stanley Wells, dos reputados especialistas en Shakespeare. 

Organizada en tres secciones -La familia; Los amigos y vecinos; Los compañeros y mecenas-, no se trata de una biografía convencional, sino de un conjunto de artículos que aspira a un mejor conocimiento de Shakespeare con un enfoque circular.

Un asedio a su mundo y su obra que va cerrando círculos concéntricos en torno a familiares y amigos, escritores y actores, editores y mecenas o empresarios teatrales, en un intento de aproximación a Shakespeare a través de las “personas de cuya relación con el escritor tenemos pruebas documentales o con las cuales podemos dar por sentado que mantuvo una estrecha relación, ya fuera personal o profesionalmente”, pero sin renunciar a la imaginación, necesaria para abordar zonas oscuras, porque, como advierten también Edmonson y Wells, “todo discurso biográfico coincide en mayor o menor grado con la ficción" y por eso en estas indagaciones biográficas se cuenta con la ayuda de la elucubración plausible y de la imaginación verosímil. 

Un amplio conjunto de círculos concéntricos de distinta dimensión y ámbitos variados, ya que -como señalan los editores- “las contribuciones que hemos recogido para el círculo de Shakespeare nos recuerdan las muchas clases de círculos diferentes que irradian del círculo de la vida de Shakespeare y ayudan a dar forma a su periferia. Hay círculos de influencia responsabilidad familiar, de intenciones vecinales y profesionales, círculos de reputación entre mecenas, lectores, críticos, impresores y editores; círculos de colaboración con otros dramaturgos, actores, empresarios teatrales e inversores de negocios.”

Stratford y Londres, los años en sombra en los que no se sabe nada de él, entre los 21 y los 28 años, las compañías teatrales de los Hombres del Rey y los de Lord Chamberlain, las confusas y discontinuas relaciones con su mujer Anne Hathaway; la muerte de su hijo Hamnet a los 11 años, su amistad y su rivalidad con Ben Johnson, la protección de los nobles Southampton y Pembroke, sus colaboraciones con John Fletcher o su relación con Christopher Marlowe o con la familia Burbage, que controló el negocio teatral en Londres durante casi un siglo, son el centro o el telón de fondo de algunos de los capítulos esenciales de este libro que es también un mosaico de la vida y la cultura de la época de Shakespeare.

Compuesto con la voluntad que expresan los autores de la recopilación de que “los capítulos de este libro ofrezcan nuevas perspectivas y desempeñen un papel significativo del debate abierto sobre la biografía de Shakespeare”, este volumen, cuya versión original se publicó en Cambridge hace unos meses en el contexto de las conmemoraciones del cuarto centenario de la muerte de Shakespeare, es una enriquecedora aportación a los estudios shakespearianos de la que -escribe en el Epílogo Margaret Drabble- el lector, “como con toda buena biografía de Shakespeare, saldrá de aquí con un interés renovado por los poemas y las obras.”

Santos Domínguez

25/4/16

Leer a Shakespeare

Logan Pearsall Smith.
Leer a Shakespeare.
Traducción de José Carlos Somoza.
Prólogo de Luis Racionero.
Stella Maris. Barcelona, 2016.

“No soy un estudioso de Shakespeare, ni un lector constante de sus obras”, escribe Logan Pearsall Smith al comienzo de Leer a Shakespeare, el ensayo que publica Stella Maris con traducción de José Carlos Somoza y prólogo de Luis Racionero.

Estadounidense nacionalizado británico, vivió entre 1865 y 1946 y escribió con la humildad y el sentido común que le había llevado a preferir la lectura a cualquier otra actividad. “I prefer reading” es la declaración que resume su actitud ante la vida y de ahí surgió en 1933 este On Reading Shakespeare que aparece ahora por primera vez en español.

Fue mentor de Bertrand Russell y de Kenneth Clark y Virginia Woolf lo inmortalizó en su novela Orlando en la figura de Nicholas Greene, un “verdadero poeta”.

Desde el llamativo e irónico consejo inicial, No leer a Shakespeare, porque como todos los grandes es una “compañía peligrosa” por su potencia absorbente, Logan Pearsall Smith propone en este volumen un recorrido por el esplendor de la poesía de Shakespeare, “capaz de encarnar sus pensamientos en imágenes de belleza espléndida”; por los episodios, los pasajes y las escenas más significativos de su obra teatral, por su talento en la construcción de personajes vivos y profundos, por su evolución, por las aportaciones de la crítica y el contexto isabelino en el que escribió el clásico de los clásicos, en quien conviven la genialidad y la obscenidad, la crueldad y la sutileza, la retórica y la pasión, la ira y la burla. 

Un lector que puede hacerse con toda libertad este planteamiento crítico inicial: "¿Debe este escritor ser considerado seriamente como el más noble de todos los poetas, la gloria de la naturaleza humana, la mente más grande nunca surgida entre los hombres, el orgullo ideal de su tiempo? Esta mezcla bárbara de presunción y vulgaridad, de sangre y melodrama, ¿realmente es la cima de los logros humanos, el monumento más noble -como se nos dice- que los hombres dejarán de su existencia en este planeta?”

Y a partir de esas preguntas, una crítica de la crítica que tendía a alejar a Shakespeare de su tiempo y de su condición humana, porque “la idea moderna de Shakespeare, de acuerdo a tales críticos, no es más que un gran globo lleno de aire, relleno por profesores alemanes y escoceses, ociosos literatos, poetas menores y dramaturgos aficionados, propagandistas, idealistas y charlatanes, quienes se han confabulado para inflarlo y desinflarlo con el aire cálido del trascendentalismo moderno, el sentimentalismo, la psicología y la introspección, cosas de las que, por supuesto, los isabelinos no tenían ni la más remota idea.”

Frente a la lectura del especialista –“la última persona en el mundo capaz de emitir un juicio racional y mesurado sobre su especialidad”- Logan ofrece en este ensayo la mirada del lector común que reivindicó Virginia Woolf. 

Es la mirada de un lector privilegiado que entiende la crítica como "registro de una experiencia estética” y completa una imagen de Shakespeare como “el gran señor del lenguaje, el más expresivo y comunicativo de los seres humanos” 

“Millares de libros se han escrito sobre Shakespeare, y la mayoría de ellos son locuras”, escribe Logan en este ensayo, del que, con seguridad y por fortuna, no se puede decir lo mismo, porque está escrito con la lucidez y el sentido común de un lector con criterio.

Santos Domínguez 

23/4/16

Cervantes. La conquista de la ironía


Jordi Gracia.
Miguel de Cervantes.
La conquista de la ironía.
Taurus, Barcelona, 2016.

La conquista de la ironía es el subtítulo de la espléndida biografía de Cervantes que Jordi Gracia publica en Taurus. Una más que notable aportación a la bibliografía cervantina, una biografía escrita con tono cercano y buen pulso narrativo, rigurosa aunque alejada de eruditos aparatos académicos, con la que Jordi Gracia consigue su propósito declarado de “inyectar el ritmo del relato en la biografía de un iluso escarmentado por la experiencia pero libre del rencor del desengaño”, del “escritor que conquista una mirada compleja e irónica sobre el mundo a partir del hombre que aprendió escribiendo a ser él mismo, siendo varios a la vez, sin miedo a ninguno de ellos ni excesiva reverencia al más desaforado ni al más cuerdo.”

Gracia ha renunciado a “la ansiedad de narrar un Cervantes inobjetable y universal que no existe” y por eso ha procurado que este no sea su Cervantes particular, sino el Cervantes de Cervantes, porque “nadie ha sido más convincente sobre Cervantes que Cervantes mismo” y en consecuencia su biografía tiene “el punto de vista emplazado en la cabeza del escritor, como si dispusiésemos de una cámara subjetiva que lo atrapase en sus virajes y sus revueltas, en las rectas y en las curvas. La cámara subjetiva no fantasea pero sí usa la imaginación moral, que enfoca más lejos o más cerca, se detiene aquí o allí, sospecha, explora y pregunta, pero no ficcionaliza ni fantasea. Imagina, porque sin imaginación no hay biografía, y Cervantes fue tan real y genial como normal y corriente, tan jovial y burlón como estricto y comprometido, además de pasmosamente inteligente.”

Un autor que –explica Jordi Gracia- “en su obra habla poco en primera persona pero la literatura habla siempre de forma compleja e indirecta del yo del escritor. Y ese yo se viste y desnuda, se desviste y vuelve a vestirse a través de una ficción que nunca es neutra o plana o previsible sino creativa y reflexiva, original e intencionada.”

Desde las penurias económicas y los primeros sustos con la justicia que conoció en su infancia en el ámbito familiar, pasando por los años formativos en el Estudio de la Villa con Juan López de Hoyos, la huida a Italia, los tercios españoles, de Nápoles a Lepanto, los baños de Argel o los reiterados intentos de fuga frustrada, se suceden en esta biografía de Cervantes, un vitalista con mala suerte, los laberintos domésticos y los conflictos administrativos y económicos, las rivalidades literarias y las peripecias editoriales, las adversidades personales y las infamias de Avellaneda y Lope o las prisas por rematar el Persiles.

Así explica Jordi Gracia ese cruce de vida y literatura cuando evoca los diez años de resignación de Cervantes en la década de los noventa: “La vida de Cervantes ha sido y seguirá siendo un contar y contar sin descanso, contar arrobas y fanegas, contar vecinos y deudas, contar maravedíes y contar sacos, contar trolas y contar con otros aunque nada debería hacer pensar que se ha quedado sin tiempo para contar historias por escrito, escucharlas a otros, pensarlas mientras cabalga de un sitio a otro y duerme una y otra vez en ventas, casas ajenas, posadas y lugares improvisados, enterándose de las mil y una maneras que esas gentes tienen de sobrevivir, de pasar el rato, de engañarlo y entretenerlo y hasta de matarlo.”

Una biografía que pone muchas veces en primer plano la descripción del cambiante telón de fondo en el que se desarrolló la vida ajetreada -de Madrid a Nápoles, de Argel a Sevilla, de Esquivias a Valladolid, de Orán a Toledo, de Écija a Lisboa- de quien pasó gran parte de su existencia en camino. Un camino que recorre Cervantes incluso en esa cima de la prosa castellana que es el Prólogo del Persiles, que escribió cuando sentía próxima la muerte: Sucedió, pues, lector amantísimo, que, viniendo otros dos amigos y yo del famoso lugar de Esquivias, por mil causas famoso...

Gracia propone de esa manera al lector un recorrido por la biografía externa de  Cervantes, pero también por su obra y sus contextos -vitales, históricos, sociales, culturales, estéticos, morales- y sobre todo por su mirada al mundo, que se perfila definitivamente en la escritura del Quijote. Una mirada cervantina –tolerante, sí, pero aguda siempre- a un mundo al revés en el que nada es lo que parece. Así lo resume el biógrafo: “La conquista de la ironía como núcleo estructural de la novela está poniéndose en marcha porque en Cervantes ha cuajado ya lo que lleva dentro Don Quijote”

Ese proceso de conquista literaria de una nueva mirada en la que se suman la ironía, el humor y la inteligencia tiene un momento decisivo en las Novelas ejemplares, en las que Cervantes dio con el tono creíble y directo, oral y casi invisible que habría de ser la clave narrativa del Quijote y de su plenitud literaria, la culminación de un proceso de creación de un mundo propio en el que Cervantes reunió ejemplarmente experiencia e invención, idealismo e ironía, ficción y realidad.

Por eso subraya Jordi Gracia que Cervantes acaba haciendo de su literatura la expresión de un hombre "escarmentado sin rencor que dañe la voluble marea de cordialidad expectante y curiosa, más alegre que averiada, más jovial y burlona que amargada y esclerótica."

La conclusión más importante de esta biografía escrita en ese tono cercano al que me refería más arriba es que transmite la imagen de un Cervantes también cercano “que planea hacia nuestro tiempo”, porque “el Cervantes de sus mejores novelas /.../ parece vivir fuera de su tiempo para saltar al centro del nuestro, allí donde la ironía es la respuesta que los ideales y el buen sentido dan a las paradojas de la experiencia, donde el humor es condición de la inteligencia y la verdad es esquiva y es exacta al mismo tiempo: irónica y cervantina.”

Un Cervantes en el que, a pesar de los desengaños y los golpes que le dio la vida, a pesar de esos desórdenes de la fortuna a los que Gracia dedica un capítulo, nunca hay acritud, porque en su madurez se ha liberado de sí mismo y con el Quijote le ha aportado a la novela una dimensión reflexiva en torno a la realidad y su condición poliédrica, una de las claves que permiten hablar de esa obra como la primera novela moderna.

La escribió quien, como decía Cernuda de Don Quijote, no se cansó nunca de vivir. Ni siquiera en esos días finales en que comenzaba así la dedicatoria del Persiles:

Ayer me dieron la Extremaunción y hoy escribo ésta. El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir.

Santos Domínguez


22/4/16

Antología de la poesía parnasiana

Antología de la poesía parnasiana.
Edición bilingüe de Miguel Ángel Feria.
Cátedra Letras Universales. Madrid, 2016.

Hace ahora justamente un siglo y medio, en 1866, Alphonse Lemerre publicaba Le Parnasse contemporaine, la antología fundacional de un movimiento que marca el rumbo renovador de la poesía francesa en la segunda mitad del siglo XIX y que tendría una influencia decisiva también en la configuración del modernismo hispánico, especialmente en el aparato temático y en el andamiaje estilístico y métrico de Rubén Darío.

Cátedra Letras Universales acaba de publicar una imprescindible Antología de la poesía parnasiana en edición bilingüe de Miguel Ángel Feria, que justifica con estas palabras la necesidad de una obra como esta: “No existe en la copiosa historiografía sobre el modernismo literario un término sometido a mayor vulgarización que el de parnasianismo, como tampoco existe en lengua española un solo estudio destinado cabalmente a su desentrañamiento.” 

Una antología que recoge una muestra significativa del Parnasianismo a través de diez poetas relevantes -de Théophile Gautier a Sully-Prudhomme, de Théodore Banville a José-Maria de Heredia, de Leconte de Lisle a Catulle Mendès- que aparecen representados cada uno por cinco textos, la mayoría de los cuales se traducen por primera vez al español. 

Criticado por retórico, superficial y decorativo, con más detractores que defensores, el Parnasianismo tuvo, sin embargo, un papel fundamental entre dos movimientos: entre el Romanticismo y el desorden de sus improvisaciones arrebatadas y la música oscura del Simbolismo. 

En contra del posromanticismo intimista y vegetativo y del utilitarismo de la poesía realista, el Parnasianismo fue la vanguardia rupturista de aquel momento: defendió la importancia de la forma, la autonomía del Arte por el Arte frente al didactismo propagandista social, moral o religioso y propugnó la estrofa frente al versolibrismo.

En su espléndido estudio introductorio de un centenar de páginas, Miguel Ángel Feria aporta las claves históricas y estéticas que permiten reivindicar la importancia del movimiento parnasiano, seguir su evolución, desde la bohemia antiburguesa a la Academia, y fijar las características –historicismo, recuperación del mundo clásico, objetividad, distancia impasible, fuentes pictóricas- de una poesía plástica que habló de lo sensible más que de lo sentimental y transfirió las emociones del sujeto al objeto.

Frente a la poesía descuidada y amparada en el sentimiento, el Parnasianismo defendió la importancia de la técnica y la obra bien hecha:  “Arte es belleza -decía Gautier-, invención perpetua del detalle, elección de palabras, exquisito esmero en la ejecución. La palabra poeta significa literalmente hacedor. Todo lo que no está bien hecho no existe.” 

Esa actitud entrañaba un riesgo evidente, porque -como indica el editor en la introducción- “aquel fervor por el trabajo verbal, por una dicción, un ritmo y un lenguaje culto y elevado redundó a veces en puro preciosismo.”

En la selección de autores y textos se ha valorado su representatividad desde el punto de vista temático y estilístico y la influencia que han ejercido en la poesía posterior: Gautier, un bohemio dedicado obsesivamente en la depuración estilística y en la musicalidad del verso en sus Émaux et camées; Banville y el canon escultórico de sus Odes funambulesques; Leconte de Lisle, el más importante y el más representativo de todos ellos con sus Poèmes antiques y sus Poèmes barbares, el mejor exponente de la ortodoxia parnasiana junto con su discípulo José-Maria de Heredia, que con un único libro –Les Trophées- obtuvo el reconocimiento de la crítica como el último parnasiano importante y la admiración de los simbolistas; Catulle Mèndes, que configuró el poema en prosa parnasiano, o Sully-Prudhomme, menos un poeta que un hábil versificador, a pesar de lo cual obtuvo el primer Nobel de Literatura en 1901.

No está aquí Baudelaire, que aunque escribió los mejores poemas parnasianos, es un poeta tan desbordante, tan proyectado hacia el futuro que no cabe ni bajo este ni bajo ningún otro rótulo. 

Cincuenta espléndidas traducciones en las que merece la pena destacar el esfuerzo del traductor por transmitir en su versión la armonía musical de los originales.

Santos Domínguez



21/4/16

Thomas Mann. Relato de mi vida


Thomas Mann.
Relato de mi vida.
Traducción de Andrés Sánchez Pascual.
Hermida Editores. Madrid, 2016.

Con traducción de Andrés Sánchez Pascual, Hermida Editores publica Relato de mi vida, una obra en la que Thomas Mann va más allá de la autobiografía para fijar las claves de su escritura.

Escrito en 1930 con la fluidez narrativa del mejor Mann, el Mago recuerda en estas páginas las lecturas de Nietzsche y Schopenhauer como experiencias intelectuales decisivas en su formación, evoca el “mejor Munich que ha habido jamás,” donde terminó Los Buddenbrook, una de sus grandes novelas; rememora el suicidio de sus dos hermanas o hace un recorrido por el proceso de elaboración y publicación de sus novelas y relatos, de Tonio Krüger a La montaña mágica, de La muerte en Venecia al ciclo novelístico José y sus hermanos; habla de sus influencias literarias, revela la base real o autobiográfica de algunos de sus personajes y de las situaciones que plantean o de la génesis de La montaña mágica en el sanatorio de Davos, donde estaba ingresada su mujer para tratarse una enfermedad pulmonar, y rememora un viaje a España en la primavera de 1923 y su atracción por “el territorio español clásico,” Toledo, Aranjuez, El Escorial, Segovia, el Guadarrama.

La constante interrelación entre vida y literatura en Mann permite abordar su obra desde una perspectiva profundamente vivida produce en el lector de estas páginas la sensación de estar ante un personaje, aunque paradójicamente ante sus personajes notemos que son personas vivas.

Sus protagonistas son en gran medida proyecciones de sus fantasmas, sus experiencias, sus inseguridades, sus ideas. Desde Aschenbach a Faustus, Mann está detrás de sus personajes. El casto José es el casto Thomas y en Hans Castorp se puede rastrear la ideología vital y artística del autor de La montaña mágica.

“Yo supongo que moriré en 1945, a la misma edad de mi madre”, escribía Mann al final de este Relato de mi vida. No fue así, murió diez años después y eso le permitió terminar Doctor Faustus, su novela más sombría, y las Confesiones del estafador Felix Krull.

A su muerte, su hija Erika escribió el texto que completa este volumen, El último año de mi padre, para “contar cosas de él, de sus proyectos, de su último año, de los últimos días y las últimas horas.” 

Tampoco la angustia ni la melancolía que había previsto para sus últimos días se cumplieron, como explica su hija en estas páginas que evocan un último año -de agosto de 1954 a agosto de 1955- de viajes, reconocimientos y proyectos. Un año en que escribió un conmovedor ensayo sobre Chéjov y otro sobre Schiller.

Un epílogo de Andrés-Pedro Sánchez Pascual con la Cronología y  bibliografía de Thomas Mann cierra este espléndido volumen, una lectura imprescindible para entender en toda su dimensión una de las obras narrativas más imperecederas del siglo XX.

Santos Domínguez

20/4/16

John Keats. Poesía


John Keats.
Poesía.
Antología bilingüe. 
Selección y traducción de
Antonio Rivero Taravillo.
Alianza Editorial. Madrid, 2016. 

Oh ática armonía, hermoso mármol 
con hombres y doncellas cincelados, 
con ramas del boscaje, holladas hierbas… 
¡Silente forma, abstraes a nuestra alma, 
oh Fría Pastoral, como lo eterno! 
Pues cuando esta generación se extinga, 
tú seguirás en medio de otras cuitas, 
amiga del hombre, a quien dirás: 
‘Belleza es la verdad, verdad lo bello.’ 
Otro saber no tienes ni precisas. 

Así termina, en la versión de Antonio Rivero Taravillo que publica Alianza Editorial, la Oda a una urna griega, de John Keats, aquel ‘poeta joven, apenas conocido’ cuya muerte en Roma evocó Cernuda en A propósito de flores. 

Su nombre –lo dice su epitafio- quedó escrito en el agua en 1821 y desde entonces se ha convertido, con cinco años de actividad poética, desde Sueño y poesía, su primer poema importante, hasta los muchos inéditos que aparecieron póstumos en 1848, en un poeta imprescindible no sólo en la poesía inglesa, sino en la tradición occidental.

Alejado por igual del sentimentalismo de Coleridge y Worsdworth, los poetas de los lagos, y del malditismo provocador de Byron y Shelley, John Keats, el romántico que murió más joven, a los 25 años, fue el poeta-poeta, el más claramente tocado por el don de la poesía y la palabra, el que más prestigio conserva hoy porque su obra ha pasado sin daño por encima del tiempo.

Fue también el más consciente de sus contemporáneos en la reflexión sobre la noción de lugar que es esencial en su poesía meditativa. Un lugar que delimitó en sus cartas, en las que habló de la capacidad de enajenarse, de perder la propia identidad para identificarse con el paisaje o con el pájaro que picoteaba en el alféizar de su ventana, para convertirse en urna griega o ser otoño o ruiseñor, cuando morir parece un lujo más que nunca.

Lo resumía en la carta que dirigía el 27 de octubre de 1818 a su amigo Richard Woodhouse, la que Cortázar definió en su memorable Imagen de John Keats como la “carta del camaleón”, comparable a las Cartas del vidente de Rimbaud:

El poeta es un ser sin identidad, lo es todo y no es nada; no tiene carácter; disfruta la luz y la sombra (...) Lo que choca al virtuoso filósofo deleita al camaleónico poeta (...) Un poeta es el ser menos poético que haya, porque no tiene identidad: está continuamente sustituyendo y rellenando algún otro cuerpo (...) El sol, la luna, el mar, los hombres y las mujeres, que son criaturas impulsivas, son poéticos y tienen en sí algún atributo inmutable. El poeta no posee ninguno; ninguna identidad, y es, sin duda, el menos poético de todos los seres creados por Dios (...) Si, por lo tanto, el poeta no tiene ser en sí y yo soy poeta, ¿qué hay de asombroso en que diga que voy a dejar de escribir para siempre? (...) Tal vez ni siquiera ahora estoy hablando por mí mismo, sino desde alguna individualidad en cuya alma vivo en este instante.

Visionaria y creativa, su poesía presagia a Rilke en su viaje hacia la esencia de la realidad, hacia lo que se agita en las profundidades, una suma de reflexión y creatividad, de meditación e imaginación, de lucidez y contemplación receptiva en la que el poeta se deja tomar por la realidad, que posee al poeta, el que ve como pudieron ver los dioses.

Entre un soneto dedicado a su hermano George y la despedida del último texto, con su mano moribunda extendida hacia la amada pero también hacia el lector, está en estas páginas el mundo delicado de Keats y la emoción plástica de su obra, en una traducción en endecasílabos blancos y heptasílabos que no mantienen –como es lógico- la rima, pero sí el ritmo y la música del original. 

Una traducción que –señala Rivero Taravillo-, “ha tratado de envolver las ideas de Keats con la música que les es propia.” Como en la Oda al otoño, “su poema perfecto” en palabras de Harold Bloom:

¿Dónde los cantos ya de Primavera?
No importa; tú también tienes tu música:
mientras las nubes, expirando el día,
florecen y sonrojan los rastrojos;
en coro los mosquitos se lamentan
meciéndose en los sauces junto al río
conforme se alza o no una leve brisa;
y balan los corderos en el monte,
canta el grillo en el seto, en una huerta
dulce silba el petirrojo, y gorjean
bandos de golondrinas en el cielo.


Santos Domínguez