12/7/19

Joan Payeras. La noche que espera


Joan Payeras.
La noche que espera.
La Isla de Siltolá. Sevilla, 2019.

Conoces el dolor y la belleza, 
tienes amor y miedo. 
Cada tarde se pone el sol 
tras la misma montaña.
Tú celebras el don 
y temes la condena. 

Con esos espléndidos versos se cierra la primera de las dos partes -El don y la condena y La noche que espera- del libro que Joan Payeras publica en la colección Tierra de La Isla de Siltolá.

Entre el don y la condena, la conciencia del tiempo fugaz y la celebración del amor y el tiempo presente, entre el dolor y la belleza, el final y la promesa, entre “el dolor secreto y la alegría callada”, entre la certeza de estar vivo y la seguridad de la noche fría que espera se mueven los poemas en verso y prosa de La noche que espera, que parten de la idea de que “en la hoguera del tiempo / arderá esta belleza.”

En ellos la palabra que contiene el mundo lo convoca, porque esa palabra es “luz convertida en canto / milagro breve, lapso de tu tiempo.” Y lo evoca con la memoria que une tardes y miradas en busca de la armonía con el mundo y en “la íntima celebración /  de saberse vivo.”

Y al fondo, callada y esperando, “la noche ensayando siempre la última noche”, aunque quien lo sabe tiene la palabra y los versos “como escudos / que detuvieran lo que teme.”

Y así en la extensión de la noche, en el silencio y la nieve, en el fuego y la ceniza los poemas de La noche que espera concretan la búsqueda de “una única palabra en la que se resuma el último sentido de esta vida, la última razón de nuestra muerte.”

Con una admirable contención expresiva y una inusual tensión poética y emocional, estos textos aspiran a realizar el milagro de parar el tiempo en el poema con la voz de quien “Recuerda. / Y comprende al fin / que en la plenitud / de todos los días / escondida / la muerte calla.”



Santos Domínguez

10/7/19

Stendhal. Napoleón. Vida y memorias


Stendhal.
Napoleón.
Vida y memorias.
Traducción y cronología de Consuelo Berges.
Introducción de Ignacio Echevarría.
Penguin Clásicos. Barcelona, 2019.

“¡Napoleón y Stendhal! La sola mención de estos dos nombres juntos emite una vibración especial para todos aquellos que conservan vivo el impacto que les produjo la lectura de Rojo y negro o de La cartuja de Parma. Puede que, desde la Ilustración, no se haya dado un caso equivalente de sintonía entre un gran escritor –Stendhal- y uno de los grandes poderosos de la Tierra: Napoleón. No se trata, ni mucho menos, del tipo de alianza o de complicidad que llegó a establecerse entre, por ejemplo, Gorki y Lenin, en el marco de la Revolución rusa, o entre Malraux y De Gaulle, en la Francia posterior a la Segunda Guerra Mundial. Se trata de algo más impreciso y a la vez más amplio, que señala a Stendhal como el más fiel cronista del impacto y de las transformaciones espirituales que, en la Europa posterior a la Revolución francesa, supuso la emergencia, el imperio y la caída de Napoleón. Nadie como Stendhal captó de manera tan certera el modo n que la figura, las conquistas y el destierro de Napoleón encendieron la imaginación de al menos dos generaciones de europeos, transformando en no pocos casos la relación con su propio destino”, escribe Ignacio Echevarría en la magnífica Introducción que ha escrito para la edición de Napoleón. Vida y memorias, de Stendhal en Penguin Clásicos con traducción y cronología de Consuelo Berges.

En dos ocasiones intentó Stendhal abordar la biografía de Napoleón, un proyecto largamente elaborado que no llegó a culminar. La primera en 1817, con un Napoleón desterrado en Santa Elena y con un Stendhal que mantenía pese a todo sus convicciones bonapartistas exiliado en Milán. 

Tras aquella Vida de Napoleón, primer esbozo de una biografía inconclusa que tuvo como eje la vertiente militar de Napoleón, veinte años después, muerto ya el emperador, un Stendhal muy distinto empezó sus Memorias de Napoleón, centradas en la campaña en Italia, escindido entre la admiración al personaje y lo que representó y el desprecio al tirano, al que consideraba “el hombre más grande aparecido desde César.”

Stendhal había formado parte de los ejércitos napoleónicos en la campaña de Rusia y en la victoria de Batzen en 1813. De su conocimiento de los campos de batalla cuando era todavía Henry Beyle dejó un testimonio ejemplar en La Cartuja de Parma y en su inolvidable descripción desorientada y perpleja de la batalla de Waterloo.

“Caí con Napoleón en abril de 1814”,  escribió en su autobiográfica Vida de Henry Brulard, donde dejó reflejado su bonapartismo, aunque en menor medida que en los protagonistas de sus dos novelas fundamentales: Julien Sorel en Rojo y negro y Fabricio del Dongo en La Cartuja de Parma, dos personajes en los que proyectó el entusiasmo y la exaltación romántica ante la figura de Napoleón un Stendhal que consideraba que “la vida de este hombre es un himno a la grandeza de alma.”

Stendhal no escribía estas páginas sobre el hombre, sino sobre el personaje histórico, sobre la estatua y el pedestal. El que acometía las memorias de Napoleón era un Stendhal que había publicado ya su Rojo y negro, una novela napoleónica en gran medida, y que declaraba en el Prefacio:

El amor a Napoleón es lo único que ha perdurado en mí, lo que no me impide ver los defectos de su espíritu y las mezquinas flaquezas que pueden reprochársele.

Y con esa mirada admirativa y crítica aborda Stendhal lo que Ignacio Echeverría define en su Introducción como “la sustancia histórica y personal de un mito que dio impulso y vuelo al primer novelista contemporáneo.”

Santos Domínguez





8/7/19

Juan Eduardo Zúñiga. Recuerdos de vida



Juan Eduardo Zúñiga.
Recuerdos de vida.
Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2019.

En el invierno del año 1930 o 31 cayó en Madrid una gran nevada y, mediada la tarde, el jardincito que rodeaba nuestra casa de la calle General Zabala, en el barrio de Prosperidad, se fue blanqueando; primero, el suelo en los sitios más secos, luego las cuerdas de tender la ropa. Al anochecer, aquel pequeño y familiar espacio se convirtió en un lugar nuevo y sorprendente por la materia que recubrió la verja de hierro, los tallos más finos, las hojas de los geranios, los cables de la luz, el remate de la tapia por donde saltaban los gatos de las casas vecinas. Todo quedó transformado en un escenario fascinante, más aún después, cuando se abrieron las nubes y la luna puso allí su fría luz. 

Con ese párrafo abre el ya centenario Juan Eduardo Zúñiga sus memorias, Recuerdos de vida, que publica Galaxia Gutenberg.

“Qué larga es la calle de la vida. Avanzamos por ella y atrás dejamos convertido en el olvido cuanto hicimos. Sólo cuando sentimos que el final de la calle se acerca es posible repensar lo sucedido (...) Qué secreta es la calle de los años. Buscamos en los recuerdos cómo será el futuro: inútil tarea porque sólo se encuentra en las cenizas (...) Estas escenas sueltas, desconectadas en su apariencia, tienen un hilo invisible que las cose, finos tendones y venas las vitalizan. Aunque lo más aceptable sería no intentar comprender la vida”, escribe Zúñiga en estas memorias que son la consecuencia de que “nada se olvida, todo queda y pervive”, como reza el título del capítulo quinto, que podría servir también para caracterizar la totalidad de su obra, atravesada decisivamente por la memoria de ese largo invierno de Madrid que se evoca en uno de sus títulos fundamentales.

Se trata, eso sí, de unas memorias reducidas, porque se limitan a su periodo de formación, a sus años de aprendizaje en el Madrid de los años 30 y 40, durante la República, la Guerra civil y la posguerra, el fondo histórico sobre el que transcurren estas memorias de infancia y juventud, semejantes a un modelo tolstoiano que Zúñiga conoce bien. 

Redactadas entre abril de 2011 y diciembre de 2018, la amistad y el amor, la guerra y la política, la soledad y la melancolía, el frío y los libros como refugio y como salvación -“La calma es un libro” se titula el capítulo inicial-, el descubrimiento de Winesburg. Ohio, de Sherwood Anderson, las lecturas de Kafka o la tertulia del café Lisboa recorren estas páginas autobiográficas, construidas como una novela de formación del lector infantil y del observador de experiencias ajenas, que conformaron “la actitud vital de quien se asoma a la ventana y al otro lado de los cristales contempla una singular enseñanza de la vida.” 

Desde esa ventana vio Zúñiga por primera vez la nieve que cae en sus libros, un paisaje nevado que “muchos años después pensé si fue el trasfondo de una prematura vocación literaria.” 

Sobre el telón de fondo de un Madrid asediado, bombardeado y devastado por la guerra, que es también el escenario de su imprescindible Trilogía de la guerra civil, por estos Recuerdos de vida pasean hombres y fantasmas que completan una galería de seres y un autorretrato en movimiento que tiene como eje no sólo al personaje, sino el constante elogio de los libros, el homenaje a la resistencia y a la literatura que vertebra el volumen y con el que se remata la obra:

Cabe pensar que muchas heridas del alma puedan encontrar un libro que, con un personaje, con un párrafo, con dos palabras, ponga el alivio que no darán remedios medicinales. Otros libros, por la presión de sus razonamientos, alcanzarán a mover el ánimo de un grupo. Y hasta podemos aventurar que ejercen una influencia en la mecánica de las costumbres. No maestros de sueños sino maestros de vida, con la enseñanza de que la literatura debe perseguir el espíritu de la época y describir la frondosidad del alma de todos nosotros.

Santos Domínguez

5/7/19

La invención del viaje


Juliana González-Rivera.
La invención del viaje.
Alianza Editorial. Madrid, 2019.

Como una historia de los relatos que cuentan el mundo resume Juliana González-Rivera en el subtítulo el contenido de su espléndido libro La invención del viaje, que publica Alianza Editorial.

Un libro sobre la escritura del viaje, sobre el que escribe en su introducción que “quienes cuentan el mundo son los viajeros. Ellos han escrito el mapa de las cosmovisiones de todas las épocas, sus relatos han hecho imaginar desiertos, mundos helados, imperios y tierras prometidas.”

Viajes en los que “no hay regreso, no hay llegada. Viaja sólo quien sabe irse”, como escribió en un verso de Historia de las despedidas Pedro Sorela. Porque, como se lee en otro verso del Cuaderno de Abul Qasim, “el viaje verdadero consiste en no volver.”

Un recorrido por la escritura del viaje como universo, como “metáfora de la vida, de la muerte, del conocimiento, de la escritura”, porque “el viaje es una idea” a la que “cada civilización le ha dado una definición.” 

Y es que el viaje lo impulsa la curiosidad y lo alimenta la imaginación y en todas las épocas y culturas el viaje se plantea como búsqueda y el camino como aprendizaje, pese a que, como señaló Pascal, todas las desgracias del mundo proceden de la incapacidad del hombre para permanecer en su habitación.

Estas páginas trazan una historia del viaje y de su relato y son un acercamiento a la escritura del movimiento porque “no existe la escritura inmóvil”. Y porque “todo relato es un viaje” hay una intensa relación entre escritura y viaje desde la antigüedad, desde el Poema de Gilgamesh a la Odisea y la Eneida o a viajeros medievales como Marco Polo, tan decisivo en la inspiración de los viajes colombinos y en los cronistas de Indias hasta el viaje moderno, convertido en ejercicio intelectual desde el Renacimiento con precursores como Petrarca que trazó una frontera cultural con su ascenso al Mont Ventoux.

Y desde el Renacimiento de Montaigne a la Ilustración de Voltaire, Swift y Defoe, del viaje como conocimiento de Goethe y Humboldt al viaje sentimental del Romanticismo de Byron, al viaje refinado de Stendhal y a las sociedades geográficas que responden a la llamada de África y dan lugar a exploradores como Richard Burton y Livingstone.

Completan el panorama novelistas viajeros como Jack London, Stevenson y Joseph Conrad y viajeros inmóviles en el viaje contemporáneo, en el que “el hombre es el héroe, un viajero, un ser simbólico que sólo se puede explicar mediante la palabra, la narración. Y el viaje nunca dejará de ser la gran metáfora, la alegoría poderosa que favorece nuestra mutua comprensión.”

En un momento en el que el género puede parecer exhausto, la autora sin embargo lo reivindica con estas palabras:

“El relato de viajes no ha muerto pero si agoniza hay que reinventarlo, resucitarlo, seguir buscando la última frontera como el personaje del cuento de Dino Buzzati, porque cada época necesita sus viajeros y la nuestra no es la excepción. Es urgente que reaprendeamos a viajar, a ver. Para, otra vez en la ruta, con el saber que sólo ella provee, podamos escribir la historia de nuestro tiempo y reinventar el mundo de una forma más fidedigna que la de los espejos.”


Santos Domínguez



3/7/19

Pablo d'Ors. El amigo del desierto


Pablo d'Ors.
El amigo del desierto.
Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2019.

“Pocos lugares hay en el mundo que sean tan metafóricos como el desierto, como prueba el hecho de que cuando se dice la palabra 'desierto' suele pensarse casi tanto en el desierto físico o externo como en el mental o interior”, explica el narrador protagonista de El amigo del desierto, la novela de Pablo d'Ors que recupera Galaxia Gutenberg diez años después de su primera edición, en la que figuraba como subtítulo -ahora suprimido- Relato de una vocación.

Una novela alegórica sobre el desierto y sobre la transformación espiritual de Pavel, el protagonista, que tras su integración en una sociedad secreta, los Amigos del Desierto, y después de sus viajes al Sahara acaba identificándose cada vez más, hasta diluirse en él, con el desierto, “metáfora del infinito”, de la desposesión y el vaciamiento, de la renuncia y el silencio. Ese es el sentido de la búsqueda que vertebra la novela:

Iba tras ese silencio -único e inconfundible- en que resuena lo esencial.

Lo anunciaba ya una de las citas iniciales, el proverbio árabe que dice “Quien no conoce el desierto, no sabe qué es el silencio.”

Lo que refleja el desarrollo del relato es el ascético camino de perfección de un personaje que proyecta su interioridad en el paisaje y acaba reflejándose en la contemplación de un desierto que -como en Jabès, como en Valente- terminará  identificando con la escritura y la búsqueda interior, con una poética del vacío que está en San Juan de la Cruz, en el Maestro Eckhart o en Charles de Foucauld, un precursor que “hizo el camino inverso al que suelen seguir los demás: el mundo busca el poder y la gloria (...); él, en cambio, el anonimato y la oscuridad.”

En esa poética del vacío y el silencio, el desierto es el no-lugar, un espacio que está también fuera del tiempo, de manera que Pavel acaba transformado en dibujante del desierto, en calígrafo de una escritura rota que es también su forma de diluirse en el desierto, de identificarse radicalmente con él: 

Sí, lo deseo; deseo ser como el desierto.

Santos Domínguez

1/7/19

Juan José Vélez. Ámbito sustancial



Juan José Vélez.
Ámbito sustancial.
Antología poética (1998-2018).
Selección y prólogo de Jorge de Arco.
Ars Poetica. Oviedo, 2019.

“Juan José Vélez es consciente de que la poesía puede ser el alma que nos salve de nosotros mismos. Por eso, su verso no es abstracción, sino realidad, no es ensoñación sino certidumbre que pasa y que pasea muy cerca del alma. A ella se anuda para explicarse e iluminar las sombras que generan las edades”, escribe Jorge de Arco en el prólogo de Ámbito sustancial, la antología de la obra de Juan José Vélez Otero que ha preparado para Ars Poetica.

Entre 1998 y 2018, entre Panorama desde el ático y el reciente Pasmo, se resumen aquí veinte años de escritura en un centenar de poemas que reflejan la construcción de un mundo poético personal a través de una voz en la que conviven diversos tonos, matices y registros.

Una voz predominantemente elegíaca en la que la memoria paradisiaca de la niñez alimenta la nostalgia que recorre una poesía confesional y desconsolada en la que late la autenticidad de una voz que deja paso a veces a la celebratoria explosión sentimental en torno al tema amoroso.

Una voz cercana en la que el tono conversacional convive ejemplarmente con la ambición expresiva como en esta espléndida Foto del 63, de La soledad del nómada:

Hay una luz de claustro en esta foto,
de soledad de esperma
y de locura, una luz
de tormenta de otoño
y de colegio de fantasmas.

Hay un niño y un mapa
y una bola del mundo
que lleva años enteros
girando en un cajón oscuro.

Hay una sonrisa de metal helado,
de mercurio de termómetro difunto,
un humo de alquimista
sonámbulo y misericorde
que se forja en el frío
de los muertos en vida.

En esta fotografía
hay cristales rotos de un sueño diezmado
y espumas olvidadas de una playa distante.

Un suicida
podría haber escrito en su reverso
la despedida solemne y temblorosa
del cansancio y la duda.

Mientras, el niño sonríe
completamente ajeno al espejismo
donde se iban formando en silencio
las larvas venenosas de la nostalgia.

En la férrea disciplina estrófica del soneto o en la fluidez del verso libre, la voz contenida o desatada de Juan José Vélez es una voz verdadera de la que da una muestra completa este Ámbito sustancial, sobre el que Jorge de Arco concluye que es, en suma, un sugestivo testimonio, una luminaria presencia donde late un corazón en libertad. Y en la sincera trascendencia de su mensaje reside su mejor virtud: hacer del verso morada, hallazgo y resurrección.”

Santos Domínguez


28/6/19

Fugitivos


Fugitivos.
Antología de la poesía española contemporánea.
Edición de Jesús Aguado.
Fondo de Cultura Económica. Madrid, 2016.


Publicada hace tres años, la antología de poetas españoles contemporáneos que Jesús Aguado reunió en Fugitivos bajo el sello editorial del Fondo de Cultura Económica es una obra de referencia ineludible para quien quiera orientarse en el confuso bosque de la última poesía española.

De José Ángel Cilleruelo a Elena Medel, pasando por Carlos Marzal, Aurora Luque, Vicente Valero, Vicente Gallego. Juan Antonio González Iglesias, Ada Salas, Álvaro García o José Luis Rey, se reúne aquí una muestra significativa que traza un panorama de conjunto de veintidós poetas que reflejan la diversidad de tendencias y la variedad de voces de la poesía española actual.

Y eso es quizá lo más significativo de esta muestra: que las voces individuales se han impuesto sobre las tendencias gregarias en las que se han refugiado tantas voces irrelevantes. Voces irrelevantes que no podían acreditar más mérito poético que su pertenencia a un rótulo sectario o a una pancarta de grupo que ha servido a tantos para cubrir sus vergüenzas poéticas.

Y es que si hay una conclusión definitiva tras leer una antología como esta -con presencias y ausencias discutibles, claro: eso es connatural a las antologías-, es la percepción de que por encima de agrupaciones sectarias y de etiquetas generales, cada uno de estos poetas busca, con mayor o menor acierto, su propio camino y su propia voz.

Porque, como señala Jesús Aguado en el prólogo a su selección, “la poesía es el trabajo de quienes no tienen otro trabajo que librarse de los barrotes, de los visibles y de los invisibles, que nuestro modelo de civilización alza alrededor de todos nosotros hagamos lo que hagamos, vivamos donde vivamos y seamos como seamos. La poesía es un arte de fugitivos, el arte por antonomasia de la fuga.”

Y por eso en esta antología, generosa en páginas y en su mirada abarcadora, se recoge “un puñado de poemas que le pueden servir para vivir en alguna de las afueras todavía posibles.”

Santos Domínguez

26/6/19

Martin Buber. Confesiones extáticas


Martin Buber.
Confesiones extáticas.
Traducción de José Rafael Hernández Arias.
Hermida Editores. Madrid, 2019.

Con traducción de José Rafael Hernández Arias, Hermida Editores publica la primera edición en español de las Confesiones extáticas, de Martin Buber (1878 –1965), un recorrido por los textos que reflejan el éxtasis místico en las distintas tradiciones, de la oriental a la occidental, del sufismo al hinduismo o al cristianismo. 

La experiencia del éxtasis se encuentra con las limitaciones expresivas propias de lo inefable, de la difícil y limitada traducción en palabras de una vivencia irracional y emocional. 

Se trata de la casi imposible tarea de hacer, si no inteligible sí al menos comunicable, una experiencia visionaria, lo que ha otorgado tradicionalmente a los textos místicos unos valores poéticos que los hacen particularmente ricos. Con el símbolo y la metáfora como bases de su lenguaje, el texto que reconstruye la experiencia mística con la voluntad de expresar lo inexpresable.

Por eso en estos textos “la fuerza de la experiencia, el querer decir lo indecible, la voz humana han creado una unidad memorable”, porque “aquello que se experimenta en el éxtasis es la unidad del yo.” 

Es en ese momento cuando el místico choca con los límites del lenguaje racional para dar cuenta de una experiencia visionaria que no es conocimiento, sino vivencia que se traduce en imágenes, sueños y visiones.

Y es que el místico -escribe Buber- “dice las formas y los sonidos y advierte que no dice la vivencia, no el fundamento, no la unidad, y quisiera detenerse y no puede, y siente lo indecible como una puerta con siete cerrojos que él manipula sabiendo que no va a abrirse, pero no puede dejarlo. Pues la Palabra arde en su interior. El éxtasis ha muerto, asesinado a tradición por el tiempo, que no quiere que se burlen de él; pero, muriendo, ha arrojado la palabra en él, y la palabra arde en su interior. Y él habla, habla, no puede callar, le impulsa la llama en la palabra, él sabe que no la puede decir y, no obstante, lo intenta, una y otra vez, hasta que su alma queda mortalmente extenuada y la palabra le abandona.”

Y para dar testimonio de esa experiencia desgarrada, de esa separación entre el lenguaje y la vivencia, Buber propone un amplio recorrido por una significativa cantidad de autores que desde la tradición oriental a la occidental, del hinduismo al misticismo cristiano, del Mahabarata al sufismo, de Plotino a Lao-Tsé o de Hildegard a Santa Teresa completa una antología de textos místicos en los que “la voluntad de decir del extático no es meramente impotencia y balbuceo: también es poder y melodía.”

Santos Domínguez

24/6/19

Alfonso Alegre Heitzmann. Días como aquellos


Alfonso Alegre Heitzmann.
Días como aquellos.
Granada 1924.
Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2019.

En agua el alma se pierde
y el cuerpo baja sin alma,
sin llanto el cuerpo se va
que lo deja con el agua
llorando hablando cantando
con las almas, con las lágrimas
del laberinto de pena,
entre las adelfas blancas,
entre las adelfas rosas
de la tarde parda y plata,
con el arrayán ya negro,
bajo las fuentes cerradas.

Así termina Generalife, uno de los textos que escribió Juan Ramón Jiménez bajo la impresión de su viaje a Granada entre el 24 de junio y el 3 de julio de 1924 invitado por la familia García Lorca.

Casi a la vez que Lorca componía su Romance sonámbulo, uno de los poemas seminales del futuro Romancero gitano, Juan Ramón terminaba a las pocas semanas ese romance largo, que dedicó a Isabel García Lorca, “hadilla del Generalife” y que ocuparía un lugar central en sus Olvidos de Granada, el libro al que Alfonso Alegre Heitzmann dedica la mayor parte de su espléndido Días como aquellos. Granada 1924, el libro que recrea los días compartidos en Granada a finales de junio de 1924 por Juan Ramón y Lorca, con el que obtuvo el Premio Antonio Domínguez Ortiz de biografías 2019 que publica la Fundación José Manuel Lara.

El volumen se abre con la evocación de la tarde del 24 de junio, tal día como hoy, en la que Juan Ramón y Zenobia llegan a Granada en tren desde Madrid acompañados por Federico García Lorca y su hermano Francisco. Comenzaba así una duradera relación de amistad con los García Lorca que se volvió a manifestar en la protección que Juan Ramón Jiménez y Zenobia ofrecieron a la familia en el exilio. 

Más de veinte años después de aquel viaje, el 30 de diciembre de 1945, Juan Ramón lo recordaba vivamente desde Washington en su carta de pésame por la muerte del padre de Federico García Lorca. Al final de este párrafo aparece la frase que ha servido como título del volumen:

“Nosotros no hemos olvidado nunca aquellos días de Granada, en que ustedes nos acompañaron tanto, haciéndonos un doble paraíso de su ciudad maravillosa. Cuando estábamos en Madrid mirábamos con frecuencia aquellas fotografías que nos hicimos juntos en tanto sitio hermoso. Días como aquellos se viven pocas veces en la vida.”

Pero si aquel viaje a Granada fue un episodio “verdaderamente decisivo” en la relación amistosa entre Juan Ramón Jiménez y Lorca –“un espacio tiempo que gravitaría ya para siempre en sus vidas”-, la segunda parte del libro evoca el primer encuentro en Madrid en 1919 entre Juan Ramón y Lorca, del que Juan Ramón decía en una carta: “me hizo una excelentísima impresión.” 

Además de un estupendo análisis de Generalife, la tercera parte ofrece una luminosa interpretación de dos prosas esenciales de Olvidos de Granada, especialmente de El ladrón de agua -“uno de los textos más intensos y secretos que Juan Ramón escribió a raíz de su viaje a Granada”- y de El cielo bajo, con el que Juan Ramón se refiere a “la vista desde diferentes zonas altas de la ciudad.”

Completan esa tercera parte las referencias a algunos personajes que conoció Juan Ramón en ese viaje: Emilia Llanos, Hermenegildo Lanz, el cónsul inglés y sobre todo Manuel de Falla, el tercer personaje al que se presta más atención en el libro.

En Españoles de tres mundos, escrito en América durante la guerra civil, Juan Ramón volvería a hablar de aquel viaje en la evocación de un sueño: 

Sueño profundo con Granada en un tren llegando a Granada. Rumores en la sombra, agua, aire.
Por la mañana, con Federico, Isabelita, Paco, Conchita, a la Alhambra, al Generalife. 

Santos Domínguez