20/10/14

Caminos anfibios


Ernesto Calabuig. 
Caminos anfibios.
Menoscuarto. Palencia, 2014.

Un domingo tranquilo y soleado de primavera, como en La condena de Kafka, comienza la acción de Caminos anfibios, el cuento que abre y da título al conjunto de trece relatos de Ernesto Calabuig que publica Menoscuarto.

Ese domingo es el punto de partida del diario de Marie Baumann, que en el cajón no es ya un ser inerte, es el corazón abultado y poderoso de un frío anfibio. Y como los caminos de ese cuento inicial, los textos del libro se mueven en un terreno de nadie y hablan de ritos de paso y tránsitos en los que los personajes llegan por sendas anfibias a lugares inesperados.

A caballo entre relatos largos como Del ahogarse en un vaso de agua o Nocturno del Ruhr y microrrelatos como Última instantánea, ese itinerario peligroso que los anfibios recorren instintivamente cada primavera se convierte en una metáfora que resume estos cuentos en los que los personajes afrontan un camino que les lleva de una realidad a otra; de una edad a otra;  de un territorio a otro; de la vida a la muerte o del amor a la infidelidad.

Las relaciones de pareja, el tiempo y la memoria de unos personajes que buscan la noción de lugar en estos relatos de estructura abierta, anfibios también porque se mueven entre la vida y la literatura, entre la ficción y la autobiografía, entre la reflexión y el sentimiento, sólidos en su construcción y en su mirada hacia dentro y al mismo tiempo dotados de la levedad que les aportan las sugerencias y las elipsis de sus finales abiertos.

El aire alemán que recorre la atmósfera, los paisajes y los interiores de estos textos, densos y ligeros a un tiempo, acaba afectando también a su estilo denso e introspectivo, siempre absorbente para el lector.

La vida en unas líneas, como titula Ernesto Calabuig uno de los mejores relatos de estos Caminos anfibios.

Santos Domínguez

17/10/14

Francisco. Canto de una criatura

Alda Merini.
Francisco.
Canto de una criatura.
Traducción de Jeannette L. Clariond.
Prólogo de Gianfranco Ravasi.
Vaso Roto. Madrid, 2014.


Al igual que Saulo de Tarso 
fui desarzonado,
fui arrojado al suelo,
y milagrosamente me levanté desnudo.
Desde entonces, cada elemento terrenal 
alcanzó un resplandor incomparable.
Vi el significado del agua, 
el porqué sin culpa 
de la brizna de hierba 
que arde bajo el sol.
Comprendí el placer de un pie desnudo 
que devora una tierra llena de aspereza 
y que siente las espinas
como las espinas de Dios.
Día tras día,
he vivido el calvario
y mi locura 
ha entusiasmado a muchos.

Con una voz que reúne en la ambigua identidad de la primera persona el yo lírico de Francisco de Asís y el mundo poético de la autora, Alda Merini (Milán, 1931-2009) escribió en sus últimos años Francisco. Canto de una criatura, que acaba de publicar cinco años después de su muerte Vaso Roto en edición bilingüe con traducción de Jeanette L. Clariond y prólogo de Gianfranco Ravasi.

Y así como en Cuerpo de amor Alda Merini fundía mística y erotismo, espíritu y carnalidad, en estos poemas levanta un emocionado retablo en el que se conjugan la pobreza y la locura compartidas por el sujeto real y el sujeto poético y la desnudez del despojamiento se convierte en humildad expresiva.

Porque si el centro explícito de estos poemas es el canto franciscano de quien renunció al mundo, Alda Merini proyectó en esa figura lo esencial de su propio universo vital, la mirada de quien también cree que "en la fe está el total abandono a lo indescifrable y a nuestro mejor yo."

Y es esa identificación implícita, esa confusión deliberada la que hace que estos poemas vayan más allá de la mera evocación hagiográfica de una figura fundamental en la espiritualidad occidental para convertirse en el resumen sereno de la propia actitud vital de la escritora, en su autobiografía poética:

¿Sabes que el tormento es voz?
¿Sabes que el dolor canta?
Me incliné sobre ti, 
lavé tus llagas 
y descubrí la música, 
la música del dolor.
Además lo he dicho, 
y tú me miraste 
como se mira a un loco. 
Jamás pensaste que tú, 
oculto en la inmundicia, 
pudieras estremecerme de amor.

Con esa potencia conmovedora crece este canto elaborado por Alda Merini para ponerlo en los labios de  aquel juglar de Dios, aquel hombre alejado del animal lleno de miedo que era su cuerpo:

Pero antes
he oído a todos los animales del mundo,
todos los suspiros de odio y amor.
Me sentí lleno de caballos desbocados 
que corrían 
hacia la meta del Reino.

Santos Domínguez

15/10/14

Kenneth Rexroth. Cita con los clásicos


Kenneth Rexroth.
Cita con los clásicos.
Traducción de Federico Corriente.
Pepitas de calabaza. Logroño, 2014.

En una esmerada edición, con  traducción de Federico Corriente, Pepitas de calabaza acaba de publicar Cita con los clásicos, un libro esencial de Kenneth Rexroth, de quien ya había aparecido en esta misma editorial Desconexión y otros ensayos.

Rexroth, quizá más conocido como poeta y como antólogo de poesía japonesa y china, es también un poderoso ensayista, del que Ken Knabb decía: “Es uno de mis poetas favoritos, pero como ensayista, considero que su talento es inigualable. No conozco a otros tan vivos, tonificantes y contundentes, y a la vez con un espíritu tan abierto y sano.”

Algo que salta a la vista en esta Cita con los clásicos, que propone un recorrido por esos “ejes de referencia” a los que se refirió Ezra Pound en El ABC de la lectura, como recuerda Bradford Morrow en el epílogo de esta edición.

Lo que más llama la atención en este volumen es la amplitud de perspectivas genéricas y espaciales con que Rexroth aborda el panorama de los clásicos, integrando las literaturas orientales y la tradición occidental que arranca de Homero en un periplo a través de todos los géneros: de la narrativa a la lírica y del ensayo al teatro, del libro de viajes a la literatura memorialística pasando por la historiografía.

Esa mirada comprensiva y abarcadora permite que un lector privilegiado como Rexroth descubra en estos textos la red de relaciones que establecen los distintos clásicos en un diálogo enriquecedor que ilumina el conjunto y conecta a unos clásicos con otros.

Rexroth advierte en la introducción de que hay clásicos serenos e idílicos pero los clásicos más representativos son tragedias porque la vida es trágica. No hay ningún clásico optimista que nos diga que todo sucede para bien en el mejor de los mundos posibles y que todo va ir cada vez mejor.

Desde el mesopotámico Poema de Gilgamesh, la primera narración que se conserva y “el primer ego consciente”, hasta el teatro de Chéjov; desde la potencia meditativa del Libro de Job a la ambigüedad de La tempestad; desde La Orestiada y su aprendizaje del sufrimiento hasta el sentimiento trágico de la vida en las novelas de Dostoievski; desde la perfección de Edipo rey hasta la ironía compasiva de Flaubert; desde la grandeza de espíritu de Lucrecio a la excelencia poética de Du Fu; del talento en estado puro de Casanova a Stendhal como maestro del bonapartismo narrativo; de Baudelaire y la poesía como sacerdocio visionario a la contemplación como actividad moral en Whitman, de la autoconciencia de Don Quijote a la construcción de la persona en Shakespeare, se habla en estas páginas memorables de la virtud disolvente de los héroes y su destino trágico, de la poesía como critica simbólica de los valores establecidos, de la intensidad de la vida que reflejan los clásicos desde el difícil equilibrio entre lo intelectual y lo sentimental que hay en todos ellos.

Clásicos de los que se podría decir lo que escribe Rexroth a propósito de los poemas homéricos: Obras de arte unitarias que abordan la experiencia universal con una profundidad, una amplitud de miras y una intensidad insuperables.

Santos Domínguez

13/10/14

Breve historia de la literatura española


Carlos Alvar, José Carlos Mainer y Rosa Navarro.
Breve historia de la literatura española.
Alianza Editorial. Madrid, 2014.

Diecisiete años después de su primera edición en 1997, aparece en El libro de bolsillo de Alianza Editorial una nueva versión revisada y ampliada de la Breve historia de la literatura española.

La puesta al día de la bibliografía, la incorporación de muchos recursos que ofrece internet, una nueva redacción de los capítulos dedicados a la literatura de estos últimos cincuenta años y una actualización que recoge obras publicadas en 2011 y 2012 son algunas de las novedades más significativas de esta segunda edición.

Una nueva edición que –como indica la Nota editorial- es el resultado de actualizar el texto “de acuerdo con la evolución del panorama de los estudios referentes a este ámbito, tarea a la que los autores se han entregado, nuevamente, con tanto entusiasmo como acierto.”

Organizada en tres bloques -la literatura medieval a cargo de Carlos Alvar, la Edad de oro, de la que se ocupa Rosa Navarro, y la época contemporánea que analiza José Carlos Mainer-, la variedad de sus enfoques metodológicos se proyecta sobre ochocientos años de creación: de la lírica tradicional anónima de la Edad Media a las novelas de Isaac Rosa o Manuel Longares; de la indefinición de los géneros medievales a la disolución de las fronteras genéricas en los textos posmodernos; de la dignificación literaria de las lenguas romances a la recepción de la vanguardia, pasando por la revolución poética del Renacimiento o la sociabilidad de la literatura ilustrada.

Sus casi ochocientas páginas evitan el esquematismo e invitan a la lectura demorada mientras reflejan los ocho siglos de existencia de la literatura española entre la unidad del idioma que le sirve de vehículo y la variedad de las tendencias estéticas que fija el canon crítico o el gusto del público, cuya evolución se sigue paralelamente a la de los contextos históricos e ideológicos.

Completado con una cronología y con un índice onomástico que facilita también la consulta rápida sobre un autor concreto, se ofrece aquí un panorama general en el que no faltan el rigor ni la profundidad en el análisis de obras y épocas atendiendo a la recepción, al autor y al contexto para resumir el cambiante concepto de lo literario, la evolución histórica de las ideas literarias o las variaciones en la mentalidad de las épocas o en la sensibilidad de los lectores. 

Así resumen su labor los autores en el Preliminar que abre el volumen:

Unidad y diversidad. El lector se va a poder encontrar aquí con todos los autores importantes de nuestra literatura que se han expresado en castellano, pero también hallara una recreación de las circunstancias históricas y de la tradición literaria en la que esos escritores se insertan. Tiene, pues, en este libro las claves para comprender mejor una parte del pasado y del presente, para seguir el proceso evolutivo de los cambios de mentalidad, y para conocer más de cerca a quienes han utilizado nuestra lengua con mayor acierto, con más sensibilidad, los que han servido de modelo o han marcado un camino; en definitiva quienes han configurado en gran medida nuestra forma de ser y de pensar.

Santos Domínguez

10/10/14

Adonis. Epitafio para Nueva York


Adonis. 
Epitafio para Nueva York.
Traducción de Federico Arbós
 Nórdica Libros. Madrid, 2014.


NUEVA YORK,
mujer, estatua de mujer
que alza en una mano un harapo llamado libertad,
una hoja de papel que llamamos historia,
mientras con la otra estrangula a una niña
cuyo nombre es Tierra.

NUEVA YORK / HARLEM
¿Quién viene en guillotina de seda, quién va en ataúd a lo largo del Hudson?
¡Derrámate, ritual del llanto! ¡Cicatrizad, cosas de la pena y el cansancio! Rosas, jazmines, lo azul, lo amarillo y la luz afilan sus agujas y en la punzada nace el sol. ¿Ardiste, ay, herida oculta entre muslo y muslo? ¿Llegó a ti el ave de la muerte y escuchaste el último estertor? Una soga y el cuello trenzan la tristeza. En la sangre, la hiel del tiempo...

Son dos de los poemas de la primera de las diez secciones de Epitafio en Nueva York, el libro de Adonis que publica Nórdica Libros con traducción y prólogo de Federico Arbós.

Adonis, seudónimo de Alí Ahmad Said Esber (Qassabin, 1930), es uno de los renovadores de la poesía árabe contemporánea, a la que ha puesto en contacto con la poesía occidental. Poesía de la encrucijada, del mestizaje cultural de dos tradiciones: la grecolatina y mediterránea y la árabe pagana y clásica en una fusión que se expresa en la asimilación de los lenguajes poéticos más renovadores del siglo XX, del expresionismo al superrealismo, que se integran con esquemas métricos y rítmicos de la poesía oral árabe: 

"Reivindico toda la herencia mediterránea, pero además formo parte integrante de la cultura universal, de Oriente hasta Occidente. La única especificidad que me reconozco es mi lengua y mi subjetividad. Pero, por medio de ellas, trato de abrirme a lo universal."

Sirio de nacimiento y libanés de elección, Adonis explicaba con estas palabras el sentido del seudónimo que utiliza: 

“Al cambiar un nombre muy musulmán –Ali– por otro sin relación con el Islam –Adonis–, asumía y reivindicaba una trayectoria hacia lo universal. Al firmar así, salía de una tradición petrificada y accedía a una libertad más amplia.” 

Este es mi nombre, la versión definitiva de Un tiempo entre la rosa y la ceniza, que Adonis publicó en Beirut en 1971, recogía tres poemas largos; uno de ellos es este Epitafio para Nueva York que ahora se publica exento en Nórdica Libros con el complemento de otros dos poemas de tema y tono similares: Garganta de piel roja y Paseo por Harlem, dos reivindicaciones de la negritud afroamericana que Adonis escribió en 1996 y 1997, un cuarto de siglo después del Epitafio, y con motivo de una estancia como conferenciante en Princeton.

Epitafio para Nueva York es una relectura creativa de Poeta en Nueva York para rescatar algunas de las imágenes más potentes del espléndido poema lorquiano, para releer en los años setenta el dominio violento del hombre rubio y su máquina de matar en Palestina o en Vietnam. 

Un grito de protesta levantado en 1971, cuarenta años después de Poeta en Nueva York. Más de cuarenta años han pasado desde la publicación de ese Epitafio y los motivos del grito siguen tan vigentes como entonces:

NUEVA YORK,
cuerpo color de asfalto. Cinturón húmedo le ciñe las caderas,
ventana cerrada su rostro… Me dije: Walt Whitman
podrá abrirla —“Yo pronuncio la palabra prístina”—. 
Pero esa palabra no la escuchó más que un dios que ya no está
en su lugar de siempre. Los encarcelados, los esclavos, los
desesperados, los ladrones, los enfermos salen a borbotones de su garganta sin canal ni boca. Grité: ¡Puente de Brooklyn! Pero ése es el puente que une a Whitman con Wall Street,
a la hoja de hierba con la hoja de papel del dólar...

Con Walt Whitman al fondo, Epitafio para Nueva York es un texto de tono profético, de poesía visionaria, de revelación de lo oculto por un poeta transformado en vidente:

Repetí, al modo árabe, esta sentencia en Wall Street, donde corren desde sus fuentes lejanas ríos de oro de todos los colores.
Y entre ellos vi a los ríos árabes llevando millones de cadáveres, víctimas y ofrendas al Gran Ídolo. Al bordear el Chrysler Building para volver a las fuentes, ríen entre las víctimas con estrepitosas carcajadas los marineros. 

Imágenes, motivos y visiones que estaban en los poemas lorquianos más atormentados del ciclo neoyorquino se revitalizan al proyectarse sobre una nueva época con un lenguaje poético propio: 

Digo y repito:
mi poesía es un árbol. Y entre rama y rama,
entre hoja y hoja/ sólo la maternidad del tronco.
Digo y repito:
la poesía es la rosa de los vientos. No los vientos, sino el lugar 
donde soplan todos los vientos. No la rotación, sino el círculo.
Por eso suprimo la Ley, para establecer en cada instante una ley.
Por eso me acerco y no salgo.
Salgo y no vuelvo.
Y voy hacia septiembre, hacia las olas.


Santos Domínguez

8/10/14

Javier Marías. Así empieza lo malo


Javier Marías. 
Así empieza lo malo. 
Alfaguara. Madrid, 2014.

"Así empieza lo malo y lo peor queda atrás", eso es lo que dice la cita de Shakespeare que Muriel había parafraseado  para referirse al  beneficio o la conveniencia, al  perjuicio comparativamente menor, de renunciar a saber lo que no se puede saber.

Aunque se suele traducir la segunda parte de esa frase de Hamlet a su madre como que lo peor es lo que está por venir y no lo que queda atrás, hay otras posibilidades de traducirla y quizá la paráfrasis que hace el personaje aprovecha intencionadamente esas palabras para acomodarlas a sus intereses y al sentido del olvido en la última novela de Javier Marías. 

Porque esa cita del acto III de Hamlet hace que el lector familiarizado con la obra de Marías recuerde otra frase de sentido muy similar en el inolvidable comienzo de Corazón tan blanco: No he querido saber pero he sabido; o esta otra de Los enamoramientos: inmediatamente empecé a lamentarlo; por qué  tenía que saber lo que sabía o el comienzo de Tu rostro mañana: No debería uno contar nunca nada. 

Esa idea de que a menudo es mejor no saber recorre gran parte de la narrativa de Javier Marías y es uno de los ejes centrales de Así empieza lo malo, una novela portentosa que publica Alfaguara y que se sostiene en una intriga absorbente y turbadora y en la potencia irrepetible de su prosa sin desmayo.

Una novela organizada en torno a cuatro personajes fundamentales: el narrador Juan de Vere, que tenía 23 años en 1980, la época en la que transcurre la acción, aunque su perspectiva actual es la de un hombre maduro que fue testigo admirativo e involuntario -porque uno mete a alguien en su casa y, al hacerlo, lo obliga a ser un testigo- de las malas relaciones matrimoniales –una larga e indisoluble desdicha- entre Eduardo Muriel, director de cine, áspero y sentimental, con un parche en el ojo y una decadencia imparable, y su mujer (infeliz, amorosa y doliente) Beatriz Noguera, cuyo apellido recuerda al del médico nocturno de uno de sus cuentos, de cama desconsolada –otra expresión de Shakespeare, que es uno de los hilos conductores de la novela-, a los que se suma un cuarto personaje, el Doctor Van Vechten, un pediatra prestigioso que tiene consulta privada en el barrio de Salamanca y un oscuro pasado en el que ahondará el narrador a instancias de su jefe Eduardo Muriel, amigo del médico y al que han llegado una serie de rumores turbios que cuando se confirman recuerdan directamente las situaciones que Javier Marías abordó en Cuando fui mortal, un relato de 1993 que es el embrión del que surge en buena medida esta novela.

Además de su sólida armazón narrativa, Así empieza lo malo contiene una reflexión lúcida y realista sobre la Transición, la desmemoria y los pactos de silencio en torno a la guerra civil y la posguerra. Y es que la acción, evocada muchos años después, se sitúa en la época de Suárez, cuando se construyó un modelo político y social sobre una componenda más o menos implícita: “nadie pida cuentas a nadie.” A partir de ahí los lavados de cara, los cambios de chaqueta, el disimulo o la falsificación de la biografía de los antiguos franquistas se convirtieron en monedas de curso legal.

En ese contexto transcurre una de las historias incontables y secretas de la vida privada de un matrimonio, una historia tenue y casi nunca contada, como no suelen contarse las de la vida íntima /…/ o tal vez sí, pero en susurros.

Y ese tono narrativo de susurro sobre un secreto recorre las páginas de una novela que concluye con esta frase: Y no, nada de palabras y que tiene como centro la fuerza del rencor y el deseo, el olvido y el perdón, la ocultación y el engaño, la inocencia y la culpa, la humillación y el chantaje, la verdad dudosa y a menudo indeseable o la impunidad.

Con una estudiada alternancia de planos narrativos, Así empieza lo malo es una novela de personajes complejos que se construye sobre la proyección de lo intimo en lo público, de la vida privada en los comportamientos colectivos, porque el silencio íntimo es un correlato del silencio impune y tutelado de la Transición y sus pactos de silencio y olvido, y la desgracia personal de la mujer un reflejo de la desgracia del país, porque, como le explica Muriel al joven De Vere, España entera está llena de hijos de puta en mayor o menor grado, individuos que oprimieron y sacaron tajada, que medraron y se aprovecharon, que contemporizaron en el mejor de los casos.

Y es que cuando uno renuncia a saber lo que no se puede saber /.../ quizá entonces empieza lo malo, pero a cambio lo peor queda atrás.

Santos Domínguez



6/10/14

Julio Neira. Memorial de disidencias


Julio Neira. 
Memorial de disidencias. 
Vida y obra de José Manuel Caballero Bonald. 
Fundación José Manuel Lara. Sevilla, 2014.

¿Sabe que miente el que recuerda?, escribió en un verso memorable José Manuel Caballero Bonald. Sobre esa misma idea de la memoria que inventa lo que escapa al recuerdo escribió entre 1992 y 2001 los dos tomos de sus memorias –Tiempo de guerras perdidas y La costumbre de vivir.

Y porque la memoria fabula con frecuencia y la ficción reinventa los recuerdos, cuando Caballero Bonald decidió reunir esos dos tomos en un solo volumen lo tituló significativamente La novela de la memoria.

Ese solo hecho ya justifica un libro como este Memorial de disidencias que publica la Fundación José Manuel Lara, un amplio estudio sobre la vida y la obra de Caballero Bonald con el que Julio Neira obtuvo el Premio Antonio Domínguez Ortiz de Biografías.

Si además se tiene en cuenta que aquellos dos tomos de memorias se cerraban en 1975 con la muerte del dictador, a la conveniencia de documentar con rigor la biografía del poeta y novelista jerezano se sumaba la necesidad de rellenar esa amplia laguna de casi cuarenta años que quedaron fuera del relato autobiográfico de Caballero Bonald.

A todo eso responde con solvencia este libro, que no es un mero recorrido panorámico y bien documentado por la biografía del autor de Ágata ojo de gato o Descrédito del héroe, sino una aproximación global por la obra de un autor fundamental en la literatura española de los últimos cincuenta años.

Un autor en cuya obra la experiencia vital es el sedimento del que brota la literatura. Experiencia de vida transmutada en hecho estético y en voluntad de estilo, en método de conocimiento de sí mismo y en búsqueda de respuestas. Así resume Julio Neira en el prólogo (Vida, memoria, recuerdo y ficción) esa voluntad autorreferencial, esa voluntaria construcción autobiográfica a modo de examen de conciencia de lo vivido:

Si casi todos los escritores contemporáneos han nutrido su materia literaria en la fuente de la experiencia personal de forma más o menos directa o evidente, aderezándola con elementos ficticios en mayor o menor dosis –tal vez haya que salvar las excepciones de quienes se dedican al género fantástico o a la ciencia ficción, aunque la imaginación no deja de ser una forma de experiencia–, la obra de José Manuel Caballero Bonald es altamente paradigmática de la íntima fusión entre vida y fábula, como él mismo ha proclamado con frecuencia. Hasta el punto de que los episodios de su vida y la elaboración del resultado de su experiencia del mundo han sido el núcleo germinal de su escritura, no importa qué forma literaria adoptara.

Por eso las disidencias del título aluden no sólo a su actitud crítica y autocrítica con la realidad y consigo mismo, sino a una obra escrita desde la desobediencia como línea ética y como exigencia estética, porque Caballero Bonald ha evitado siempre el gregarismo y ha buscado lo que Prieto de Paula ha llamado acertadamente “la soberanía verbal.”

Con un abundante material gráfico y un amplio índice onomástico, este recorrido por las genealogías y los aprendizajes, por las tentativas y los inicios literarios, por los años de extravío y de trabajo en Papeles de Son Armadans, entre el viaje a Collioure y la experiencia americana, entre el activismo político y el reencuentro con Doñana, la relación con el flamenco y los encuentros y desencuentros con el socialismo en el poder, la indignación ante el sucesor de asesino, será una referencia indispensable en la bibliografía sobre Caballero Bonald y sobre este medio siglo de literatura, un periodo histórico, social y cultural del que ha sido protagonista fundamental y testigo privilegiado.

Santos Domínguez

3/10/14

Donald Hall. La cama pintada


Donald Hall.
La cama pintada.
Traducción y prólogo de 
Juan José Vélez Otero.
Valparaíso. Granada, 2014.

Después de que muriera, yo gritaba
desconcertando al deprimido perro.
Ahora ya no
le hablo a la pared cubierta
de fotos,
ni la llamo “tú”
en ningún poema. Ella se consume
en un museo de granito
llamado JANE KENYON 1947-1995.

Porque a veces el torrente del dolor no cabe en un solo libro o se convierte en fuente que mana y corre, en hemorragia incontenible, Donald Hall escribió La cama pintada después de publicar Without en 1998.

Entre la edición de ambos libros, condicionados por la muerte de su mujer, Jane Kenyon, pasaron cuatro años, pero el lector español tiene el privilegio de leerlos casi simultáneamente en las dos magníficas traducciones que ha publicado este año Juan José Vélez Otero.

Si hace poco reseñábamos aquí Without, ahora es el momento de hablar de La cama pintada, que publica Valparaíso presentada por un prólogo del traductor, cuya condición de poeta le sitúa en una posición privilegiada para asumir un reto nada fácil: el de traer al español una obra de esta intensidad emocional y de un voltaje verbal apenas disimulado en un estilo aparentemente conversacional que recorre el libro desde el poema-pórtico que explica su sentido y su título:

LA CAMA PINTADA

“Incluso cuando danzaba erguido
 por los jardines del Nilo
 construía Necrópolis.

Diez millones de células laboriosas
transportaban piedras por mi sangre
para levantar un blanco museo”.

Macabro, repugnante y terrible
es el alegato de huesos,
muslos y brazos mermados

en enjutas bolsas de carne
que cuelgan de un esqueleto
que sostuvo músculos, y grasa.

“Reposo en la cama pintada
consumiéndome, atento
al viaje que emprendo

para descansar sin dolor
en el palacio de las tinieblas,
mi cuerpo junto a tu cuerpo”.

Desde la potente imagen inicial del poeta a bordo de un coche suspendido sobre las aguas muertas del muelle, este libro es el diario de un superviviente, de un náufrago anclado en el vacío, el diario de quien sigue durmiendo en la misma cama del sexo y en la del último hálito, en un universo sin consuelo, porque cuando ella murió, también lo hizo él.

Organizado en cuatro partes, la primera –Matar el día- y la tercera –Lirios de un día- son dos espléndidos poemas largos, visionarios y rememorativos, mientras que la segunda parte –La labor de la muerte- y la cuarta –Ardor- contienen un conjunto de textos de carácter más discursivo y de tonalidad más narrativa que culmina un repertorio de amantes esporádicas incapaces de borrar el desamparo del poeta viudo (Ahora, cuando hago el amor / hay algo que sale mal.)

Y el libro se cierra con tres versos en los que el náufrago asume su destino cuando ese coche del principio parece ya próximo a caer en el agua:

Escondámonos bajo el fango de la orilla del estanque
y confirmemos que es justo
y apasionante perderlo todo.

Santos Domínguez

1/10/14

Jordi Doce. Zona de divagar


Jordi Doce.
Zona de divagar.
Ensayos y fragmentos.
Vaso Roto Cardinales. Madrid, 2014.

En la nota que abre la recopilación de textos que Jordi Doce reúne en Zona de divagar, que aparece en la colección Cardinales de Vaso Roto, describe el autor este volumen como un librito de fragmentos azarosos y vagamente ensayísticos que se ha ido escribiendo casi sin darme cuenta. Confluencias, deltas, franjas pantanosas donde el pensamiento apenas hace pie o avanza con dificultad. Divagar, caminar sin rumbo, errar (en fin) en el doble sentido de rodar por el mundo y de equivocarse. Esa distracción, sobre todo.

Y hay mucho efectivamente de paseos y de deambulaciones en estas páginas en las que Doce traza con sus divagaciones el mapa y el territorio, como en la novela de Houellebecq que se analiza en uno de los capítulos.

El pensamiento, la personalidad y la obra nuclear de Canetti a través de sus memorias; una travesía urbana de Madrid en compañía de Emerson; el papel del juego y la fantasía en los relatos de Cortázar; las fuentes de energía que actúan como imanes urbanos en París, en Londres o en barrios sin historia; la lógica sonámbula de la poesía de Tranströmer o la luz sutil que proyecta la poesía de Milosz sobre un tiempo de sombras son algunos de los lugares que dibujan el trayecto de esta Zona de divagar.

Son los espacios por los que transita el flâneur en una reflexión constante sobre la escritura y sobre la poesía, sobre la proporción entre forma y contenido, entre literatura y vida, entre ética y estética, entre el escritor y la sociedad.

Una idea central, la de la literatura como forma de resistencia frente al mundo, recorre estas divagaciones en las que se conjugan la inteligencia y la sensibilidad de quien se ve a sí mismo en el capítulo final caminando sobre el bordillo mientras guarda el equilibrio. 

Una imagen que resume la postura de Jordi Doce, crítico y poeta, ante la literatura y la realidad. 

Santos Domínguez


29/9/14

Luis Landero. El balcón en invierno


Luis Landero.
El balcón en invierno.
Colección Andanzas. Tusquets. Barcelona, 2014.  


En una obra tan atravesada por la autobiografía como la de Luis Landero, El balcón en invierno, que acaba de publicar Tusquets en su colección Andanzas, es la más abiertamente confesional, la que más explícitamente se nutre de la memoria personal, la más intensa y seguramente también la más sincera y emocionada de cuantas ha escrito el autor de Juegos de la edad tardía y El guitarrista, novelas que de manera más indirecta integraban memoria personal y ficción narrativa.

Un Landero maduro y eficaz,  directo y emocionante, porque parte de estas historias las contó de modo más o menos elíptico en sus novelas o en Entre líneas, donde el autor aún se escondía tras la figura de su alter ego Manuel Pérez Aguado. Pero El balcón en invierno no es una novela: es la memoria de la infancia campesina y la juventud confusa de quien no era aún un artista adolescente en una familia de emigrantes que habían pasado del campo extremeño a la vida periférica en el barrio de Prosperidad, donde acababa Madrid en los años sesenta.

Sobre ese carácter indisimuladamente autobiográfico del libro aporta una pista pretextual la imagen que se ha elegido para la portada, con un Landero adolescente junto a su abuela Francisca, una de las presencias fundamentales de estas memorias que arrancan de una crisis creativa desde la que el novelista se asoma al balcón de los recuerdos:

Llevo escribiendo desde la adolescencia y ahora soy casi viejo, ya pueden verse las primeras sombras del crepúsculo al fondo del camino. Pronto empezarás a oler a viejo, pensé. Estás en una edad en la que las balas pasan cerca y, con suerte, podrás escribir aún dos, tres, cuatro libros quizá. Y siempre aquí, junto al balcón, junto a la acacia, y al fondo la estampa inalterable del inmueble vecino. Por si fuese poco, a veces caigo en la tentación de pensar que a mí en realidad no me gusta escribir, que a mí lo que me hubiese gustado es una vida de acción, y que todo esto de la escritura es el fruto de un espejismo, de un malentendido vocacional que se originó allá en la adolescencia, y que por tanto he equivocado mi vida y, a fin de cuentas, la he desperdiciado. La literatura me ha llevado además a estudiar filología y a ser profesor de literatura, a casarme con una filóloga, también profesora de literatura, a tener amigos filólogos abarrotar la casa de libros literarios, a rodearme de un modo casi enfermizo de plumas, de lápices, de sacapuntas, de cuadernos de todos los estilos y tamaños, de ingentes cantidades de papel. De adolescente soñaba con haber sido pistolero en el Lejano Oeste. Ahora cambio los cartuchos de tinta de la estilográfica con la misma rapidez y destreza que si recargara el revólver en una refriega contra los comancheros. Esto es lo que pienso en algunos momentos, mientras me quedo con los ojos suspensos en el aire.

Con esa alternancia natural de la primera y la segunda persona autorreferencial, El balcón en invierno es un texto atravesado por una dulce melancolía, porque este balcón se asoma más al tiempo que al espacio y se sitúa en un terreno de nadie, en un espacio intermedio que comunica el interior con el exterior, sí, pero sobre todo el pasado con el presente. 

Hay mucho en este libro de mirada elegiaca sobre el fracaso de los sueños, sobre los años perdidos y las historias olvidadas que ya no tendrán un narrador que las ponga por escrito para perpetuarlas; pero El balcón en invierno es también un canto emocionado a la existencia y una celebración de la literatura de un yo discreto y tímido que se asoma al balcón de la memoria un día de desengaño literario para ver pasar la vida, porque no sabes vivir sin escribir. No sabes. ¿Algo de tu vida, quizá de cómo la fantasía y el lenguaje fueron arraigando en tu alma hasta que, casi sin darte cuenta, te convertiste en poeta allá en la adolescencia? Pero eso, ¿será más fuerte y auténtico que la pura ficción? Vamos, vamos, ¿desde cuándo lo vivido, en literatura, es garantía de la verdad? ¿Y hasta qué punto el carácter imaginario de la memoria, y tu afición a la inventiva y al embuste, no te llevarán fatalmente hacia el derrotero de las patrañas novelescas? Con razón, ya de pequeño, todos decían de ti: Pero ¡qué mentiroso es este niño!

Y el recuerdo se remonta a un anochecer de septiembre de 1964, hace justo medio siglo: Salí al balcón, a ese espacio intermedio entre la calle y el hogar, la escritura y la vida, lo público y lo privado, lo que no está fuera ni dentro, ni a la intemperie ni a resguardo, y entonces me acordé de un anochecer de finales de verano de 1964.

Porque a veces el pasado no acaba nunca de pasar, el centro del libro es la muerte del padre, el episodio central de mi vida y el manantial de donde brota ciego e incontenible mi destino, /.../ porque ya no me dirigía a la calle sino hacia el futuro, era allí donde comenzaba mi verdadero futuro, el que con el correr de los años me traería hasta esta mañana en que escribo estas líneas, deudoras, como casi todo lo que he escrito en mi vida, de aquella tarde incesante de mayo.

Entre una infancia en el centro del mundo y una juventud de mentiroso casi profesional, entre el pasado y el presente, la figura del padre muerto –demasiado padre para mí- es el eje de este texto por el que también transitan la madre, las hermanas o el primo Paco, guitarrista y torero en ciernes, los oficios y los afanes del protagonista o el desdén de la rubia máxima del barrio y las consabidas catástrofes espirituales de los amores nuevos que te invitaban al suicidio o al arte.

Vidas oscuras y siluetas que se recortan en la memoria sobre el telón de fondo de unos tiempos sombríos, tiempos brutos, de infamia y de ignorancia, pero tiempos irrepetibles y mágicos para quienes no tuvieron otros que vivir.

Porque, pese a su título, este es un libro que mira más hacia dentro que hacia fuera, que habla de la niñez sin libros, del paso de la cultura oral a la literatura, de la emigración a la ciudad, de una infancia campesina y un barrio de casas bajas y pobres en el extrarradio, de los cambiantes oficios –repartidor, mecánico, oficinista, guitarrista- de aquel joven desorientado que fue canonizado en 1969 por un profesor decisivo que lo llevó del caos de sus lecturas al canon literario y que cincuenta años después se asoma desde el balcón al tiempo pasado más que al espacio exterior.

Un pasado que el recuerdo asocia a los coloquios familiares y a la magia de un mundo misterioso, a los miedos ancestrales y a las narraciones fantásticas de la abuela Francisca. Heredero de esa estirpe de narradores orales y del gusto por contar y fabular, Landero ha construido una vez más un texto que se desenvuelve con admirable fluidez narrativa, una virtud que tiene mucho que ver con la tonalidad oral de este texto escrito entre la nostalgia del pasado y la alegría del presente de quien explica: nunca tuve claro si yo pertenecía al colegio o al taller, a la ciudad o al pueblo, al mundo moderno o al mundo antiguo, a la clase media o a las clases humildes, o si era una mezcla, un híbrido de dos modos de vida inconciliables, y destinado por tanto a la extinción o la impostura.

Ese balcón que no está ni dentro ni fuera acaba convirtiéndose en un símbolo de la existencia del autor: ese ha sido siempre el signo de mi vida, la ambigüedad, el desarraigo, el merodeo, la vaguedad de los contornos, la indefinición de las tareas.

Y a ese balcón se asoma también el lector para comprobar con asombro y gozo que lo que en principio se planteaba como una crisis creativa se resuelve finalmente en uno de los mejores libros de Luis Landero, que vuelve a dar muestra de una prodigiosa capacidad narrativa para evocar un mundo que se mueve entre lo trivial y lo misterioso, entre un grano de alegría y un mar de olvido.

Santos Domínguez