19/03/12

Ritos de paso de Paul Auster



Paul Auster.
Diario de invierno.
Traducción de Benito Gómez Ibáñez.
Anagrama. Barcelona, 2012.




Paul Auster.
La invención de la soledad.
Traducción de Mª Eugenia Ciocchini.
Anagrama. Barcelona, 2012.

Piensas que nunca te va a pasar, imposible que te suceda a ti, que eres la única persona del mundo a quien jamás ocurrirán esas cosas, y entonces, una por una, empiezan a pasarte todas, igual que le suceden a cualquier otro.

Treinta años justos, casi el tiempo exacto que separa a dos generaciones, han pasado también entre La invención de la soledad y el reciente Diario de invierno, dos obras de Paul Auster que acaba de publicar Anagrama.

Diario de invierno es una novedad absoluta que aparece en España con traducción de Benito Gómez Ibáñez casi a la vez que la edición original de Henry Holt and Company en Nueva York.

La invención de la soledad es una recuperación en la colección Otra vuelta de tuerca de una obra fundamental que Auster publicó en 1982.

En estas tres décadas Auster ha ido creando un potente mundo literario, desarrollando una literatura que él mismo ha definido como un espacio de colaboración entre el escritor y el lector, como “el único lugar del mundo donde dos extraños pueden encontrarse en condiciones de absoluta intimidad.”

Y de eso se trata especialmente en estos dos libros: de revelar la intimidad más personal del escritor y sus fantasmas a través de un diálogo con el lector, pero sobre todo del diálogo de Auster consigo mismo, con su memoria y con ese lugar oculto y profundo del que, más allá de la segunda persona, surgen los recuerdos, los personajes y las palabras.

Hay en Diario de invierno una frase que justifica no solo esta obra, sino la totalidad de su literatura: Te gustaría saber quién eres.

Pero Diario de invierno es también, y quizá antes que otra cosa, un libro sobre el cuerpo en el espacio abierto de la ciudad o en los espacios cerrados de las casas; un inventario de los veintiún domicilios sucesivos de Auster, entre New Jersey y París, entre Manhattan y Brooklyn, con el Sena o el Hudson al fondo.

Ese inventario de domicilio, además de reflejar las distintas etapas y situaciones económicas del escritor o el estudiante, refleja un itinerario vital y sentimental por interiores con personajes triviales o extravagantes, por incidentes diversos evocados con la mirada maestra y aguda de un novelista experto.

La frecuencia de esos cambios de domicilio revela que Auster no ha permanecido quieto mucho tiempo seguido y da lugar a que este sea también un libro sobre el cuerpo en el pasado o en el presente:

así es como te ves a ti mismo siempre que te paras a pensar quién eres: un hombre que camina, un hombre que se ha pasado la vida andando por las calles de la ciudad.

La memoria personal y la conciencia del tiempo -a través de la muerte del padre, de la madre o con las primeras señales de la propia vejez- unen estos dos libros en que la escritura genera un vaivén constante entre el presente y el pasado o se convierte en motor del recuerdo para mirar a la infancia o para repasar un inventario de cicatrices que se superponen a la herida interior que el escritor sobrelleva como un pecado original, porque se siente un hombre que lleva una herida en su interior desde el principio mismo, ¿por qué, si no, te has pasado toda tu vida adulta vertiendo palabras como sangre en una hoja de papel?

Para subrayar ese vínculo entre las dos obras se ha elegido como fotografía de portada de Diario de invierno la imagen de un Auster contemporáneo de La invención de la soledad.

La muerte del padre en 1979 conecta estas dos obras: provocó la escritura de La invención de la soledad, que no es una novela, pero contiene la semilla de toda su narrativa y abre la puerta a su ficción posterior, y se evoca intensamente en Diario de invierno, que Auster ha escrito cuando tiene casi la misma edad con la que murió su padre, con una perspectiva muy distinta de la que aparecía en La invención de la soledad:

Que ya no eres joven es un hecho indiscutible. Dentro de un mes cumplirás sesenta y cuatro años, y aunque eso no es ser demasiado viejo, no lo que todo el mundo consideraría una edad provecta, no puedes dejar de pensar en todos los que no han logrado llegar tan lejos.

Desde esa mirada ya cercana a la vejez, en un mes de enero pródigo en tormentas y en hielo, un Auster frágil y autobiográfico, seguramente previsible, pero emocionado y contundente, construye un autorretrato evocando sus ritos de paso y recuerda aquella noche de invierno mientras ve caer la nieve en Brooklyn treinta años después:

Tienes sesenta y cuatro años. Afuera, la atmósfera es gris, casi blanca, no se ve el sol. Te preguntas: ¿Cuántas mañanas quedan?

Santos Domínguez

18/03/12

Isabel González. Casi tan salvaje


Isabel González.
Casi tan salvaje.
Páginas de Espuma. Madrid, 2012.


Isabel González es una joven escritora que acaba de sacar a la luz su primer libro, Casi tan salvaje, en Páginas de Espuma. Se trata de un volumen que recoge veintiún relatos que narran diferentes situaciones cotidianas llevadas a un terreno adverso y hostil, y trazadas con pinceladas de surrealismo. Historias humanas que perturban, incomodan la conciencia y nos hacen mirar en derredor en busca de secretos disimulados.

Isabel González creció en un pueblo de Zaragoza, de ahí que lo agreste y montaraz esté tan presente en sus páginas. Los protagonistas de estos relatos son fuertes, endurecidos; se enfrentan a la realidad tomando las riendas y entrando en combate sin el miedo del que tiene algo que perder. A pesar de esa contienda diaria e íntima, los suyos son personajes que aman y sufren, que padecen por un poco de afecto, de ternura y de dignidad. Quizás sea este el hilo conductor de todos los cuentos, el de la lucha por alcanzar este sentimiento y así hacer más llevadera la supervivencia en esta selva llena de fieras que es la vida.

La mirada ácida de esta escritora, los toques de humor negro y la demora en las coloristas imágenes y detalles minuciosos, hacen muy recomendable la lectura de este libro.

NO TE AMO. Pero cómo puedo estar segura si vienes y te sientas a mi lado y acariciándome la mano dices: “ treinta años juntos”.

Alba Pavón

17/03/12

Cabrera Infante. El cronista de cine


Guillermo Cabrera Infante.
Obras completas I.
El cronista de cine.
Edición y prólogo de Antoni Munné.
Galaxia Gutenberg. Círculo de Lectores.
Barcelona, 2012.

Un espléndido prólogo de Antoni Munné –Retrato del crítico como ente de ficción- presenta El cronista de cine, el volumen que abre la edición de las obras completas de Guillermo Cabrera Infante en Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores.

Es un impresionante volumen de más de mil quinientas páginas que recogen la ingente producción de Cabrera Infante como crítico de cine en un tomo que tiene como eje Un oficio del siglo XX, el libro que recopiló una selección de las críticas que firmó con su acrónimo G. Caín y organizó en seis secciones: desde el Retrato del crítico cuando Caín hasta el Requiem por un alter ego.

Acrónimo y alter ego en el que se desdobla el novelista cubano, que une en estos textos vida y ficción, cine y literatura en un juego de espejos que constituye uno de los momentos más altos de su creación literaria.

Unos textos que hablan de películas, actores y directores, pero además trazan la autobiografía vital, sentimental e intelectual de quien tuvo su primera experiencia del cine con menos de un mes, y dibujan el autorretrato estético y ético de quien empezó firmando sus críticas cinematográficas impersonales como el cronista, porque se sentía más cronista que crítico, y declaraba que entre los libros y la vida siempre he escogido el cine, al que dedicó libros como Un oficio del siglo XX, Cine o sardina y Arcadia todas las noches.

Críticas, reportajes, crónicas y entrevistas son las modalidades genéricas a las que responden los artículos de El cronista de cine. Varios centenares de ellos, escritos entre 1954 y 1960 para Carteles, no habían sido recogidos en libro y permanecían desperdigados e inencontrables. Son dos tercios del volumen, más de mil páginas que agrupan ahora –entre el blanco y negro y el technicolor- en la sección El cine según G. Caín reseñas brillantes como El día de Laughton, Kafka y Hitchcock o Freud y Wagner van al oeste; crónicas y reportajes sobre Hemingway, obituarios como el dedicado a Bogart (Un actor hace mutis) y entrevistas impagables como las que hizo a Brando, a Cantinflas o a Buñuel.

Dos utilísimos índices, uno de películas citadas y otro onomástico, completan con brillantez este inmejorable comienzo de la recuperación de quien es ya un clásico contemporáneo, un maestro de la lengua y un genio de la narrativa que nos prestó su mirada y nos dejó textos memorables sobre La Habana, la vida, la literatura y el cine.

Santos Domínguez

16/03/12

William-Olsson. Una ciudad sin muros


Magnus William-Olsson.
Una ciudad sin muros.
Poesía escogida 1989-2011.
Traducción y prólogo de
Ángela Inés García.
Libros del Aire. Madrid, 2012.

En su colección Jardín Cerrado, Libros del Aire publica en edición bilingüe Una ciudad sin muros, una antología que recoge casi veinticinco años de escritura de Magnus William-Olsson (Estocolmo, 1960) con traducción y prólogo de Ángela García.

La muestra incluye una decena de poemas no recogidos en libro hasta ahora. En el primero de ellos se lee este verso, que da título a la antología:

Ante la muerte poblamos todos una ciudad sin muros, dice Epicuro.

Es la primera vez que se publica en español la poesía de Magnus William-Olsson, una poesía corporal que explora a la vez los límites de la expresión, los del placer y la temporalidad; una poesía que propone una imagen del mundo y se convierte en su espejo sonoro a través de un pensamiento analógico articulado en metáforas que traducen una experiencia del cuerpo, el verdadero escenario de la escritura de William-Olsson.

La lírica coral griega, los arquetipos clásicos o bíblicos, Píndaro y Calímaco, los iconos ortodoxos y el Louvre, Héctor y Antinoo, Platón y Heidegger son referentes de unos textos que alcanzan su expresión más intensa en un libro de 2006, El instante es para Píndaro un pequeño espacio en el tiempo, donde llaman mucho la atención las presencias de La niña de los peines y de Antonio Machado, de Granada o de María Zambrano.

En ese libro, y probablemente en la poesía toda de William-Olsson, ocupa un lugar central el poema Analogía, al que pertenecen estos versos:

En la séptima oda nemeica de Píndaro la canción se iguala al espejo. El de la memoria.

El rostro. Un espejo sonoro. El poema. Un espejo de sonido. ¿Podemos llamar a esto una analogía?

No es, como en la Biblia, la palabra hecha carne. Es la carne hecha palabra. Igual de reveladora.


Santos Domínguez

15/03/12

Vidas del Renacimiento


Robert Davis y Beth Lindsmith.
Vidas del Renacimiento.
Traducción de Ramón Sala Gili.
Lunwerg. Madrid, 2012.

Contar la vida, retratar la individualidad reivindicada, mirar al interior de la persona desde su fisonomía, su gesto o su indumentaria.

Esos fueron los intereses y las ambiciones de la pintura renacentista, en la que se proyectó ejemplarmente el vitalismo humanista, el redescubrimiento del cuerpo, el interés por el paisaje natural o urbano, la perspectiva civilizada del cortesano refinado y culto.

Para demostrarlo una vez más, vida y cultura, mirada y palabra, pintura e historia cultural, literatura y biografía se reúnen en Vidas del Renacimiento, un volumen espectacular que acaba de publicar Lunwerg.

A lo largo de las siete secuencias cronológicas en las que se organiza la obra se recorre un periodo crucial en la historia de Europa: desde el cruce prerrenacentista de las viejas tradiciones tardomedievales y las nuevas ideas del Humanismo –Nebrija, Boticelli, Leonardo, Aldo Manuccio- hasta la fundación de la modernidad que culmina en los ensayos de Montaigne, la pintura de Brueghel o la música de Palestrina.

Y en medio las cimas renacentistas que se llamaron Colón, Erasmo, Copérnico, Rafael, Tiziano, Rabelais o Carlos V, personajes que cambiaron el pensamiento occidental desde todos los ámbitos y en un proyecto global coherente aunque heterogéneo en los matices.

Entre 1400 y 1600, casi un centenar de retratos plásticos y literarios, noventa y cuatro semblanzas en primeros planos que se recortan sobre el fondo del paisaje histórico, de la mentalidad social y de la nueva sensibilidad individual.

Los espléndidos textos de Robert Davis y Beth Lindsmith sitúan en su contexto significativo a cada uno de los personajes que fundaron o iluminaron la Edad Moderna y resaltan cada vida con un conjunto de más de doscientas ilustraciones que refuerzan los textos o subrayan su sentido.

Porque nunca como en el Renacimiento vida y arte fueron tan equivalentes, nunca como entonces la representación de la vida interna y del mundo exterior se fundieron de una manera tan correlativa para cambiar la historia de la cultura y de las mentalidades, conviven en estas páginas artistas e inquisidores, arquitectos y precursoras del feminismo, reyes y maestros de coro, impresores y blasfemos, predicadores incendiarios y conquistadores, corsarios y papas, escritoras y bufones, relojeros y médicos, teóricos de la cortesanía y acróbatas palaciegos.

Un conjunto de nombres y rostros que reflejan que el Renacimiento fue, además de una época fundamental en la creación de la modernidad, una forma de vivir y un estado de ánimo.

Santos Domínguez

14/03/12

El libro negro


Vasili Grossman e Ilyá Ehrenburg.
El libro negro.
Traducción de Jorge Ferrer.
Galaxia Gutenberg/ Círculo de Lectores. Barcelona, 2011.


Mi padre fue sacado de casa a culatazos. Mientras mi hermana Roza se vestía apresuradamente alcanzó a ver que uno de los policías avanzaba hacia mi madre empuñando un puñal. Mi hermana hizo ademán de correr en socorro de nuestra madre, pero una lluvia de culatazos cayó sobre su cabeza y la empujó hacia la calle descalza y a medio vestir. Roza cayó al suelo; mi padre consiguió levantarla a duras penas y la ayudó a llegar hasta el punto de reunión, ubicado frente a la iglesia que se alza en la Plaza del mercado.

Así se iniciaba una macabra peregrinación a una muerte anunciada. Así se lo habían contado a él, oficial del ejército rojo que volvía a Bráilov, su pueblo, tras la liberación de la ocupación nazi.

Y así lo contaba en El libro negro, en el que Vasili Grossman e Ilyá Ehrenburg organizaban un ingente material con el que completaron un memorial de crímenes del ejército alemán en los territorios ocupados de la Unión Soviética y en los campos de concentración de Polonia.

Entre 1943 y 1946, Grossman y Ehrenburg, por encargo del Comité Judío Antifascista y a instancias de Albert Einstein, recogieron testimonios del genocidio en conversaciones con supervivientes, en diarios y cartas personales, en relatos de testigos directos del exterminio.

Todo ese material documental de primera mano, que ocupó casi treinta tomos y que fue utilizado parcialmente en el juicio de Nuremberg, se iba a publicar en 1947, aunque Stalin impidió su impresión a última hora y no se editó hasta 1988 en Jerusalén por el Museo de la Shoá.

Ahora acaba de aparecer en español en Galaxia Gutenberg/ Círculo de Lectores con traducción de Jorge Ferrer y con introducciones de Irina Ehrenburg e Ilyá Altman.

Poco después de la invasión alemana en junio de 1941, un grupo de escritores soviéticos se alistó en el ejército rojo para luchar contra el nazismo y la ocupación extranjera. Uno de esos voluntarios era Vasili Grossman, que por problemas de salud tuvo que limitarse a acompañar a las tropas como corresponsal de guerra.

Y desde esa posición –privilegiada o desgraciada, según se mire- esos escritores fueron testigos de las masacres y portavoces de las víctimas de la ocupación alemana en la Segunda Guerra Mundial, de una maquinaria destructiva y perfecta al servicio de un calculado plan de exterminio de la población judía de esos territorios.

De todas esas masacres que habían ido perpetrando las tropas alemanas ninguna impresionó tanto a Grossman como el holocausto de la población judía en Ucrania, Bielorrusia, Lituania o Polonia.

Cuando las tropas soviéticas liberaron Berdíchev, su ciudad natal, Grossman se enteró del asesinato de treinta mil judíos, entre ellos su madre. Poco después, en Odessa y en Kiev, comprobó que las matanzas habían sido sistemáticas y habían triplicado aquella cifra.

Y al avanzar por territorios polacos como Maidanek o Treblinka, conoció los campos de exterminio y fue el primero en entrevistar a los supervivientes. De esa experiencia y de aquellos testimonios surgió su informe El infierno de Treblinka, que se aportó como prueba documental en el juicio de Nuremberg.

El libro negro contiene, además de esas aportaciones testimoniales de las víctimas y los testigos de las masacres, las crónicas y los reportajes de los escritores soviéticos sobre aquella realidad diabólica y criminal y las confesiones de los verdugos y de sus instigadores ideológicos.

La brutalidad de los alemanes y los rumanos, los refugios y los huérfanos, los guetos y la resistencia, las complicidades colaboracionistas de parte de la población ucraniana, la clandestinidad, las muchachas y los ancianos, las imprentas y los bosques, las fugas y las ejecuciones masivas, los campos de concentración y de exterminio, Auschwitz y los médicos asesinos, los saqueos y el levantamiento del gueto de Varsovia, las declaraciones de los nazis... recorren las mil doscientas intensas páginas de una obra que refleja uno de los momentos más negros de la historia.

Santos Domínguez

13/03/12

Schwob. El libro de Monelle


Marcel Schwob.
El libro de Monelle.
Traducción y prólogo de Luna Miguel.
Demipage. Madrid, 2012.


Se llama Marcel Schwob. Tiene veintitrés años.

Su vida ha sido plana hasta el día de hoy.
Pero el relieve acecha en forma de una puta
a la que lo conduce, una noche, el azar.

Se llama Louise. Es frágil, menuda y enfermiza,
silenciosa y abyecta. Casi no se la ve.
Sólo hay terror y angustia en los inmensos ojos
que le invaden la cara, dignos de Lillian Gish.

En sus brazos Marcel olvida que mañana
citó en la biblioteca a su amigo Villon.
Se olvida hasta de Stevenson, su escritor favorito,
de Shakespeare, de Moll Flanders y del Bien y del Mal.

Qué tres soberbios años de amor irresistible
aguardan al judío en la paz del burdel.
El cielo de París aún retiene sus vanas
promesas y las tiernas caricias de Louise.

Pero lo bueno acaba. Ella muere de tisis
y Marcel languidece, privado de su sol.
«No queda más remedio que volver a los libros»,
se dice, y da a las prensas El libro de Monelle.


En esos veinte versos de El hacha y la rosa resumía Luis Alberto de Cuenca la génesis, el sentido y el desenlace de una historia que Schwob vivió y escribió con la médula, con una intensidad verbal que está más cerca de la lírica que de la narrativa.

Marcel Schwob había conocido en 1890 a Louise, una niña prostituta de la que se enamoró y que murió de tuberculosis en 1893. Un desolado Schwob la acompañó hasta el final, hasta una muerte que dejó en él un poso definitivo de soledad y desconsuelo.

El libro de Monelle, que acaba de publicar Demipage con traducción y prólogo de Luna Miguel, fue su desahogo y su bálsamo insuficiente:

¿Cómo podría olvidarte amado mío? Tú estás en mi espera, sobre la cual duermo, y no puedo explicar. ¿Te acuerdas? Me gustaba mucho la tierra y arrancaba las flores del suelo para volverlas a plantar. ¿Te acuerdas? Solía decir que si yo fuera un pajarito, me meterías en el bolsillo al marcharte. Amado mío, estoy aquí, en la buena tierra, como una semilla negra, esperando convertirme en pajarillo.

Esa es la tonalidad sostenida de una colección de versículos, aforismos y relatos que van directamente al corazón o a lo más profundo de los lectores. O a lo más secreto, porque -sobre todo en la tercera parte- este es un libro onírico, como lo definió Francisco García Jurado, experto en Schwob, en su Antiguos imaginarios.

Y, junto con la recién aparecida La cruzada de los niños, con la que comparte un inquietante final con niños que vagan vestidos de blanco, queda como uno de los momentos de más hondura emocional de la escritura de Schwob, como uno de sus libros imprescindibles.

Santos Domínguez

12/03/12

Apollinaire. El poeta asesinado



Guillaume Apollinaire.
El poeta asesinado.
Traducción de Manuel Hortoneda.
Barataria. Barcelona, 2012.


La broma ácida, la parodia, la irreverencia y la risa forman parte de la provocación característica de la vanguardia que alcanzó uno de sus momentos más brillantes y radicales en los años de la Primera Guerra Mundial y encontró en París su capitalidad cultural.

Esas son algunas de las claves con las que conviene adentrarse en la lectura de El poeta asesinado, de Guillaume Apollinaire que acaba de recuperar Barataria con traducción de Manuel Hortoneda.

Conocido como poeta, como crítico de arte o como autor de declaraciones teóricas que perfilaron las actitudes y las técnicas de la vanguardia, Apollinaire (Roma, 1880 - París, 1918) escribió en El poeta asesinado un texto inclasificable e irrespetuoso en el que conviven los rasgos característicos de las rupturas vanguardistas: la negación del canon académico y de la realidad como referente, de las normas sociales o la impugnación de los temas y los enfoques convencionales de la literatura clásica.

Frente a eso, la vanguardia fue, como aquí, destrucción y escapismo, imaginación desatada y burla, velocidad y sorpresa, sueño y libertad. Narrativo, poético, dramático, con una suma de géneros o una negación de fronteras, con una sucesión de prosa y verso, con una voluntad antinormativa que los vanguardistas comparten con los románticos, El poeta asesinado anticipa la estética irracionalista del absurdo, distorsiona la realidad, explora el territorio de lo onírico o de lo directamente delirante y mezcla tonos muy diversos en los que pasa de la ocurrencia trivial al alto voltaje poético.

Y así, si en la fábula de la ostra y el arenque Apollinaire anticipa la previsible simbología freudiana, en algún momento parece vaticinar a Lorca:

Son los instrumentos –dice de los cañones una comadre- del innoble amor de los pueblos. ¡Oh, Sodoma, Sodoma! ¡Oh, el estéril amor!

En la figura de Croniamantal proyectó Apollinaire una imaginativa recreación autobiográfica, su sólido proceso de formación literaria, su osadía y su admiración por Pîcasso –El pájaro de Benín al que se dedica todo un capítulo ambientado en el taller del pintor-, sus relaciones durante ocho días con la pintora Marie Laurencin, antes de morir asesinado, porque como Orfeo, todos los poetas estaban en peligro de tener una mala muerte.

Y a través de ese poeta y dramaturgo, Apollinaire criticó la poesía más anquilosada, el teatro más decadente y convencional de su época en esta novela en la que tiene una enorme importancia lo visual, porque esta es una obra escrita con los ojos tanto como con la imaginación y la inteligencia.

Santos Domínguez

09/03/12

Vicente Gallego. Mundo dentro del claro


Vicente Gallego.
Mundo dentro del claro.
Tusquets. Barcelona, 2012.

¿QUIÉN ha visto este mundo,
que parece tan suyo, y tan antiguo,
sino a partir del claro, ese común
en que despierta el hombre a lo más puro
de su propio sentido en la mañana,
al alba de su ser, que es su entender,
donde se muestra luego
—y en qué otro emplazamiento se vería—
el derrame sin cuento de las cosas?

Así comienza Mundo dentro del claro, el poema que abre y da título al nuevo libro de Vicente Gallego que acaba de publicar Tusquets.

Ni ese carácter de pórtico ni ese título son una casualidad, porque ese texto define el tono y la actitud de unos poemas que se mueven entre el cántico y el homenaje, por decirlo en términos guillenianos.

Mundo dentro del claro mantiene un sostenido tono celebratorio a lo largo del medio centenar de textos en los que conviven armónicamente los poemas breves de versos cortos con otros de más largo aliento y más voluntad narrativa.

Porque la armonía es seguramente la clave central de este libro en el que Vicente Gallego da un paso más hacia el despojamiento expresivo y la búsqueda de la esencialidad poética: la plenitud del mediodía, la conmemoración de la amistad, la consonancia con los animales o los árboles plasman esa armonía amorosa, ese júbilo humano que es también armonía con los objetos y con la naturaleza bajo la luz estival:

Cantó un pájaro, oí
su decir claramente,
y en todo el universo sólo había
certeza y gratitud.

Armonía entre lo interior y lo exterior en la mirada del poeta, entre pensamiento y sentimiento, entre sensorialidad y meditación; armonía que es el resultado de una dialéctica de la antítesis y se perfila verbalmente como una poética del oxímoron de la que brota el canto.

De ese debate surge como resultado la celebración de la luz y la revelación del mundo a salvo en este claro del amor. Un mundo pleno en el que el poeta se abisma y se asoma a la realidad, se pierde y se halla cuando todo está lleno y vivo de su nada.

En ese mundo en claro del poema, hasta lo más oscuro se resuelve en presencias jubilares, en presente luminoso y triunfo de la vida:

donde junta la muerte turba oscura,
ha brotado la yema de la luz.

Santos Domínguez

08/03/12

Camba. Mis páginas mejores


Julio Camba.
Mis páginas mejores.
Prólogo de Manuel Jabois.
Pepitas de calabaza. Logroño, 2012


Julio Camba (1884-1962) fue articulista ágil e ingenioso, humorista fino y errante y uno de los mejores prosistas de la primera mitad del siglo XX. Para conmemorar los cincuenta años de su muerte, Pepitas de Calabaza rescata, con prólogo de Manuel Jabois, su antología personal Mis páginas mejores, que resume su trayectoria literaria.

En aquel tomo, que publicó Gredos en 1956 y que después de varias reediciones era ya inencontrable, Camba había seleccionado los textos que le parecían más representativos de su obra, los agrupó en diversos apartados temáticos y los presentó con un comentario inicial de cada capítulo y con una justificación del sentido de la antología:

No creo que sea tarea demasiado difícil para un escritor esta de seleccionar sus mejores páginas. En último término se seleccionan las peores y se descartan, se hace una segunda selección, que es descartada a su vez, y se continúa así hasta que, descartado ya todo lo descartable, no le queden a uno en la mano más páginas que las estrictamente necesarias para formar un volumen. Entonces se cogen estas páginas, se ordenan y se le presentan al público diciéndole:

—He aquí mis páginas mejores. Las otras son también bastante buenas, no se vayan ustedes a creer. Tienen forzosamente que ser buenas porque lo mejor solo puede salir de lo bueno, pero estas les dan ciento y raya a todas las demás, y yo me apresuro a ofrecérselas a ustedes ahora en este tomo para solaz y edificación de su espíritu.

La selección preparada por Camba combinaba lo cronológico y lo temático para hacer una antología sucesiva de sus libros más significativos.

El recorrido se inicia con los primeros artículos, escritos desde Galicia, los más autobiográficos de un Camba que luego se convierte en corresponsal viajero para echar una ojeada a un mundo habitado por franceses, ingleses, alemanes, italianos, portugueses, suizos o norteamericanos.

Con una misma mirada personal, irónica y distante, con una prosa que une la agilidad y la precisión del periodismo a una alta calidad estilística, está aquí plenamente representado un Camba dueño de un mundo propio en el que caben la seriedad y el humor, el campo y la ciudad, el pasado y el presente.

Con aquel cinismo cosmopolita y un punto canalla que siempre caracterizó su enfoque de la realidad, Camba hace una crítica de la brutalidad de las escuelas rurales, habla de la comida de los ingleses y el sol de Londres, de las camas francesas o los bulevares de París, del clima muniqués o la calvicie de los alemanes, de una Suiza sin suizos o de Nueva York, la ciudad teoría de los Estados Engomados, el país de las catástrofes, los negros y los judíos, los rascacielos y los trajes en serie, los crímenes en serie o las narices en serie, de la levadura napolitana y el robo a los turistas, de Lisboa y Coimbra.

O muestra una selección de sus textos gastronómicos de La casa de Lúculo, de sus artículos reaccionarios de Haciendo de República y de esos pequeños ensayos sobre distintos aspectos de la vida española que son algunos de los artículos más representativos de su madurez.

En todos ellos brilla, como señala Manuel Jabois en su prólogo a esta reedición de Mis páginas mejores, el rigor estilístico [de Camba], que en él es desnudez y la virtud de escribir frases llenas de palabras esenciales de forma que hasta las preposiciones adquieren un relieve casi histórico.

Santos Domínguez