3/8/15

El canto del cisne





John Galsworthy.
El canto del cisne.
Una comedia moderna.
Traducción de Susana Carral.
Reino de Cordelia. Madrid, 2015.

Con El canto del cisne Reino de Cordelia culmina la publicación de Las crónicas de los Forsyte, el ciclo narrativo de John Galsworthy (1867-1933) que constituye el mayor esfuerzo de uno de los sellos editoriales independientes más importantes de estos últimos años.

Tras El mono blanco La cuchara de plata, El canto del cisne es la tercera entrega de la serie que tituló Una comedia moderna, ambientada en la Inglaterra de entreguerras. Una novela retrospectiva y final como indica su título, conectada con las anteriores con un eslabón inicial, un nuevo Entreacto que marca la transición de unas épocas a otras, de unas situaciones a otras.

Una mirada hacia el pasado como la que proyecta Susana Carral en la introducción a su estupenda traducción de este volumen que completa esta novela-río que resume las peculiaridades de una sociedad, una época y un país en un momento crucial de su existencia. 

Con el poder y las pasiones al fondo, la agilidad de sus diálogos creíbles como sus personajes agitados por el orgullo, la ambición o el deseo de poder construyen un fresco histórico de un mundo en decadencia poblado por personajes que a pesar de su relevancia social son profundamente infelices.

Santos Domínguez

31/7/15

Ricardo Güiraldes. Xaimaca



Ricardo Güiraldes.
Xaimaca.
Edición de Gastón Segura.
Drácena. Madrid, 2015.

En 1923, tres años antes de su obra más conocida, don Segundo Sombra, Ricardo Güiraldes publicaba Xaymaca, una novela inspirada en el crucero por las Antillas que el novelista argentino había realizado en compañía de su mujer entre 1916 y 1917.

Construida en tono menor como el diario del protagonista Marcos y su amor por Clara Ordóñez en una ruta caribeña, Xaimaca tiene como ejes temáticos el amor, el tiempo y el paisaje, mirados desde una perspectiva ultraísta, con la exaltación del presente que fue una de las aportaciones de la vanguardia: es el presente eterno que Juan Ramón resumió en la imagen de la estación total:

Una nube se levanta del agua para sesgar de algodonada blancura la opacidad azul de las rocas costeras que surten noche.
Calma que se estira sobre mis días futuros como una sombra larga en un llano.

Drácena recupera esta novela en una cuidada edición que ha preparado Gastón Segura,  que en el prólogo la define como "una novela sin vocación de serlo" que "a pesar de ello, o por esta improvisada condición, resulta turbadora," especialmente en la potencia verbal de imágenes como la del cielo sudoroso de estrellas o el ruiseñor alucinado en la noche.

Santos Domínguez

30/7/15

Tulia Guisado. 37’6



Tulia Guisado.
37’6.
Prólogo de Alfredo Piquer.
Epílogo de Federico Delgado Scholl.
Legados Ediciones. Netwriters Poesía.
Madrid, 2015

Yo no he inventado este dolor,
y sin embargo, trazo cada día
el mapa de la lluvia en el planeta,
y es nuevo, cada día, para mí
el trazo de esta herida, de esta llaga,
que se expande,
que crece
cada día.
Cada día.

–Nunca creíste que fuera tuyo
un dolor tan antiguo, tan usado,
dicen, tan poco original.

Es mío.


Con una intensidad emocional casi insoportable y una expresión desbordada hasta el límite de la pesadilla febril y de la irracionalidad, Tulia Guisado completa en 37’6, desde ese texto inicial al que lo cierra, un poema-libro articulado -desgarrado convendría quizá más- en veintinueve partes, pero escrito a borbotones de sangre y de palabras.

Un primer libro de una enorme fuerza expresiva, porque es “un puñetazo en el estómago”, como dice en su epílogo Federico Delgado, porque es “intenso y verdadero” como anuncia en su espléndido prólogo Alfredo Piquer y porque está escrito en la frontera que separa la salud y la enfermedad, la vida y la muerte, la razón y el delirio.

Provocado por la experiencia traumática que lo desencadena –Te conozco, dolor, / como la palma de la mano / con la que toqué / a mi hijo muerto / la cabeza- 37’6, que publica Legados Ediciones en su colección Netwriters Poesía, es una explosión verbal, una incursión en la pérdida y en la sombra desde esa fiebre que viene de lejos, / que viene del principio, / y acaba en el final, una bajada hasta la boca del infierno donde escupo sangre y ceniza y polvo seco / para ablandarlo todo y devolver / al mundo su condición de polvo. / Para que arda todo y todo se destruya.

Pero 37’6 es, sobre todo, una respuesta al dolor, una manera de afrontar sin concesiones este programa poético y vital: No te calles ante el dolor.

Santos Domínguez

29/7/15

Wilkie Collins. La piedra lunar



Wilkie Collins.
La piedra lunar.
Traducción y notas de Miguel Ángel Pérez.
Alianza Editorial. Madrid, 2015.

"No sólo la primera, la mejor de las novelas de detectives de Inglaterra", decía T. S. Eliot de La piedra lunar de Wilkie Collins, una espléndida novela cuya longitud le permitió a su autor hacer compleja su trama detectivesca, abordar con profundidad a los personajes y multiplicar el número de los sospechosos y de los narradores que cuentan la historia a partir de la misteriosa desaparición de la piedra lunar, el diamante que da título a la novela.

Borges definió a Collins como “maestro en las vicisitudes de la trama" por todo eso y porque están aquí ya los rasgos característicos del relato detectivesco en una narración epistolar que reedita Alianza con una nueva traducción de Miguel Ángel Pérez.

Una traducción que trae La piedra lunar no sólo a la actualidad de los escaparates, sino también a la actualidad de la lengua, porque algunas de las versiones al español que todavía siguen circulando empiezan a tener ya un cierto regusto añejo, han envejecido mal y no daban ya la verdadera medida de personajes tan memorables como la heredera Rachel Verinder, el mayordomo Betteredge, la puritana señorita Clack o el astuto sargento Cuff, que sospecha que aquel no es un robo común, sino un fraude cuidadosamente elaborado por su propietaria. Luego el láudano aclarará las cosas y los tres hindúes que merodean por la novela devolverán la joya a su lugar de origen. 

El que roba al ladrón, ya se sabe.

Santos Domínguez

28/7/15

Emmanuel Bove. La trampa




Emmanuel Bove.
La trampa.
Traducción de Salvador Pernas Riaño.
Pasos perdidos. Madrid, 2015.

Era como si no hubiera acabado de comprender el sentido profundo de la derrota, como si hubiera seguido imaginándose ingenuamente que las cosas podían continuar igual que en una época normal.

Y no era una época normal la de aquella Francia ocupada y rendida en la Segunda Guerra Mundial de la que Emmanuel Bobé nos dejó un descarnado retrato en su novela La trampa, que publica Pasos perdidos con traducción de Salvador Pernas Riaño.

La escribió durante el exilio argelino al que marchó en 1942 y del que regresaría ya herido de muerte por el paludismo para morir en París en 1945, el mismo año en que la terminó. Con la fuerza narrativa que Bobé alimentó con su propia experiencia, nos dejó en La trampa una mirada desalentadora sobre lo que acababa de vivir en la Francia colaboracionista de Vichy, sobre el oportunismo y las dudas, sobre la cobardía y la traición y sobre la condición humana en circunstancias extremas cuando “hablar es como ensanchar un foso; no había nada que hacer. Le parecía increíble la rapidez con que las personas se resignan ante la desgracia y construyen un nuevo futuro sin pensar en lo que han perdido.”

Una narración construida alrededor de la figura del periodista Joseph Bridet, un heredero del kafkiano Joseph K., su acción transcurre en un ambiente de pesadilla que tiene resonancias de El proceso y de El castillo.

Santos Domínguez

27/7/15

Sancho Panza, gobernador de Barataria


Miguel de Cervantes Saavedra.
Sancho Panza, gobernador de Barataria.
Ilustraciones de Ramón Pérez Carrió.
Edición de Manuel Ramos.
Linteo. Orense, 2015.

La de Sancho es la creación más honda y compleja de toda la narrativa cervantina. En ningún otro personaje del Quijote se produce una evolución tan intensa del comportamiento, la mentalidad y la palabra. Y eso se aprecia especialmente en el Quijote de 1615, donde el diálogo sustituye a la aventura como motor de transformación de los personajes.

Para celebrar el cuarto centenario de la segunda parte del Quijote, Linteo  publica una joya bibliográfica espléndida: el volumen Sancho Panza, gobernador de Barataria, ilustrado por Ramón Pérez Carrió y preparado por el editor, Manuel Ramos Méndez, con los cinco capítulos en los que Sancho cumplía su sueño de gobernar la ínsula Barataria.

Son unos capítulos cruciales, los únicos en los que Sancho y don Quijote se separan y el escudero se convierte en el eje de la novela. Cinco capítulos que marcan un antes y un después en su comportamiento y en su personalidad, porque si la ínsula era desde la primera parte un ideal que impulsaba su viaje y una metáfora de la ambición hecha gobierno, su cumplimiento se convierte en desengaño y en soledad. ¿Qué mejor imagen de esa soledad que la de la ínsula?

En ese momento el impulso renacentista se transforma en desengaño barroco, anticipando otro desengaño: el de don Quijote en su bajada también solitaria a la Cueva de Montesinos.

El carácter central de esas dos secuencias que trazan un paralelismo en la evolución de los protagonistas justifica la elección de estos cinco capítulos insulares -45, 47, 49, 51 y 53- en esta edición conmemorativa de aquel Quijote de 1615 en la que las ilustraciones, guardas, orlas, capitulares y el colofón componen una colección de láminas que en palabras del ilustrador "está construida como una serie de retablos complementarios que individualmente componen una historia o anécdota y en conjunto colman el templo que alberga la leyenda dorada de esta breve e intensa vivencia de Sancho Panza, gobernador de la ínsula de Barataria."

Santos Domínguez




24/7/15

Marguerite Duras. El parque


Marguerite Duras.
El parque.
Traducción de Carlos Barral.
Menoscuarto. Palencia, 2015.

Hace justamente sesenta años, en 1955, Marguerite Duras daba con El parque un giro decisivo no sólo a su trayectoria personal sino a la evolución de la novela francesa del siglo XX. Porque los diálogos aparentemente anodinos que sustentan esta novela corta abrían el camino al nouveau roman y a su cambio decisivo en el punto de vista y en la mirada del narrador.

Entre un silencio y otro, la conversación entre un vendedor ambulante y una criada transcurre en un parque que representa el espacio intermedio entre lo doméstico y lo salvaje, entre el espacio cerrado de la casa de donde viene la muchacha y las proximidades del bosque de donde viene el viajero.

En ese cruce de lo interior y lo exterior, de la esperanza y el desengaño se sostienen los diálogos entre dos personajes muy distintos: la criada bretona y el viajante de comercio que hablan una tarde en el banco de un parque de París y que poco a poco, de manera suave y casi imperceptiblemente, van pasando de las palabras triviales a la confesión personal y al contraste de ideas sobre el sentido de la vida.

Menoscuarto recupera, con otro título, la traducción que Carlos Barral publicó en Seix Barral en 1968. Quizá nadie mejor que él para traducir un texto de tanta intensidad verbal como este, tan cargado de sugerencias que bajo su apariencia tranquila oculta tempestades que no se nombran.

Santos Domínguez

23/7/15

Julio César Galán. Inclinación al envés



Julio César Galán. 
Inclinación al envés.
Pre-Textos. Valencia, 2014.


Poca duda cabe de que el título del último poemario de Julio César Galán (1978) avisa al lector de una aventura distinta. Nos encontramos ante las puertas de un abismo donde el lector acomodaticio debe perder toda esperanza de entender el halago sencillo de la inteligibilidad sin esfuerzo. Estamos ante el envés de la trama de la denotación narrativa que deja paso a la fulguración, a la des-signación y al ungimiento del decir; estamos ante un nuevo decir en donde se va un poquito más allá de algunos compañeros de promoción (de algunos de los heterogéneos Deshabitados antologados por Juan Carlos Abril). Julio César Galán no es un poeta del malestar por otra parte (si bien lo declara en ocasiones), sí de la ruptura textual o Poéticas del afuera, pero que puede llegar a ser gozoso en el dolor y viceversa, así, lo reconoce y lo conjura a través de esos pájaros (¡Ay, demasiado humanos!), que fluyen y unifican partes y libro, paratextos y textos, unidad y notas. Mal lo tendrá el lector acostumbrado a la línea clara, o suavemente elíptica de Carlos Pardo o a las metonimias apenas veladoras del sentido de Luis Muñoz (otro poeta gozoso en orígenes, de muy diferente manera). No, Galán envida al lector con el órdago de una opacidad abierta y sugerente, hermética e insinuante, provocadora, donde rasgos de luz surgen para indicar bajo su acumulación imágenes y sinapsis que habitan otro discurso. Un sendero situado entre el interregno de Julieta Valero (el fragmento como malestar desde John Ashbery) y Juan Andrés García Román de El fósforo astillado (2008), donde las acumulaciones a lo Arman, tenían una fórmula y un sentido como novedosa disolución, frente a las acumulaciones neovanguardistas de Juan Carlos Mestre en La bicicleta del panadero (2012), más tradicionales. Dos generaciones distintas, en las que este libro asume la elegía, pero deletrea el asombro y lo gozoso.
No hace daño a este poemario valiente purificarse por los caminos teóricos de Blanchot e Eagleton, de Jameson y la coda, de la logofagia y el silencio, son significaciones que simplemente amplían el texto para no leerlo linealmente. Y para perderse en el mundo paralelo de la no crítica, es decir, en si el poeta ha construido un mundo de heterónimos con hipotéticas escrituras distintas, con finales abiertos y posibles en un espacio reinstaurado por la Rayuela de Julio Cortázar. Este fluir roto, descentrado, des-centrado y des-sentido, que acumula sinapsis, imágenes, metáforas, irracionalismos y zeugmas, envuelto en el juego del fervor sin entusiasmo último (ni sus opuestos), desea destruir lo apacible de las convenciones más allá de lo marginal de variantes, tachaduras y notas, en su fórmula de aprehender la realidad de otra manera, desde el laboratorio de la palabra. Ese es su trono. Conexión e inconexión, sugerencia y opacidad, decir y querer decir para hacer al poema un extraño signo (extraño símbolo e indicio de la desapacibilidad de ser, quizá, pero sin acritud. También todo lo contrario, pues lo celebratorio habita estas novedosas galerías). Todo es yo y otro (el profesor y escritor César Nicolás, así como otros coautores: Ángel Cerviño, Alejandro Céspedes y Marco Antonio Núñez) ante el tablero de ser en que las otredades aclaran: “Padezco- ¿No lo he dicho- de una otredad incurable. Ayer mismo estaba leyendo a Julio César Galán y me he transformado en su libro”.
Un libro donde esa variedad de facetas expuestas asimismo por distintos pájaros queda abierta por el mirlo con una sombra: “mi sombra es un inte-/rrogante (soga)”, donde el horizonte de expectativas o los mundos posibles de lo indescifrable, o el estupor de ser, se hacen libro-signo: “el musgo con su enigma”. Es decir esa inclinación al envés del reconocido fatum (arrastra a veces el sentido del libro, pues es un poeta que no se desvincula de lo gozoso en el decir y el tono): “los muertos que arrastramos, aquellos que tuvieron nuestra voz/ y aquellos que confundimos/ con nuestra máscara,/ comprenden nuestra inclinación al revés, nuestro gusto por saborear márgenes,/ nuestra nube solar sin tiempo”.
Marginalidad sin narcisismo que se asoma al gozo en ocasiones. Su compañero de promoción, Carlos Pardo, cantó ese caer en la cuenta desde una ironía tierna y Abraham Grajera desde la dulzura. Poetas próximos, sin duda. El mundo de Galán quiere diferenciarse y puede transitar incluso a Miguel Casado en su nomenclatura: “Primer paso, […] Segundo paso, […] para nombrar por primera vez […] en el dulce garaje de la mar”. No, no, no es un desolado sino un poeta en el alambre de reconocerlo todo en sus opuestos, encuentros y disparidades, sin ironía, con entusiasmo, bondad e inocencia. Sí…el niño quiere versos para resolver su angustia, y ciertamente con ellos la conjura. Entonces es capaz de “entender/ a los árboles”, puede abrirlos, puede-“puedo estar tranquilo en la luz”. Ser con la oropéndola breve el envés del terror, “El día amante-júbilo-susurro/ […] Aunque nada deja su miedo”…
Por encima del teselario de citas, textos y juegos, en definitiva, modos de decir, muy serios, sin duda como alteridad polifónica (con una tradición a sus espaldas), lo importante es ese decir imaginístico y elíptico, de ruptura textual o poéticas del afuera, con que algunos poetas dan y esconden sentido frente al decir clasicista y claro de Borges y los 80 y 90 o el eclecticismo de la primera década del siglo XXI. No pocos poetas herederos del silencio en su desolación (no en su verso, salvo excepción), como Sánchez Robayna, concretista en algún desliz, supieron sortear cuanto proponían sus fórmulas tras Valente, o la ruptura del sentido hacia el minimalismo y el silencio místico (casi). Esencial sería la palabra adecuada. El nuevo imaginismo elaborado, de crear fugas en el texto diseminado establece un juego abierto en el poema des- referencializado y en un puzle muy sugerente, al mismo tiempo, claro y opaco, complejo en su hortus conclusus: la intimidad reticulada, rememorada a veces como tal y herida, celebrada en ocasiones y conjuradas en otras. Reconvención y confirmación forman un diálogo funámbulo así y quieren proponerse en esta mirada al mundo por quien ya sabe y reconoce.
No, no es Galán un fragmentario irónico tras Jules Laforgue en esta Inclinación al envés, sino un heredero de la sutilidad emocional y tierna, que tacha lo indeseable del sentir (su prematura vejez). Es quien dialoga con cada día: “un trofeo y un castigo”, desde “un fondo/ de pájaro en nosotros”. Así en “Plaza de alas”, con su impulso hacia la luz, nos habla pese a todo, de ese pugnar por no caer como pájaro, de celebrar el vuelo de las nubes ardiendo. Y al hombre: “el rostro del animal al que le sale agua/ de las pupilas y ríe”. A la alegría por el dolor, canta este poeta complejo, suavemente opaco y celebratorio cuando siente el paso del tiempo con los saludos de la golondrina y se retorna el ayer con la paloma de madera. Se ha salvado del ibis pessonano paralizador con su entusiasmo y lucha. Doliente, dolorido, fervoroso y gozoso nos llega exuberante con su reformulación de aforismos, imagismos, simbolismos que han encontrado eco en alguno de sus compañeros deshabitados, y a los que se suma este estar con un perfume fresco, próximo y distinto, muy sugerente, habitando su momento lírico, sin pacto y con verdadera trasgresión.

Rafael Morales Barba


22/7/15

Arthur Zajonic. Capturar la luz



Arthur Zajonic.
Capturar la luz.
Traducción de Francisco López Martín.
Atalanta. Gerona, 2015.

¡Luz, más luz! fue lo último que dijo Goethe antes de morir en Weimar el 22 de marzo de 1832. Esas palabras que nos legó su médico, Carl Vogel, más que el delirio de un moribundo eran el resumen de una vida consagrada a la luz del conocimiento y a las investigaciones ópticas que reflejó en su Teoría del color. Podrían ser también el emblema de la Ilustración y de su aspiración al conocimiento y a la iluminación de la realidad con la luz de la razón.

Por eso no es una casualidad que Goethe sea uno de los referentes de Capturar la luz, el espléndido ensayo de Arthur Zajonic que publica Atalanta con traducción de Francisco López Martín.

En la naturaleza ambigua de las últimas palabras del genio convivían con el misterio de los tránsitos la luz de la naturaleza y la luz de la mente, dos componentes fundamentales de la anatomía de la luz que resume el subtítulo La historia entrelazada de la luz y la mente.

Zajonic, físico y antropósofo, hace en este volumen la historia de la luz y de la mente, de la luz que se ve y la que se oye, de la llama sonora que además de verse puede oírse, de la luz del sol y la del ojo. Atendiendo a la dimensión múltiple de la luz -ciencia y arte, religión y filosofía, física y poesía-, a la luz interior y a la exterior, Capturar la luz es un recorrido -luminoso, claro- por la evolución histórica de las concepciones de la luz y por la mirada contemporánea a la luz de la teoría cuántica.

Una descripción de la vida de la luz y una biografía de esa compañera invisible que nos acompaña en el mundo y en nuestro fuero interno.

Santos Domínguez

20/7/15

Ve y pon un centinela


Harper Lee.
Ve y pon un centinela.
Traducción de Belmonte Traductores.
Edición de Victoria Horrillo.
Harper Collins. Madrid, 2015. 

El recorrido habitual del lector español en relación con Matar a un ruiseñor ha sido este: ha visto la película que Robert Mulligan dirigió en 1962, una película consistente a pesar del inexpresivo Gregory Peck que la protagonizaba, y luego ha leído el libro homónimo que la originó. 

Y desde la película se han instalado en su imaginario las figuras de Atticus Finch, un emblema de la rectitud insobornable en la defensa de los derechos de los negros en un contexto racista, y de Scout, la niña que proyecta su mirada infantil sobre ese mundo problemático cuyas claves aún desconoce.

De modo que la perplejidad invade al lector cuando entra en Ve y pon un centinela, que publica en España Harper Collins con edición de Victoria Horrillo y una espléndida traducción de Belmonte Traductores. Una obra que se ha convertido en el fenómeno editorial de este verano en todo el mundo, con cientos de miles de ejemplares vendidos en su primera semana, oscureciendo incluso -no hay comparación posible en cuanto a calidad- a la secuela de las sombras de Grey que aparecía a la vez. 

Perplejidad múltiple, porque para empezar Ve y pon un centinela no es una secuela de Matar a un ruiseñor, sino su precedente, su precuela genética, escrita antes aunque esté ambientada veinte años después, en los 50 y no en los 30.

Como ha explicado Harper Lee, terminó a mediados de los cincuenta esta novela, que tituló Go Set a Watchman y en la que Scout es una mujer adulta y Atticus un viejo de setenta y dos años, pero el editor la convenció para que reescribiera la novela desde el punto de vista de una Scout infantil.

Y esta fue la base de Matar a un ruiseñor y de la película: el contraste entre la mirada inocente de la infancia y el agobiante ambiente racista de Alabama. Veinte años después, Scout tiene veintiséis y vuelve a Maycomb para visitar a su padre, un envejecido Atticus que parece la contrafigura de aquel ejemplar abogado que defendía con entereza y sin éxito la inocencia de un negro acusado injustamente de una violación. 

Desde Atlanta, venía mirando por la ventanilla del vagón restaurante con un deleite casi físico. Mientras se tomaba el café del desayuno, vio cómo quedaban atrás las últimas colinas de Georgia y aparecía la tierra rojiza, y con ella las casas con tejados de chapa en medio de patios bien barridos, y en los patios las inevitables matas de verbena rodeadas de neumáticos encalados. Sonrió cuando vio la primera antena de televisión en lo alto de una casa de negros sin pintar. Conforme aparecían más y más, se redobló su alegría.

Jean Louise Finch siempre hacía el viaje por aire, pero para aquella visita anual a casa decidió ir en tren desde Nueva York hasta el Empalme de Maycomb. Por un lado, porque se había llevado un susto de muerte la última vez que viajó en avión, cuando el piloto optó por atravesar un tornado. Por otro, porque llegar a casa en avión significaba que su padre tenía que levantarse a las tres de la mañana, conducir ciento sesenta kilómetros para ir a buscarla a Mobile y trabajar después toda la jornada. Tenía ya setenta y dos años, y no era justo hacerle eso.

Atticus ya no es el icono de los derechos de los negros, es ahora alguien cercano al racismo, capaz de decir cosas como esta:

-¿Quieres que haya negros a montones en nuestras escuelas, en nuestras iglesias y nuestros cines? ¿Los quieres en nuestro mundo? /.../ ¿Quieres que tus hijos vayan a una escuela que haya bajado el nivel para integrar a niños negros? /.../ ¿Qué sucedería si a todos los negros del Sur se les dieran de repente derechos civiles? /.../ ¿Te gustaría que el gobierno de tu estado estuviera dirigido por personas que no saben cómo dirigirlo?

Veinte años después nada es igual en Maycomb. El contraste se establece ahora entre el pasado y el presente y tampoco la mirada de Scout es ya la misma: han pasado los años y eso ha cambiado su visión del mundo tanto como su experiencia en Nueva York –Dios mío, qué cosas he aprendido- y todo estalla en el final explosivo del intenso diálogo entre Atticus - desde luego esperaba que mi hija se mantuviera en sus trece y defendiera lo que cree que es justo. Y que primero que nada se enfrentara a mí-  y Scout, que va mucho más allá de los reproches y del desprecio a Atticus cuando le dice: Creo que eres la única persona en la que he confiado por completo en toda mi vida y ahora estoy acabada, antes de esta explosión de cólera: 

-¡Eres un viejo hipócrita, un hijo de perra de cola anillada!

El lector que conocía a estos personajes desde Matar a un ruiseñor ya nunca podrá verlos como antes de leer Ve y pon un centinela, una novela absorbente y turbadora, más profunda y menos optimista, más potente y menos nostálgica, más compleja y reivindicativa que Matar a un ruiseñor. 


Santos Domínguez