16/7/18

Luis Artigue. Donde siempre es medianoche



Luis Artigue.
Donde siempre es medianoche.
Editorial Pez de plata. Oviedo, 2018.

-¡Sabueso, escucha, son tres casos los que debes investigar; te encargamos tres casos en uno! -afirma con énfasis precipitado el director de una agencia de noticias como si de pronto hubiera creído que es mi jefe, mientras yo, que sujeto con desidia el smartphone, callo y rumio-. Así que vete a casa, haz la maleta, tómate las pastillas que inhiben tus fobias, sube al avión que sale para Silenza dentro de cuatro horas, infíltrate allí para conseguir soplos y, sobre todo, descubre por qué es  siempre de noche. Aunque, ya de paso, encuentra también a esos dos tipos tan buscados (un premio Nobel que apareció de pronto durmiendo en la Catedral de San Francesco y ahora está escondido, y ese líder de secta peligrosa que llaman Anticristo Superstar), y eso, hazles dos buenos retratos con entrevista incluida. ¡Te pagaremos muy bien esto!

Ese es el motor argumental de Donde siempre es medianoche, la última novela de Luis Artigue, que publica Pez de plata en su colección de narrativa con ilustraciones de Enrique Oria.

Narrada por El Sabueso Informativo, un fotógrafo bélico, hipocondríaco y neurótico reconvertido en detective que vuelve a Silenza, su ciudad natal, para investigar y documentar las causas y los efectos de la noche perpetua en que se sume la ciudad desde hace casi un año.

Y al hilo de esa investigación van apareciendo otros enigmas relacionados entre sí: las existencias ocultas de un Anticristo Superstar, cabeza invisible de una secta apocalíptica de bebedores de sangre, y de un premio Nobel de Astrofísica sospechoso de estar en el secreto.

Al misterio astrofísico de la noche sin final se suman esas oscuridades de personajes opacos y otra más: la de un crimen sin resolver con esos dos sospechosos ocultos.

En torno a la figura del fotodetective-narrador, en la indagación de la noche perpetua, de la identidad del Anticristo y de las razones del Nobel para esconderse, un conjunto de personajes que ayudan en las pesquisas del Sabueso Informativo: Elisabet, la coprotagonista, una bella e inteligente mujer, experta en matemáticas antiguas, una vieja amiga de juventud que guía del narrador por los ambientes oscuros y secretos de la ciudad; su exmarido, catedrático de Astrofísica y depredador sexual, posible colaborador del Nobel, “de existencia inteligente y delincuente que comprometía el porvenir”; un psicoanalista argentino que hace observaciones marginales y rioplatenses al relato mientras lee el manuscrito, o el alcaide-director del hotel-prisión del castillo de Pontecorvo donde está oficialmente preso el Anticristo.

Y desde el principio, sin descanso, una sucesión de peripecias: desde que el fotógrafo llega a la ciudad y es testigo del asesinato de un periodista que cree haber descubierto la verdad a la pesadilla de un auto de fe televisado como si fuera un reality show.

Donde siempre es medianoche, “novela de humor neurótico” en palabras de Luis Artigue, tiene la estructura narrativa de una novela negra. Conviven en su desarrollo lo gótico (no podían faltar los candelabros ni un órgano) y el psicoanálisis en una mezcla explosiva en la que -junto con el surrealismo y la influencia del cómic o la literatura fantástica- el humor es un ingrediente fundamental.

Pero, con ser eso mucho, Donde siempre es medianoche es algo más que un eficaz y divertido artefacto narrativo, construido con un sentido del ritmo y una agilidad en los diálogos propios de la novela negra y del cómic.

No es casual que el telón de fondo de la novela sea la crisis económica y la agitación social que emerge en las manifestaciones de protesta en la ciudad nocturna. El lector percibe entonces el contenido simbólico y alegórico de su argumento y sospecha que hay conspiraciones que producen oscuridades desde otras instancias no menos ocultas, no menos malignas que las de la noche perpetua de Silenza.

Santos Domínguez


13/7/18

Cuaderno de Nueva York


José Hierro.
Cuaderno de Nueva York.
Ilustraciones de Adolfo Serra.
Posfacio de Vicente Luis Mora.
Nórdica. Madrid, 2018.


Esta música lleva mucha muerte dentro. 
El amor lleva dentro mucha música, 
mucho mar, mucha muerte. 
La muerte es un amor que habla con el silencio. 
El amor una melodía hija del mar y de la muerte: 
asciende, gira, enlaza el cuerpo, lo encadena 
hasta asfixiarlo despiadadamente.

En esos versos del Adagio para Franz Schubert están algunas de las claves temáticas del Cuaderno de Nueva York, el libro de José Hierro que publica Nórdica en una estupenda edición ilustrada por Adolfo Serra que cierra un posfacio en el que Vicente Luis Mora destaca la importancia de esta obra, porque "amén de sus méritos propios, el último libro orgánico de José Hierro tiene la especial virtud de constituirse como un aleph de toda su obra poética."

Se conmemoran así los veinte años de este libro, que tuvo un asombroso éxito editorial y que era el resultado de siete años de escritura sobre el amor y la muerte, el arte y el tiempo, la poesía y la música, que ocupa un lugar central en la obra.

Treinta y dos poemas, organizados en una estructura musical musicalmente con un preludio y tres movimientos constituidos por poemas largos, salvo en la parte central, Pecios de sombra, en donde predominan los poemas breves de arte menor. 

Cuaderno de Nueva York es un libro unitario, no sólo porque sus poemas están conectados por el espacio unificador de la gran ciudad que les sirve de escenario, sino porque la tonalidad que los recorre responde a un mismo acorde poético que funde lo exterior y lo interior, la historia y la biografía, la reflexión y la emoción, el presente y la memoria en unos poemas discursivos y alucinados, visionarios y descriptivos. 

Entre el reportaje y la alucinación, entre lo lírico y lo narrativo, un paisaje con figuras como Mozart y Beethoven, Schubert y Pound, Warhol y Alma Mahler,  Miguel de Molina y Bach, Lope y Gershwin, Brahms y Verdi, Schumann y el Rey Lear, solitarios sacados de su tiempo y de su espacio para habitar en estos poemas y expresarse mediante monólogos dramáticos que permiten a Hierro la fusión de la experiencia propia y la ajena, su proyección personal en el personaje con un yo poético ambiguo y polivalente.

Esta magnífica edición ilustrada se enriquece con la interpretación gráfica que hace Adolfo Serra de los poemas de Cuaderno de Nueva York, en los que Hierro dejó versos tan intensos y desgarrados como estos de A orillas del East River:

Siempre aspiré a que mis palabras, 
las que llevo al papel, 
continuasen llorando
–de pena, de felicidad, de desesperanza, 
al fin, todo es lo mismo–, 
porque yo las había llorado antes; 
antes de que desembocasen en el papel blanquísimo, 
en el papel deshabitado, que es el morir. 
Dejarían en él los ecos asordados empañados, 
de lo que tuvo vida.

Santos Domínguez

11/7/18

Los mundos de Robert Fludd


Joscelyn Godwin. 
Macrocosmos, microcosmos y medicina. 
Los mundos de Robert Fludd.
Traducción de María Tabuyo y Agustín López.
Imaginatio Vera. Atalanta. Vilaür, 2018.


"Abordar las obras de Robert Fludd (1574-1637) es como explorar un palacio de la memoria de la época renacentista, un edificio del tamaño del Palacio Pitti, en Florencia, o de El Escorial, e igualmente laberíntico y cargado de significado", escribe Joscelyn Godwin en Macrocosmos, microcosmos y medicina. Los mundos de Robert Fludd, que publica Atalanta en su colección Imaginatio Vera, con traducción de María Tabuyo y Agustín López.

Un magnífico volumen en el que Godwin hace un recorrido por la vida y la obra del renacentista inglés Robert Fludd, al que señala como dueño de "un mundo intelectual sin rival en su amplitud y ambición" e integrante de "la corriente de pensamiento a la que Fludd hizo su contribución más permanente: la tradición esotérica, y específicamente la combinación del hermetismo cristiano con las ciencias ocultas."

Lo más llamativo de esta obra monumental, los doscientos grabados minuciosamente explicados por Godwin o por Fludd que recogen la vasta y brillante producción iconográfica de aquel humanista que asumió la herencia pitagórica y el neoplatonismo que fundía paganismo y cristianismo, macrocosmos y microcosmos en una concepción armónica del mundo y del hombre propia del Renacimiento.

Desde una perspectiva en la que se cruzan la filosofía y la imaginación, la ciencia y la magia, Robert Fludd, médico famoso y heterodoxo en Londres, escribió una gran cantidad de tratados en los que abordó los saberes de su tiempo: la música mundana y la geometría, el arte y la astronomía, la creación del mundo y la constitución del hombre, la psicología y la adivinación, la anatomía y la meteorología, el arte de la guerra y el arte de la memoria, la metafísica y la topografía, la técnica pictórica o los instrumentos musicales, la fisonomía y la quiromancia.

Protegido por el rey Jacobo y por su sucesor Carlos I, Fludd defendió la existencia de relaciones piramidales entre el hombre y el cosmos, creyó en las correspondencias entre los órganos humanos y los planetas y no eludió la polémica ni rehuyó la controversia. Defendió sus concepciones cosmológicas y teológicas en debates escritos con Kepler, con el fraile Mersenne y con el sacerdote y astrónomo Gassendi. 

En sus obras se tratan todos los aspectos de la realidad: desde lo material a lo espiritual, desde lo científico a lo artístico. Y de esa variedad de saberes y de conocimientos enciclopédicos de Fludd dan cuenta los grabados, que enfocan el entramado de relaciones que unen el macrocosmos y el microcosmos con la sabiduría visual de quien escribió obras muy variadas: una apología de los rosacruces y un tratado teológico y filosófico, libros de alquimia y sabiduría hermética, una historia del macrocosmos y el microcosmos, un tratado de medicina católica o un estudio sobre la música mundana.

Sus escritos abarcaron todas las áreas del conocimiento con enfoques que, como señala Godwin, “ilustran su independencia de la teología cristiana sectaria, su favorable disposición a reconocer la sabiduría dondequiera que la encontrara y su convicción de que la realidad consta de múltiples estados del ser. Estos tres puntos le separan de las preocupaciones filosóficas y teológicas dominantes en su tiempo y en los siglos que siguieron.”

Santos Domínguez

9/7/18

Emil Cioran. Extravíos


Emil Cioran.
Extravíos.
Traducción y prólogo
de Christian Santacroce.
Hermida Editores. Madrid, 2018.

He leído todos los libros de la tristeza humana. Y no me han convencido. Me ha convencido la sangre, sin embargo, susurrando a las ideas el cansancio de su propio color ..., escribía Emil Cioran en uno de los textos de Extravíos, el libro inédito que publica Hermida Editores con traducción y prólogo de Christian Santacroce, que afirma que esta es "acaso la obra más sombría y descreída que el autor haya escrito nunca".

Cioran la compuso entre finales de 1945 y comienzos de 1946, en un momento de encrucijada en su trayectoria vital y en su pensamiento. Fue su último libro en rumano antes de tomar la decisión de escribir el resto de su obra en francés. Desde ese punto de vista Extravíos supone -añade Christian Santacroce-, "un descubrimiento irreversible ante la inminencia del salto que catapultará inmortalmente como uno de los prosistas más finos de las letras francesas en la segunda mitad del siglo".

Era una consecuencia más de la crisis personal que provocó en él la Segunda Guerra Mundial, que le llevó a escribir en una carta a su hermano: "En varios sentidos tú ya no soy el mismo".

El título resume la vocación marginal de Cioran, que se puede perder en el mundo:  Ser extranjero en cualquier país, en cualquier lugar: elevar tu estado jurídico a calidad metafísica, escribe en uno de los textos del libro.

Desde esa posición distante y desarraigada, Cioran construye Extravíos como una suma de fragmentos, de párrafos discursivos, aforismos o frases sentenciosas que expresan su reflexión desolada sobre el sentido de la existencia.

Desde la amargura radical de un pesimismo sin concesiones -La bajeza es lo más profundo y sincero que hay en nosotros-, estas páginas son el reflejo de la meditación implacable de Cioran sobre el sentido de la existencia, sobre la muerte y el tiempo, la maldad y la libertad, la civilización y las creencias, sobre la esperanza y el fracaso:

Al final el diablo escupirá de todos los modos sobre nuestras cenizas, un pesar de que en el mundo más allá de las flores y más allá de este los dioses.

Santos Domínguez

6/7/18

Juan Ramón Jiménez. Aforismos e ideas líricas


Juan Ramón Jiménez.
Aforismos e ideas líricas.
Edición de José Luis Morante.
La Isla de Siltolá. Sevilla, 2018.

Aforismos e ideas líricas se titula el volumen que publica La Isla de Siltolá con la selección que ha hecho José Luis Morante de los aforismos que Juan Ramón Jiménez tenía previsto recoger en Ideolojía (1897-1957), un proyecto al que dio forma definitiva  en 1990 Antonio Sánchez Romeralo. 

Sobre ese corpus aforístico juanramoniano –unos cuatro mil aforismos-, José Luis Morante ha seleccionado una quinta parte, algo más de ochocientos, organizados en las seis secciones cronológicas que Juan Ramón Jiménez proyectó para componer Ideolojía en estos seis libros:

Libro 1 (1897-1909) «Orden en lo esterior, inquietud en el espíritu»; Libro 2 «Raíces y alas, pero que las alas arraiguen y vuelen las raíces a continuas metamórfosis»; Libro 3 (1919-1929) «Actual, es decir clásico, es decir eterno»; Libro 4 (1929-1936) «Somos andarines de órbitas. No podemos llegar a fin alguno, ni, claro es, a nosotros mismos»; Libro 5 (1936-1949) «El olvido no pierde nada, todo lo atesora, y si merecemos la memoria, ella nos dará la llave del olvido»; Libro 6 (1949-1954) «Lo permanente nos mira sólo con el alma de lo sucesivo que ha pasado por su cuerpo»

 “Me gusta mucho el aforismo y lo he cultivado siempre, desde mis 19 años”,  escribió Juan Ramón en un apunte que completó con este aforismo: Soy amigo de la síntesis. Por eso prefiero la rosa a la rosaleda, el ruiseñor a la ruiseñora, el aforismo a la monserga ensayística, la lírica a la épica.

En su proyecto de Ideolojía, Jiménez integró pensamientos, sentimientos e ideas líricas -bajo ese título también pensó publicar sus aforismos-, sentencias breves que llegan a su máxima condensación en los años 20, en la época intelectual y despojada de Juan Ramón, para irse alargando desde los años 30, como ocurre con su verso. 

Y es que, como explica José Luis Morante, “entre la voz lírica y la paremia de Juan Ramón Jiménez existe una interacción activa. Los aforismos ayudan a entender el proceso de escritura de la magna obra y su identidad interna.”

Ética y estética, crítica y creación, notas sobre poesía y poetas son algunos de los centros de interés de la gran variedad temática de estos aforismos, de una escritura plural que aquí encuentra su mejor cauce y en la que el núcleo es, claro, la poesía:

Siempre preferí y sigo prefiriendo la poesía penetrante a la llamada poesía profunda, la poesía que entra honda y hondo por ser punzante y segura.

Entiendo que lo natural en el artista es ser poeta en la primera mitad de su vida y crítico, filósofo en la segunda.

Santos Domínguez



4/7/18

El camello de oro


José Antonio Ramírez Lozano. 
El camello de oro. 
Carpe Noctem. Madrid, 2018.

Esta vez, la mirada de Teresa había perdido su arrobo y se había cargado de sospechas. A Ginés más le valía haberse tapado los oídos. 
—Ya lo deja claro el Evangelio de Mateo con ocasión de aquel muchacho rico que preguntó qué tenía que hacer en la vida para entrar en el Reino de los Cielos —remató el obispo fulminante—. Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que el que un rico entre en el Reino de los cielos. Palabra de Dios. 
Toda la misa anduvo ya Ginés mohíno, embargado por la frase del Evangelio de Mateo. Nunca antes había caído en la tremenda consecuencia de aquellas palabras. Tal vez porque, no siendo rico, las tomaba entonces por ajenas, como si no fueran con él. Por eso no le afectaban, eso era. Pero habían cambiado sin duda las circunstancias y ahora le tocaban de lleno. Por más que acabase de hacer una gran obra de misericordia con los ancianos, aquello no parecía bastar para entrar en la mansión celeste. Las palabras del Evangelio no dejaban lugar a duda. Habían sonado en la voz del señor obispo con el timbre de un oscuro emisario. Se imaginó camello y no pudo resistir su angustia. El reino de los cielos le estaba negado. Nunca podría pasar por el ojo de una de aquellas agujas de Teresa.
—¿Te duele algo, Ginés? —le dijo ella en el coche—. No has parado de tocarte el pecho en toda la misa, hijo.
—Congoja, Teresa. Eso es lo que tengo.
—¿Y eso? ¿Congoja de qué?
—¿Tú has oído bien lo que ha dicho de los ricos el obispo? 
Teresa se quedó un momento pensativa, recapacitando, tratando de recordar qué es lo que había dicho el prelado que contraviniera su condición. 
—Ha dicho lo de los talentos que yo te dije, eso es. ¿A que tenía yo razón? 
—Lo de los talentos es lo de menos, Teresa. Ha dicho que, según el Evangelio de san Mateo, los ricos lo vamos a tener difícil, que Jesucristo dejó bien claro que era más fácil que un camello pasase por el ojo de una aguja que un rico entrase en el Reino de los Cielos. Figúrate. 
—Bueno —le quitó importancia ella—, eso será un ejemplo, como el de las parábolas. 
—Las parábolas son figuraciones sí, pero esto no es ningún cuento que haya que interpretar, Teresa. Esto es que lo dice de viva voz Jesucristo, así a bocajarro. Aquí no hay parábola ninguna. 

En ese fragmento está la clave del argumento de El camello de oro, la última novela de José Antonio Ramírez Lozano que publica en su cuidada colección de narrativa la editorial Carpe Noctem.

Ginés Vadillo, su protagonista, es un hombre de fe que hace una lectura de las circunstancias en clave de parábola. Esa es la variedad narrativa con la que Ginés da sentido al mundo desde la religión, desde la fe y la caridad como inversión.

Por eso se toma al pie de la letra aquello de que la fe mueve montañas y se especializa en retroexcavadoras que le convertirán en un nuevo rico con su trabajo de demolición. Es la consecuencia de los tiempos de crisis tras la burbuja inmobiliaria que arruina a unos y enriquece a otros como Ginés y su socio Juan Lineros, con el que funda la empresa de demoliciones Creyentes Reunidos, S.L. 

La congoja de Ginés y Juan Lineros a partir de la alusión del evangelista es el motor que impulsa el argumento de la novela, porque a partir de esa preocupación sobrevenida, comienza otra empresa de demolición, pero ahora de frases del Evangelio que no están ya a la altura de circunstancias. Con ese propósito organizan en Sevilla un congreso de ricos europeos que no están dispuestos a jugarse el cielo por serlo y proponen la revisión de la palabra escrita en los evangelios para reinterpretar la dichosa imagen del camello y la aguja, para acomodarla a sus intereses y tranquilizar sus conciencias.

Y no tardan en encontrar un remedio. Lo aporta un italiano, Atilio Vivanti, de Aceros y mecanizados VIVANTI, de Milán:

—Hay una solución —despertó Vivanti
—¿Cuál? —coreó el cenáculo.
—Muy fácil. Si no podemos cambiar las palabras, cambiemos la realidad.
—¿Cómo la realidad?
—Sí. Veamos, el Evangelio dice el ojo de una aguja, pero no dice el tamaño de la aguja. Hagamos agujas grandes y todo quedará resuelto. Dios mismo ha puesto los medios en nuestras manos. Dinero no nos falta, cambiemos la realidad. Yo, que trabajo el acero, me presto a modificar de raíz el tamaño de las agujas. Será una inversión. Pero, señores, los camellos acabarán pasando por el ojo de las agujas ¿Qué les parece?
—Tiene razón —reconoció Lessart—. El dogma puede no cambiar, pero no cabe duda que la realidad está siempre en una continua mudanza, si no a qué la innovación y el progreso. Nada, propuesta aceptada, amigo Vivanti. Yo le compraré la primera aguja.
Los congregados parecieron mostrar una conformidad inesperada y gratificante. Partieron todos con el convencimiento de que Creyentes Reunidos lograría en menos de unos meses su objetivo. Y todo por la fe.
—La fe está siempre detrás de empresas como éstas —reconoció Ginés—. Va a ser toda una inversión, Vivanti. No hay mercado como el de la Iglesia. Ya ve usted el Domund.

Y así se diseñan cinco enormes agujas para coser el cielo a la tierra, para que quepan por su ojo un camello y un rico. Sólo faltaba hacer la prueba  junto a las murallas del Alcázar sevillano con camellos reales traídos de Damasco. Parecía que esa iba a ser la prueba definitiva, pero los camellos no caben por ese ojo y otra vez se cruzarán como en un juego el sentido literal y el sentido figurado para hallar la solución, que está en el hilo de oro bordado por la mujer de Ginés, Teresa, que a falta de un monólogo interior que hubiera sido inverosímil habla consigo misma a través de los muebles y los electrodomésticos de su casa.

Porque en El camello de oro viven personajes creíbles, trazados con la agilidad narrativa que caracteriza a Ramírez Lozano y de la que  da aquí una nueva muestra. Y vibra también en estas páginas la lengua viva de los diálogos fluidos que perfilan el contorno de los personajes, hasta el punto de que un figurante tan esporádico como el arzobispo queda retratado en una intervención incontestablemente arzobispal en la unción de su tono y en el carácter terminante de su contenido admonitorio.

El espíritu de las parábolas evangélicas, alegorías narrativas de cánones de comportamiento, sobrevuela las páginas de El camello de oro, una novela en la que la razón narrativa se convierte en razón alegórica de algo más profundo: la interpretación de la realidad actual y de un modelo social en demolición desde la perspectiva irónica, distante y benévola, que es habitual en la literatura de Ramírez Lozano.

Porque aquí la ironía sustituye a la moraleja, la sonrisa ocupa el sitio del sermón y la imaginación desaloja el espacio del púlpito.

Santos Domínguez

2/7/18

Selena Millares. La isla del fin del mundo


Selena Millares.
La isla del fin del mundo.
Barataria. Madrid, 2018.

Ya no sé quién fui o qué sentido tuvo todo lo que fui. No sé si soy un resucitado o un recién nacido ni en qué vida he vuelto a nacer. Pero no olvido.

Ese es uno de los párrafos finales de La isla del fin del mundo, la espléndida novela de Selena Millares que publica Barataria

Construida como una novela itinerante que tiene como eje la búsqueda y el viaje hacia la utopía, su narrador protagonista, el irlandés Aidan Fitzwater lo escribe como un relato rememorativo desde la isla de los mil nombres, desde un prodigioso espacio sin tiempo pero con memoria. 

Hasta llegar a ese momento,  ha transcurrido una larga peripecia que se había iniciado en el puerto irlandés de Waterford. A bordo de la Hibernia y en los años previos a la Revolución francesa, se iniciaba así una larga y agitada búsqueda que tiene como fondo histórico el siglo de las luces y sus ideales de libertad, igualdad y fraternidad.

Y dos utopías como horizonte y motor de la novela y de las búsquedas que la sostienen: la de la isla de San Brandán –cada irlandés tiene dentro un Brandán, le dice McGregor, el capitán de la nave- y la de Marella, la tabernera viuda de Burdeos de la que se había enamorado y cuyo recuerdo recorre la obra.

En ese viaje por la esperanza hasta llegar a la isla del fin del mundo, le han acompañado personajes como sus amigos Ewan el contramaestre o Pedro, el cocinero jamaicano, y enemigos como Seamus, el agrio sobrecargo con el que tiene un inesperado desencuentro que le complicará la vida.

Un viaje en busca del paraíso con estaciones de paso como el puerto de Burdeos, su tráfico de esclavos y sus naves negreras o el comercio clandestino de libros prohibidos de Voltaire o de novelas eróticas que circularon en abundancia en aquel nuevo tiempo de vitalismo y esperanza.

Y desde Burdeos, un viaje por tierra hasta Madrid, donde Fitzwater conversa sobre la isla de San Borondón con el Abate Viera, ilustrado y autor de una Historia general de las islas de Canaria. En la capital conoce también al libertino conde Pratolini y al mago Pellegrini, que le profetiza desgracias si no se aleja del mar. 

Después de embarcar en Cádiz en la Hibernia para viajar hasta Tenerife y El Hierro, no tardarán en concretarse esas desgracias, porque será denunciado ante la Inquisición y encerrado en una celda, de la que sale gravemente enfermo para acabar en un convento de monjas.

A partir de ese momento, el sueño y la vigilia, la vida y la muerte se confunden en la experiencia del narrador, que escribe desde la isla de los muertos.

Con La isla del fin del mundo Selena Millares ha creado una novela absorbente, de admirable y sostenido ritmo narrativo, escrita con una prosa intachable y fluida, desde sus líneas iniciales, que rememoran el comienzo de ese viaje de una isla a otra:

Habíamos zarpado de madrugada, y me parece sentir todavía aquel frío en la piel, helada y casi insensible, mientras el barco avanzaba. El viento silbaba en mis oídos y me aislaba de la realidad, de todas aquellas voces que sonaban lejanas a mi alrededor. Pensé, en aquel momento, que tal vez era algo así lo que escuchaba una criatura en el vientre materno, algo como ese zumbido, mientras se imponía la sensación de flotar, de mecerse en un vaivén rítmico que adormecía y acunaba. Era la primera vez que viajaba en barco, y la primera que me alejaba de la vieja Irlanda, mi Ínsula Sacra, mi amada Isla Esmeralda. Aún no sabía que jamás había de volver.

Santos Domínguez




29/6/18

Luis Rosales. Aforismos extraídos


Luis Rosales.
Aforismos extraídos. 
Edición de Enrique García-Máiquez.
La isla de Siltolá. Sevilla, 2018.


Lo he sabido después: lo vivo era lo junto, escribía Luis Rosales en un texto memorable de El contenido del corazón.

De ese libro y del resto de su obra poética, entre Abril y las tres entregas de La carta entera, ha ido espigando Enrique García-Máiquez la amplia serie de fragmentos que componen su edición de Aforismos extraídos de Luis Rosales que publica La Isla de Siltolá.

“El aforismo rosaliano cumple una voluntaria función estrictamente poética”, sostiene el editor, y eso explica que esté menos presente en su prosa que en su poesía, de la que se han extraído estos aforismos. 

Pese a que se han sacado del contexto poético del poema o del verso al que pertenecen, estos aforismos dan idea cabal de la potencia expresiva de Rosales, de su intensidad emocional y de su tono frecuentemente sentencioso.

Hay que darse a la vida como el agua a la arena. (Abril). 

El tiempo es un espejo en que te miras. (Rimas). 

La muerte no interrumpe nada. (La casa encendida). 

Toda vida auténtica descansa en la tristeza. (El contenido del corazón). 

La imprecisión es el infierno conocido. (Diario de una resurrección). 

Tropiezo con el mundo y no lo veo.(La almadraba). 

Un muerto nunca se acaba de enterrar. (Un rostro en cada ola). 

Lo humano es siempre superior al hombre. (Oigo el silencio universal del miedo).

Son algunos de los más significativos aforismos que se recogen en este volumen que -explica García-Máiquez- “quisiera llevar al lector a sus poemarios o, mucho mejor, que el lector viniese de ellos, predispuesto a celebrar aquí la sabiduría poética y humana que velan por la tensión de los libros, como quien comenta los mejores momentos de una película o las mejores pinceladas de un cuadro."

Santos Domínguez

27/6/18

Juegos de la edad tardía



Luis Landero, 
Juegos de la edad tardía.
Edición de Elvire Gómez-Vidal Bernard.
Cátedra Letras Hispánicas. Madrid, 2018.

Hace casi treinta años, en 1989, Juegos de la edad tardía, la sorprendente opera prima de Luis Landero, doblemente reconocida con el Premio de la Crítica y el Nacional de Narrativa, marcó un hito en la novela española del último cuarto del siglo XX. 

Arrancaba con una frase que era un guiño al lector, porque resonaba en ella el célebre despertar kafkiano de otro Gregorio -Samsa- en La metamorfosis:

La mañana del 4 de octubre, Gregorio Olías se levantó más temprano de lo habitual. Había pasado una noche confusa, y hacia el amanecer creyó soñar que un mensajero con antorcha se asomaba a la puerta que el día de la desgracia había llegado al fin: “¡Levántate, pingüino, que ya se oyen cerca los tambores!”, le dijo.

Con una asimilación madura de la tradición del relato oral y de la mejor narrativa europea y americana, la huella de Cervantes es la que se percibe más claramente en la obra: de él aprendió Landero no sólo un humor desolado, sino la importancia del tono oral, porque, igual que el Quijote, Juegos de la edad tardía es una novela que se oye a la vez que se lee y la voz del narrador es la de quien habla más que la de quien escribe. Y, como en el Quijote, el núcleo de la obra lo constituyen las tensiones entre la ficción y la realidad: la insatisfacción es el motor que el protagonista pone en marcha para conseguir el triunfo de la imaginación que se imponga a la vida rutinaria.

Como Don Quijote, su protagonista, el imaginativo Gregorio Olías, juega a ser otro y se reinventa en la figura ficticia del ingeniero y poeta Augusto Faroni. A partir de ahí Gregorio inventa una historia de la que, como Don Quijote, es a la vez narrador y protagonista: la biografía ficticia de Faroni. Y así un narrador se superpone a otro para construir una novela dentro de otra, con un sistema de cajas chinas que recuerda también el sistema narrativo del Quijote y reivindica el placer de contar, instigado también por la figura sanchesca del ingenuo Gil/Dacio -entregado a la causa de Faroni  como Sancho a la de Don Quijote- para levantar frente al  mundo un muro que defienda la vida fantástica de la mediocridad de la existencia real: y otra vez comprendió que estaba levantando un parapeto de urgencia que lo defendiese de las asechanzas del mundo.

Organizada en tres partes y un epílogo, Juegos de la edad tardía tiene como fecha clave el 4 de octubre. Ese es su  eje temporal: hay un antes y un después de ese día en la vida del protagonista y en la novela, que tiene como eje espacial la escalera, encrucijada de subida o de bajada, del viaje hacia la altura o hacia la profundidad, hacia el triunfo o el fracaso.

Pero todo el universo narrativo de Juegos de la edad tardía gira alrededor del protagonista y de su esfuerzo, a veces desalentado, por hacer coincidir la realidad y la ficción y de su gusto por fabular y contar: la trama, el resto de personajes, los incidentes, las bifurcaciones de historias, las encrucijadas narrativas que hacen de esta novela una obra caudalosa en acontecimientos y criaturas inolvidables. 

Y la complicidad entre Olías y Gil se duplica en la relación que establece la novela con el lector, que atraviesa un camino de ida y vuelta que va del deslumbramiento también a la complicidad con el narrador y el protagonista para firmar el pacto entre la vida real y la vida ficticia y soñada que se resume en la última frase del libro:  

Sellaron el acuerdo con un largo apretón de manos.
  —¿Sabes? —dijo Gil, con un pie en el umbral—. Y a la tierra le vamos a llamar «Villa Faroni». ¿Qué te parece?
  —Que así debe ser.
  —Pues entonces, ¡no se hable más! Y ahora por el camino veremos cómo le llamamos al pozo, a la huerta y al perro que tengo pensado comprar. Y también quiero que me cuentes cómo te escapaste de la cárcel, y muchas cosas de la vida del gran Faroni, que siempre deseé saber. Por ejemplo, cuál era su comida favorita, y si usaba o no camiseta. ¿Vamos?
—¡Adelante! –gritó Gregorio, y salieron juntos a la calle.

La edición, espléndidamente anotada, de Elvire Gómez-Vidal Bernard en Cátedra Létras Hispánicas, se abre con un amplio y profundo estudio introductorio que sitúa Juegos de la edad tardía en el contexto literario de la época en la que se publicó, como parte de la revitalización de la novela española desde los años 70 a través de la recuperación del argumento, el personaje y la narratividad.

Y después de esa contextualización, la introducción analiza la arquitectura de la obra y su andamiaje secreto, la relación entre el juego y la creación literaria, el arte narrativo de Luis Landero y la evolución de su mundo literario, presente ya en esta su primera novela. 

Santos Domínguez