ENCUENTROS DE LECTURAS

Reseñar libros malos no es sólo una pérdida de tiempo, sino también un peligro para el carácter (Auden)

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Nombre: Lecturas, lectores
Lugar: Spain

17.5.08

Razón de mudo



Agustín Villar.
Razón de mudo.
Editora Regional de Extremadura. Mérida, 2008.


La de Agustín Villar (Salamanca, 1944) es una de las voces más interesantes, matizadas y rigurosas de la literatura que se escribe en Extremadura. Su ya larga trayectoria, acreditada en una variedad de registros que van de la poesía a la narrativa breve y pasa por el aforismo, culmina en su último libro, Razón de mudo.

Subtitulado Aprender a esperar, Razón de mudo es el resultado de un largo trabajo de cinco años de escritura rigurosa, una suma de géneros, literatura híbrida y mestiza que funde diversas técnicas y enfoques en sus textos: relato, autobiografía, poema en prosa, dietario y pensamiento aforístico son los diversos matices que adquiere la voz de Agustín Villar .

Literatura del fragmento y del yo que tiene su origen más poderoso en Cioran o Canetti y que dio lugar en la trayectoria del autor a dos libros (Ocelos y Crepusculario menor) en los que la reflexión da lugar a una mirada crítica que se dirige a la realidad. Una mirada hacia fuera, pero también, y quizá de manera más radical, hacia dentro. Una mirada distanciada y autocrítica que practica, a la manera kantiana, una crítica del juicio y de la razón práctica y que no elude ningún territorio, pero que está más cómoda en determinados lugares: la memoria, la reflexión sobre la escritura y la lectura, el compromiso ético y estético.

Entre lo íntimo y lo público, entre los textos construidos en tercera persona y aquellos en los que se combinan la segunda y la primera, Razón de mudo se construye con una estructura muy meditada que integra diversas piezas y se instala en el lugar en que se unen lo que está fuera y lo que está dentro, el yo y los demás, a medio camino entre quien mira el mundo y quien se mira a sí mismo desde fuera con la distancia del sueño y el relato, o se escucha desde lejos mientras reflexiona, mientras dice:

Es preciso aprender a esperar. A veces, la espera es una tensión, el aguardo del misterio de la palabra oculta. Otras, es una exigencia, un urgir el pensamiento, entre el azogue y la añoranza de la escritura que se reclama. Y casi siempre se instalan el silencio y la quietud. Razón de mudo.

Santos Domínguez

15.5.08

Jack el destripador

Jack el Destripador.
Obra selecta.
Edición al cuidado de
Javier Terrisse y Gonzalo Torné.
Elipsis. Barcelona, 2008.



A los ciento veinte años del primero de los crímenes quirúrgicos de Jack el Destripador, hoy, 15 de mayo, se inaugura en Londres, en el Museo de los Docklands, una exposición con muchos de los documentos policiales del caso.

Y a la vez Elipsis ediciones publica en España, en una edición preparada por Gonzalo Torné y Javier Terrisse, la Obra selecta de aquel personaje hábil y macabro: una selección de veinte cartas, entre amenazantes y jactanciosas, que envió a la policía.

En el barrio londinense de Whitechapel se desata en 1888 una ola de crímenes sin móviles. Un asesino estrangula a sus víctimas femeninas y se ensaña con sus cadáveres. Tras eviscerarlos, los deja en la calle y no deja rastros. Aquellos asesinatos en el barrio pobre de Whitechapel alimentaron el imaginario colectivo, tal vez porque no se aclararon nunca, y dieron lugar a todo tipo de morbos y especulaciones.

Escritas con sangre, con tinta y con otros líquidos, y con distinta caligrafía, las dirige a la Agencia Central de Noticias, a las comisarías y al hospital de Withechapel. El destripador se permite desvelar en ellas sus planes criminales y lanza un reto a Scotland Yard (Atrápeme cuando pueda, les dice), como si en el fondo estuviese deseando que descubriesen su identidad y le detuviesen.

Además de ese material documental, Javier Terrisse y Gonzalo Torné han reconstruido los diferentes crímenes atribuidos al misterioso asesino en un amplio prólogo, una excelente introducción narrativa a la materia epistolar espeluzante que recoge esta Obra selecta, cuidadosamente editada y con ilustraciones muy interesantes.

Esa introducción es una reconstrucción de la atmósfera que rodeaba aquellos crímenes, de la reacción desorientada e inhábil de la policía, de los métodos insuficientes de la investigación, los informes de los forenses o las vidas de aquellas pobres víctimas.

Y en ese terreno se conjuntan de forma envidiable el rigor investigador de un experto riperólogo como Terrisse y la destreza narrativa de Gonzalo Torné, de la que dejó una excelente muestra en su novela Lo inhóspito, una de las más interesantes de las que aparecieron el año 2007.


Santos Domínguez


12.5.08

El jardín dorado


Gustavo Martín Garzo.
El jardín dorado.
Lumen narrativa. Barcelona, 2008.


Mi hermano era un ser extraordinario, no importa lo que luego se dijera de él. Bruno, ese fue el nombre que le di. Desde que era niña me gustó inventarme los nombres. A un esclavo muy dulce, cuyo aliento recordaba el aroma de las guirnaldas, le llamé Azafrán; a un viejo chambelán, con la barba pulida y blanca, Tiempo; a una criada ladrona, cuya boca se abría como una bolsa vacía, Morral. No me gustan los nombres propios porque nos separan del mundo, nos hacen creer que somos distintos a las cosas y a los seres que viven en él. Y eso no es cierto. Todos los animales tienen su lengua secreta, y hasta los objetos más minúsculos, la cuchara, por ejemplo, con que tomamos la sopa, o el toro de cristal que las muchachas llevan al cuello y que consideran su talismán, están llenos de vida. Y eso hago yo, dar a hombres y mujeres los nombres de las cosas. Recoger esa vida que no nos pertenece y transformarla en palabras que podemos guardar u ofrecer.

A lo largo de su ya extensa trayectoria, Gustavo Martín Garzo ha venido dando muestras de una excepcional capacidad para aprovechar el material narrativo tradicional, los cuentos, los textos bíblicos o la mitología, y extraer de ellos la fuente del relato, la memoria en la que vive la oscuridad de la vida y del corazón de los hombres, una indagación en lo más hondo de sus deseos y sus frustraciones.

El jardín dorado, su última novela, que publica Lumen, aborda la historia del minotauro desde un punto de vista inédito: el de la mirada femenina de Ariadna, la hermana del monstruo en su laberinto, emparentada con otras contadoras de historias como Sherezade.

Una narradora que empieza por despojar a sus personajes de los nombres propios para bautizarlos con metonimias significativas: el minotauro Bruno; Artífice, el constructor del laberinto, o Nómada, el hombre sin cuerpo, el contador de cuentos.

El jardín dorado es una novela sobre el amor y sobre el dolor, sobre la llama y la oscuridad. Es la memoria de la felicidad y de la plenitud en la Isla de Creta, una narración sobre la casa del deseo y la abundancia, sobre un jardín en el que no existe el tiempo, sobre la Edad de Oro.

En ese reino secreto, en ese jardín separado del mundo y pensado para la felicidad del minotauro y las cinco hermanas que lo acompañan, la materia órfica del canto y la literatura se transforman en instrumento para vencer a la muerte, en un conjuro verbal para derrotar con el amor y con la palabra a lo que vive en lo oscuro .

Porque esta es una novela sobre la palabra, el amor y la piedad. El jardín dorado, hecho de espacio y de tiempo, es el lugar en donde se oficia la lenta liturgia de la palabra y se anula el tiempo. Como las Sherezade, las palabras de Ariadna derrotan a la muerte y al olvido, y son esas palabras el verdadero hilo que nos guía por el laberinto, por esa imagen secreta del mal. La narración transforma la casa muerta del dolor, de lo desconocido o del horror, en la casa de la memoria, en el bosque de los cuentos, en una evocación del jardín perdido del paraíso:

Ahora sabes que hubo un tiempo de felicidad. Dormíamos tan poco como los ruiseñores. Nos levantábamos al alba para comer uvas con vino y corríamos hacia los bosques mientras palidecían las estrellas. A veces, en las cumbres solitarias veíamos a los osos apartándose vacilantes de nosotras. Les hacíamos señales y ellos se detenían un momento para mirar por debajo de sus frentes pesadas. Después nos tumbábamos en la hierba, al sol, y hablábamos sin parar. Aprendíamos la lengua de los pájaros y de los animales, que imitábamos entre risas. Y desde las rocas observábamos las manadas de caballos que parecían enjambres de hormigas en la distante llanura. Sí, deberíamos habernos quedado en ese tiempo, no haberlo abandonado jamás.

Martín Garzo visita el mito para hablar del mundo, para devolvernos una imagen reinterpretada donde conviven la luz y la sombra, el amor y el dolor, la vida y la muerte, el pasado y el presente, la fantasía y la realidad, el sueño y la vigilia, el jardín que es el lugar de la palabra y el laberinto donde reina el silencio.

Lo explica Ariadna en esta reflexión sobre el sentido de la vida y el significado del laberinto:

No es verdad que la vida nos pertenezca. No somos dueños de ella, porque en cada uno de nosotros resuenan las vidas de los demás. Somos los ecos de esas vidas, el entrecruzarse de los caminos que recorremos con nuestros propios pies y de los caminos que siguen los que amamos. Es eso lo que significa el laberinto: todos los caminos en uno.

Santos Domínguez

10.5.08

Memoria y deseo de Manuel Vázquez Montalbán


Manuel Vázquez Montalbán.
Poesía completa 1963-2003.
Memoria y deseo.

Península. Barcelona, 2008.


Con ese subtítulo eliotiano, Península publica la Poesía completa (1963-2003) de Manuel Vázquez Montalbán. Doce años después de la edición anterior de Memoria y deseo, se reúne la totalidad de la obra poética de Vázquez Montalbán en un volumen que incorpora, además de Ciudad, un libro inédito (Rosebud) y otro (Construcción y deconstrucción de una teoría de la Almendra de Proust complementaria de la construcción y deconstrucción de una teoría de la magdalena de Benet Rosell) que circuló muy poco en una edición de bibliófilo.

Esta edición definitiva va precedida de un estudio preliminar de Manuel Rico (La poesía de MVM, un decálogo y una coda), en el que traza un panorama de conjunto sobre las claves temáticas, ideológicas y técnicas de la poesía de Vázquez Montalbán, y de una introducción de J. M. Castellet, que ha actualizado la que escribió en 1986 con un apéndice y un epílogo.

Memoria y Deseo - escribía el autor a propósito de aquella primera edición que recogía su poesía hasta el año 90- deberá ser leído, por quien quiera leerlo, como un ultimado viaje poético que se muerde la cola, como un ouroboros eliotiano que encadena el fin con el principio.

Y en el principio, este texto que es una declaración de afinidades y deudas:

Agradezco
a Quintero, León y Quiroga,
Paul Anka, Françoise
Hardy, Vicente Aleixandre,
Ausiàs March, Gabriel
Ferrater, Rubén
Darío, Jaime
Gil de Biedma, Gustavo
Adolfo Bécquer, Thomas
Stearn Eliot, Glenn
Miller, Cernuda, Truman
Capote, Modugno, Lorca,
José Agustín Goytisolo, Brecht,
Lionel Trilling, Antonio
Machín, Jorge
Guillén, Joan Vinyoli, Quevedo,
Leo Ferrer, Carlos
Marx, Adam Smith, Miguel
Hernández,
Ovidio Nason
palabras,
versos enteros por mí robados.

P. D.- Y al Dúo Dinámico, Jorge Borges,
y Birkhoff &MacLane (matemáticos).

Hay en este texto, pórtico de Memoria y deseo, además de una nómina de influencias, un resumen del mundo poético propio que Vázquez Montalbán fue construyendo con rigor a lo largo de cuatro décadas y diez libros, desde Una educación sentimental hasta Rosebud.

Su poesía representó la conciencia crítica ante la realidad frente al neomodernismo culturalista, incorporó la realidad como materia poética sin que practicase estrictamente una estética realista; experimentó con el lenguaje sin que eso le llevara a la poesía experimental; reflejó la cultura sin caer en el culturalismo superficial, y su experiencia personal sin que su poesía sea estrictamente poesía de la experiencia.

Heterodoxo y francotirador, dueño de una de las voces más singulares de la poesía española contemporánea, las características anteriores le aproximan, más que a los novísimos, a poetas de la llamada generación del lenguaje, como Félix Grande, Claudio Rodríguez o Diego Jesús Jiménez, que practicaron una integración poética semejante entre ética y estética.

De entre los poetas de los setenta y los ochenta, Vázquez Montalbán fue el más abierto a todo tipo de influencias. Como en un collage, su obra integró lo culto y lo popular, la radio y el cine con la literatura, el irracionalismo y la denuncia, la memoria personal y la colectiva, un mestizaje múltiple que se explica por el tema central de su poesía, que es la búsqueda de las raíces. De manera bien significativa, los títulos del primero y el último de sus libros aluden explícitamente a esa búsqueda radical de la identidad en la memoria.

vida, historia, rosa, tanque, herida, escribió Vázquez Montalbán en un verso de Pero el viajero que huye. Y en torno a esas cinco palabras, por ese orden, organiza Castellet la explicación de su poesía. Una poesía que no siempre mira hacia el pasado de la memoria o al presente de la insatisfacción, la denuncia o la derrota.

En el mismo Pero el viajero que huye, uno de sus libros más maduros, hay un texto estremecedor, un raro presentimiento de las circunstancias de su muerte:

El cartero ha traído el Bangkok Post
el Thailandia Travel
una carta sellada
la muerte de un ser querido
para la muchacha de mi American Breakfast
cada mañana

aunque he pedido mi carta
no estaba
o no me la han dado compasivos
con el extranjero que espera vida o muerte
ignorado en un rincón de Asia

el cartero nunca llama dos veces
viaja en una Yamaha
y sonríe en la ignorancia
de que la distancia
permite a la memoria cumplir nuestros deseos.

Trece años después de publicar ese poema, que unía memoria y deseo en el último verso, Vázquez Montalbán, viajero y solo en el aeropuerto de Bangkok, lo protagonizaría. Y una vez más -también para lo malo- la vida imitaría al arte.

Santos Domínguez

9.5.08

Manual de urbanidad en la Red


José Antonio Millán.
Manual de urbanidad y buenas maneras en la Red.
Melusina sic. Barcelona, 2008.

Soy un usuario avanzado y temprano (empecé a hacer uso del correo electrónico hace quince años), que escribe unos seis mil correos al año, y recibe otros tantos, sin contar el spam. Tengo página web desde hace doce años, y mantengo blogs desde hace cinco. Aunque tengo formación como lingüista y he publicado algún libro sobre la comunicación por escrito, no escribo en calidad de tal, sino más bien como espectador —y actor— constante en esta fiesta de la comunicación que es Internet.

A medio camino entre el manual de urbanidad y el libro de estilo de internet, José Antonio Millán ha elaborado en este volumen que publica la editorial Melusina un manual dirigido a un tipo de personas que quedan delimitadas en la introducción:

No es una obra para los que no escriben un correo, no han creado en su vida una página web ni un simple blog. Ellos no la necesitan... Tampoco es un libro para quienes han nacido y crecido mandando sms, chateando y alimentando foros sobre sus ídolos musicales y de manga. Ellos ya se montarán (ya se están montando) sus propios códigos de relación, y no voy a ser yo quien les diga cómo hacerlo. Sencillamente, éste es un manual para las personas que, habiendo nacido o habiéndose formado en el mundo predigital, se ven hoy en la necesidad de moverse en el nuevo medio, tanto a nivel personal como empresarial o institucional.

José Antonio Millán, experto ocupante del ciberespacio, enumera algunas de las situaciones que, tan incómodas como frecuentes, justifican la necesidad de un código que regule las buenas maneras en internet:

Al final de una conferencia sobre Internet, una señora me pregunta: «¿Por qué hay que escribir los correos electrónicos con abreviaturas y sin puntuación?»

Entro en la web de una poderosa empresa para averiguar su teléfono, y tras soportar movimientos y musiquitas, descubro que no hay forma humana de encontrarlo.

Un sitio web de postales me escribe un correo para decirme que tengo un regalo de un amigo. El spam en mi buzón crece y crece.


Llamo a la sede de una empresa de comunicación y pido el correo del director: no me lo pueden dar, dicen; que escriba a su secretaria...


En la web de un banco por línea me preguntan, si cada vez que hago un transferencia quiero que me avisen por sms. Setenta veces transfiero, y otras tantas me lo preguntan...

¡UN CONOCIDO ME ESCRIBE TODO UN CORREO ASÍ, EN MAYÚSCULAS!

Menganito no contesta a los correos.


Entro en un blog, leo una interesante entrada, y al llegar a los comentarios de los lectores tengo que sortear querellas, insultos, y escritos que hablan de otra cosa, hasta leer los que realmente son pertinentes.


La gestión adecuada del correo personal, desde el asunto hasta la firma pasando por el encabezamiento, los adjuntos o el cuerpo del mensaje; los estilos que conviene usar según la situación, el tema y el destinatario; el mantenimiento de un blog, el uso de la Wikipedia; la descortesía o la privacidad de los mensajes son algunos de los capítulos de este manual de cortesía en la Red, un espacio de interrelación cada vez más extendido e imprescindible:

El contacto por medios electrónicos no suprime la necesidad de determinadas formas de comportamiento, que con frecuencia tienen sus raíces en el pasado.
La asombrosa reactivación de la comunicación escrita que ha venido de la mano de la Web y el correo electrónico hace necesario recordar algunos elementos clásicos de la comunicación escrita, y también pensar en los nuevos. Muchas de las convenciones comunicativas, y muy especialmente epistolares, que estaban en vigor en el pasado tienen una razón de ser, que es garantizar la calidad del proceso y la presencia de todos los elementos necesarios. Hemos de conservar lo mejor, aunque también cambiar lo que haga falta.

Tan imprescindible como debería ser este volumen.
Santos Domínguez


7.5.08

Botchan


Natsume Soseki.
Botchan.
Traducción de José Pazó.
Introducción de Andrés Ibáñez.
Impedimenta. Madrid, 2008.



Natsume Soseki (Tokio, 1867- 1916) es uno de los escritores que más influyeron en la modernización de la literatura japonesa y uno de sus clásicos indiscutibles desde hace más de un siglo. En su literatura, el conflicto entre tradición y modernidad o el problema de la identidad personal y cultural encuentran una serie de respuestas que abrieron la puerta de la contemporaneidad en Japón.

Fue el novelista más popular de su tiempo. También el más atormentado e inestable. Un escritor que en una época de crisis estableció en sus novelas un diálogo problemático entre la tradición oriental y la creciente influencia occidental. Buen conocedor de la literatura europea del XIX, de sus años ingleses le quedó como marca indeleble una profunda antipatía por Inglaterra y su literatura.

Con Soseki la novela japonesa alcanza su primera madurez con unos protagonistas que son intelectuales desgarrados entre los valores anacrónicos de una tradición inservible y una sociedad que se basa en el éxito material. El reflejo de ese conflicto, que fue el del Japón de su época, le permitió conectar con las preocupaciones de su entorno y convertirse en su portavoz fecundo, en un novelista de éxito que en los últimos diez años de su vida publicaba una obra al año.

Botchan, la novela que publica Impedimenta con traducción de José Pazó e introducción de Andrés Ibáñez, se publicó en 1906 y desde entonces es un clásico de la literatura japonesa moderna. Es la narración, con un cierto fondo autobiográfico, que hace en primera persona un joven profesor enviado a un instituto rural.

Desdichas de un niño mimado titula Andrés Ibáñez un prólogo en el que sitúa la figura del autor en el contexto de transformaciones que modernizaron la sociedad y la cultura de Japón a finales del XIX y comienzos del XX.

Relato de un impertinente incorregible, novela cómica sobre un niño mimado (eso significa literalmente Botchan en japonés), inadaptado e impulsivo hasta un extremo inverosímil que presagia el humor amarillo, como revela este comienzo desquiciado con el que hace su presentación el personaje:

Desde niño, he tenido una impulsividad innata que me viene de familia y que no ha hecho más que crearme problemas. Una vez, en la escuela primaria, salté desde la ventana de un primer piso y no pude andar durante una semana. Alguien se preguntará por qué hice semejante tontería. Pero la verdad es que no hubo ninguna razón especial. Simplemente estaba un día asomado a una de las ventanas del nuevo edificio de la escuela, cuando uno de mis compañeros de clase comenzó a meterse conmigo diciéndome que, por mucho que me hiciera el gallito, en realidad no era más que un cobarde y que no sería capaz de saltar. El bedel tuvo que llevarme esa misma noche a cuestas a mi casa. Cuando mi padre me vio, se enfadó muchísimo y me dijo que no podía comprender cómo alguien se podía quedar sin caminar simplemente por haber saltado desde la ventana de un primer piso. Le respondí que la siguiente vez que saltara no me volvería a ocurrir.

Ingenuo y antipático, áspero e incorruptible, la figura pesimista y antiheroica de Botchan conecta con la picaresca española a través de la novelística inglesa del los siglos XVIII y XIX. No es el relato de una construcción personal de la conciencia, sino la crónica de una pertinacia hecha desde una perspectiva inusual, de una rebelión contra el yo que parece estar en las raíces más profundas de la cultura japonesa.

Más que una novela de formación, Botchan es la crónica de una inadaptación y el relato del fracaso social del protagonista. Expulsado ya del paraíso de la infancia e incapaz de integrarse en el mundo adulto, el narrador se burla de las tradiciones y desmiente los tópicos seculares de la sociedad japonesa: la mentira, la hipocresía, la pequeñez moral son las normas que imperan en una sociedad que se refleja en el microcosmos del centro educativo y del ambiente rural que padece Botchan.

Obra maestra y experiencia de lectura inolvidable, el choque del inconformista Botchan con el ambiente renuncia a planteamientos melodramáticos y enfoca el conflicto desde la inteligente distancia del sarcasmo y el desengaño de Soseki, con una carga de fondo que destaca Andrés Ibáñez al final de su espléndido prólogo:

Uno se pregunta si las cosas sucederían realmente así en el Japón de hace cien años, pero la pregunta, seguramente, no es correcta. La pregunta debería ser si la vida humana es realmente así, tan ridicula, tan absurda, tan miserable, tan irrisoria. Porque eso es, precisamente, lo que logra Soseki en Botchan: a través del relato humorístico de las desventuras de un joven profesor en una escuela rural, traza un mapa del mundo. Y si nos hace reír tanto es, sin duda, porque también está hablando de nosotros.

Santos Domínguez

5.5.08

La mujer de nadie


Luis Artigue.
La mujer de nadie.
Linteo. Orense, 2008.



En su colección de narrativa, la editorial Linteo publica La mujer de nadie, la novela de Luis Artigue que completa una trilogía sobre la bohemia y la vanguardia que iniciaba con El viajero se ha ido, como es lógico y continuó con Las perlas del loco Ventura.

La mujer de nadie es una recreación imaginativa de la figura de Remedios Varo, una pintora surrealista que vivió con libertad e intensidad el superrealismo, la efervescencia cultural de los años de entreguerras, de la España republicana y la explosión artística del exilio en México.

Junto con la recreación de ese momento histórico creativo, de los ambientes artísticos y literarios de la época, Artigue reivindica la audacia de Remedios Varo, su libertad vital y artística, su pionera rebeldía feminista, su carácter doblemente transgresor, la coherencia de su actividad artística y sus sexualidad desinhibida.

Luis Artigue es poeta además de novelista y con esa doble condición practica la escritura en La mujer de nadie, una novela en la que la calidad de página no se convierte en un factor antinarrativo.

Con una meditada estructura circular, Artigue enmarca la novela entre dos intervenciones de un narrador que evoca la acción como un espectador privilegiado que cuenta la acción desde el mundo de los muertos, en el que las palabras adquieren su libertad más radical y expresan las pulsiones a la que aspiraban superrealistas como Benjamin Peret, uno de los referentes fundamentales del libro:

Has muerto; ahora te has convertido en tus palabras. Como ves la muerte nos libera de miedos, elimina trabas, intensifica pulsiones y genera un diálogo continuo. ¡Sí, a los muertos el ataúd nos hace de diván de psicoanalista! De hecho ahora tu cuerpo y tu conciencia han desaparecido y queda sólo el inconsciente.

De esa atmósfera superrealista del mundo de los muertos proceden los títulos de cada capítulo, un despliegue metafórico de imágenes visionarias que acaban invadiendo la realidad desde el territorio del sueño o el delirio irracional de la fiebre con su palabra en libertad:

Sobre el ojo de la aguja penetrado por un pez espada sobre un charco de niños y sobre quienes viajan con prisa en el transporte púbico.

Este es sólo un ejemplo. Hay otros cincuenta y tres a lo largo de un libro que termina con esta reflexión distanciada del narrador desde su inusual punto de vista:

He aquí la historia de una mujer brillante como un trastorno mental. Yo la he contado así pero si ustedes lo desean pueden recontársela a quien quieran de otra forma, aunque con toda certeza cuando cambien el modo de narrar modificarán también el argumento, ya lo verán, y por tanto podrán añadir sin remordimientos que se han inventado ustedes esto. De hecho, al pensar en ello tras leerlo, todo es ya por completo de ustedes. Seguramente cada página estaría escrita de otro modo si hubiera sobrevivido, si al menos hubiera sido un personaje secundario, si me hubiera hallado del todo allí. Y no es que eche nada de menos. De todas formas, en caso de que no hubiera recibido aquel balazo, ahora no leerían con la misma atención de quienes, al avanzar entre la niebla de estas páginas, descubren que un muerto es un espectador privilegiado.

Y aunque se admita el consejo, tiene el lector la sensación de que ninguna otra perspectiva mejoraría el texto.

Santos Domínguez

3.5.08

Lope Burguillos


Lope de Vega.
Rimas humanas y divinas
del Licenciado Tomé de Burguillos.

Edición de Macarena Cuiñas Gómez.
Cátedra Letras Hispánicas. Madrid, 2008.


Cuando se publicaron las Rimas humanas y divinas del Licenciado Tomé de Burguillos, a finales de 1634, Lope de Vega tenía a sus espaldas setenta y tres años de una bien aprovechada existencia de escritor y amante.

Fabulador de su ajetreada biografía, inventor de máscaras previas, poeta de sorprendente modernidad, Lope se convierte en poeta casi contemporáneo a través de Burguillos, una genialidad nacida en sábado. Con Tomé de Burguillos, Lope de Vega inventa el primer heterónimo de la literatura española y se anticipa en casi tres siglos a los creados por Machado y Pessoa.

Este Burguillos es Lope y no es Lope, es el poeta irónico y distanciado ante los poderosos a los que halagó y que le defraudaron, irónico ante el amor e indiferente al tiempo, estoico y humorístico, cristiano y pagano, despectivo y dolido, escindido entre la realidad y el deseo, contradictorio como todo lo barroco.

A través de Burguillos, Lope establece un diálogo conflictivo con la tradición poética: por un lado reivindica la herencia petrarquista; por otro, realiza una parodia que ridiculiza o mira con ironía esa poética idealista en la que había sustentado gran parte de su obra. Y así puede describir un monte sin qué ni para qué y terminar diciendo:

Y en este monte y líquida laguna,
para decir verdad como hombre honrado,
jamás me sucedió cosa ninguna.

Cátedra Letras Hispánicas acaba de incorporar a su catálogo estas Rimas humanas y divinas del licenciado Tomé de Burguillos, con edición de Macarena Cuiñas Gómez, que ha escrito un excelente prólogo para situar esta obra en el ciclo de senectute que estudió Juan Manuel Rozas y para desentrañar su sentido, su forma, su estructura.

La homogeneidad de su tono paródico; la unidad temática en torno a las relaciones entre Burguillos y Juana, la lavandera del Manzanares; la armonía estilística entroncada con la elegante naturalidad renacentista son objeto de un análisis tan esclarecedor como las notas – ni pocas ni muchas: las imprescindibles- que aclaran el sentido de cada uno de los textos de un Lope desengañado, más barroco que nunca y a la vez más moderno que ninguno de sus contemporáneos.

Un Lope de asombrosa juventud en su desolada vejez, que ponía en la pluma del Conde Claros – otra máscara- este terceto en elogio de Burguillos:

Viva vuestra merced, señor Burguillos,
que más quiere aceitunas que laureles,

y siempre se corona de tomillos.



Santos Domínguez


1.5.08

El asombroso viaje de Pomponio Flato


Eduardo Mendoza.
El asombroso viaje de Pomponio Flato.
Seix Barral. Barcelona, 2008.


Que los dioses te guarden, Fabio, de esta plaga, pues de todas las formas de purificar el cuerpo que el hado nos envía, la diarrea es la más pertinaz y diligente. A menudo he debido sufrirla, como ocurre a quien, como yo, se adentra en los más remotos rincones del Imperio e incluso allende sus fronteras en busca del saber y la certeza. Pues es el caso que habiendo llegado a mis manos un papiro supuestamente hallado en una tumba etrusca, aunque procedente, según afirmaba quien me lo vendió, de un país más lejano, leí en él noticia de un arroyo cuyas aguas proporcionan la sabiduría a quien las bebe, así como ciertos datos que me permitieron barruntar su ubicación. De modo que emprendí viaje y hace ya dos años que ando probando todas las aguas que encuentro sin más resultado, Fabio, que el creciente menoscabo de mi salud, por cuanto la afección antes citada ha sido durante este periplo mi compañera más constante y también, por Hércules, la más conspicua. Pero no son mis infortunios lo que me propongo relatar en esta carta, sino la curiosa situación en que ahora me hallo y la gente con la que he trabado conocimiento.

Así comienza Pomponio Flato su epístola policial a Fabio. Con ese tono ampuloso narra en el siglo I su peripecia este flatulento probador de líquidos, fisiólogo de profesión y filósofo de vocación, un contradictorio científico sin fe que busca las aguas milagrosas, un descreído en tierra de superstición al que su búsqueda de las fuentes salvíficas le han provocado aerofagia y meteorismo crónicos. Entre las detonaciones de su propio cuerpo, se cae del caballo como un San Pablo pagano sin remedio y con flato.

Mezclando La vida de Brian con El nombre de la rosa, los Evangelios apócrifos con los viajes de Estrabón, a Conan Doyle con Shakespeare in love y a Astérix con los manuscritos del Mar Muerto, Eduardo Mendoza ha escrito en El asombroso viaje de Pomponio Flato, que publica Seix Barral, poco más que una parodia divertida de la novela histórica de detectives, tan de moda desde hace unos años.

Frente a la pretenciosidad del modelo parodiado, una mezcla de falsificaciones históricas y anacronismos diversos mal hilvanados y peor escritos, Eduardo Mendoza ha ideado un divertimento provocador, una novela evidentemente menor, una obra sin pretensiones, pero –y eso también forma parte de la diferencia y de la parodia, como en el Quijote- muy bien escrita. Una novela en la que las incorrecciones son políticas, no históricas, y sitúan la crítica religiosa en el terreno del humor sarcástico, en lo políticamente incorrecto, cercano a la escatología de la picaresca o de Quevedo.

Con el telón de fondo de la tierra santa de Nazaret, el niño Jesús, hijo de José el carpintero, requiere los servicios de Pomponio Flato para que investigue el crimen del que se acusa a su padre, amenazado de inminente muerte de cruz y condenado por haber matado al rico Epulón. Un asesinato de biblioteca que cuenta con ilustres precedentes.

A partir de ahí, con el esquema tradicional de un detective y un divino ayudante, se suceden situaciones que tienen como fondo la especulación inmobiliaria en tierra levantisca, las recalificaciones de unos terrenos cercanos al templo de Nazaret. Puede parecer un exceso anacrónico, pero no lo es: con otro nombre, claro, esas prácticas están documentadas por la historiografía romana clásica.

Un mosaico nutrido de personajes (el legionario fortachón llamado Quadrato, veterano de la batalla de Farsalia, Apio Pulcro y el Bautista, la niña María Magdalena y los Reyes Magos, Orfeo y Ben-Hur, Apolo y Mateo, Apio Claudio y Lázaro, la samaritana y Ulises) se dan cita como figurantes en esta intriga policiaca de risa y milagros en la que conviven epítetos épicos y sintagmas propios de parábola bíblica, en un relato salpicado de un humor lleno de guiños cultos y sacrílegos, continuador del Mendoza - menor, artesanal, pero eficiente- de la cripta embrujada y el laberinto de las aceitunas, de Gurb y el tocador de señoras.

Santos Domínguez

30.4.08

Cuentos de la Gran Guerra


Cuentos de la Gran Guerra.
Edición de Juan Gabriel López Guix.
Alpha Decay. Barcelona, 2008.


En su colección de narrativa Alfanhuí, Alpha Decay edita una espléndida antología de veinte relatos que se publicaron en los veinte años siguientes al inicio de la Primera Guerra Mundial que hasta el periodo de 1939 a 1945 se llamó la Gran Guerra.

De la edición, la selección y el prólogo se ha encargado Juan Gabriel López Guix, que ha restringido el campo de la antología a la producción literaria en inglés, con relatos de escritores de los países anglófonos que ofrecen la imagen literaria múltiple de quienes vivieron el conflicto, lo sufrieron con mayor o menor cercanía y reflejaron en sus textos sus reacciones ante la guerra.

Arthur Machen, Rudyard Kipling, Vernon Lee, Saki, Conan Doyle, Conrad, Lord Dunsany, Edith Wharton, D.H. Lawrence, Katherine Mansfield o Somerset Maugham son algunos de los veinte nombres que firman estos
Cuentos de la Gran Guerra.

Una guerra de una crueldad sin precedentes que provocó casi veinte millones de muertos y cambió de forma radical el panorama político y cultural de Europa, ya muy agitado en los años previos al conflicto. Las repercusiones de aquellos encarnizamientos quedan resumidas en estos veinte relatos, uno por cada millón de muertos civiles o militares, que reflejan también diversas tendencias estilísticas, entre lo clásico y lo nuevo. Porque en aquellos años moría un mundo y nacía otro también en el terreno de la literatura.

Musil, Broch, Roth, Svevo vieron aquella guerra y sufrieron sus consecuencias desde el otro lado del campo de batalla y para ellos la ruptura fue más violenta. Pero en el campo aliado y entre los autores recogidos en esta antología también hubo variedad de situaciones y diversas maneras de enfocar la guerra y sus secuelas en los relatos: desde la propaganda bélica de Kipling y su testamento de odio a la terapia que busca en la literatura la curación de las heridas morales, más traumáticas que las de la carne, en Wyndham Lewis o Richard Aldington, pasando por el alegato pacifista de Vernon Lee en una actualización de las danzas de la muerte que se titula El ballet de las naciones.

Siete de estos cuentos, más de la tercera parte, se traducen por primera vez al castellano. Y entre esos inéditos, uno de los más interesantes es El prisionero alemán, de James Hanley, que fue quemado en público en 1933 y estuvo prohibido en Inglaterra hasta 1997. Es un intenso relato que denuncia los impulsos criminales de dos soldados británicos, un desmentido explícito de la heroicidad civilizadora de los vencedores, que parecen presagiar en su brutalidad lo peor de Abu Ghraib.

No hay héroes en estos relatos, como no hay héroes en las guerras, pero el volumen contiene narraciones inolvidables, como la que elabora la mirada irónica y distante de un Saki que fija su atención en las repercusiones de la guerra en las especies ornitológicas; un inquietante y prekafkiano cuento de Lord Dunsany o
Gustav, una narración de Somerset Maughan de la que arranca la novela moderna de espías.

Santos Domínguez