25 junio 2013

Juan Ramón Jiménez. Apartamiento




Juan Ramón Jiménez.
Apartamiento.
Edición crítica, introducción y notas 
de Joaquín Llansó Martín-Moreno 
y Rocío Bejarano Álvarez
Linteo. Orense, 2013.

     
Hay una cosa negra, que pudo ser de oro, / que no se borra, que es, como este olor, amargo, escribe Juan Ramón Jiménez en Remordimiento, uno de los cuarenta poemas inéditos de Apartamiento, un libro esencial que Juan Ramón compuso entre 1911 y 1912, en uno de los momentos de mayor creatividad de su trayectoria.

Un libro espléndidamente editado -como Ellos, Libros de amor, La frente pensativa, Arte Menor, Espacio y Tiempo– por la impagable colección de poesía de Linteo, que se ha convertido en una editorial de referencia y sigue recuperando títulos esenciales de Juan Ramón en ediciones críticas ilustradas como esta, de la que se han ocupado dos expertos tan eficientes como Joaquín Llansó Martín-Moreno y Rocío Bejarano Álvarez.

Domingos, El corazón en la mano y Bonanza se titulan las tres secciones de un conjunto disperso e inédito hasta ahora, aunque bastantes de sus poemas habían aparecido en distintas recopilaciones desde las Poesías escojidas de 1917 a la Segunda antología de cinco años después, sobre todo los de Bonanza, que allí parecía un libro exento -así lo concibió en un principio Juan Ramón y llegó a editarse por separado-, aunque acabó formando parte de un proyecto más amplio que tituló Apartamiento.

Pero, aunque ya conocidos en parte, es en el conjunto –las dos primeras partes se publican ahora por vez primera- donde cobran su verdadero sentido esos poemas, porque culminan un trayecto espiritual que se inicia en Domingos y que en Bonanza adquiere una dimensión religiosa.

Es un Juan  Ramón distanciado ya emocionalmente de Moguer -¡Cielo azul de aquel pueblo/ que pudo ser la dicha y sólo fue el cansancio!- que escribe estos poemas en un momento crucial de su obra en marcha, de esa constante búsqueda de belleza y verdad que orienta toda su poesía.

Compuesto al final de su época sensitiva, a la vez que Libros de amor y La frente pensativa y un poco antes de Idiliosen Apartamiento se anuncia el giro poético de Juan Ramón, su camino hacia la desnudez expresiva de una poesía liberada del recargamiento formal modernista y construida con una mirada cada vez más introspectiva a la que cada vez le dice menos la contemplación del paisaje.

De Domingos ("Está desierto el mundo; mi amor es el silencio") a El corazón en la mano y su dolor solitario ("por el dolor hacia la sabiduría") y de ahí a Bonanza, en donde intuye la transcendencia de "un dios posible por la poesía" que anticipa la poesía metafísica de Animal de fondo.

En esa tercera parte se corona un camino de perfección y de búsqueda religiosa cuyo sentido, junto con las claves poéticas del libro, examinan Joaquín Llansó y Rocío Bejarano en una parte importante de la excelente introducción que han escrito para esta edición.

Santos Domínguez

24 junio 2013

Pierre Hadot. La ciudadela interior


Pierre Hadot.
La ciudadela interior.
Prólogo de Arnold I. Davidson.
Traducción de Maria Cucurella Miquel.
Alpha Decay. Barcelona, 2013. 

La contención moral y la coherencia del estoico son los objetivos que definen la ética del presente que dio uno de sus mejores frutos en las Meditaciones, que el emperador Marco Aurelio escribió en griego helenístico en el siglo II.

Marco Aurelio se convirtió así en el eslabón de una cadena de filósofos morales de la que formarían parte también Montaigne y Spinoza que, como él, hicieron de la ética el eje de su pensamiento y sus escritos.

La ecuanimidad, la independencia de juicio, la piedad y la liberalidad, la constancia y la continencia, la frugalidad y la vigilancia sobre sí mismo, la llaneza en el trato y la impasibilidad ante las adversidades, la autosuficiencia, la razón natural y la tolerancia son algunas de las claves de la vida y la obra de quien hizo de la contención su disciplina espiritual y existencial y dejó testimonio de ello en unas Meditaciones que no contienen la propuesta de un sistema filosófico orgánico, pero constituyen –como señaló Stuart Mill- la más alta producción ética del espíritu antiguo.

Sobre ese libro escribió el helenista y filósofo francés Pierre Hadot (1922-2010) un voluminoso tratado que tituló La ciudadela interior aprovechando la metáfora con la que Marco Aurelio se refería al alma y al gobierno de sí mismo.

Traducida por Maria Cucurella Miquel y presentada con un magnífico prólogo de Arnold I. Davidson (La escritura como ejercicio espiritual), acaba de publicarla Alpha Decay, como los anteriores libros de Hadot (Plotino o la simplicidad de la mirada y La filosofía como forma de vida).

Pierre Hadot afianzó su prestigio como investigador, docente y filósofo en la idea de que –como para los antiguos griegos- la filosofía no es la construcción abstracta de un sistema de pensamiento, sino una  elección vital. Como Platón, Hadot sabe que filosofar es aprender a morir; pero, en la  estela de Marco Aurelio y de Montaigne, va un paso más allá y se plantea la experiencia filosófica como experiencia de pensamiento para aprender a vivir, como ejercicio espiritual que permite elevarse por encima del yo individual a la  perspectiva universal de lo que Hadot llama sentimiento oceánico haciendo suya una expresión de Romain Rolland.

Cuando se perfila definitivamente el planteamiento de Pierre Hadot, su  discurso filosófico se concreta en un ejercicio espiritual, un concepto que, más allá de sus connotaciones jesuíticas, entronca con los griegos, con la búsqueda de la sabiduría y con la idea de la filosofía como forma de vida.

Es el modelo del filósofo que enseña a vivir y a morir en una tradición ininterrumpida que va de Sócrates a Foucault , pasa por Marco Aurelio y Montaigne, por Kierkergaard y Nietzsche y llega al existencialismo de Heidegger, Sartre y Camus, que conciben la práctica de la Filosofía como diálogo con la realidad, consigo mismo y con el otro.

Con ese planteamiento consolidado ya en 1992, cuando publicó este libro, Pierre Hadot hace en La ciudadela interior un acercamiento profundo y riguroso a las Meditaciones de Marco Aurelio como parte de esa tradición de ejercicios espirituales en la que se ubica también la concepción del filósofo francés.

Marco Aurelio, el filósofo estoico que escribió sus Meditaciones para sí mismo, estaba construyendo a la vez –aunque lejos de cualquier sistema cerrado y dogmático- una de las obras más imperecederas del pensamiento clásico. Y es que en las Meditaciones, como se encarga de subrayar Hadot, se produce un milagro inusual: Marco Aurelio se habla a sí mismo, pero tenemos la impresión de que se dirige a cada uno de nosotros.

Y esa es probablemente una de las claves que explican la vigencia de un clásico como este: su capacidad de estar por encima de las circunstancias individuales, espaciales o temporales para entablar un diálogo con cualquier hombre de cualquier lugar en cualquier tiempo.

Pero Hadot propone además una lectura que se acerque al mundo intelectual y existencial de Marco Aurelio y a sus circunstancias históricas: las del emperador que sabe que en la raíz del buen gobierno está la serenidad y la contención, que el dominio de sí mismo es el primer paso para el gobierno del imperio.

Dicho de otro modo, Hadot invita al lector a un ejercicio espiritual de aproximación al discurso interior del estoico para acercarse al sentido original de las Meditaciones y entenderlas cabalmente en su contexto.

Un ejercicio de lectura que cierra el círculo abierto por el otro ejercicio espiritual, el que practicó Marco Aurelio con la escritura de estos diálogos consigo mismo, desdoblado –explica Hadot- en un yo psicológico y un verdadero yo que es la Razón universal.

De esa manera, en su lectura –y es otra de las claves de la vigencia de los clásicos- encontramos, no un sistema orgánico de pensamiento, sino a un hombre; no el sermón de un predicador, sino las palabras de un hombre que piensa cómo vivir conscientemente en esa disciplina interior, en esos ejercicios espirituales que prescribe la tradición estoica y en los que desarrolla además una búsqueda estilística de la concisión y el ritmo que convierte sus Meditaciones en un admirable ejercicio de estilo sereno y equilibrado.

Y esos dos rasgos, la serenidad y el equilibrio, son también los que definen al clásico.

Santos Domínguez



23 junio 2013

La creatividad literaria


José Antonio Marina. 
Álvaro Pombo.
La creatividad literaria.
Generación creativa. Ariel. Barcelona, 2013.

Un poeta metido a novelista, Álvaro Pombo, y un filósofo metido a pedagogo, José Antonio Marina, mantienen un largo y profundo diálogo sobre la creatividad y el oficio en La creatividad literaria, un volumen que publica Ariel en una nueva colección, Generación creativa, coordinada por José Antonio Marina.

Un diálogo vivo e intenso en el que se cruzan dos perspectivas para abordar la creatividad literaria: como excepcional revelación misteriosa (Pombo) o como método que se puede aprender (Marina). Dos perspectivas que coinciden en una común fascinación por el lenguaje como eje de la creatividad literaria natural o aprendida, inspirada o trabajada.

En ese intercambio se hace una anatomía de la creatividad como búsqueda y un elogio del entrenamiento o se intenta entender cómo funciona el mecanismo que controla el misterio de un texto como este de Álvaro Pombo en Variaciones:

Yo no soy de esta ciudad ni de ninguna
he venido por casualidad y me iré por la noche
aquí no tengo primos ni fantasmas.

Ahora veré los árboles despacio
la calle entre dos casas neutras
que conduce a un parque vacío.

He visto ya en otros sitios cómo el viento
hace huir un papel de periódico
y sé que la lluvia será hermosa desde esta taberna 
de provincia desierta.

Cenaré temprano y antes de que salgan del cine las parejas de novios
habré dejado de ser en la mirada enumerativa
de la estanquera.

Y habrán fregado ya mi taza de café
y mi tenedor y mi cuchillo y mi plato
en la Fonda sustituible

Escrito con una voluntad creativa  que elige una tercera voz narrativa que no es la de ninguno de los dos interlocutores –Llamadme Ismael, en homenaje a Melville- para enhebrar y comentar estas conversaciones, el punto de partida del diálogo es una pregunta elemental: “¿Se puede aprender la creatividad literaria?”

Entre el elogio pindárico del talento y la confianza en el trabajo, entre el desdén por el esfuerzo del poeta inspirado y tocado por el don de las revelaciones y la propuesta de un hábito creativo, parece que se puede encontrar un punto intermedio que admita que se puede aprender a escribir con un aceptable nivel de corrección expresiva.

Pero la pregunta siguiente, la nuclear, es esta: “¿Se puede aprender la excelencia literaria?” 

Y en el caso improbable de que se pueda, "¿cuál es el procedimiento?"

A partir de ahí, de esa pregunta incontestable, la perspectiva del libro se abre a temas más amplios en un recorrido lleno de afluentes y sugerencias: la ética y la estética de la creación a partir de dos situaciones igual de escandalosas: que con buenos sentimientos se haga pésima literatura y lo contrario: que con malos pensamientos pueda hacerse buena literatura.

La escritura como forma de conocimiento  (Escribir es ir descubriendo lo que se quiere decir, decía Max Aub), la bi-biografía lectora de Pombo y Marina, un repaso por su propia obra y por las de aquellos autores que les han marcado un camino a la creación o a la reflexión: Rilke, Eliot, Kant, Rimbaud, Juan Ramón, Thomas Mann...

Es posible que crear sea un hábito. Es mucho menos probable que el talento sea el resultado de un largo entrenamiento. Que el lector piense lo que quiera a la vista de estos dos versos - ¿inspiración o trabajo?- con los que Álvaro Pombo abría sus Protocolos:

Aña hice caca
Nene de nobis ipsis silemus.


Santos Domínguez


22 junio 2013

Leopardi. Las pasiones


Giacomo Leopardi.
Las pasiones.
Edición e introducción de
Fabiana Cacciapuoti.
Traducción del italiano 
y epílogo de Antonio Colinas. 
Siruela. Madrid, 2013.


El sentimiento de la venganza es tan grato que, con frecuencia, uno desea ser injuriado para poderse vengar, escribe Giacomo Leopardi en una de las notas del Zibaldone di pensieri, el monumental diario que escribió el poeta de Recanati entre 1817 y 1832.

Como Schubert en música, Leopardi (Recanati, 1798-Nápoles, 1837) representa en poesía la síntesis de lo clásico y lo moderno en un estilo nuevo. Sus personalidades, atormentadas y complejas, propensas a la huida, crearon obras de asombrosa modernidad de lenguaje y de tono.

En 1827 Leopardi redactó una nota que tituló Tratado de las pasiones. Era un índice temático en el que señalaba los 164 fragmentos del Zibaldone que debían constituir esa unidad temática.

Esos fragmentos, ordenados según la nota autógrafa del poeta, son los que acaba de publicar Siruela en una espléndida edición preparada y prologada por Fabiana Cacciapuoti y traducida por Antonio Colinas, que ha escrito un breve epílogo para la ocasión.

Las pasiones eran un proyecto de libro porque sus temas son uno de los centros de interés del pensamiento y la obra de Leopardi, uno de los ejes vertebrales de las miles de páginas del Zibaldone. En estos fragmentos está el escritor sensible y lúcido, amargo y sutil que escribió algunos de los poemas más memorables del siglo XIX a la luz de una vela en sus noches de insomnio.

La idea central en la que insiste Leopardi es que el hombre moderno es indiferente a las pasiones o las vive con baja intensidad y contención frente al desbordamiento apasionado del hombre natural o a la armonía con la naturaleza del hombre antiguo.

Como en tantas otras zonas de su vida y su obra, Leopardi está en la frontera contradictoria e integradora que separa la actitud del hombre moderno de los comportamientos del hombre antiguo. Él, que no se siente moderno y sabe que sus modelos son anacrónicos, vive apartado del mundo en la biblioteca familiar en una actitud evasiva muy característicamente romántica que en su caso se intensifica por sus problemas físicos y su deformidad

Y desde esa tierra de nadie Leopardi analiza, antes que nada, sus propias pasiones y recorre la literatura y los modelos clásicos para ejemplificar o analizar el amor, el odio, la tristeza o la envidia ( Yo no he probado nunca la envidia en lo que atañe a asuntos  en los que me he creído hábil, como en la literatura, donde,  es más, he sido inclinadísimo a alabar), el miedo, la compasión (la única cualidad y pasión humanas que no posee en  absoluto mezcla alguna de amor propio), el valor o la gloria:

La gloria no es una pasión propia, en absoluto, del hombre primitivo y solitario. Sin embargo, la primera vez que un grupo de hombres se unió para matar a alguna fiera o por cualquier otro motivo en el que hubiese sido necesario un intercambio  de ayuda, aquel que mostró más valor se sintió llamado valiente  de manera sincera, y sin adulación por parte de aquella gente que aún no conocía este defecto. Dicha palabra le complació,  y así él, como cualquier otro espíritu magnánimo que hubiese estado presente, sintió por vez primera el deseo de alabanza. Y así nació el amor por la gloria. 

El de Leopardi, no solo en sus Cantos, también en su prosa, de la que este volumen es una inmejorable muestra, es el Romanticismo más profundo y por eso mismo el menos efímero y el más integrador, el que hace de él un clásico en el que el pesimismo y la angustia encuentran un doble consuelo en la serenidad contemplativa y en la armonía de la palabra. 

Santos Domínguez



21 junio 2013

Ocho ensayos sobre William Blake



Kathleen Raine. 
Ocho ensayos sobre William Blake.
Traducción de Carla Carmona.
Imaginatio vera. Atalanta. Vilaür, 2013.


William Blake (1757-1827) es uno de los poetas más enigmáticos y asombrosos de la tradición occidental. Inclasificable e irrepetible, su intensa poesía fue una isla deslumbrante en el racionalismo del siglo XVIII, una profecía del irracionalismo romántico y de la actitud visionaria del superrealismo.

Grabador y poeta, místico y pintor, visionario y filósofo, excéntrico y astuto, Blake fue un artista total que fundió la palabra y la imagen en una doble actividad que nunca concibió por separado y que dio lugar a libros tan desasosegantes como el Matrimonio del cielo y del infierno o Los cantos de experiencia y de inocencia. 

Aquel poeta iconoclasta y profético, en cuyos versos conviven en raro equilibrio las luces y las sombras, fundó una cosmogonía prometeica propia sobre el hombre anterior a la caída en los Cantos de inocencia y sobre el conocimiento del dolor en los Cantos de experiencia, creó una obra de enorme potencia imaginativa, murió cantando y -como explicó Antonio Rivero Taravillo- dejó una huella importante en Yeats o en el Graves de La diosa blanca, en Cirlot o en Borges.

Atalantaque anuncia para septiembre una edición de los Poemas proféticos prologados por Patrick Harpurpublica en su colección Imaginatio vera Ocho ensayos sobre William Blake, de Kathleen Raine, que dedicó gran parte de sus investigaciones a dilucidar el sentido simbólico y la base mística del mundo de Blake. Un esfuerzo interpretativo sostenido durante cuatro décadas en las que Kathleen Raine iluminó las claves espirituales y artísticas de una obra tan opaca y de tanta fuerza expresiva y en la que las luces y las sombras conviven con tanta naturalidad.

La relación entre ciencia e imaginación en Blake, el tiempo mitológico y la ciudad como tema en sus libros proféticos, la vinculación con el pensamiento de Swedenborg o la expresión del sufrimiento en sus ilustraciones son algunos de los temas que se tratan en estos ocho ensayos que abordan desde distintas perspectivas gráficas y literarias la obra del artista complejo que fue Blake, la convivencia en ella de lo oscuro y lo deslumbrante a la vez, de la inspiración y el caos, de lo disparatado y lo convencional, de un raro equilibrio, de una inusual coexistencia de lucidez y locura que recorre sus textos. 

“Para Blake –explica Kathleen Raine-, vivir según la Imaginación es el secreto de la vida.” Y la Imaginación, “la escalera por la que los ángeles ascienden y descienden eternamente.”

Por eso la obra de Blake, con su fusión de lo plástico y lo verbal, encuentra un espacio propio en el que se conjuntan la poesía y la pintura en el territorio común de la imagen, compartida por dos artes que Blake entiende, igual que las civilizaciones orientales, como una forma de meditación.  

Santos Domínguez

20 junio 2013

Eugenio Fuentes. Si mañana muero


Eugenio Fuentes.
Si mañana muero.
Tusquets. Barcelona, 2013.

Madrid, 17 de julio de 1936. Un comprador paga a un pintor mil pesetas –el doble de su valor inicial- por un cuadro de su primera exposición individual, una Maternidad en llamas a la que prende fuego nada más salir de la exposición. Rubén, el pintor novel y sorprendido, reacciona y quema en respuesta al agravio las mil pesetas. 

Con esa fuerza comienza Si mañana muero, la última novela de Eugenio Fuentes, que publica Tusquets. El torbellino que se desata en España al día siguiente con la sublevación militar arrastra al pintor, al lector y al resto de personajes en una trama con la que el novelista regresa al territorio de Breda en esta novela inolvidable.

Si mañana muero es la cima provisional de una trayectoria novelística creciente que acometía aquí su proyecto más ambicioso y por eso mismo no solo el más trabajado, sino el que más riesgos contenía. Da la impresión de que la obra de Eugenio Fuentes ha ido creciendo en técnica y en hondura en el trazado psicológico de los personajes, matizando su sintaxis, ganando en solvencia narrativa y en capacidad descriptiva del paisaje a la vez que maduraba esta historia.

Y seguramente ha considerado el novelista que este era el momento adecuado para culminar un proyecto que rondaba por su mente desde hace más de veinte años.

Y aunque el telón de fondo sea la guerra civil y la posguerra, esta no es una novela sobre aquel conflicto, ni una clasificación de buenos y malos. Es una novela sobre la dignidad en tiempos de cólera desatada que abarca quince años, de 1936 a 1951, una obra que mira, más que hacia el fondo de llamas y banderas que presagiaba el cuadro incendiado al comienzo de la novela, al interior de unos personajes complejos y muy matizados que son los verdaderos soportes de Si mañana muero.

Además de los abundantes personajes secundarios –como ese barbero frentepopulista que tiene el cuello de Franco bajo el filo de su navaja-, además de otras historias amorosas que funcionan como contrapunto de la trama central, además de un Franco en  persona que ha ido a cazar ciervos a Breda o de las cien vacas que cambian de bando y de hierro, los dos artistas, Rubén, el pintor, y Marta, intérprete de viola, son el eje de la novela: viven la guerra de cerca, sufren sus consecuencias y encuentran en el arte una forma de sobrevivir en ese paisaje de violencia desatada en contraste con personajes que viven anclados en un dolor insuperable, como Jerónimo de las Hoces, el terrateniente coleccionista de arte que quema aquella Maternidad que le perturba porque remueve su pasado.

Esta es una novela que, con sus ágiles cambios de perspectiva y de narrador, no da tregua al lector porque tampoco el autor ha permitido que se produzca el menor desaliento, la menor arritmia en su admirable y sostenido pulso narrativo.


Santos Domínguez

19 junio 2013

Ospina. La serpiente sin ojos



William Ospina. 
La serpiente sin ojos. 
Mondadori. Barcelona, 2013.

Detrás de las selvas cerradas había un reino de agua.  

A ese reino de agua lo llamaban los indígenas la serpiente sin ojos. Y los españoles, que manejaban otra mitología y creyeron ver en sus orillas a mujeres guerreras a caballo, lo llamaron Amazonas.

Allí llegó Pedro de Ursúa en busca de El Dorado en una segunda expedición amazónica, entre 1559 y 1561, en la que encontraría la muerte cuando la cólera de Lope de Aguirre -el déspota lleno de espadas y cuchillos, que controlaba por el terror los campamentos, siempre rodeado por su guardia siniestra- se sublevó contra la corona de Felipe II.

De esta segunda expedición trata La serpiente sin ojos, con la que William Ospina cierra una prodigiosa trilogía sobre la conquista que publica Mondadori, como las dos novelas anteriores, Ursúa y El país de la canela.

Quienes conocen la obra de Ospina saben que es seguramente el más interesante de los escritores latinoamericanos actuales, el equivalente de lo que representaron en sus mejores momentos García Márquez o Vargas Llosa, un escritor consciente de que, como él mismo ha explicado, no puede ignorar que está escribiendo después de Borges y de Rulfo, de Neruda y de García Márquez, y en la lengua riquísima que tenemos después de ellos para interrogar nuestro pasado y nuestro futuro.

Autor de una obra poética memorable en la que destacan El país del viento y ¿Con quién habla Virginia caminando hacia el agua?, ensayista lúcido y comprometido con la problemática realidad de su país y del continente, con títulos fundamentales como Las auroras de sangre, sobre Juan de Castellanos, y En busca de Bolívar, se internó en el terreno de la novela cuando ya era un poeta y ensayista reconocido.

Y lo hizo de forma espectacular en 2005, con Ursúa, la primera entrega de una trilogía sobre la conquista a la que siguieron El país de la canela y La serpiente sin ojos.

Si en la primera la guerra y en la segunda el viaje eran los ejes temáticos, en La serpiente sin ojos el centro de interés es el amor apasionado y destructivo por Inés de Atienza:

Para Inés se afanaban las nodrizas indias, para Inés tejían los tejedores, para Inés traían las llamas los cántaros con leche de vaca y los bultos de maíz y de trigo, y ante Inés se inclinaban las filas de indios sujetos en las encomiendas. Veían en ella el poder de los nuevos amos que ahora sometían la cordillera, pero también la dignidad y la imagen de los poderes que se habían desplomado con los truenos de Cajamarca. 

En conjunto, una trilogía que reúne a Homero y a Shakespeare, a los cronistas de Indias y a Cervantes en la construcción de una épica del fracaso y la desmesura, del asombro y la crueldad, de las selvas y la sangre, del viaje y la muerte, el cuento y el canto, la ambición y las cicatrices, la heroicidad y la locura.

Con una rara mezcla de crueldad y maravilla sobre cuyo equilibrio se sostiene el conjunto de la narración de aquellos delirantes excesos, Ospina corona una trilogía monumental y densa que exige una lectura tan lenta y asombrada como pudo ser la travesía de los intrincados laberintos americanos por aquellos aventureros febriles y violentos enloquecidos por la ambición y la naturaleza:

Venían de todas partes y cada uno tenía un pasado. ‘Yo nunca les pregunto por sus orígenes’, me dijo Ursúa en el astillero, ‘puedo presumir que todos guardan una historia turbia, pero aquí llegan buscando la oportunidad de ser valientes, de ser héroes y de ser ricos’. Lo cierto es que casi se veía en sus rostros que no sólo andaban buscando un futuro sino huyendo de recuerdos tortuosos, maquinando la mejor manera de vengarse de su propio pasado.

Una bajada a los infiernos de la violencia en una narración tan exuberante como la selva, tan torrencial como la corriente del Amazonas, que culmina la trilogía amazónica de William Ospina, un autor deslumbrante, heredero de los cronistas de Indias, de Carpentier o de García Márquez, maestros en transmitir su propio asombro al lector.

Santos Domínguez