29 noviembre 2011

Apuntes de medicina interna


José Manuel de la Huerga.

Apuntes de medicina interna.

Menoscuarto. Palencia, 2011.


Apuntes de medicina interna, la nueva novela del escritor leonés José Manuel de la Huerga que publica Menoscuarto, es un viaje de regreso en el tiempo y el espacio.


Primavera del 93. Tras licenciarse en Medicina, Abel vuelve al pueblo de sus abuelos con la excusa de preparar unas oposiciones; sin embargo, su verdadero propósito es reencontrarse con su amor de juventud. Acomodado en la vieja casona familiar, comienza a deshilvanar la historia de su abuelo, el doctor Rojas, durante la dictadura franquista hasta darse cuenta de que la memoria acaba distorsionada con el transcurrir del tiempo y las personas.


Aunque el argumento de la novela no se caracteriza por su originalidad, las sutiles descripciones del entorno, el punto de vista subjetivo en forma de diario y las narraciones de las aventuras infantiles hacen que su lectura resulte amena y ligera.

Alba Pavón

28 noviembre 2011

Un poco de azul en el paisaje


Pierre Bergounioux.
Un poco de azul en el paisaje.
Traducción de David Stacey.
Minúscula. Paisajes narrados. Barcelona, 2011.

Algo se estaba acabando cuando empezamos. La vida se retiraba, sin ruido, de la misma manera que había llenado el intermedio in móvil que había precedido. Nuestras infancias pertenecían al pasado pero no teníamos ni idea. Nuestro destino –pero lo ignorábamos- eran el exilio, la gran ciudad, las dos existencias sucesivas y opuestas que nos fueron asignadas. Gestos, palabras, actitudes que consideré como la evidencia misma han desaparecido. Combinaban con el decorado inmutable de las depresiones y las crestas. Cuando estas retornaron al terreno baldío, al desierto, los otros las siguieron al olvido.

Ese párrafo resume el tono y la raíz de Un poco de azul en el paisaje, una novedad de Pierre Bergounioux (Brive-la-Gaillarde, 1949) que acaba de editar Minúscula. De este mismo autor apareció recientemente en esta misma colección Una habitación en Holanda.

La infancia y la memoria del paisaje, la palabra delicada y la mirada sutil son algunas de las claves que recorren los textos de Un poco de azul en el paisaje, que habían aparecido previamente en revistas y que se recogieron en forma de libro hace diez años y ahora aparecen en español traducidos por David Stacey.

Ocho textos de Bergounioux construidos con una misma mirada elegiaca hacia lo perdido, infancia y paisaje:

Pasó el tiempo, el mismo, aparentemente, el fluido impalpable, inalterable que más que avanzar giraba sobre sí mismo, trayendo de regreso las horas, los personajes, la cañada y las alturas, las estaciones. Luego hubo que rendirse a la evidencia.

De ese tiempo, de esa infancia y esos paisajes visibles e invisibles forma parte esencial un bosque animado que invade el ámbito habitado hasta entonces por los hombres que han emigrado:

En su ausencia, el bosque se acerca, envía a sus batidores, junta a sus pioneros. El fresno, el saúco, el aliso vienen a tantear los cimientos, a rozar los postigos cerrados, a inclinarse sobre los tejados. En eso estamos. Mañana, todo habrá terminado.

Pero no todo es lamento de la pérdida irreparable. En estas páginas hay una reivindicación del valor de la palabra y de la literatura:

Un libro de verdad afecta en mayor o menor grado a lo que pensamos y, por lo tanto, a lo que somos. Cambia, en cierta medida, el mundo que consiste, en parte, en la idea que tenemos de él, ya lo adorne y agrande, ya consuma su ruina. Pero ese desastre, esa perdición, si los superamos, pueden ser provechosos, convertirse en riqueza y alegría.

Santos Domínguez

25 noviembre 2011

Brines. Ensayo de una despedida


Francisco Brines.
Ensayo de una despedida.
Poesía completa (1960-1997).

Fábula Tusquets. Barcelona, 2011.

Había una barcaza, con personajes torvos,
en la orilla dispuesta. La noche de la tierra,
sepultada.
Y más allá aquel barco, de luces mortecinas,
en donde se apiñaba, con fervor, aunque triste,
un gentío enlutado.
Enfrente, aquella bruma
cerrada bajo un cielo sin firmamento ya.
Y una barca esperando, y otras varadas.

Llegábamos exhaustos, con la carne tirante, algo seca.
Un aire inmóvil, con flecos de humedad,
flotaba en el lugar.
Todo estaba dispuesto.
La niebla, aún más cerrada,
exigía partir. Yo tenía los ojos velados por las lágrimas.
Dispusimos los remos desgastados
y como esclavos, mudos,
empujamos aquellas aguas negras.

Mi madre me miraba, muy fija, desde el barco,
en el viaje aquel de todos a la niebla.

Con ese poema cerraba en 1995 La última costa Francisco Brines (Oliva, 1932), una de las voces poéticas imprescindibles que en el último medio siglo ha ido creando una sólida poesía contemplativa marcada por un constante tono elegiaco matizado a veces con algún acento hímnico.

La soledad, la fugacidad de la vida, el sentido de la existencia constituyen ese centro espiritual, en el que hay un constante equilibrio entre lo físico y lo ético, lo que le ha hecho afirmar: El conjunto de mi obra es una extensa elegía.

Entre Las brasas y La última costa, con libros intermedios tan fundamentales como Insistencias en Luzbel o El otoño de las rosas, la reflexión sobre el tiempo constituye el eje temático de la poesía de Brines, que agrupó en 1997 su poesía completa bajo el título Ensayo de una despedida. Lo explicaba el poeta con estas palabras:

Cuando tuve que reunir mis libros en un volumen, el conjunto lo titulé Ensayo de una despedida, buscando en él su significación esencial. Se trata, por un lado, de la despedida de la vida, concepto que se nos hace presente cuando, ya muy pronto, tomamos conciencia de nuestro destino mortal. Por otro, esta despedida es también la conciencia de las sucesivas pérdidas en que consiste el vivir. Asistimos a un empobrecimiento sin pausa desde la adolescencia a la vejez. Empezamos por perder la inmortalidad y, después, la inocencia.

Planteada como forma de conocimiento y como lamento de las pérdidas, la poesía de Brines se levanta como una expresión depurada en el distanciamiento que supone la elaboración verbal de la materia existencial, en la sentimentalidad objetivada y en las sensaciones tamizadas por la inteligencia:

La poesía surge del mundo personal y de las obsesiones del poeta, pero yo no puedo escribir desde la plenitud ni desde el dolor, necesito un distanciamiento con respecto a la experiencia. La poesía desvela una visión del mundo, una cosmovisión de la vida como pérdida, que me ha concedido la poesía, y así surgen los poemas: del amor y de la pérdida, de la luz y de la sombra. La poesía, secretamente da a conocer aquello que está en uno y no se conoce y, además, es un retrato opaco del escritor.

Un retrato opaco que dibuja el contorno moral y biográfico de Brines, su mezcla de reflexión y pasión sobre el fondo de la luz y la sombra de la realidad. De esa lucidez y esa intensidad se alimenta su obra:

Estimo particularmente, como poeta y lector, aquella poesía que se ejercita con afán de conocimiento, y aquella que hace revivir la pasión por la vida. La primera nos hace más lúcidos, la segunda, más intensos.

Esta edición en formato de bolsillo en Fábula Tusquets reproduce la versión definitiva de 2006 de Ensayo de una despedida, en la que se añadió la sección Poemas excluidos (1985-2006).

Santos Domínguez

María Zambrano. Claros del bosque


María Zambrano.
Claros del bosque.
Edición de Mercedes Gómez Blesa.
Cátedra Letras Hispánicas. Madrid, 2011.

"El claro del bosque es un centro en el que no siempre es posible entrar; desde la linde se le mira y el aparecer de algunas huellas de animales no ayuda a dar ese paso. Es otro reino que un alma habita y guarda. Algún pájaro avisa y llama a ir hasta donde vaya marcando su voz. Y se la obedece; luego no se encuentra nada, nada que no sea un lugar intacto que parece haberse abierto en ese solo instante y que nunca más se dará así. No hay que buscarlo. No hay que buscar. Es la lección inmediata de los claros del bosque: no hay que ir a buscarlos, ni tampoco a buscar nada de ellos. Nada determinado, prefigurado, consabido. Y la analogía del claro con el templo puede desviar la atención", escribía María Zambrano en el comienzo de 
 Claros del bosque, una de las novedades más reseñables de este comienzo de temporada editorial que publica Cátedra Letras Hispánicas.

Es uno de los ensayos fundamentales de María Zambrano. Lo escribió aún en el exilio, apareció en 1977 y junto con La tumba de Antígona es su obra de más calidad literaria.

Poemas en prosa, revelaciones en las que cuaja la razón poética de María Zambrano frente al logos del Manzanares de su maestro Ortega. La conjunción de palabra y pensamiento inspirado, de conocimiento y poesía, de razón y metáfora que ilumina el mundo más allá del concepto, la inspiración y la imagen, el tiempo y el dios oscuro, la musicalidad y el vacío, el signo y la semilla, el centro y el abismo, la belleza y la llama, el mito y la palabra originaria del bosque, la fuente y el laberinto, el amanecer y el fuego, el despertar y la mirada remota desde los ojos de la noche.

Unos textos fundamentales en el pensamiento filosófico y en la estética del siglo XX que se acercan a la penumbra desde los claros de la conciencia y las visiones de lo oculto, desde el centro inaccesible donde se funden la mística, la poesía y la filosofía en un doble impulso que convoca lo órfico y lo prometeico a través de una palabra poética mediadora entre el hombre y lo sagrado.

Y al fondo, el exilio como el no-lugar, como el vacío desde el que escribe María Zambrano, fuera también del tiempo, expulsada de la historia, como todo exiliado, privada de su identidad social y cultural, relegada, como sabía también Jabès, al desierto, desde el que se funda el lugar de la palabra: "La palabra escondida, a solas celada en el silencio, puede surgir sosteniendo sin darlo a entender un largo discurso, un poema y aun un filosófico texto, anónimamente, orientando el sentido, transformando el encadenamiento lógico en cadencia; abriendo espacios de silencios incalmables, reveladores. Ya que lo que de revelador hay en un hablar proviene de esa palabra intacta que no se anuncia, ni se enuncia a sí misma, invisible al modo de cristal a fuerza de nitidez, de inexistencia. Engendradora de musicalidad y de abismos de silencio, la palabra que no es concepto porque es ella la que hace concebir, la fuente del concebir que está más allá propiamente de lo que se llama pensar."

Todo eso está en el fondo y en la superficie de Claros del bosque, que es -como dijo de Segovia María Zambrano- el lugar de la palabra. Un libro fundamental que no debería pasar desapercibido. Esta edición, prologada y anotada por Mercedes Gómez Blesa, que traza en su introducción una excelente panorámica del pensamiento de la autora, es una inmejorable oportunidad para entrar en una de las obras imprescindibles de la estética contemporánea.

Santos Domínguez

23 noviembre 2011

Socotra, la isla de los genios

Jordi Esteva.
Socotra, la isla de los genios.
Atalanta. Gerona, 2011.

Como los antiguos leyeron la Historia Natural de Plinio, como los árabes oían las aventuras de Simbad, con el mismo asombro que debía de producir en los humanistas el Libro de las maravillas de Marco Polo, con la misma fascinación con que leíamos a Verne de niños.

Así entra el lector en Socotra, la isla de los genios, de Jordi Esteva, que acaba de publicar Atalanta.

Socotra, la isla de la felicidad en sánscrito, aparece en los mapas anclada en el Índico, al sudeste de la Península Arábiga, a la salida del Golfo de Adén.

Es la isla del sueño, un lugar mágico poblado por una fauna de otra época, de un tiempo mitológico en el que los griegos tenían esta isla como patria del Ave Fénix. Un lugar en el que crece una vegetación no menos mitológica de la que forman parte la mirra, en cuyas brasas ardía aquel pájaro inmortal, o el incienso de los ritos y las momias faraónicas, o el árbol de la sangre del dragón cuya savia roja usaban los gladiadores para embadurnarse los músculos.

O el áloe que buscaba Alejandro porque cicatrizaba las heridas del combate:

- Nosotros no necesitamos medicinas modernas -interrumpió orgulloso un socotrí de grandes ojos-. Si nos herimos en la montaña, sólo tenemos que cortar una ramita de un arbusto y aplicarla en la herida para que deje de sangrar de inmediato; si nos duele la cabeza mascamos hojas de otra planta. Socotra entera es nuestra farmacia.

Los egipcios y los árabes del sur, que viajaban allí para extraer el incienso y la mirra, más valiosos que el oro, propagaron leyendas terroríficas y disuasorias y sembraron confusiones desorientadoras de su ubicación exacta para evitar la competencia:

Los marineros de Omán afirmaban que Socotra surgía en la galerna cuando ya era demasiado tarde para maniobrar y que los veleros se estrellaban contra los acantilados mientras la isla se ocultaba tras la espesa niebla al acecho del siguiente navío. Seguramente este fenómeno dio pie a una leyenda muy extendida entre los marineros del Índico: la existencia de una isla que emergía abruptamente desde las profundidades del océano y atraía a los veleros construidos con clavos de hierro con la fuerza de un imán gigantesco. Tan poderosa era la atracción que arrancaba los clavos uno a uno y los navíos saltaban en pedazos.

Como la isla canaria de San Borondón, Socotra era una isla que aparecía y desaparecía, que atraía irremisiblemente a los veleros hacia la fatalidad. Y un lugar como ese, con bosques de incienso sobre los que vuela el ave Roc de Las mil y una noches, solo puede describirse dosificando adecuadamente, como hace Jordi Esteva, la fantasía y la realidad, la historia y la ficción.

Esa mezcla difusa está también en las abundantes y magníficas fotos -Esteva es fotógrafo además de escritor- que reflejan con una luz casi irreal, con la luz tenue del sueño, su mirada a una isla sagrada para los griegos, porque en ella había erigido Zeus su propio templo y en sus cumbres había tenido su trono Urano, el dios primordial, abuelo de Zeus y padre de Cronos.

Entre el sueño y la realidad, entre África y Asia, entre la historia y la leyenda, entre la geografía y la literatura, entre la biología y la magia, Jordi Esteva relata en Socotra un viaje a la infancia del mundo y al paisaje de las llanuras de Caín, un viaje que transforma la mirada y la sensibilidad del viajero, que vuelve siendo otro.

Porque el viaje verdadero consiste en no volver. O en volver como una persona distinta de la que inició el viaje.

Santos Domínguez

21 noviembre 2011

Calasso. La Folie Baudelaire



Roberto Calasso.
La Folie Baudelaire.
Traducción de Edgardo Dobry.
Anagrama. Barcelona, 2011.

M. Baudelaire ha encontrado la manera de construirse, en el extremo de una lengua de tierra considerada inhabitable y más allá de los confines del romanticismo conocido, un quiosco raro, muy decorado, muy atormentado, pero coqueto y misterioso, donde se lee a Edgar Poe, donde se recitan sonetos exquisitos, donde nos embriagamos con hachís para después reflexionar sobre ello, donde se toma opio y mil drogas abominables en tazas de porcelana muy fina. Este quiosco peculiar, hecho de marquetería, de una originalidad ajustada y compleja, que desde hace un tiempo atrae las miradas hacia la punta extrema de la Kamchatka romántica, yo lo denomino la folie Baudelaire.

De ese texto de Sainte-Beuve, el crítico literario más influyente del XIX y uno de los más reticentes con Baudelaire, al que quiso ocultar tras su silencio aquel segregador de veneno, toma Roberto Calasso el título y la trama de La Folie Baudelaire, que acaba de publicar Anagrama con traducción de Edgardo Dobry.

Para quien está rodeado y como atormentado por la desolación y el agotamiento -afirma Calasso- es difícil encontrar algo mejor que una página de Baudelaire. Prosa, poesía, poemillas en prosa, cartas, fragmentos: todo sirve. Pero, si es posible, prosa. Y, dentro de la prosa, aquella sobre los pintores.

Y de pintura y literatura hablan las densas páginas de este nuevo libro de Calasso, tan lúcido y tan meticuloso como de costumbre. Un Calasso que deambula mirando aquí y allá como un flâneur por los salones y las calles, por los ambientes culturales o canallas del París de Las flores del mal y del Impresionismo. Porque este es un libro tan ligado a la mirada plástica que uno de sus aspectos más llamativos son las cincuenta y dos ilustraciones con cuadros y daguerrotipos que iluminan el texto.

La Folie Baudelaire traza un mapa cultural, artístico y vital del París de la segunda mitad del XIX, pero es también un descenso al subsuelo de aquel mundo, una bajada a los infiernos en la que Calasso se convierte en nuestro Virgilio particular, en un guía que orienta al lector y le lleva de la mano en aquel complejo laberinto en el que se cruzaron pintores y escritores geniales que engendraron la modernidad estética.

Uno de esos padres reconocidos de lo moderno es Baudelaire, quizá el que captó con más lucidez el carácter radicalmente subversivo de la irracionalidad y de lo onírico.

Una ola invasiva, un tsunami cultural, como explica Calasso:

Existe una ola Baudelaire que lo atraviesa todo. Tiene su origen antes de él y se propaga más allá de todo obstáculo. Entre los picos y las caídas de esa ola se reconocen Chateubriand, Stendhal, Ingres, Delacroix, Sainte-Beuve, Nietzsche, Flaubert, Manet, Degas, Rimbaud, Lautréamont, Mallarmé, Laforgue, Proust y otros, como si fueran investidos por esa ola y, por momentos, sumergidos. O como si fuesen ellos quienes chocaran con la ola. Arranques que se cruzan, divergen, se bifurcan. Remolinos, vórtices repentinos. Después sigue la corriente. La ola continúa su viaje, dirigida siempre hacia el «fondo de lo desconocido», de donde provenía.

Sobre el telón de fondo del clima psicológico y el ambiente social de aquel París, se perfila la imagen de Baudelaire como crítico de arte, de la pintura explicada desde la literatura, en una sincronía que conecta las dos artes: Simbolismo e Impresionismo, poetas, novelistas y pintores vinculados en un completo y complejo panorama en que se conjugan la mirada, la palabra y el pensamiento en unas páginas que se aproximan mucho a lo que pudo ser aquel tráfago creativo, aquel París que Calasso define brillantemente como un caos dentro de un marco.

El centro de este libro, su eje decisivo, es un sueño de Baudelaire, el sueño del burdel-museo, un cuento sorprendente, el más audaz del siglo XIX, más moderno que los de Poe, más áspero y abrupto, según Calasso, que reproduce la transcripción febril que hizo el poeta recién despierto.

Pero además de ese centro de gravedad, La Folie Baudelaire es una incursión en la labor de Baudelaire, más que como teórico de la modernidad, como analista de la esencia de lo moderno en el arte. Y en ese sentido, algunas de las páginas fundamentales de este libro son las que se centran en Constantin Guys, un artista al que dedicó El pintor de la vida moderna, el ensayo más bello e iluminador –explica Calasso-sobre un artista de todo el siglo XIX.

Santos Domínguez


18 noviembre 2011

Javier Salvago. La vida nos conoce




Javier Salvago.
La vida nos conoce.
Antología poética.
Prólogo de Juan Bonilla.
Renacimiento. Sevilla, 2011.

El médico me manda no escribir más. Al menos,
me pide que no ponga sobre la llaga el dedo,
que deje de arañarme por dentro como un gato
y, de escribir, que escriba con menos entusiasmo,
que me ande por las ramas –mejor, que fantasee
lo mismo que hacen otros–, que llene las paredes
de tapices, el suelo de mullidas alfombras
y dedique a Venecia y a Pisa algunas odas.
En suma, que no saque mis trapos a la calle
–si por trapos se entienden ciertas intimidades–
y que aprenda a ser pulcro, discreto y decadente
como algunos colegas bastante transigentes.
Total, para que el sueño me otorgue sus blanduras,
imitaré a la grey que aspira a ser oscura.
En un curso intensivo, me aprenderé los nombres
de cuantas telas haya y de todas las flores.
Celebraré los fastos, la gloria, la grandeza
de alguna corte antigua –mejor de ser siniestra–
y afinaré las cuerdas de mi rudo instrumento
para que en adelante suene a Renacimiento.
Si por alguna causa se me agotara el tema
siempre habrá alguna moda, liviana y pasajera,
algo que nos devuelva el sabor del pasado
o su olor, cuando menos, discretamente rancio.
Así que por la paz de un reposo perfecto
–con tal de que no deje testimonio del tiempo
que me tocó vivir–, todo vale. De acuerdo.

En Variaciones sobre un tema de Manuel Machado, que así se titula este poema, está gran parte del mundo poético de Javier Salvago (Paradas, 1950). Sus temas (los sueños fracasados, el tiempo, la vida pasada), la línea clara de su lenguaje, su tono frecuentemente irónico o la influencia de Manuel Machado en la actitud ante el mundo, en la elección de los modelos métricos y en una música que se mueve siempre entre el aire popular del arte menor y el aliento narrativo del alejandrino pareado.

Ese texto pertenece a En la perfecta edad, uno de los libros que forman parte de la antología La vida nos conoce que publica Renacimiento con prólogo de Juan Bonilla.

Desde La destrucción o el humor hasta el inédito Nada importa nada, pasando por Volverlo a intentar, Los mejores años o Ulises, que es posiblemente su mejor libro, se reúne en este tomo un conjunto representativo de la poesía de Salvago.

Una poesía unitaria en sus temas y coherente en sus actitudes, diversa en tonos, directa y coloquial, recorrida por un personaje que evoca el mundo de su infancia y su familia, el tiempo y los espacios en los que discurrió su pasado y transcurre su presente.

Un personaje que asume con dignidad y con hartazgo la derrota de los sueños y los agravios de la vida: Que la vida dolía / yo lo aprendí muy pronto, escribe en uno de sus arranques paródicos.

En ese y en muchos de los textos de Javier Salvago, el spleen, el tedio, el cinismo a la defensiva, el sostenido tono elegiaco marcan la actitud y la tonalidad de una poesía que mira al pasado más que al futuro y se reconoce más en quien fue que en el náufrago superviviente que es.

Poesía de la experiencia, línea clara y con una constante actitud confesional que destaca Juan Bonilla en su prólogo y que tiene como centro la vida que aparece en el título de la antología y al frente de un poema, de su libro Ulises, que se cierra con esta estrofa:

La vida se conoce y nos conoce y sabe
que no somos de piedra para aguantarle tanto,
que nos sobran motivos para coger la puerta
–la vida nos conoce-, y nos ata con lazos.

Santos Domínguez