24 febrero 2010

Fantasías animadas



Berta Marsé.
Fantasías animadas.
Anagrama. Barcelona, 2010.

Cuatro años después de revelarse con los siete relatos de En jaque, su primer libro, Berta Marsé regresa a las librerías con los siete relatos de Fantasías animadas, publicado como aquel por Anagrama.

Siete relatos que vuelven al mismo territorio en que se situaban los textos del primer volumen, con los que Fantasías animadas comparten más de un rasgo común.

La misma voz narrativa, una postura moral semejante para completar una desalentadora radiografía moral, las historias cotidianas que exploran el drama o la falsedad de las relaciones familiares y sociales, una envidiable soltura en el uso de los diálogos, una técnica emparentada con el guión cinematográfico, el mismo humor inmisericorde y corrosivo, la misma agilidad narrativa para articular los relatos, la organización de la materia argumental desde sus consecuencias hasta sus causas sin que ello evite la aparición de la sorpresa o la revelación de un secreto, el fondo barcelonés de esas vidas diversas y sombrías...

Da igual que sean los Pons-Pons o el secreto bien guardado de lo de don Vito, otras familias, una pareja de novios, tres niñas o un grupo de amigas. Los siete relatos son siete salas de un museo de los horrores cotidianos.

Cada una de estas siete historias, tan agrias en su asedio a lo sórdido y a la pequeñez, sirven para ver el mundo en un grano de arena. Ese sentido simbólico, evocado en la cita de William Blake que la autora ha elegido para abrir el muy cruel Cocinitas, bien podría ser la clave de lectura de todas estas Fantasías animadas, que comienzan por el final o lo insinúan para explicar cómo se ha llegado hasta allí. Lo peor es que aquí, a diferencia de las tragedias clásicas, ni siquiera la muerte les otorga alguna dignidad a los personajes.

Quienes leyeron sorprendidos En jaque ya no se sorprenderán con estos perturbadores y nada condescendientes relatos de Berta Marsé, pero los disfrutarán con renovado placer y parecida sensación agridulce.

Santos Domínguez

22 febrero 2010

La historia empieza en Sumer


Samuel Noah Kramer.
La historia empieza en Sumer.
39 primeros testimonios de la historia escrita.

Traducción de Jaime Elías Cornet y Jorge Braga Riera.
Prólogo de Federico Lara Peinado.
Libros Singulares. Alianza Editorial. Madrid, 2010.

En su colección Libros Singulares, Alianza acaba de publicar la edición definitiva de La historia empieza en Sumer, un clásico de la historiografía moderna.

Su autor, el profesor estadounidense Samuel N. Kramer (1897-1990), la publicó en 1956 y posteriormente la revisó hasta esta versión que apareció en 1981 con doce capítulos añadidos al original.

El subtítulo, 39 primeros testimonios de la historia escrita, alude a la relación directa entre la historia y la escritura, que surgió hace casi cinco milenios en Mesopotamia. Con aquella escritura cuneiforme los sumerios inauguraban la historia y reflejaban su sistema educativo, las instituciones políticas, su legislación y su vida diaria, sus manifestaciones literarias.

Kramer dedicó gran parte de su vida a descifrar las tablillas cuneiformes, a reconstruir la vida cotidiana de los sumerios, su visión del mundo a través de la mitología, y sus valores a través de las leyes y las instituciones que regulaban la convivencia y reflejan la importancia de la civilización sumeria. Así explica el objeto de este libro en la Introducción:

¿Cuáles fueron, por ejemplo, las primeras ideas morales y los primeros conceptos religiosos que el hombre haya fijado por medio de la escritura? ¿Cuáles fueron sus primeros razonamientos políticos, sociales, incluso filosóficos? ¿Cómo se presentaron las primeras crónicas, los primeros mitos, las primeras epopeyas y los primeros himnos? ¿Cómo fueron formulados los primeros contratos jurídicos? ¿Quién fue el primer reformador social? ¿Cuándo tuvo lugar la primera reducción de impuestos? ¿Quién fue el primer legislador? ¿Cuándo tuvieron lugar las sesiones del primer parlamento bicameral y con qué objeto? ¿Cómo eran las primeras escuelas y sus maestros? ¿Qué se enseñaba, y a quién?

Hace cinco mil años a los sumerios se les ocurrió empezar a escribir en arcilla. Desde entonces fueron perfeccionando el método de manera que a mediados del segundo milenio, más de mil años antes que la Biblia o la Iliada, tenían ya fijada por escrito en tablillas cuneiformes una mitología y una épica, una lírica amorosa y elegiaca, una literatura didáctica, fabulística y proverbial, una cosmogonía y una cosmología.

Y descripciones de la vida diaria que nos dan una imagen intrahistórica de aquella primera civilización urbana: las primeras escuelas, los primeros libros de texto y el primer pelota; el primer gamberro y el primer conflicto generacional; el primer almanaque para uso de agricultores; el primer plagio y el primer juicio por asesinato; el primer campeón de carreras de fondo y la primera ética; la primera imagen del paraíso y del diluvio universal; las primeras fábulas de leones, zorros, lobos y asnos, la primera canción de cuna o la primera resurrección de una divinidad.

Lo han leído miles de lectores que lo han convertido en un clásico de la historiografía moderna junto con El otoño de la Edad Media de Huizinga o Dioses, tumbas y sabios de Ceram, con los que comparte esa sabia combinación de rigor y calidad narrativa, de amenidad temática y capacidad para la evocación plástica del pasado con la viveza del relato.

Un relato que se apoya siempre en testimonios escritos de asombrosa modernidad, como este texto proverbial del segundo milenio:

Quien edifica como un señor, vive como un esclavo.
Quien edifica como un esclavo, vive como un señor.

Santos Domínguez

20 febrero 2010

Antología poética de José Moreno Villa


José Moreno Villa.
La música que llevaba.
Edición de Juan Cano Ballesta.
Cátedra. Letras Hispánicas. Madrid, 2009.

Inquieto y polifacético, José Moreno Villa (Málaga 1887 - México 1955), poeta, pintor y ensayista, forma parte del grupo de novecentistas que incorporaron la literatura española a la contemporaneidad de la literatura europea, con lo que hicieron posible la eclosión del grupo de poetas del 27.

Ese papel como precursor, como puente hacia el 27 lo ejerció Moreno Villa en los veinte años de estancia en la Residencia de Estudiantes, de 1917 a 1937, y se percibe incluso en la fundación de la revista Gibralfaro, el precedente malagueño de Litoral.

La amplia antología poética que acaba de publicar Cátedra en edición de Juan Cano Ballesta tiene como título La música que llevaba, con el que Moreno Villa reunió en 1949 en el exilio mexicano una antología personal de su obra entre 1913 y 1947. Pero esta edición, aun conservando aquel título, ordena los textos cronológicamente y añade catorce poemas escritos entre 1947 y 1955.

Además de ofrecer una amplia introducción sobre la trayectoria vital y artística de Moreno Villa, en su doble condición de poeta y pintor, esta nueva edición permite seguir en su orden natural la evolución de su poesía desde los primeros libros, en los que el poeta busca una voz personal entre el noventayochismo epigonal y la influencia del cubismo, hasta los poemas del exilio, la rehumanización y la nostalgia.

En la parte central de esa trayectoria están los mejores libros del malagueño: la plenitud vanguardista y antirromántica del sorprendente Jacinta la pelirroja (1929), un libro atrevido y lúdico, en el que fundió las técnicas de la poesía y la pintura con la música sincopada del jazz y resolvió humorísticamente una decepción amorosa.

Junto con su autobiografía, Vida en claro (1944), ese sigue siendo el vértice de la obra literaria de Moreno Villa, pero hay también una muestra abundante de las Carambas con las que en 1931 se incorporó a la fiebre superrealista y a la escritura automática, que deja paso en 1936 a la meditación existencial de Salón sin muros, uno de sus mejores libros.

Tras fundar en los primeros meses de la guerra civil la revista Hora de España, Moreno Villa se exilió en México. Allí sustituyó el juego vanguardista por la nostalgia en una poesía rehumanizada que se expresa en las formas clásicas o neopopularistas y en la contención verbal. Esos poemas del exilio revelan también el descubrimiento de aquella nueva realidad desde la perspectiva de un poeta que ahonda en el recuerdo pero mira también el presente con la mesura y la dignidad del desterrado:

Sentémonos aquí bajo la noche,
frente al volcán, en este pedacito
de tierra que se mueve en el espacio.

Santos Domínguez

19 febrero 2010

Dos antologías imprescindibles


















Mil años de poesía española.
Edición de Francisco Rico.
BackList. Barcelona 2009.

Mil años de poesía europea.
Francisco Rico.
Con Rosa Lentini.
BackList. Barcelona, 2009.


BackList, el sello que se está convirtiendo en una referencia en la edición de clásicos en español, en la línea de lo que Italo Calvino definió como «nuestros libros imprescindibles», ha publicado en los últimos meses en su colección Selectos dos completas antologías de poesía que son ya de obligada consulta.

Mil años de poesía española
es el título de la edición revisada y ampliada de La poesía española, que se publicó por primera vez en 1991 y se reimprimió anualmente hasta 2001. Las novedades son tan significativas que en gran medida se trata de un libro nuevo, con quinientas páginas más, que publica BackList en una esmerada edición. La principal de esas novedades es que entre los más de doscientos autores figuran ya los nacidos entre 1939 y 1960.

Francisco Rico, responsable de la selección y de la introducción a cada autor, explica en la nota preliminar: en las páginas que siguen mi parte ha sido la menor posible. Esta antología la ha hecho esencialmente la memoria poética en España, ella ha elegido el grueso de los textos que aquí se resumen.

Entrar en escrutinios de nombres, de presencias y ausencias es tarea inútil. Ya se sabe que cada lector tiene su propia antología y está bien que así sea. Lo que a uno le puede parecer imprescindible, para otro será menor o innecesario. Y viceversa. Lo deja claro Rico cuando recuerda estas líneas de T. S. Eliot:

“Un gusto genuino es siempre un gusto imperfecto; pero, de hecho, todos somos imperfectos; el hombre cuyo gusto en poesía no ostenta el sello de su particular personalidad – esto es, cuando se dan afinidades y diferencias entre lo que le gusta a él y lo que nos gusta a nosotros, así como diferencias en nuestro gusto por las mismas cosas- será un interlocutor muy poco interesante para una conversación sobre poesía.”

Pero, más allá de sus gustos personales o de su afán de objetividad, el antólogo refleja siempre el canon de su época, porque “cada edad elige o inventa a sus clásicos”, como advierte Rico.

Y si algún defecto se le puede achacar a su nómina es el exceso de conservadurismo, la tendencia a mantener aquí una serie de nombres que el lector del siglo XXI no hubiera echado de menos si se hubieran eliminado. Nombres, decimonónicos sobre todo, que hace mucho que no forman parte de la memoria poética de España.

Así pues, en las propuestas de esta antología se cifra una panorámica de las distintas épocas y se sugiere una superposición diacrónica de cánones sincrónicos. Pero la jerarquización del gusto no radica en los nombres, sino en el espacio que se les dedica a aquellos que comparten un mismo periodo.

Un ejemplo significativo con tres autores del 27: a Alberti se le dan tres páginas, a Cernuda ocho, a Lorca quince. Poco discutible, como se ve. Porque, con matices, ese es también el canon de este comienzo de siglo.

Pero, para no entrar en nombres actuales, muchos lectores encontrarán menos explicable que a Campoamor se le reserven dieciocho páginas y a Bécquer sólo tres, las mismas por cierto que a un tal Dacarrete. Y aquí sí que hay perspectiva y lugar para la extrañeza.

Mucho menos polémica, aunque igual de imprescindible, es la antología Mil años de poesía europea preparada también por Francisco Rico con la colaboración de Rosa Lentini.

La publica también BackList y ofrece un panorama general de la poesía europea desde el siglo XI hasta hoy a través de un recorrido por doce literaturas y más de setenta y cinco poetas. Es una obra única en el panorama editorial europeo, por el alcance de la antología y por su rigor en la selección de poetas, textos y traducciones.

Porque esta antología bilingüe de la mejor poesía europea es además una espléndida antología de las mejores traducciones de esos textos al español. Traducciones firmadas en muchas ocasiones por poetas como Rubén Darío, Juan Ramón Jiménez, Luis Cernuda, Jorge Guillén, Octavio Paz, José Ángel Valente, Claudio Rodríguez o Antonio Colinas.

A cualquiera de esas traducciones se le podrían aplicar estas palabras de Benedetto Croce que recuerda Francisco Rico en su prólogo, El pentecostés de la poesía:

La traducción que se juzga como buena es una aproximación con valor de original de obra de arte y que se basta de por sí.

Francisco Rico se ha encargado en solitario de la selección hasta el XVIII y ha contado con la colaboración de Rosa Lentini en el XIX y el XX para completar este recorrido que se inicia con las canciones femeninas de la lírica medieval – porque, como recuerda Rico, en el principio fue la canción- y se cierra con dos autores vivos, Yves Bonnefoy y Wyslawa Szymborska.

Entre esos dos extremos temporales, la oralidad medieval, la imitación de los clásicos que hablan ya para los ojos y para la lectura, la insumisión y la búsqueda románticas, la ruptura con la realidad en la poesía moderna, el paso al versolibrismo... Y los grandes nombres indiscutibles: Dante, Petrarca, Villon, Milton, Goethe, Blake, Schiller, Keats, Heine, Byron, Leopardi, Baudelaire, Rimbaud, Verlaine, Yeats, Pessoa, Lorca, Valèry, Kavafis...

La antología de estos diez siglos de poesía europea es irreprochable en la selección de nombres - aunque inevitablemente cada lector notará alguna ausencia- y generosa en el número de poemas representativos de cada autor.

En dos apéndices se recogen una muestra de Josep Carner como traductor de sí mismo del castellano al catalán y diez traducciones de L’albatros, de Baudelaire.

Vuelta cada vez más un espacio y una función propicios a la traducción- concluye Rico en su prólogo-, la poesía de Europa y de todas las lenguas vive hoy un espléndido pentecostés.

Del cual la presente antología quiere dar fe.

Santos Domínguez

17 febrero 2010

María Zambrano. Desde la sombra llameante


Clara Janés.
María Zambrano.
Desde la sombra llameante.

Prólogo de Jesús Moreno Sanz.
Siruela. Madrid, 2010.

Desde la sombra llameante, que publica Siruela con prólogo de Jesús Moreno Sanz, reúne siete textos en los que Clara Janés resume su relación personal e intelectual con María Zambrano. Una relación que se hizo más intensa cuando la pensadora volvió del exilio y se mantuvo constante hasta la muerte de María Zambrano en 1991.

Organizado en tres secciones –La imagen, La palabra, El confín del silencio-, el volumen propone un acercamiento a la persona y la obra de la pensadora y toma su título de uno de los textos en los que Clara Janés explora la importancia de la razón poética en el pensamiento de María Zambrano.

Reunión de artículos y conferencias, la mayoría escritos en 2004 con motivo del centenario de María Zambrano, Desde la sombra llameante es el resultado de una larga conversación socrática entre la poeta y la pensadora. La relación entre pensamiento y poesía, entre filosofía y lenguaje, entre razón y revelación, el misterio y el secreto, la palabra y la música son algunos de los espacios de encuentro y de reflexión compartidos por María Zambrano y Clara Janés, que indagan en el sentido de la poesía como búsqueda y como forma de conocimiento, como lugar donde confluyen el sentir y el pensar.

Por eso el diálogo de Clara Janés con la filosofía de María Zambrano se centra en aquellos libros en los que la pensadora expresó con más lucidez su intuición de la razón poética: Hacia un saber sobre el alma, Claros del bosque o De la Aurora.

En sus páginas se refleja una constante confluencia de intereses literarios y vitales, de preocupaciones intelectuales e intuiciones desde la oscuridad reveladora, de búsquedas en la sombra llameante del pensar poético. Ese centro de interés es el que une a ambas en la “mirada-memoria que Clara Janés ha ido preservando de su encuentro personal con María Zambrano”, como señala Jesús Moreno Sanz en su prólogo.


Santos Domínguez

15 febrero 2010

María Zambrano. Esencia y hermosura


María Zambrano.
Esencia y hermosura.
Selección y relato prologal
de José-Miguel Ullán.
Galaxia Gutenberg. Círculo de Lectores.
Barcelona, 2010.

Un extenso relato prologal de José-Miguel Ullán – Señales debidas- abre Esencia y hermosura, la magnífica antología de María Zambrano (1904-1991) en la que el poeta trabajó hasta su muerte el año pasado.

La publica Galaxia Gutenberg. Círculo de Lectores en su colección de ensayo y ofrece un recorrido completo por la obra de quien es ya una referencia indiscutible del pensamiento español contemporáneo.

El volumen toma el título de la cita de Plotino que encabeza la antología. Porque esos dos conceptos -esencia y hermosura- resumen los dos centros de interés en los que se proyectó la labor intelectual de María Zambrano.

En el prólogo de 1973 a El hombre y lo divino indicaba María Zambrano que ese podría ser el título que resumiera toda su obra. Ocho años después, tenía intención de reunir su escritura bajo la denominación Prólogo a un libro desconocido. Se llamará así todo. Es un título que doy ya para todo, declaraba en junio de 1981 en una conversación con Ullán, que escribe al final de esta recopilación en una nota bibliográfica:

Ojalá que Esencia y hermosura, capítulo de espera, resulte representativo de los múltiples registros tocados en ese todo pendiente.

Abren el volumen veinte cartas al pintor Juan Soriano, casi todas inéditas. Y a partir de ahí se suceden en orden cronológico textos de los libros de María Zambrano: desde Horizonte del liberalismo (1930) hasta el póstumo Los sueños y el tiempo (1992) y la recopilación de artículos que se editó en 1995 con el título Las palabras del regreso.

María Zambrano, discípula de Ortega y Gasset, transformó la razón vital de su maestro en razón poética y nadie ha reflexionado más lúcidamente en nuestra cultura sobre las relaciones entre pensamiento y poesía, entre filosofía y creación, sobre las relaciones entre la razón y el conocimiento poético en la mística o el Romanticismo hasta llegar a Valèry, con quien la poesía deja de ser sueño y se convierte en exactitud:

El que dice exactitud y estilo - escribe María Zambrano en Filosofía y poesía- invoca lo contrario de sueño, pero el sueño no ha dejado de estar en la raíz de la poesía; lo que ocurre es que, por vez primera, se ha hecho consciente el esfuerzo infinito que es necesario para expresar el sueño o que, por primera vez, el poeta confiesa lo que durante siglos ha mantenido en silencio: el trabajo.

La calidad de su prosa y la sutileza de su pensamiento recorren las quinientas páginas de un volumen en el que se recogen ensayos fundamentales como "San Juan de la Cruz. De la noche oscura a la más clara mística", uno de los capítulos de Los intelectuales en el drama de España; Pensamiento y poesía en la vida española; Filosofía y poesía o Hacia un saber sobre el alma.

En ese libro, de 1950, brilla a su mayor altura la doble vertiente de María Zambrano como pensadora en el artículo “¿Por qué se escribe?”:

Escribir es defender la soledad en que se está; es una acción que sólo brota desde un aislamiento efectivo, pero desde un aislamiento comunicable, en que, precisamente por la lejanía de toda cosa concreta, se hace posible un descubrimiento de relaciones entre ellas.

Y como prosista deslumbrante en “Diótima de Mantinea”, un espléndido ejemplo de la más alta prosa poética a la que se acercó muchas veces María Zambrano:

Y así me he ido quedando a la orilla. Abandonada de la palabra, llorando interminablemente, como si del mar subiera el llanto, sin más signo de vida que el latir del corazón y el palpitar del tiempo en mis sienes, en la indestructible noche de la vida. Noche yo misma.

Después vendrían otros libros como El hombre y lo divino – con textos memorables como “Apolo en Delfos” y “El libro de Job y el pájaro”-, La España de Galdós, El sueño creador, el imprescindible Claros del bosque o el luminoso De la Aurora.

Libros que fueron el resultado de una labor rigurosa y constante de María Zambrano, de una actividad pensadora que se prolongó durante más de sesenta años. Esencia y hermosura es una muestra significativa que refleja la multiplicidad de temas que llamaron su atención, la lucidez con que los abordó y la alta prosa con que los expuso.


Santos Domínguez


13 febrero 2010

Poemas tardíos de Wallace Stevens


Wallace Stevens.
Poemas tardíos.
Traducción de Daniel Aguirre.
Lumen. Barcelona, 2010.

Desde que publicó sus Poemas completos con La roca en 1954 hasta su muerte en agosto del año siguiente, Wallace Stevens siguió escribiendo poesía. Esos Poemas tardíos son los que publica Lumen en edición bilingüe con traducción de Daniel Aguirre.

Heredero del Romanticismo inglés y del Simbolismo francés, entroncado estéticamente con la pintura impresionista y con el cubismo, Stevens (1879-1955) fundió en su poesía lo universal y lo local, la palabra y la mirada, lo concreto y lo abstracto, lo sensorial y lo intelectual para hacer visible lo oculto y ocultar lo visible, de manera que lo visible se hace más difícil de ver y a la vez el poema aspira a la revelación de lo invisible.

Toda su poesía, abstracta y a menudo impersonal - lo que Stevens denominaba el poema de la mente- está influida por sus lecturas filosóficas y por sus intereses plásticos y aspira a expresar con la imaginación las relaciones entre el hombre y el mundo. La imaginación se convierte en un arma poética fundamental: el poder del hombre sobre la naturaleza, el instrumento que ordena el caos.

Sutil y visionaria, ambiciosa y difícil, la poesía de Wallace Stevens sigue manteniendo en estos poemas tardíos el diálogo entre realidad e imaginación que sostiene toda su obra. Más profundos y oscuros que los poemas de La roca, más despojados de elementos discursivos, siguen construyendo una poesía de la mirada, siguen insistiendo en la meditación y en el conocimiento del mundo a través de la imagen.

Sus textos irracionalistas resisten el asedio de la razón y las interpretaciones lógicas, porque –como escribió en uno de sus aforismos- un poema no precisa de significado y, como la mayoría de las manifestaciones de la naturaleza, con frecuencia no lo tiene.

Porque un poema es para Wallace Stevens una exploración del mundo, otra forma de pensamiento y de conocimiento, una indagación en la capacidad reveladora del lenguaje. No se trata por tanto de nombrar la realidad, sino de descubrirla con el poema. Un poema que no debe proponer ideas sobre la cosa, sino llegar a la cosa misma, como había dejado escrito en el título del último poema de La roca.

En estos treinta Poemas tardíos todo lo llena el tiempo, la sensación de destrucción, la pregunta sobre el pasado que se plantea en el terminal Cuando sales del cuarto:

Yo me pregunto: ¿habré vivido una vida de esqueleto,
como un descreído de la realidad,

un compatriota de todos los huesos del mundo?


De esa sensación de vacío le salva la creación, la función redentora de la poesía y la imagen, que da sentido al mundo y a la vida del poeta:

La imagen debe ser de la naturaleza de su creador.
Es la naturaleza de su creador acrecentado,
elevado. Es él de nuevo en una refrescada juventud.


El centro del libro lo ocupa un memorable poema largo, La vela de Ulises,

símbolo de quien busca, cruzando por la noche
el gigantesco mar.

Una poderosa meditación sobre el lugar del poema, sobre el conocimiento y la búsqueda (la sensación que uno tiene de un sitio sencillo / es lo que uno conoce del universo), sobre el mundo y la creación poética que resume al mejor Wallace Stevens. Uno de esos poemas potentes que justifican toda una obra y explican el papel fundamental de su autor en la poesía del siglo XX.


Santos Domínguez