12 febrero 2010

Cortázar. Cuentos completos




Julio Cortázar.
Cuentos completos I y II.
Prólogo de Mario Vargas Llosa.
Alfaguara. Madrid, 2010.


En 1994, para conmemorar los diez años de la muerte de Julio Cortázar, Alfaguara publicaba sus Cuentos completos en dos volúmenes que incorporaban el libro inédito La otra orilla, un tanteo exploratorio que explica la asombrosa madurez de Bestiario.

Aquella primera edición, agotada desde hace tiempo, se recupera ahora en la renovada colección de Cuentos completos que está relanzando Alfaguara desde el pasado otoño.

Y aquí se recogen todos sus libros de cuentos, desde ese inicial La otra orilla hasta el final Deshoras, pasando por Final del juego, Las armas secretas, Historias de cronopios y de famas, Todos los fuegos, el fuego, Octaedro, Alguien que anda por ahí, Un tal Lucas o Queremos tanto a Glenda.

La verdadera revolución literaria de Cortázar está en sus cuentos, escribe Vargas Llosa en el prólogo que titula La trompeta de Deyá.

Y el lector puede comprobarlo nuevamente en estos dos magníficos volúmenes de relatos de Cortázar. Desde Bestiario, un libro sin balbuceos que contiene relatos perfectos como Casa tomada, Circe o Carta a una señorita en París, el cuento es para Cortázar el territorio de lo fantástico, de la extrañeza que irrumpe en lo cotidiano en forma de pesadilla, de sorpresa o de revelación.

Esa es una de las líneas de fuerza de la narrativa breve de Cortázar, que en el más amplio y variado Final del juego incluye relatos fundamentales en su obra como Continuidad de los parques, La noche boca arriba o Final del juego. Están en ellos todas las variantes de lo fantástico y de los mundos del argentino. La línea imprecisa que separa la realidad de la ficción y el sueño de la vigilia, el misterio que surge de lo trivial, la incursión de lo fantástico en lo cotidiano son algunas de las claves del Cortázar más sorprendente, variado o provocador.

Las armas secretas, el libro que contiene Las babas del diablo o El perseguidor, marca una sutil evolución de la narrativa breve de Cortázar. Contemporáneos de Rayuela, esos relatos marcan un antes y un después en el tratamiento de los personajes, que dejan de ser meras piezas de un mecanismo para ganar en profundidad psicológica y en autonomía vital. Especialmente en El perseguidor, un relato en el que se acercó a la figura de Charlie Parker. En él está en germen Rayuela como en Charlie Parker está la semilla de Oliveira.

Las Historias de cronopios y de famas son un ejercicio desenfadado contra la solemnidad, una defensa de la libertad imaginativa y una lúcida taxonomía de la humanidad. Cualquiera que haya leído esos relatos – que esconden una ética bajo el disfraz del humor- caerá alguna vez en la tentación de clasificar a las personas en cronopios, famas o esperanzas.

En conjunto, Todos los fuegos, el fuego posiblemente sea el mejor libro de relatos de Cortázar. Cualquiera de los ocho cuentos que lo integran -y sobre todos ellos La isla a mediodía y La salud de los enfermos- podrían figurar en la más exigente antología de relatos de la literatura contemporánea. La tensión entre lo irracional y lo cotidiano, el tema del doble, la distorsión del espacio y el tiempo están presentes aquí en su expresión más definitiva.

Con ese libro se cierra el primer volumen, que recoge los libros fechados entre 1945 y 1966. El segundo, que abarca desde 1969 hasta 1982, lo abre Octaedro, en el que la preocupación política y el compromiso con la sociedad entran en el terreno del cuento. Chile, Biafra, Israel comparten espacio con temas como el de la pesadilla, el amor, la muerte, la infancia o el sueño. Una lección de geometría que se explica en las ocho caras de este libro poliédrico del que forman parte relatos como Manuscrito hallado en un bolsillo o Lugar llamado Kindberg.

En los once cuentos de Alguien que anda por ahí conviven el tono nostálgico de Cambio de luces, la simultaneidad de perspectivas en Usted se tendió a tu lado o la brutalidad represiva de la policía en La noche de Mantequilla.

Con Un tal Lucas Cortázar regresa al tono lúdico de los cronopios para proponer un nuevo manual de instrucciones de la informalidad. Es un Cortázar deslumbrante e ingenioso que proyecta en este tal Lucas su mirada irreverente, sus pudores y sus desconciertos, su método de trabajo, sus traumatoterapias.

Los diez cuentos de Queremos tanto a Glenda son una muestra del Cortázar maduro, menos visitado por lo fantástico, menos proclive a la sorpresa, pero dueño de un virtuosismo que aborda todos los registros y tonos, los rituales, la mezcla ambigua de imaginación y realidad, de humor y melancolía. En su escritura, tan similar al swing jazzístico, la exigencia se proyecta en cuentos como el inquietante Orientación de los gatos, o en Anillo de Moebius, un relato que funciona como un mecanismo perfecto. Maquinaria asombrosa para el lector y maquinaciones de un narrador que encuentra una vez más en el relato corto su mejor distancia. La nostalgia, el tiempo, las difíciles relaciones humanas pesan más ya que lo fantástico en un conjunto que con su difícil facilidad estilística parece demostrar que el medio es el mensaje y que al final siempre nos espera el asombro.

Entre Botella al mar, que tiene mucho de epílogo, y el magnífico Diario para un cuento, una muestra del taller del narrador, en Deshoras, su último libro de cuentos, lo misterioso vuelve a invadir lo diario y comparte territorio con la infancia y el sueño, con la sensibilidad y la imaginación. En medio, Pesadillas y su alegoría de la situación política argentina.

Y atravesando todos sus libros, desde lo patológico y excepcional de las situaciones y los personajes de Bestiario a la cotidianeidad de Alguien que anda por ahí y Deshoras, una coherencia profunda de temas y enfoques. Una línea secreta que los une en la creación de mundos posibles; en el descubrimiento de que estaban ahí, ocultos e inexplorados, invisibles e inquietantes; en la función del narrador y la distancia variable de su voz; en el planeamiento de finales que son la raíz del relato; en la configuración de los personajes; en el desajuste entre la realidad y el personaje, y en el diseño del espacio y el tiempo.

Entre lo fantástico y lo testimonial, entre la denuncia y la nostalgia, el realista imaginativo que fue Cortázar construye desde su primer libro sus relatos como esferas perfectas, como estructuras cerradas en las que la tensión atrapa al lector. Relatos que reflejan la evolución a una escritura cada vez más escueta, más seca y directa, una escritura en la que materia y forma se explican mutuamente y mutuamente se sostienen.

Santos Domínguez

10 febrero 2010

Cuentos esenciales de Maupassant


Guy de Maupassant.
Cuentos esenciales.
Selección de Marie-Helène Badoux.
Traducción de José Ramón Monreal.
Debolsillo. Barcelona, 2010.


Maestro de la narrativa breve y la palabra justa, Guy de Maupassant (1850-1893) es para muchos no sólo el más interesante y actual de los narradores naturalistas, sino el mejor escritor de relatos cortos de la historia de la literatura.

Desde Bola de sebo hasta Las sepulcrales, pasando por obras maestras del género como La casa Tellier, Mademoiselle Fifi, Coco, El collar o El horla, las mil doscientas páginas de estos ciento veinte Cuentos esenciales, que publica Debolsillo con selección de Marie-Helène Badoux y traducción de José Ramón Monreal, proponen un recorrido completo por una obra diversa en temas, en tonos y en atmósferas morales.

Sus relatos son una constante lección narrativa, construyen el canon del relato perfecto. La técnica y el oficio de Maupassant, su destreza en el uso de la mecánica del relato, la intriga y la sorpresa despiertan el interés del lector ante unos textos que son mecanismos de precisión en los que nada sobra, unos relatos sostenidos por unos personajes caracterizados con sobriedad y eficacia por sus actos y sus palabras.

La calidad de su prosa se suma al arte de la composición que evidencian estos relatos desarrollados en ambientes rurales o urbanos. Sombríos o humorísticos, ingeniosos o trágicos, hondos o superficiales, ásperos o melancólicos, pero siempre significativos de su talento, estos ciento veinte cuentos esenciales contienen al Maupassant más moderno, directo y cercano de los narradores del XIX. El pesimismo, la crueldad del mundo o el egoísmo de algunos personajes, el enfoque irónico y sus desenlaces sorprendentes o sugeridos siguen sosteniendo en pie unos textos en los que la crítica social convive con el humor y la brutalidad con el afecto.

Remy de Gourmont, que no valoraba la superficialidad de sus novelas, escribió junto a esas líneas críticas este elogio definitivo de los relatos de Maupassant: Ninguno de esos últimos libros tiene la menor oportunidad de perdurar, pero de sus cuentos se harán tiradas en uno o dos volúmenes muy buenos, uno de historias un poco atrevidas, el otro de los relatos más moderados, que se transmitirán eternamente.

Sin sus cuentos, que ejercieron una influencia determinante sobre Chejov y sobre la narrativa norteamericana, probablemente la literatura del XX no hubiera sido la misma.

Santos Domínguez

08 febrero 2010

Naiyer Masud. Aroma de alcanfor


Naiyer Masud.
Aroma de alcanfor.
Traducción de Rocío Moriones Alonso.
Atalanta. Gerona, 2010.

Naiyer Masud (India, 1936) vive en su Lucknow natal en la Casa de la Literatura que construyó y bautizó con ese nombre su padre, catedrático de persa como él.

Ningún lugar más idóneo para alojar a este autor asombroso al que se traduce por primera vez al español en este Aroma de alcanfor que edita Atalanta en su colección Ars brevis con una espléndida versión de Rocío Moriones Alonso.

Los siete relatos de Aroma de alcanfor reflejan el gusto de Masud por lo extraño y por lo oculto, la serenidad de una prosa precisa y una ilimitada capacidad para deslumbrar al lector con este libro prodigioso, un nuevo libro de las maravillas que llega de Oriente.

Del realismo de lo extraño ha hablado algún crítico a propósito de estos textos. Y esa es una de las claves de sus relatos, que como los de Poe, Kafka o Borges, admiraciones declaradas por Masud, introducen con naturalidad lo fantástico en lo cotidiano y desdibujan las fronteras entre la realidad y el sueño.

La otra clave no es temática, sino formal, y tiene tanta fuerza que no se pierde con la traducción: es la lección constante de sutileza, sugerencia y sensibilidad que dan estos criptogramas líricos, como los ha definido otro crítico.

Porque también lo secreto recorre estos siete relatos que se alimentan del material del sueño y lo proyectan en la realidad con la destilación lenta de una prosa y unas historias que en algún caso han requerido un año de elaboración y depuración de la materia narrativa y de la forma que la expresa.

Las narraciones de Masud, sostenidas por igual en la imaginación y en el estilo, están tan depuradas que prescinden de la concreción espacial o temporal y no se centran en el detalle, sino que buscan el centro, la esencia envolvente de unas narraciones que atrapan al lector.

Son historias abiertas, sin finales cerrados, en las que la infancia o la adolescencia que descubre el mundo, el misterio, lo lejano y la muerte se convierten en temas constantes.

Narrados desde la subjetividad insegura de la primera persona, son la antítesis del objetivismo. En estos relatos elusivos la evocación importa más que la narración de hechos, y más que el análisis de los personajes pesa la descripción de los objetos, que ocupan un papel central en ellos.

En las narraciones de Aroma de alcanfor lo importante no es el desenlace, sino el puro estar de la secuencia y su desarrollo dibuja el plano de un laberinto sin salida cuyo trazado esconde abundantes tesoros en sus calles sinuosas.

Son cuentos en los que lo importante es la atmósfera en la que penetra el lector: la desolación vacía del aroma de alcanfor o el pájaro hecho de esa misma materia volátil con la que están destilados estos magníficos relatos. Porque en ellos todo es frágil como la vida y leve como los sueños y en su interior conviven- como en las casas de Lo oculto- las zonas de temor y las de deseo.

Unos relatos escritos lentamente durante décadas con la materia impalpable y borrosa de los sueños. Un prodigio delicado y sostenido, una constante celebración de la literatura.

Santos Domínguez

06 febrero 2010

Un libro levemente odioso


Roque Dalton.
Un libro levemente odioso.
Prólogo de Antonio Orihuela.
Baile del Sol. Madrid, 2009.



¿Para que debe servir
la poesía revolucionaria?
¿Para hacer poetas
o para hacer la revolución?

Esa es una de las preguntas esenciales de este libro lleno de certezas y de dudas que se resuelven finalmente en sarcasmo, en ironía o en rabia indisimulada.

Un libro levemente odioso es un póstumo de Roque Dalton, que probablemente lo escribió a comienzos de los años 70. Cuando se publicó por primera vez en México, a finales de los ochenta, Elena Poniatowska escribió un prólogo en el que evocaba así a su autor, asesinado el 10 de mayo de 1975:

No, los vientos no huyeron de su asombro
y su cara.
Roque Dalton
asesinado a los cuarenta años
fue siempre,
hasta el último momento,
un sorprendido,
un cielo tomado por asalto,
una risa interrumpida.

Un póstumo que ha ido ganando actualidad a costa de una historia lamentable, que - a su pesar- ni lo ha enterrado por completo ni ha dejado envejecer versos como estos:

¿Qué es el asalto de un Banco
comparado con la fundación de un Banco?

Está en este libro, recuperado ahora por Baile del Sol en su Biblioteca Roque Dalton, el menos póstumo, el más actual de los libros del salvadoreño, que escribió proféticamente en sus páginas Prometo no llegar a viejo, encomendó sus versos a una cita de Nicanor Parra ( Me da sueño leer mis poesías/ y sin embargo fueron escritas con sangre), practicó la ironía en estas dos Actividades culturales de esta semana:

Conversatorio sobre
poesía conversacional.

Mesa redonda sobre
el círculo vicioso.

Fue combativo sin contemplaciones en MIS MILITARES III:

LOS H. P. (HIJOS PRÓDIGOS)

Los soldados ingleses mataron
chipriotas,
árabes,
tanganikenses,
georgianos,
persas,
hindúes,
pakistanos,
chinos,
turcos,
polinesios.

Los soldados ingleses hoy matan
irlandeses.

Así retorna el tigre al hogar,
a la cultura cristiana,
a la civilización occidental.

Así hermana el tigre a los hombres:
en la patria, en la cultura de la muerte.

Y reflexionó sobre la relación del poeta con la vida:

NO TE PONGAS BRAVO, POETA

La vida paga sus cuentas con tu sangre
y tú sigues creyendo que eres un ruiseñor.
Cógele el cuello de una vez, desnúdala,
túmbala y haz de ella tu pelea de fuego,
rellénale la tripa majestuosa, préñala,
ponla a parir cien años por el corazón.
Pero con lindo modo, hermano,
con un gesto propicio a la melancolía.


Está en este libro todo Dalton, en estado puro, quiero decir impuro:

Así en la iglesia como en Gólgota

Ganaron los ladrones:
dos a uno.

o

El talento es pura gana de molestar a los demás.

Santos Domínguez

05 febrero 2010

Edificio

Ana García Bergua.
Edificio.
Páginas de Espuma. Madrid, 2009.

En su imprescindible Cuentos y cuentistas. El canon del cuento, que publicó también Páginas de Espuma, señalaba Harold Bloom que los cuentos tienen la virtud de relacionarse entre ellos. A esa transitividad del relato, a ese diálogo de unos textos con otros responde la estructura de Edificio, un conjunto de quince cuentos de Ana García Bergua (México D. F., 1960) que se organizan alrededor de la alegoría del título para componer un espléndido edificio narrativo.

Un edificio habitado por variados personajes a los que la autora trata con la curiosidad de una vecina chismosa y la pericia de una narradora con talento que sabe que detrás de un contador de historias se esconde siempre un voyeur vocacional.

Y así, como un diablo cojuelo contemporáneo, la narradora levanta los tejados y atraviesa las paredes para entrar en las vidas que ocultan los distintos apartamentos del edificio en el que se ambientan los quince relatos. Quince apartamentos que son quince pequeños mundos en los que conviven lo patético y lo divertido, el absurdo y el humor negro, y lo insólito o lo inquietante incurren en lo cotidiano.

La utilización del edificio como eje de referencia permite que el narrador y el lector vayan ascendiendo desde la planta baja a la azotea, que los personajes se crucen en las zonas comunes y se conviertan en observadores de los demás y observados por ellos, en definitiva que unos cuentos se comuniquen con otros.

Imaginación, curiosidad y sátira se despliegan en el volumen para entrar, más que en el interior del edificio, en el interior de los personajes, en las vidas secretas de una viuda enamorada y un ingeniero celoso, un escritor tímido que atiende de forma rara a sus visitas, en las vidas dobles de un coleccionista de coches o de un bígamo.

Y cuando el lector quiere darse cuenta, se ha convertido en cómplice del narrador, en voyeur él mismo, en inquilino de este edificio de apartamentos, en un vecino más que por un rato comparte escaleras y secretos con los personajes de ficción.

Santos Domínguez

03 febrero 2010

A la intemperie. Exilio y cultura en España


Jordi Gracia.
A la intemperie.
Exilio y cultura en España
.
Anagrama. Barcelona, 2010.

En Argumentos, su colección de ensayo, Anagrama publica A la intemperie. Exilio y cultura en España, un estudio de Jordi Gracia sobre los exiliados españoles tras la guerra civil y sus relaciones con la España del interior.

Su propósito lo explica Gracia en el Prólogo para una insatisfacción:

El origen de este libro no está en una reacción emocional, sino en una insatisfacción. Es concreta pero es más difusa de lo que me gustaría reconocer. Intenta vencer la ferocidad que transmite esa ruta de la derrota, e intenta explicarse desde ese punto la evolución de la derrota en el exilio sin separarla de su única alternativa: la derrota vivida en el interior.

Esa evolución fue desde la ilusión efímera de una tregua que forjaron quienes se quedaron en un exilio interior - nombres como Dámaso Alonso, Vicente Aleixandre o Rafael Lapesa, que tuvieron que esgrimir coartadas para explicar su permanencia en la España franquista-, hasta la postura de quienes decidieron convertir el exilio en un destino asumido para siempre – Juan Ramón Jiménez, Salinas, José Gaos, Casals, Gaya o Buñuel- pasando por los que volvieron pronto, como Ortega, que representó para los exiliados la imagen de la deserción.

Y es que el exilio y la posguerra fueron un laboratorio ético que puso a prueba a los intelectuales de dentro y de fuera. El momento decisivo del exilio ocurre entre 1946 y 1948. A partir de entonces quedaría claro que el franquismo no iba a ser un paréntesis transitorio, sino un régimen duradero. Los exiliados asumen entonces su condición de exiliados y admiten la posibilidad de que la continuidad con la cultura española no la tenían en exclusiva los desterrados.

Fue una evolución convergente del mundo del exilio y de la España del interior, una evolución en la que se vieron implicadas varias generaciones de escritores: el novecentismo, el veintisiete, la primera generación de la posguerra y el grupo del medio siglo para ir tendiendo puentes que desde ambas orillas conectarían la cultura del exilio con la del interior.

A través del intercambio epistolar y de la publicación en editoriales españolas y en revistas como Ínsula, Cuadernos Hispanoamericanos o Papeles de Son Armadans, Ramón J. Sender, María Zambrano, Francisco Ayala, Max Aub, Rosa Chacel o Bergamín fueron restableciendo los nexos con la vida cultural del interior.

Tras el franquismo, no fue fácil la reincorporación de aquellos exiliados a la nueva España democrática. Su integración en esa democracia caníbal de la que habla Jordi Gracia en el último capítulo del libro tuvo la forma de una curiosidad anacrónica.

Por eso, Jordi Gracia hace en las últimas páginas de su ensayo una elegía de la invisibilidad social y cultural de los derrotados, reivindicados por la memoria histórica desde finales de los noventa en novelas como Soldados de Salamina, Los girasoles ciegos, La voz dormida o Enterrar a los muertos y películas como La lengua de las mariposas o El laberinto del fauno.

Suscitará más de una controversia por su benevolencia o su comprensión con las actitudes colaboracionistas de un buen número de intelectuales, pero este ensayo de Jordi Gracia tiene una virtud fundamental: completa un panorama del exilio y la posguerra desde una perspectiva inusual y por eso mismo enriquecedora.

Santos Domínguez

01 febrero 2010

Rafael Alberti. Prosa II. Memorias


Rafael Alberti.
Obras completas.
Prosa II. Memorias.
Edición de Robert Marrast.
Seix Barral. Barcelona, 2010.

Cuando en 2002 se cumplió el centenario del nacimiento de Rafael Alberti, Seix Barral y la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales se unieron para publicar sus Obras Completas con la totalidad de la poesía, la prosa y el teatro de Alberti en ocho volúmenes coordinados por varios especialistas.

El proyecto editorial lo dirige Pere Gimferrer, que ha implicado a diferentes especialistas en la realización de cada uno de los ocho tomos. El objetivo fundamental es no sólo reunir en una edición fiable los textos de Alberti, sino ofrecerlos al lector para una lectura limpia, según el modelo de la Bibliothèque de la Pléiade, con las notas, las variantes y los comentarios no a pie de página, sino al final del volumen.

Acaba de publicarse la que hasta ahora es la última entrega: un amplio volumen que recoge la prosa memorialística del poeta. El volumen, preparado por Robert Marrast, ofrece la edición definitiva de los cinco libros de La arboleda perdida, que se agruparon en tres volúmenes. A ese material se añaden los capítulos que habían ido apareciendo en El País y que finalmente no incorporó al quinto libro, y las Visitas a Picasso, que llevaban como subtítulo Notas para La arboleda perdida y que forman parte del libro Canciones del Alto Valle del Aniene y otros versos y prosas.

La serie memorialística de La arboleda perdida, que abarca en tiempo narrado o evocado desde 1902 hasta 1996, la empezó a escribir Alberti a finales de 1938 o comienzos del 39, poco antes de que terminara la guerra civil. Empezó pronto, pero el proceso de publicación fue muy lento: más de cincuenta y cinco años separan la primera edición de 1942 de la definitiva de 1997.

Y desde el principio llama la atención en la serie la superposición de tiempos, el pasado evocado desde un presente que aparece como contrapunto interpretativo, y la convivencia de dos pasados, uno remoto y otro próximo, lo que da lugar a una constante mezcla de épocas y enfoques. Si a eso unimos el origen de estos capítulos en los artículos que Alberti publicaba en el Corriere della Sera y luego en El País, es inevitable el desorden cronológico, o mejor, la renuncia a la cronología a partir del tercer libro de La arboleda perdida.

Un libro de memorias, por cierto, polémico e inusual en el grupo del 27. Sólo Rosa Chacel en Alcancía o Vida en claro de Moreno Villa, que no es exactamente un autor de ese grupo, tienen un propósito parecido.

Posiblemente sea este el volumen más problemático de los ocho del proyecto, porque La arboleda perdida sufrió una serie de avatares y de polémicas que culminaron en la rara desaparición de las alusiones a María Teresa León, a su hija Aitana, a su sobrina Teresa o a amigos como García Montero. Sobre ese asunto tan vidrioso escribió Mario Muchnick en Lo peor no son los autores.

En todo caso se trata de una controversia que Marrast ha evitado en su prólogo - De La arboleda perdida a Las arboledas perdidas: Historial y metamorfosis de un libro de memorias – pero cuyo alcance puede comprobar el lector curioso en las variantes que se recogen en las notas finales. Posiblemente era la decisión más sabia, asumir la versión definitiva firmada por Alberti e incorporar en las notas los pasajes eliminados.

Además de su valor memoriográfico, además de su contundencia testimonial sobre el grupo del Veintisiete y la experiencia del exilio y el retorno, La arboleda perdida mantiene vínculos constantes con la poesía de Alberti y la ilumina: Marinero en tierra, La amante, Sobre los ángeles, Entre el clavel y la espada o Retornos de lo vivo lejano no pueden entenderse de forma cabal sin tener en cuenta las precisiones y las referencias biográficas, literarias o ideológicas que sobre el origen o el sentido de esas obras contienen estas páginas. Páginas en las que, pese a algún desfallecimiento que otro, suele brillar la buena prosa de Alberti.

Completa el volumen un amplio apéndice que recoge, entre otros documentos, los de su peripecia de refugiado en Francia, los expedientes de la censura en 1968 y 1975 y cuatro textos inéditos: tres poemas rescatados y la traducción en verso de un acto del Britannicus de Racine.

Santos Domínguez