07 diciembre 2009

El azul del infierno



Carlos Barral.
El azul del infierno.
Seix Barral Únicos. Barcelona, 2009.

Hace ahora veinte años, en noviembre de 1989, Carlos Barral empezó a escribir una novela corta, El azul del infierno, que tomaba como referente un cuadro de Patinir, El paso de la laguna Estigia. De hecho el primer título que reflejan sus anotaciones era La barca de Caronte.

Sólo un mes después, el 12 de diciembre, murió y dejó este texto sin terminar. Ahora lo recupera Seix Barral, en edición limitada y en su colección Únicos con unas palabras preliminares de Mario Vargas Llosa. Además de los tres capítulos que dejó escritos, el volumen contiene las anotaciones del diario que desde el 3 de noviembre hacen referencia al proceso de composición de la obra y un facsímil de esas notas y dibujos para El azul del infierno. En la última página, dos dibujos fechados el 5 de diciembre.

Entre el Museo del Prado y Cambrils, una novela corta que trenza una historia doble y hace una visita al país de los muertos con el contrapunto visual de la pintura inquietante de Patinir.

Cierra la cuidadísima edición un epílogo de Malcolm Otero Barral, que recuerda que cuando murió Carlos Barral, se le puso una moneda en la boca para pagar la travesía a Caronte, el barquero del cuadro.


Santos Domínguez

04 diciembre 2009

Luis de Góngora. Antología poética


Luis de Góngora.
Antología poética.
Edición de Antonio Carreira.
Clásicos y modernos. Crítica. Barcelona, 2009.

En Clásicos y modernos, una colección que aspira a llegar a un público amplio con ediciones rigurosas y accesibles, Crítica publica una Antología poética de Góngora preparada por Antonio Carreira, prestigioso gongorista además de destacado experto en la poesía barroca.

Abre el volumen un excelente prólogo, escueto y profundo, en el que el antólogo fija las claves de la poesía gongorina, su importancia y su riqueza de matices, y aborda la mala suerte póstuma de Góngora después de haber sido exaltado como el Homero español en un contexto cultural que relegaba a la escritura poética a la precariedad circulatoria y al solipsismo.

Desde sus primeros textos, con menos de veinte años, conviven en Góngora lo culto y lo popular, la herencia de Garcilaso y Herrera y la de la poesía tradicional. Conservador en la métrica y arriesgado en la sintaxis y el léxico, Góngora fue – como recuerda Carreira- el único poeta clásico consciente de la importancia de la cronología en la creación poética. Por eso se reunió con Chacón para revisar el manuscrito con los tres tomos de su poesía y para fijar con asombrosa precisión las fechas y las circunstancias en las que surgen sus textos.

Y también por eso, la Antología que ha preparado Antonio Carreira ofrece una organización cronológica, no genérica, lo que permite seguir el proceso de conformación de su voz poética desde sus inicios hasta la configuración progresiva de una de las voces más inconfundibles y determinantes de la poesía hispánica.

Desde los textos juveniles hasta los destellos finales de creatividad en unos poemas azuzados por el desengaño o la melancolía; desde la mímesis italianista a la construcción de un estilo personal en el que conviven lo fúnebre y lo burlesco, lo áulico y lo grosero, el volumen recoge doscientos textos que dan una ofrecen una panorámica muy representativa y legible idea global del universo poético de Góngora.

Poemas sueltos (letrillas y romances, sonetos y tercetos encadenados) y poemas mayores como el Polifemo, las Soledades y la Fábula de Píramo y Tisbe, una obra de madurez y síntesis en la que se integran las dualidades y coexisten la métrica tradicional del romance con el léxico latinizante o el mito con el vulgarismo en un desgarro característico de la actitud barroca ante la realidad y la literatura.

Esta Antología poética propone un orden cronológico y tres planos de acercamiento a cada poema: el texto, una breve explicación global que ilumina su sentido y las notas con aclaraciones léxicas o estilísticas.

Un índice de notas y otro de primeros versos facilitan la consulta rápida y el acceso a los textos de la antología y a las referencias léxicas, mitológicas o de personas.


Santos Domínguez


02 diciembre 2009

Cézanne. Lo que vi y lo que me dijo


Joaquim Gasquet.
Cézanne.
Lo que vi y lo que me dijo.

Traducción de Carlos Manzano.
Pequeña Biblioteca Gadir. Madrid, 2009.

Pocas veces se tiene la posibilidad de leer de primera mano lo que piensa un artista sobre su pintura y sobre su relación con la realidad. Si además esas reflexiones tienen como interlocutor privilegiado a un poeta como Joaquim Gasquet, se entenderá que Cézanne. Lo que vi y lo que me dijo sea un clásico de la teoría y la historia de la pintura.

Se publicó en 1921, el año en que murió Gasquet, que sobrevivió quince años a Cézanne, y está organizado en dos partes. En la primera -Lo que sé o vi de su vida- el poeta amigo del pintor evoca la vida del artista a través de informaciones ajenas y de su propia experiencia. No es estrictamente una biografía, sino algo más sutil y más profundo: una incursión en las claves vitales y estéticas del pintor que osciló entre el arrebato y el desaliento.

Su juventud, el monte Victoire en la Provenza como una referencia constante en sus cuadros y en su vida, desde su nacimiento hasta su muerte; el París en el que se sucedieron fervores y abatimientos; su relación problemática con Zola, que lo convirtió en protagonista de La obra; la vejez prematura y enfermiza en que lo conoció Gasquet; la evocación de su muerte son los momentos centrales de la primera parte del libro.

Lo que me dijo, la segunda parte, es una transcripción libre y detallada de las frecuentes conversaciones que Cézanne mantuvo con Gasquet, un diálogo sobre la experiencia artística, la pintura y los maestros, el color o las líneas.

Una verdadera joya que publica Gadir en su colección de bolsillo, un libro irrepetible que está a medio camino entre la biografía, el libro de conversaciones y el tratado artístico, con reflexiones como esta:

Los colores suben de las raíces del mundo.

Santos Domínguez

30 noviembre 2009

El tambor de hojalata


Günter Grass.
El tambor de hojalata.
Traducción de Miguel Sáenz.
Alfaguara. Madrid, 2009.

Lo reconozco: estoy internado en un establecimiento psiquiátrico y mi enfermero me observa, casi no me quita el ojo de encima; porque en la puerta hay una mirilla, y el ojo de mi enfermero es de ese color castaño que a mí, que soy de ojos azules, no es capaz de calarme.

Con ese párrafo comienza El tambor de hojalata en la nueva traducción que ha editado Alfaguara para celebrar el medio siglo de esta novela memorable. La traducción es de un especialista en Grass, Miguel Sáenz, que ha escrito también un breve epílogo en el que homenajea al traductor de la edición anterior, Carlos Gerhard, un español exiliado en México.

En ese epílogo explica también Miguel Sáenz las razones de esta nueva versión: hacia 2005, comenzó a sentirse en distintos países la necesidad de acometer nuevas traducciones de El tambor de hojalata: Francia, Finlandia, Italia, Portugal, el ámbito anglosajón... y también España. Por ello Günter Grass convocó, en Danzig, una reunión con sus traductores, como suele hacer cada vez que escribe un nuevo libro. Entre esos traductores los había de la vieja guardia, que habían asistido a esas reuniones desde la primera que tuvo lugar con motivo de la publicación de El rodaballo en 1978, pero también traductores nuevos. Y la idea de Grass era, no sólo hablar de El tambor con sus traductores, sino también mostrarles los lugares de Danzig, su ciudad natal, en la que transcurre gran parte de la acción.

Junto con El gato y el ratón (1961) y Años de perro (1963), El tambor de hojalata forma la Trilogía de Danzig y probablemente es para la literatura alemana de la segunda mitad del XX lo que fue La montaña mágica en la primera mitad.

El tambor de hojalata funde presente y pasado, narración y reflexión, realismo y fantasía, primera y tercera personas, en una novela autobiográfica escrita desde una perspectiva inédita: la del narrador-protagonista Oskar Matzerath, que escribe desde un hospital siquiátrico que es una alegoría del mundo:

Bruno Münsterberg —me refiero a mi enfermero, renuncio al juego de palabras— ha comprado por mi cuenta quinientas hojas de papel de escribir. Si la provisión no bastara, Bruno, que es soltero y sin hijos y procede del Sauerland, volvería a la pequeña papelería, que también vende juguetes, para proporcionarme el espacio no pautado que necesita mi capacidad de recordar, la cual espero que sea exacta. Nunca hubiera podido pedir ese favor a mis visitantes, por ejemplo al abogado o a Klepp. Sin duda, su afecto obligado y solícito hacia mí habría impedido a esos amigos traerme algo tan peligroso como papel blanco y ponerlo a la libre disposición de esta mente mía que segrega sílabas sin cesar.

A partir de ese momento, Oskar se remonta a la tarde en que su madre es engendrada bajo las faldas de su abuela, a su propio nacimiento y a la promesa materna de que a los tres años tendrá un tambor de hojalata.

Ese mismo día, a la vez que recibe el regalo, decide dejar de crecer. Y desde su ángulo inusual, lúcido y distanciado, evoca el pasado con un tambor de hojalata que vuelve a redoblar para contar en tres libros y cuarenta y cinco capítulos la posguerra, la culpa, la memoria, el terror, la locura en unas páginas por las que no ha pasado el tiempo y que, por el contrario, cobran nueve vida en esta traducción de Miguel Sáenz.

Porque esa es una de las virtudes que caracterizan a los clásicos, que están por encima del tiempo, nada mejor que comprobar que esta novela, la primera de Günter Grass, sigue siendo una obra tan viva como en aquel 1959 en que Hans Magnus Enzensberger la recomendaba en estos términos: Hay que leer la primera novela de un autor llamado Günter Grass que producirá gritos de alegría y de indignación.

Santos Domínguez

27 noviembre 2009

Wislawa Szymborska. Aquí


Wislawa Szymborska.
Aquí.
Traducción de Gerardo Beltrán
y Abel A. Murcia Soriano.
Bartelby. Madrid, 2009.


Vermeer

Mientras esa mujer del Rijksmuseum

con esa calma y concentración pintadas
siga vertiendo día tras día
la leche de la jarra al cuenco

no merecerá el Mundo
el fin del mundo.


Es el penúltimo poema de Aquí, de Wislawa Szymborska (Polonia, 1923). Conocida en España después de obtener el Nobel, su poesía interrogativa es una reflexión sobre el hombre y su lugar en el mundo, en la naturaleza o en el tiempo. Y sobre todo, es la expresión del asombro ante la realidad, una afirmación de la existencia, como en ese poema.

Aquí es, desde su escueto y significativo título, una composición de lugar escrita en el tono bajo que caracteriza a los poetas polacos que desde la segunda mitad del siglo XX renuncian al énfasis y aspiran a la poesía de precisión.

La expresión directa y el tono coloquial son compatibles en esta poesía con la profundidad reflexiva acerca de la condición humana y con una honda conciencia existencial:

En mi poesía busco ese efecto que en pintura se llama claroscuro – explicaba Wislawa Szymborska en 1975-. Quisiera que en mis poemas se encontraran e incluso se fundieran cosas magníficas y triviales, tristes y cómicas.

La coexistencia en este libro y en toda su obra de la reflexión y la sorpresa, del asombro y el desengaño -en Metafísica-, de la ironía y la seriedad -en el espléndido Idea-, de la memoria y el presente -en Adolescente o en Mi difícil vida con la memoria- constituye una de las claves de su poesía, una sucesión de preguntas hechas desde la conciencia del no saber que caracteriza al poeta.

Por eso, en Wislawa Szymborska cada poema es una respuesta provisional e insuficiente acerca del mundo, el tiempo y el espacio, la memoria y la poesía. Sucesión de preguntas y respuestas –como en Retrato de memoria- en las que la naturalidad y el tono menor construyen un libro en el que conviven como motivos poéticos las rocas y los seres microscópicos, un divorcio o la identificación de un cadáver, Ella Fitzgerald en el cielo y Julius Slowacki en una diligencia, la metafísica y los fideos con tocino.

El libro se publicó en Polonia en enero y ahora lo presenta en España Bartleby en edición bilingüe con traducción de Gerardo Beltrán y Abel A. Murcia Soriano, dos traductores que a esa condición unen la de ser poetas y acreditados conocedores de la obra de Wislawa Szymborska. Con ese bagaje resuelven con brillantez la difícil tarea de traducir la tonalidad coloquial de estos poemas, su ritmo interior, la mirada irrepetible de una autora que habla para la gente.


Santos Domínguez

25 noviembre 2009

La previa muerte del lugarteniente Aloof


Álvaro Pombo.
La previa muerte
del lugarteniente Aloof.

Anagrama. Barcelona, 2009.

Yo mismo tengo un poco -yo supongo- un aire trasnochado de rabino. Por eso llevo un gorro de lana que, al ocultar mi calva, mejora mi perfil, tan judaizante. Me miro de reojo en el espejo del aparador de las botellas y parezco lo que soy: un catedrático abolido de narratología que rehúsa tomar patatas fritas y bebe un Jack Daniel's tras otro hasta llegar a tres.

Tras la descripción de ese profesor universitario jubilado está el indisimulado autorretrato de un Álvaro Pombo en plenitud creadora, rejuvenecido literariamente y dispuesto a asumir el reto de reinventarse como narrador y de dar un giro a su trayectoria literaria.

La previa muerte del lugarteniente Aloof, que publica Anagrama, es un arriesgado y brillante salto en el vacío, un cambio en las reglas de juego de su literatura. Juego, literatura, reflexión técnica y aventura se funden en esta novela de sorprendente fuerza estilística, en una demostración de lucidez literaria, conciencia narrativa y seguridad creativa.

Los viejos deberían ser exploradores, dejó escrito T. S. Eliot en uno de sus Cuatro cuartetos, East Coker. Y esa frase, que Álvaro Pombo ha tenido muy presente en la escritura de este libro, parece estar en la base del ímpetu explorador que evidencia esta novela.

El hallazgo de un manuscrito que contiene en dos cuadernos de cien páginas las memorias en forma de diario del lugarteniente Aloof es la excusa para construir un texto en el que conviven la acción en estado puro y la reflexión filosófica en torno a ella.

Un narratólogo emérito analiza la esencia de la aventura en una indagación que comparte con Lord Redkins, un aventurero reflexivo, y con el elusivo lugarteniente, y es en el fondo una búsqueda de la identidad, una manera de compartir la previa muerte del lugarteniente y la del profesor jubilado.

El protagonista sin nombre, cuyo mote "Aloof" alude al distanciamiento de su carácter indiferente, narra, recuerda e inventa y el narratólogo en el que se desdobla Pombo reflexiona en un ejercicio metaliterario sobre las aventuras concretas, sobre sus aspectos narrativos para acabar poniendo en cuestión el concepto mismo de la aventura y el destino de los héroes, que han ido a refugiarse no al callejón del Gato, sino a las oficinas del Ministerio de Defensa.

Esa alternancia de fragmentos del diario y de reflexiones del profesor va construyendo una novela que es también una aguda interpretación del tiempo y sus efectos. Una novela de inusual energía estilística, en la que se unen la acción y la meditación, el lenguaje de la aventura y el de la poesía, porque cuando ya no hay aventuras, nada deja nunca de ser interior.


Santos Domínguez

23 noviembre 2009

Tres vidas de santos


Eduardo Mendoza.
Tres vidas de santos.
Seix Barral. Barcelona, 2009.

Diferentes en técnicas y en estilo, distantes en fecha de composición, diversos en extensión y en propósitos, los tres relatos que Eduardo Mendoza reúne en Tres vidas de santos están atravesados por una línea que los unifica metafóricamente en el título.

La ballena, El final de Dubslav y El malentendido, que publica Seix Barral, están protagonizados por personajes que no son santos ni mártires canónicos:

Mis personajes no son tipos con aureola -escribe Eduardo Mendoza en el prólogo-. Son un poco singulares, llevan una vida absurda, siempre antiépica. Para entendernos, lo contrario de Napoleón, pero igualmente insólitos.

Ni ejemplares ni influyentes, estos santos falsos que habitan en el error y en los márgenes de la sociedad y renuncian al mundo, pertenecen a la misma estirpe que Don Quijote, Hamlet, el capitán Ahab o Raskolnikov. Aunque carecen de su grandeza, son sus herederos venidos a menos, visionarios y buscadores de lo absoluto que –definitivamente alejados de la realidad- transitan por las zonas más oscuras del espíritu, como señala Eduardo Mendoza en el breve, irónico y brillante texto de presentación sobre estos tres textos con finales abiertos porque el narrador está convencido de que el centro de gravedad del relato está en la mitad.

Más cerca de la novela corta que del cuento, y no sólo por su extensión, sino por su ritmo narrativo, por el tratamiento del tiempo y el espacio o por la profundidad de los personajes, La ballena es el más extenso y seguramente el mejor de los tres textos. Lo escribió su autor hace más de treinta años, en la misma época en que iniciaba su actividad literaria con La verdad sobre el caso Savolta.

Ambientada en la Barcelona del Congreso Eucarístico de 1952, empieza así:

-Pero, bueno, ¿se puede saber cuándo llega el obispo Cachimba?, dijo el tío Víctor. La tía Conchita lo fulminó con la mirada y le dijo que hiciera el favor, si no sentía el menor respeto por la religión, de tener por lo menos consideración hacia la sensibilidad de los creyentes.

La mirada infantil del narrador relata la peripecia barcelonesa de Monseñor Putucás, un obispo centroamericano al que una asonada militar le obliga a permanecer en España. Degradado sucesivamente a Obispo Cachimba, indio de mierda, Don Fulgencio y Fulgencio a secas, poco a poco se convierte en un huésped molesto, en un parásito servicial rebajado a la condición de fámulo aletargado y vegetativo.

De ser un motivo de orgullo para la familia que lo acoge, pasa a convertirse en un esperpéntico Cochise borracho, compañero de dispsomanías del padre del narrador.

Varado como el cetáceo que se exhibió por entonces en el puerto de Barcelona, a donde acudía obsesivamente el obispo para contemplar la putrefacción de la ballena que –como el propio obispo exiliado- fuera de su elemento, queda expuesta al escarnio público por un puñado de plata, lo último que anotó en un cuaderno antes de desaparecer fueron estas líneas:

Moby Dick, la ballena gigante, estuvo en Barcelona para confusión de malos y edificación de buenos y anteayer se fue pal carajo, y yo con ella.

Muy distinto en tono y en técnica, El final de Dubslav se centra en el alucinado personaje del título, un Dubslav que recibe en un solo telegrama dos noticias contradictorias: la muerte repentina de su madre, una científica española de prestigio a la que le acaban de conceder el Premio Europeo a la Realización Científica. Hijo de madre soltera y de un cirujano yugoslavo, Dubslav había llegado a un poblado de África desde un hospital de Gerona, donde ingresó cadáver, víctima de un colapso. Y desde el poblado africano, que había visto el día antes en un documental de televisión, viaja a Bruselas para recoger el premio en nombre de su madre. Una alucinación que ha despistado a algún crítico y que termina mientras lee el discurso de recepción.

El malentendido, el relato más reciente y quizá el menos conseguido, está protagonizado por Antolín Cabrales Pellejero, alias Poca Chicha, hijo de una familia desestructurada. Un paria ignorante que ingresa a los veintiún años en prisión. Allí se matricula en el cursillo de análisis literario para reclusos que imparte Inés Fornillos, de visión imprecisa y juicio magnánimo. Con su criterio adánico, desnudo de prejuicios, el presidiario se convierte en un lector lúcido, pero sobre todo en portavoz de la libertad de juicio crítico del propio Mendoza. Y así, inesperadamente en quien no leía ni prensa deportiva, El siglo de las luces está de puta madre; Rayuela -frente al criterio de la profesora, que la considera una novela genial- es un libro ingenioso pero no me convence, una fanfarronada o Henry James no es un peñazo, sino un escritor de buten.

Salvando inverosimilitudes como las matizaciones espontáneas en torno al ingenio y lo convincente, la utilización del término parámetros por el recluso Poca Chicha o su gusto por las novelas de Proust o El hombre sin atributos, la ácida crítica cultural de Mendoza convierte a Cabrales en Martín J. Fromentín, un novelista de éxito, en todo un clásico.

Y además en una excusa para criticar al crítico en la carta que el exrecluso dirige a su antigua profesora. Allí le expone su revelación en torno a lo que es la literatura :

No lo que usted decía, no un vehículo para contar historias, para expresar sentimientos o para transmitir emociones, sino una forma. Forma y nada más.

En el fondo, no más que la declaración de un ingenuo que cree haber descubierto el Mediterráneo con esa obviedad.

Santos Domínguez