14 abril 2008

Ganas de hablar


Eduardo Mendicutti.
Ganas de hablar.
Tusquets. Barcelona, 2008.

En La Algaida, el pueblo gaditano de solera señorial tras el que apenas se disimula el Sanlúcar de Barrameda de la juventud del autor, el lugar en que se ambientaba El palomo cojo, Eduardo Mendicutti sitúa su última novela, Ganas de hablar, que publica Tusquets.

Cigala, el protagonista-narrador, es un mariquita de pueblo que a sus 76 años construye un vivísimo monólogo interior, una serie de soliloquios en los que habla incesantemente: con su hermana Antonia, su interlocutora imposible, inválida y senil; con la Fallon, el travesti que la cuida; con Pelayo, un cura moderno y tolerante; con el niño de la Batea, y sobre todo consigo mismo y con su pasado. El lenguaje se convierte de esa manera en un instrumento de supervivencia, en un refugio y en un ajuste de cuentas con el pasado y la realidad, con las persistencias de la agresividad homófoba, con la corrupción urbanística, con los inmigrantes y las pateras.

El factor desencadenante de esos monólogos es que el ayuntamiento de La Algaida quiere dar el nombre de Cigala, que lleva sesenta años años haciendo la manicura a lo mejor de la ciudad, a una calle. Rompiendo todo protocolo, le permiten elegir calle y Cigala se pide la calle Silencio:

Yo sé lo que quiero decir, no es lo mismo rajar un poco sin ton ni son, rajar porque a veces no hay otra manera de seguir adelante, de mantener el tipo, una cosa es eso y otra, hablar de verdad. Por eso he pedido la calle Silencio, ¿sabes? Por eso se me ha puesto en el pestiño que me la den, aunque Purita Mansero entre en alferecía crónica. Por eso. Para llenarla ahora de todo lo que no me han dejado decir, o de todo lo que no me he dado maña para decir. Por eso la elegí.

Esa es la raíz del escándalo, porque es la calle por la que procesiona los Miércoles Santos la Cofradía del Cristo del Silencio. El mariquita extrovertido y lenguaraz quiere ser una alternativa al silencio y a muchos años de disimulos y ocultaciones y se convierte en portavoz de otras víctimas de la historia que también han tenido que callar. Con su voz se expresan otras víctimas de un silencio impuesto que los condena a la marginalidad. De esa manera, Cigala hace en sus soliloquios una denuncia de la hipocresía y el clasismo de una sociedad en la que siempre ha habido homosexuales como él, aunque disfrazados de machirulos de catálogo, de señores de misa diaria, de eminencias reverendísimas, de respetadísimos padres de familia numerosa.

Ganas de hablar tiene en La vida perra de Juanita Narboni, de Ángel Vázquez, y en Legionaria y Las mil noches de Hortensia Romero, de Fernando Quiñones, dos modelos de novelas levantadas sobre monólogos de nivel coloquial. Como en esas referencias magistrales, aquí también la palabra acaba convirtiéndose en protagonista de la novela y en el principal soporte de la historia.

La novela avanza con la fluidez de la lengua conversacional, captada por el buen oído de un Mendicutti que, como esos referentes cercanos que acabo de citar, reivindica la dignidad literaria y la expresividad del andaluz del coloquio, tan real y vivo como diferente del andaluz impostado y falso de los Quintero o de Pemán.

Como Juanita Narboni, como Hortensia Romero, el personaje es su estilo, está hecho de dentro hacia fuera como una creación que se individualiza y se perfila en su manera de vivir en el lenguaje, en la conversación o en el monólogo.

Eduardo Mendicutti reúne como en otras novelas suyas, humor y hondura, tragedia y comedia en el protagonista que practica en su hablar incesante una variante del silencio, otra forma más de esconder la realidad detrás de las palabras, hablando como una muda, como se ve a veces el propio Cigala:

Miles de veces, cuando me lío como ahora a hablar para mis adentros, se me ocurre que a lo mejor, de verdad, me he pasado la vida hablando como una muda, y yo me entiendo.

Con esa coexistencia de lo cómico y lo trágico, del calvario y la pascua florida, la novela se va ensombreciendo a medida que avanza. Y entonces se entiende que el título, Ganas de hablar, es además de un desquite, un desahogo contra ese silencio que se come el aire y sabe a sangre.

Pero es una expansión amarga, el monólogo de un ser solo, un soliloquio que no tiene repercusiones en la realidad y se reduce a esos desahogos verbales que son sólo eso: las ganas de hablar de Cigala, con las que Eduardo Mendicutti ha construido una de sus mejores novelas.

Santos Domínguez

12 abril 2008

Pulir huesos


Pulir huesos.
Veintitrés poetas latinoamericanos.

(1950-1965)
Selección y prólogo de Eduardo Milán.
Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2007.


1950 es un año clave en la poesía latinoamericana. En esa fecha, la publicación de los Poemas y antipoemas de Nicanor Parra marca una línea de separación, un antes y un después en su desarrollo. La segunda mitad del siglo XX está marcada en ese continente poético por la influencia transgresora de la antipoesía y el concretismo.

En Pulir huesos, la amplia antología que publica Galaxia Gutenberg/ Círculo de Lectores, el poeta y crítico uruguayo Eduardo Milán ha hecho una selección de veintitrés poetas latinoamericanos nacidos entre 1950 y 1965. Una selección que huye por igual de las simplificaciones reduccionistas y de los prejuicios sectarios y hace una propuesta personal que refleja la diversidad de tendencias estilísticas, la poesía radical en su ímpetu visionario o en la fuerza de su materia coloquial que estos autores empezaron a publicar a finales de los 70.

Tarea arriesgada y compleja porque explora un territorio literario muy extenso y heterogéneo, en el que hay dos rasgos unitarios: el criterio cronológico y la pertenencia a una tradición común fundada por Darío, una tradición que se decanta en las vanguardias con Vallejo, Huidobro, Neruda y Lezama para ascender a esas dos cimas que se llaman Nicanor Parra y Octavio Paz, de quien toma título esta antología ( Hablar/mientras otros trabajan/es pulir huesos).

Eduardo Milán ha recogido un muestrario poético de autores latinoamericanos unidos por la calidad con la que resuelven el conflicto radical entre lenguaje y mundo. Una radicalidad que afecta a la forma y al fondo, que además de estética es ética, porque como explicó Wittgenstein lo ético es arremeter contra los límites del lenguaje.

El prólogo que ha escrito para Pulir huesos va más allá de la presentación de los autores o la justificación del seleccionador. Es la declaración explícita de una apuesta por la variación, la introducción a una summa de textos que completan un mapa poético o el verdadero rostro de la poesía latinoamericana actual, con nombres y libros poco conocidos en España, pero que en todo caso reflejan un cambio de modelos y referencias literarias.

Lo ha explicado el propio Eduardo Milán:

Si uno se atreve a mirar el denso, tupido, no tan simpático rostro real de América Latina, puede encontrar –creciente, no precisamente intacto, tocado, para ser preciso– su rostro poético. De ese desafío, un botón de muestra, amplia y a la vez (dis)cernida, de su veracidad.

Ese rostro veraz une en una imagen compleja del presente talento y novedad, variedad técnica y temática, barroquismo y vanguardia, meditación y coloquio, ambición cosmológica y combatividad política.

La poesía fuera de lugar y del tiempo de Paulo de Jolly, el coloquialismo estricto de Roberto Appratto, Mario Arteca y Fabián Casas, la meditación visionaria de Jorge Fernández Granados, la resonancia de la vanguardia en Enrique Bacci y Hebert Benítez Pezzolano, la épica crítica de Diego Maquieira, las emergencias de lo órfico en Roger Santiváñez, la mezcla de delirio y realidad en Maurizio Medo, lo neobarroco en Laura Solórzano, el accionar poético de la lectura en la escritura de Reynaldo Jiménez, la insularidad de la poesía de Rolando Sánchez Mejías, la aventura exploratoria de la palabra en Mario Montalbetti o la vocación contemplativa de Magdalena Chocano, la batalla por la forma en Julio Eutiquio Sarabia que es construcción barroca en Roberto Rico, el dolorido sentir cósmico y temporal de Josu Landa, el encuentro de la intimidad y el mundo exterior en Edgardo Dobry, la experiencia doble de vida y lectura en Tedi López Mills, Silvia Eugenia Castillero y su exploración de los límites, la conversación transcendente y el tono religioso de Francisco Magaña, la poesía como alternativa al caos en Eduardo Hurtado...

Todo eso cabe en esta magnífica antología, generosa en páginas y abierta a la convivencia de distintas direcciones poéticas que dan cuenta de la vitalidad literaria de Latinoamérica.


Santos Domínguez

11 abril 2008

El infinito viajar


Claudio Magris.
El infinito viajar.
Traducción de Pilar García Colmenarejo.
Anagrama. Barcelona, 2008.


Veinte años después de que se publicara la traducción española de El Danubio, Claudio Magris reúne en El infinito viajar casi cuarenta crónicas de viaje que publicó en el Corriere della Sera entre 1981 y 2004.

Organizadas en libro según un criterio espacial y no cronológico, las edita Anagrama con traducción de Pilar García Colmenarejo y precedidas de un prefacio de 2005 en el que Magris elabora un lúcido ensayo sobre la materia y la forma de la literatura viajera, una teoría del viaje como forma de aprender a no ser nadie.

Y de la misma manera que el viaje es una travesía de fronteras físicas, políticas o culturales, el texto que refleja esa experiencia itinerante disuelve otras fronteras: las que separan los géneros literarios, de manera que relato, ensayo y libro de viajes se funden en una nueva forma mestiza en la que se suceden la descripción del itinerario y la reflexión moral, la digresión, la parada o el desvío que busca el centro del viajero.

Un viajero que huye en un infinito viajar hacia adelante. Y es que Magris contrapone el viaje clásico y circular de los héroes homéricos o de Don Quijote, que tienen como meta el regreso, al viaje nietzscheano, rectilíneo y siempre hacia adelante, como el viaje infinito de los personajes de Musil, un camino sin retorno hacia el descubrimiento de que no hay, no puede ni debe haber un retorno. Un antiguo viajero árabe, Abul Qasim, lo dejó escrito hace muchos siglos: El viaje verdadero consiste en no volver.

Se trata de dos modalidades existenciales del que viaja: el que lo hace consigo mismo y su pasado y el que en su viaje hacia adelante se desprende de su historia y su identidad.

Literatura y viaje, pues, pero también geografía e historia, espacio y tiempo, porque -como explica Magris- el libro de viajes practica una arqueología del paisaje. Desde España hasta Irán, China o Vietnam, desde los apuntes del camino de Don Quijote (Argamasilla, El Toboso, Villanueva de los Infantes) a las habitaciones de San Petersburgo en las que Dostoievski escribió Crimen y castigo, la mirada de Magris retiene el Madrid de los Austrias y un Spoon River de personajes santanderinos pintorescos, ocupa los pupitres ingleses como discípulo de un curso intensivo, recuerda la literatura del archipiélago de las Scilly y evoca una primavera en Istria o unos autómatas musicales en Zagreb.

Literatura y viaje organizados por una mirada tan profunda como la que se puede esperar del autor de El Danubio, un viajero que camina hacia adelante y mira hacia dentro del paisaje y de sí mismo para conocerse:

A veces es como si el viajero resurgiera del agujero negro de su personalidad y se quedase casi sorprendido de la dirección en la que le llevan sus pasos, revelándole patrias del corazón antes desconocidas para él. Le voyage, dijo un loco parisino, pour connaître ma géographie.

Santos Domínguez

10 abril 2008

Antología rota de León Felipe


León Felipe.
Antología rota.
Edición de Miguel Galindo.
Cátedra Letras Hispánicas. Madrid, 2008.



Distante por igual, no equidistante, del Modernismo y las vanguardias, León Felipe (1884-1968) tuvo mucho de francotirador en su vida y en su obra.

Antes de convertirse en español del éxodo y el llanto, en uno de los símbolos de la España peregrina, desorientó a críticos como Luis Cernuda, que apreciaba su poesía y lo situó, junto con Moreno Villa y Gómez de la Serna –tan diferentes- en un momento de transición no se sabe muy bien hacia qué ni desde dónde.

La tragedia del poeta zamorano – escribe Miguel Galindo en su espléndida introducción- fue vivir como Jonás dos mundos: el de las aguas amargas del exilio y el dulce reposo del orden instituido; la cárcel y la restitución de su honor; la farmacia y la poesía; España y América.

Ese desgarro existencial de León Felipe es también uno de los ejes esenciales de su Antología rota, que apareció en Buenos Aires en 1947 y se recupera en esta edición de Cátedra Letras Hispánicas con las adiciones de 1957 (la sección Nuevos poemas) y de 1974, en que se tituló ya Nueva antología rota.

La Antología rota se publicó en Pleamar en la colección Mirto que dirigía Alberti y llevaba un epílogo de Guillermo de Torre que se reproduce también en esta edición anotada. En ese texto (Itinerario poético-vital de León Felipe), De Torre destacaba como clave del autor la equivalencia, enraizada en Whitman, entre biografía, poesía y destino.

Notario de la realidad y profeta visionario, poeta áspero y emocionado, afincado en la materia terrosa del camino y con voluntad prometeica, errante y solitario, entre el canto y la blasfemia, entre la desolación y la esperanza, de oralidad y cercanía, de tono destemplado o amargo:

Yo no puedo tener un verso dulce
que anestesie el llanto de los niños
y mueva suavemente las hamacas como una brisa esclava.
Porque yo no he venido aquí a hacer dormir a nadie.

A la infrecuente mezcla de farmacia y poesía, León Felipe sumó la determinación de un camino propio, con idas y venidas, atajos y rodeos en sus peregrinaciones por territorios temáticos y tendencias estilísticas.

Felipe, claridad, y León, fuerte, decía Aleixandre de este poeta severo y esta poesía desdeñosa del adorno.

Como en Whitman, quien pasa las páginas de este libro toca a un hombre, porque en León Felipe es crucial la identificación de la poesía con el hombre y la dialéctica poética del mundo, interpretado en una clave simbólica, la del gusano transformado en mariposa:

Éste es el milagro, el brinco prodigioso que a mí me ha sostenido sobre la tierra..., esto es lo que más me ha maravillado de todo cuanto he visto en el mundo... Éste es el asombro mayor que ha presenciado mi consciencia... Y yo digo que un gusano transformado en mariposa es mucho más asombroso que la rotación matemática y musical de las esferas siderales. Todo el mundo se mueve con un rodar de noria dentro de un circulo cerrado... la serpiente se chupa el caramelo de la cola... la Tierra rueda y se repite... la historia es siempre "el dulce y egoísta cuento de la rosquilla"... Todo marcha y vuelve en una dialéctica cerrada y fatal... Pero el gusano tiene una dialéctica poética... el gusano se convierte en mariposa.

Cuando preparó esta Antología rota, que llevaba unas ilustraciones que desaparecieron en la edición de Losada de 1957 y se recuperan ahora en el mismo lugar del original, León Felipe miraba más hacia el futuro que hacia el pasado, buscaba la luz desde las tinieblas, con la esperanza de que ganaría la luz, aunque sabía que cada poema es un testamento:

Un poema es un testamento sin compromisos con nadie y donde no hay disputas ni con el canónigo ni con el regidor. Donde no hay política. A la hora de la muerte, no hay política. Ni polémica tampoco. Polémica, ¿contra quién? Como no sea contra Dios... Porque delante del poeta no están más que el misterio, la Tragedia y Dios. Detrás quedan los obispos y los comisarios. Y para tener polémica con ellos tendrían que dar un paso hacia adelante y tirar la mitra y los galones. El poeta va descubierto y sin adjetivos. Es el hombre desnudo que habla y pregunta en la montaña, sin que le espere ya nadie en la ciudad. Habla siempre dentro del círculo de la muerte y lo que dice, lo dice como si fuese la última palabra que tuviera que pronunciar. La muerte está tumbada a sus pies cuando escribe, esperando a que concluya. Y cuando ya no tenga nada que decir, nada que confesar, la muerte se pondrá de pie y le dirá, cogiéndole del brazo: ¡Vámonos!


Santos Domínguez

09 abril 2008

El Viaje a Rusia de Joseph Roth




Joseph Roth.
Viaje a Rusia.
Traducción de Pedro Madrigal.
Edición y posfacio de Klaus Westermann.
Minúscula. Barcelona, 2008.



Es una suerte que haya emprendido este viaje, de otra forma no me habría conocido jamás, escribía Joseph Roth en una carta a su amigo Brentano a propósito del viaje que hizo a Rusia en los últimos meses de 1926 para llevar a cabo una serie de reportajes por encargo del Frankfurter Zeitung.

Del relato de esa experiencia proceden las dieciocho crónicas que integran este Viaje a Rusia que publica Minúscula en su colección Paisajes narrados con traducción de Pedro Madrigal y postfacio de Klaus Westermann.

El primer reportaje – Los emigrados zaristas- lo publicó el 14 de septiembre; el último, más largo, sobre la escuela y la juventud, apareció el 18 y el 19 de enero de 1927.

Como Gide, Benjamin, Grosz o Zweig, Roth fue uno de los muchos intelectuales y artistas que peregrinaron a aquella meca de la revolución en los años 20 y 30. Llegó allí arrastrando una crisis personal y se encontró una Rusia posrevolucionaria, agitada por las luchas entre facciones, con un decidido empuje cultural y educativo y un importante desarrollo económico.

La situación de los judíos en la Rusia soviética, la nueva moral sexual y el papel de la mujer, la opinión pública, la literatura o la educación son algunos de los temas que aparecen sometidos al análisis de un Roth cada vez más desencantado que mostraba su preocupación desorientada cuando anotaba en su diario:

¿Qué es lo que vendrá? ¿Hacia dónde vamos nosotros mismos?¿Es aún posible el marxismo? ¿Es América el futuro? ¿Es todavía necesaria y concebible una revolución?


Además de las crónicas, el volumen recoge una conferencia de Roth, Sobre el aburguesamiento de la revolución rusa, y unos apuntes, cada vez más telegráficos, del diario de su viaje a Rusia. En una de aquellas anotaciones, escrita el 10 de diciembre en Kiev, se lee:

Si escribiera un libro sobre Rusia, este tendría que describir una revolución ya apagada, una llama que se consume, restos de brasas y mucho fuego artificial.

Fue saludado a su llegada como un escritor revolucionario, amigo de la nueva Rusia, y despedido como enemigo burgués de los soviets. El contraste es paralelo al que se produjo en el mismo Roth, que pasó en pocas semanas de la euforia a la decepción. A Walter Benjamin le confesó que había llegado a Rusia como un bolchevique convencido y que se iba de allí como un monárquico.

Estas crónicas del viaje a Rusia de Joseph Roth son, como el relato de otros viajes, la descripción del viajero, la crónica de su viaje ideológico y de su desengaño.


Santos Domínguez

07 abril 2008

París, Zola


Émile Zola.
París.
Introducción de Juan Bravo Castillo.
Traducción de Julio Gómez de la Serna.
Cabaret Voltaire. Barcelona, 2008.

París es un estudio humano y social de la gran ciudad. En el marco dramático de una conmovedora historia de ayer y de hoy, se agitan la inmensa muchedumbre, los dichosos y los hambrientos, todos los mundos: el mundo del trabajo manual, el mundo del trabajo intelectual, el mundo de la política, el mundo de las finanzas, el mundo de los ociosos y del placer. Todo ello en un París, centro de los pueblos, ciudad civilizadora, iniciadora y liberadora.

En esos términos resumía Émile Zola, en un anuncio promocional, una de sus últimas novelas, París, que cerraba en 1898 la serie Las tres ciudades. Las otras eran Lourdes y Roma y el hilo conductor que conecta la trilogía y los distintos ambientes y espacios urbanos es la figura del abate Pierre Froment, uno de los más acabados caracteres de la novelística de Zola.

París apareció, primero por entregas, luego en un volumen, en un momento crucial de la historia social, política y cultural de Europa y el abate Froment es un reflejo de las contradicciones de aquel fin de siglo en crisis de creencias, de políticos corruptos y convulsiones sociales.

Aunque técnicamente responde a las características del Naturalismo, por su voluntad totalizadora, su preferencia por el mosaico colectivo o el ímpetu documental sobre la realidad inmediata, Zola ha abandonado a estas alturas el pesimismo naturalista y descartado la caridad cristiana y la rabia anarquista para convertirse en un apóstol de la utopía socialista y defender la justicia social a través de esta trilogía esperanzada, reivindicativa y contemporánea de su Yo acuso sobre el affaire Dreyfus.

Esa voluntad de reflejar la totalidad de lo real da lugar a una visión del París finisecular como un lugar de enormes contrastes, en donde coexisten la miseria de los bajos fondos y el lujo de los salones aristocráticos o los ambientes selectos del placer y el consumo:

Aquella mañana, hacia finales de enero, el abate Pierre Froment, que tenía que decir una misa en el Sacré-Coeur, de Montmartre, se hallaba desde las ocho en la Butte, frente a la basílica. Y antes de entrar contempló un instante París, cuyo inmenso océano se extendía a sus pies. Después de dos meses de un frío terrible, de nieves y heladas, la ciudad aparecía anegada en un deshielo triste y tembloroso. Del vasto firmamento color de plomo caía la tristeza de una espesa niebla. Toda la parte este de la ciudad, los barrios de miseria y de trabajo, parecían sumergidos en rojizas humaredas, en las que se adivinaba el hálito de los talleres y las fábricas, mientras que hacia el oeste, hacia los barrios de riqueza y bienestar, la abrumadora niebla se aclaraba y no era ya más que un velo de vapor fino e inmóvil. Se adivinaba apenas la línea curva del horizonte; el campo ilimitado de las casas aparecía como un caos de piedras, sembrado de charcas, que llenaban los huecos de un vaho descolorido, y sobre las que se destacaban las crestas de los edificios y de las calles altas, de un negro de hollín. Un París de misterio, velado por nubarrones, como sepultado en las cenizas de alguna catástrofe, medio enterrado ya en el sufrimiento y en la vergüenza de lo que su inmensidad ocultaba.

(...)

Había terminado la dura jornada, el París del placer se iluminaba, empezaba la noche de fiesta. Los cafés, los restaurantes, los bares, centelleaban, mostraban detrás de las lunas sus mostradores de metal claro, sus mesitas blancas, la tentación de las bellas frutas y de las cestas de ostras, en sus puertas. Y aquel París que se despertaba así, con los primeros faroles de gas, estaba sobrecogido ya por una alegría de goce, cediendo al apetito desencadenado de todo lo que se compra.

Una ciudad de luces y sombras en donde conviven en el terreno individual la solidaridad y el egoísmo, la crueldad y el idealismo como el del abate Froment, que al lector español le parecerá, además de un personaje admirable, un antecedente del San Manuel Bueno unamuniano, una figura que a la vista de las siguientes líneas quizá le deba más a Zola que a Kierkegaard:

Sacerdote sin creencias, velando por las creencias de los demás, sirviendo casta y honradamente su profesión, con la tristeza altiva de no haber podido renunciar a su inteligencia como había renunciado a su carne de enamorado y a su ensueño de salvador de los pueblos, permanecía al menos en pie, con una grandeza solitaria y arisca. Y aquel negador desesperado, que había tocado el fondo de la nada, conservaba una actitud tan elevada y tan grave, aromada de una bondad tan pura, que en su parroquia de Neuilly tenía fama de ser un santo amado de Dios, cuyas oraciones conseguían milagros. Era el modelo; sólo tenía el gesto del sacerdote, sin el alma inmortal, como un sepulcro vacío en el que no quedase ni siquiera la ceniza de la esperanza; y mujeres dolorosas, parisienses que derramaban lágrimas, lo adoraban, besaban su sotana; y una madre torturada, que tenía a su hijo en la cuna en peligro de muerte, suplicaba que pidiese su curación a Jesús, segura de que Jesús se la concedería, en aquel santuario de Montmartre, donde llameaba el prodigio de su corazón encendido de amor.

La primera traducción fiable al español (hubo otra anterior que dejaba mucho que desear), que es la que recupera ahora Cabaret Voltaire, con una introducción de Juan Bravo Castillo, apareció en 1933 en la vieja colección de Clásicos Aguilar, firmada por Julio Gómez de la Serna. Una traducción espléndida que, excepto en una reedición mutilada de 1975, no se había vuelto a poner al alcance de los lectores, de modo que la versión íntegra de este París tiene tanto de recuperación de la novela como de rehabilitación de la traducción.

En todo caso, una labor imprescindible esta de recuperar una novela que representa una clara inflexión en el tono de Zola, que cierra la novela con esta otra visión, final y tan distinta, de París por parte del protagonista:

Pierre se quedó muy impresionado y le vino nuevamente a la memoria la idea de la cuba gigantesca, abierta, de una a otra punta del horizonte, donde iba a nacer el siglo futuro, de la extraordinaria mezcla de lo bueno y de lo malo. Pero ahora, por encima de las pasiones, de los vicios, de las ambiciones, de los residuos, veía el colosal trabajo realizado, el heroico esfuerzo manual, en el fondo de los talleres y de las fábricas, el glorioso recogimiento de la juventud intelectual, que él sabía en plena labor, estudiando en silencio sin perder ninguna conquista de sus antecesores, deseando ampliar su dominio. Y era la exaltación de París, todo el porvenir que se elaboraba en su enormidad y que se difundiría en un resplandor de amanecer. Si el pueblo antiguo había tenido Roma, ahora agonizante, París reinaba soberanamente sobre los tiempos modernos; era actualmente el centro de los pueblos, en ese movimiento continuo que los lleva de civilización en civilización, con el sol, de oriente a occidente. Era el cerebro; todo un pasado de grandezas le había preparado para ser entre las ciudades la iniciadora, la civilizadora y la libertadora. Ayer lanzaba a las otras naciones el grito de libertad; mañana las aportaría la religión de la ciencia, la justicia, la nueva fe esperada por las democracias. Era también la bondad, la alegría y la dulzura, el ansia de saberlo todo y la generosidad de darlo todo. En París, entre los obreros de sus barrios, los aldeanos de sus campos, había recursos infinitos, reservas de hombres, de las que el porvenir podría disponer inagotablemente. Y el siglo acababa en él y empezaría otro que se desarrollaría por él, y todo el rumor de su prodigiosa labor, todo su resplandor de faro dominando la tierra, todo cuanto salía de sus entrañas entre truenos, borrascas, claridades triunfales, no brillaría sino con la luz final de la que estaría hecha la felicidad humana.

Y en contraste con la niebla y el frío del principio, esta explosión de luz de un París luminoso, sobre el que cae

el sol oblicuo inundando la inmensidad de París con un polvillo de oro. Pero, esta vez, no era ya la siembra, el caos de techumbres y monumentos como una oscura tierra de labor roturada por algún arado gigantesco, y el divino sol, arrojando a puñados sus rayos, semejantes a granos de oro, cuyo vuelo caía desde todas partes. Y tampoco era ya la ciudad con sus barrios diferentes, al Este los barrios trabajadores, nublados de grises humaredas; al Sur los barrios estudiosos, de una serenidad lejana; al Oeste los barrios ricos, amplios y claros, y en el centro los del comercio, con sus calles sombrías. Parecía que un mismo impulso vital, que una misma primavera había cubierto la ciudad entera, armonizándola, convirtiéndola en un mismo campo sin límites, rebosante de la misma fecundidad. Trigo, trigo por todas partes, todo un infinito de trigo cuya oleada de oro se movía de un extremo a otro del horizonte y el sol oblicuo bañaba así París entero, con idéntico esplendor. Y era realmente la cosecha después de la siembra.
(...)
París flameaba, sembrado de luz por el divino sol, acarreando en su gloria la cosecha futura de verdad y de justicia.


Santos Domínguez

05 abril 2008

Cien poemas japoneses



Kenneth Rexroth.
Cien poemas japoneses.
Traducción de Carlos Manzano.
Gadir. Madrid, 2007.

En su colección La voz de las cosas, la editorial Gadir continúa publicando lo mejor de la obra del poeta, ensayista y orientalista Kenneth Rexroth. Estos Cien poemas-que son más de cien porque Rexroth no quería quedarse corto y porque esa inexactitud da buena suerte- ofrecen una delicada y excelente selección de la poesía clásica japonesa en la lectura creativa del norteamericano. Porque está aquí la voz de los poetas orientales, pero también la voz del poeta que los traduce, que aspiraba a que en estas versiones sonara la voz de un contemporáneo occidental que en las magníficas anotaciones finales expresa esa superposición de tiempos, voces y miradas.

La imprecisión como virtud poética, la intensificación de la experiencia y la concentración expresiva de lo complejo (sentimiento, naturaleza o recuerdo) en estos textos, su aparente sencillez o la honda percepción de la naturaleza líquida y nocturna en la que se refleja el poeta son algunos de los rasgos del original y de la versión.

Las hojas del otoño, la nieve, los juncos y el bambú, la luna sobre las montañas o la niebla en el río, los caminos nocturnos se convierten en frágiles espejos en los que se mira el poeta fundido con el mundo:

Las flores se arremolinan
con el viento como
nieve. Lo que cae
y se aleja soy yo mismo.

Rexroth ha hecho con estas versiones, como en las que han ido apareciendo en esta misma editorial, una obra personal desde ese lugar en donde la poesía une en una misma sensibilidad de la mirada y la palabra distintas épocas y tradiciones: lo oriental y lo occidental, lo clásico y lo contemporáneo, la percepción y la expresión.

Y sobre todo, al lector y el escritor que coindicen ejemplarmente en la figura de Rexroth.


Santos Domínguez