11 octubre 2007

El Humanismo italiano


Guido Cappelli.
El Humanismo italiano.
Alianza Editorial. Madrid, 2007.


Guido Cappelli, investigador en la Universidad Carlos III, responsable de la edición de La Cazzaria de Antonio Vignali, que formaba parte de la Biblioteca de Barcarrota, ha publicado en Alianza Editorial El Humanismo italiano.

Un capítulo de la cultura europea entre Petrarca y Valla es el elocuente subtítulo de este panorama de una época histórica marcada por una revolución cultural que resultó determinante en la configuración de Europa.

Tras una introducción sobre Petrarca y su renovadora actividad filológica, con una aproximación al Humanismo que se sostiene sobre la triple base de la autobiografía, el diálogo interior y la polémica cultural, el libro aborda en tres partes el trazado de aquel movimiento fundacional de la conciencia moderna.

El primer capítulo estudia la asimilación y el desarrollo de la herencia petrarquista en el primer Humanismo, en un seguimiento realizado a través de una geografía cultural que tiene sus focos en Florencia, Roma y Venecia.

Una segunda parte, que toma como referencias los ejes geográficos y políticos del Cuatrocientos, aborda la enorme repercusión de la influencia de Petrarca en los centros señoriales milaneses de los Visconti y los Sforza, en Ferrara y Bolonia o en el Nápoles aragonés de Alfonso el Magnánimo.

El tercer capítulo está centrado en dos figuras cimeras que merecen un tratamiento individualizado: la de Leon Battista Alberti, el polifacético intelectual genovés, y en su crítica cultural, y la de Lorenzo Valla, el polémico humanista romano, y en su renovación de los métodos filológicos.

Entre Petrarca y Lorenzo Valla, se describe así el desarrollo del Humanismo italiano durante un siglo largo en que el prestigio de la cultura clásica fue creciente y se vio favorecido por el mecenazgo de los príncipes o el papado.

El impulso dado desde esas instituciones a los cambios pedagógicos, la nueva jerarquización de los saberes en los studia humanitatis, la introducción de los estudios griegos o la fijación de un nuevo canon literario y epistemológico acabaron sustentando la conciencia de una nueva identidad cultural.

El diseño de ese panorama de conjunto es el mérito fundamental de este libro del profesor Cappelli, que completa una imagen inteligible del Humanismo y su expansión renovadora en la sociedad, la cultura y la política de la modernidad.


Santos Domínguez

10 octubre 2007

La estancia de la memoria


Lina Bolzoni.
La estancia de la memoria.
Traducción de
Giovanna Gabrielle y Mª de las Nieves Muñiz.
Cátedra. Madrid, 2007



Modelos literarios e iconográficos en la época de la imprenta es el sugestivo subtítulo de La estancia de la memoria, un libro que reconstruye los espacios que la memoria crea a lo largo del siglo XVI.

Cátedra publica en su colección de crítica y estudios literarios este libro sobre la memoria de las palabras y las imágenes, centrado en un momento histórico como el siglo XVI en el que el canon clasicista se atiene a unas normas y a unos modelos en cuya fijación la memoria tiene un papel esencial.

La clave del código clasicista es una creación que surge de la imitación de lo antiguo y se expresa asumiendo un discurso ajeno. En consecuencia, escribir es recordar y el objeto del recuerdo serán las metáforas, los artificios retóricos, pero también un repertorio iconográfico transmitido por la literatura y el arte antiguos para hacer visible el saber. Por ejemplo con esquemas lógicos, árboles del saber y máquinas retóricas que desmontan las figuras de los textos clásicos y las reutilizan con unas variaciones que aprovechan la lógica oculta de los textos literarios.

Por eso los maestros de retórica del Quinientos son maestros de la memoria, como aquel Giulio Camillo que proyectó un teatro de la memoria a través de un dispositivo que contenía todas las palabras e imágenes para formalizar el saber.

Arte de la memoria de las palabras y las cosas que se concreta en las distintas variedades del esquema visual: diagramas, árboles y tablas fueron las técnicas fundamentales en los tratados de poética y retórica del XVI, como instrumentos para hacer visible el saber y para fijar los modelos estilísticos canónicos del clasicismo renacentista.

En el siglo XVI, los esquemas visuales no sólo ponen ante los ojos de todos, de modo rápido y eficaz, el camino que ha de seguirse para escribir bien, sino que tienden a reducir los procedimientos de la escritura literaria a un mecanismo combinatorio; los diagramas someten las grandes obras a una especie de anatomía (como dice una imagen usual) y, según una opinión común, crean también las condiciones para recomponer sus partes a fin de dar vida a un cuerpo (a un texto) nuevo. Los esquemas visuales tienden, en suma, a convertirse en auténticas máquinas para producir textos: funcionan como «interfaz» entre la lectura de textos ajenos y la creación de textos propios, se sitúan a medio camino entre la biblioteca y la mesa escritorio. En efecto, las máquinas retóricas guían y estructuran la memoria, y por tanto suministran el material ya preparado para la «invención», proporcionan las palabras y las imágenes predispuestas para ser colocadas en los lugares del texto.

Imagen, retórica y memoria se conjugan de esta manera en un estudio como este que presenta el código cultural de la modernidad desde una perspectiva tan inusual como interesante.

Santos Domínguez

08 octubre 2007

La abadesa de Castro


Stendhal.
La abadesa de Castro. Una crónica italiana.
Traducción de Olalla García.
Introducción de Pablo d’Ors.
Impedimenta. Madrid, 2007.



1839 fue seguramente el año más brillante de Stendhal. Publicó su mejor novela, La cartuja de Parma, que había escrito en 52 días del otoño anterior. De ese mismo año es La abadesa de Castro, la primera de las Crónicas italianas, que publica Impedimenta en una cuidada edición con prólogo de Pablo d’Ors y una nueva traducción de Olalla García.

Una inmejorable elección que sirve de carta de presentación para esta nueva editorial que apuesta por la literatura de calidad y un cuidado exquisito en el diseño tipográfico o la elección de los motivos de portada.

La abadesa de Castro es una intensa novela corta, pero no una obra menor. En ella se resumen las virtudes narrativas de Stendhal, su talento y su universo temático: Italia, el amor o el alma femenina a través de un realismo subjetivo y romántico.

Una historia de amores imprudentes, como titula Pablo d’Ors su introducción, en la que Stendhal toma como punto de partida el artificio de un manuscrito encontrado para elaborar una narración que revitaliza el universo novelístico del Decamerón con un episodio de amores imposibles y trágicos: los de la joven noble Elena de Campireali y Giulio Branciforte, un muchacho pobre empujado al bandidaje por la tiranía de los poderosos.

La nota inicial de Olalla García, que ha hecho un traducción espléndida, resume con palabras certeras y una precisión que hubiera agradado al propio Stendhal el mundo narrativo y sentimental de esta nouvelle que es una clase práctica de la mejor literatura.

No hacen falta excusas para releer a Stendhal, a veces es suficiente con que un editor con tan buen gusto como Enrique Redel haga una propuesta tan agradable como esta para caer otra vez en el síndrome de Stendhal.

Santos Domínguez

06 octubre 2007

Reparación


C. K.Williams.
Reparación.
Traducción de Jaime Priede .
Bartleby. Madrid, 2007.


Bartleby publica por primera vez en España un libro de C. K. Williams (Nueva Jersey, 1936): Reparación, que obtuvo el Pulitzer de Poesía en el año 2000, con traducción y prólogo (C. K. Williams: Una música diferente) de Jaime Priede.

C. K. Williams inició su actividad literaria en el terreno del relato y ese origen ha dejado su huella en un estilo discursivo, en la vocación narrativa de sus versos. Versos largos que acercan el poema a la textura sintáctica de la prosa y evocan, con su mirada minuciosa y penetrante, un mundo de asociaciones que levantan la consistencia del poema como propuesta estética y como respuesta moral a la realidad:

Y en nuestro grito al cosmos, elevar nuestra exasperación
ante lo imperfecto, nuestras teodiceas, ideales traicionados:
mantener la dura pulpa de ira dentro de nuestra propia ira,
y con ella encender, confrontar, acusar, lamentar
toda esa necesidad de desagravio para tanto deseo absurdamente frustrado.

Poeta y traductor de Sófocles, Ponge o Zagajewski, los poemas de C. K. Williams son el resultado de un lento proceso de maduración en el que cada texto adquiere una música propia:La cosa más interesante que se puede decir de un poema es que no existe hasta que no tiene su música. Cada poema tiene una música. Y hasta que no la tiene, no es un poema.

Un ritmo que -como señala Jaime Priede en su prólogo- se apoya en la medida, pero es también imagen y sentido, visión del mundo y tono de voz. El desbordamiento expresivo de estos textos, resultado de la vehemencia del recuerdo o de la queja, convierte la poesía de Williams en una forma de asumir la realidad y en un consuelo, en la reparación del daño del ser y el existir a través de un pasado que se trae constantemente al presente de la evocación:

Pero ahora surge un atisbo de distracción; ¿será que este momento está ya llegando a su fin?
No importa: deja que se inclinen los cipreses, que siempre
las suaves brisas sean su aplazamiento.
Otra oleada barre la bahía aún en calma; todo se agita, todo se sostiene.

Una poesía urbana con patios sombríos, trenes y graffitis o callejones sin salida. En esos poemas la materia trivial, lo cotidiano, es la base de un recuerdo sensorial, de una reconstrucción del pasado mediante las sensaciones de la infancia o la adolescencia, que regresan como de un tiempo circular para reconciliarse con lo que somos y lo que fuimos.

Santos Domínguez

05 octubre 2007

Veneno y sombra y adiós


Javier Marías.
Tu rostro mañana.
3. Veneno y sombra y adiós.

Alfaguara. Madrid, 2007.


Hace ahora cinco años que Alfaguara publicó Fiebre y lanza, la primera entrega de Tu rostro mañana, que comenzaba así:

No debería uno contar nunca nada, ni dar datos ni aportar historias ni hacer que la gente recuerde a seres que jamás han existido ni pisado la tierra o cruzado el mundo, o que sí pasaron pero estaban ya medio a salvo en el tuerto e inseguro olvido. Contar es casi siempre un regalo, incluso cuando lleva e inyecta veneno el cuento.

Con ese memorable comienzo arrancaba aquel primer volumen en el que se anunciaban temas que acabarían siendo centrales en el conjunto, como el del veneno.

En 2004, empezaba así la segunda entrega, Baile y sueño:

Ojalá nunca nadie nos pidiera nada, ni casi nos preguntara, ningún consejo ni favor ni préstamo, ni el de la atención siquiera ... Ojalá nadie se nos acercara a decirnos "Por favor", u "Oye, ¿tú sabes?", "Oye, ¿tú podrías decirme?", "Oye, es que quiero pedirte: una recomendación, un dato, un parecer, una mano, dinero, una intercesión, o consuelo, una gracia, que me guardes este secreto o que cambies por mí y seas otro, o que por mí traiciones y mientas o calles y así me salves".

Acostumbrado ya a esos comienzos, no se extraña el lector, aunque se sigue admirando, de las primeras frases de Tupra con las que se inicia este Veneno y sombra y adiós:

Uno no lo desea, pero prefiere siempre que muera el que está a su lado, en una misión o en una batalla, en una escuadrilla aérea o bajo un bombardeo o en la trinchera cuando las había, en un asalto callejero o en el atraco a una tienda o en un secuestro de turistas, en un terremoto, una explosión, un atentado, un incendio, da lo mismo: el compañero, el hermano, el padre o incluso el hijo, aunque sea niño. Y también la amada, también la amada, antes que uno mismo. Todas esas ocasiones en las que alguien cubre con su cuerpo a otro, o se interpone en la trayectoria de una bala o de una puñalada, son excepciones extraordinarias y por eso se destacan, y la mayoría son ficticias, están en las novelas y en las películas. Las pocas que se dan en la vida son impulsos irreflexivos o dictados por un sentido del decoro aún muy fuerte y cada vez más raro, hay quienes no podrían soportar que su hijo o su amada se fueran al otro mundo con la idea última de que uno no impidió su muerte, no se sacrificó, no dio su vida por salvar la de ellos.

Con Veneno y sombra y adiós, el tercer volumen de Tu rostro mañana, Javier Marías completa una obra que a lo largo de sus mil seiscientas páginas ha ido levantando un formidable monumento narrativo creciente en cantidad y, lo que es más asombroso e importante, en calidad.

En contra de lo que suele ocurrir, y para desmentir tajantemente las prevenciones que parte de la crítica española vertió sobre este proyecto que ahora culmina, cada nueva entrega ponía más alto el listón de la exigencia de Marías consigo mismo, de manera que el segundo tomo superaba al primero y este tercer tomo corona ese camino de perfección en la que seguramente es la mejor novela del mejor novelista español vivo.

Jacques o Jaime o Jacobo Deza, el narrador y protagonista que viene de Todas las almas y articula el diseño de Tu rostro mañana, es un intérprete de rostros, un personaje que se convierte cada vez más en un traductor de vidas. Ese es su trabajo prospectivo en el grupo dependiente del MI6 británico: prever lo que la gente hará en el futuro, conocer hoy cómo serán sus rostros mañana; saber cómo somos pero, sobre todo, cómo seremos.

Y con la benéfica sombra de Shakespeare planeando sobre el conjunto de la obra (Tu rostro mañana es la traducción de una cita literal de la Segunda parte de Enrique IV), la traición y la violencia se acaban revelando como el verdadero rostro de los demás en Veneno y sombra y adiós .

Si los dos primeros volúmenes transcurrían en Londres o en Oxford, en el tercero la acción se sitúa desde la mitad de Sombra en el Madrid borbónico del Museo del Prado para ir recorriendo en la última parte, Adiós, el Madrid de los Austrias.

Hay en ese final de la novela una conversación con Peter Wheeler, que va a modificar la frase con la que comenzaba Tu rostro mañana. Aquellas palabras (No debería uno contar nunca nada) se matizan ahora: Uno no debería contar nunca nada… hasta que uno mismo es pasado, hasta su final.

Y en medio, entre una frase y otra, tres espléndidos tomos de una novela en la que el narrador nos ha ido contando todo.

Fiebre y Lanza llevaba una dedicatoria a Sir Peter E. Russell, el hispanista en quien está inspirada la figura de Peter Wheeler, un personaje fundamental en la novela, junto a Juan Deza, el padre del narrador, trasunto de Julián Marías. A los dos, desaparecidos ya, se les rinde homenaje en la dedicatoria que cierra la novela como un epitafio:

Mención aparte merecen mi padre, Julián Marías, y Sir Peter Russell, que nació Peter Wheeler, sin cuyas vidas prestadas este libro no habría existido. Descansen ambos ahora, también en la ficción de estas páginas.

Se completan así cinco años que son los que abarca la historia editorial de un proyecto al que Marías ha dedicado casi nueve años (empezó a escribir Fiebre y Lanza en 1998) para obtener como resultado la que el propio autor cataloga como su mejor novela, como la más completa y ambiciosa. Una novela que pese a sus más de setecientas páginas, con su característica mezcla de intriga y reflexión sabiamente dosificadas, se lee a muy buen ritmo.

Que, además de sus muchos lectores, novelistas como Coetzee, Sebald, Salmand Rushdie, Magris, Bolaño o Pamuk manifiesten su admiración sin reservas por Javier Marías debería poner a cavilar a más de un crítico reticente preso de sus prejuicios estilísticos, sus resentimientos pequeños y sus propias limitaciones.

No habría que descartar que, dada su excepcionalidad, sean esos críticos tan sibilinos, tan aislados afortunadamente, los equivocados.

Santos Domínguez

04 octubre 2007

Afilar el lapicero


Daniel Cassany.
Afilar el lapicero.
Guía de redacción para profesionales.

Anagrama. Barcelona, 2007.

Daniel Cassany, que escribió hace unos años su muy leída y comentada La cocina de la escritura, acaba de publicar en Anagrama Afilar el lapicero, una guía de escritura para profesionales en la que aprovecha su experiencia como profesor de redacción en distintas empresas.

En un mundo como el actual, en el que las prisas y la inmediatez de las comunicaciones pueden provocar descuidos o inducir a errores en los textos profesionales, el objetivo de este libro ha sido -como indica su autor- elaborar “una guía de redacción para los que se ganan la vida escribiendo.”

Dirigida, pues, a autores y correctores, a editores o directivos que dan el visto bueno a un informe, pero también a secretarias y auditores, economistas, gestores o políticos, esta es una guía para los que tienen como parte esencial de su trabajo el de escribir estos textos complejos.

Centrada en un primer momento en la importancia del receptor, la obra insiste en la necesidad de delimitar las distintas categorías de lectores especializados, de destinatarios de unos textos que deben elaborarse en función del tipo de receptor al que se dirigen. Porque no es lo mismo dirigirse a un receptor colectivo que a una persona concreta o a alguien conocido.

Las voces del autor, la elección de una primera o una tercera persona, la conveniencia de la objetividad o la subjetividad, la organización del discurso en distintas tipologías textuales, desde el informe al artículo de investigación, son algunos de los secretos técnicos que deben regir la elaboración de unos textos profesionales con adecuación a unas normas expresivas que lo hacen ordenado y convincente.

La importancia del título y la portada, los índices y los resúmenes, la estructura de la prosa o el uso de los gerundios y los verbos débiles, junto con recursos visuales como los diagramas, las tablas o las estrategias verbales en la correspondencia se apoyan siempre en ejemplos reales de textos comentados. No falta tampoco la alusión a los nuevos géneros y formatos que la extensión de Internet está favoreciendo. Esos novedosos modelos de comunicación inmediata exigen también cambios de estilo y de tono que se contemplan en esta guía.

De esa manera, las instrucciones y los consejos que propone esta guía no se quedan en el aire, sino que se comprueba su aplicación y su uso adecuado en la práctica de los distintos textos profesionales.

Mayra Vela Muzot

03 octubre 2007

El ángel caído


José Jiménez.
El ángel caído.
Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores.
Barcelona, 2007.

Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores reedita El ángel caído, de José Jiménez, que utiliza como tema de portada una de las sobrecogedoras imágenes que publicó el fotógrafo Richard Drew el 12 de septiembre de 2001 en el New York Times.

Es un ensayo que trata el tema del ángel caído en la literatura y el arte contemporáneos. De Alberti a Paul Klee, de Rilke a Chagall, esa es una metáfora repetida de la condición humana en la modernidad, que José Jiménez aborda como un intento de expresar el pensamiento en imágenes y como una aproximación del estilo filosófico a la lengua poética.

Porque toda angeología es finalmente una antropología, una interpretación simbólica del hombre, en el prólogo de 2007 que presenta el libro a la luz de los hechos ocurridos en los veinticinco años que han pasado desde la primera edición de este libro en 1982, José Jiménez resume el sentido de esta obra:

Hoy más que nunca, el ángel caído es la imagen que mejor expresa nuestra condición: pudiendo volar tan alto, caemos una vez y otra sin fin. Sufrientes, cayendo como agua de roca en roca a lo desconocido.

El albertiano Sobre los ángeles es una de las más acabadas expresiones de ese tema del ángel caído del paraíso y expulsado de la luz a las tinieblas, un tema que tiene antecedentes conocidos en la tradición popular y encuentra en la literatura culta, sobre todo en Bécquer y en Juan Ramón, sus referentes más directos, y en Larrea, Lorca o Cernuda sus manifestaciones coetáneas.

El tratamiento iconográfico de lo angélico en la pintura, de Murillo a Max Ernst, en la poesía del medio siglo con Blas de Otero o Valente, o en el cine de Buñuel y Visconti, son algunos de los focos de atención de este estudio que presenta al hombre moderno en busca de sí mismo y de su imagen en Kafka, Rimbaud, Rilke y sus ángeles terribles o Apollinaire y sus futuristas ángeles-aeroplanos.

Ángeles mensajeros, intérpretes o mediadores, exterminadores o custodios, y finalmente ángel de tinieblas, Satán caído que es objeto de un análisis antropológico en el que José Jiménez explora su sentido simbólico de la condición humana, ese ángel simbólico en el que nos reflejamos.

El ángel caído se cierra con una aguda reflexión sobre las imágenes verbales o visuales como formas de conocimiento y de identidad. Más allá de esas imágenes -la lección es de Rilke- no hay nada.

Santos Domínguez