15 junio 2007

Nicolasa verde o nada


José Viñals.
Nicolasa verde o nada.
De la luna libros. Mérida, 2007.



José Viñals (Corralito, Argentina, 1930) es autor de una obra extensa y de amplio registro que incluye poesía, ensayo, teatro y narrativa. Una obra vertebrada en torno a la poesía, más como método que como género.

Así lo ha explicado su autor: Yo lo que he escrito en narrativa, por ejemplo, o en ensayo, todo es labor de poeta; no es labor de narrador. Como labor de narrador deja muchos vacíos, como labor de poeta no, porque trabaja en otros órdenes de la especulación artística que a veces requiere de la prosa, y yo la empleo pero lo que vertebra todo el sistema artístico de mi obra es la poesía.

Nicolasa verde o nada fue su primera novela. La publicó en Buenos Aires casi a la vez que Entrevista con el pájaro, su primera entrega poética, y ahora acaba de reeditarla la editorial De la luna libros.

Heterodoxo y transgresor, inclasificable heredero de la vanguardia, Viñals escribe en Nicolasa verde o nada una novela en la que la tensión creadora se vuelca en la palabra más que en la anécdota, en la conciencia más que en la acción exterior, en la precaria condición del ser humano más que en el humor cruel y desatado que la encubre.

A través del soliloquio alucinado de Miguel Matías Melchor, hijo único de novelista judío y madre católica, el texto es un viaje circular y alucinante por los territorios de la conciencia, por la incomunicación de quien habla y habla febril y compulsivamente en esa exploración del vacío en un mundo distorsionado que se metaforiza en la deformidad física o moral de personajes como el rengo Benegas Carademolde, el sacristán tuerto y cojo.

Expresionismo y distorsión que se expresan mediante un lenguaje agitado, sometido a tensiones creativas que le añaden matices y significaciones nuevas, alejadas de usos rutinarios y frases hechas.

Soliloquio de un personaje que se levanta sobre su propia voz, que le construye mientras habla y habla en un sostenido tono delirante. Una compulsividad verbal con la que el personaje combate la soledad y crea una simulación comunicativa en la que conviven el registro oral y la experimentación, en una tensión constante y exigente.

Tras su apariencia divertida y esperpéntica, tras su humor negro, Nicolasa verde o nada oculta una enorme amargura sobre la condición humana con el fondo de una Argentina rural, que no sabe uno si es decir dos veces Argentina o dos veces rural.

Santos Domínguez

14 junio 2007

Cuentos para lectores cómplices


Antonio Pereira.
Cuentos para lectores cómplices.
Introducción de Ricardo Gullón.
Espasa-Calpe. Madrid, 2007.

Reedición en Austral de Cuentos para lectores cómplices, con un excelente e iluminador prólogo de Ricardo Gullón y una nota del autor de otoño de 2006, en la que da una visión general de los libros aquí recogidos y avisa de que es una versión revisada.

Precedidos de una introducción ya clásica de Ricardo Gullón, se reúnen en un tomo algunas de las mejores narraciones cortas de Antonio Pereira. Dos libros completos, Los brazos de la i griega y El ingeniero Balboa y otras historias civiles, y algunos relatos procedentes de otras colecciones, contiene este volumen reunidor, en palabras del maestro Pereira.

Los veinte cuentos que lo integran dan cuenta de la altura narrativa, la variedad temática y la riqueza técnica de un autor experto en sutileza e ironía, en un esperpentismo suave, sin desgarro ni alejamiento, que provoca -como en Las peras de Dios- la complicidad de los lectores invocados en un título que reúne algunas obras maestras que nada tienen de pequeñas.

El ingeniero Balboa o El pozo encerrado son sin duda algunos de esos textos imprescindibles e inolvidables. Cuentos en los que la realidad y la imaginación convergen en una técnica que Antonio Pereira maneja como pocos: la que le permite contar lo irreal de forma verosímil para hacer creíble lo increíble, y presentar lo real con un toque de fantasía que lo eleva un palmo o dos por encima de su altura diaria.

Para lectores cómplices, guiña Pereira en el título. Y ningún relato como Las erotecas infinitas para provocar esa complicidad. Quizá sea el relato el que más riesgos técnicos ha asumido su autor. En el filo de la navaja lo sitúa Gullón en el prólogo. Su resultado es irreprochable y pasmoso.


Santos Domínguez


Plinio. Primeras novelas


Francisco García Pavón.
Plinio. Primeras novelas.
Los carros vacíos. El Carnaval. El charco de sangre.
Rey Lear. Madrid, 2007.

La editorial Rey Lear recupera las tres Primeras novelas de Plinio, del fundador de la novela policiaca de calidad en España, Francisco García Pavón (1919-1989).

En la Breve noticia de Plinio, que escribió como prólogo de algunas de sus historias, hablaba García Pavón del origen de estas novelas:

En España nunca creció de manera vigorosa y diferenciada la novela policíaca (...) Al escritor español, tan radical en sus gustos y disgustos, nunca le tentó este género que, tratado con arte e intención, podía haber alumbrado muchas parcelas de nuestra vida y distraído a infinitos lectores. Yo siempre tuve la vaga idea de escribir novelas policíacas muy españolas y con el mayor talento literario que Dios se permitiera prestarme. Novelas con la suficiente suspensión para ellector superficial que sólo quiere excitar sus nervios y la necesaria altura para que al lector sensible no se le cayeran de las manos.
Conocía un ambiente entre rural y provinciano muy bien aprendido: el de mi pueblo, Tomelloso (...) Sólo me faltaba encontrar al «detective», ya que los «cacos» se me darían por añadidura. A falta de imaginación, me bastaría recordar averías humanas y crímenes de por aquellas tierras que oí contar muchas veces y que algunas fueron afamadas en romances de ciego.
Desgraciadamente en mi pueblo nunca hubo un policía de talla, es natural. Pero sí hubo un cierto jefe de la Guardia Municipal, cuyo físico, ademanes, manera de mirar, de palparse el sable y el revólver, desde chico me hicieron mucha gracia. El hombre, claro está, no pasó en su larga vida de servir a los alcaldes que le cupieron en suerte y apresar rateros, gitanos y placeras. Pero yo, observándole en el Casino o en la puerta del Ayuntamiento, daba en imaginármelo en aventuras de mayor empeño y lucimiento.
Por fácil concatenación, hace pocos años se me ocurrió que mi «detective» podría ser aquel jefe de la Guardia Municipal de Tomelloso, que en seguida bauticé como Plinio, e intenté mi primera salida aplicándolo a desentrañar el famoso caso de las «Cuestas del hermano Diego», que me habían referido tantas veces camino de Manzanares, en cuyo «carreterín» se encuentran.
Así surgió mi novela breve titulada Los carros vacíos, publicada por «Alfaguara», en su colección «La novela popular». Como la crítica me alabó el invento, inmediatamente escribí dos novelitas más: El carnaval y El charco de sangre, que componen este tomo. Aunque estos últimos «casos» son completamente imaginados, procuro retratar o reinventar tipos reales o propios del ambiente.

Así reinventó García Pavón un género detectivesco que en España tenía algunos precedentes esporádicos en el Galdós de El Crimen de Fuencarral o en la Pardo Bazán de Selva o La gota de sangre.

Estas tres primeras novelas se desarrollan en la España de Primo de Rivera. García Pavón las escribió a principios de los 50, aunque no se publicaron hasta mucho después. Los carros vacíos apareció en 1965; El Carnaval y El charco de sangre, en 1968.

Vázquez Montalbán las despachó con tanta displicencia como injusticia como un mero "estudio de costumbres en un pueblo de la Mancha" y les negó la condición de novelas policiacas. Se equivocaba, probablemente: no echa uno de menos ninguno de los componentes ni de los engranajes de la narración de detectives en estos textos que tienen una dignidad estilística y técnica que nunca desmerece de la buena literatura.

En ese mundo rural la rutina cotidiana queda alterada por situaciones que introducen el desorden del mal: crímenes rurales, oscuros y primitivos como los de algunas novelas provinciales de Simenon o Camilleri, cuyas claves tiene que reconstruir el jefe de la Guardia Municipal de Tomelloso.

Manuel González, Plinio, confuso a veces, perplejo otras; modesto y desanimado siempre, actúa con sentido común, con inteligencia práctica y con un sexto sentido, la intuición, con sus famosos y esclarecedores pálpitos.

Cuenta con la ayuda de don Lotario, un evidente homenaje a Cervantes, más Sancho que Watson, con su Ford T amarillo al servicio de la restauración del orden, para desentrañar los móviles de los asesinatos, las claves psicológicas o morales del asesino, la importancia del ambiente en esa explicación de un secreto que es siempre la narración policiaca.

Aventuras de cuerpos muertos, para decirlo en clave quijotesca, porque Cervantes patrocina las mejores páginas de García Pavón, con esa síntesis de distancia y afecto hacia los personajes, con humor, ironía y comprensión.

Y al fondo siempre, una cuidadosa descripción de ambientes, una crítica social cubierta de sutileza cervantina, un muy eficiente manejo del diálogo y una exigencia estilística que le da altura literaria a un género tradicionalmente despreciado, por el descuido con el que se ha trabajado por lo común.

Si Rafael Reig decía que Galdós era Dashiell Hammett en versión Chamberí, de García Pavón puede decirse que con Plinio pone a Maigret en Tomelloso, a Montalbano en la llanura manchega.

Santos Domínguez


12 junio 2007

Pasión de papel



Pasión de papel. Cuentos sobre el mundo del libro.

Viviana Paletta y Javier Sáez de Ibarra (eds.)
Páginas de Espuma. Madrid, 2007.



En su colección Narrativa breve, Páginas de Espuma, publica un homenaje al libro y a todos aquellos que lo hacen posible: el escritor que los crea, el editor que se arriesga a publicarlos, el librero que los distribuye y el lector que está en el principio y en el final de ese proceso en el que es fundamental el motor de la pasión.

La selección, preparada por Viviana Paletta y Javier Sáez de Ibarra, reúne veinte relatos agrupados en torno a esas cuatro esquinas del mundo de los libros: cuentos como Autobiografía (Benedetti), El zorro es más sabio (Monterroso), El bibliotecario (Luis Sepúlveda) o La vendedora de Biblias (Vila-Matas).

Cada una de las cuatro secciones va precedida de un texto de presentación. Acerca de quienes inventan libros y los escriben, Jorge Volpi redacta un Informe sobre falsarios, parodia y homenaje del inquietante Informe sobre ciegos de Sábato:

Pese a los incontables esfuerzos por eliminarlos —no seremos los primeros—, hasta ahora han resistido toda suerte de ataques y vacunas, bien encerrándose en sus madrigueras, bien fingiendo una vida anodina como sus congéneres. Su capacidad de adaptación sólo tiene equivalente en cucarachas y bichos semejantes. ¿Cómo sobreviven? Parasitan las vidas de los otros. Allí yace su amenaza: infectan a sus huéspedes atando nadie los observa —criaturas etéreas y noctámbulas, se introducen inadvertidamente en sus cerebros y de un día para otro, sin desatar síntomas de alarma, se apoderan de sus víctimas. Cuando las miserables al fin reconocen la patología —respiración entrecortada, taquicardia, cefalea, aunque hay reportes de asfixia, embolias y paros cardíacos— es ya tarde para administrarles una cura. Algunos especialistas los comparan, no sin razón, con escorpiones. Su veneno no sólo es tóxico sino, la mayor parte de las veces, incurable. Y lo peor: su mal es altamente contagioso. Una vez que se desata, no hay otra solución sino el aislamiento o la muerte.

Sobre quienes los fabrican, Mario Muchnik escribe El editor ciclista, un texto irónico, sentimental y desencantado:

A los editores vivillos siempre les fue mejor que a los editores honestos. Y hasta hoy (...) En su mayor parte, la edición está en manos ya sea de quienes saben pero se encogen de hombros y a su manera pedalean, o de quienes no saben y, sin encogerse de hombros, también a su manera pedalean.

En Pasiones de papel, dedicado a quienes difunden esos artefactos, Lola Larumbe escribe: vender un libro, además de ser un arte, es un milagro.

Y finalmente sobre quienes los leen escribe un crítico, Luis García Jambrina, su Informe para una Academia, una parodia de Kafka, paralela a la parodia inicial de Volpi y con el mismo enfoque sarcástico sobre la enfermedad de la lectura:

¿Cuáles son, se preguntarán ustedes, las razones que pueden llevar a un individuo aparentemente bien constituido a hacerse adicto a los libros? En un principio, podría ser el deseo de evadirse o escapar de una realidad que no le gusta o que le resulta frustrante. [...] Y hasta se ha extendido el rumor de que estos pobres tarados aspiran a una vida más rica, más libre y más intensa sin tener que recurrir a las drogas o al consumo de bienes superfluos, como hace todo el mundo.

Este libro es una muy recomendable dosis masiva de veneno.
Santos Domínguez

11 junio 2007

Lírica andaluza contemporánea



Fernando Ortiz.
Lírica andaluza contemporánea.
(y dos prosistas singulares)
Almuzara. Córdoba, 2007.

En su serie Clásicos andaluces de la literatura, Almuzara publica veinte artículos en los que el poeta Fernando Ortiz pasa revista a la Lírica andaluza contemporánea.

En Fernando Ortiz, hombre de Letras, el texto de Alberto García Ulecia que se ha utilizado como prólogo de esta reunión de artículos, destacaba su autor la intensa dedicación de Fernando Ortiz a la Literatura con mayúsculas, su eficiencia lectora y su generosidad con la obra ajena.

Generosidad que asume riesgos parecidos a los que debe asumir el poeta que es también Fernando Ortiz. En el mejor sentido de la expresión, crítica visceral, que es algo que habría que pedir siempre a los críticos, sobre todo a los de poesía. Una crítica que debe estar elaborada siempre con cierta dosis de exceso, de pasión desmedida y contagiosa.

Una pasión de lector que transcurre entre la Triana de Lista, maestro de Bécquer y preludio de la modernidad, y la Alameda de Hércules del autor de las Rimas; entre una Andalucía que mira al mar y otra que se ensimisma; en la encrucijada del neopopularismo y el cultismo herreriano o gongorino que marcan la evolución y el signo de la lírica andaluza contemporánea.

Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, los poetas andaluces del 27, los poetas del grupo Cántico, son algunos de los ejemplos más notables de esa coexistencia que es también la del campo y la ciudad: la de Moguer y El Puerto con Córdoba, Sevilla o Granada, hasta su decantación definitiva en una poesía urbana en los últimos años del XX.

Con ese entramado, Fernando Ortiz completa un panorama de conjunto en el que integra lo particular en lo general y sigue el hilo, muchas veces de agua subterránea, que une y fecunda las distintas voces poéticas de la Andalucía contemporánea.

Son estos los textos críticos, no de profesor de literatura sino del trabajador gustoso de la poesía que es su autor. Un reflejo de la experiencia lectora y la sabia sensibilidad de Fernando Ortiz, que traza en este libro, también, una autobiografía espiritual, las raíces de su mundo literario.

La sombra amiga de Bécquer, la silueta de Manuel Machado, garbosa como su poesía, y la de su hermano Antonio, íntegro y desvalido. Una introducción brevísima a Juan Ramón Jiménez y su conciencia poética, un análisis de la desventura y la verdad en la imagen de un Fernando Villalón desclasado.

A propósito de Lorca escribe Fernando Ortiz El mito y el poeta, tan agudo como su imprescindible Luis Cernuda: del mito a la elegía, que fue antes introducción a su espléndida edición de Música cautiva.

Un retrato olímpico de Alberti, un recorrido por la obra de Romero Murube, una honda lectura del grupo Cántico y de Pablo García Baena, sobre el que Fernando Ortiz ha escrito párrafos inolvidables, el adiós conciso y emocionado al altísimo poeta que fue Vicente Núñez, una introducción a la poesía de Alberto García Ulecia, del que se rescata un texto como prólogo de este volumen, que se completa con un perfil de Jacobo Cortines, un análisis de la poesía de Javier Salvago y una aproximación breve a la poesía de Emilio Barón.

Gerald Brenan, un hispanista en formol, y Tamarón son los dos prosistas singulares que incluye este libro, oportuno y brillante.

Santos Domínguez

10 junio 2007

Campos de concentración



Bartolí.
Molins i Fábrega.
Campos de concentración.
ACVF Ilustración. Madrid, 2007.


Con textos de una enorme intensidad de Molins i Fábrega y unos dibujos de expresividad descarnada de Bartolí, ACVF publica Campos de concentración, la segunda entrega de su serie ilustrada.

Tanto desde el punto de vista literario como en una vertiente plástica, este libro es un acta de la realidad de los campos de concentración y una denuncia del fascismo del que fueron víctimas quienes tuvieron que huir de la España franquista en 1939 para caer en la Francia colaboracionista que los confinó en campos de concentración en condiciones denigrantes.

No era aquella la Francia a la que les conducía la derrota en aquellos meses de febrero y marzo de 1939. Cientos de miles de españoles de toda edad y condición cruzaron la frontera francesa con la esperanza de una vida nueva en libertad.

Allí la infamia les negaría su dignidad y los sometería al hambre, al frío y a otras vejaciones.

Bartolí (Barcelona, 1910-Nueva York, 1995), fue sindicalista y dibujante en la prensa de la agitada Barcelona de la época. En febrero de 1939 atravesó la frontera con Francia y durante dos años pasó por siete campos de concentración, el último de ellos el de Bram, de donde se evadió. Fue detenido por la Gestapo y enviado al campo de exterminio de Dachau, pero huyó saltando del tren y, tras un largo periplo, llegó a México, donde retomó su actividad pictórica, entró en contacto con el entorno de Diego Rivera y Frida Kahlo, para trasladarse a Estados Unidos, hizo decorados para películas históricas en Hollywood y formó parte del grupo 10th Street, junto con Willem de Kooning, Kline, Pollock y Rothko. En 1973 recibió el premio Mark Rothko de Artes Plásticas.

Molins i Fábrega (Gerona, 1910-México, 1964), obrero desde la infancia, se trasladó a Barcelona en la adolescencia, fue autodidacta y lector incansable, y se implicó tempranamente en el movimiento obrero y en las luchas sociales y políticas de Cataluña. Trabajó como periodista y militó en diversas organizaciones de izquierdas hasta llegar a formar parte del comité ejecutivo del POUM. Periodista prolífico en los años de la Segunda República, se exilió al término de la guerra civil en Francia, donde fue hecho prisionero y destinado a un campo de trabajo en el norte de África. En 1940, halló asilo en México, en donde falleció.

Ambos sincronizaron su esfuerzo, su talento y su dolor para responder a los agravios y las humillaciones de los campos de concentración.

Y para dejar testimonio y denuncia conjuntos:

EL HURACÁN Y LA MUERTE se llevaron a muchos de tus compañeros. Tú yaces sepultado en el olvido. (...) Otros se fueron; tú quedaste. Sólo unos humildes, que como tú sufrieron, que saben de no ser en vida, se acuerdan de ti. Por ser humildes, saben da con largueza, pues son ricos de corazón. Ellos y tú, en un día no lejano, coronados con los espinos de tu cementerio, marcharé! radiantes hacia el triunfo.

Luis E. Aldave

Luciferi Fanum


Rafael Pérez Estrada.
Luciferi Fanum (Luces, faros y sombras).
Introducción de Francisco Ruiz Noguera.
Monosabio Narrativa. Ayuntamiento de Málaga, 2007.

El espíritu dionisiaco de Rafael Pérez Estrada titula Francisco Ruiz Noguera el texto que aparece como prólogo de Luciferi Fanum (Luces, faros y sombras), el espléndido e inclasificable libro de Pérez Estrada (Málaga 1934-2000) que ha reeditado recientemente el Ayuntamiento de Málaga en la colección de Narrativa Monosabio que dirigen Javier La Beira y Diego Medina.

El texto de Ruiz Noguera apareció hace veinte años en Hora de poesía para reseñar la publicación de este Luciferi Fanum en una pequeña editorial sevillana, con una tirada tan corta como su casi nula distribución.

Escribir en provincias -había dicho Pérez Estrada- es ejercitarse en soledades. Se llega a renunciar a la proyección de futuro: al sueño de la soberbia.

Pérez Estrada llegó a la literatura desde la pintura. Y ese origen estético influye de manera determinante en su producción literaria, en su predilección por la imagen y en la plasticidad de su estilo.

Transgresor en su visión del mundo y en su práctica literaria, la alta calidad de su prosa visionaria, barroca y surrealista se levanta como alternativa a una realidad plana en un ejercicio de irracionalismo e imaginación que lo conectan con William Blake, con una mezcla de humor y crueldad que lo emparentan con Bataille y Artaud y un culturalismo que recuerda al Lezama Lima de Paradiso.

Su estética y su ética vital están más cerca de lo dionisíaco que de lo apolíneo. Y si la sorpresa le une a la vanguardia, su imaginación es barroca. Por eso en el fondo de sus textos está siempre el desengaño, la temporalidad, la escenografía. Todo eso, como el claroscuro explícito del subtítulo, también es el Barroco.

El rito y el sur, la ironía y la teatralidad quedan convocados en este santuario del lucero, que fue el antiguo nombre de Sanlúcar de Barrameda, en este retablo que resume el mundo poético de Pérez Estrada:

Gritan las mujeres y huyen.
Y cuando todo parece consumado, tras el ara surgen los churreros que fríen su masa y lanzan al cielo la extensión interminable en cintas de sus pringues. Volutas aceitosas y resbaladizas como ofidios siniestros envuelven el paquete carnal y devorador que preside la escena.
Y sobre toda la confusión se hace al fin la luz, y un retablo trae a la transparencia de Nuestra Señora del Andalucía, que reúne en ella la agilidad en sus formas del mercurio derramado y la gracia en temblor de una medusa mediterránea atravesada por el duende encendido de la noche del Sur, y a la que, como un exvoto, presenta un vaso griego el poeta cordobés, Pablo García Baena.

Un hosanna baja y cae lentamente desde Sierra Nevada hasta dar con una playa, noche de San Juan, a la que llega el silencio compartido de las adolescentes que confían al Mediterráneo su primer amor, mientras el mar les barre de sus aguas los maleficios imposibles.

Un tapiz pasionario que, con el Mediterráneo de los mitos al fondo, desarrolla una trama litúrgica y ritual en la que participan Marlene Dietrich y santa María Egipciaca, Fernando Villalón y el fantasma de la Ópera, Al-Mutamid de Sevilla y Pablo García Baena, en un jueves Santo en el que los oficios y los lavatorios se transforman en la clínica del callista y un adolescente circuncidado se eleva en la parodia mística de una felación litúrgica.

El retablo genial y alucinado de un Sade andaluz y ceremonial bajo inciensos procesionales. Un retablo dislocado presidido por el icono homosexual de San Sebastián, en el que Lorca corona canónicamente a Elena Martín Vivaldi, los poetas de Cántico lloran la belleza efímera de Medina Azahara y Mariana Pineda recoge el cuerpo fusilado de Torrijos en la playa malagueña.

Todo eso es parte de este deslumbrante Luciferi Fanum, un auto sacramental en el que bajo la mirada del gran Inquisidor y el santo niño de Cortona pasean la hija de don Juan Alba y el príncipe Baltasar Carlos, triunfa la Eucaristía en el conocimiento de la carne y en los hilos de oro de la camiseta de un raro equipo que sirve de mortaja al joven sacrificial.

Pérez Estrada fue un creador total cuya producción no acepta más cauce que su sostenida voluntad de estilo y una creatividad que le hace huir de los límites de un género. Y en esta obra se concentra gran parte de su mundo literario que proyecta su fuerza imaginativa sobre el mundo real para metamorfosearlo con distanciamiento y para fundar una nueva realidad con su palabra creadora y su mirada alucinada.

Santos Domínguez