08 mayo 2007

Mala gente que camina


Benjamín Prado.
Mala gente que camina.
Punto de lectura. Barcelona, 2007.

Entre zanjas negras, árboles cortados y chimeneas frías que completan el desolador paisaje de la posguerra, una mujer llamada Gloria busca a su hijo pequeño desaparecido en la calle y duerme en las zanjas que se abren en la ciudad, a medio camino entre los enterrados y los desenterrados.
Ese es el argumento de una pesadilla que toma forma de novela. Se titula Óxido y la escribió en 1944 Dolores Serna, una enigmática novelista amiga de Carmen Laforet y de Delibes. Escrita a la vez que Nada, de Carmen Laforet, tiene su misma atmósfera opresiva, sus mismas calles grises.

Como Max Aub con su Jusep Torres Campalans y Muñoz Molina en Beatus ille, Benjamín Prado inventa a una autora, Dolores Serma, amiga de Carmen Laforet, que en aquellos años escribe una novela en la que denuncia el tema de los niños perdidos del franquismo.

Sobre otra busca menos dramática, la de esa misteriosa escritora, se organiza la trama de Mala gente que camina, la polémica novela que Benjamín Prado publicó el año pasado y que ahora reedita en bolsillo Punto de lectura. Y así sobre una investigación se superpone la otra, sobre la búsqueda del niño por su madre, la búsqueda de datos sobre aquella escritora. Y sobre una novela, Óxido, otra, esta Mala gente que camina.

El peso de la novela lo lleva la voz narrativa de un profesor de instituto, Juan Urbano, que está escribiendo el primer capítulo de su libro Historia de un tiempo que nunca existió (La novela de la primera posguerra española). Con una peripecia que tiene tanto de investigación literaria como de novela de detectives sobre los niños secuestrados del franquismo, el centro de la novela lo constituye una de las manifestaciones de la guerra de exterminio: el tráfico de niños cuarenta años antes de que esa práctica fuera frecuente en las dictaduras salvajes del cono sur. También en eso la madre patria dio ejemplo.

Un viaje a Atlanta para presentar una ponencia sobre Nada, Vallejo Nájera, Carmen de Icaza, Mercedes Sanz Bachiller y los falangistas del grupo Escorial son los referentes constantes de una novela llena de altibajos, una novela que con cien páginas menos probablemente habría ganado peso, musculatura y ritmo narrativo.


Santos Domínguez

07 mayo 2007

Poesía en pie de paz



Luis Bagué.
Poesía en pie de paz.
Pre-Textos. Valencia, 2007.

Modos del compromiso hacia el tercer milenio es el subtítulo de Poesía en pie de paz, el ensayo con el que Luis Bagué obtuvo el VI Premio Gerardo Diego de investigación literaria, que acaba de publicar Pre-Textos.

Luis Bagué hace en él un análisis riguroso de las distintas tendencias que se aproximan a una poesía comprometida desde los años 80 hasta hoy. Es este un periodo convulso y plural. Porque, como ha ocurrido siempre en poesía y literatura, antes de que el tiempo decante las características que permitan una perspectiva global, lo que se observan son las ebullliciones y las tentativas confusas. Y en eso radica la valentía del planteamiento de Bagué y el mérito de su estudio: en lograr distanciarse de una realidad vigente, viva en la discusión y en las realizaciones. Frente a la narratividad de lo cotidiano y el tono coloquial de la poesía figurativa, la poesía metafísica, abstracta y silenciosa, se coloca en la frontera de la intransitividad, del hermetismo y la elipsis.

Tras la polémica entre la poesía figurativa y la abstracta, entre la experiencia y la metafísica, entre la otra sentimentalidad y el silencio, incluida la alternativa peleona y plural de la poesía de la diferencia, en el marco de la posmodernidad, del pensamiento débil y el fin de la historia, han aparecido una serie de propuestas que enlazan con las diversas formas de la poesía reivindicativa o crítica, enriquecidas ahora con las propuestas ecologistas y los movimientos antiglobalización.

Con ese trasfondo se ha ido configurando una nueva lírica social, una rehumanización de la poesía que se ha concretado en un nuevo realismo y sobre todo en una búsqueda: la de una escritura poética que crea un lugar de encuentro, el espacio donde conversan el poeta y el lector y dialogan la subjetividad y el mundo.

En medio de una escena lírica que a veces parece una zarzuela o un sainete, entre el irracionalismo órfico y la lógica meditativa (Villena), entre la poesía del diálogo y la poesía del fragmento (Lanz), las dos tendencias que inaugura el Adonais de 1982, con el premio para El jardín extranjero, de Luis García Montero y el accésit a Ludia, de Amparo Amorós, asumen su perfil definitivo entre 1983 y 1988.

En la estela del último Cernuda y de Gil de Biedma, la primera de las direcciones dominó la década de los 80. Con su lenguaje figurativo y su narratividad, con su utilización del monólogo dramático y su elaboración de un personaje poético, el realismo posmoderno supone una reorientación de la experiencia hacia lo meditativo y el compromiso.

El estudio de Luis Bagué, escrito con inteligencia y distancia, aporta una admirable ordenación de materiales y contiene brillantes propuestas interpretativas que se cierran con cuatro aproximaciones al compromiso en la poesía española de los últimos diez años a través de cuatro libros: El día que dejé de leer El País (1997), de Jorge Riechmann; Cinco años de cama (1998), de Roger Wolfe; La semana fantástica (1999), de Fernando Beltrán y La intimidad de la serpiente (2003), de Luis García Montero.

Santos Domínguez

06 mayo 2007

Irak, Afganistán e Irán


Nazanín Amirian y Martha Zein.
Irak, Afganistán e Irán.
40 respuestas al conflicto en Oriente Próximo.

Desórdenes. Biblioteca de ensayo.
Lengua de Trapo. Madrid, 2007.


La editorial Lengua de Trapo acaba de poner en las librerías un valiente análisis que plantea cuarenta preguntas sobre el conflicto en Oriente Próximo. Lo firman Nazanín Amirian, una politóloga iraní que reside en España desde 1983 y es actualmente profesora en la UNED, y Martha Zein, narradora y columnista alemana.

Se trata de un trabajo riguroso que ha manejado un verdadero caudal de informaciones actualizadas hasta casi el mismo momento de la publicación. El libro se abre con una introducción en la que plantean el conflicto de Oriente Próximo en su contexto regional, en relación con los intereses expansionistas de Israel y los yacimientos petrolíferos de la zona, y en su dimensión internacional con una única potencia hegemónica que aspira a perpetuarse según los planteamientos de los neocons convencidos del fin de la historia.

Y a partir de ahí se plantean cuarenta preguntas y se ofrecen cuarenta respuestas articuladas en torno a cuatro ejes:

Irak o la guerra de Israel.
Afganistán o la guerra de EE. UU.
¿Irán amenaza o es amenazado?
La actual crisis nuclear con Irán.

En torno a esas cuatro cuestiones se plantean preguntas tan cruciales como estas, que exigen un análisis agudo y complejo:

¿Se han cumplido los planes de EE UU-Israel en Irak?

¿Qué es eso que atrae tanto a las potencias occidentales que una vez derrocados los talibanes no se marchan de Afganistán?

¿A qué se debe esa extraña tranquilidad desafiante del régimen iraní ante las amenazas de EE UU?

¿Serán capaces de lanzar un ataque nuclear sobre Irán?

Cuando las mismas mentiras que se utilizaron como excusa para invadir Irak empiezan a esgrimirse contra Irán, resulta muy oportuno un libro como este, que deja al descubierto el entramado de manipulaciones propagandísticas y de intereses oscuros que esconden los múltiples conflictos de la zona:

A estas alturas, la mayoría de los analistas y millones de personas en todo el mundo consideran que la verdadera razón de la criminal agresión militar de Estados Unidos y sus aliados contra el Estado soberano de Irak fue el control de su petróleo. Sólo algunos ex presidentes (y contados aún presidentes) siguen insistiendo en que si invadieron al moribundo Irak fue por las armas de «destrucción masiva» que poseía Sadam Husein, no dándose por enterados de la probada inexistencia de este armamento. Este mismo argumento vuelve a convertirse en un pretexto para la siguiente (e inminente) agresión: Irán. Por otra parte, quienes denunciaban la farsa, insistían en que el objetivo real de la Alianza era, principalmente, apoderarse de los inmensos campos de petróleo del país asiático. Se equivocan si arguyen que Sadam —ese gran títere de Washington— de repente se volvió anti imperialista y que, de forma parecida, la República Islámica de Irán se está convirtiendo en una enemiga de la Administración Bush... suposiciones absolutamente irreales. En este libro barajamos otra posibilidad: que el objetivo primordial de las guerras en Oriente Próximo promovidas por Washington no ha sido el control sobre el oro negro sino cumplir las directrices del gobierno israelí para debilitar e incluso destruir los dos grandes estados de la región, Irak e Irán, que son quienes pueden cuestionar su hegemonía y expansionismo militar y territorial. En el transcurso de este análisis político demostraremos, de paso, que estas aventuras bélicas perjudicarán a medio y largo plazo los intereses estratégicos, económicos y políticos de EE UU (que no de la élite gobernante actual). Decía el estudioso palestino Edward Said que la política de EE UU para Oriente Próximo se asienta en dos pilares centrales: el control de las abundantes reservas de petróleo de la región y la seguridad de Israel. Al sabio palestino se le escapó precisar que, a veces, como es el caso del actual caos en Irak, los proyectos geoestratégicos de Tel Aviv no sólo no convergen con los planes de Washington sino que colisionan de frente.

A pesar de esas colisiones, el libro aporta datos inquietantes sobre el lobby judío en Estados Unidos y el control político y económico que ejerce no sólo sobre los republicanos, sino sobre el Partido Demócrata.

Al control del petróleo y a la protección de los intereses del Estado de Israel, habría que añadir una tercera causa para entender las acciones armadas norteamericanas en la zona: la pedagogía del miedo y la demostración de músculo.

Ello provoca situaciones tan explosivas como la que se está incubando en torno a Irán:

En las circunstancias actuales, los presidentes de Irán y de Estados Unidos se retroalimentan. No hay duda de que una agresión militar sobre Irán incrementaría el poder y la popularidad de Ahmadineyad, y no sólo en Irán, sino también entre millones de musulmanes del mundo. Por su parte, el presidente Bush también puede recurrir a una agresión militar limitada —eso sí, después de una fuerte campaña de demonización de Irán que acabe presentándolo como el principal peligro para la paz mundial y la del cosmos—, para enviar las noticias sobre el caos en Irak y en Afganistán a un segundo plano, exportar la crisis política interna a la que se está enfrentando y, sobre todo, realizar los deseos de Israel de llevar a cabo «la doble contención» a Irán, pues ésta amenaza su política hegemonista en Oriente Próximo.

Las situaciones son tan complejas que no se agotan en una sola explicación ni en una sola causa. De ahí que el enfoque de esta realidad tenga que ser geoestratégico, financiero y tal vez ideológico. No son demasiado optimistas las previsiones de las dos autoras, a juzgar por la respuesta a la penúltima pregunta del libro, la que plantea la posibilidad de una ataque nuclear contra Irán:

Pues, sí. Todo indica que el ataque será más nuclear que convencional, sobre todo para no repetir fiascos como el de Irak. Por todos es sabido que un arma nuclear «borra» más y de forma más rápida cualquier huella del enemigo; por eso, para evitar que la opinión pública vuelva a dejar en evidencia la honorabilidad de los atacantes con sus dudas sobre si los atacados poseen armas de destrucción masiva, EE UU-Israel atacarán «nuclearmente» a Irán y así acabarán de un plumazo con cualquier evidencia que pudiera demostrar la inocencia iraní. Lo hacen por razones «preventivas», por si los ex presidentes y aún presidentes tuvieran que enfrentarse a la pregunta «¿Dónde estaban las armas nucleares de Irán?»; llegado el caso la respuesta sería absolutamente incuestionable: «Han sido destruidas en el ataque nuclear». De este modo, mandatarios como el ex presidente Aznar no tendrán que recurrir a perífrasis embarazosas del estilo:
Tengo el problema de no haber sido tan listo y no haberlo sabido antes, pero es que, cuando yo no lo sabía, nadie lo sabía... y todo el mundo creía que las había.

La técnica consiste en crear un bulo estremecedor y luego destruirlo para siempre.


El volumen, una aportación imprescindible al tema, lo cierra una larga serie de referencias bibliográficas. No es la bibliografía al uso. Se trata de algo bien distinto por su actualidad y su actualización: cinco páginas de enlaces a sitios de internet en revisión permanente.

Luis E. Aldave

05 mayo 2007

Corambo





José Antonio Ramírez Lozano.
Corambo.
DVD. Barcelona, 2007.


Corambo, el último libro de poesía de José Antonio Ramírez Lozano, es un nombre de lugar, del lugar de la palabra creadora que funda el mundo y, antes que la luz, ilumina la realidad. Porque la lengua inaugura las cosas al nombrarlas, empieza por fijar un territorio, un espacio propio.

Corambo es el nombre de ese lugar, refugio y defensa frente a un mundo en el que acechan la destrucción, el tiempo y el olvido, porque el sentido de la literatura es ese, el de enfrentarse al tiempo. De ese combate contra el tiempo trata este libro, porque, como asegura el premeditado final del libro, lo que importa es, al cabo, derrotar a la Muerte.

Y por eso el reino de Corambo es no sólo un espacio, sino un estado de ánimo, que tiene nombre de caballo:

El hombre que bautiza con un nombre un caballo
lo hace suyo al instante y no habrá ya enemigo
que lo monte si antes no le arranca sus sílabas.

Es este un libro de aliento amplio, de hondura reflexiva y ambición poética semejantes a la del Ramírez Lozano más meditativo, el de Sybila Famiana, el de Teluria o El arquero ciego.

Un libro compacto, recorrido por un motivo central, el de la palabra creadora, y por una voz sola, madura, potente y -aunque lo disimule- dolorida. No una voz impostada, una voz personal, severa en su cadencia alejandrina y reflexiva, consciente de estar cercada por las postrimerías y de que vivir en la palabra es vivir contra la muerte:

Las palabras no fueron más que ese alrededor,
esa débil corola que circunda el abismo,
esa boca terrible en que mana el silencio.

Y mientras, como una de las ciudades invisibles de Italo Calvino, Pontinia resiste el asedio porque las ciudades se fundan con palabras hermosas.

En el que posiblemente sea el texto central del libro, el bien articulado diálogo que construye el Martirio de San Icasio, un poema clave y de una extraordinaria hondura, se lee este verso, que podría cifrar el sentido total de este Corambo, de poderosa palabra alzada contra la muerte y el olvido y otras afecciones no menos insidiosas:

Vivirás mientras digas. La palabra es el reino.

Santos Domínguez

04 mayo 2007

Las bodas de Pentecostés


Philip Larkin.
Las bodas de Pentecostés.
Traducción y prólogo de Damián Alou.
Lumen. Barcelona, 2007.


En 1964, diez años antes de publicar Ventanas altas, Philip Larkin (1922-1985) se convirtió con Las bodas de Pentecostés en una de las voces más personales y renovadoras de la poesía inglesa.

Áspero y directo, insolente e incisivo, Larkin ejerció una influencia determinante también en la poesía norteamericana con este libro que se publicaba en febrero de 1964 en Inglaterra y en octubre en Estados Unidos y se convertía en un éxito de ventas inmediato: en dos meses vendió 4.000 ejemplares y las reediciones se sucedieron con cadencia más propia de la narrativa que de la poesía.

Tras unos inicios juveniles con poemas marcados por la lectura de Yeats o con meros pastiches impostados de Auden, Larkin encuentra en la lectura de Thomas Hardy un modelo poético: una modesta atención a la realidad, una incursión en lo cotidiano es lo que le enseña esa poesía.

No se trata sólo de una cuestión de temas. El tono coloquial y la actitud de retraimiento ante el mundo sitúan esta poesía en las antípodas de Pound, Eliot o Auden.

En un artículo sobre Hardy, Philip Larkin habla de ese autor en términos que definen su propia poesía, su propia literatura:

No es un escritor trascendente, no es un Yeats, no es un Eliot; sus temas son los hombres, las vidas de los hombres, el tiempo y el paso del tiempo, el amor y el apagarse del amor.

Es justamente esa modestia de los temas la que define esta poesía y orienta su tono. Lo anota el propio Larkin:

Mis poemas se explican tan bien solos que cualquier comentario sería superfluo. Todos derivan de cosas que he visto, pensado o hecho, y dudo que entre sus temas haya nada extraordinario.


El dolor, el fracaso y la angustia, las humillaciones o el complejo por su tartamudez escolar y su voz aflautada, la dureza degenerativa de la vida cotidiana en la Inglaterra de posguerra son algunos de esos temas.

La poesía, señalaba Larkin en una reseña para la radio, debería comenzar con una emoción en el poeta, y acabar con esa misma emoción en el lector. El poema no es más que el instrumento de transferencia.

Larkin era bibliotecario en la Universidad de Hull, un lugar situado en el extremo oriental de Inglaterra. Lejos de todo, desde ese rincón periférico, un Larkin solitario y aislado escribe Las bodas de Pentecostés en un tono elegiaco que convive con la ironía para construir una poesía autobiográfica que tiene menos de confesión que de venganza y de ajuste de cuentas con los agravios de la vida:

La vida primero es tedio, luego miedo.
La utilicemos o no, pasa,
y deja lo que algo ajeno a nosotros eligió,
y la vejez, y luego el único fin de la vejez.

escribe al final de Dockery e hijo, uno de los mejores textos de un libro alejado a veces de un mundo de sombras industriales y del sonido gutural de los apeaderos bajo la niebla, de suburbios con solares de maleza y desperdicios. Otras veces, Larkin escribe una partitura compasiva como Sidney Bechet, el clarinetista más famoso de Nueva Orleans, al que está dedicado uno de los poemas más emocionados del libro.

Damián Alou ha escrito para esta edición un prólogo exacto y directo, el que requería una poesía y una personalidad como la de Larkin. El mejor elogio que se puede hacer de su traducción es decir que cumple eficientemente la parte que le corresponde en esa transferencia de emociones que es la poesía para Larkin.

A la vez que esta versión de Las bodas de Pentecostés, Lumen recupera en su espléndida colección de narrativa la traducción de Marcelo Cohen de Jill (1946), la primera de las dos novelas de Larkin. Una novela de college, sobre los ambientes universitarios de Oxford en el trimestre de otoño de 1940, en los primeros meses de la segunda guerra mundial.

Hay más de un punto de contacto entre esta novela y la poesía de Larkin: el mismo tono incisivo, la misma ironía turbia, la misma amargura ante la dureza de la vida, idéntico pesimismo ante una realidad gris. El mismo contraste entre el aquí y el allí, entre la realidad y el deseo, un tema que atraviesa toda la literatura de Larkin.

Santos Domínguez

03 mayo 2007

Metamorfosis del jardín



Giovanni Quessep.
Metamorfosis del jardín. Poesía reunida (1968-2006).
Edición de Nicanor Vélez.
Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores. Barcelona, 2007.


Casi desconocido en España, en donde no había sido editado ningún libro suyo hasta ahora, Giovanni Quessep (1939), ocupa con Álvaro Mutis, Darío Jaramillo o Juan Gustavo Cobo Borda, y probablemente por encima de ellos, un lugar fundamental en la poesía colombiana del siglo XX.

Lo recuerda Nicanor Vélez en el prólogo que ha preparado para esta edición de su poesía reunida (1968-2006) en Metamorfosis del jardín, un libro deslumbrante que incorpora un inédito escrito entre 2004 y 2006, Las hojas de la Sibila. Lo acaba de publicar Galaxia Gutenberg /Círculo de Lectores simultánemente en España y Colombia.

De origen árabe, Quessep, como uno de aquellos comerciantes sirios o turcos que aparecen en las novelas de García Márquez, es hijo de un libanés emigrado a Colombia. Y más allá del mero mestizaje personal que le hace conjugar la tradición española con la poesía árabe, su estancia de dos años en Italia marca profundamente los intereses poéticos de quien, con los otros autores de su edad, renovó la poesía colombiana del siglo XX.

“Soy un cruce de culturas” ha declarado Quessep alguna vez. Y así es su poesía. Una poesía de encrucijada entre culturas, influencias y tradiciones, su autor ha sido acusado a menudo en su país de practicar una poesía evasiva, de ignorar la realidad en una actitud que recuerda al modernismo y que lo situaría en su estela anacrónica.

Nada más superficial, más injusto ni más falso, porque Quessep va más allá de la superficie libresca, de la alusión culturalista, para construir con ellas un correlato figurativo, una metáfora alusiva a una realidad interior y profunda, marcada por el tema constante del tiempo.

Fusión de culturas, historia y leyenda en una espléndida revisión del Carpe diem, con un tiempo que colecciona mariposas en La alondra y los alacranes, uno de los mejores poemas de uno de sus mejores libros, Duración y leyenda (1972):

Que estás en un lugar de Suramérica
No estamos en Verona
No sentirás el canto de la alondra
Los inventos de Shakespeare
No son para Mauricio Babilonia
Cumple tu historia suramericana
Espérame desnuda
Entre los alacranes
Y olvídate y no olvides
Que el tiempo colecciona mariposas

Hay poetas
- ha dicho Darío Jaramillo- que, desde su primer verso, poseen un lenguaje propio por el cual filtran su realidad. Quessep es uno de estos: un lenguaje.

Y no sólo ese lenguaje propio, claro, sino una realidad filtrada a través de una serie de temas: la temporalidad y el olvido, simbolizados en unas nubes que son otra/de las formas del tiempo; la sensación de exilio, la vivencia del poeta como un extranjero que recuerda a Jabès en este fragmento del Canto del extranjero (1976):

Cómo entrar a tu reino si has cerrado
La puerta del jardín y te vigilas
En tu noche se pierde el extranjero
Blancura de isla

Pero hay alguien que viene por el bosque
De alados ciervos y extranjera luna
Isla de Claudia para tanta pena
Viene en tu busca

O el jardín y el pájaro que inauguran el que quizá sea su mejor libro, el excelente Un jardín y un desierto (1993), donde aparecen poemas como Hiedra:

Destino de la hiedra
que va aferrada al tiempo, al blanco muro:
penetrar en la piedra
y revelar los lirios de lo oscuro.

¿Qué silencios persigue?
¿De qué músicas huye?
¿No hay ala que hacia el cielo la desligue?
Vuela un pájaro en torno, el agua fluye.

Jardín y desierto que se convierten en metáforas de la escritura, como en este Jardín final:

Jardín final: al cielo
renuncia el girasol que se desdora.

Perdida en su desvelo
el agua del aljibe da la hora.

Todo ha sido cantado;
quizá un tapiz se teje en el pasado.

En Mito y poesía, un texto en prosa que figura como introducción de Carta imaginaria (1998), escribe Quessep estas palabras que podrían aplicarse a toda su poesía :

El poeta no teme a la nada. Sabe la lengua del coloquio de los pájaros, que aprendió Adán en el Paraíso terrenal. Y sabe, también, que la poesía es una danza, y que hay un arte de pájaros en su asombro y en su vuelo. Los ojos del poeta están tejidos de un cristal mágico; en su pasión tienen la esfericidad de los cielos y de su música extremada. A medida que se distancian de lo real, hallan la verdad de la poesía, o duración de las fábulas, que es el alma. El poeta, que no lo ignora, pone en juego su ser; pero, si quiere perseverar en éste, debe entregarse a la única ley que rige la creación poética: la palpitación del abismo. Y el abismo es el centro del universo: están en él las constelaciones, pero también la rosa, «espejo del tiempo», semejante a la luna en la metáfora del místico persa. Belleza o abismo, palabra y música: encantamiento total, orden del espíritu que descubre la ciencia del amor y abre las puertas de lo desconocido.

Santos Domínguez

02 mayo 2007

El anarquista de las bengalas



Santiago Montobbio.
El anarquista de las bengalas.
March Editor. Barcelona, 2005.

Una lengua la crea el dolor, y yo he sido una lengua,
el modo extraño en que alguien se salva.


Esos versos los escribía Santiago Montobbio (Barcelona, 1966) en Ética confirmada, un conjunto de textos de 1990. De esa misma época son los poemas que aparecieron en Hospital de inocentes y en El anarquista de las bengalas, un libro fechado en 1987 que fue el año pasado finalista del premio Quijote al mejor libro de poesía de 2005.

Lo publicó March Editor en su Biblioteca Íntima, que dirige Antonio Beneyto, y en la que han aparecido textos de Javier Tomeo, Alejandra Pizarnik o Joan Perucho.

La poesía -ha explicado Santiago Montobbio- es una rama civil y laica de la soterología, la ciencia de la salvación.

Poesía, pues, para la supervivencia, trabajada con intensidad por la voz verdadera de quien escribe para salvarse y para salvarnos.

Poesía abismada en la hondura de su mirada hacia dentro, que plantea preguntas y busca comprenderse a través de la expresión y expresarse una vez lograda o entrevista esa comprensión del fondo oscuro de la conciencia de la angustia y la memoria del dolor.

Porque la soledad y la muerte son los dos temas que recorren una obra poética consistente que ha sido traducida a las más importantes lenguas de cultura y en la que la melancolía se expresa a través de un estilo que huye del destello deslumbrante y prescinde del ingenio imaginativo. Y en ella dos constantes: la reflexividad y la búsqueda de respuestas que descifren las razones del desasosiego.

La poesía de Montobbio se convierte así en revelación de zonas secretas y realidades clandestinas. Y a veces el poeta se convierte en portavoz de ese misterio, porque como dijo Pound es el poema el que le ocurre al poeta.

Esta es una poesía que no se parece a ninguna otra. Y en ella coexisten varias voces, tonos diversos. El humor o la ironía que acercan alguno de estos poemas, como Lo dijo el policía, a la tradición epigramática

Más frecuente es el tono confesional del poeta que se lava el alma sobre el papel, como explica en el poema que da título a este libro. Y es en esos textos donde el libro alcanza sus momentos más altos, su versos más intensos.

Por ejemplo, cuando Montobbio habla de la literatura como forma/de tomarle el pulso a las miserias o de su vocación interrogativa al concluir que la única carne/del hombre es la pregunta.

O al definir la soledad, uno de sus temas vertebrales, con esta imagen: una flor seca/que alguien me había puesto/en el silencio de un ojal.

De un pozo muy oscuro y verdadero
decía Carmen Martín Gaite que surgían los poemas de Santiago Montobbio. Una poesía perturbadora y honda, porque llama a una zona oscura y dolorosa del ser, a la conciencia atormentada de un hombre ante un espejo.

Santos Domínguez