29 octubre 2006

Las aventuras de Wesley Jackson




William Saroyan.
Las aventuras de Wesley Jackson.
Traducción de Jordi Martín Lloret.
Acantilado. Barcelona, 2006



Más atento a la propaganda que a la verdad y menos pendiente de la realidad que de la imagen que proyectaba, el ejército de EE. UU. encargó durante la Segunda Guerra Mundial a William Saroyan una novela para ensalzar la vida castrense y fomentar el alistamiento voluntario.

Saroyan empezó a escribirla en Londres:

Me llamo Wesley Jackson, tengo diecinueve años y mi canción favorita es Valencia. Supongo que tarde o temprano todo el mundo se busca una canción favorita. Yo sé que la mía es ésa porque no paro de cantarla ni de oírla, incluso dormido.

Así comienza Las aventuras de Wesley Jackson, que publica la editorial Acantilado con el esmero que la caracteriza.

William Saroyan, norteamericano de origen armenio, era ya un narrador muy popular en los Estados Unidos. Tenía fama, a través de sus relatos breves, de hombre de buen humor, optimista, compasivo y bondadoso. Eso le diferenciaba radicalmente de escritores como Dos Passos, Hemingway o Steinbeck y debió de influir en la elección de su nombre por la inteligencia militar para que escribiera aquella novela propagandística.

Saroyan, que no debía de saber decir que no, aceptó el encargo. Pero, como el personaje de su novela, un muchacho de 19 años retraído y tímido que es el protagonista y el narrador, el novelista acabó por declarar en aquella novela que la guerra era una mierda y el ejército, una reunión de indeseables.

Asustado, confuso y finalmente furioso lo decía, como su personaje ante el coronel, sin maldad, con espontaneidad primaria. Pero eso no le disculpó ante los militares, que rechazaron con igual naturalidad esta novela, que se publicó en 1946 y que sesenta años después mantiene su frescura y su vitalidad.

Quizá no exista un alegato más duro contra la guerra y la propaganda patriótica y el militarismo. El efecto es más cáustico porque la crítica procede de alguien (Wesley Jackson/ William Saroyan) de buena voluntad, ingenuo y sincero, de quien en principio no podía esperarse esa acritud demoledora.

Conocido sobre todo como uno de los maestros del relato breve norteamericano, de Saroyan (1908-1981) había publicado Acantilado dos recopilaciones de su narrativa breve (El joven audaz sobre el trapecio volante y la imprescindible Me llamo Aram) y novelas como La comedia humana.

Todos esos libros, como estas Aventuras de Wesley Jackson, muestran a un narrador dotado de enorme facilidad para contar historias que provocan el interés de todo tipo de lectores. Son obras que con frecuencia se alimentan de su experiencia autobiográfica, pobladas de gente joven y bondadosa que, cuando tiene que decir algo desagradable o denunciar una mentira, lo hace con la devastadora espontaneidad de un fenómeno natural. Con la fuerza imparable de la conciencia.

De ahí, y no de una consumada altura literaria, procede la fuerza de Saroyan y el interés de su obra.

Santos Domínguez

27 octubre 2006

Los perros de Tesalónica



Kjell Askildsed.
Los perros de Tesalónica.
Trad. de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo.
Lengua de Trapo. Madrid, 2006



Lengua de Trapo acaba de publicar Los perros de Tesalónica, del noruego Kjell Askildsen, al que la crítica ha llamado el Carver europeo y del que esta misma editorial había editado ya otro libro de cuentos, Un vasto y desierto paisaje (2002) y Últimas notas de Thomas F. para la humanidad (2003), el monólogo de un hombre del subsuelo.

Askildsen es uno de los maestros actuales del relato corto. Heredero de Chejov, de Hemingway y Carver, emparentado con Cheever, los siete textos que integran Los perros de Tesalónica se publicaron en 1996 y 1999 y se editan ahora en español con una brillante traducción debida a la colaboración de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo.

Cuando se habla de Askildsen como de un escritor incisivo no se alude tanto a una cuestión de temas y de actitudes, que también, como a una cuestión de estilo. La rapidísima sucesión de narración y estilo directo con frases muy cortas y muy precisas, construyen un estilo afilado como una navaja barbera que da cauce a una técnica minimalista para expresar el pesimismo del autor sobre la condición humana a través de unos personajes fríos y distantes, en los que hay siempre una sima insalvable entre lo que dicen y lo que piensan.

Conversaciones triviales, detalles aparentemente insignificantes, hechos intranscendentes se suceden en todos estos relatos para dar el tono existencial de unas vidas vacías, carentes de sentido, de unas historias de parejas y familias, de silencios más elocuentes que las palabras, de excesos alcohólicos y de sueños culpables.

Ese estilo casi telegráfico, como de ametralladora, contiene unas claves de sutileza, de ironía y sugerencias y segundas intenciones que han sabido transmitir las dos traductoras, que han trabajado en equipo para conseguir una versión que mantiene esos valores del original.

Un intenso conjunto narrativo para que el aficionado a la buena literatura lo disfrute y descubra a un escritor muy interesante. Y para que el narrador joven, el que se está iniciando ahora en el relato, aprenda aquí precisión, eficacia y solvencia, las tres virtudes teologales de la buena literatura.


Santos Domínguez

25 octubre 2006

La tarde más larga



Fernando Martínez.
La tarde más larga.
Almuzara. Córdoba, 2006.

Ocho caballos llevaba

el coche del Espartero.


El coche del que hablaba en los Romances del 800 Fernando Villalón, el ganadero poeta que quería crear una raza de toros con los ojos verdes, era el coche fúnebre que llevaba el cadáver de quien se llamó en el siglo Manuel García Cuesta y en los carteles El Espartero.

Lo había matado en Madrid el toro Perdigón, de Miura, el 27 de mayo de 1894 y el 30 de mayo llegaban sus restos a Sevilla. Miles de sevillanos pasaron por la capilla ardiente del Espartero. Uno de aquellos veinte mil dolientes era Fernando Villalón, que entonces era todavía un niño que no olvidaría nunca la impresión de aquel duelo, en el que iban de negro los mayorales/y en la fusta un lazo negro.

El Espartero era el torero más poderoso de su tiempo, uno de los emblemas del valor, la figura que entraba en la leyenda con su muerte cuando tenía 29 años recién cumplidos.

De su última tarde trata La tarde más larga, la novela en la que El Espartero recuerda su vida ante el periodista-narrador Mateo Rueda, mientras se viste en el cuarto del hotel para hacer el último paseíllo. La ha escrito Fernando Martínez y la ha editado con encomiable esmero y con una bellísima portada la editorial Almuzara en su colección Narrativa.

Esa tarde el torero recuerda su infancia y sus sueños en la Alameda de Hércules y en la sevillana plaza de la Alfalfa que evocaba Villalón en su romance; añora la tarde de su presentación en la Maestranza como banderillero. Tiene ya el aspecto de un dios joven y el porte cansado de un héroe triste acosado por las premoniciones supersticiosas.

Precisamente las supersticiones convierten en inverosímil una conversación sobre las cornadas que ha sufrido el torero. Ningún torero, y menos alguien como El Espartero y su cuadrilla, se permiten a sí mismos ni consienten a los demás la más mínima alusión a ese tipo de cosas antes de salir para la plaza y de encontrarse en el camino un entierro.

Pese a algún error de fechas, producto de un descuido menor (el 28 de mayo de 1894 era lunes y no martes) que desencadena errores posteriores, es esta una narración bien escrita que se propone ir más allá de la mera anécdota trágica para intentar ahondar en la mentalidad de un hombre que va a jugarse la vida y la va a perder un rato después, en un momento.

Se acabó de imprimir este libro el 16 de abril de 2006, Domingo de Resurrección, una de las fechas más taurinas y simbólicas del calendario, un día emblemático en los ciclos míticos y en los viejos rituales de la vida y la muerte que persisten en la tauromaquia.

Santos Domínguez

24 octubre 2006

Las provincias del frío



Santos Domínguez Ramos
Las provincias del frío.
Algaida. Sevilla, 2006.



Desde que vieran la luz sus primeras composiciones en Jóvenes poetas en el Aula (Cáceres, 1983), Santos Domínguez Ramos ha ido entregando de modo pausado y constante sus poemas a numerosas revistas, ha sido seleccionado en prestigiosas antologías (entre otras, Abierto al aire, 1984; Quién es quién en poesía, Madrid, 1988; Diez años de poesía, Cáceres, 1995; Antología de poesía española, Sevilla, 1995, etc.), y ha sido premiado repetidamente: fue segundo Premio Nacional de Poesía del Ministerio de Educación por su libro Cavernas de la piedra (1983), X Premio Gerardo Diego en 2004 por Tres retratos del frío, Premio Internacional Jaime Gil de Biedma y Alba de 2005 por Díptico del infierno, accésit del Premio Ciudad de Zaragoza de 2006 con La luz del palimsesto, Premi Tardor ese mismo año por En un bosque extranjero y LII Premio de Poesía Alcaraván por Cementerio alemán (Yuste).

Las provincias del frío (VIII premio de poesía Eladio Cabañero) cierra, según confiesa el propio poeta, un ciclo literario, al que pertenecen los tres poemarios anteriores a éste: Pórtico de la memoria (Badajoz, Col. Alcazaba, 1994), La orilla del invierno (Cáceres, Col. Almenara, 1996) y Cuaderno de Abul Qasim (Badajoz, Col. Alcazaba, 2001). Nos encontramos, pues, ante una tetralogía, diversa y plural en la medida en que el autor se ha aproximado a tradiciones culturales diferentes, pero a la vez homogénea, unida por un parentesco formal que tiene que ver con la presencia dominante de determinados temas, con la expresión formal (dicción culta, predilección por los metros más musicales del castellano, alejandrinos y endecasílabos) y con ciertos procedimientos de composición preferenciales.

El mundo clásico y la cultura árabe, con todas sus formas de mestizaje cultural, habían sido objeto de sus libros anteriores, en los que el poeta opera desde una intuición originaria: el mármol de Delfos, un zéjel andalusí, un lienzo del Barroco castellano, una melodía lisboeta o habanera..., son distintos nombres para denominar el arte que nos forma, la cultura del Mediterráneo, la antigua tradición grecolatina que perfila los contornos de nuestro ser más valioso, un ámbito que marca tanto la frontera de nuestras limitaciones como el territorio de nuestra más profunda personalidad cultural. Como es común en este tipo de evocaciones, un tono levemente nostálgico, próximo a la elegía, tiñe estos textos que, al recordar el pasado, lamentan en alguna medida su desaparición.

Si como recuerda Luis Antonio de Villena la tradición es "la vida misma de la literatura o del arte" (el escritor recuerda una formulación de Pedro Salinas: "La tradición es la habitación natural del poeta"), la poesía de Domínguez Ramos nace estimulada por una tradición, cultural y literaria, que el poeta revitaliza al asumirla de un modo selectivo, y al fin, se presenta al lector arropada por ella (las referencias cómplices a otros poetas, las apoyaturas culturales, las citas... son numerosísimas).

En Las provincias del frío, Santos Domínguez ha dirigido su atención hacia la tradición literaria europea y norteamericana (y ese puede ser uno de los sentidos del título), en una sucesión de evocaciones que traen hasta la superficie del poema la figura de escritores como Hölderlin, Wordsworth, Robert Walser, Virginia Woolf, Kafka, E. Lee Master..., pero también de personajes ficticios como la Ada de Nabokov, Hamlet o el rey Lear.

Recordaba Ortega que todo buen poeta nos plagia, pues en sus textos encontramos expresadas ideas y emociones que "nos pertenecen", que reconocemos como propias. Las composiciones del poemario que comentamos parecen haber surgido de esta desconcertante impresión, de modo que, de un lado, trazan el contorno de las preferencias lectoras de su autor (y como lector se nos presenta en la apertura del poemario, un lugar "marcado" en cualquier obra: "El lector se levanta para ver la fatiga vegetal del paisaje, / triste como los lunes en los parques zoológicos"), pero además expresan una personalidad poética singular, profundamente original, pues en la configuración de un talante literario operan, con igual rendimiento, las experiencias personales que la formación lectora. Los poemas nacen, pues, de una fuerte atracción por distintas voces poéticas, de una afinidad emocional con ellas y de una correlación anímica intuida que potencia la expresión personal: el poeta siente así que "escribe a ciegas" pues ignora si los mensajes que elabora hallarán un receptor digno (como en Ada sin ardor una mujer escribe a una dirección clausurada), que se empecina en una tarea sin reconocimiento (como Luis Cernuda contemplando el crepúsculo en su exilio mejicano), que se aísla en un ámbito no visitado ("Oficio de tinieblas"), etc.

En su composición, los poemas pueden presentarse como "homenajes", esto es, como una aproximación reflexiva y externa ("Es su última hora. La llaman desde un lago"), pero también pueden adoptar la forma de monólogos dramáticos (y en este caso la proximidad emotiva parece mayor) en que oímos la voz del poeta evocado, como si se tratara de un texto inédito encontrado entre sus viejos papeles, un artificio que permite escuchar en un único discurso a dos poetas que en él convergen, como si el poema pudiera instalarse de modo natural en dos trayectorias líricas ("Sentado en una piedra / he aprendido a mirar la tarde con los años,").

No es infrecuente que estos escritores sean recordados en un momento "crepuscular" de sus vidas o en el instante de la partida (circunstancia que se daba ya en libros anteriores: en Pórtico de la memoria se recuerda a Góngora de regreso a Córdoba en 1626 un año antes de su muerte, sin haber conseguido publicar sus poemas mayores; a San Juan de la Cruz contemplando sus manos vacías...). Así, Paul Celan, poeta judío asquenazi, es evocado en el momento anterior a su suicidio (se arrojó al Sena: "Crece el escalofrío. / Ya ha decidido irse. Ha elegido el momento"), Hölderlin aparece recluido en una torre (a la que fue trasladado desde el manicomio de Tubinga y en donde, bajo la tutela del ebanista Zimmer, escribió extraños textos con el nombre de Scardanelli), Robert Walser, cuyo cadáver apareció bajo la nieve (internado en una clínica siquiátrica, murió el día de Navidad de 1956), Lope de Vega vive su ancianidad marcado por el abandono de los poderosos y el recuerdo de su hijo, Lope Félix, que se ahogó mientras pescaba perlas en la isla Margarita...

La muerte adquiere en estas trayectorias la condición de una derrota (en la mayor parte de los casos, apenas si les llegó reconocimiento en vida), pero también de una culminación, pues sus obras les sobrevivirán, se sumarán a una tradición nutricia (como confirma el poemario que comentamos): son esas provincias del título, en el sentido etimológico de "territorios conquistados" (la provincia Kafka, la provincia Cernuda...), de espacios estéticos de los que se adueñaron cuando hallaron una voz personal.

Sin duda, es la muerte el motivo más repetido en el poemario, de ahí su tono elegíaco. La impresión de acabamiento, de "fin de viaje" (como se titula uno de los poemas), de asistir a vidas "crepusculares" abocadas a una pronta desaparición, se acentúa con la reiteración del otoño y el invierno, la lluvia, la niebla, los parajes nevados, el bosque desnudo..., motivos aparentemente externos que, sin embargo, contribuyen a formular la reflexión emocionada de cada poema.


Simón Viola

Heidegger en la tormenta




Marcel Conche.
Heidegger en la tormenta.
Traducción de Pilar Sánchez Orozco.
Melusina. Barcelona, 2006.


Cuando aún está reciente la polémica del caso Grass, la editorial Melusina publica Heidegger en la tormenta, del profesor francés de Filosofía Marcel Conche, que ha integrado en este libro, Heidegger en la tormenta, como dos capítulos complementarios dos ensayos (Heidegger resistente y Heidegger inconsiderado) que había publicado respectivamente en 1996 y 1997.

Le acompaña, pues, a esta edición de elegante diseño el sentido de la oportunidad, ya que la figura de Heidegger ha sido muy controvertida por su relación con el nazismo, de lo que nunca quiso disculparse, aunque en algún momento de comprensible debilidad, allá en 1945, cuando ya todo estaba perdido, se declaró resistente espiritual ante el nazismo.

Esa es la tesis central de estos dos ensayos que forman Heidegger en la tormenta: que la colaboración con los nazis fue un error del que el filósofo se arrepintió pronto. Para demostrarlo, Marcel Conche recurre a los escritos posteriores a 1934 y a testimonios de algún alumno universitario de Heidegger:

Si con este libro - escribe Marcel Conche- me convierto en el «abogado» de Heidegger, no es para aparecer como defensor delante de no sé qué tribunal ni para añadir una defensa a las de sus defensores. Sucede simplemente que tras haber sido durante mucho tiempo un admirador de Heidegger, me sentía trastornado por su traspié en 1933. ¿Hasta qué punto se comprometió con el nazismo? ¿Se envileció en cuanto filósofo? Sin pasión pero con buena voluntad me he esforzado en comprender y la respuesta a la segunda cuestión ha sido absolutamente negativa.

Con mejor intención que resultados, el autor se esfuerza en hacernos creíble la imagen inverosímil de un Heidegger ingenuo, víctima de un malentendido que tras la decepción y el desengaño se esfuerza en reconducir la teoría y la práctica del nacionalsocialismo que dio lugar a la barbarie, a los pogromos y a las quemas de libros.

Y es que Heidegger no fue un resistente. Ni entonces ni ahora consiste la resistencia en un silencio que es una de las formas más notorias y desde luego la más cobarde de la complicidad.

Pero es que además, a diferencia de Grass, Heidegger fue un caracterizado miembro del partido nazi que nunca se sintió moralmente obligado a retractarse y que en su discurso de Tubinga radicalizó, endureciéndolas, algunas de las bases ideológicas del nacionalsocialismo. O a considerar que los negros no son seres humanos porque carecen de historia. O a dirigirse a los estudiantes de Friburgo en un discurso en estos términos:

Que nunca deje de crecer vuestro valor para sacrificarse en aras de la salvación de la esencia y de la elevación de la fuerza más íntima de nuestro pueblo dentro de su Estado. Que las reglas de vuestro ser no sean dogmas ni "ideas". El propio Fuhrer, y sólo él, es la realidad alemana presente y futura y su ley. Aprended a saber cada vez con mayor profundidad: a partir de ahora cada cosa exige decisión y cada acto responsabilidad. Heil Hitler

Y eso, junto con la contumacia de sus escritos, es lo que hace que sea tan poco convincente una obra como esta, pensada para exculpar a un Heidegger que nunca quiso disculparse.

Y tuvo muchos años, vivió casi noventa, para hacerlo.


Luis E. Aldave

23 octubre 2006

El sol de los Scorta




Laurent Gaudé.
El sol de los Scorta.
Traducción de José Antonio Soriano Marco.
Ediciones Salamandra. Barcelona, 2006.

Hace unos años, los estudiantes de los institutos franceses otorgaron el Goncourt des Lycéens a El legado del rey Tsongor, la anterior novela de Laurent Gaudé.

El Goncourt de verdad lo obtendría luego con este El sol de los Scorta, que vendió en Francia el año pasado cerca de cuatrocientos mil ejemplares.

Hay razones que explican ese éxito. Y no es la menor el manejo solvente de una serie de mecanismos narrativos que atrapan a cualquier lector: desde la soltura estilística hasta el diseño de personajes que resultan lejanamente familiares a quienes sean aficionados al cine, el teatro o la novela.

Desde el comienzo en el que el sol cae a plomo a las dos de la tarde sobre las colinas de la Apulia que rodean Montepuccio, hasta el final en el que la familia de los Scorta, la estirpe insaciable de los comedores de sol, proclama orgullosa su sitio y su vieja sed en un paisaje de olivos, el lector queda enganchado a la fluidez de una narración en la que conviven lo mitológico, la realidad y la imaginación, lo telúrico y el fatalismo del destino que arrasa a los personajes en la tragedia griega.

La novela consigue interesar al lector desde el primer párrafo para llevarlo en vilo hasta el final en compañía de los Scorta Mascalzone, una familia marcada por el destino y por maldiciones telúricas y solares.

Entre un destino de tragedia griega y unos ambientes propios del neorrealismo literario y cinematográfico se desarrollan estas vidas en Montepuccio, junto al mar y entre colinas con olivos abrasados por el sol, en el paisaje árido y mediterráneo del sur de Italia.

La historia de una estirpe maldita que llega hasta hoy y empieza en 1875, cuando Luciano Mascalzone vuelve, tras quince años de cárcel, a Montepuccio para cumplir una vieja obsesión sexual, impulsado por un oscuro deseo, aunque sabe que eso le acabará costando la vida frente a las últimas casas del pueblo.

Hay, como en todas las tragedias, un error inicial, un malentendido en la fundación del linaje de los Scorta, hijo de un cadáver y una vieja. Hay un castigo y una venganza y hay un destino que se burla de los hombres y juega con ellos como si fueran juguetes.

Bajo un sol que es más el de la venganza que el de la justicia transcurren estos personajes que parecen condenados a cumplir un viejo destino, víctimas de una violencia latente, de una furia sin ruido y de ese sol que enloquece a los hombres en la hora de la siesta. El calor y las piedras, el destino y las maldiciones, el silencio y la aridez son el telón de fondo contra el que se van sucediendo los días y las generaciones de los hombres en esta novela escrita en una prosa cuya fuerza poética sigue brillando con la excelente traducción de
José Antonio Soriano Marco.


Santos Domínguez

21 octubre 2006

Poesía completa de Gabriel Ferrater


Gabriel Ferrater
Las mujeres y los días. Poesía completa.
Prólogo de Luis Izquierdo.
Traducción de Mª Àngels Cabré.
Lumen. Barcelona, 2002



Con sólo tres libros, Da nuces pueris (1960), Menja't una cama (1962) y Teoria dels cossos (1966), reunidos después con algunas correcciones en el volumen Les dones i els dies (1968), Gabriel Ferrater (1922-1972) se convirtió en uno de los poetas fundamentales de la literatura catalana contemporánea.

En 2002, cuando se cumplían ochenta años del nacimiento y treinta del suicidio del poeta, Lumen editó la traducción de esta obra imprescindible a cargo de la también poeta Mª Àngels Cabré y con un prólogo de Luis Izquierdo.

Era la primera vez que se traducía la totalidad de la obra poética de Gabriel Ferrater. Se ponía de esa manera al alcance del lector en español un libro que está considerado sin discusión como una de las cimas de la poesía catalana.

Su título, un recuerdo irónico de Hesiodo, resume en sus dos términos centrales las dos claves de la poesía de Gabriel Ferrater: la relación (amistosa, sentimental o erótica) con la mujer y su dimensión moral y el paso del tiempo histórico o personal.

La actividad que vincula esos dos temas es el recuerdo, la poesía como una forma de revivir el pasado y de reivindicar la felicidad en una actualización del Carpe diem clásico, en la celebración de la sexualidad y de la juventud.

La juventud, el erotismo, la soledad, el miedo, la muerte son algunos de los temas que convocan los versos de un libro como este que se organiza en tres centros de interés: la reflexión sobre la literatura, la observación social, a menudo satírica y lúcida, y la experiencia personal del paso del tiempo o del amor. Y en torno a esos ejes cada poema de Ferrater propone una reflexión moral que implica al hombre en su doble dimensión de ser social e histórico.

Organizado en cinco apartados, el volumen recoge una poesía reflexiva que se alimenta de la experiencia y de la lectura y que hace del distanciamiento su actitud moral. Es la reflexión de un intelectual vitalista que se pone constantemente a favor de la felicidad. Cuando Carme Riera tituló su antología del grupo catalán de los 50 Partidarios de la felicidad, reconocía que esa frase y esa actitud, que hicieron suyas los otros poetas hasta el punto de definir a todo un grupo de creadores brillantísimos, era de Gabriel Ferrater, que ejerció una influencia decisiva sobre Gil de Biedma y Barral, a quienes descubrió la poesía anglosajona y la crítica de Eliot y Auden.

Una poesía a veces directa y exacta, propia de la aptitud matemática de quien la escribe; otras veces, difícil y exigente, simbolista y hermética en la que conviven el prosaísmo y metáforas para dejar claro una vez más que la poesía es casi siempre una cuestión de tono, de voz. Eso es algo que queda de manifiesto cuando se lee In memoriam, uno de los primeros (si no el primero) de los poemas de Ferrater. Un texto que surge ya de la madurez del poeta incipiente que era. Tenía 36 años cuando lo escribió y fue el resultado de una larga lectura de Shakespeare que había empezado en agosto del 57 y se prolongó durante más de seis meses.

Heterodoxo y atípico, lúcido y provocador, una máquina mental perfecta, como lo definía Carlos Barral, su silencio precoz puso fin a una actividad poética súbita y fugaz que en seis años, entre 1958 y 1963 dio como resultado los 114 poemas que se reúnen en esta Poesía completa de Gabriel Ferrater.

Una poesía breve, intensa y brillante, dotada de alta calidad poética y de un inusual vigor intelectual. Una lectura imprescindible, en la que el lector se encontrará con textos memorables como este, que se titula Ocio y en el que se funden gran parte de los temas y las actitudes de Ferrater:

Ella duerme. La hora en que los hombres
ya se han despertado, y poca luz
entra todavía para herirlos.
Con muy poco tenemos bastante. Sólo
el sentimiento de dos cosas:
la tierra gira y las mujeres duermen.
Conciliados, caminemos
hacia el fin del mundo. No necesitamos
hacer nada para ayudarlo.


Santos Domínguez