06 octubre 2006

Espronceda en Biblioteca Avrea




José de Espronceda.
Obras completas.
Edición, introducción y notas de Diego Martínez Torrón.
Cátedra. Biblioteca Avrea.
Madrid, 2006.


Hay un tipo de críticos - los conocemos todos- que hacen sus reseñas leyendo por encima las solapas de los libros o fusilando con descaro las contraportadas.

Ya lo he comentado alguna otra vez: si todas las solapas fueran como las de la Biblioteca Avrea de Cátedra un ejercicio brillante y sostenido de estilo y de imaginación, esa crítica sería hasta deseable. Lo ratifico cuando leo en la reciente edición de las Obras completas de Espronceda estas líneas, bajo el título Dos pesetas y un pirata:

En «Tres pesetas de historia», novela de Vicente Soto, entre el cristal y el cartón de un cuadro que enmarcaba una imagen de la Virgen del Carmen, un día aparecieron "tres pesetas de papel, de cuando la guerra, gastadas del trasiego de vivir". En 1826, un joven de 18 años llegaba a las puertas de Lisboa iniciando su trasiego de rebeldía y exilio. El propio Espronceda lo ha contado así: "En fin, llegamos a Lisboa, que yo creí que no llegábamos nunca. Hicimos cuarentena, que fue también divertida; visitonos la sanidad y nos pidieron no sé qué dinero. Yo saqué un duro, único que tenía, y me devolvieron dos pesetas, que arrojé al río Tajo, porque no quería entrar en tan gran capital con tan poco dinero". ¿Un detalle quijotesco? En todo caso, romántico. Vida y literatura en Espronceda fueron las líneas paralelas de la rebeldía contra lo establecido. Un endecasílabo de su maestro Alberto Lista elogiaba "del libre pensamiento el libre vuelo". El poema se titulaba curiosamente "El triunfo de la tolerancia", y acaso ni el maestro previó el aprovechamiento del discípulo, que lo mismo cantó la joven agonía de un ajusticiado, que el cinismo de un mendigo o los mares libertarios del pirata. Dos pesetas y un pirata. El mundo cambia, pero tiempos hubo, y no lejanos, en que aun campesinos semianalfabetos, pero que habían tenido la fortuna de asistir a las escuelas de los maestros de antaño, recordaban versos de la «Canción del pirata», con preferencia el contundente "que es mi dios la libertad". Solo dos años antes de su muerte escribía Espronceda en una carta al periódico «El Labriego»: "Mi independencia es mi vida". Don Quijote había dicho que "no es un hombre más que otro si no hace más que otro" (I,18). Espronceda no reconocía "otra aristocracia que la legítima de la inteligencia y del mérito". Aun de modo fragmentario, había leído versos de Ovidio, de Horacio y de Virgilio, recorrido la épica y el teatro barroco, los caminos de don Quijote.

La Introducción de Diego Martínez Torrón, que publicó hace unos años en la Editora Regional de Extremadura La sombra de Espronceda, aborda su situación en el contexto peculiar del Romanticismo español, hace un certero recorrido por su biografía y analiza sus obras más representativas:

La poesía lírica y épica, desde el fragmentario Pelayo hasta la inconclusa y ambiciosa El Diablo Mundo, pasando por El Estudiante de Salamanca y las canciones y poemas líricos, pornográficos o apócrifos, el teatro, la extensísima novela histórica Sancho Saldaña, los artículos políticos y literarios y la correspondencia del más caracterizado y representativo de los románticos españoles se recopilan en las cerca de 1.500 páginas que recogen la producción abundante e irregular de quien vivió, escribió y murió con acelerada intensidad, con el exceso romántico tan propio de la época.

Decía Jaime Gil de Biedma, en un prólogo que luego recogió en El pie de la letra, que la lectura de Espronceda (que inaugura la poesía moderna en España) requiere hoy de una pequeña dosis de buena voluntad inicial que luego queda sobradamente compensada. Esta es una buena ocasión para comprobarlo.

Santos Domínguez

04 octubre 2006

Hablar con corrección


Pancracio Celdrán.
Hablar con corrección.
Normas, dudas y curiosidades de la lengua española.
Temas de hoy.
Madrid, 2006.


Cada vez son más abundantes los libros de estilo, los manuales de uso de la lengua, las guías prácticas para escribir mejor.

Menos frecuentes, pero igualmente necesarios son libros que se centran en los usos orales de una realidad viva y en constante cambio como la lengua. Uno de esos libros es este Hablar con corrección que acaba de publicar Temas de hoy.

Lo firma Pancracio Celdrán, colaborador de Radio Nacional de España y de El semanal, y se subtitula significativamente Normas, dudas y curiosidades de la lengua española.

¿Cómo se dice: besamel o bechamel? ¿Es correcto No sé qué haga? ¿De dónde procede Cogérsela con papel de fumar? ¿Se puede decir imprimido o es mejor impreso? ¿Es aceptable hablar de tercer mundo y tercera edad? ¿Qué es preferible: jugar al tenis o jugar a tenis? ¿Efemérides o efeméride?

Decir, hablar...

Este es un libro escrito al dictado de los oyentes de la radio y los lectores de periódicos, de quienes tienen dudas ante lo que oyen en la calle y en la radio o leen en la prensa. Las consultas de los hablantes y los oyentes, sus dudas sobre sobre la norma que fija los usos correctos de la lengua estándar han originado la composición de este libro y orientado su desarrollo y sus centros de interés. Sobre las normas y las variedades de uso de la lengua.

Se recopilan en este volumen las respuestas a esas consultas sobre solecismos e incorrecciones frecuentes, vulgarismos y usos mostrencos, jergales o vulgares, sobre verbos muy defectivos y vacilaciones tónicas, sobre la aclimatación adecuada de extranjerismos.

La explicación y el origen de frases hechas y dichos populares, la base etimológica y la peripecia semántica de algunas palabras completan este amplio y documentado recorrido por los distintos niveles de uso del español actual, desde el uso culto al vulgar pasando por otras variedades sociolingüísticas.

Santos Domínguez


02 octubre 2006

El duelo





Joseph Conrad. El duelo
Edición e introducción de Julián Jiménez Heffernan.
Traducción de Mario Jurado
Clásicos Berenice. Córdoba, 2006




Una excelente película de Ridley Scott, Los duelistas (1977), fue su opera prima y el primer contacto que tuve con este relato de Joseph Conrad. Me gustó tanto, me sigue gustando tanto esa película que protagonizan Keith Carradine y Harvey Keitel, que cuando leí el relato de Conrad que le había servido de base, lo hice con cierta prevención.

Por experiencia, sabía ya que las novelas mediocres dan brillantes resultados en el cine y decepcionan como literatura. Y que por el contrario es raro que una novela o un relato de altura generen buen cine. Hay excepciones, claro. Una de las más evidentes es Los muertos de Joyce, el testamento de John Huston.

No hizo falta pasar de los primeros párrafos para saber que El duelo era otra de esas excepciones:

Napoleón I, cuya carrera militar tuvo las características de un duelo contra toda Europa, desaprobaba los duelos entre los oficiales de su ejército. El gran emperador militar no era ningún espadachín y sentía poco respeto por la tradición.
A pesar de eso, una historia de duelo, que acabó convirtiéndose en leyenda militar, recorrió la epopeya de las guerras napoleónicas. Para sorpresa y admiración de sus camaradas, dos oficiales -como artistas enloquecidos que pretendieran refinar el oro puro o rizar el rizo- mantuvieron una disputa particular durante aquellos años de matanza generalizada. Eran oficiales pertenecientes a la caballería...

Lo publica ahora Berenice con un estudio introductorio de Julián Jiménez Heffernan y traducción de Mario Jurado para inaugurar su colección de Clásicos.

Julián Jiménez Heffernan, conocido traductor de poetas como Wallace Stevens, Mark Strand o John Ashbery, ha preparado una brillante introducción de casi cien páginas sobre el autor, el texto y el pretexto.

Quizá Conrad no hizo otra cosa que escribir o reinventar su autobiografía. Por eso resulta tan recomendable leer las páginas que la introducción dedica a insertar El duelo en las raíces familiares del autor: su tío abuelo Nicholas sirvió como subteniente en el ejército de Napoleón.

Cuando Conrad escribe este relato en 1907 es ya un escritor maduro que ha publicado sus tres obras mayores ( El corazón de las tinieblas, Lord Jim y Nostromo), domina la distancia corta del relato y sabe provocar como aquí la perplejidad y el asombro del lector por el duelo que persiste durante años entre esos dos húsares.

En la nota que escribió en 1920 para introducir su A Set of Six, la colección de seis relatos que corona El duelo, explicaba Conrad que esta narración tuvo su origen en diez líneas de un modesto periódico del sur de Francia en el que se aludía de pasada a la "célebre historia" de dos oficiales napoleónicos que se batieron en una serie de duelos entre una batalla y otra por algún motivo trivial.

Conrad hizo el resto. Inventó el motivo nebuloso del duelo y a los húsares y los hizo convincentes en cien páginas inolvidables. Cien páginas sobre un duelo que al reiniciarse una y otra vez desdibuja su origen y su causa y da lugar al misterio y a la perplejidad del lector.

Los contrincantes olvidan las causas, no la deuda pendiente de un duelo que alcanza la altura de una obsesión y una metáfora que acaba contagiando a quien lee esta obra maestra de la narrativa breve, de la que se han editado varias traducciones en los últimos años.

Quizá ninguna tan recomendable como esta para la lectura o la relectura de esta espléndida novela corta .


Santos Domínguez



29 septiembre 2006

Caminando por las Hurdes


Antonio Ferres y Armando López Salinas.
Caminando por las Hurdes.
Fotografías de Luis Buñuel y Oriol Maspons.
Gadir. Madrid, 2006


Como ya han señalado otros viajeros que nos precedieron en este viaje, y nosotros mismos hemos comprobado, tras cruzar La Alberca, en la raya de Salamanca, al llegar al Portillo de la Cruz se traspasa una frontera, se da un salto en la Historia. Hacia las Batuecas y hacia las altas lomas que se alzan sobre los valles hurdanos se abre un gran silencio, un callar angustioso para los que saben que hay hombres viviendo entre las angosturas de las sierras de la alta Extremadura; en la tierra sin tierra, en la triste «tierra de jambri».

Con esas palabras cerraban Antonio Ferres y Armando López Salinas el prólogo a la edición de 1960 de Caminando por las Hurdes, un clásico ya de la literatura de viajes en España.

Aquel ya lejano año, Ferres y López Salinas publicaban en la Biblioteca Breve de Seix Barral Caminando por las Hurdes, un libro de viajes que era mucho más que el mero relato de un recorrido por aquellas tristes tierras que eran entonces. Era el testimonio moral de una bajada a los infiernos que enlazaba con los reportajes de Unamuno y con Tierra sin pan de Buñuel.

Un accidente evitó que los autores tomaran fotografías de los paisajes y los paisanos, pero lo suplieron con algunos fotogramas del documental de Buñuel, porque el panorama físico y humano de la comarca no había cambiado apenas en aquellos casi treinta años. Aparte de la palabra de los testigos, la veracidad de la información queda demostrada con las fotos que hizo en 1960 Oriol Maspons y se incorporaron al libro.

Se tradujo a varios idiomas y en 1974 se hizo una edición de bolsillo de 6.000 ejemplares que circularon con fluidez.

Editorial Gadir acaba de recuperar aquel Caminando por las Hurdes en una edición muy cuidada que incorpora algunos fotogramas de Buñuel que no estaban en las impresiones anteriores.

Es una buena oportunidad para comprobar un par de cosas. La más llamativa, el cambio que se ha producido en el paisaje hurdano, en aquella antigua tierra sin tierra y en sus habitantes en estos años.

Y en segundo lugar, la calidad literaria de un texto que sus autores definían como un libro de relatos y que casi cincuenta años después mantiene, si no su vigencia social, sí su alto valor literario y testimonial de un tiempo pasado, doloroso y superado.


Santos Domínguez

Obras literarias de Rafael Dieste




Rafael Dieste.
Obras Literarias.
Fundación Santander Central Hispano. Obra fundamental.
Madrid, 2006.


Se cumplen ahora 25 años de la muerte de Rafael Dieste, uno de esos escritores minoritarios e imprescindibles que abundan en la literatura española del siglo XX, del que se acaba de publicar una amplia recopilación de Obras literarias.

Nació y murió en Galicia tras más de veinte años de exilio en Buenos Aires y Montevideo y aunque generacionalmente pertenece al 27 (nació el mismo año que Emilio Prados), es un autor inclasificable al que en España se le descubrió cuando en 1974 Alianza publicó las Historias e invenciones de Félix Muriel, de prosa de diamante y fuego, por decirlo en palabras de Carmen Martín Gaite.

Tan inclasificable es que se le ha emparentado con el espíritu novecentista, con la vanguardia y con el grupo del 36. Fue uno de los fundadores de Hora de España, y en su voz personal conviven la herencia clásica y la influencia de Valle-Inclán, Cervantes y la literatura europea más avanzada del primer tercio del siglo XX, en una integración ejemplar de géneros, de perspectivas y actitudes.

Precisamente sobre ese aspecto, sobre la integridad creadora de Rafael Dieste, organiza su estudio introductorio Darío Villanueva, que ha preparado esta amplia selección de textos que la Fundación Santander Central Hispano publica en su colección Obra Fundamental.

Textos que reflejan la multiplicidad creadora de Dieste, su escritura plural en la que se integran armónicamente creación, pensamiento, sentimiento y compromiso.

Brillantísimas piezas teatrales, con la sorprendente potencia verbal y escénica de Viaje y fin de Don Frontán o Duelo de máscaras, casi inencontrables en una vieja edición de Hiperión. Obras de segura técnica y lenguaje certero y maduro que oscila entre lo esperpéntico y lo guiñolesco, con las influencias combinadas de Valle-Inclán, Castelao y García Lorca.

O poemas que tienden a lo conceptual, a la pureza juanramoniana incrementada con rasgos superrealistas y con elementos de la poesía clásica o tradicional que explican que su poesía se antologue en el marco del Grupo del 36 en la muy reciente recopilación que ha preparado Ruiz Soriano para Cátedra.

Ensayos espléndidos en forma y contenido, como La vieja piel del mundo, escrito poco antes de la guerra civil: una aproximación a la filología de la historia universal, el prolegómeno a una ética de la integración.

En el exilio bonaerense escribió Dieste su obra fundamental: Historias e invenciones de Félix Muriel, que se publicó en 1943 en Buenos Aires y más de treinta años después en España, cuando la editó Alianza Tres.

Recuerdo las reseñas asombradas del Informaciones de las artes y las letras de Rafael Conte y Juan Pedro Quiñonero, y la impresión que me produjo aquella primera lectura, que se confunde en mi memoria con otras revelaciones como la de Los galgos verdugos de Corpus Barga y las novelas de Manuel Andújar para poner en duda un canon narrativo académico y universitario agarrotado por la pereza y la rutina.

Los nueve relatos de diversa extensión (entre la estampa lírica de El quinqué color guinda y las novelas cortas que son en realidad El jardín de Plinio o La peña y el pájaro) constituyen un conjunto de textos de altísimo valor literario que ahondan en un pasado perdido y doloroso y de heridas recientes.

Está aquí ya en sazón lo que algún tiempo después exploraría Alejo Carpentier como lo real maravilloso, una visión mágica e inquietante de la realidad que no sólo está en las Antillas o en el Caribe. Tiene también sus raíces en la literatura oral y en las tradiciones supersticiosas de la Galicia rural y profunda, su antecedente en Valle, su contemporáneo en Castelao, su continuador en Cunqueiro, con una mezcla muy peculiar de simbolismo lírico y narrativa fantástica, de autobiografía y proyección en el paisaje.

Ese es sin duda uno de los mejores libros de relatos que se han escrito en español en el siglo XX. Quien los haya leído, sabrá por qué lo digo. Quien no haya tenido ese privilegio aún, debería comprobar que, más allá de los gustos personales de cada uno, no exagero nada.


Santos Domínguez

27 septiembre 2006

Cómo se ha escrito la Guerra Civil Española


Carlos José Márquez
Cómo se ha escrito la Guerra Civil española
Ediciones Lengua de Trapo. Madrid, 2006.


Sabiendo que se han escrito ya miles de libros sobre la Guerra Civil Española, resulta tremendamente ambicioso un ensayo que trate de abordar el estudio de las diferentes corrientes historiográficas que se han ocupado de un asunto tan conflictivo. Pero esto es lo que hace Carlos José Márquez, y así, tras un capítulo inicial dedicado a precisiones conceptuales que el propio autor reconoce que puede resultar árido, ataca el estudio de las diferentes posiciones ideológicas desde las que se ha tratado nuestra guerra civil.

Comienza con el análisis de la historiografía franquista, cuyo leitmotiv es desacreditar el régimen republicano como ilegítimo y antiespañol, lo que convierte al golpe del 18 de julio en algo necesario y alejado de una vulgar intentona militar, para convertirlo en un Alzamiento Nacional.

No menos sutil es la primera historiografía izquierdista (escrita básicamente por comunistas) que centra su interpretación de la guerra casi en exclusiva en su carácter de movimiento popular antifascista.

Ante estas dos visiones tan irreductibles, surgió durante la Transición un grupo de historiadores que pretendieron elaborar una visión de consenso que consideraba nuestra guerra civil como una lucha fratricida cuya culpa recae en los extremistas de ambos bandos (fascistas y comunistas, por simplificar), mientras el resto de los españoles se vio atrapado entre ese fuego cruzado. Sostiene Carlos José Márquez que esta interpretación sólo ha podido mantenerse porque estos autores nunca abordaron a fondo el muy espinoso asunto de la violencia política (millares de asesinatos), llevando a los libros de historia uno de los principios básicos de la Transición: si queremos mantener el consenso, ciertas cuestiones es mejor no tratarlas.

Pero, como recientemente se han puesto en marcha iniciativas que pretenden recuperar la llamada Memoria Histórica, con obras que pretenden un recuento de las víctimas de ambos bandos, y como el resultado, aún provisional (quedan muchos barrancos y cunetas por excavar en nuestra historia), de esos relatos históricos es que la violencia franquista dobla en muertos a la republicana, inmediatamente ha surgido una respuesta de la historiografía neofranquista (liderada por Pío Moa y César Vidal) de cuyo análisis deduce nuestro autor que esta corriente es más franquista que neo, pues sus postulados insisten en la ilegitimidad de la República, ya sea por la violencia roja en los meses previos a julio de 1936, o por la revolución de 1934 o incluso por el resultado de las elecciones de abril de 1931. La República debía ser destruida.

La conclusión del ensayo para los interesados en análisis ponderados sobre la Guerra Civil es descorazonadora: después de miles de títulos escritos, son mayoría los redactados desde posiciones extremadamente partidistas.

Y además, me permito añadir, querido lector, que si acudes a una librería encontrarás en ella anaqueles llenos, mayoritariamente, de obras neofranquistas. Así que si por error o azar compras uno de esos libros, o una persona querida, con mejor voluntad que criterio, te lo regala, que sepas que son el fruto de autores muy prolíficos (publican dos o más títulos por año, prodigio admirable), pero que compensan ese defecto con una total ausencia de originalidad y que, con un poco de suerte, siempre encontrarás en casa una mesa que cojea.

Jesús Tapia

Historia General de Al Ándalus



Emilio González Ferrín.
Historia General de Al Ándalus.
Europa entre Oriente y Occidente.
Editorial Almuzara. Córdoba, 2006.


Subtitulada Europa entre Oriente y Occidente, esta Historia general de Al Ándalus es una obra monumental, densa y desenfadada, divertida y profunda. La ha escrito con tono sorprendente y magnífica prosa, llena de sutilezas, el arabista Emilio González Ferrín, que dirige el Departamento de Filologías Integradas en la Universidad de Sevilla, y la ha publicado en una edición muy cuidada la editorial Almuzara en su colección Huellas del pasado.

Precedido de una cita de Lytton Strachey sobre la Historia como una de las bellas artes y no como mera recopilación, es esa voluntad artística la que preside el plan de la obra y guía su desarrollo con la tensión sostenida de una reflexión exigente:

El libro -advierte el autor en los prolegómenos- decepcionará a los buscadores de combustible ideológico. A los sedientos de contundencia. Y debe ser así por puro respeto a la inteligencia del lector. Es una ofensa asumir que los tiempos exigen soflamas, puñetazos en la mesa, aquello de cicatriz grande, cirujano grande. No, la claridad puede ser sutil. Laparoscópica. Desconfíe el lector de los malabaristas, prestidigitadores de voluntades ajenas. Aquellos capaces de fingir movimiento a base de agilidad. Tertulianos que con los mismos tres bolos de siempre interpretan cada nuevo acontecimiento. Cuidado con las manos ágiles, que siempre acaban -elegantemente, eso sí- llevándose nuestra cartera.

Pero a nadie parecen interesarle las fuentes culturales, entre las que destaca la religión en la historia de los pueblos. Por contra, se elevan las religiones o su ausencia a categorías de sujeto de la historia. Y va a ser complicado describir un mundo sin tonalidades grises: o identidad exclusivista islámica, o etéreo nihilismo occidental. Por contrastar algo más, diría que tengo un Nuevo Testamento en árabe. En él, San Juan afirma que el verbo era Dios. Pero pone Alá porque -como digo- está escrito en árabe. También tengo una estampa de San Josemaría Escrivá de Balaguer en árabe, impresa para los cristianos del Líbano. San Josemaría aparece como fundador del Opus Dei. Puesto que -insisto- está en árabe, lo escriben Amal Alá -obra de Dios, en árabe.

Cuando el lector se repone de la conmoción y la sorpresa que le producen párrafos como estos, empieza a hacerse una idea del talante y el enfoque con el que se ha concebido este libro, bajo el que corre un torrente de erudición que no pesa en sus páginas, pero aflora en la consistencia de sus propuestas.

Y entra en un discurso sobre el método, sobre el concepto de Al Ándalus más allá del tópico, sobre el sentido de las tierras intermedias entre lo oriental y lo occidental, de Al Ándalus como cultura de frontera.

Recibe el lector un baño de buen humor y aire fresco, de inteligencia analítica y profundidad irónica cuando se le explica el proceso de orientalización de Roma que dio lugar a Bizancio y de ahí a la continuidad norteafricana de la Hispania visigoda para desmentir algunos mitos fundacionales.

Por ejemplo el de las caballerías bereberes, invasoras y apocalípticas, pese a su número reducido. Ese mito de la invasión hizo luego posible el otro mito fundacional de la Edad Media peninsular: el de la Reconquista, que encuentra su sentido y la medida de su existencia en Tariq y Muza: la pérdida de España y la alta empresa de su recuperación.

¿O quizá fue al revés? ¿Fue el mito de la Reconquista el que tuvo que encontrar una coartada?

Deduzca el lector qué fue primero y si la Reconquista precisaba como justificación encubridora de otros intereses el invento de una usurpación territorial.

Frente a esa visión, la que se propone aquí es la de un Islam heredero natural de la Roma oriental y la de Al Ándalus como hijo legítimo de su tiempo hispano previo, con su revueltas de clientelismo y sus alianzas estratégicas.

Convencido de que la historia debe ocuparse de los problemas y no de los periodos, el autor de este ensayo de historiología hace esta propuesta crucial: el Islam no conquistó el Norte de África ni Hispania: surge y evoluciona aquí por la interacción de cuatro zonas esenciales en el medievo: el Oriente bizantino y el Oriente persa, Hispania y el Norte de África.

Esa Roma oriental injertada en Occidente es la Hispania orientalizada y descubierta como Al Ándalus por la cultura árabe helenizada en torno a Damasco.

El otro eje del libro es la reivindicación de un primer renacimiento europeo que tuvo su origen en el auge cultural y en el desarrollo científico de algunos núcleos urbanos andalusíes. Para eso fue necesaria la consolidación del emirato omeya, que hizo de Córdoba a mediados de siglo IX una prodigiosa ciudad de los ingenios.

El carácter continuista de la civilización andalusí permite contemplar en bloque sus resultados y su evolución desde los tiempos de los emires omeyas hasta la Granada nazarí.

Hace más de sesenta años, ya había hablado Karl Vossler de este primer renacimiento europeo que por haberse escrito en árabe suele ser ignorado. Un orden periférico en el que frontera y pensamiento originan el brillante racionalismo andalusí de Averroes o Maimónides. Fue el refinamiento de la seda frente a la lana, la música de Ziryab, Medina Zahara y el califato, los zéjeles de Ibn Quzmán y la paloma de Ibn Hazm.

Con altibajos y destrucciones, se llega así hasta las ciudades-estado de taifas, hasta el Quinto reino peninsular, el reino nazarí de Granada, en el que se condensa y culmina Al Ándalus, con sus cortesanos al arábigo modo, muchos siglos antes de Castiglione.

Así a lo largo de seiscientas páginas intensas en las que no se da puntada sin hilo ni respiro al lector en un recorrido que termina en la filtración de Al Ándalus en el irredentismo morisco, en el mito andalusí del paraíso perdido, un cronotopo que generó levantamientos y simpatías literarias y estuvo en la base de una tercera España, intermedia de la ortodoxa y la expulsada. Una tercera España que es también la de los conversos y Sefarad, que acaba refugiándose en el erasmismo y aflorando en figuras cervantinas como la de Ricote, tan profética a su pesar, tan admirable.


Santos Domínguez