19 septiembre 2006

Por orden alfabético


Jorge Herralde.
Por orden alfabético. Escritores, editores, amigos.
Biblioteca de la memoria.
Anagrama.
Barcelona, 2006.


Escritores, editores, amigos
es el subtítulo de Por orden alfabético, que Jorge Herralde publica en la Biblioteca de la memoria de Anagrama.

Reunión de nombres, de homenajes y de recuerdos en un conjunto de 48 textos que, como los de Opiniones mohicanas (Acantilado) tienen como vínculo su relación con el mundo de la literatura y la amistad.

Desde los recuerdos dispersos de Jesús Aguirre, editor y duque con abanico, con los que se abre el libro, hasta una semblanza a caballo de Puco Zaforteza, el padre de Diana Zaforteza, la fundadora de la editorial Alpha Decay, se van sucediendo, con varia atención y distinta intención, una serie de textos, algunos inéditos, casi todos escritos en este siglo, los menos de compromiso, algunos llenos de suave ironía y casi todos rematados con buena prosa y en clave de narración persuasiva y directa.

Una reunión de afectos en la que se convoca a personajes que no siempre quedan bien parados. Y es que aunque esa no haya sido la intención de Jorge Herralde, el mero hecho de que el lector no comparta el nivel afectivo hacia esos nombres le coloca en otra perspectiva menos benévola.

Homenajes y recuerdos de editores amigos como Roberto Calasso, de Adelphy; José Martínez, de Ruedo Ibérico; Paco Porrúa, que fue el primer editor de Rayuela y de Cien años de soledad; o Esther Tusquets, editora editada por la casa, a propósito de su Correspondencia privada. Y así hasta llegar al elogio de Jaume Vallcorba, sociedad unipersonal, editor de Quaderns Crema y Acantilado, antes Sirmio.

Por orden alfabético
, lo señala Herralde en la contraportada, es una cara B, una forma de prolongación del catálogo de Anagrama, del que forman parte muchos de los escritores que aparecen en el libro. Por eso en algún momento del libro se dice que este es también un croquis de autores de la casa.

Autores traducidos, como Julian Barnes, sobre el que aparece un texto de presentación de sus artefactos literarios, con carga de profundidad incluida en esta paradoja del autor de El loro de Flaubert: “Los críticos no son escritores frustrados. Lo que son es críticos frustrados.”

¿Más? Un texto elegiaco y admirativo sobre Carver; un elogio de Claudio Magris, autor de ese monumento literario que es El Danubio, a zancadas entre fronteras; el recuerdo cruel del francés voluntarioso de Tierno Galván con Patricia Highsmith...

Y los nacionales, desde Rafael Chirbes a José Antonio Marina, desde Carmen Martín Gaite el día de su entierro, al Vila-Matas de Bartleby y compañía y El mal de Montano.

Uno de los momentos más altos del libro es el díptico dedicado a Alberto Méndez en su vida y en su muerte, un emocionado requiem laico. Y en el capítulo dedicado a Álvaro Pombo y su ingreso en la Academia se consigue otro de los textos más redondos.

Se desliza ahí un error, más cómico que molesto, cuando Herralde, no sé si para compensar el requiem laico a Alberto Méndez, santifica el nombre de la calle en la que vive Pombo, que es Martín de los Heros, no San Martín de los Heros.

Error bien fácil de subsanar en nuevas ediciones, como el de una foto en la que el autor está con Laly Gubern y Juan Villoro en Jerez y en el pie se dice que es el Puerto de Santa María.

Detalles menores, como se ve, que no enturbian en absoluto un libro de lectura tan grata y fluida como la prosa que lo hilvana.

Santos Domínguez

18 septiembre 2006

Todas las familias felices


Carlos Fuentes.
Todas las familias felices.
Alfaguara. Madrid, 2006


En una narración coral que participa de distintos géneros, desde la narrativa a la tragedia pasando por la poesía, Carlos Fuentes nos guía, como otro Virgilio, en dieciséis relatos y dieciséis poemas corales intercalados en Todas las familias felices (Alfaguara), por los nueve círculos infernales del lugar que una vez fue la región más transparente. Relatos que habitan y recorren, entre la soledad y la muerte, todas las familias felices unidas por una común predisposición al mal y a las diferentes formas de la violencia, del engaño y de la corrupción del México contemporáneo.

Todas las familias felices se asemejan mientras que cada familia infeliz lo es a su manera, escribía Tolstói al comienzo de Anna Karénina.

Desde la elección irónica de ese título hasta el Corocodaconrad (la violencia, la violencia) que cierra el libro como un homenaje a Conrad y a Kurtz, se nos impone la fuerza de un Carlos Fuentes maduro y sarcástico, distanciado de una realidad que quizá sólo pueda presentarse así, desde dentro sí, pero vista desde arriba, como en los esperpentos y en las pinturas negras de Goya.

Desde el primer relato (Una familia de tantas), construido con una sintaxis vertiginosa en la que cada frase suena como un rayo o un latigazo, el autor pone las cartas sobre la mesa: un padre que sabe guiñar, un hijo que se pasa de listo y una madre que cantaba boleros canallas que eran el mapa de la vida real, de la que huye su hija para refugiarse en la Red de la realidad virtual y en los reality shows que pasan por Ciudad Juárez.

Sale el lector de ese relato y se toma un respiro con el Coro de las madrecitas callejeras para encontrarse con El hijo desobediente de Isaac, hijo de Abraham, que estuvo a las órdenes de un general Trinidad (claro) en la guerra cristera y tuvo cuatro hijos que se llamaron Mateo, Marcos, Lucas y Juan para pasar al Nuevo Testamento y no ser Esaú ni Jacob, que era lo que tocaba. Un relato de humor negro, un evangelio según Marcos.

Y a esas alturas, a las sesenta páginas, el lector está ya definitiva y felizmente preso de un libro excepcional, absorbido por una obra polifónica que, a través de los diálogos y los monólogos de los personajes, a través de las sibilinas intervenciones del narrador, le lleva por voces y lugares, de lo individual a lo colectivo, de lo familiar a lo social, de la casa a la calle, por la diversidad de la sociedad mexicana. Desde el presidente del país al indígena más pobre, desde el actor famoso a un sacerdote pecador, desde el solterón a un hombre con dos amantes.

Cualquiera de esos relatos podría estar en una antología exigente del género. Algunos, como The gay divorcee, tienen una altura que los convierte en pruebas definitivas de la maestría de un autor, de su capacidad estilística y de su potencia narrativa. Las voces del narrador y de los personajes se combinan en las distintas perspectivas de ese relato con una solvencia técnica ejemplar.

Y entre unos textos y otros, los turbadores coros que a ritmo de rap cumplen una misión fundamental, la misma que tenían en la tragedia clásica: resumen el pasado, comentan el presente y advierten proféticamente acerca del futuro.

Esos coros colectivos sostienen además el entramado de la obra, cosen su estructura y sirven de engranaje entre unos relatos y otros en un texto que quiere ser a la vez denuncia de la corrupción y exorcismo de la violencia, en una obra que aspira a unir pasado, presente y futuro con una actitud más próxima a lo apocalíptico que a lo edénico.

Entre la sonrisa y la mueca media el colmillo, se dice en un relato. En esa misma sutil diferencia que a veces enseña un colmillo está la frontera practicable entre el humor y el sarcasmo en esta obra coral e imprescindible, quizá la más ambiciosa y desde luego la más alta de las de Carlos Fuentes.

Santos Domínguez

16 septiembre 2006

1491


1491. Una nueva historia de las Américas antes de Colón
Editorial Taurus.
Madrid, 2006


Subtitulado Una nueva historia de las Américas antes de Colón, este libro escrito por Charles C. Mann, periodista especializado en temas científicos y colaborador asiduo de Science, pretende pasar revista a la situación del continente americano antes de la llegada de las naves de Colón.

Redactado con un estilo de divulgador científico muy al uso en Estados Unidos, el autor, quizás con la intención de motivar al lector, rebasa los límites del didactismo y por momentos se transforma en una especie de Indiana Jones pelmazo, con extensas digresiones sobre sus aventuras y contactos de primera mano con aborígenes, arqueólogos e historiadores.

Por lo demás es un libro muy interesante en el que se pretende cambiar la visión tradicional de la historia de América como un continente poco poblado y retrasado culturalmente antes de la llegada de los europeos.

Mann recorre la visión histórica que los europeos han ido teniendo de los nativos americanos en los últimos cinco siglos y así, si al principio los europeos vieron en las Indias un paraíso poblado por seres ingenuos (el mito del Buen Salvaje), luego han dominado los voces de quienes veían en los indios a unos seres perezosos y toscos incapaces de poblar el territorio y explotar sus recursos, hasta que con la llegada del siglo XX el movimiento ecologista quiso convertirlos en una especie de santos laicos permanentemente sintonizados con la madre tierra (el Buen Salvaje, segunda edición). Quizás el logro más conseguido del libro de Mann es el derribo de todas estas teorías: América estaba mucho más densamente poblada de lo que los primeros colonos europeos pensaron (y de lo que los historiadores decían hasta hace veinte o treinta años).

Mann afirma que la visión que transmiten los primeros cronistas castellanos del siglo XVI sobre el centro y sur de América, y las muy posteriores descripciones del norte de América, es la de un continente muy despoblado, sí, pero a causa de los propios colonos europeos, culpables de un genocidio que en algunas zonas supuso la desaparición de etnias completas y que para el conjunto de América pudo llegar a suponer un descenso de la población próximo al 90 %. Lo novedoso de esta explicación no es el genocidio (ya denunciado en pleno siglo XVI por Las Casas) sino su alcance y sus causas: no fueron los malos tratos típicos de un sistema esclavista (que provocaron miles de muertos), ni la tecnología de los conquistadores, que armados con espadas y armas de fuego, seguro que perpetraron sangrientas carnicerías; sino que los responsables principales de la despoblación de América fueron la viruela, la hepatitis, la gripe y el sarampión.

Según Mann, Pizarro y Cortés se enfrentaron a civilizaciones heridas de muerte por estas patologías, y aunque los primeros conquistadores llegaron a ver las últimas luces de los imperios inca y azteca, eran ya mundos en descomposición. Y cuando los colonos en Norteamérica se maravillaban de los extensos bosques y las gigantescas manadas de bisontes observaban un paisaje y una fauna “vírgenes” que no eran tales, sino el fruto de la desaparición de cientos de miles de nativos y del colapso de sus sociedades.

Dedica el autor también decenas de páginas a describir los logros culturales de estas civilizaciones, su avanzada tecnología agraria, sus amplios conocimientos astronómicos, su impresionante arquitectura, sus complejos y variados sistemas de escritura… Podemos estar de acuerdo con Mann: algunas de estas civilizaciones, como los mayas o los incas, deberían estar en los libros de historia al mismo nivel que otras civilizaciones del Viejo Mundo, como la egipcia o la china.

Bordeando la contradicción, dedica algún capítulo a tratar de convencernos desde la óptica de lo políticamente correcto, de que no debemos comparar unas civilizaciones con otras para decidir cuál es superior y cuál inferior. Podría habernos convencido si no fuese porque dedica varias páginas a “demostrar” que algunas civilizaciones americanas son superiores a las del Viejo Mundo en sus conocimientos astronómicos, en su desarrollo urbanístico, en el campo de las matemáticas…; permitiéndose afirmaciones que como poco parecen poco sólidas, como cuando sostiene que la admirable y compleja domesticación del maíz es el inicio de la ciencia biogenética o que la democracia en Estados Unidos surgió también por la inspiración que los colonos encontraron en algunas tribus indias vecinas en las que observaron una casi ausencia de jerarquías, un máximo de libertad individual y una gran armonía social.

Leyendo algunas de estas teorías de Mann, me temo que, partiendo de la corrección política, algunos estudiosos norteamericanos irán más allá de la justicia histórica que se les adeuda a los nativos americanos, y escribirán la enésima edición del mito del Buen Salvaje, tan ajustada a la verdad como todas las anteriores.

Jesús Tapia

La generación de 1936




La generación de 1936.
Antología poética
Edición de Francisco Ruiz Soriano
Cátedra. Letras Hispánicas.
Madrid, 2006.

Como una antología integral se plantea esta generosa recopilación de textos de cuarenta y un poetas que escribieron y publicaron la parte esencial de su obra poética entre mediados de los años 30 y comienzos de los 60.

Quizá hubiera sido preferible haber prescindido de ese rótulo generación, un término y un método tan desacreditados en los estudios literarios, y más cuando se reconoce que el conjunto de poetas antologados no cumpliría los requisitos exigidos por Petersen para hablar de grupos generacionales.

Pero esa cuestión, que le resta al antólogo energías y páginas del prólogo en una discusión estéril, es una cuestión menor. Lo importante en literatura y más en poesía si cabe, es que el bosque deje ver los árboles.

Ya se sabe cuáles son los riesgos de toda antología: si es demasiado restrictiva, se la critica por poco representativa; si es tan amplia como esta se echa de menos una criba y un criterio selectivo.

El valor de esta muestra que acaba de publicar Cátedra Letras hispánicas, el valor de Ruiz Soriano cuando hace esta propuesta, es el de exponer un estado de cosas, un panorama. Y cuanto más amplio sea ese panorama, mejor perspectiva se tendrá. Porque la poesía no se reduce a los cuatro o cinco autores destacados en cada grupo, en cada tendencia.

Y el panorama que refleja esta antología es el de poetas de enorme disparidad en cuanto a calidad técnica, a formación y lecturas, a trayectorias vitales muy distintas en un momento tan traumático de la historia de España, por no hablar ya de diferencias ideológicas entre unos poetas y otros, de arraigados y desarraigados, de vencedores y exiliados.

Huyendo de tentaciones reduccionistas, de simplificaciones estéticas, Ruiz Soriano ha completado en este panorama una nómina, no un escalafón, una muestra representativa y no un cuadro de honor en el que entre Miguel Hernández y Antonio Otero Seco conviven poetas mayores y menores, antiguos y modernos, clásicos y vanguardistas: Luis Rosales y Rafael Dieste, Gil- Albert y Panero, Ramón Gaya y Muñoz Rojas.

Esa promoción del 36, que la fecha de la guerra y la del centenario de Garcilaso, ¿tuvo un espíritu de grupo? Es posible: la rehumanización, el neorromanticismo, la recuperación de los modelos estróficos y expresivos de la poesía clásica son sus líneas de fuerza. Pero también es verdad que esas tendencias las ponen en práctica los poetas del 27 por esos años previos a la guerra civil.

A dar idea de la encrucijada que fue aquella poesía, a dibujar el mapa de aquel cruce de caminos estéticos y éticos contribuye esta reunión de voces que ha convocado Francisco Ruiz Soriano en esta que, como todas y casi por definición, es una antología discutible, pero de un evidente interés. No va a servir para establecer un canon jerárquico, porque esta no es una apuesta, pero consigue elaborar un panorama poético de la época, panorama que sería ininteligible sin esos poetas menores en los que confluyen actitudes, temas y técnicas que recogen la herencia del pasado y abren trabajosamente caminos para la poesía posterior, como esta antología abre caminos a los lectores.

Santos Domínguez

14 septiembre 2006

El viento de la Luna




Antonio Muñoz Molina
El viento de la luna
Seix Barral. Barcelona, 200
6



Antonio Muñoz Molina vuelve a Mágina desde Manhattan para hacer escala. Porque a donde viaja en realidad es a la Luna. O mejor, a la imagen de la Luna que nos transmitió confusamente la televisión a los que entonces entrábamos en la adolescencia. A aquella Luna en la que estábamos unos días antes de que llegaran los astronautas y en la que seguimos mucho después de que la nave dejara el satélite.

Vuelve para reencontrarse consigo mismo, con el muchacho que fue y que en parte lo explica, porque El viento de la Luna, que acaba de editar Seix Barral, es la narración de un viaje más difícil que el del Apolo XI: el del descubrimiento que aquel adolescente hace de sí mismo y de un mundo más lejano, más ajeno, también más inhóspito que aquella Luna.

Es el viaje iniciático de un muchacho de provincias en los años finales de la dictadura, una novela de aprendizaje en la que dos experiencias, la del viaje espacial y la de la adolescencia, se superponen sobre el telón de fondo, casi teatral, de aquel otro viaje con el que se inauguró lo que se llamaba aquellos días, con rimbombancia propia de aquel Jesús Hermida que lo contaba, la era espacial.

El autobiografismo es evidente en la primera persona del narrador-personaje-autor, una primera persona que inevitablemente tiene detrás (y eso la llena de intensa verdad) el recuerdo personal, la memoria autobiográfica. Porque El viento de la Luna no es estrictamente una novela, sino unas memorias indisimuladas o, si se prefiere, una obra de género híbrido que se sitúa en el mismo ámbito literario en el que se desenvolvía Ardor guerrero.

Como en aquel caso, la emoción que produce una lectura como esta se debe a un mecanismo de reconocimiento en el lector. Y es que esa memoria que explora el texto no es sólo la memoria personal del autor, es la biogrfía de toda una generación marcada por los años agónicos del final de un franquismo que seguía pesando con su carga de tragedia y de miedo en la vida española. Alguien dijo una vez que los del franquismo fueron los años del frío, más que los del hambre. Pues bien, ese frío de la posguerra sigue estando presente en el libro como lo estaba aún en aquel final de la década de los sesenta.

Pero lo que convierte este libro en un texto literario es que constituye un ejercicio de exploración estilística al servicio de esa reconstrucción de la memoria y del reconocimiento de sí mismo. Con presión estilística creciente al principio y luego sostenida con la emoción del recuerdo (Sólo recuerdo la emoción de las cosas es la cita de Machado que ilumina el libro), con un estilo envolvente que a veces asume el vértigo de aquel cohete veloz que entre el 16 y el 20 de julio viajó a la Luna.

Flotaba libre de la gravedad el astronauta y abajo un muchacho oía pasos pesados que le devuelven a este mundo del que había huido con el astronauta. De esa manera conviven el cielo y la tierra, el Apolo XI y Mágina, las naves y las poluciones nocturnas culposas en la España rural y atrasada de finales de los años 60, la utopía del año 2000 y un viento que no existe.

Emparentada con El camino de San Giovanni de Italo Calvino en la evocación de un mundo que ya no existe y de un padre que ya no está, recuerda a la barojiana El árbol de la ciencia en la conversación que se convierte en el centro de una obra de cuidada arquitectura circular.

Una de las claves del andamiaje de la obra es el juego de contrastes de tiempos y espacios. Aquel presente es hoy pasado y su futuro es el presente de la decepción, de la muerte de los sueños, espaciales y personales de quien era un desclasado en un terreno de nadie, entre el pasado de la infancia y la utopía del futuro que salía al mundo con angustia y rebeldía y voluntad de huida en el espacio desde aquel mundo rural que mira al pasado repetitivo y cíclico, anclado en la idea tolemaica del universo.

En la velocidad de las dos experiencias, la de aprendizaje y la de alunizaje, convergen las dos líneas temáticas de El viento de la Luna, en una narración hecha con ritmo envidiable. En eso y en una serie de correspondencias que subrayan el paralelismo: los frutos y los planetas, el desierto lunar y el de aquella España, y la soledad que une al astronauta que cierra la nave y la novela con el muchacho que se encierra en su mundo, en sus lecturas de ciencia-ficción, en el cine y en la televisión.

Un mundo en el que los primeros televisores, que tuvieron tanta importancia aquellos días, eran compatibles con la falta de agua corriente y los últimos coletazos sangrientos del franquismo con la espera de aquel viento lunar que iba a cambiar el mundo.

Luego supimos que no había viento en la Luna, y aunque empezábamos a saber que aquí abajo tampoco se andaba muy sobrado de él, el verdadero cambio estaba por venir y no iba a caernos del cielo.
Santos Domínguez

11 septiembre 2006

El mal absoluto


Pietro Citati. El mal absoluto.
En el corazón de la novela del siglo XIX.
Traducción de Pilar González Rodríguez.
Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores.
Barcelona, 2006.


Una nueva mirada (y ya es difícil) sobre la novela europea y norteamericana del siglo XIX es la que proyecta Pietro Citati en este ensayo que ha editado Galaxia Gutenberg sobre un género fundamental en ese siglo, con el objetivo puesto en un tema que atraviesa no sólo ese género, sino toda la literatura de esa época: la noción del mal absoluto. No la maldad mezquina que no levanta el vuelo, sino el atributo demoniaco que fragua en la literatura desde Milton: la negra luminosidad del Satán rebelde en el que hay una evidente grandeza trágica.

Precedido de un prólogo que arranca en el XVIII con el triunfo del ideal burgués e ilustrado en Robinson Crusoe, un retrato de Potocki, el autor del misterioso y enciclopédico Manuscrito encontrado en Zaragoza, y esa hipótesis trágica sobre el mundo que es Las afinidades electivas, un primer tramo nos lleva de Jane Austen a Poe a través de De Quincey, Dumas o Hawthorne.

Una reconstrucción vívida del mundo personal y novelístico de Jane Austen a partir de sus cartas y de la pura contemplación de sí misma en su narrativa; el admirable retrato de Thomas de Quincey, que es para Citati la grandeza absoluta; o las encarnaciones de Vautrin, el personaje de Balzac que encarna el mal absoluto, último hijo de Caín, maquinador policiaco de simulaciones. El talento de Dumas en el espejo de sus Memorias, su oficio y el misterio de su escritura en Los tres mosqueteros; las cartas de un Poe solitario y dotado de un alma vacía y melancólica y un magistral perfil de Hawthorne en Nueva Inglaterra, con la culpa y el pecado como atributos del destino en su mundo de tinieblas diez veces negras.

Tras una parada en la colina de Brusuglio para ver a Manzoni y su círculo incestuoso en uno de los retratos más impresionantes del libro, el elogio de un Dickens prodigioso y minusvalorado; el viaje con Dostoievski a Londres, San Petersburgo o Wiesbaden en los años agitados de las Memorias del subsuelo, Crimen y castigo y Los demonios.

De Flaubert a Tolstói, Citati hace que nos fijemos en los ojos de Emma Bovary, un personaje que mira, y en Bouvard y Pécuchet, los contradictorios protagonistas de un libro diabólico; nos regala un retrato de Lewis Carrol a la orilla de un río, mientras merienda con aquellas niñas que fotografió tanto y otro retrato de Pinocho, para enseñarnos luego los caballos de Leskov, escritor de cuentos inauditos, y la potencia alegórica de Tolstói en La muerte de Iván Ilich.

Ese cuarto recorrido termina con el misterio de Giovanni Verga, un hombre mediocre que escribió dos obras maestras, y con una rápida y certera introducción a Salgari a través del perfume de los nagatampos.

Stevenson y James centran la última sección del libro a través de la correspondencia que intercambiaron; con un retrato de Stevenson que, como el americano, vivía entre los muertos y extrajo La isla del tesoro del patrimonio oral de su infancia escocesa.

La autobiografía de James, aquel monstruo admirable, el foco femenino y único del Retrato de una dama o la génesis de Otra vuelta de tuerca, rematan provisionalmente un libro que se cierra con un epílogo que analiza La interpretación de los sueños de Freud como obra de ficción.

Una invitación a la lectura o a la relectura, hecha por un lector excepcionalmente sabio y sensible, una iluminación de inteligencia para entrar en un bosque arduo, o para verlo a nueva luz cuando Citati nos descubre las ramas más altas, aquellas raíces, la solidez de un tronco...

Santos Domínguez



08 septiembre 2006

Baudelaire. Juego sin triunfos



Mario Campaña.
Baudelaire. Juego sin triunfos.
Debate. Barcelona, 2006.



Durante el bienio negro, cuando la derecha agraria y católica accede al poder en España en la Segunda República, la policía entra un día en el domicilio de Mª Teresa León y Rafael Alberti. Requisan, entre otros diversos materiales peligrosamente subversivos, el famoso e inquietante retrato de Baudelaire que se ha puesto en la portada de Baudelaire. Juego sin triunfos, la biografía que ha escrito Mario Campaña y ha editado Debate.

A aquellos policías que creyeron ver en la imagen del poeta el rostro de un facineroso, seguramente un comunista, no se les puede exigir que reconocieran en la foto la vera efigie de Baudelaire.

Sin embargo, hay que reconocerles una rara intuición para olfatear en aquel posado una actitud subversiva, una capacidad destructiva y revolucionaria superior a la de cualquier activista de aquella Europa agitada entre totalitarismos de diverso signo.

Esta biografía, que no pretende ser un estudio exhaustivo sino una biografía general, viene a llenar un vacío bibliográfico sorprendente: entre 1920 y 1931 se publican las dos únicas biografías de Baudelaire en castellano. Desde entonces y hasta este Baudelaire. Juego sin triunfos no se había escrito en español ninguna biografía del autor de Las flores del mal.

Escrita con soltura y agilidad de narrador experto, este Juego sin triunfos es un brillante acercamiento que no incurre en la exhaustividad del dato, ofrece una enorme plasticidad y sensación de vida y proporciona valiosas claves de lectura de algunos textos esenciales de Las flores del mal, un libro esencial en el nacimiento de la poesía contemporánea levantado sobre una sólida base autobiográfica.

Huyendo de la leyenda, de la hagiografía y del anecdotario, muchas veces apócrifo, sobre el poeta francés, Mario Campaña ha organizado su libro en dos frentes que reproducen las dos etapas vitales y literarias de Baudelaire.

Ha hecho un completo retrato del artista adolescente que había nacido el año que murió Napoleón y ha rastreado las huellas autobiográficas en Las flores del mal. Ha visitado París y Lyon, las dos ciudades cruciales en la infancia y la adolescencia del poeta marcado por los internados en colegios que son a la vez cárcel, monasterio y cuartel.

Entre castigos y humillaciones y maltratos físicos se produce el despertar del interés por la poesía en aquel muchacho. Un alumno habitualmente distraído que hace dibujos en clase, habla con los compañeros más en el aula que en el patio y no trabaja nada. Un chico caprichoso y de “espíritu saltarín” según el juicio pedagógico de los profesores; un cerebro al revés según alguno de sus compañeros de internado.

Excéntrico y libre, afectado e impertinente, aquel adolescente claustrofóbico huye, como su poesía, de los ambientes cerrados y busca siempre el aire libre en el vagabundeo urbano del flâneur.

Lleno de limitaciones verbales, esforzado y constante en su dedicación a la literatura, sintió como pocos el poder demoníaco de la palabra y la fuerza enajenante de la poesía. Afrontó el mismo desafío ante las letras de cambio y ante las palabras y lo resolvió con habilidad, talento y valor. Por eso fue un dandy empobrecido y con propensión crediticia, autor de una poesía marcada por su sentido del presente.

Insurgente y transgresor en política y en literatura, cuando en 1851 la Segunda República confirma el fracaso del 48, Baudelaire era una celebridad poética en los ambientes del París bohemio, pero no había publicado aún ningún libro.

Biógrafo y traductor de Poe, al que según Eliot mejoraba, publica por entonces Las flores del mal, que en sucesivas ediciones recoge la poesía que escribió durante veintiséis años. Un libro escandaloso por su violencia agresiva contra el hipócrita lector, contra la instituciones y las normas, una radicalización de la rebelde subjetividad romántica llevada a sus últimas consecuencias.

Un libro explosivo que abre un abismo insalvable entre la poesía moderna y la contemporánea. Seguramente se inauguraba así desde 1857 la poesía contemporánea. A partir de Las flores del mal, pese a la indiferencia de la crítica, pese a la condena del libro en los tribunales, ya no se podrá seguir escribiendo poesía como hasta entonces.

Lo confirman los póstumos Poemas en prosa, porque con ellos se pasa de la subjetividad exacerbada de Las flores del mal a un objetivismo poético de influencia creciente en los poetas contemporáneos.

Su problemático autor escribió deprisa y vivió deprisa. Las fotos de sus últimos años son significativas. La larga cabellera blanca que vemos en las fotografías de 1865 cuando aún no tiene 44 años y le faltan dos para morir son las de alguien que no sólo ha envejecido prematuramente sino las de quien prevé próxima su muerte tras las brumas del opio, el hachís y el alcohol y con las secuelas de una sexualidad pervertida.

Una muerte que empezó a aparecer en el horizonte en torno a la revolución del 48 y sobre todo a su fracaso en 1851. Ese es el momento central de la biografía ideológica y estética de Baudelaire y de este libro, que insiste especialmente en la profunda marca de amargura que dejó en él aquella decepción, aquella renuncia a la utopía.

Desde ahí se fue precipitando hacia el final aquel marginal por vocación y por destino, aquel paria preocupado en Bélgica por el reloj que había dejado empeñado en el Monte de Piedad de París, aquel enfermo demoniaco que blasfemaba (Crénom!, Crénom!) ante las monjitas de una clínica belga, con rostro crispado y contumacia que mantuvo hasta sus últimos días parisinos.

Cuando murió tenía 26 libros y unas deudas que duplicaban lo que había ganado a lo largo de toda su vida.

Al margen de su importancia histórica y de su potencia germinal, su poesía tiene una virtud más alta: mantiene intacta hoy su capacidad para conmover y para sorprender al lector actual.

Esa deuda impagable la tenemos nosotros con Baudelaire.

Santos Domínguez