04 abril 2006

Canedo. Obra Crítica




Enrique Díez-Canedo. Obra crítica.
Fundación Santander Central Hispano.
Madrid, 2004.

La Fundación Santander Central Hispano ha editado recientemente una recopilación de artículos y estudios de Enrique Díez-Canedo, considerado uno de los mejores críticos literarios en lengua española de la primera mitad del siglo XX.

Nacido en Badajoz en 1879 y muerto en el exilio mejicano tras la guerra civil en 1944, Díez Canedo es un referente imprescindible a la hora de estudiar la literatura de la primera mitad del siglo XX. Y libros como este lo demuestran de forma indiscutible.

Díez-Canedo fue un crítico que combinó rigor y sabiduría con una sensibilidad lectora y una bondad raras en el turbio panorama literario de la época, en la que personajes como Juan Ramón habían hecho casi irrespirable el ambiente. Ese es uno de los aspectos que se ponen de esta antología que ha seleccionado y prologado Alberto Sánchez. Ese marco incomparable de altísimos poetas y bajísimas pasiones y mezquindades engrandece más la figura de Canedo, que supo mantenerse al margen de aquellas navajas, aunque a veces se eche de menos en sus críticas no sé si algo más de perspectiva o algo menos de generosidad.

El volumen está organizado en tres grandes secciones: Artículos de crítica teatral sobre un periodo crucial del teatro español (1914-1936), Estudios de poesía española contemporánea desde el modernismo a los pujantes poetas del 27 y tres series de Conversaciones literarias (1915-1930).

La selección de artículos de crítica teatral profundizan en la tradición española, el teatro poético, el cómico y la renovación, desde Jacinto Benavente a Max Aub, pasando por Grau, Valle-Inclán, Casona o García Lorca.

En cuanto a los estudios, destacan los referidos al Modernismo y el 98, donde figuras literarias como Antonio Machado, Unamuno o Valle Inclán están presentes junto a los nuevos poetas del 27 como Salinas, Dámaso Alonso, Gerardo Diego o Alberti.

Lo más interesante del volumen, lo más intenso, es la tercera sección, esas Conversaciones literarias en las que conviven Shelley y Gómez de la Serna, Baudelaire y la Pardo Bazán, Apollinaire y Villaespesa.

Esta edición se suma a la importante antología de artículos de crítica literaria que editó el servicio de publicaciones de la Diputación de Badajoz con una introducción de José Mª Fernández, autor también de la selección de textos y de las notas.

Recientemente se recuperaba también en formato digital la edición de sus Epigramas americanos, que publicó Joaquín Mortiz en Méjico en 1945, un año después de la muerte de Enrique Díez-Canedo. Se reproduce esa edición en la página de internet Palabra virtual.

Todo ello completa un panorama en el que se le da a la obra de Díez-Canedo la importancia que merece quien está considerado como uno de los mejores críticos literarios que ha tenido España en el siglo XX.
Alguien habitualmente poco generoso, como Ramón Gómez de la Serna, le elogiaba con estas palabras en Pombo:

Ha sido el precursor anterior a los precursores porque ha tenido la visión crítica del arte de después.

Santos Domínguez

03 abril 2006

Anatomía de la melancolía

Robert Burton. 
Anatomía de la melancolía.
Selección y prólogo de Alberto Manguel.
El libro de bolsillo. Alianza Editorial. Madrid, 2006.

Robert Burton (1577-1640) publicó en 1621 la Anatomía de la Melancolía, un tratado enciclopédico sobre ese rasgo presente con frecuencia en el temperamento humano. Asociado al genio, atributo o soporte de la locura en otras ocasiones, se ha manifestado en lo que los antiguos llamaron hipocondria y los modernos, spleen.
Contemporáneo de John Donne y de Shakespeare, bibliotecario en Oxford, Burton invirtió todo el tiempo libre que le dejaba su profesión sedentaria y relajada en recoger la sabiduría de su época y proyectar sobre esos textos su propia sabiduría, tan desmesurada como esta obra inabarcable, como este libro de arena entretenido y profundo, lleno de talento literario, de buen juicio y de buen estilo.

Más que de un libro, de eso se trata, de una magnífica biblioteca del siglo XVII en la que se da cita la sabiduría en forma de resúmenes históricos, consideraciones filosóficas, anécdotas literarias, mitos y leyendas, citas poéticas, informaciones científicas, meditaciones teológicas, juicios médicos sobre el ejercicio inmoderado, pronósticos de la melancolía y entretenidas digresiones sobre la curación por el amor o la música.
Eso y mucho más es la Anatomía de la melancolía, de Robert Burton, que ahora publica parcialmente Alianza en El libro de bolsillo, con prólogo y selección de textos de Alberto Manguel, que como Virgilio a Dante nos guía por esta poblada selva.

Equiparable por su enormidad monumental al Zibaldone de Leopardi, a la Silva de varia lección de Pero Mexía o a los Essais de Montaigne, es uno de esos libros de referencia, una de esas obras fundamentales que uno ha oído citar casi desde siempre y que no veía en las librerías, un libro rodeado de un aura especial porque su desmesurado tamaño lo tenía apartado de la circulación.

Había una edición en tres tomos publicada por la Asociación Española de Neuropsiquiatría entre 1997 y 2002. Esa es la traducción que se utiliza en esta antología asequible que será de uso obligado en la biblioteca de cualquier lector culto.
Santos Domínguez


01 abril 2006

Noche oscura del mundo

Gonzalo Hidalgo Bayal. Paradoja del interventor.
Tusquets. Barcelona, 2006.


Acaba de reeditarse en Tusquets Paradoja del interventor, de Gonzalo Hidalgo Bayal, después de una primera edición en Los libros del oeste hace ahora dos años.

Es una nueva edición revisada, con no pocos cambios, aunque de detalle: se ha limado algún leve defecto, alguna repetición, se ha redondeado alguna frase. Nada sustancial, sin embargo.

Hay en esta novela, quizá la mejor de su autor, no sólo calidad de página (que también, y en alto grado), sino altura sostenida de la frase, consistente y cargada de fuerza y de rigor estilístico, de eso que técnicamente se llama información y que le marca al lector un ritmo de lectura lento y constante, el adecuado a la intensidad de su estilo, a la prudencia con la que hay que moverse en esta noche oscura y ferroviaria en la que conviven el vacío y una leve piedad.

Una noche, la del mundo, en la que un hombre cualquiera, un hombre anónimo, sin identidad ni atributos, el hombre, pierde el tren de la vida en noviembre y en una estación sin nombre de una ciudad sin nombre, con calles y personajes anónimos o de nombres apócrifos. Hasta el agua del río que corre bajo el puente es anónima.

Todo lo precipita hacia la ruina y la herrumbre, como en las tragedias clásicas, un error inicial y reiterado que asume la identidad ambigua de un interventor paradójico, de un turista accidental, causa eficiente y causa final de su desgracia desvalida, un Ulises provinciano de mansedumbre ferroviaria hacia una Ítaca que ya no está en los mapas.

Hay aquí otros arquetipos: el del viaje dantesco, una bajada a los infiernos desde el tren, un recuerdo equiparable al de Saulo y su caída del caballo y la epístola a los efesios, una evocación del agrimensor de Kafka y un viacrucis etílico del protagonista en catorce estaciones tabernarias guiado por Cristo, que, menos redentor que bautista, le nombra interventor.

Y unos pocos personajes con un contorno ligeramente humano, personajes marginales, supervivientes mínimos y ejemplares, dóciles y sumisos, solidarios con el interventor en la perplejidad, en la desgracia y en la resignación de la noche oscura del mundo y del infierno. En sus alrededores, un curioso personaje, un espíritu áspero, un viejo ensimismado y acodado en la barra de la cantina, dice, como Eneas, "sidera somnos". Y un guardabarreras sordo guarda un paso a nivel vacío, como un portero del desierto.

No explican casi nada de un texto, pero las influencias reiteradas por los comentaristas (Benet y Kafka, la Biblia y Faulkner, Ferlosio y Beckett) flotan sobre la novela y sobre el lector y los iluminan entre tanta sombra. Y hay también otras luces como las de Landero, el Onetti magistral de Los adioses o Luis Martín Santos, que me parecen muy notables también en su potencia.

Esta Paradoja del interventor no solo merece lentitud en la lectura, sino que la exige, como si de un largo poema se tratase, de un poema en el que se entra a fuerza de repetidos asedios.

Una novela que, desde luego, pide una relectura agradecida y tan satisfactoria o más que la primera lectura.

Santos Domínguez

31 marzo 2006

La conferencia



Pepe Monteserín. La conferencia. El plagio sostenible.
Colección Desórdenes. Lengua de Trapo, 2006.



Con este libro, híbrido de novela y enciclopedia, Pepe Monteserín obtuvo el Premio de Ensayo Juan Gil Albert. Lo cuenta, con su ironía habitual, el autor:

"Con esta obra perdí el Premio Nacional de la Crítica, el Nacional de las Letras, el Nacional de Narrativa, el Primavera, el Verano, el Otoño y el Invierno de Novela, el Premio Austria para la Literatura Europea, el Premio del Libro de Leipzig para el Entendimiento Europeo y el Premio Planeta Tierra; gané, en cambio, el XXIII Premio de Ensayo Juan Gil Albert."

Como una novela enciclopédica queda definida en la contraportada La conferencia. El plagio sostenible. En el cruce de dos géneros, la narrativa y el ensayo, es un experiencia con los límites de ambos modelos textuales, con los confines de la literatura en la posmodernidad. La publica Lengua de Trapo en su colección Desórdenes, que ya ha acogido alguna otra muestra de este mestizaje entre ficción y especulación, entre relato y erudición.

Es este un texto torrencial de un narrador envolvente y desatado, un texto que se lee de la misma forma. El conferenciante narrador protagonista Josué Buelves trabaja en la construcción (no de arquitecto, sino de peón especialista) y se ha ido haciendo intelectual a paladas, como se podía esperar.
Todo arranca de una promesa incumplida y de una conferencia sobre el modo de abordar el sueño y el despertar en el primer párrafo de cientos de libros: con personajes que se preparan para dormir, que son incapaces de dormir o no quieren dormir, o están de guardia, o duermen poco, duermen a secas, duermen y sueñan, despiertan o duermen el sueño de los justos.

De esa conferencia sobre el sueño como tema, como índice de un plagio sostenible, arranca la novela-ensayo. De esa conferencia y de una promesa alocada e incumplida, la que le hizo el conferenciante, cuando novios, a Refugio, la mujer de la que se ha divorciado ya: escribir un poema. Empeño vedado a quien, como el protagonista, tiene una voz envolvente y descomedida, de aliento largo y prosaico en esas dos historias que se entrecruzan también en el desenlace, porque el mismo día que dicta la conferencia, su amigo Fernando Beltrán le echa una mano y le escribe el poema prometido por Josué.

Se divertirán mucho leyendo este artefacto lleno de ironía, de guiños literarios y cómplices, este ensayo animado, esta novela documentada, este aleph en el que confluye todo el universo literario, esta apelación sostenida a la inteligencia.

Comparado por su energía creadora y su escritura caudalosa con Balzac, Pepe Monteserín es un escritor con amplio bagaje de libros publicados y de reconocido talento. Antonio Gamoneda ha dicho de él alguna vez que su literatura echa chispas y su lenguaje es una fiesta.

Si la crisis de los géneros sirve para dar cauce a obras tan amenas y enciclopédicas como esta, habrá que felicitarse y desear que la crisis dure y se agrave.

Porque con obras como La conferencia disfrutará el lector de la literatura en estado puro. Cualquier lector: el experto reencontrando un mundo que le resultará familiar. Y el menos avezado encontrará aquí una iluminadora guía para atravesar los umbrales de la literatura, el mapa detallado de un territorio lleno de propuestas y cruces de caminos, de ramificaciones que dibujan un laberinto, el mundo, y proponen salidas diversas, es decir, la literatura.

No se la pierdan, que no se perderán en ella.

Santos Domínguez




30 marzo 2006

Textos poéticos de Muñoz Rojas




J. A. Muñoz Rojas. Textos poéticos (1929-2005).
Edición de Rafael Ballesteros, Julio Neira y Francisco Ruiz Noguera.
Cátedra. Letras Hispánicas. Madrid, 2006.



En 1989, el Ayuntamiento de Málaga inauguraba una magnífica colección de libros de poesía, que titulaba Ciudad del Paraíso en recuerdo y homenaje a Vicente Aleixandre, que había muerto cinco años antes.
El primero de esos volúmenes recogía la poesía reunida de José Antonio Muñoz Rojas, que aquel año cumplía los ochenta de su edad.
Poesía (1929-1980) se titulaba aquel tomo de casi cuatrocientas páginas bellísimamente editado. Cristóbal Cuevas era el responsable de la selección de los textos y del ensayo introductorio, que ha sido desde entonces un texto de referencia ineludible en cualquier acercamiento crítico a la poesía del hoy casi centenario poeta antequerano.

Han pasado casi veinte años desde aquella benemérita edición, que tuvo su continuidad en los volúmenes dedicados a poetas tan fundamentales como Pablo García Baena, María Victoria Atencia o Rafael Pérez Estrada. En estos veinte años José Antonio Muñoz Rojas ha ido añadiendo nuevas entregas poéticas a su producción, lo que hacía imprescindible una revisión y una antología que reuniera de nuevo lo más significativo de la obra de un poeta tan escondido como interesante.
Rescoldos, ascuas, proyecto de cenizas inmediatas son algunas de las valoraciones que el autor hacía de sus penúltimos textos, de 1980. Desmentido por el tiempo y por una creatividad que no ha cesado, esta nueva revisión de su poesía la hacía más aconsejable todavía el hecho de que algunos de esos títulos nuevos han circulado de forma minoritaria y restringida y son importantes para completar un recorrido de conjunto por esa aventura poética que es la dilatada trayectoria de Muñoz Rojas.

Y a eso responden estos Textos poéticos (1929- 2005) que acaba de publicar Cátedra Letras Hispánicas en una edición preparada por Rafael Ballesteros, Julio Neira y Francisco Ruiz Noguera.
De Versos de retorno (1929) a La voz que me llama (2005), pasando por Las cosas del campo (1953) o Las musarañas (1957) se recoge aquí una producción fecunda en experiencias y proyectada en una creación poética de calidad, fuertemente arraigada en la tierra, en los sentimientos y en la familiaridad con las mejores tradiciones de la poesía europea contemporánea.

Y un sentimiento del paisaje que enlaza con la poesía barroca granadina y antequerana, como en esta Elegía de La Alhajuela, de La voz que me llama:

y el ruiseñor en la breña,
y el culantro
que huele todavía en el agua corriendo.


Como si Soto de Rojas hubiera leído a Keats.

Santos Domínguez


29 marzo 2006

El amigo de las mujeres



Mircea Cartarescu.
Por qué nos gustan las mujeres.
Funambulista. Madrid, 2006.

Ese título de Bioy Casares podría servirnos para resumir este conjunto de 21 relatos llenos de imaginación y fuerza de Mircea Cartarescu, quizá el escritor más conocido de la literatura rumana actual, del que Seix Barral publicó hace ya casi quince años
El sueño, otro volumen de relatos.
Como en aquel libro, en este, el mundo narrativo de Cartarescu surge de la conjunción de realidad, sueño y metatextualidad. Y como clave de esos tres ingredientes las referencias a los modelos de esa técnica: Kafka y Borges.
Por qué nos gustan las mujeres es el título del último de los textos (menos un relato que un poema en prosa) y el de este libro en el que se conjuran la realidad y la ficción, el sueño y el recuerdo, la imaginación y el lirismo alucinado. La voz narrativa que los recorre y los une entre sí tiene una base autobiográfica evidente (ese narrador se llama Mircea, es poeta y publica libros que son los del autor), pero sobre ese cimiento se levanta un edificio narrativo imaginario, sólido y verosímil, con otras vidas inventadas o soñadas.
Es un narrador protagonista y testigo perplejo que duda de sí mismo, de su consistencia y de lo que cuenta. La imaginación o el recuerdo se proyectan en episodios que tienen el ritmo de los sueños y la desproporción de las pesadillas, en historias que el narrador sospecha que son solo producto de su imaginación, como algunas de esas mujeres que evocan o invocan el territorio irreconocible de la memoria que no se sabe si pertenece al sueño o al recuerdo.
Lo narrado se rescata de los fragmentos de un pasado frágil que se recompone mezclando fantasía y realidad, el narrador que es y el que fue, los otros como fueron y como se recuerdan o se imaginan o se soñaron.
Y es que mirar al otro, a las distintas mujeres del libro, es mirar hacia uno mismo, tan inaccesibles uno como las otras, mezclados en una realidad sin contornos definidos, en situaciones que no se sabe si se han imaginado, si pertenecen al recuerdo o si se han soñado despiertos, como sueña esa mujer inolvidable que en uno de los relatos duerme con los ojos abiertos.
Leonard Cohen decía que detrás de cada poema hay una guitarra. Seguramente también detrás de estos relatos hay un poema. Lo que hay, en casi todos ellos, es un libro de poesía, un indicio de irrealidad y de alucinación, un homenaje a veces explícito al superrealismo y a la incursión de lo mágico en lo cotidiano.
Entroncados con los mismos modelos a los que mira buena parte de la narrativa española actual, el realismo sucio y el nuevo periodismo, estos relatos remiten al lector a un mundo que le resultará mucho más cercano de lo que podría esperar en principio.
Mircea Cartarescu, que se ha convertido con este libro en un fenómeno de ventas y en la primera víctima de la piratería literaria en su país, es, además de un efciciente narrador, un excelente creador de atmósferas, un autor especialmente dotado para hacer creíbles situaciones que están entre lo onírico y lo real. Situaciones que se deshacen de golpe y dejan en el lector y en el narrador la duda ante un mundo que se esfuma bajo la luz difuminada del atardecer, en estos relatos en los que conviven las despedidas y el misterio.
En ellos huye el tiempo, la luz y las mujeres y esa atmósfera de irrealidad que es la materia fugaz con la que se construye la mejor literatura, la que deja en el lector un recuerdo imborrable. Como ese magnífico relato que se titula La bomba de oro y que podría haber firmado Cortázar con orgullo.
Por qué nos gustan las mujeres,
con traducción de Manuel Lobo y prólogo de Max Lacruz, inaugura la serie El Transeuropeo, una línea editorial con la que los responsables de Funambulista pretende rescatar lo mejor de la literatura del Este y en la que se anuncia ya como próxima la publicación de Un castillo en la Romaña, del croata Igor Sticks.
Porque parece que en el terreno cultural aún sigue existiendo un opaco telón de acero que apenas traspasan algunos escritores húngaros, algún polaco aislado o alguien tan desarraigado como Kundera.

Una nueva apuesta de esta empresa llena de ilusión y frescura que dirigen Max Lacruz y Enrique Redel y que merece la mejor de las suertes.
Santos Domínguez

27 marzo 2006

Correr tras el propio sombrero



G. K. Chesterton. Correr tras el propio sombrero (y otros ensayos).
Selección y prólogo de Alberto Manguel. Traducción de Miguel Temprano.
Acantilado. Barcelona, 2005.



Al leer a Chesterton nos embarga una peculiar sensación de felicidad. Su prosa es todo lo contrario de la académica: es alegre.

Con esas palabras inicia Alberto Manguel su prólogo a Correr tras el sombrero (y otros ensayos), una colección de ensayos breves y artículos de G. K. Chesterton que publica Acantilado.

La selección de los textos también es de Alberto Manguel. La traducción, de Miguel Temprano. Y el lector de Chesterton también es un lector alegre, un lector que empieza a divertirse cuando hojea el índice y desde ahí ya percibe el ingenio del autor, aquella paradoja andante que enumeraba las ventajas de tener una sola pierna, escribía una defensa de los pelmazos, reivindicaba su derecho y el de Dumas a escribir mal y enumeraba una serie de buenas historias echadas a perder por buenos autores.

Si el lector tiene además alguna experiencia, sabe que por unos días va a tener garantizada la diversión y la sonrisa. Porque en el interior de este Correr tras el sombrero le espera una inteligencia aguda y profunda. El lector, que conoce a Chesterton, abre el libro al azar porque sabe que el viejo zorro no le va a fallar.

Y no le falla:

La verdad es que abordamos cualquier obra maestra como Hamlet a través de la atmósfera neblinosa creada por la propia obra maestra. Sabemos que es genial antes de poder preguntarnos siquiera si es buena. (...) ¿Cómo vamos a discutir el modo en que deberíamos haber escrito las obras de Shakespeare? Shakespeare nos describió a nosotros. Y usted y yo (estoy seguro de que estará de acuerdo) somos dos de sus mejores personajes.

Así es Chesterton. Hable de lo que hable: de la inspiración y William Blake, del Libro de Job o de las jugarretas de la memoria, de la publicidad o de un funcionario demente, Chesterton es un prodigio de humor, de inteligencia, de ironía.


Y estas líneas que valen por todo un tratado de historia de la crítica literaria:

Los críticos incluyen casi a regañadientes entre las obras de Shakespeare obras como Troilo y Crésida o Cimbelino, con el resultado de que la siguiente generación de críticos declara que son las únicas que verdaderamente valen la pena.
Los viejos y cordiales admiradores de Dickens lamentaron que el hilarante Maestro de Festejos que había creado a Pickwick terminara por volverse tan triste, desfallecido e impotente como para rebajarse a escribir La pequeña Dorrit. Motivo por el cual el señor George Gissing, un hombre de auténtica inspiración literaria, casi llegó a decir que La pequeña Dorrit le parecía el mejor libro de Dickens.

Cofrade glotón de la hermandad de las buenas letras, no compartió con Mallarmé la angustia de la creación ni la inseguridad de la página en blanco. Uno de los camareros del café en el que solía escribir, en Fleet Street, la calle de la prensa, hizo de Chesterton este retrato preciso que parece sacado de una de sus novelas:

Es un hombre muy inteligente. Se sienta y se ríe. Luego escribe alguna cosa. Y después se ríe de lo que ha escrito.

La reflexión sobre el ensayo con la que se abre la antología debería estar en todos los manuales del género:

El ensayo es el único género literario cuyo propio nombre reconoce que el irreflexivo acto conocido como escritura es en realidad un salto en la oscuridad. Cuando uno intenta escribir una tragedia, no dice que la tragedia sea un intento. (...) Un ensayo, por su propio nombre y su propia naturaleza, es verdaderamente un intento y un experimento. En realidad uno no escribe un ensayo. Lo que hace es ensayar un ensayo.

Más allá del puro juego de ingenio, hay aquí toda una reflexión sobre la creación literaria. No solo sobre el ensayo. ¿No es la poesía también un salto en la oscuridad?

Santos Domínguez