31 enero 2006

El mejor libro alemán que existe


J. P. Eckermann.  
Conversaciones con Goethe.
  Edición y traducción de Rosa Sala. 
Acantilado. Barcelona, 2005.

Me gusta echar un vistazo a lo que hacen las naciones extranjeras y recomiendo a cualquiera que haga lo mismo. Hoy en día la literatura nacional ya no quiere decir gran cosa. Ha llegado la época de la literatura universal y cada cual debe poner algo de su parte para que se acelere su advenimiento. No obstante, ni siquiera valorando de este modo lo que es extraño a nosotros deberemos apegarnos a ningún aspecto particular ni pretender verlo como un modelo. No hemos de pensar que lo adecuado es lo chino, o lo serbio, o Calderón, o los Nibelungos, sino que, puestos a necesitar un modelo, debemos volver siempre a los antiguos griegos, en cuyas obras aparece representado en todo momento el hombre bello. Lo demás únicamente debemos contemplarlo desde un punto de vista histórico y apropiarnos en la medida de lo posible de todo lo bueno que haya en ello.
Tal día como hoy, el 31 de enero de 1827, Eckermann recogía esas palabras con las que Goethe funda el concepto de literatura universal.

Ahora las podemos leer en una magnífica versión de Rosa Sala, que ha dedicado a este libro cinco años fructíferos. Rosa Sala, que había publicado en 1998 una brillante edición de Poesía y verdad, es responsable de esta excelente traducción y del repertorio de notas, imágenes y glosario que acompaña a estas Conversaciones con Goethe en los últimos años de su vida, un admirable monumento literario que estaba necesitando una edición en castellano como esta que acaba de lanzar Acantilado.

Su autor, J. P. Eckermann, frecuentó a Goethe en Weimar entre 1823 y 1832 y en las mil páginas del libro nos acerca a uno de los hombres más memorables de la historia de la cultura. De la historia sin más.

Memorable y cercano, no es este un Goethe en zapatillas, sino el hombre íntimo que toma café con sus visitas, que habla de sí mismo y de los demás sin afectación, por encima del genio que sus contemporáneos miraban como a un dios en la tierra, como a un astro infalible, como lo llama Eckermann.

Un Goethe que habla de Shakespeare y de Mozart, que admira a Molière y a Schiller y desprecia a Beethoven, tan lejano de su sensibilidad, y expone sus ideas sobre política, sobre Napoleón, o sobre botánica y moral.

La literatura y la ciencia, la música y la política se van convirtiendo en objeto de la atención y la curiosidad de Goethe y completan un cuadro armónico de los intereses, las tendencias y los conocimientos de comienzos del XIX

Un Goethe poliédrico, complicado y caprichoso a veces, lúcido siempre, incluso cuando se muestra como el "gran egoísta" de su peor leyenda, consciente de que está dictando a Eckermann una obra total, su testamento, su confesión general.

Desde que el mediodía del 10 de junio de 1823 visitó por primera vez a Goethe, Eckermann se dedicó a recoger y organizar este ingente material. La tarea le ocupó hasta su muerte en 1854, pero le garantizó la inmortalidad. O, por decirlo menos estupendamente, la contemporaneidad.

Como le pasó a Boswell con el Doctor Samuel Johnson, que le regaló el privilegio de escucharle, de inaugurar en el siglo XVIII el periodismo cultural a través de la entrevista y de escribir la mejor biografía de la lengua inglesa.

Cuando se lee este libro, se entiende que Nietzsche dijera que es "el mejor libro alemán que existe." O que Goethe es más que una figura literaria, más que un hombre íntegro. Goethe es todo él una cultura.

Santos Domínguez

30 enero 2006

El silencio del aviador


Paul Nothomb. El silencio del aviador. Traducción de Ramón Vilardell. Prólogo de José Ovejero. Editorial Funambulista. Madrid, 2006.

En agosto de 1936, un joven escritor francés que había ganado el Goncourt dos años antes con La condition humaine, fundaba una escuadrilla aérea, la escuadrilla España, para ayudar a los republicanos españoles a sofocar la sublevación militar.
Ese joven novelista era André Malraux, uno de los personajes de El silencio del aviador, la novela del belga Paul Nothomb (1913) que formó parte de aquella escudrilla de aviadores voluntarios. Si de aquella experiencia, que duró hasta el año 37, Malraux extrajo la materia narrativa de L'espoir, que se hizo cine en Sierra de Teruel, de ahí mismo surge la raíz humana de una novela bien distinta que editó Gallimard en 1952 y que ahora publica Funambulista por primera vez en castellano, con traducción de Ramón Vilardell y prólogo de José Ovejero.
Escéptica, intensa y emocionante, El silencio del aviador comparte personajes, acciones y episodios con la novela de Malraux, pero es muy distinta en su enfoque y en su posición moral.
Historia ambigua de seres problemáticos en un mundo inhabitable, se articula en torno a un triángulo de personajes básicos (Reaux-Malraux; Atrier-Nothomb e Ivanov) y tiene la altura de los aviones y de la sinceridad y los remordimientos.
Aunque transcurre sobre el fondo incendiado de la guerra civil, y circulan por ella los aventureros y la ineficiencia, la sospecha paranoica y la indisciplina, no es una novela sobre la guerra, sino sobre la culpa, la conciencia individual y el sentido de la existencia.
Con un ritmo potente y mantenido en la acción exterior y en la reflexión, tienen especial fuerza los episodios centrados en vuelos y bombardeos.
A propósito de bombardeos, hace unos días me contaba Fernando Marías, hablando de su Cielo abajo, otra novela de aviadores, de qué manera asombrosa se tiraban las bombas como pelotas desde los aviones.
Aquí también se tiran, no siempre de forma eficiente, contra aquella columna de la muerte que desde Badajoz se acercaba a Talavera y llegaría a Madrid. El resto de la historia es conocido.
El de la novela no. Desde el avión que pilota, Nothomb nos lanza esta novela como quien lanza una bomba.
Santos Domínguez

28 enero 2006

¿De qué tierra hablamos?

Thomas Friedman. La tierra es plana. Breve historia del mundo globalizado. Ediciones Martínez Roca. MR Ahora. Madrid, 2006

Thomas Friedman, periodista de The New York Times, ha ganado tres veces el Pulitzer. La última con este libro sobre la globalización y sus consecuencias, que ha vendido más de medio millón de ejemplares en Estados Unidos y ahora llega a España de la mano de Ediciones Martínez Roca.
Un libro que analiza el mundo globalizado del siglo XXI, la conexión de centros de conocimiento en una red global, su incidencia en la vida cotidiana, las tendencias que marca este proceso en la configuración del futuro, pero también sus peligros y las complicaciones que puede ocasionar la pérdida de los objetivos iniciales de prosperidad e igualdad.

¿Cómo se volvió plana la tierra? Esa es la pregunta inicial. Y la respuesta de Friedman: En un proceso lento que abarca tres eras de globalización. La primera, de 1492 a 1800, fue una globalización de países. La segunda hasta el 2000, la de la globalización de empresas y esta tercera, que según Friedman favorece a los individuos y a los grupos.

A lo largo de casi quinientas páginas se analizan las diez fuerzas que aplanaron la tierra. Desde la caída del muro de Berlín en 1989 a las deslocalizaciones, subcontratas y subcontratos, el acceso libre a la información, el mercado libre, los esteroides o los procesos de convergencia.
La realidad digital, móvil, personal y virtual, las cuestiones complejas de geopolítica, enfocadas a veces con simpleza, a veces con optimismo, van perfilando la realidad del mundo actual según Friedman. Un realidad compleja con mezclas chocantes en las que conviven el fervor guadalupense en versión mejicana y el pegamento centroamericano. Y al fondo China, en el horizonte amenazante de los lobos.
Para los amigos de la cabala y la numerología: en la conclusión de este mundo complejo conviven la imaginación creadora del 9/11 (la caída del muro de Berlín) y la imaginación destructiva del 11/9, una variante imaginativa que no tira muros, sino torres. Pero otros muros, como el que levantó Sharon, han ido creciendo por el mundo.

¿Y cuál es el mensaje? ¿Que se ha iniciado una era de prosperidad con esta tercera fase de globalizaciones? ¿Que el hombre camina hacia horizontes de igualdad? ¿Que empieza la libertad duradera? No sé si el el balance es medianamente positivo, ni siquiera para los que estamos en esta orilla privilegiada del mundo.

Me temo que para una gran parte de la población esto es más una historia de ciencia ficción que una realidad integrada en su vida. Dudo mucho del sentido de la realidad de Friedman y no sé si la experiencia inicial del autor jugando al golf en Bangalore, en el sur de la India, con un GPS en el bolsillo y un iPaq en la maleta es la mejor manera de ganarse la confianza del lector, que inevitablemente piensa en la cantidad de gente que no muy lejos de allí estarían intentando sobrevivir en una tierra menos plana, en una realidad menos virtual que la que se nos presenta aquí.
¿Se le habrá ocurrido pensar a Friedman si los palestinos que han visto alzarse ese nuevo muro de la vergüenza en Jerusalén pensarán que la tierra es plana?
Quizá no sea fácil hablar de “la muerte de las distancias” pensando en el niño que tiene que hacerse varios kilómetros para ir la escuela al sur de Dahomey o en el anciano que acarrea su mercancía primaria en un mercado de Camboya.
Quizá el chiquillo explotado en el sudeste asiático por las multinacionales de la electrónica o las marcas deportivas no entienda de qué hablamos cuando decimos que la tierra se está aplanando.

En cualquier caso, es este un libro que se lee con interés y facilidad y que obliga al lector a tomar una postura, a ponerse de un lado o de otro. Un ensayo para asentir o disentir, para indignarse a veces, para pensar en definitiva y ejercer la saludable tarea del juicio crítico.
Para ver cómo de vez en cuando al autor se le ve la patita. Por ejemplo en esta impagable conversación con sus hijas:

Así que el consejo que les doy para este mundo plano es muy breve y muy simple:
-Niñas, cuando yo era pequeño mis padres me decían: "Tom, termínate la cena; en China y en la India los niños se mueren de hambre." Mi consejo a vosotras es: "Niñas, terminad de hacer los deberes; en China y en la India hay gente que se muere por vuestros puestos de trabajo."
Aplicándolo a nuestra sociedad en conjunto, para mí la mejor forma de reflexionar sobre la cuestión es pensando que cada cual debería dar con la manera de convertirse en un intocable. (p. 252)

No parece que el nuevo consejo, algo paranoide, suponga, como tal consejo, un avance sobre el que le daban a Friedman sus padres.

De manera que si el libro se abría con esa pregunta inicial -¿Cómo se volvió plana la tierra?- el lector lo cierra haciéndose otra pregunta tan crucial como esa:

¿De qué tierra hablamos?

Santos Domínguez

23 enero 2006

Las tinieblas del corazón

Es uno de los grandes de la literatura inglesa contemporánea, pero la lengua en la que soñaba, la lengua de la fiebre, era el polaco, su lengua materna.
Tampoco era el inglés su segunda lengua, ni en dominio ni cronológicamente. Reconocía que, aunque soñaba o deliraba en polaco, pensaba en francés, y lo hablaba con elegancia fonética y propiedad léxica.
Quienes le oyeron hablar en inglés se asombraron de su pésimo acento, ininteligible a veces. Virginia Woolf anotaba el 23 de junio de 1920 en su Diario que Conrad es "un extranjero que habla un inglés roto."
El asombro era mayor porque aquella carencia que hasta Valèry, un francés, detectaba, contrastaba con la calidad de su inglés escrito.
Y es que Conrad es uno de los grandes escritores en inglés. En esa lengua escribió magníficos relatos como El duelo o Un anarquista y novelas desasosegantes como Nostromo, seguramente su mejor obra, o La línea de sombra.
Una de sus novelas fundamentales, El corazón de las tinieblas, la publica ahora Letras Universales Cátedra, con edición y notas de Fernando Galván y J. Santiago Fernández Vázquez, en una de las traducciones clásicas, la que prepararon para Alianza Araceli García Ríos e Isabel Sánchez Araujo.
Aunque era polaco, nació en Rusia y no se llamaba Joseph Conrad. Ese era solo su nombre artístico.
Hijo de exiliados y exiliado él mismo, quedó huérfano en la infancia y sólo la lectura y la escritura le reintegraron a un mundo en que era un estricto extranjero.
La otra traducción canónica al español es la de Sergio Pitol, que publicó Lumen en los años setenta. Es la que prefiero, aunque seguramente solo por razones sentimentales, porque fue la de mi primera lectura de esa obra prodigiosa en la que se basó Apocalipse now, la denuncia de la guerra y la mentira que estrenó Coppola en 1979.
Con buen criterio, la portada de Cátedra toma como base uno de los carteles de aquella película memorable, de la que desde 2001 se puede ver la versión larga, Apocalipse now (Redux).
Una buena ocasión para releer El corazón de las tinieblas y para volver a ver la película de Coppola, para bajar al infierno de la barbarie mientras subimos por el río Congo acompañados por Marlow, un Virgilio moderno que nos guía hasta la figura ambigua de Kurtz, "una sombra más oscura que la sombra de la noche."
Alegoría mítica de descenso a un infierno en el que no faltan las sombras del Hades ni un río infernal, viaje que recuerda la búsqueda del Grial en la búsqueda de Kurtz, esa difuminada imagen poliédrica en la que conviven el extremista, el compasivo, el emisario del progreso, el hombre excepcional.
Las nieblas impresionistas suben desde el río, desdibujan al personaje y hacen imprecisa la realidad exterior y la interior para ese narrador perplejo que es Conrad/Marlow.
Porque el descenso a los infiernos es también un viaje al interior de la conciencia moral del autor angustiado y desbordado ante lo que cuenta, ante lo que vivió.

Santos Domínguez

La lucha contra el demonio



"Yo amo a aquellos que no saben vivir sino para desaparecer, porque esos son los que pasan al otro lado."

A esa cita de Nietzsche se encomienda Stefan Zweig en La lucha contra el demonio (Hölderlin. Kleist. Nietzsche), que recuperó hace unos años Acantilado.
En la línea de su anterior Tres maestros (Balzac. Dickens. Dostoievski), el libro, centrado en tres visionarios unidos por una serie de afinidades espirituales y existenciales, forma parte de un proyecto más amplio que se titularía Los constructores del mundo. Tipología del espíritu.
"Difícilmente los mortales reconocen al hombre puro", decía Hölderlin en La muerte de Empédocles.
Incomprendidos, inadaptados, siempre un paso o dos por delante de los hombres y de su tiempo, dominados por una fuerza superior que les envenena los sentidos, les desborda la inteligencia y les lleva a la aniquilación intelectual y vital, a la autodestrucción, a la locura, al suicidio o a la muerte prematura, después de haber sentado algunas de las bases de la literatura y la filosofía contemporáneas.
Alejados de las cosas del mundo, sin vínculos familiares, sin trabajo estable, sin casa propia, sin arraigo a nada ni a nadie, viven en el inestable vacío y en la fragilidad de las estrellas fugaces.
Lo demoniaco, señala Zweig, es lo que separa al hombre de sí mismo, de sus limitaciones físicas, temporales o morales, lo que impulsa a una dimensión más alta en esa atracción de lo fáustico como fuente del conocimiento. El viejo mito del árbol de la vida y el árbol de la ciencia que obsesionó a Schopenhauer y que superó arrebatadamente Nietzsche.
No hay arte de verdad que no sea demoniaco. Demoniaca, no divina, es la inspiración de los poetas y los pensadores que fundan la contemporaneidad y tienen su contrapunto en la figura de Goethe, un amo, no un siervo, del demonio. Un Goethe que en Werther describió proféticamente las vidas ajetreadas e infelices de Hölderlin, de Kleist, de Nietzsche.
Si en todo espíritu creador la lucha con el demonio es una constante, ese debate se lleva al límite en estos tres prometeos que buscan el fuego de los dioses en las fronteras de la inteligencia y los límites de la noche oscura del sentido.
Atormentados y clarividentes, dotados de inteligencia sobrehumana, extraños para el mundo y para ellos mismos, tendieron siempre al exceso y a la anulación de sí mismos en busca del caos original, anterior a los dioses, dioses ellos mismos precipitados en el abismo como ángeles de las tinieblas tras despreciar una realidad que es sinónimo de insuficiencia y limitación.

Como Tres maestros, esta es una de las obras de Zweig por las que parece no haber pasado el tiempo. La terminó en Salzburgo en 1925 y está escrita con la soltura y el temple narrativo de su autor.
Una obra imprescindible que se lee con el interés que suscita una buena novela y con la intensidad con la que se aborda la poesía.

Santos Domínguez

22 enero 2006

La vida difícil


Ese es el título de la segunda novela de Andrés Carranque de Ríos (1902-1936). La publicó en 1935 Espasa-Calpe y en 1975 la recuperó Turner. Treinta años después la reedita Cátedra. Letras Hispánicas.

Anarquista resabiado, donjuán repeinado con bigote a lo Errol Flynn, aficionado a la literatura decidido a convertirse en un gran escritor, contó solo con treinta y cuatro años para intentarlo. Apenas empezaba a ser valorada su obra en Madrid, en los años treinta, enfermó.

Así, con sentimientos encontrados, empieza la presentación del autor en el prólogo de Blanca Bravo, responsable de esta edición.
Autodidacta, de origen muy humilde, el mayor de catorce hermanos, de vida azacaneada y dura en la que ejerció oficios tan variados como pintorescos: voceador de periódicos con seis años, aprendiz de ebanista, albañil, actor, vendedor ambulante de navajas y cuchillas, estibador, mendigo en París, activista del anarquismo, bohemio. Un huésped del hambre y las fatigas.
En la versión cinematográfica de Zalacaín el aventurero hacía de cuñado del protagonista. Gesticulaba demasiado y miraba a la cámara cuando no debía. En la cinta trabajó Baroja en un papelito de jabonero. Con esa excusa, Carranque le pidió a Baroja un prólogo para Uno, su primera novela. No conozco esa novela, pero tengo delante el prólogo, en la edición de las Obras completas de Baroja. El fino crítico que era el novelista vasco remataba aquella presentación diciendo que el autor entraba en la literatura "con garbo y con prestancia." Méritos literarios no le reconoce ni uno. Quizá porque no había hecho más que hojearla con desgana. La broma acababa así, pero antes Baroja había tenido la piedad de recordar al lector (por si no lo sabía) que entre sus compañeros Carranque tenía fama de golfante. Baroja lo eleva a la categoría de "supergolfante", para decir a continuación que esa condición es "síntoma de honestidad espiritual." Uno de esos razonamientos rigurosos del maestro, como se ve.
De estirpe barojiana, La vida difícil recuerda lo peor de su modelo, el Baroja en decadencia de los años veinte y treinta. Con un estilo desaliñado a veces, afectado otras, es la obra confusa de una mentalidad en la que conviven el misógino insoportable y retrógrado y el anarquista de ideas avanzadas, la piedad y la homofobia, el cosmopolitismo y la mugre.
Andan juntos en esa confusa turba los mártires de Chicago y Martínez Anido, Lenin y Napoleón, los cadetes de West Point y la sublevación de Jaca, un relojero y un pianista que no conocía a Stravinski.
Es todo muy lamentable en una obra que quizá solo tiene la disculpa que expresa el título: La vida difícil de su autor, un pobre diablo en el que convivieron la vanidad y el idealismo, la brutalidad y una estudiada pose de dandy. Por alguna oscura razón, Cansinos no lo menciona ni una sola vez en esa mezcla de guía de teléfonos y de índice de la mala vida y la mala literatura que tituló La novela de un literato.
Lo peor es que el lector deja la lectura con una sensación de malestar y de tristeza que le han dejado pocos libros.
Cuando parecía que Carranque maduraba en Cinematógrafo, su última, su mejor novela, le diagnosticaron un cáncer de estómago que le arrasó en unos pocos meses. Murió en octubre del 36, en un Madrid asediado por el ejército de África.
Todo muy lamentable.
Santos Domínguez

19 enero 2006

"¿Qué hubiera sucedido si...?"


Philip Roth. La conjura contra América. Mondadori, 2005.

En esta novela el escritor estadounidense Philip Roth cuenta en clave casi autobiográfica la vida de una familia americana judía a comienzos de los años cuarenta. La construcción de la historia se sustenta en la aplicación de un artificio conocido como “modelo contrafactual”, esto es, escribir un relato o un trabajo académico partiendo de la siguiente premisa “¿Qué hubiera sucedido si...?”
En este caso el hecho ficticio es la supuesta victoria en las elecciones estadounidenses de 1940 del aviador Charles Lindbergh, autor del primer vuelo transatlántico y héroe popular en su país. Lindbergh, filonazi y aislacionista, se presenta como candidato del Partido Republicano y derrota al demócrata Roosevelt, respetado como el presidente capaz de vencer la muy penosa y todavía reciente depresión económica de los años treinta, y en 1940 empeñado en la tarea de convencer a sus compatriotas de que, aunque Europa queda lejos, los Estados Unidos no pueden permanecer neutrales ante el avance de los fascismos.
La victoria electoral de Lindbergh trastoca la historia del mundo y, por consiguiente, la de la familia Roth, descendiente de judíos europeos. El narrador, Philip Roth, de siete años, asiste perplejo a las diferentes reacciones de los personajes, que judíos o gentiles, van pasando por su vida: el Rabino que sirve de tonto útil a la nueva administración de Lindbergh, el padre que, demócrata convencido, se niega a cambiar su modo de vida, los ciudadanos fascinados por la fama y la demagogia electoral, la madre que se crió entre cristianos antisemitas y ve renacer sus temores infantiles, los que piensan en huir y reeditar la diáspora, el joven impetuoso que quiere ir a Canadá para unirse a los británicos y luchar contra Hitler…
En cierto momento de la lectura no se puede evitar un acceso de melancolía al pensar que hubiera pasado si en las elecciones del año 2000 en lugar de vencer Bush el Joven, corto de luces y escaso de lecturas al decir de amigos, enemigos y parientes; hubiese resultado presidente el más culto y laico senador Gore, quien tuvo que contemplar como Bush el Joven ganaba tras unas más que dudosas maniobras electorales en el estado de Florida, cuyo gobernador era otro hijo de Bush el Viejo.
Bush el Joven, cristiano renacido, se rodeó en su gobierno de un grupo de lunáticos (así los califica Paul Auster en su última novela, The Brooklyn Follies) y cristianos fanáticos incapaces de organizar una fiesta de cumpleaños, y mucho menos, de dirigir el gobierno de los Estados Unidos que al año siguiente se enfrentaría con la masacre del 11 de septiembre, y que nos han conducido a estos años de plomo.
Tal vez algún día Philip Roth nos cuente una historia contrafactual sobre las elecciones del año 2000. O quizás, aunque él lo niega, ya lo ha hecho.

Jesús Tapia Corral