07 enero 2006

Thomas Mann. La vida como obra de arte



Hermann Kurzke. 
Thomas Mann. 
La vida como obra de arte. 
Una biografía.
Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2004.

"Una gran obra es algo más que el mero producto de sus fuentes biográficas", afirma con tacto e inteligencia Hermann Kurzke, autor de esta monumental biografía de casi 800 páginas en las que se combinan rigor y audacia para construir una aproximación imprescindible a la vida y la obra de quien fue autor de una de las obras literarias más representativas del siglo XX.

Los Buddenbrook, La muerte en Venecia, La montaña mágica, José y sus hermanos y Doctor Faustus figuran con méritos más que sobrados en cualquier selección de la narrativa europea del siglo pasado.
La novelística de Thomas Mann es compleja y extensa y cualquier análisis de sus características y de la personalidad de su creador exige esa misma complejidad. Por eso Kurzke, que ha dedicado a este trabajo más de veinticinco años de investigación, lectura y análisis, ha tenido que manejar una ingente cantidad de material no sólo literario sino documental (diarios, cartas, notas de trabajo, conferencias) para descifrar algunas de las claves literarias y biográficas de Mann.

Todo ese material abrumador no pesa en la obra de Kurzke, sino que se integra en el hilo narrativo de la secuencia biográfica de quien como Mann se esforzó a lo largo de su vida y de su obra en construirse una imagen pública acorde con su genio.

De ese esfuerzo y de la voluntad de ocultar rasgos problemáticos nos habla este libro en el que la documentación no desequilibra nunca la voluntad reflexiva e interpretativa.

Un libro de título engañoso, porque más allá de los límites de una biografía exterior, es un análisis de la profunda relación entre la vida y la obra de Thomas Mann, sin caer en el fácil mecanicismo positivista.

De personalidad problemática, escindida siempre entre la imagen exterior y las pulsiones interiores, entre el intelecto y el instinto, entre literatura y vida, Mann construyó su vida y su obra con esas contradicciones entre conservadurismo y rebeldía, entre realidad y deseo, entre lo masculino y lo femenino con tendencias homoeróticas reprimidas u ocultadas que le perseguían aún septuagenario.

Sus protagonistas son en gran medida proyecciones de sus fantasmas, sus experiencias, sus inseguridades, sus ideas. Desde Aschenbach a Faustus, con matices, claro, Mann está detrás de sus personajes. El casto José es el casto Thomas y en Hans Castorp se puede rastrear la ideología vital y artística del autor de La montaña mágica.

Esa constante interrelación entre vida y literatura propicia la máscara y la simulación del Mann público, pero permite abordar su obra desde una perspectiva profundamente viva y vivida. De ahí la paradoja de que ante Mann (incluso en las cartas y los diarios) tengamos la sensación de estar ante un personaje y sin embargo ante sus personajes notemos que son personas vivas.

Del miedo a que se conocieran esas tendencias, de la necesidad de sublimarlas a base de idealismo, intelectualidad y literatura, surge la mayor parte de la producción narrativa de alguien que vivió mucho tiempo, pero sin vivir mucho, aunque sacando un enorme provecho literario de esas pocas vivencias acumuladas casi todas en la infancia y la adolescencia.

Lo que viene después de esas vivencias es la articulación novelística de esa personalidad problemática y contradictoria en la que el miedo de Mann a la publicidad de sus tendencias convive con la valentía de su postura antifascista. Una postura inequívoca contra la Alemania nazi de la que se expatrió en los años treinta para reflexionar en su Doctor Faustus sobre la responsabilidad de la cultura alemana en el andamiaje ideológico del nacionalsocialismo.

Escrita de la única manera posible, con rigor y con distancia, con inteligencia e ironía, Kurzke mantiene esta biografía en ese difícil terreno que prescinde de la exaltación hagiográfica y del desprecio que podría inspirar alguien a quien se conoce tanto y tan profundamente no sólo en sus aspectos más brillantes sino en esa otra zona de oscuridad de la máscara y las debilidades.

Adentrarse en esta excelente obra es adentrarse en las claves de luz y sombra del siglo XX y en una de las claves de la literatura de todos los tiempos: la necesidad de ordenar el caos y de explicarse el mundo y a uno mismo. Y a uno mismo en el mundo.

Quizá sea esa la única función útil de la inteligencia y del arte.
Santos Domínguez

05 enero 2006

Hombres de ficción





"Quizás ya no queden hombres como los de antes, como aquellos que han estado presentes en el imaginario creador y que nos van a acompañar a lo largo de estas páginas. Estos hombres de ficción ¿siguen siendo actuales?"

Esa pregunta de Rosa de Diego y Lydia Vázquez, que ya habían publicado Figuras de mujer, es el punto de partida de Hombres de ficción, un volumen que acaba de editar Alianza.
Su subtítulo, La figura masculina en la historia y en la cultura, delimita el campo de este ensayo, complementario del dedicado a las figuras femeninas.
Arquetipos contemporáneos como el Señor K., clásicos como Narciso, Don Juan o Fausto y por tanto intemporales como Tartufo o Don Quijote, pasean por estas páginas agudas y llenas de sugerencias que van de la literatura al cine, de la vida real al imaginario colectivo.

Una lectura amena que demuestra que la inteligencia es compatible siempre con el humor, con el buen humor, y con reflexiones más profundas, como esta :

"La tragedia de K. es la tragedia de la propia escritura que deja al lector solo frente a su propio compromiso, obligado a asumir su responsabilidad de interpretación y lectura. Condenado, como K., a no saber nunca la verdad, incluso a no saber si existe una verdad. Ka punto es la figura emblemática de una época."
Santos Domínguez

Rosa de Diego y Lydia Vázquez. Hombres de ficción. La figura masculina en la historia y en la cultura. Alianza editorial. Libros Singulares. Madrid, 2005.

Corazón doble


“El corazón del hombre es doble; el egoísmo es en él la contrapartida de la caridad; el individuo es la contrapartida de las masas; para su conservación, el ser cuenta con el sacrificio de los demás; los polos del corazón se hallan en el fondo del yo y en el fondo de la humanidad.”

Así comienza el prefacio de Corazón doble, una de las obras menos conocidas, aunque no menores, de Marcel Schwob, el admirable autor de Vidas imaginarias y La cruzada de los niños.
Editado en España por Ediciones Siruela, que ha recuperado también esas dos joyas que se titulan Mimos y Espicilegio en una cuidada y asequible edición de bolsillo, Corazón doble es un conjunto de 34 relatos, entre lo histórico y lo fantástico, que llevan al lector a través de los siglos en un viaje por el horror y la piedad, por la caridad y el terror.
Entre esos dos polos sitúa Schwob el objetivo del libro: "llevar, por los caminos del corazón y de la historia, del terror a la piedad; mostrar que los acontecimientos del mundo exterior pueden ser paralelos a las emociones del mundo interior; hacer presentir que en un segundo de vida intensa revivimos virtual y actualmente el universo."

Como en el resto de la obra de Schwob, la fantasía y la calidad estilística llevan prendido al lector en cada una de sus páginas.
La traducción de Elena del Amo, como las que hizo de Mimos y Espicilegio, es intachable y consigue lo que debe pedírsele siempre a un buen traductor: que no se note que es una traducción y que mantenga la tonalidad y la fuerza del original.

Santos Domínguez

Marcel Schwob. Corazón doble. Traducción de Elena del Amo. Siruela. Madrid, 2001.

“He dado cuerda al reloj grande"



Esas palabras triviales están en una carta que Mozart dirige a Constanze, su mujer, el 11 de junio de 1791, seis meses antes de su muerte. En la misma carta, junto a consejos como que tenga cuidado con los resbalones en el baño, añade: "Hoy, por puro aburrimiento, he compuesto un aria para mi ópera [La flauta mágica]."

A través de textos como ese se construye el material biográfico y narrativo de 1791. El último año de Mozart, de H. C. Robbins, un libro ya clásico en la bibliografía de Mozart, que se publicó en Londres en 1988 y que editó en España casi inmediatamente Siruela. El texto llega ahora a su tercera edición, cuando se recupera con buen criterio para contribuir a la celebración de este año Mozart que acaba de comenzar.

Una incursión en la intimidad y en la creatividad de Mozart en ese último año febril en el que compone La flauta mágica, La clemenza di Tito y el Requiem que le ocupó los dos últimos meses de vida y en torno al cual desde el primer momento se creó un halo de misterio construido con los ingredientes clásicos: una aparición misteriosa, un encargo sin nombre ni plazo y un Mozart que, como el Rafael de La transfiguración, tiene la sensación de estar creando inspirado en la materia de su propia muerte, de estar componiendo la música para su propio entierro.

Un libro que se lee como una excelente narración en la que el lector puede encontrar, junto con detalles íntimos como el inventario de bienes que se hace a su muerte, una plástica reconstrucción del ambiente musical y social de Viena, una ciudad tan ligada a la música, pero en la que se despreciaba o se menospreciaba a los músicos por su falta de educación, por sus modales y sus caprichos.
Por aquí anda también el inevitable Antonio Salieri, enemistado con Mozart a propósito de Cosi fan tutte, la ópera que el italiano comenzó y abandonó y que finalmente compuso Mozart.
Aquí se puede leer la carta orgullosa en la que Mozart solicita el cargo de Maestro de capilla en la catedral vienesa de San Esteban, junto a reproducciones de carteles y primeras ediciones de libretos y abundante material gráfico que nos transporta a la Europa agitada por la Revolución francesa.
Y es que cuando muere Mozart, el 5 de diciembre de 1791, deja atrás no sólo esos meses de cima creativa, sino episodios de vida sórdida en una Viena que no es ya la que había sido, una Viena en la que Mozart había perdido vertiginosamente la salud y una parte sustancial de su público.
Pocos días antes de su muerte había cobrado el anticipo por el Requiem que no pudo concluir y había utilizado ese dinero, como lo que había cobrado por La clemenza de Tito, la ópera con la que se celebró en Praga la coronación del emperador Leopoldo II, para pagar algunas de sus deudas más acuciantes.
Haydn profetizaba que la posteridad no volvería a ver un talento semejante en cien años. Se equivocaba. Han pasado más de doscientos y no ha vuelto a verse nada semejante.

H. C. Robbins Landon 1791. El último año de Mozart. Siruela. Libros del Tiempo. Madrid, 2005

Santos Domínguez

04 enero 2006

Biografía de un hombre en conflicto


Antonio Forcellino. 
Miguel Ángel. 
Una vida inquieta
Traducción de Josefa Linares de la Puerta.
Alianza editorial. Madrid 2005.


Así como la restauración de los frescos de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina dejó a la vista una nueva realidad que había ido difuminando el velo del tiempo, la magnífica biografía de Miguel Ángel que firmada por Antonio Forcellino se publica casi simultáneamente en Italia y España, nos descubre una nueva imagen del pintor cuyas luces y sombras empezaron a atenuarse casi en el momento de la muerte del pintor.

Antonio Forcellino, un historiador del arte que intervino activamente en la restauración de la Capilla Sixtina, ha escrito una excelente biografía en la que con rigor y con una intensidad narrativa que atrapa al lector desde las primeras líneas, se resaltan, como en la restauración de los frescos, los contrastes de luces y sombras en la vida y el carácter del artista, el escorzo a veces violento que se manifestó en muchas de sus actitudes y en los gestos de sus pinturas y esculturas, en su personalidad vitalista y atormentada a la vez, recia como los cuerpos de las figuras diseñadas por su pincel o cinceladas por la fuerza de su talla compacta.

La soltura narrativa que manifiesta su autor, junto al rigor crítico en el análisis de la obra de Miguel Ángel, recogida en abundantes ilustraciones, hacen de esta lectura un libro imprescindible para especialistas y lectores aficionados al arte, la historia, a la narrativa y a la biografía en este libro dedicado a quien fue hasta sus últimos días un exiliado, independiente y hosco, un hombre en conflicto consigo mismo y con el mundo que le tocó vivir.

Santos Domínguez

02 enero 2006

Gastón Baquero. Poesía completa



Cuando Juan Sebastián comenzó a escribir la Cantata del café,
yo estaba allí:
llevaba sobre sus hombros, con la punta de los dedos,
el compás de la zarabanda.

Un poco antes,
cuando el siñorino Rafael subió a pintar las cameratas vaticanas
alguien que era yo le alcanzaba un poquito de blanco sonoro bermejo,
y otras gotas de azul virginal, mezclando y atenuando,
hasta poner entre ambos en la pared el sol parido otra vez,
como el huevo de una gallina alimentada con azul de Metilene.

¿Y quién le sostenía el candelabro a Mozart,
cuando simboliteaba (con la lengua entre los dientecillos de ratón)
los misterios de la Flauta y el dale que dale al Pajarero y a la Papagina?
¿Quién, con la otra mano, le tendía un alón de pollo y un vasito de vino?
Pero si también yo estaba allí, en el Allí de un Espacio escribible con mayúsculas,
en el instante en que el Señor Consejero mojaba la pluma de ganso egandino,
y tras, tras, ponía en la hojita blanda (que yo iba secando con acedera meticulosamente)
Elegía de Marienbad, amén de sus lágrimas.

Y también allí, haciendo el palafrenero,
cuando hubo que tomar de las bridas al caballo del Corso
y echar a correr Waterloo abajo. Y allí de prisa, un tantito más lejos, yo estaba
junto a un hombre pomuloso y triste, feo más bien y no demasiado claro,
quien se levantó como un espantapájaros en medio de un cementerio, y se arrancó diciendo:
Four score and seven years ago.
Y era yo además quien, jadeante, venía (un tierno gamo de ébano corre por las orillas de Manajata)
de haber dejado en la puerta de un hombre castamente erótico como el agua,
llamado Walterio, Walterio Whitman, si no olvido,
una cesta de naranjas y unos repollos morados para su caldo,
envío secretísimo de una tía suya, cuyo rígido esposo no consentía tratos
con el poco decente gigantón oloroso a colonia.


Con esos versos memorables comienza Gastón Baquero su Memorial de un testigo (1966), un libro imprescindible para conocer buena parte de la poesía española posterior a esa fecha.
Recuerdo, en contraste con esos años brillantes, el lamentable estado de abandono en que pasó sus últimos tiempos. Abandonado de sí mismo más que de nadie y sobreviviendo gracias a la protección de amigos como Santiago Castelo y sintiéndose, como en uno de sus textos, un soneto inservible y un muro destruido.

En el año 1995, dos años antes de su muerte, la Fundación Santander Central Hispano editó en su colección Obra Fundamental dos tomos con la obra poética y ensayística de Gastón Baquero, que hoy pueden leerse en versión digital en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

No leerle es asumir –inexplicablemente- una limitación.


Santos Domínguez

Estaciones del sur


Manuel López Gallego. Estaciones del sur. Los libros del Oeste. Colección viajeros. Badajoz, 2005.

En su colección viajeros, la editorial pacense Los libros del Oeste ha publicado Estaciones del sur, de Manuel López Gallego, un libro de viajes ilustrado con fotografías de Matilde Pereira.
Estaciones del sur tiene como punto de partida un viaje a pie a lo largo de la vía férrea que une Zafra con Fregenal de la Sierra y se prolonga hasta Huelva a través de uno de los paisajes naturales más hermosos de Extremadura.
Como todos los viajes que lo son de verdad, este es también un viaje interior, un viaje que tiene unos límites espaciales fuera, un comienzo en Zafra y un final en Fregenal, pero que tiene como verdadero punto de partida y de llegada al viajero mismo. En el fondo eso son los viajes y los libros que los relatan: un recorrido hacia uno mismo a través del camino, sí, pero también a través de uno mismo.

Eso es lo que explica el tono reflexivo que se percibe desde las primeras líneas de estas Estaciones del sur para combinarse con la descripción de paisajes y personas que lo pueblan, para dar lugar a un peculiar intercambio entre lo exterior y lo interior, entre el viajero y el paisaje, entre el monólogo y el diálogo con los habitantes del paisaje:

“Hay sobre Zafra- se dice en esas primeras líneas- un bando de palomas que realiza un vuelo cíclico. Desaparece y vuelve a aparecer sobre tu cabeza varias veces, recortado bajo un cielo limpio de primavera. Pasa una mujer y te mira de soslayo como queriendo saber qué hace ahí un hombre parado. Si en lugar de continuar su camino se hubiera detenido para plantearte la pregunta abiertamente, no habrías dudado en descubrirle la verdad: que lo que haces en ese instante es iniciar un viaje.”

Las excelentes fotografías de Matilde Pereira subrayan con su calidad en blanco y negro el tono meditativo e intimista del libro, la mirada equilibrada del viajero que ve en los edificios al hombre que los proyectó o al que los habita.
Equilibrio que une en la mirada del viajero presente y pasado, interiores y exteriores, casas y calles, pueblos, ciudades y el campo abierto.

Leer este libro es por eso una grata tarea, es recorrer el camino con su autor, no sólo por un paisaje físico, sino por el paisaje interior del viajero.


Santos Domínguez