11 septiembre 2019

Carmen Martín Gaite. Todos los cuentos


Carmen Martín Gaite.
Todos los cuentos.
Edición y prólogo de José Teruel.
Siruela. Madrid, 2019.

Pasamos media vida mirando hacia allá, imaginando. Tanto que nos parece que ya nos hemos ido.
Y un día, al alzar los ojos, estamos aún en el mismo sitio. Acostumbradamente se cruzan nuestros trenes y cada instante es una despedida.

Con esos dos párrafos comienza Desde el umbral, el primer cuento que publicó Carmen Martín Gaite. Ese breve relato de ambiente universitario, fechado en Salamanca el 15 de marzo de 1948, apareció en el número de abril-mayo de la salmantina Trabajos y días. Revista universitaria. 

Con él se abre el volumen que publica Siruela con Todos los cuentos de la autora con edición y prólogo de José Teruel. Es uno de los dos relatos de primera juventud que se recogen en la sección inicial del libro que ofrece en su parte central los diecisiete relatos de Las ataduras y El balneario,el único volumen de cuentos que publicó la autora antes de reunir su narrativa breve en los Cuentos completos que editó en 1978 y a la que no se incorporaron los cuentos que escribió en los ochenta y en los noventa, dispersos hasta ahora y reunidos en este libro que contiene cerca de treinta textos.

Completan la edición dos cuentos maravillosos -El castillo de las tres murallas y El pastel del diablo-, dos cuentos de Navidad -Un envío anómalo y En un pueblo perdido- Cuatro cuentos últimos -El llanto del ermitaño, Sibyl Vane, [Donde acaba el amor] y Flores malva- y un cuento autobiográfico -El otoño de Poughkeepsie- del que dice José Teruel en su prólogo que “constituye una obra maestra del pulso narrativo de nuestra autora ante la elaboración literaria de la intimidad: de cómo transformar el tiempo inerte «en tiempo de escritura»”.

Publicado póstumamente en 2002, dos años después de su muerte, en Cuadernos de todo, ese cuento final se convierte -en palabras de José Teruel- en una muestra de “esa persistente convergencia en todos sus cuentos entre tratamiento ficticio y momentos autobiográficos /.../ que encuentra en El otoño de Poughkeepsie su pieza maestra.”

La producción cuentística anterior, la que Martín Gaite agrupó en El balneario y luego en  Las ataduras, surgió al calor de la Revista Española, en torno a la que se agruparon jóvenes universitarios de la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid -Aldecoa, Fernández Santos, Ferlosio, Medardo Fraile y ella misma-, que revitalizarían el género en los años 50, bajo la influencia del neorrealismo cinematográfico. De ese ambiente surgen los cuentos de Las ataduras y la mayor parte de los de El balneario, en los que predominan los apuntes impresionistas con finales abiertos, la voluntad de hacer un reportaje narrativo del presente con una mirada cinematográfica.

Y desde entonces el cuento -explica Teruel- “fue un género decisivo en la formación de Carmen Martín Gaite como escritora y lo cultivó, con mayor o menor intermitencia, a lo largo de toda su singladura literaria.”

Una singladura de medio siglo, porque los cuentos que Martín Gaite publicó en vida aparecieron entre 1948 y 1997, cuando aparece el último, En un pueblo perdido. 

José Teruel fija en su prólogo -‘La extrañeza ante lo cotidiano’- la evolución de Carmen Martín Gaite desde el neorrealismo de Las ataduras y El balneario a los cuentos maravillosos y al eclecticismo y la experimentación de los últimos relatos. 

En esa evolución los cuentos de Martín Gaite se mueven entre el reflejo y la invención de la realidad, pasan de lo testimonial a lo introspectivo, del reflejo de lo cotidiano a la imaginación y a lo maravilloso, hasta culminar en las claves autobiográficas de los últimos cuentos, donde la narración aspira a la reconstrucción de la propia identidad en una integración de lo personal y lo ficticio que alcanza su momento cenital en El otoño de Poughkeepsie.

En 1983 había completado en El cuento de nunca acabar una profunda reflexión sobre el relato en la que defendía la imaginación creadora y la participación cómplice del lector en un modelo de cuento abierto. Con esta declaración se cerraba esa meditación sobre la teoría y la práctica del cuento:  

Mientras dure la vida, sigamos con el cuento.

Santos Domínguez




09 septiembre 2019

Antonio Soler. Sur

Antonio Soler.
Sur.
Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2018.

La leche tibia del cielo se derrama en silencio sobre todas las cosas. Los tejados, los árboles dormidos, el brillo de los automóviles. Es una luminosidad blancuzca que brota con un golpe rápido, espesa, turbia. Mancha las nubes y cuelga de ellas. Se oye el jaleo con el que viene el día, una respiración profunda que por un momento se suspende, como si la tierra estuviera a punto de detenerse y girar hacia atrás antes de retomar su órbita y traer un nuevo día.
La noche no ha podido enfriar el asfalto, que sigue ahí, adormilado y caliente, serpeando con su costra de fiebre. El sol asciende, obstinado. Bulle la vida. Se acaban las horas menguadas, la patarata de la muerte. El día comienza. Los insectos escarban la tierra.

Así comienza Sur, la novela con la que Antonio Soler obtuvo el Premio de la Crítica por partida doble, el andaluz y el nacional. Una novela arriesgada y brillante, compleja y exigente, sólidamente construida y escrita con un enorme rigor estilístico, con una riqueza formal asombrosa y una variedad de registros tan poderosa que atrapa al lector desde esas opresivas primeras líneas y lo envuelve en su trama absorbente y en la tupida red de sus más de doscientos personajes que se mueven en esta colmena malagueña en un asfixiante día de agosto de 2016 aplanado por el terral.

Es una Málaga reconocible por su toponimia urbana, por su callejero y su topografía, aunque como representación microcósmica de la realidad podría ser cualquier otra ciudad y por eso nunca se la nombra explícitamente. Es la ciudad planteada narrativamente como “realidad inmensa y diaria que se resume en dos palabras: los otros”, tal como anuncia la cita de Octavio Paz que figura en el pórtico de la novela.

Sur comienza con el descubrimiento de un agonizante cubierto de hormigas argentinas que lo devoran en un descampado al amanecer. Y a partir de ahí, lo que podría haberse reducido a una trama policiaca, se convierte en mucho más que eso: en un recorrido por los diversos ambientes sociales y por los distintos espacios urbanos de los barrios en los que se mueven sus personajes a través de distintas tramas narrativas aparentemente dispersas pero confluyentes en gran medida.

Porque las que al principio parecen ser pinceladas sueltas e inconexas se van ordenando en el conjunto de un mosaico novelístico en el que alcanzan su pleno sentido: la representación sombría de la totalidad de la realidad a través de un microcosmos dinámico y caleidoscópico que refleja la complejidad del mundo por medio de procedimientos narrativos que van desde el monólogo interior a una magistral elaboración de diálogos verosímiles, desde el narrador omnisciente al perspectivismo o a unas descripciones pormenorizadas y plásticas.

Para que el lector no se desoriente en ese complejo universo de personajes, el protagonismo colectivo se compensa con la reducción espacial y con una intensa concentración temporal en dieciséis horas. Y además de los hilos conductores de su sostenido ritmo narrativo -la aparición del hombre casi muerto cubierto de polvo y hormigas y el motivo de la ciudad que arde no sólo por el terral, una metáfora de la atmósfera existencial de la novela-, hay en Sur un diseño circular que se cierra con el monólogo de Ana, la mujer de Dioni, el agonizante que abre la novela.

Aunque centrada en una docena de personajes más destacados y en dos historias vertebrales -la de Dioni y Ana por un lado, la de Céspedes y Carole por otro-, Sur es una novela coral que justifica las treinta páginas finales con un censo de personajes sobre los que se sustenta una superposición de historias en las que conviven lo cotidiano y lo inusual, la imaginación y la realidad, la tragedia y el humor para construir tramas entrelazadas en una compleja red de relaciones y en diversos planos narrativos y cambios de registros lingüísticos que reflejan los contrastes de una realidad presentada de manera nada complaciente.

La novela se plantea así como un espejo que refleja con crudeza la dura realidad a partir de las trivialidades pequeñas sobre las que discurren unas existencias sombrías marcadas por las adversidades, los abusos y las agresiones, la convivencia problemática, el  sufrimiento y la desolación, la derrota, el desamparo y la degradación personal.

Sur supone un salto decisivo en la trayectoria narrativa de Antonio Soler, que si bien había dado sobradas muestras de un oficio innegable, no había alcanzado las altas cimas en las que se instala esta ambiciosa y conseguida novela que consolida un territorio literario propio. Porque Sur no es sólo su mejor novela. Probablemente es una de las mejores de lo que llevamos de siglo.

Santos Domínguez 



06 septiembre 2019

José Carlos Cataño. Obra poética


José Carlos Cataño.
Obra poética (1975-2007). 
Prólogo de Ana Arzoumanian.
Pre-Textos. Valencia, 2019.


CONCÉDENOS, oh señor, la medida de nuestro infierno
O, si no, una lucidez para vivir tranquilos.
No esta desazón de la barca sin mar
Ni puerto que la ampare-
Que el amor también ha muerto.
Haz de nosotros
Tu pasto de sabiduría. Sángranos hasta amasar
La alegría de la sangre con lo que del dolor nos queda.
Configura nuestro cuerpo único
A la medida de nuestra muerte única.

Con esos versos en los que resuena el eco de la voz de Rilke comienza la quinta sección de Disparos en el paraíso, el primer libro de José Carlos Cataño y uno de los seis que recoge el espléndido volumen que reúne su Obra poética (1975-2007) en Pre-Textos.

Lo abre un prólogo en el que Ana Arzoumanian caracteriza la poesía de Cataño con estas líneas iniciales:

“El estallido de la palabra, el vértigo del tiempo, la voz épica reanudando la trama del mundo, no a través de un proyecto que legitime una filiación, un derecho, sino en la diáspora de una tierra naufragando toda apropiación.
La fuerza poética de José Carlos Cataño (La Laguna, Islas Canarias, 1954) se imprime mediante una natividad que es un frotamiento de la lengua en el agua. De modo que escribir no será plegarse a la ley de un territorio, sino turbarse en el estallido del volcán.”

Desde Disparos en el paraíso hasta Lugares que fueron tu rostro, la poesía de José Carlos Cataño ha ido creciendo a través del proceso de elaboración de una obra en marcha sometida a una constante revisión que busca lo nuclear, la almendra de la emoción o lo medular del pensamiento.

Y en esa búsqueda es fundamental la intensidad verbal, la concentración expresiva y la desnudez como fruto de la decantación de la palabra poética, a la que se somete a una tensión de la que se extrae su mayor potencial significante.

Ese proceso de abstracción, de elusión de la anécdota y de renuncia a la narratividad fructifica en una poesía de lectura exigente en la que se proyecta la exigencia del autor con su propia obra.

De esa actitud habla Cataño en este texto, uno de los poemas en prosa de El cónsul del mar del Norte

Pude haber optado por un tipo de experiencia más presentable, donde la audacia hubiese sido también más inteligible.
Cuna y madera, talento y principios no me faltaron. Pero prescindí, ay, de maestros, y a nadie tomé para dedicatoria, paráfrasis u homenaje, pues los pocos que despertaron mis simpatías, o estaban muertos o andaban escondidos. Y otro tanto sucedió con los temas en que me las vi. Siempre pertenecían a la otra mirada, la que despierta la sospecha de un desliz en la ciega, armoniosa enormidad del mundo que amenaza con vaciarse en el temblor de una respuesta aplazada.
La otra mirada es la mirada de los perdedores —fieles vasallos del sinsentido—, cuyo empeño queda rebasado por la ley que unos llaman dios y otros motivo de literatura, de la misma manera que la senda en el valle o la casa en el desierto son finalmente recobrados por la broza y la desolación.
Y la gente no está para lo difícil. Aplauden el estilo limpio, la intachable conducta, y eso que llaman rigor y lucidez. Aplauden la vida, el método, el triunfo.

La reflexividad, la hondura lírica, el despojamiento o la búsqueda de la transparencia esencial del ser y la palabra recorren esta poesía, atravesada por temas centrales como el tiempo frágil de la existencia, la memoria, el amor y la muerte, la insularidad y las pérdidas.

Búsqueda del centro que vertebra una poesía que asume riesgos y se plantea como forma de conocimiento, como aventura ontológica que encuentra su sentido como reflexión sobre el ser y el tiempo al elevarse sobre el desarraigo y el vacío, al explorar lo contingente y los límites del lenguaje.

En ese camino de desolación es fundamental la noción de éxodo, la imagen del poeta como un extranjero y la preocupación por el lenguaje como lugar habitable, por la escritura como refugio ante la fugacidad.

Palabra y fugacidad unidas ejemplarmente en versos como estos, de Para enterrar a los muertos en las palabras:

Al margen de la duda y bajo el sol
Muere lo que dejo por nombrar
Que no pensado,
Pues lento como el río
Que aspira a mediodía
Se me muere la vida no en la carne,
Se me muere la vida en las palabras.

Ese libro lo cierra esta reflexión sobre la escritura que reúne los temas esenciales de la poesía de José Carlos Cataño:

Escribir es volver, volver
A la escritura donde
Quien vuelve muere
Y pasa inadvertido
Al mirar de otro
Que no mira, escribir
Es una espera que dibuja
Y borra por la noche la labor,
Deshaciendo la noche la labor
De bordar con letras pintadas
La noche, la escritura
Enhebra estrellas en el paño
Oscuro de un vestido que pasea
Encima de un puente o en la mirada
Que sigue la ida y vuelta de una cara
Indiferente,
Así somos el que regresa
Y el que espera esa vuelta,
El ser saqueado que a la orilla vuelve
Y la orilla ignota y saqueante,
Lo uno y lo otro,
Separados por el clavo de la conjunción,
Esto y aquello, el rostro que se apaga
Y lo que al fin nos dice y nos desliza
En el olvido,
Quebrando las costillas de la barca,
Las costillas del cielo y de la mente,
Definitivamente la ilusión
En el estallido final de la claridad.

Santos Domínguez






04 septiembre 2019

Drácula, luz de mi vida


Alfredo Baranda.
Drácula, luz de mi vida.
Menoscuarto. Palencia, 2019.

Drácula, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Dra-cu-la: la punta de la lengua emprende un viaje...

Con esa parodia del comienzo de Lolita se abre Drácula, luz de mi vida, la novela de Alfredo Baranda que obtuvo el XI Premio Tristana de novela fantástica que publica Menoscuarto.

Alejada del tópico fácil, Drácula, luz de mi vida proyecta una nueva mirada sobre la criatura que inventó Bram Stoker, contra el que se revuelve el propio Drácula en una original variante de la pulsión de matar al padre. 

Un Drácula cáustico y complejo en el que coexisten la perversión y el refinamiento, la ternura y la crueldad, la reflexión y el delirio, la arrogancia y el desenfado que critica la creación de Stoker, “ese infumable bodrio victoriano que Bram Stoker y yo pergeñamos en apenas unos meses, y en el que por primera vez aparecía el nombre que me habría de acompañar durante el resto de mi vida: Drácula.” 

Es el vampiro quien cuenta su propia historia desde el regreso de la muerte, porque “el que muere se transforma de inmediato en un personaje de ficción en la novela del recuerdo. Pasa a ser un fantasma de la imaginación, un espejismo. Aquel que recuerda a un muerto lo que en realidad está haciendo es imaginar a un vivo que nunca existió. Todo recuerdo es un ejercicio de la fantasía, no de la memoria.”

Y es que aunque Bram Stocker había redactado la novela por indicación del propio Drácula, el resultado fue decepcionante, como explica en estas líneas demoledoras: “es una obra banal, aburrida, ramplona, lleno de inconsistencias y muy mal articulada. Lo único terrorífico que hay en ella es el estilo.”

El ágrafo Drácula, que conoció la sangre viscosa de Bram Stoker y la de su mujer, ligera y poco nutritiva, asume el papel de narrar su vida y las circunstancias que rodean el nacimiento del mito vampírico: las conversaciones de Arminius Vámbéry con Stoker; algunas celebridades como Oscar Wilde o Baudelaire, que fueron otros posibles narradores de su historia; amantes como la reina Victoria y personajes con los que tuvo relaciones vampíricas, como Aubrey Beardsley, Schubert, Nietzsche o Emily Brontë.

El Nosferatu de Murnau y el actor Max Schreck, el que mejor ha encarnado al personaje “inquietante y repulsivo” en el cine; la metamorfosis desde la tumba de Isaac Zuckerman, un recorrido por la historia del vampiro, la simpatía por el nazismo y la aparición de Hitler y Eva Braun, Himmler y Goebbels, la relación con Freud, con Belial, uno de los ángeles caídos, y con Ofelia, concubina del demonio y amante de Drácula, completan el relato de un personaje cada vez más solitario, selectivo con sus víctimas y de compleja disposición psicológica.

Un ejercicio literario y una revisión irónica del mito desde dentro, una reinterpretación irreverente y una relectura original escrita con ambición expresiva y con la soltura narrativa de una prosa que fluye con naturalidad.

Santos Domínguez

02 septiembre 2019

Sylvain Tesson. Un verano con Homero


Sylvain Tesson.
Un verano con Homero.
Traducción de Robert Juan Cantavella.
Taurus. Madrid, 2019.

¿De dónde vienen estos cantos, surgidos de las profundidades, que estallan en la eternidad? ¿Por qué nos siguen sonando tan inconfundiblemente familiares? ¿Cómo explicar que un relato de dos mil quinientos años resuene hoy con un brillo nuevo, con el centelleo de las aguas de una pequeña cala? ¿Por qué estos versos de inmortal juventud siguen iluminando el enigma de nuestro futuro?
¿Por qué esos dioses y esos héroes parecen tan amistosos?
Los héroes de estos cantos siguen viviendo en nosotros. Su arrojo nos fascina. Sus pasiones nos resultan familiares. Sus aventuras han forjado expresiones que usamos a diario. Son nuestros hermanos y hermanas evaporados: ¡Atenea, Aquiles, Áyax, Héctor, Ulises y Helena! Sus epopeyas han engendrado lo que somos, nosotros, los europeos: lo que sentimos, lo que pensamos. "Los griegos civilizaron el mundo", escribió Chateaubriand. Homero sigue ayudándonos a vivir.

La actualidad y la cercanía de clásicos como Homero, autor de dos obras eternas que están en la raíz de la literatura occidental, son los ejes que articulan Un verano con Homero, de Sylvain Tesson, que publica Taurus con traducción de Robert Juan Cantavella.

Dos obras que trazan dos imágenes de la vida, dos concepciones de la existencia: la vida como guerra o la vida como aventura. Así lo explica Tesson:

La Ilíada es el relato de la guerra de Troya. La Odisea narra el regreso de Ulises a su reino de Ítaca. Uno describe la guerra, el otro la restauración del orden. Ambos trazan el perfil de la condición humana. En Troya: la avalancha de las masas rabiosas manipuladas por los dioses. En la Odisea: Ulises circulando entre islas y buscando una escapatoria. Entre los dos poemas, una violentísima oscilación: maldición de la guerra aquí, posibilidad de una isla allá. Por un lado, el tiempo de los héroes, por otro, una aventura interior. 

Estas espléndidas páginas son un recorrido apasionado por la geografía homérica, que habita la luz, azota el viento y ama las islas; por la Ilíada como poema del destino en el que los dioses juegan a los dados y la paz es sólo un interludio, mientras Aquiles se mueve entre el talento y la cólera.

Y por la Odisea como canto del regreso del rey y como incursión en los reinos del misterio; por el trazado de las líneas de la vida de los héroes y los hombres, por la fuerza y la belleza, la memoria y el olvido, la astucia y la oratoria, la curiosidad ante el mundo o la renuncia.

En esos poemas, que “inauguran la edad de la literatura y clausuran el ciclo de la modernidad”, conviven los dioses, belicistas o débiles, y los hombres que son marionetas de los dioses o dueños de sus decisiones, entre el destino y la libertad, la imaginación y la gloria, la furia y la grandeza, la fragilidad de la existencia y la hibris del héroe, los dioses salvajes y el castigo. 

Y como culminación del libro, un capítulo dedicado a Homero, “viejo compañero del presente”, y a la belleza pura de la poesía en la explosión de las palabras y en la elección del epíteto que nombra el mundo para siempre, porque -escribe Sylvain Tesson- “Homero es antes que nada el nombre de un milagro: ese momento en que la humanidad halló el modo de fijar en la memoria una reflexión sobre su condición. Homero es una voz. Da a los hombres la oportunidad de comprender cómo llegaron a ser lo que son.”

Por eso “en la Odisea avanzamos ante el espejo de nuestra propia alma. En ello reside el genio de Homero: en haber trazado los contornos del hombre en unos cuantos cantos. Nada después ha vuelto a ser lo mismo. A lo largo de estos renglones resplandece la luz, la adhesión al mundo, la ternura por las bestias, por los bosques; en una palabra, la dulzura de la vida. ¿No oyes, al abrir estos dos libros, la música de las olas? Cierto, a veces el entrechocar de las armas parece ocultarla, pero esa canción de amor dedicada a nuestra parte de vida sobre la Tierra siempre vuelve. Homero es el músico. Nosotros vivimos en el eco de su sinfonía.”

Santos Domínguez

12 julio 2019

Joan Payeras. La noche que espera


Joan Payeras.
La noche que espera.
La Isla de Siltolá. Sevilla, 2019.

Conoces el dolor y la belleza, 
tienes amor y miedo. 
Cada tarde se pone el sol 
tras la misma montaña.
Tú celebras el don 
y temes la condena. 

Con esos espléndidos versos se cierra la primera de las dos partes -El don y la condena y La noche que espera- del libro que Joan Payeras publica en la colección Tierra de La Isla de Siltolá.

Entre el don y la condena, la conciencia del tiempo fugaz y la celebración del amor y el tiempo presente, entre el dolor y la belleza, el final y la promesa, entre “el dolor secreto y la alegría callada”, entre la certeza de estar vivo y la seguridad de la noche fría que espera se mueven los poemas en verso y prosa de La noche que espera, que parten de la idea de que “en la hoguera del tiempo / arderá esta belleza.”

En ellos la palabra que contiene el mundo lo convoca, porque esa palabra es “luz convertida en canto / milagro breve, lapso de tu tiempo.” Y lo evoca con la memoria que une tardes y miradas en busca de la armonía con el mundo y en “la íntima celebración /  de saberse vivo.”

Y al fondo, callada y esperando, “la noche ensayando siempre la última noche”, aunque quien lo sabe tiene la palabra y los versos “como escudos / que detuvieran lo que teme.”

Y así en la extensión de la noche, en el silencio y la nieve, en el fuego y la ceniza los poemas de La noche que espera concretan la búsqueda de “una única palabra en la que se resuma el último sentido de esta vida, la última razón de nuestra muerte.”

Con una admirable contención expresiva y una inusual tensión poética y emocional, estos textos aspiran a realizar el milagro de parar el tiempo en el poema con la voz de quien “Recuerda. / Y comprende al fin / que en la plenitud / de todos los días / escondida / la muerte calla.”



Santos Domínguez

10 julio 2019

Stendhal. Napoleón. Vida y memorias


Stendhal.
Napoleón.
Vida y memorias.
Traducción y cronología de Consuelo Berges.
Introducción de Ignacio Echevarría.
Penguin Clásicos. Barcelona, 2019.

“¡Napoleón y Stendhal! La sola mención de estos dos nombres juntos emite una vibración especial para todos aquellos que conservan vivo el impacto que les produjo la lectura de Rojo y negro o de La cartuja de Parma. Puede que, desde la Ilustración, no se haya dado un caso equivalente de sintonía entre un gran escritor –Stendhal- y uno de los grandes poderosos de la Tierra: Napoleón. No se trata, ni mucho menos, del tipo de alianza o de complicidad que llegó a establecerse entre, por ejemplo, Gorki y Lenin, en el marco de la Revolución rusa, o entre Malraux y De Gaulle, en la Francia posterior a la Segunda Guerra Mundial. Se trata de algo más impreciso y a la vez más amplio, que señala a Stendhal como el más fiel cronista del impacto y de las transformaciones espirituales que, en la Europa posterior a la Revolución francesa, supuso la emergencia, el imperio y la caída de Napoleón. Nadie como Stendhal captó de manera tan certera el modo n que la figura, las conquistas y el destierro de Napoleón encendieron la imaginación de al menos dos generaciones de europeos, transformando en no pocos casos la relación con su propio destino”, escribe Ignacio Echevarría en la magnífica Introducción que ha escrito para la edición de Napoleón. Vida y memorias, de Stendhal en Penguin Clásicos con traducción y cronología de Consuelo Berges.

En dos ocasiones intentó Stendhal abordar la biografía de Napoleón, un proyecto largamente elaborado que no llegó a culminar. La primera en 1817, con un Napoleón desterrado en Santa Elena y con un Stendhal que mantenía pese a todo sus convicciones bonapartistas exiliado en Milán. 

Tras aquella Vida de Napoleón, primer esbozo de una biografía inconclusa que tuvo como eje la vertiente militar de Napoleón, veinte años después, muerto ya el emperador, un Stendhal muy distinto empezó sus Memorias de Napoleón, centradas en la campaña en Italia, escindido entre la admiración al personaje y lo que representó y el desprecio al tirano, al que consideraba “el hombre más grande aparecido desde César.”

Stendhal había formado parte de los ejércitos napoleónicos en la campaña de Rusia y en la victoria de Batzen en 1813. De su conocimiento de los campos de batalla cuando era todavía Henry Beyle dejó un testimonio ejemplar en La Cartuja de Parma y en su inolvidable descripción desorientada y perpleja de la batalla de Waterloo.

“Caí con Napoleón en abril de 1814”,  escribió en su autobiográfica Vida de Henry Brulard, donde dejó reflejado su bonapartismo, aunque en menor medida que en los protagonistas de sus dos novelas fundamentales: Julien Sorel en Rojo y negro y Fabricio del Dongo en La Cartuja de Parma, dos personajes en los que proyectó el entusiasmo y la exaltación romántica ante la figura de Napoleón un Stendhal que consideraba que “la vida de este hombre es un himno a la grandeza de alma.”

Stendhal no escribía estas páginas sobre el hombre, sino sobre el personaje histórico, sobre la estatua y el pedestal. El que acometía las memorias de Napoleón era un Stendhal que había publicado ya su Rojo y negro, una novela napoleónica en gran medida, y que declaraba en el Prefacio:

El amor a Napoleón es lo único que ha perdurado en mí, lo que no me impide ver los defectos de su espíritu y las mezquinas flaquezas que pueden reprochársele.

Y con esa mirada admirativa y crítica aborda Stendhal lo que Ignacio Echeverría define en su Introducción como “la sustancia histórica y personal de un mito que dio impulso y vuelo al primer novelista contemporáneo.”

Santos Domínguez





08 julio 2019

Juan Eduardo Zúñiga. Recuerdos de vida



Juan Eduardo Zúñiga.
Recuerdos de vida.
Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2019.

En el invierno del año 1930 o 31 cayó en Madrid una gran nevada y, mediada la tarde, el jardincito que rodeaba nuestra casa de la calle General Zabala, en el barrio de Prosperidad, se fue blanqueando; primero, el suelo en los sitios más secos, luego las cuerdas de tender la ropa. Al anochecer, aquel pequeño y familiar espacio se convirtió en un lugar nuevo y sorprendente por la materia que recubrió la verja de hierro, los tallos más finos, las hojas de los geranios, los cables de la luz, el remate de la tapia por donde saltaban los gatos de las casas vecinas. Todo quedó transformado en un escenario fascinante, más aún después, cuando se abrieron las nubes y la luna puso allí su fría luz. 

Con ese párrafo abre el ya centenario Juan Eduardo Zúñiga sus memorias, Recuerdos de vida, que publica Galaxia Gutenberg.

“Qué larga es la calle de la vida. Avanzamos por ella y atrás dejamos convertido en el olvido cuanto hicimos. Sólo cuando sentimos que el final de la calle se acerca es posible repensar lo sucedido (...) Qué secreta es la calle de los años. Buscamos en los recuerdos cómo será el futuro: inútil tarea porque sólo se encuentra en las cenizas (...) Estas escenas sueltas, desconectadas en su apariencia, tienen un hilo invisible que las cose, finos tendones y venas las vitalizan. Aunque lo más aceptable sería no intentar comprender la vida”, escribe Zúñiga en estas memorias que son la consecuencia de que “nada se olvida, todo queda y pervive”, como reza el título del capítulo quinto, que podría servir también para caracterizar la totalidad de su obra, atravesada decisivamente por la memoria de ese largo invierno de Madrid que se evoca en uno de sus títulos fundamentales.

Se trata, eso sí, de unas memorias reducidas, porque se limitan a su periodo de formación, a sus años de aprendizaje en el Madrid de los años 30 y 40, durante la República, la Guerra civil y la posguerra, el fondo histórico sobre el que transcurren estas memorias de infancia y juventud, semejantes a un modelo tolstoiano que Zúñiga conoce bien. 

Redactadas entre abril de 2011 y diciembre de 2018, la amistad y el amor, la guerra y la política, la soledad y la melancolía, el frío y los libros como refugio y como salvación -“La calma es un libro” se titula el capítulo inicial-, el descubrimiento de Winesburg. Ohio, de Sherwood Anderson, las lecturas de Kafka o la tertulia del café Lisboa recorren estas páginas autobiográficas, construidas como una novela de formación del lector infantil y del observador de experiencias ajenas, que conformaron “la actitud vital de quien se asoma a la ventana y al otro lado de los cristales contempla una singular enseñanza de la vida.” 

Desde esa ventana vio Zúñiga por primera vez la nieve que cae en sus libros, un paisaje nevado que “muchos años después pensé si fue el trasfondo de una prematura vocación literaria.” 

Sobre el telón de fondo de un Madrid asediado, bombardeado y devastado por la guerra, que es también el escenario de su imprescindible Trilogía de la guerra civil, por estos Recuerdos de vida pasean hombres y fantasmas que completan una galería de seres y un autorretrato en movimiento que tiene como eje no sólo al personaje, sino el constante elogio de los libros, el homenaje a la resistencia y a la literatura que vertebra el volumen y con el que se remata la obra:

Cabe pensar que muchas heridas del alma puedan encontrar un libro que, con un personaje, con un párrafo, con dos palabras, ponga el alivio que no darán remedios medicinales. Otros libros, por la presión de sus razonamientos, alcanzarán a mover el ánimo de un grupo. Y hasta podemos aventurar que ejercen una influencia en la mecánica de las costumbres. No maestros de sueños sino maestros de vida, con la enseñanza de que la literatura debe perseguir el espíritu de la época y describir la frondosidad del alma de todos nosotros.

Santos Domínguez

05 julio 2019

La invención del viaje


Juliana González-Rivera.
La invención del viaje.
Alianza Editorial. Madrid, 2019.

Como una historia de los relatos que cuentan el mundo resume Juliana González-Rivera en el subtítulo el contenido de su espléndido libro La invención del viaje, que publica Alianza Editorial.

Un libro sobre la escritura del viaje, sobre el que escribe en su introducción que “quienes cuentan el mundo son los viajeros. Ellos han escrito el mapa de las cosmovisiones de todas las épocas, sus relatos han hecho imaginar desiertos, mundos helados, imperios y tierras prometidas.”

Viajes en los que “no hay regreso, no hay llegada. Viaja sólo quien sabe irse”, como escribió en un verso de Historia de las despedidas Pedro Sorela. Porque, como se lee en otro verso del Cuaderno de Abul Qasim, “el viaje verdadero consiste en no volver.”

Un recorrido por la escritura del viaje como universo, como “metáfora de la vida, de la muerte, del conocimiento, de la escritura”, porque “el viaje es una idea” a la que “cada civilización le ha dado una definición.” 

Y es que el viaje lo impulsa la curiosidad y lo alimenta la imaginación y en todas las épocas y culturas el viaje se plantea como búsqueda y el camino como aprendizaje, pese a que, como señaló Pascal, todas las desgracias del mundo proceden de la incapacidad del hombre para permanecer en su habitación.

Estas páginas trazan una historia del viaje y de su relato y son un acercamiento a la escritura del movimiento porque “no existe la escritura inmóvil”. Y porque “todo relato es un viaje” hay una intensa relación entre escritura y viaje desde la antigüedad, desde el Poema de Gilgamesh a la Odisea y la Eneida o a viajeros medievales como Marco Polo, tan decisivo en la inspiración de los viajes colombinos y en los cronistas de Indias hasta el viaje moderno, convertido en ejercicio intelectual desde el Renacimiento con precursores como Petrarca que trazó una frontera cultural con su ascenso al Mont Ventoux.

Y desde el Renacimiento de Montaigne a la Ilustración de Voltaire, Swift y Defoe, del viaje como conocimiento de Goethe y Humboldt al viaje sentimental del Romanticismo de Byron, al viaje refinado de Stendhal y a las sociedades geográficas que responden a la llamada de África y dan lugar a exploradores como Richard Burton y Livingstone.

Completan el panorama novelistas viajeros como Jack London, Stevenson y Joseph Conrad y viajeros inmóviles en el viaje contemporáneo, en el que “el hombre es el héroe, un viajero, un ser simbólico que sólo se puede explicar mediante la palabra, la narración. Y el viaje nunca dejará de ser la gran metáfora, la alegoría poderosa que favorece nuestra mutua comprensión.”

En un momento en el que el género puede parecer exhausto, la autora sin embargo lo reivindica con estas palabras:

“El relato de viajes no ha muerto pero si agoniza hay que reinventarlo, resucitarlo, seguir buscando la última frontera como el personaje del cuento de Dino Buzzati, porque cada época necesita sus viajeros y la nuestra no es la excepción. Es urgente que reaprendeamos a viajar, a ver. Para, otra vez en la ruta, con el saber que sólo ella provee, podamos escribir la historia de nuestro tiempo y reinventar el mundo de una forma más fidedigna que la de los espejos.”


Santos Domínguez