07 diciembre 2015

Cómo vivir con Homero



Adam Nicolson.
El eterno viaje.
Cómo vivir con Homero.
Traducción de Gemma Deza Guil.
Ariel. Barcelona, 2015.

Fue como descubrir la poesía misma, o que los muertos hablan, escribe Adam Nicolson en El eterno viaje a propósito de su descubrimiento de la  poesía de Homero durante una travesía marítima en un velero.

Descubrir a Homero y entenderlo, buscarlo y encontrar a ese autor a la vez extraño y real y finalmente seguir la estela brillante de su poesía en la Odisea son algunas de las propuestas que desarrolla este ensayo que aparece en la espléndida colección Cómo vivir con... que publica Ariel.

No es un ensayo erudito, aunque tiene la solidez que da el conocimiento profundo de un lector apasionado, sino un homenaje agradecido y cercano a un Homero que, además de ser el padre de la literatura occidental, sigue siendo nuestro contemporáneo, porque a medida que la leía, ya un hombre en la mitad de su vida, caí de repente en la cuenta de que aquél no era un poema sobre el allí y el entonces, sino sobre el aquí y el ahora. El poema describe la geografía interior de quienes lo escuchan.

Acercarlo al lector actual, bucear en la profundidad de sus ideas y en sus actitudes morales, indagar en la fragilidad y la grandeza del héroe son los logros de este ensayo tan intenso como la poesía de la que se ocupa, de esa Odisea que es un manual para la vida, una forma de conciencia que entendía el fracaso, la autocomplacencia y la vanidad y, pese a ese conocimiento, no deponía la esperanza de alcanzar la nobleza y la integridad y de obrar bien.

Una poesía que no aporta respuestas, pero refleja asombrosamente la vida, porque lo que respira en sus versos es la complejidad de la vida, la vitalidad burbujeante de un barco en el mar.

Santos Domínguez

05 diciembre 2015

El diablo en el cuerpo



Soledad Galán.
El diablo en el cuerpo.
Grijalbo. Barcelona, 2015.

Fue la de los tristes destinos, la reina castiza con cetro, chulo y corona cuyos ardores venéreos inmortalizaron los hermanos Bécquer en 89 acuarelas de Valeriano sobre el guión de Gustavo Adolfo.

Con la misma crudeza, ahora Soledad Galán relata sus borbónicas efusiones amorosas en El diablo en el cuerpo, una novela que publica Grijalbo y que tiene como centro aquella corte de los milagros que era un malogrado taller de construcción de príncipes.

¿Qué podía esperar de un hombre que en la noche de bodas llevaba más encajes que yo?, se pregunta Isabel II en esta narración escrita en primera persona y después de muerta, desde el purgatorio donde espera a que me emperejile las penas, a fin de hallarme limpia de mancha ante San Pedro.

Y porque su real consorte Francisco de Asís -Paco Natillas en la hiriente copla popular que lo evocaba orinando en cuclillas como las señoras; Paquita en boca de la reina- no cumplía el débito – Paquita no podía. Paquita no iba a poder- la soberana de su cuerpo – húmeda, dúctil, serpentina- calma sus fuegos eróticos con su general bonito, Serrano, el primero y el mejor de sus amantes, y con una larga sucesión de cuerpos que la reina rememora con desvergüenza y sin remilgos cortesanos, con un estilo que reproduce su desinhibida manera de comportarse:

Con todas las urgencias de adentro del cuerpo que no se le consienten a una hembra, y menos a una soberana, me volví una mujer serpiente. Podría entonces haberme matado con una cocción de fósforo; sin embargo, no me di al suicidio. Yo doña Isabel II, me di. A todo y a todos.

Una novela atrevida y directa que habla también de la libertad de una mujer y de su rebelión frente a las ataduras morales y los prejuicios sobre el fondo agitado de la España del siglo XIX.

Santos Domínguez

04 diciembre 2015

Anne Sexton. Un autorretrato en cartas



Anne Sexton.
Un autorretrato en cartas.
Traducción de Andrés Catalán, 
Ben Clark, Juan David González-Iglesias 
y Ainhoa Rebolledo. 
Prefacio de Linda Gray Sexton.
Linteo. Orense, 2015.

Es una de las autoras imprescindibles de la poesía norteamericana contemporánea. Había nacido en 1928, vivió en Boston con más estabilidad económica que emocional y antes de suicidarse el 4 de octubre de 1974 arrastró una larga secuencia de depresiones, episodios de alcoholismo y trastornos bipolares que la sumieron en una penosa patología de desgarramiento psíquico entre el amor y el odio, entre el vitalismo y la autodestrucción.

Contradictoria, autocrítica e infeliz, esposa maltratada y madre maltratadora, reflejó su angustia o su exaltación en la terapia consoladora de su poesía confesional y rompedora, a la que se aferró como una tabla de salvación para hacer frente al desgarro entre la fragilidad y la furia, entre la crueldad y la delicadeza.

El debate entre la vida y la muerte con los impulsos autodestructivos como una amenazante sombra al fondo que atraviesa su poesía, de marcado tono confesional, late también al fondo de las cartas que recopiló su hija Linda en 1977 y que acaba de publicar en español Linteo en una espléndida edición presentada por un Prefacio el que su hija explica el proceso de elaboración de este libro, una recopilación que ofrece “lo mejor de mi madre a sus lectores”, “una suerte de mapa del tesoro de la vida de Anne Sexton”, “incapaz de ejercer de madre, aun siendo, a la vez, muy capaz de ejercer el maltrato.” 

Se reúne en este volumen una amplia selección de las cartas que escribió y de las que guardaba copia en papel carbón. Organizadas cronológicamente en seis capítulos enmarcados entre un prólogo y un epílogo, con abundantes ilustraciones fotográficas, cada una de las secciones va introducida por un poema alusivo a la época de las cartas y por un pormenorizado estudio biográfico que contextualiza las circunstancias en las que Anne Sexton escribió su abundante corespondencia.

Cercanas al tono confesional de su poesía, estas cartas reflejan la intimidad estremecida de esta poeta fundamental, sus problemas sentimentales, sus desequilibrios psíquicos, su refugio en la poesía, su huida de sí misma en los viajes, las dudas que asediaban sus procesos creativos, sus cambios de humor.

En conjunto, como su poesía, construyen el autorretrato complejo de una mujer “diezmada por su enfermedad, su inmadurez, su propio vacío”, como señala su hija en el Prefacio.

Santos Domínguez

03 diciembre 2015

John Ruskin. Sésamo y lirios

John Ruskin.
Sésamo y lirios.
Edición y traducción de Javier Alcoriza.
Cátedra Letras Universales. Madrid, 2015

Ningún libro vale algo si no vale mucho, ni es servible hasta que ha sido leído, y releído, y amado, y amado de nuevo; y marcado, de modo que podáis referiros a pasajes que necesitáis en él como un soldado puede coger el arma que necesita en un arsenal, o un ama de casa traer la especia que necesita de su despensa, escribe John Ruskin en Sésamo y lirios, un volumen que publica Cátedra Letras Universales con edición y traducción de Javier Alcoriza.

Como un crítico trágico e innovador a partes iguales definió Bloom a Ruskin, que murió con el siglo XIX y había nacido en Londres en 1819, el mismo año que la Reina Victoria. Analista de todas las artes, formado en la sensibilidad romántica, fue el mejor crítico inglés de su época. Pero fue más que eso: su delicada sensibilidad y el amplio horizonte de sus conocimientos lo convierten en una figura única en la tradición cultural europea y en un antecedente de algunas tendencias de la crítica contemporánea en el ámbito de la lengua inglesa.

Su mirada a la naturaleza y al arte influyó decisivamente sobre Proust, el más conocido de sus lectores, que tradujo Sésamo y lirios al francés y escribió para prologar esa traducción un ensayo espléndido, Sobre la lectura.

Es el más difundido de los libros de Ruskin, que integró bajo ese título tres conferencias impartidas entre 1864 y 1868. Además del Sésamo –“Los tesoros de los reyes”– y los Lirios –“Los jardines de las reinas”–, la tercera conferencia –“El misterio de la vida y sus artes”–, para algunos el más perfecto de sus ensayos, resumía según el propio Ruskin todo lo que sabía y sus últimos seis párrafos contienen la mejor expresión de lo que hasta ahora he sido capaz de poner en palabras.

Un conjunto que tiene como eje una serie de propuestas sobre cómo y qué leer, con Dante, Milton, Homero y Shakespeare como exponentes del canon clásico, como pauta de lectura que busca lo eterno, en la revelación que está por encima del paso del tiempo porque leer no es fácil y el misterio de la vida, cada vez más impenetrable.

Sésamo y lirios propone una teoría del libro a partir de dos temas fundamentales que resumía así Ruskin en el Prefacio de 1882: la majestad de la influencia de los buenos libros, y de las buenas mujeres, si sabemos cómo leerlos y cómo honrarlas.

Estas conferencias fijan un arte de lectura en torno a dos preguntas, qué leer- siendo la vida muy corta, y pocas sus horas tranquilas, no deberíamos desperdiciar ninguna de ellas en leer libros sin valor- y cómo leer -debéis adoptar el hábito de mirar intensamente las palabras y aseguraros de su significado, sílaba a sílaba, o mejor, letra a letra.

Pero esas dos cuestiones surgen de una pregunta más profunda y más radical: por qué leer, que Ruskin contesta así:

Leemos porque somos hombres, no insectos; somos espíritus vivos, no nubes pasajeras./.../ Hagamos el trabajo de los hombres mientras tengamos su forma y, tal como arrebatamos nuestra estrecha porción de tiempo a la eternidad, arrebatemos también nuestra estrecha herencia de pasión a la inmortalidad, aun cuando nuestras vidas sean como humo, que aparece un momento y al punto se disipa.

Es la primera vez que se recogen en una edición en español los prefacios y las conferencias de Ruskin en un volumen que incorpora los delicados dibujos de un crítico plural que además de ejercer esa influencia decisiva en Proust constituye uno de los momentos más altos de la prosa inglesa del siglo XIX.

Santos Domínguez

02 diciembre 2015

Marcel Proust. Sobre la lectura

Marcel Proust. 
Sobre la lectura.
Edición de Mauro Armiño.
Cátedra Letras Universales. Madrid, 2015.

Quizá no hay días de nuestra infancia que hayamos vivido con tanta plenitud como aquellos que creímos dejar sin vivir, aquellos que pasamos con un libro preferido. Todo lo que parecía llenarlos para los demás y que nosotros apartábamos como un obstáculo vulgar para un placer divino: el juego para el que un amigo venía a buscarnos en el pasaje más interesante, la abeja o el rayo de sol molestos que nos forzaban a levantar los ojos de la página o a cambiar de sitio, las provisiones de merienda que nos habían hecho llevar y que dejábamos a nuestro lado en el banco, sin tocarlas, mientras sobre nuestra cabeza el sol iba menguando su fuerza en el cielo azul, la cena por la que habíamos tenido que volver y durante la cual sólo pensábamos en subir inmediatamente después y acabar el capítulo interrumpido, todo eso, de lo que la lectura hubiera debido impedirnos percibir algo más que su importunidad, grababa en cambio en nosotros un recuerdo tan dulce, mucho más precioso -para nuestro juicio actual- que lo que entonces leíamos con tanto amor, que, si hoy llegamos a hojear esos libros de antaño, sólo sería como los únicos calendarios que hayamos conservado de los días idos, y con la esperanza de ver reflejadas en sus páginas moradas y estanques que ya no existen.

Así comienza, en la traducción de Mauro Armiño, Sobre la lectura, un ensayo rebosante de inteligencia y sensibilidad, que Marcel Proust concibió y publicó como prefacio a su traducción de las dos primeras conferencias de Sésamo y lirios de John Ruskin, pero que tiene una presencia autónoma en su obra, porque más que una introducción al maestro inglés, es una reflexión personal sobre la lectura. 

La evocación de esas lecturas en la infancia, clandestinas y nocturnas a la luz de una vela, se elabora ya con una mirada, un tono y un estilo que anticipan su obra posterior y es ya una muestra brillante del lector excepcional y del escritor portentoso que unos años después escribiría A la busca del tiempo perdido.

Lo resume así Mario Armiño en su introducción: “"Sobre la lectura" /.../ adelanta pasajes de A la busca del tiempo perdido. El recuerdo de las lecturas de la infancia anuncia las primeras páginas de Por la parte de Swann, no sólo por el ámbito en que se mueve el protagonista —los platos pintados de la casa veraniega de tía Léonie en Illiers, la péndola, los espinos blancos— /.../, sino también por el tono literario, por el fraseo largo e imbricado, por la sintaxis que se esponja /.../ y genera nuevas oraciones, por la mirada fijada en detalles en principio nimios, por la forma de abordar los personajes de los libros leídos, que cobran vida: no son fruto de la imaginación, la verdadera vida está en la lectura, de ahí la incomodidad que representan el mundo y las rutinas de la vida cotidiana, las obligaciones familiares, tener que comer con los demás, tener que obedecer órdenes como dejar el libro durante el paseo, irse a la cama y apagar la luz.”

Para Proust, la lectura activa, no meramente receptiva, debe ser el motor del pensamiento y de la creación literaria y artística, porque escribir presupone leer y la lectura es una condición previa, una incitación a la escritura.

Y como un don añadido, la excelente prosa que recorre la lucidez de estas reflexiones, su capacidad de sugerencia y de evocación, su hondura reflexiva en torno a una lectura que despierte y no reemplace la vida personal del espíritu, una lectura que movilice la conciencia y la creatividad, porque debe ser, escribe Proust,  la iniciadora cuyas llaves mágicas nos abren en el fondo de nosotros mismos la puerta de las moradas donde no habríamos sabido penetrar.

Un texto, tan brillante como imprescindible, tras el que –escribe Mauro Armiño- “Proust interiorizó de tal modo la influencia del pensador inglés que sobre ese cemento elaboró no sólo una teoría estética propia, sino que además formó ese "yo" que soporta la estructura de la novela-catedral que es A la busca del tiempo perdido."

Santos Domínguez



01 diciembre 2015

La violación de Lucrecia


William Shakespeare.
La violación de Lucrecia.
Edición bilingüe.
Traducción de José Luis Rivas.
Vaso Roto Esenciales. Madrid, 2015.


Con tristeza, Tarquino, 
como un perro ladrón, se marcha a la callada; 
ella, como un cordero ya rendido, 
se queda allí jadeando. 
Él, debido a su crimen, 
se detesta y quisiera castigarse. 
Lucrecia, desolada, se desgarra la carne. 
Mientras ella se queja de esa noche espantosa, 
el huye, vacilante, 
resudando pavor pecaminoso, 
corriendo y renegando, 
maldiciendo sus goces disipados.

Esa estrofa, en la magnífica traducción del poeta mexicano José Luis Rivas, puede dar idea del alto voltaje verbal de La violación de Lucrecia, un poema narrativo de Shakespeare que publica Vaso Roto en su colección Esenciales.

Apareció en 1594, cuando la peste había cerrado los teatros de Londres y el dramaturgo necesitaba encauzar su escritura por otras direcciones que le permitieran la protección de un noble como el conde de Southampton, a quien dedicó este poema.

El año anterior le había dedicado al mismo noble otro poema largo, Venus y Adonis, que tuvo un asombroso éxito de ventas. La violación de Lucrecia, un poema más maduro y ambicioso, no tuvo la misma acogida, aunque en vida de Shakespeare conoció cinco ediciones. 

Sus casi dos mil versos, construidos con la gravedad y la altura propias del lenguaje trágico, relatan un episodio –la violación de Lucrecia por Tarquino, el último rey romano- que desencadenó el final de la monarquía de Roma y dio origen a la República. Y lo hacen con una mezcla de brutalidad y delicadeza que es muy del gusto de la mentalidad barroca, como la sensorialidad plástica que resume así Jordi Doce en la presentación del libro:

"Más allá del extenso ejercicio de écfrasis que protagoniza la segunda mitad del texto (la  visión del cuadro sobre la guerra de Troya ), lo pictórico es consustancial al poema, que se estructura como una sucesión de escenas, casi como un políptico de tema histórico."

La violación de Lucrecia contiene en su configuración narrativa el germen de asuntos que Shakespeare desarrollaría después en Cuento de invierno o en Cimbelino; su capacidad introspectiva en el análisis de la reacción de Lucrecia prefigura el lamento de Ofelia y el remordimiento del violador Tarquino anuncia las dudas de Macbeth o de Otelo.

Pero sobre todo, la tensión del lenguaje y el tono trágico que sobrevuela el ambiente opresivo del poema muestran a un autor cada vez más dueño de una potente voz que a partir de entonces, abiertos ya los teatros, crearía obras decisivas, pero capaz ya a esas alturas de versos como estos: 

Así fluye y refluye el oleaje 
de su dolor. Y el tiempo cansa al tiempo 
con sus quejas. Desea la noche; luego, el día. 
Y encuentra que una y otra son demasiado lentas 
para marcharse.

Santos Domínguez

30 noviembre 2015

Inquisición y censura en los Siglos de Oro


Manuel Peña Díaz.
Escribir y prohibir.
Inquisición y censura en los Siglos de Oro.
Cátedra. Madrid, 2015.

Ruego a Dios que conserve al calificador la vista y no permita que se le olvide el saber leer, declaraba Fray Luis de León en el curso del proceso inquisitorial del que fue víctima desde 1572. Se le acusaba de judaizante por haber usado como base de su traducción del Cantar de los cantares la versión hebrea.

Es uno de los cientos de casos de la censura que ejerció el Santo Oficio durante los siglos XVI y XVII. Sus variados mecanismos de control –edictos, índices de libros prohibidos, expurgatorios, cautelas– son manifestaciones de una represión cultural y un dominio ideológico que eran complementarios de la propaganda de la fe y la ortodoxia en connivencia entre la monarquía absoluta y el poder de la Iglesia.

Ese es el objeto de estudio de un espléndido ensayo, Escribir y prohibir, que publica Cátedra, en el que Manuel Peña Díaz aborda la teoría y la práctica de la censura inquisitorial en la España de los Siglos de Oro.

Uno de los aspectos más llamativos de esas actividades, además de su extensión y su capacidad coercitiva, es que entre la norma y la transgresión hay un espacio indefinido que los censores interpretan, unos límites cambiantes en la censura de libros y papeles sobre los que la Inquisición no siempre manifestó coherencia entre teoría y práctica, sino un discurso cambiante acerca de los peligros de la lectura que -por encima de su efectividad en la práctica- amplió el campo de lo sospechoso, lo censurable y lo condenable y generó mecanismos preventivos como el del lector escrupuloso o la autocensura.

Porque, como explica Manuel Peña, “la censura no fue un muro divisorio entre lo permitido y lo prohibido, sino un territorio donde lo herético y lo ortodoxo se tocaban, donde lo público y lo privado se confundían, donde el discurso religioso acusador y amenazante penetraba y violaba conciencias. Se impusieron coerciones, se expurgaron y se quemaron libros, pero también existieron resistencias, lecturas oblicuas, ocultaciones de libros prohibidos o permitidos, incluso en medio de la coerción, fuese del confesor, del inquisidor o del mismísimo mercado. Uno de los objetivos fundamentales –y casi inalcanzables— de los inquisidores fue el de reconocer esas tensiones y esos contrastes entre los modos de leer en concretas comunidades de lectores y las nuevas directrices sobre cómo y qué leer: ¿con quiénes, dónde y de qué maneras ejercían determinados lectores la lectura?, ¿qué expectativas y qué intereses depositaban en la práctica de ella?, ¿en qué formas y cómo circulaban los escritos? o ¿cómo se producían socialmente nuevos lectores?”

Es cierto que hubo fisuras en ese acoso a la discrepancia ideológica, que hubo un significativo comercio clandestino de libros prohibidos, que circularon textos escritos en árabe –una lengua que el Santo Oficio asimiló a la religión musulmana-, especialmente coranes y tratados de derecho islámico o medicina; que círculos luteranos o judaizantes recurrieron con frecuencia a la ocultación de libros; que Teresa de Jesús y sus seguidores –siempre en el inestable filo de la heterodoxia– negociaron con la censura; que hubo reacciones anónimas o seudónimas de protesta, pero también delaciones y adhesiones por intereses económicos, ideológicos o venales.

Pero también es verdad que esa censura representaba el brazo armado de un intenso control ideológico, que -aunque invocaba a Dios como primer censor- no sólo se ejerció sobre cuestiones religiosas, filosóficas o morales, sino también sobre cuestiones políticas: el problema de Cataluña, la Leyenda negra o las denuncias sobre los excesos de la conquista del Padre Las Casas.

Ese panorama acabó contaminando la actividad literaria e intelectual hasta el punto de que Cervantes puede ser leído en el donoso escrutinio de la librería de don Quijote no sólo como crítico literario, sino como censor, como “parte del debate sobre la valoración del libro que se gestó durante el siglo XVI.”

Un complejo sistema que practicó cinco métodos de censura -prohibir todo -impresos y manuscritos-, prohibir en romance, expurgar, prohibir traducciones y fragmentar- desde unos planteamientos que resume así Manuel Peña: 

“Desde finales del siglo XV el Santo Oficio ejerció una represión cultural y un control ideológico, que han sido enmarcados por los historiadores en el clásico modelo de Estado Absoluto, por su identidad vinculada a un credo y a un sistema de gobierno. No sólo los monarcas y las elites políticas y eclesiásticas utilizaron máquinas de propaganda, perfectamente engrasadas, sino que a éstas –o como parte de ellas- añadieron estrategias y aparatos de prohibición de cualquier manifestación -oral, visual o escrita- que se desviase de los principios dogmáticos y jurídicos dominantes. El proceso de confesionalización explicaría la importancia del control de los fundamentos religiosos –unido a las finanzas y al ejército- para la consolidación del Estado Moderno. Desde la historia política esta interpretación es perfectamente plausible. La sociedad estuvo, pues, virtualmente adocenada y mayoritariamente resignada. En el ámbito católico el mejor ejemplo del éxito de dicho proceso sería la larga vida de la Inquisición, hasta sus sucesivas aboliciones a comienzos del siglo XIX.”


Santos Domínguez

28 noviembre 2015

Francisco Caro. Plural de sed


Francisco Caro.
Plural de sed.
Lastura. Toledo, 2015.


Cuando por fin logré
que el poema que amabas,
que escribía,
quisiera terminarse,
sentí tu mano
quedamente gemir sobre mi espalda

y una suite para dos,
una sed para dos,
sonó en la almohada.

Con ese poema, como un preludio, abre Francisco Caro Plural de sed, que publica la editorial Lastura.

Como un preludio musical que anticipa los temas y la tonalidad poética de un libro construido como una suite barroca organizada en cuatro movimientos –Zarabanda, Courante, Rondó y Pavana- que responden a los diversos tiempos de la experiencia amorosa.

Un libro pautado, escrito con una voz modulada y confidente, con un rigor que no excluye el relámpago de la imagen deslumbrante en sus versos contenidos o desbocados, como el deseo, pero llenos de hallazgos y revelaciones.

Versos que trazan el mapa de un viaje hacia el agua en esta poesía corporal que se mueve entre la serenidad y la exaltación, entre la calma y la fiebre hasta ser águila saciada, / lengua sin voz mi voz en torno tuyo. //El aire ya no existe, / es un país sin manos, sin águilas, sin nadie.

Porque sed es una palabra sin plural que alude al deseo compartido por los amantes, a una sed mutua en vuelo vertical hacia la altura del ave en Las Tablas, hacia la blanca lentitud con que pronuncian /cada noche tu voz y mi avaricia / los plurales de sed.


Santos Domínguez

27 noviembre 2015

Javier López. La tierra de los nadie


Javier López.
La tierra de los nadie.
Prólogo de Luis García Montero.
Legados Ediciones. Madrid, 2015.


Como el frío que llega del norte en primavera,
más cruel que las noches heladas en invierno,
el que mata indolente las flores del cerezo,
es la luz de este siglo implacable que termina.

Es uno de los breves poemas epigramáticos con los que Javier López recorre La tierra de los nadie, que publica Legados Ediciones con prólogo de Luis García Montero.

Por sus versos directos fluye la vida entre lo íntimo y lo público: el sentimiento y la denuncia, la metáfora y la solidaridad, el amor y el poder, lo cotidiano y lo intemporal entre la memoria personal y un parque de barrio al sur de Madrid.

Poemas que lanzan un dardo certero o acusan una herida profunda y exploran el exterior desde la mirada interior o bucean en el sentimiento interior a partir del paisaje. Mirada y conciencia, paisaje e historia, palabra que es testimonio personal y actitud civil en un libro que va siendo invadido a medida que avanza por una progresiva conciencia del paso del tiempo:

No hay gloria en la poesía, como no hay gloria en nada.
Se engaña quien se deja subyugar por el brillo
fulgurante y engañoso de las apariencias,
de un fantasma de polvo que el viento ha despertado.

En estos versos la palabra se pone al servicio de la vida y de los habitantes de la tierra de los nadie que hospedan estas páginas en las que la poesía se convierte en  "una necesidad para recobrar la experiencia de ser" y en “una forma de defendernos de los perros de raza”, como señala Luis García Montero en el prólogo.

Santos Domínguez

26 noviembre 2015

Jacobo Siruela. Libros, secretos


Jacobo Siruela.
Libros, secretos.
Memoria mundi.
Atalanta. Gerona, 2015.

“De alguna manera, todos los libros tienen secreto. Cualquier obra que presente ciertos grados de complejidad siempre oculta bajo su llano manto de palabras algunos aspectos opacos más allá de su primer plano de significado.” 

Con esas palabras abre Jacobo Siruela el primero de los seis ensayos que ha reunido en el volumen Libros, secretos, que publica Atalanta en su colección Memoria mundi. Y esa declaración inicial explica la equivalencia que anuncia el título: la equiparación aposicional del libro y el secreto como dos realidades vinculadas.

Y así se abordan las claves ocultas que permiten vencer la resistente oscuridad de cinco libros de secreto hermetismo: el manuscrito Voynich, compuesto en un alfabeto desconocido e ilustrado con imágenes de plantas fantasmagóricas y diagramas alejados de la realidad -“seguramente el texto más inaccesible de nuestra cultura”-, las planchas sin texto del Libro mudo y su alquimia barroca o el babélico Finnegans Wake de Joyce.

En palabras del autor, es este “un libro de paso, un libro del camino, que reúne textos misceláneos. La pregunta que siempre surge ante esta circunstancia es si forman un cuerpo unitario o simplemente recogen, como el río, cantos rodados que el tiempo ha ido depositando en la orilla.”

Además del ensayo más amplio, el inicial Libros secretos, el volumen contiene otros cinco ensayos de diverso calado y varia lección: un examen de la vida y la obra de la poeta francesa Valentine Penrose, una de las musas del surrealismo- y su libro La condesa sangrienta; la recuperación de El vampiro. Un mito moderno, el texto prologal de su antología Vampiros; una reinterpretación de la epopeya de Gilgames y una reivindicación de los mitos antiguos como productores de sentido, como interpretaciones del mundo; el análisis del sueño como metáfora absoluta, como una de las grandes imágenes ontológicas de la vida. Y, finalmente, una reflexión sobre las fotografías del japonés Masao Yamamoto, El mensajero de la naturaleza.

El lector antes de cerrar el libro puede suscribir las palabras finales de Jacobo Siruela: “No sin cierto asombro, advierto que ni su diversidad temática ni su azarosa procedencia han impedido que confluyan entre sí como vasos comunicantes. " 

Por eso, más allá de su condición miscelánea, más allá de la mera reunión de textos, los ensayos de Libros, secretos producen una impresión unitaria: son una suma de exploraciones que buscan iluminar el secreto o delimitar el contorno de lo opaco que se resiste a las indagaciones. 

Porque en este libro, profusamente ilustrado, juega un papel decisivo la mirada a los libros y al mundo, una mirada que asume la zona de sombra que permanece siempre en el secreto. Y por eso tienen las imágenes tanta importancia en estas páginas, no sólo como meras ilustraciones de acompañamiento, sino como desarrollo o como soporte de la palabra.

Santos Domínguez