03 marzo 2014

El valle del terror


Arthur Conan Doyle.
El valle del terror.
Traducción de 
Miguel Ángel Pérez Pérez.
El libro de bolsillo. Alianza Editorial. Madrid, 2014.

Ahora que se van a cumplir los cien años de la publicación por entregas de El valle del terror, Alianza  Editorial  lo recupera en El libro de bolsillo con una nueva traducción de Miguel Ángel Pérez Pérez.

Se editó en formato de libro al año siguiente, en 1915, y fue la cuarta y última de las novelas de Sherlock Holmes, una obra que en sus dos partes encubre lo que en realidad son dos novelas cortas conectadas por un epílogo, dos relatos unidos en esa estructura bipartita, como en Estudio en escarlata.

Ocupa aquí un lugar central la maléfica figura del maquinador Moriarty, profesor de matemáticas y ciencias del joven Holmes y ahora encarnación del mal, urdidor de crímenes y enemigo del detective.

La articulación de las dos partes de la novela, como en otras de la serie, responde a dos esquemas narrativos y temporales muy diferentes. Si el primero -La tragedia de Birlstone- es un relato detectivesco clásico narrado por Watson y con el enigma de un misterioso crimen cuyas claves desvela Holmes con su penetrante método deductivo, el segundo -Los camorreros- es un flashback narrado en tercera persona y centrado en la figura del muerto y en los antecedentes que explican el relato de la primera parte.

Y es precisamente la segunda parte la que es una pequeña obra maestra sobre una banda de gansters, un relato que ejerció una notable influencia sobre Dashiel Hammet en Cosecha roja y se tiene como una obra precursora de la novela negra.

La ágil y cuidada traducción de Miguel Ángel Pérez es un motivo añadido para redescubrir esta novela en la que Conan Doyle alcanza alguno de sus mejores momentos creativos.

Santos Domínguez

28 febrero 2014

Juan Gil-Albert. Poesía completa


Juan Gil-Albert.
Poesía completa.
Edición de Mari Paz Moreno Páez.
Introducción de Ángel Luis Prieto de Paula.
Pre-Textos. Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert.
Valencia, 2004.

En abril se cumplen ciento diez años del nacimiento de Juan Gil-Albert. En julio, veinte años de su muerte. Y este mismo año hace diez de la publicación en Pre-Textos de una serie de volúmenes que reunieron la obra completa de Gil-Albert en prosa y verso para celebrar el centenario de su nacimiento.

Pero no hace falta buscar excusas en el calendario para hablar de la obra de escritores como él, que están ya por encima del tiempo. Porque Juan Gil-Albert, después de haber sido durante varias décadas un escritor secreto, es ya un clásico indiscutible del siglo XX en España.

En 2004, Pre-Textos, en coedición con el Instituto Alicantino de Cultura Juan Gil-Albert, publicó, con una introducción de Ángel Luis Prieto de Paula, una cuidada edición de su Poesía completa, preparada por Mari Paz Moreno Páez. 

Desde esa edición, este volumen de casi mil páginas, que incorporaba un centenar de poemas inéditos o no reunidos en libro hasta entonces, se ha consolidado como la recopilación más completa y fiable de la poesía de Juan Gil-Albert, uno de los poetas más interesantes de la literatura española contemporánea, una de esas pocas voces que han proyectado la influencia de su obra sobre los poetas posteriores. 

Esa influencia creciente empezó a ejercerla desde la publicación de Fuentes de la constancia, una antología que apareció en 1972, cuando tenía casi setenta años y era un poeta casi desconocido. Aquel libro fue la reivindicación tras una larga etapa secreta de casi treinta años, “el rescate –escribe Prieto de Paula en su introducción- del escritor, auténticamente ignorado –no minusvalorado o preterido: ignorado.”

A medio camino entre el 27 y el grupo del 36, Gil-Albert fue un poeta-isla hasta Fuentes de la constancia, aunque en 1944, en el exilio, había publicado un primer libro importante, Las ilusiones, que pasó desapercibido, aunque mostraba ya una voz personal y un mundo poético propio que se perfilaría definitivamente en sus libros posteriores.

Regresó del exilio en 1947, en un viaje de regreso hacia dentro; dejó el exilio geográfico para sufrir un exilio interior que mantuvo silenciado a aquel “señorito rojo” y homosexual, siempre a la espera sin embargo de lo que él mismo llamaba su “laurel tardío.”

Y en esas décadas oscuras fue construyendo su propio mundo, fue elaborando una poesía meditativa que arranca de una dicción clásica y de la contemplación del mundo mediterráneo. Serenidad, armonía y contención expresiva, celebración hímnica de la belleza, esteticismo y sensorialidad en la fijación de lo instantáneo y lo fugitivo son algunas de las claves que recorren la obra poética de Gil-Albert.

Una obra que, tanto en prosa como en verso, vive en el equilibrio armónico del mundo interior y el paisaje. Un texto tan expresivo de ese equilibrio como La tarde se subtitula significativamente En un balcón, ese espacio intermedio entre lo exterior y lo íntimo:

Sólo cuando se es hombre se sabe qué es la vida.
Sólo si se ha cumplido con la edad
se sabe lo que empieza y lo que acaba.
Se sabe que el vacío que nos queda
es el hermoso todo que tuvimos:
como un bosque inmolado.
Donde el azul del cielo sólo encuentra
ancho campo abismal. Ya nada obstruye
el palpitar de un ala poderosa.
Ya las paredes todas se evadieron
y estamos al desnudo, como un cuerpo,
paradisíacamente. Es el retorno
tras haber agotado a la serpiente.
Tras haberla dejado de escuchar.
Es el retorno fiel a la ignorancia.

Esa armonía entre lo íntimo y lo cósmico, entre la autobiografía y el mito es un rasgo asimilado de los clásicos de Grecia y Roma, de Garcilaso y los místicos, que forman una parte esencial de la construcción de su voz propia, de su epicureísmo meditativo y su tonalidad celebratoria, de su quietud contemplativa y su reflexión vitalista ante el paisaje. 

Un ejemplo, este Nocturno, de Homenajes e In promptus (1976), quizá su último gran libro:

Noche de las estrellas te estremeces
con un fluido oscuro. En tus arpegios
de soledad escucho la hermosura
de la existencia. ¡Oh lumbres fugitivas
en cuyo seno mora irreparable
la verdad! Qué sombrías esperanzas
abres a quien te mira recostado
desde la dulce tierra y se incorpora
con un temor incierto a esas frondosas
penumbras celestiales. Brilla el rostro
de la nocturna esfera fascinando
como el de un animal entre las sombras
con sus ojos abiertos; brilla el sueño
de su caudal fluyendo lentamente
cual si nada existiera; en esa duda
no sé dónde poner mis ilusiones
y a quién brindar la dicha de sentirme,
tibio de vida en medio de los mundos,
hijo fiel del ardor y la pereza.
Esos silencios ruedan sumergidos
en ingentes distancias, esas flores
esparcen sus semillas vacilantes
en la bondad de un éter misterioso.
-¡Ah delirante triunfo de esperanzas
con los soles despiertos!- Ígneo atruena
mi corazón roído por deseos
irrealizables, salta en sus prisiones
como un astro humillado que pidiera
que lo dejaran ser; pálido atiendo
su súplica vehemente como un padre
oye qué desmedidas ambiciones
turban la paz del hijo. ¡Oh noche, oh fragua
de los altos desvelos, solitaria
cripta donde reposan sus racimos
hombres y estrellas!

Santos Domínguez


27 febrero 2014

Buda en el Bolshói


Álvaro Campos Suárez.
Buda en el Bolshói.
Ediciones en Huida. Sevilla, 2014.

Una palabra / vale más que el hombre, escribe Álvaro Campos Suárez en el poema que abre la parte central de Buda en el Bolshói, el libro de poemas que acaba de publicar en Ediciones en Huida.

El material poético de sus cinco partes, con poemas heterogéneos que producen una cierta impresión aluvional, lo unifica el recurso al mecanismo constructivo del manuscrito encontrado, en este caso en una cárcel secreta de Irak en la que estuvo detenido el personaje-autor de estos versos, un profesor de estética de ascendencia andalusí acusado por la CIA de haber organizado una célula terrorista en el sur de Europa.

Así que a esa tradición del manuscrito hallado –actualizado en este caso porque al texto accede el editor, Fernando de Pessoa, en una subasta electrónica- se superpone otra que es la del texto escrito en una cárcel, que desde el Arcipreste de Hita hasta La familia de Pascual Duarte pasa por el Cántico sanjuanista y por el Quijote y fecunda una parte considerable de la literatura occidental.  

No vienen aquí al azar esos ejemplos –líricos y narrativos-, porque esa tradición doble afecta por igual a la narrativa y a la lírica, y eso me da pie además a situar los textos de Buda en el Bolshói, algunos de ellos adelantados el año pasado en una plaquette, en la confluencia de distintas tradiciones y géneros, lo que implica también que coexistan en ellos tonalidades diversas y enfoques propios de unas u otras modalidades genéricas.

En la mayoría de ellos, el tono sincopado de la elipsis, la contención y la concentrada intensidad de los poemas son el correlato estilístico del vacío y el silencio, el reflejo verbal de un espacio poético encerrado entre las cuatro paredes de la celda, una situación que en los místicos produce el mismo efecto que aquí.

Y así el espacio interior se convierte en el territorio del límite y de la huida, en el ámbito de la soledad y la pérdida, en el alucinatorio lugar donde se confunden la realidad y el deseo, la memoria y el sueño. Y sobre todo, en punto de partida de un proceso espiritual ascendente que desde el luto de la primera parte alcanza la libertad interior en la iluminación final, a través de un aprendizaje y un ascenso hacia un despertar en el que confluyen también la tradición oriental y la occidental.

Es la poesía soñada que anuncia el subtítulo (Traumpoesie) de Buda en el Bolshói, donde aparecen poemas como este En el mirador, dedicado a su padre, el irrepetible escritor que fue Campos Reina:

Sentado en el mirador junto a mi padre
escucho el ruido apacible del tractor
y la sonata del molino viejo.

El canto de los grillos en derredor
nos mece.
La vista, infinita, 
extasía.

Luz brillante y cegadora.
Campos eternos. 

Santos Domínguez

26 febrero 2014

Washington Square


Henry James.
Washington Square.
Ilustraciones de Jonny Ruzzo.
Traducción de Andrés Barba y Teresa Barba.
Sexto Piso Ilustrado. Madrid, 2014.

Cuando Henry James terminó Washington Square en París, en 1879, probablemente sabía que con ella trazaba una frontera con toda su producción anterior y que rompía parcialmente con la novela realista.

Con ligeros ecos de la Eugenie Grandet de Balzac, esta novela corta es una lección acabada de cómo un asunto trivial, casi folletinesco, de amores contrariados entre una joven rica y poco atractiva y un oportunista cazafortunas, en manos de un escritor genial puede ser una obra maestra llena de profundidad, de matices y de intensidad.

Está aquí ya el mejor James, con su sabio uso del narrador omnisciente y de la ironía, con su capacidad de penetración en la personalidad opaca y compleja de los personajes, su manejo eficiente de los conflictos personales sobre el telón de fondo de las convenciones sociales y las prescripciones morales de la autoridad familiar en los comportamientos públicos y privados.

La publica Sexto Piso con una nueva traducción de Andrés Barba y Teresa Barba y con espléndidas ilustraciones de Jonny Ruzzo, que ya dejó en El gran Gatsby una brillante muestra de su capacidad para plasmar, como aquí, la cambiante tonalidad del relato a través del contraste entre colores fríos y calientes. 

Alejada del más leve maniqueísmo, Washington Square está narrada en un tono oscuro que busca la distancia adecuada para captar la matización cambiante de los caracteres. Desde esa perspectiva alejada, la novela se cierra con uno de los finales más bruscos y desgarradores de la narrativa del siglo XIX: 

Morris salió de la casa a toda prisa, para asombro de la señora Penniman. Mientras tanto, Catherine había vuelto a sentarse en el salón para reanudar su delicada labor..., que duraría el resto de los días que le quedaban por vivir, por decirlo de algún modo.

Pero, como en las mejores novelas, lo importante no es cómo se llega a ese final impasible, sino el camino que ha seguido el relato para llegar a ese desenlace. Ese camino, con un espejo al fondo más que a lo largo, es el arte.

Santos Domínguez


25 febrero 2014

La noche a través del espejo



Fredric Brown.
La noche a través del espejo.
Traducción de Susana Carral.
Prólogo de Juan Salvador.
Reino de Cordelia. Madrid, 2014.

Con traducción de Susana Carral y prólogo de Juan Salvador, Reino de Cordelia publica una nueva edición de La noche a través del espejo, una de las obras más extrañas y divertidas de la literatura pulp y la novela negra norteamericana.

La escribió a mediados del siglo pasado Fredric Brown (1906-1972), un eficiente escritor de relatos de misterio, ciencia ficción y novela policiaca que en ese momento estaba en pleno dominio de su capacidad creativa y que aquí logra una sorprendente conexión entre la novela negra y el relato fantástico. 

Con el modelo estructural y la alucinada libertad imaginativa de Alicia en el país de las maravillas y A través del espejo, La noche a través del espejo es el ingenioso e hilarante relato de la noche de un jueves de junio. Una noche en la que un sueño inesperado altera la rutina del protagonista, Doc Stoeger, editor de un semanario en una pequeña ciudad. 

El eficaz artesano que era a esas alturas el irregular Fredric Brown hace aquí un arriesgado ejercicio de virtuosismo narrativo que conecta la literatura negra y la literatura fantástica mediante un original e imaginativo juego de espejos con los que se entra y se sale de una acción torrencial en la que se difuminan las fronteras de la realidad y el sueño en un sitio donde nunca había ocurrido nada.

La noche a través del espejo es el resultado de un brillante ejercicio de libertad creadora que exprime las posibilidades del esquema policiaco y lo parodia lúdicamente con el oficio bien aprendido de un autor que maneja eficientemente los resortes narrativos de la literatura popular y plantea al lector un juego desenfrenado que se sigue con el mismo deslumbramiento que provoca su modelo fantástico.

Humor, imaginación y voluntad narrativa se funden para que el lector entre en ese juego de espejos del relato, para que nunca se sepa con seguridad si algo está fuera o dentro, si es realidad o mero reflejo y no se acomode nunca en la certeza de que las cosas son lo que parecen. Un mágico juego de espejos que Brown ya había ensayado en algunos de sus relatos de ciencia ficción y que aquí alcanza su más lograda expresión.

El sueño de una noche de verano con un desenlace sorprendente y una trama aparentemente caótica, pero astutamente elaborada para conducir a la sorpresa final de una novela redonda, de embriagadora precisión, como señala Juan Salvador López, que destaca en su introducción la trama llena de giros y sorpresas, los tragos de whisky, la crítica a la política y al periodismo, los personajes cercanos y creíbles, el bar de Smiley, la atmósfera nocturna y onírica.

Santos Domínguez

24 febrero 2014

Cuento español actual


Cuento español actual 
(1992-2012).
Edición de Ángeles Encinar.
Cátedra Letras Hispánicas. Madrid, 2014.

Cuento español actual (1992-2012) es el título del volumen que publica Cátedra Letras Hispánicas. Un volumen que reúne textos de casi cuarenta autores que con la variedad de sus temas, sus enfoques y su estilo, con la heterogeneidad de sus mundos narrativos reflejan la enorme vitalidad de un género de creciente importancia en los veinte años que abarca esta antología preparada por Ángeles Encinar.

Autores nacidos en los últimos cincuenta años, desde los mayores –Julia Otxoa o Ignacio Vidal-Folch- hasta los más recientes –Cristian Crusat-, pasando  por miembros de la fecunda quinta del 61 como Mercedes Abad, Gonzalo Calcedo, Hipólito G. Navarro, o Javier Sáez de Ibarra; narradores que habitan el cuarto fantástico como Ángel Olgoso, Eloy Tizón o Muñoz Rengel, o escritores que transitan por la carretera de doble dirección en la que se hacen compatibles la novela y el cuento – Martínez de Pisón, Félix J. Palma o Menéndez Salmón.

Además de los treinta y ocho relatos que trazan este panorama global del último cuento español, antes de cada texto cada autor resume en una página su punto de vista sobre el presente y el futuro del género y sobre los narradores españoles y extranjeros que más han influido en su trayectoria.

Esa es una manera de explorar los diversos procesos creativos de cada narrador, de reunir las distintas poéticas del cuento actual, porque sugiere un canon abierto de autores de referencia y de diversas estéticas; resume las lecturas que orientaron la vocación y la escritura de estos narradores; propone un cruce de opiniones contrastadas entre los distintos cuentistas y revela sus estrategias narrativas; y es, en fin, una lección intensa y completa para el lector, que encontrará en estos textos un mapa actualizado del relato español.

Quizá la tendencia principal sea la ausencia de tendencia principal, afirma Eloy Tizón. Hay tantas tendencias como autores, escribe Martínez de Pisón. No consigo ver una tendencia clara, dice Mercedes Abad. Pero por debajo de esa innegable diversidad el cuento actual se mueve entre las distintas variantes de lo fantástico, que se nutre de la imaginación o de la materia onírica, y un realismo directo o simbólico, urbano o rural. La memoria o la invención, lo cotidiano o lo insólito, la experiencia o el sueño, la parodia o la denuncia, el humor o el lirismo son las claves constructivas de unos cuentos que en conjunto parecen inclinarse más del lado de lo fantástico, en un camino de sugerencias, de revelación del misterio y de finales abiertos sobre los que se proyecta de manera muy decisiva la sombra benéfica de Julio Cortázar.  

En ese mapa heterogéneo el eclecticismo se convierte en raíz de la riqueza literaria, como destaca Ángeles Encinar en su prólogo, en el que además de analizar la trayectoria de cada uno de los autores destaca la importancia crucial que en el desarrollo actual del género han tenido editoriales como Páginas de Espuma o Menoscuarto, en las que han aparecido muchos de los relatos incluidos en la antología, algunos tan canónicos ya como Velocidad de los jardines, de Eloy Tizón, Lucernario, de Ángel Olgoso o El aburrimiento, Lester, de Hipólito G. Navarro.

Santos Domínguez

21 febrero 2014

Sendas de Oku


Matsúo Basho.
Sendas de Oku.
Edición de Octavio Paz 
y Eikichi Hayashiya.
Atalanta. Vilaür, 2014.


Los meses y los días son viajeros de la eternidad. El año que se va y el que viene también son viajeros. Para aquellos que dejan flotar sus vidas a bordo de los barcos o envejecen conduciendo caballos, todos los días son viaje y su casa misma es viaje. Entre los antiguos, muchos murieron en plena ruta.

Así comienza Sendas de Oku, el diario de viaje que escribió el poeta japonés Matsúo Basho (1644-1694) después de una peregrinación que durante cinco meses, entre mayo y septiembre de 1689, le llevó a recorrer dos mil kilómetros a lo largo del mar de Japón en un itinerario hacia el interior, hacia el fondo de un territorio y de sí mismo.

Porque este es el resultado de un viaje físico, pero sobre todo de un recorrido espiritual que hace de la escritura no sólo un reflejo de la experiencia, sino un intenso ejercicio espiritual enmarcado en la práctica meditativa del budismo zen, en una mirada interior que busca el sentido de las cosas y asume su sinsentido, en una poesía que habla de la vida y lee en el paisaje los presagios de la muerte con la mirada errante de un flaneur premoderno y oriental, de un viajero que se autodefine como “el que viaja sin dirección.”

La intuición del instante, eternizado por encima del tiempo en unos versos intemporales, la mirada espiritual a la naturaleza, el paisaje como proyección de los estados de ánimo, la concentración expresiva, la sugerencia sutil, la leve melancolía hacen de estos haikus una de las manifestaciones más estilizadas de la poesía universal.

Ezra Pound, que lo sabía, lo asumió en su escritura poética, como Octavio Paz entre nosotros: la indeterminación elusiva, la concentración de la sugerencia, la potencia connotativa son características diferenciales del lenguaje poético. Y por eso Pound y Paz encontraron en la poesía oriental –china o japonesa- una de las raíces fundamentales de su obra. 

Gran parte de ese mundo poético está en estas Sendas de Oku, un libro en el que, como señala Paz, “no pasa nada, salvo el sol, la lluvia, las nubes, una cortesana, una niña, otros peregrinos. No pasa nada, excepto la vida y la muerte.”  

Matsuo Basho  fue víctima de sus vagabundeos y sus travesías de montañas escarpadas, pero proyectó en estos haikus su mundo vital y literario: la niebla del sueño y un jardín abandonado, la primera nieve sobre las hojas del narciso y el rocío sobre el trébol, la luna sobre las ramas con gotas de lluvia, la fragancia de un árbol desconocido en flor, los pájaros que vuelan hacia islas remotas sobre la bruma del otoño, la naturaleza agitada a veces por las tormentas o los tifones, el viento que se esconde entre los bambúes, el canto de cuclillo al amanecer o la luna brillando sobre los cerezos.

Más allá del artificio poético, lo importante, lo que queda para siempre de estos haikus es la hondura lírica de su expresión ligera, la soledad en la percepción aguda del mundo, que en ellos se sigue oyendo el ladrido de un perro en la noche lluviosa y el ruiseñor sigue cantando en un sauce dormido en una fiesta en la que se unen los sentimientos y las sensaciones para crear una poesía imperecedera, para dar una constante lección de profundidad y delicadeza.

O para crear una lógica poética sobre la naturaleza a través de la impresión de un pájaro que vuela o de un relámpago fugaz tras la niebla de la montaña, por ejemplo en esta abarcadora sinestesia en la que la mirada del poeta encadena el relámpago, el grito de una garza y la sombra:

Un relámpago
y el grito de la garza,
hondo en lo oscuro.

Una “poesía calmante” en la que hay algo más de lo que llamamos realidad, en palabras de Octavio Paz, que colaboró decisivamente con el traductor Eikichi Hayashiya para editar por primera vez en una lengua occidental la versión íntegra de este clásico imprescindible de la poesía japonesa, el relato en prosa de este viaje y su síntesis de impresiones concentradas en las diecisiete sílabas del haiku.

Eso ocurría en 1957, y desde entonces se han publicado varias ediciones revisadas de estas Sendas de Oku. La reedición que acaba de publicar Atalanta incorpora, además de los ensayos de Paz sobre la tradición del haiku y su repercusión en la poesía en español, sobre la vida y la poesía de Basho, el texto japonés caligrafiado por Yosa Buson, poeta y pintor del XVIII.

No es esa la única novedad. Con buen criterio se ha eliminado la división en capítulos y los títulos de ediciones anteriores, lo que facilita su lectura como un  texto poético. Y para que se oriente el lector que lo precise, se incorpora al final un considerable aparato de notas, un índice de personas y lugares y un mapa que resume el recorrido de Basho, que le dio pie para escribir uno de los libros más memorables de la poesía universal.

Santos Domínguez

20 febrero 2014

La dama del lago


Raymond Chandler.
La dama del lago.
Traducciones de 
Carmen Criado y Juan Manuel Ibeas.
Debolsillo. Barcelona, 2014.


Allá abajo, a unos cuarenta metros del lugar donde nos hallábamos, se veía un pequeño automóvil estrellado contra una enorme roca de granito. Estaba casi boca arriba, un poco ladeado. Junto a él se encontraban tres hombres. Habían conseguido levantar el coche lo suficiente como para sacar algo del interior.

Algo que había sido un hombre.

Así termina La dama del lago, la cuarta novela de Marlowe, que Chandler publicaba en 1943, tras aprovechar tres relatos –Blues de Bay City, La dama del lago y No hay crímenes en las montañas- que Debolsillo edita en un tomo que reúne la novela y los textos que ya habían aparecido en revistas pulp antes de ser reciclados en la obra mayor.

Esa práctica de autofagia era habitual en el método de trabajo de Chandler, que complica de esa manera una trama enmarañada en la que se acumulan hechos, personajes, cadáveres y enigmas que no se resuelven –exigencias del género- hasta las páginas finales. Es entonces cuando las piezas encajan y nada resulta ser lo que parecía, ni siquiera el cadáver de la dama ahogada en el lago que aparece en el título.

Narrada, como las otras novelas de la serie, en primera persona -otra técnica propia del género- y ambientada en Bay City, en La dama del lago vuelve a aparecer la prepotencia del poder, la corrupción policial, los fondos de reptiles del periodismo, los diálogos rápidos que perfilan –con humor sarcástico y acidez cínica- el carácter duro del detective:

-No me gustan sus modales- advirtió Kingsley con una voz que por sí sola habría podido partir una nuez del Brasil.

-No se preocupe por eso. No los vendo.

Y, como siempre en Marlowe, una intuición que se alimenta de su experiencia del mundo y una perspicacia inusual para resolver las tramas complejas para las que se recaban sus servicios. Como Dashiell Hammett con Sam Spade, Chandler trazó con la figura compleja de Philip Marlowe –punzante y soltero porque no le gustan las mujeres de los policías, idealista y desengañado, cínico y sentimental, con un agudo sentido del humor y una ironía distanciada- una frontera moral en la perspectiva del personaje y su mirada al mundo y creó un nuevo prototipo de detective que marcaría la transición de la novela policial a la novela negra y dejaría una larga secuela de herederos. Ninguno llegó al nivel de un Marlowe que trabaja por 25 dólares diarios más gastos y reconoce que si no fuera duro no estaría vivo y si no fuera sentimental no merecería estarlo. 

Chandler es ya en La dama del lago un narrador consumado, dueño de un mundo propio inconfundible. Su uso de la voz narrativa y de la perspectiva -porque las cosas a menudo no son lo que parecen ser-, su trazado de personajes poliédricos -porque la realidad suele ser más complicada de lo que sugiere una mirada superficial-, su economía ejemplar en la descripción significativa de ambientes deberían ser virtudes suficientes para convertirle en lectura obligatoria en cualquier escuela de escritores.

Santos Domínguez

19 febrero 2014

Clarín. Cuentos completos



Leopoldo Alas «Clarín».
Cuentos completos.
Edición, introducción y notas de Francisco Caudet.
Cátedra Bibliotheca AVREA. Madrid, 2013.

Con un excelente prólogo de Francisco Caudet sobre la evolución y la conciencia crítica del Clarín cuentista y sus estrategias narrativas, la Bibliotheca Avrea de Cátedra reúne los cuentos completos de uno de los grandes autores de la segunda mitad del XIX en Europa.

Nadie discute la importancia de Clarín, reconocido como el mejor escritor de relatos cortos del siglo XIX en España y como autor de la mejor novela que –junto con Fortunata y Jacinta- dio en nuestro país aquel siglo agitado y prosaico.

El volumen recopila los relatos breves y las novelas cortas, un corpus de casi ciento cincuenta narraciones en las que, como señaló Carolyn Richmond, Clarín elabora una autobiografía ficticia a través del análisis de la psicología y la conducta de sus personajes en libertad. Ambientados en espacios rurales o urbanos de Asturias o en el Madrid que conoció de estudiante, reflejan el aprendizaje y la madurez de un narrador en el que coincideron de manera inusual la conciencia crítica y la solidez técnica en un camino de perfección que lo llevó de la sátira costumbrista a la denuncia sociopolítica.

Fueron, evidentemente, muchos, tal vez demasiados, los cuentos que escribió Clarín. Casi todos ellos reflejan una inconfundible unidad de estilo, pero también una inevitable irregularidad que hace que convivan en estas ediciones completas relatos prescindibles de aprendizaje o acarreo con obras maestras del género como Pipá, ¡Adiós, Cordera!, El frío del Papa o El dúo de la tos.

Corazón y cabeza, cielo y suelo, deseo y frustración, idealismo y realidad suelen estar en el centro de un debate en el que los personajes caeen con frecuencia en el bovarysmo y se crean una imagen falsa de sí mismos. Esos rasgos, comunes a los cuentos y a novelas cortas como Doña Berta, Cuervo y Superchería, se convierten en líneas de comunicación con la técnica novelística de La Regenta y Su único hijo.

No es el único trasvase de maneras de narrar: la mirada irónica de quien se siente, como antes Quevedo y luego Valle-Inclán, superior a sus criaturas, la atención al detalle y a la minuciosidad descriptiva de exteriores e interiores comunican también la narración larga con las formas breves que Clarín simultaneó durante sus años más creativos.

Como en sus novelas, en sus mejores relatos breves, la técnica compositiva se pone en estas novelas al servicio del análisis del hombre interior, su pensamiento, su sentir, su voluntad. Una técnica que llega a lo más profundo de unos personajes en los que conviven lo lúgubre y lo luminoso, la poesía y la prosa, lo blanco y lo negro, lo material y lo espiritual.

Como en todos los libros de la Bibliotheca Avrea, las abundantes e ilustrativas notas se colocan al final de cada tomo para no interrumpir la lectura fluida de los textos en una edición que será de referencia obligada en los próximos años.

Santos Domínguez

18 febrero 2014

Cortázar de la A a la Z



Cortázar de la A a la Z.
Edición de Aurora Bernárdez 
y Carles Álvarez Garriga.
Diseño: Sergio Kern.
Alfaguara. Madrid, 2014.

¿Por qué un álbum Cortázar?, se pregunta Carles Álvarez Garriga en la Justificación de Cortázar de la A a la Z, el espectacular álbum literario y gráfico que acaba de publicar Alfaguara, en una edición preparada por Aurora Bernárdez y Carles Álvarez Garriga con diseño de Sergio Kern, para conmemorar brillantemente el comienzo del centenario de Julio Cortázar. 

La respuesta es inmediata: Porque no podíamos esperar más. Con motivo del centenario de su nacimiento, la Internacional Cronopia reclamaba ya con demasiada insistencia una nueva aproximación al escritor y al hombre. 

Y así como nadie sabe cuántos mundos caben en el día de un cronopio o de un poeta, así en este libro cabe un número incontable de libros. Este volumen es un diccionario biográfico ilustrado, una fotobiografía autocomentada que reproduce decenas de retratos de Cortázar en todas las épocas de su vida, dibujos y discos y las portadas de las primeras ediciones de sus libros.

Pero es también una antología generosa y representativa de su obra, un inventario gráfico de objetos personales y momentos fugaces captados por el objetivo de una cámara, una muestra abundante de manuscritos y mecanoscritos y hasta algún inédito que otro, como el texto inconcluso de una conferencia que tenía que haber pronunciado en Bruselas a finales de 1983 sobre lo fantástico y lo  real en la literatura latinoamericana, dos textos breves -Planta Lluvia y La verdad sobre los pulpos- o una estupenda carta inédita de Lezama en dos folios mecanografiados.

Como en los libros-almanaque que tanto le interesaron siempre y que compuso en sus últimos años, las imágenes y las palabras se juntan en este homenaje lleno de alegría, de vida y literatura, en esta fiesta que celebra el sueño ilustrado de los cronopios que saltan de una página a otra en este libro, un hermoso libro, suelto y despeinado, lleno de interpolaciones y saltos y grandes aletazos y zambullidas, como decía Julio Cortázar de La vuelta al día en ochenta mundos.

Y porque –como señalaba Morelli en Rayuela- al final queda un álbum de fotos, de instantes fijos, hay que festejar la iconografía admirable de Cortázar de la A a la Z, a cuya celebración invita así Carles Álvarez Garriga tras avisar de que este es un libro como los que aman los poetas: Que quien mire las imágenes y lea las palabras que siguen, sepa —como la invitación que es su obra, como fue su vida— “abrir las puertas para salir a jugar.” 

Santos Domínguez