14 noviembre 2013

Proust. El almuerzo en la hierba


Marcel Proust.
El almuerzo en la hierba. 
Edición de Jaime Fernández.
Traducción de 
María Teresa Gallego y Amaya García.
Hermida Editores. Madrid, 2013.

Tal día como hoy, el 14 de noviembre de 1913, hace exactamente un siglo, Marcel Proust publicaba, a sus expensas tras una serie de lamentables rechazos editoriales, Du côté de Swann, el primero de los siete volúmenes de En busca del tiempo perdido.

Para celebrar el centenario de ese ciclo novelístico fundamental en el siglo XX, Hermida Editores publica El almuerzo en la hierba, una selección de pensamientos extraídos de los siete títulos de la serie. La ha preparado Jaime Fernández, que para presentar su edición ha escrito un prólogo extenso, intenso y profundo en el que analiza el pensamiento de Proust y su reflejo en estas novelas.

Traducidos por María Teresa Gallego y Amaya García, que han realizado un trabajo admirable, esos textos los puso Proust en la voz de un narrador que, explica el prologuista, “sólo en las últimas páginas de la obra, sentenciado por la enfermedad, se aleja de la vida mundana para escribir la obra aplazada durante los años de experiencia vital que, justamente ahora, en su retiro, se propone volcar en el papel (...) a fin de poder revivirla cuando se difumine en el curso del tiempo.”

Desde ese punto de vista, Jaime Fernández define brillantemente el ciclo A la recherche como “un arca de Noé contra la muerte”, y su planteamiento como el de un arte redentor en el que su autor convoca con un ejercicio de sensibilidad e inteligencia la fuerza de la memoria involuntaria para hablar de los “faros giratorios de los celos”, del pensamiento y el sentimiento sobre el sueño y las relaciones sociales, sobre la apariencia y la realidad, la imaginación y el tiempo, el amor y la soledad, la homosexualidad y la creación artística, la enfermedad y la muerte.

Esas son las líneas de fuerza que atraviesan la serie y la sostienen como columnas vertebrales del mundo complejo y prodigioso que creó Proust como uno de los monumentos literarios más memorables de la historia de la literatura.

Obra esencial en la literatura contemporánea, Proust dejó en ella el relato de su vocación literaria y reinventó su vida en una autobiografía ficticia a través de la evocación de lugares y sensaciones, de la crónica social de doscientos personajes en los ambientes refinados de comienzos del siglo XX.

La densidad de una novela que indaga en la densidad del recuerdo a través de la memoria involuntaria y de un tiempo interior y subjetivo cuya lentitud desorientó a André Gide, que emitió un informe negativo para Gallimard en el que mostraba su rechazo a que Proust empleara treinta páginas minuciosas para evocar las vueltas que da en la cama el narrador desvelado.

En sus miles de páginas, el eje es el tiempo perdido, pero sobre todo la experiencia de búsqueda, el tiempo recobrado en un entramado circular, la salvación a través del arte, porque el pasado forma parte del presente y, para recuperarlo a través del arte, Proust recurre a un pintor, a un novelista y a un músico.

Porque la verdadera vida, la única vida vivida con intensidad es la literatura, concluye en El tiempo recobrado, en el que vuelve un pasado que se desdobla en un presente que superpone la realidad y la ficción en la memoria del narrador protagonista envejecido, confundido él también con su autor. Así se cierra un círculo temporal que regresa al punto de partida de la serie, al momento narrativo en que confluyen el tiempo del narrador y el tiempo narrado.

El descubrimiento del mundo, el despertar sexual, los celos y la muerte, la aristocracia de los Guermantes, la homosexualidad, el refinamiento y la melancolía en París y en Combray, las ilusiones perdidas y la decadencia irreversible de un mundo que muere, reflejada a través del snob Swann y el barón de Charlus, de Odette y Albertine. Un pasado en el que la memoria superpone ficción y realidad, igual que se superponen lo consciente y lo subconsciente, la voz del narrador y la del autor y los tiempos distintos en los que viven.

Amor, tiempo y deseo al fondo, al otro lado de la habitación forrada de corcho en la que escribía Proust, con una insuperable capacidad estilística para crear atmósferas y monólogos interiores de una lentísima elegancia en los que se refleja una languidez espiritual que inunda su estilo,

Entrar en este mundo de experiencias, reflexiones e imaginación creadora es más fácil con este libro de ruta que orientará al nuevo lector en el universo mental proustiano y refrescará la memoria e incitará a la relectura de los lectores que ya hayan entrado en este ciclo novelístico. 

Un ciclo irrepetible en su manera de relacionar el arte y la vida, el presente y el pasado a través de la memoria de un narrador que, como señala Jaime Fernández en su prólogo, “se retira del mundo para traducirlo, no retratarlo, en un libro.”

Santos Domínguez

13 noviembre 2013

Javier Marías. Ciclo de Oxford



Javier Marías.
Ciclo de Oxford.
Todas las almas.
Negra espalda del tiempo. 
Tu rostro mañana.
Las huellas dispersas.
Prólogos de Elide Pittarello e Inés Blanca.
Debolsillo. Barcelona, 2013.


En Oxford, ciudad fuera del tiempo y del espacio, transcurren tres de las obras fundamentales de Javier Marías: Todas las almas, Negra espalda del tiempo y Tu rostro mañana, que Debolsillo ha reunido con el título Ciclo de Oxford en un magnífico y asequible estuche que se completa con Las huellas dispersas, una recopilación de textos sobre ese conjunto narrativo, uno de los más ambiciosos y brillantes de la novela española contemporánea.

Yo he caminado interminablemente por la ciudad de Oxford - escribe el narrador de Todas las almas- y conozco casi todos sus rincones y también sus confines de nombres esdrújulos: Headington, Kidlington, Wolvercote, Littlemore (Abingdon, Cuddesdon, ya más lejos) /.../  Todos los que viven allí están perturbados o son unos perturbados. Pues no están en el mundo, y eso ya es bastante para que, cuando salen a él (por ejemplo a Londres), les falte el aire, los oídos les zumben, pierdan el sentido del equilibrio, den traspiés y tengan que volver apresuradamente a la ciudad que los posibilita y guarda: allí ni siquiera están en el tiempo [...] Habiendo estado siempre en el mundo (habiendo pasado mi vida en el mundo), me veía de pronto fuera del mundo, como si me hubiera trasladado a otro elemento, el agua.

Si Todas las almas y Tu rostro mañana mantienen vínculos evidentes como el narrador en primera persona –Jacobo– (o Jaime, Jacques o Jack)  Deza- y el escenario inglés, el pasado, el peso del secreto, y una raíz común en la estancia de Marías como profesor en Oxford entre 1983 y 1985, la relación entre Todas las almas y Negra espalda del tiempo es la que se establece entre la causa y el efecto, porque la segunda es una consecuencia de la primera, una reflexión y una mirada hacia atrás para ajustar cuentas con la literatura y con la vida.

Porque la “ambigua escritura del límite” de la que habla Elide Pittarello en el prólogo de Todas las almas da lugar a una deslumbrante mezcla de autobiografía y fabulación que desorientó a muchos lectores y a no pocos críticos propensos a desnortarse ante un texto memorable en la que ficción y realidad se confunden hasta el punto de que algunos personajes reales –como el escritor John Gawsworth, rey de Redonda- parecen inventados, y otros ficticios –como Clare Bayes- parecen reales.

Y la necesidad de contestar a esa ambigüedad es el motor que pone en marcha la escritura de Negra espalda del tiempo, su libro más ambicioso y arriesgado, mejor acogido por los lectores que por una crítica en estado crítico. En él se reflexiona sobre Todas las almas y sobre la voz narrativa de Deza, que en Tu rostro mañana se ha convertido, como explicó Pozuelo Yvancos, en “una voz en el tiempo” que habla de unas vidas sin tiempo.

Entre un excelente prólogo de Elide Pittarello, que analiza con lucidez la obra, y un oportuno apéndice que reproduce el discurso de ingreso en la Academia de la Lengua de Javier Marías –Sobre la dificultad de contar- y la contestación de Francisco Rico, Tu rostro mañana es un formidable monumento narrativo, seguramente la novela más completa y ambiciosa del mejor novelista español vivo. 

Jacques o Jaime o Jacobo Deza, el narrador y protagonista que viene de Todas las almas y vertebra el diseño de Tu rostro mañana, es un intérprete de rostros, un personaje que se convierte cada vez más en un traductor de vidas. Ese es su trabajo prospectivo en el grupo dependiente del MI6 británico: prever lo que la gente hará en el futuro, conocer hoy cómo serán sus rostros mañana; saber cómo somos pero, sobre todo, cómo seremos. 

Con la benéfica sombra de Shakespeare planeando sobre el conjunto de la obra (Tu rostro mañana es la traducción literal de una cita de la Segunda parte de Enrique IV), la traición, la doblez, la ambigüedad y la violencia se acaban revelando como el verdadero rostro de los demás. 

Organizada en siete partes -Fiebre, Lanza, Baile, Sueño, Veneno, Sombra y Adiós- en Tu rostro mañana el narrador nos ha ido contando todo eso a lo largo de un proyecto al que Marías dedicó casi nueve años en los que llevó a cabo la idea de que contar es casi siempre un regalo, incluso cuando lleva e inyecta veneno el cuento.

La edición del Ciclo de Oxford se completa con un espléndido volumen -Las huellas dispersas, preparado por Inés Blanca- en el que se hace una selección de cincuenta y seis textos de diversa índole que tienen como rasgo común su relación con este ciclo narrativo. Una recopilación de los artículos que Javier Marías dedicó a los temas, los personajes y los ambientes relacionados con las tres novelas de Oxford.

Tras unos textos imprescindibles de reflexión sobre la escritura y el proceso de elaboración de estas novelas, se añaden tres apéndices: uno sobre la recepción crítica de Negra espalda del tiempo, otro sobre el Reino de Redonda y un tercero que recupera dos entrevistas recientes -El arte de la ficción (París Review, 2006) y Los rostros y el tiempo (Letras Libres, 2011)- en las que la palabra de Javier Marías ilumina su mundo narrativo.

Cuidadosamente editado, con prólogos ejemplares de Elide Pittarello –especialmente interesante el análisis que abre Tu rostro mañana- y de Inés Blanca, este Ciclo de Oxford es una nueva invitación a visitar o a revisar uno de los universos literarios más ricos y complejos de la narrativa europea de estas últimas décadas.

Santos Domínguez

12 noviembre 2013

Dickens. Paseos nocturnos

Charles Dickens.
Paseos nocturnos. 
Traducción de José Méndez Herrera.
Taurus. Madrid, 2013.

Durante varias noches de un frío y lluvioso mes de marzo, Charles Dickens se levantaba a poco de acostarse y desde la media noche hasta la salida del sol –eso en Londres es un decir- a las cinco y media, caminaba por la noche londinense en la que paseaba su sombra sin sueño a lo largo del Támesis, de sus puentes y de las callejuelas adyacentes.

De esa manera combatía el insomnio y completaba su educación sentimental con la experiencia de un sin techo por afición y con un profundo conocimiento directo de la noche y de los personajes que la pueblan. 

Con esa experiencia intensa en sus noches desveladas escribió Dickens los Paseos nocturnos, uno de los ocho estupendos textos breves que reúne Taurus en esa antología universal del talento que es la colección Great Ideas.

Textos deambulatorios en los que un Dickens en plenitud recorre los barrios londinenses -de Tottenham a Whitechapel, de Hackney a Brixton-  en un itinerario geográfico, moral y social por los ambientes de los que se nutrirían sus novelas, repletas de personajes que en varios casos tienen aquí su primer esbozo.

El arsenal de Chatham, El asilo de Wapping o Los despachos de apuestas son algunos de esos textos que aparecieron en semanarios como La palabra del hogar o se agruparon en series como Un viajante, y no de comercio. 

Pensados para un público amplio y variado en edades y en mentalidad, en sus gustos y en su formación intelectual, circula por ellos la maestría del novelista con su característica mezcla de la risa y la lágrima, del ingenio y la compasión. 

Con la brillante agilidad en las descripciones y la precisión narrativa del mejor Dickens, hay en estos textos un análisis del ambiente social que rodeaba al autor y a sus lectores. Un análisis en el que su mirada compasiva elude la crudeza en la presentación de una realidad dura, evita la aspereza de la prosa y manifiesta una fe incansable en el hombre y en el progreso social.

Santos Domínguez

11 noviembre 2013

El Renacimiento del siglo XII


Charles Homer Haskins.
El Renacimiento del siglo XII.
Traducción, prólogo y notas 
de Claudia Casanova.
Ático de los Libros. Barcelona, 2013.


El gótico como arte de la ciudad, la recuperación de la tradición clásica a través de las traducciones del árabe, el griego y el latín, la fundación de los estudios generales y las escuelas urbanas, la revitalización de la filosofía, la expansión de la literatura escrita, el amor cortés y el nacimiento de la novela, el comercio y el desarrollo de los burgos, el canto gregoriano o la ruptura de los vínculos feudales son fenómenos que por separado hubieran tenido una enorme importancia.

Pero si se tiene en cuenta que se produjeron simultáneamente  se entenderá que fueron decisivos en la configuración de una nueva época, la Baja Edad Media, que fue poniendo las bases de la eclosión renacentista.

Y es que aunque es de sentido común, a veces se olvida que la historia es un proceso en el que no hay saltos bruscos, por lo que las etapas culturales son una convención para hacer manejable la historia de la civilización y no surgen de la noche a la mañana como las setas, sino que son el resultado de una larga gestación en la que conviven lo viejo y lo nuevo.

A ese planteamiento responde El Renacimiento del siglo XII, un clásico de la historiografía medieval que Charles Homer Haskins, catedrático en Harvard, escribió en 1927 y que se publica ahora por primera vez en español de la mano de Ático de los Libros con traducción, prólogo y notas de Claudia Casanova.

Una exposición en doce capítulos, tan bien documentados como bien escritos, que ponen en primer plano un conjunto de hechos que dibujan un pujante panorama cultural: los centros intelectuales, el aumento de los manuscritos y las bibliotecas, el rescate del Derecho romano y de los clásicos latinos -Virgilio y Ovidio sobre todo, el interés creciente por la filosofía –Platón y Aristóteles- y la ciencia –Hipócrates y Galeno-, el nacimiento de las primeras universidades que sustituyen a las instituciones monásticas como centros intelectuales, las crónicas históricas y las traducciones del griego y de los árabes Avicena y Averroes desde un Toledo que se convierte por entonces en un eslabón fundamental entre la cristiandad y la civilización árabe. 

De Toledo a París, de Chartres a Salerno, de Oxford a Bolonia, arte y sociedad, economía y cultura, literatura y filosofía, enseñanza y derecho, en un espléndido panorama global que ha convertido a este libro en un clásico imprescindible de los estudios medievales que muestra una Edad Media menos oscura y estática y un Renacimiento menos repentino y brillante de lo que una vez supusimos.

Lo más discutible del libro, cuya traducción llena felizmente una laguna inexplicable en la bibliografía en español, es el título, porque hablar del Renacimiento en el siglo XII puede servir para dar una idea de lo que ocurrió entonces, pero es tan inexacto y tan anacrónico como aludir al romanticismo en Shakespeare o al expresionismo en los goliardos.

Santos Domínguez

08 noviembre 2013

Mahmud Darwix. La huella de la mariposa


Mahmud Darwix.
La huella de la mariposa.
Traducción de Luz Gómez García.
Pre-Textos. Valencia, 2013.


Si me dijeran: Esta tarde será tu última tarde,
¿qué vas a hacer el tiempo que te queda?
―Miraré el reloj,
me beberé un zumo,
morderé una manzana
y me eternizaré mirando a una hormiga
que ha encontrado sustento...
Miraré de nuevo el reloj:
Me da tiempo a afeitarme
y a meterme en la bañera / Murmuraré:
«Para escribir, hay que estar presentable,
algo azul, por ejemplo...»
Me sentaré hasta mediodía, aún vivo:
las palabras carecen de color,
blanco, blanco, blanco...

Me haré la comida por última vez,
llenaré dos copas de vino,
no sea que venga alguien.
Echaré un sueño entre dos sueños
y me despertarán mis ronquidos...
Miraré de nuevo el reloj:
Me da tiempo a leer algo.
Leeré un poco de Dante y la mitad de una vieja casida,
y veré cómo la vida se va
con los demás, y no me preguntaré quién
va a llenar su vacío.
―¿Eso es?
―Eso es.
―¿Y luego?
―Me peinaré,
tiraré el poema, este poema,
a la papelera,
me pondré la camisa italiana más nueva
y me despediré de mí mismo
con violines de España.
Luego,
me iré andando
al cementerio.


Este poema, Lo que queda de vida,  es uno de los más significativos e intensos del último libro de  Mahmud Darwix, La huella de la mariposa. Se publicó en Beirut en 2008, el año de la muerte del poeta palestino y ahora Pre-Textos lo edita en España en edición bilingüe con una estupenda traducción de Luz Gómez García, que lleva años dando a conocer en esta misma editorial la poesía de este autor. De hecho, fue Premio Nacional de Traducción por su versión de otro libro de Darwix, el más leído y traducido de los poetas árabes contemporáneos, En presencia de la ausencia (Pre-Textos, 2011).

Diario (verano 2006-verano 2007) es el subtítulo bajo el que se reúne un centenar de textos variados en técnica, en tono, en temática y en lenguaje. Entre el verso y el poema en prosa, entre la protesta por las condiciones de vida de su pueblo y el tono confidencial, se suceden el apunte impresionista del paisaje,  el recorrido por ciudades como Rabat, Beirut o Córdoba donde aspira a captar el momento huidizo de la luz, el gueto o la denuncia de los asesinatos masivos en el norte de Gaza por parte del ejército israelí, como en Rutina, que termina así:

Las criaturas, si se despiertan con vida, siguen siendo capaces de decir: Buenos días. Y se van a su quehacer diario: el funeral por los caídos. No saben si volverán sanos y salvos a las casas que quedan, cercadas por buldózers, tanques y cipreses partidos. La vida es tan poca cosa que no parece sino el borrador de un deseo inconfesable: disfrutar de la seguridad de la cueva en igualdad de condiciones que el chacal. Pero además se nos exige una ardua tarea: que hagamos de intermediarios entre Dios y el demonio, para que pacten una corta tregua que nos permita enterrar a los nuestros.

Entre poemas que dejan el testimonio del exiliado o evocan el recuerdo del paisaje y de la niñez, surge de repente el tono intimista en los poemas de carácter amoroso y en aquellos otros donde se presiente la muerte. Y, como en Una sola palabra, es frecuente también en este libro de Darwix la reflexión sobre la poesía:

El susurro de la palabra en lo invisible es la música del significado, que se renueva en cada poema: quien lo lee, de tan secreto como es, cree haberlo escrito.

Una sola palabra, una única palabra, que brilla como un diamante o una luciérnaga en la noche de las especies, es lo que hace de la prosa poesía.

Una palabra corriente dicha atolondradamente en una esquina o en el mercado, es la que hace posible el poema.

Una frase desangelada, sin metro ni ritmo, puede, si un buen poeta le busca acomodo, ayudarle a fijar el ritmo, y le alumbra el camino del significado en la noche cerrada de las palabras.

Santos Domínguez

07 noviembre 2013

Rimbaud. Illuminations


Arthur Rimbaud.
Illuminations
(Painted Plates). 
Edición, traducción y notas 
de Xoán Abeleira.
Bartleby Editores. Madrid, 2013.

Ochenta apretadas páginas de notas de Xoán Abeleira iluminan su traducción de Illuminations (Painted Plates), de Arthur Rimbaud, que acaba de publicar en una cuidada edición bilingüe Bartleby Editores.

Una versión que incorpora las últimas aportaciones y descubrimientos textuales sobre un libro deslumbrante y visionario, decisivo en la construcción de la poesía contemporánea, y que recoge en su bibliografía algunas de las páginas  de internet dedicadas a la figura y la obra de Rimbaud.

Edmund White, uno de los mejores conocedores del mundo poético de Rimbaud, lo definió como el poeta más experimental de su época, como el poeta que sigue eludiéndonos, el que corre por delante de nosotros, justo fuera de nuestro alcance, con sus “suelas al viento.”

Ese mundo poético, destructivo y renovador, llegaba a la plenitud literaria en las Iluminaciones, su libro más radical y hermético, pero también el que abría nuevas vías expresivas, miraba de una manera inédita la realidad e inauguraba una tonalidad lírica desconocida hasta entonces: 

En el bosque hay un pájaro, su canto os detiene y ruboriza.
Hay un reloj que no suena.
Hay una hoyada pantanosa con un nido de bichos blancos.
Hay una catedral descendente y un lago ascendente.
Hay un pequeño carruaje abandonado en el soto, o bien bajando a todo correr por el sendero, adornado con cintas.
Hay una compañía de comiquillos de la legua, vestidos para la actuación, divisados en el camino por entre la linde del bosque.
Hay, en fin, cuando tenéis hambre y sed, alguien que os echa de allí..

Publicados por primera vez en una revista en 1886, la peripecia textual de los manuscritos autógrafos de este conjunto es laberíntica, aunque las últimas investigaciones críticas han fijado casi por completo lo que se podría llamar ya una edición definitiva de las Illuminations, que recuperan el subtítulo en inglés (Painted Plates) que planeó el propio Rimbaud.

Esta edición pone en primer plano el misterio de sus imágenes opacas y poderosas y asume un principio elemental de la poesía contemporánea que la crítica filológica se resiste a aceptar desde Mallarmé hasta hoy mismo: que el poema crea su propia realidad con una trama tejida con palabras e imágenes, con palabras y sonidos, no con ideas ni con contenidos narrativos que son más propios de otros géneros.

Porque desde el Simbolismo a las vanguardias históricas y el  Superrealismo la poesía contemporánea se propone como objetivo la iluminación de la realidad bajo una nueva luz que está más cerca de lo visionario y de la alucinación que de la razón:

Y la Reina, la Hechicera que aviva las brasas de su puchero, jamás querrá contarnos lo que ella sabe y nosotros ignoramos.

De este libro decía su primer editor que estaba al margen de cualquier literatura e incluso es superior a cualquier literatura. Aunque entonces no podía saberlo, esa era una forma de decir que con esa obra se estaba fundando una nueva literatura.

Santos Domínguez

06 noviembre 2013

Verdaderas historias extraordinarias


Adolfo García Ortega.
Verdaderas historias extraordinarias.
Cuentos reunidos.
Biblioteca Breve Seix Barral. Barcelona, 2013.

En un laberinto de calles, W acaba dando con un letrero que pone “LIBROS USADOS”. Más adelante, siguiendo la flecha, ve otro letrero que pone “LIBROS EN BUEN ESTADO”, y más aún otro con una flecha señalando la palabra “LIBROS”. Es un piso bajo, al fondo de un patio de luces interior. Entra y hay una mujer de unos cuarenta años con un liviano vestido con tirantes que enseguida le resulta a W muy atractiva. En cierto modo es un rostro que siempre le ha excitado. El rostro suele ser el motor de su deseo, más que otras partes del cuerpo de las mujeres, cuando las conoce. El de esta mujer es un rostro familiarmente cercano al de otras mujeres que W ha conocido y ha amado. No puede sustraerse al modo cómo ella lo mira; interpreta en ella también una mirada de deseo, quizá más clara aún que la suya. 

Así comienza La mujer de Sorrento, el cuento de Adolfo García Ortega que da nombre también al conjunto inédito de catorce relatos que publica, junto con los ya conocidos Privado paraíso (1988) y La ruta de Waterloo (2008), en Verdaderas historias extraordinarias. Cuentos reunidos, que edita Seix Barral.

Esa reunión de toda la narrativa breve de García Ortega permite comprobar no solo la pericia con la que están elaborados esos relatos, sino también el aire de familia que tienen estos textos de un narrador que ha creado un mundo propio.

Un mundo propio que se percibe con manifiesta coherencia en este conjunto de treinta y nueve cuentos organizados originariamente en tres títulos que se iniciaron con aquel Privado paraíso que en 1988 mostraba una brillante hibridación de ensayo y relato en torno a la literatura, las ciudades y la memoria del lector: Flaubert y Nietzsche, Toulouse y Weimar, Cadalso y Montaigne, Florencia y París habitan esos textos en los que un Pavese suicida en un hotelucho de Turín convive con el cuerpo sin cuerpo de Cernuda en el invierno de Mount Holyoke mientras Salinger pone el punto final a un cuento memorable.

Y antes de llegar al magnífico La curiosa circunstancia de un taxidermista recorremos las calles por las que discurrieron los últimos días de Larra en Madrid y olemos el alcohol literario que empapó la vida y la obra de escritores como Rubén Darío, Omar Jayyam, Villon, Poe, Baudelaire, Joyce, Hemingway, Dylan Thomas o Malcolm Lowry.

En un terreno de indefinida frontera entre la realidad y el sueño, entre lo real y lo irreal, se mueven los nueve relatos de La ruta de Waterloo, en los que la ficción se convierte en el cauce de evasión de las frustraciones de la vida. 

Vida y literatura: La Cartuja de Parma en manos de un aviador obsesionado con el libro y con la batalla, el azar que trastorna la rutina, el fracaso de las ilusiones y el viaje de vuelta, un cocinero o un director de cine, el intenso párrafo inolvidable en el que el narrador ve cómo asesinan a su padre en el portal, las existencias desorientadas o triviales que se cruzan en Vidas, mitad de trayecto.

Es evidente el parentesco de ese relato, uno de los mejores del volumen, con Soy multitud, uno de los que integran La mujer de Sorrento, la colección hasta ahora inédita de la que forman parte los excelentes La conferencia o La música de los planetas, la penetrante mirada femenina de Cosas que sé de las mujeres cuando pienso en los hombres, la pareja de terroristas de Los héroes, una venganza de mujer en La venganza o la violencia racista ante el inmigrante en el intenso y duro Evítame, por favor.

Y en todos los cuentos reunidos en este volumen, un rasgo narrativo común, heredero de Poe, de Onetti o de Cortázar, el propósito de Adolfo García Ortega de trazar el borroso perfil de un mundo extraño, de “mostrar un rasgo extraordinario de un universo ordinario.”

Santos Domínguez

05 noviembre 2013

Almanaque de asombros



Ángel Olgoso.
Claudio Sánchez Viveros.
Almanaque de asombros.
Ediciones Traspiés. Granada, 2013.

Florilegio de rarezas y selva de prodigios, inventario erudito de maravillas y gavilla de hechos peregrinos y curiosos.

Todo eso es Almanaque de asombros, un relato que Ángel Olgoso publicó en 1994 y que recupera Ediciones Traspiés en una bellísima edición exenta ilustrada por Claudio Sánchez Viveros.

Una demostración de virtuosismo del admirable narrador que es Ángel Olgoso, que transcribe –con el viejo y eficaz recurso del manuscrito hallado- los textos inéditos de su antepasado renacentista Bautista Fulgoso, cuyos manuscritos, cuenta su descendiente en el prólogo, nutrieron de invenciones la Silva de varia lección de Pero Mexía y aportaron materiales narrativos al Jardín de flores curiosas de Antonio de Torquemada.

De aquel infolio rescatado solo permanecían legibles trece de sus cincuenta hojas frágiles maltratadas por el tiempo. Con ellas y con las ilustraciones de línea clara de Claudio Sánchez Viveros, este Almanaque de asombros propone un diálogo múltiple entre la palabra y la imagen, entre el pasado y el presente, entre la fantasía y la realidad.

A través de diez relatos en los que no faltan el humor y la parodia se reconstruye una suerte de prehistoria de la literatura fantástica en una época en la que la ciencia no había delimitado aún el límite de la magia y la física, de la realidad y el sueño, de lo natural y lo sobrenatural.

Y así, el filósofo natural Fulgoso hace quinientos años describe, con verosimilitud creíble y con fundamento textual en los sabios antiguos, un asombroso mundo de prodigios en donde un sapo se alimenta de piedras y un cirujano sanador sutura sombras a las que repara las costuras; donde se comercia con el elixir de la inmortalidad y se localiza la boca del infierno cerca de Carrión; donde hay un pez mujer, sirena inversa, que vara en la orilla del mar de Albuñol herida de una pedrada infantil y el demonio penetra por las bocas abiertas de los durmientes; donde hay montañesas leves y volátiles y se indaga en las características sutiles del miembro de los ángeles; y hay calaveras que chillan y protestan de las mudanzas de osarios; donde se encuentran los antecedentes de la viagra que permiten doce encuentros por noche, uno por cada lombriz ingerida y se revela el secreto del santo sepulcro en donde entierran a una puta galiciana.

Un retablo de maravillas sin trampa ni cartón, hecho de verdades y asombros que viven en la buena literatura y la potente voz narrativa, aun impostada en la transcripción, de Ángel Olgoso y en su excelente prosa.

Santos Domínguez

04 noviembre 2013

El reinado de Witiza


Francisco García Pavón.
El reinado de Witiza.
Prólogo de Raúl Guerra Garrido.
Literatura Rey Lear. Madrid, 2013.

Oscuro y tormentoso se presentaba el reinado de Witiza, se leía en la prosa retórica de los viejos manuales de Historia de Bachillerato. Lo recuerda don Lotario, el ayudante de Plinio, en El reinado de Witiza, la novela de García Pavón que acaba de publicar Rey Lear con un prólogo –Oscuro y tomelloso se presentaba el reinado de Witiza- de Raúl Guerra Garrido, que habla de esta obra como "una lectura sostenida y placentera."

Se publicó en 1968 y no era la primera obra que tenía como protagonista al irrepetible jefe de la guardia municipal de Tomelloso, de ahí el subtítulo Un nuevo caso de Plinio, que orientaba al lector sobre el peculiar detective que es su protagonista, al que se refería así García Pavón en la Breve noticia de Plinio que escribió como prólogo de algunas de sus historias:

Desgraciadamente en mi pueblo nunca hubo un policía de talla, es natural. Pero sí hubo un cierto jefe de la Guardia Municipal, cuyo físico, ademanes, manera de mirar, de palparse el sable y el revólver, desde chico me hicieron mucha gracia. El hombre, claro está, no pasó en su larga vida de servir a los alcaldes que le cupieron en suerte y apresar rateros, gitanos y placeras. Pero yo, observándole en el Casino o en la puerta del Ayuntamiento, daba en imaginármelo en aventuras de mayor empeño y lucimiento.

Por fácil concatenación, hace pocos años se me ocurrió que mi «detective» podría ser aquel jefe de la Guardia Municipal de Tomelloso, que en seguida bauticé como Plinio, e intenté mi primera salida aplicándolo a desentrañar el famoso caso de las «Cuestas del hermano Diego», que me habían referido tantas veces camino de Manzanares, en cuyo «carreterín» se encuentran.

Vázquez Montalbán despachó estas narraciones con tanta displicencia como injusticia como un mero "estudio de costumbres en un pueblo de la Mancha" y les negó la condición de novelas policiacas. Se equivocaba, probablemente: ningún lector podrá echar de menos ninguno de los componentes ni de los engranajes de la narración de detectives en estos textos que tienen una dignidad estilística y técnica que nunca desmerece de la buena literatura.

Manuel González, Plinio, confuso a veces, perplejo otras; modesto y desanimado siempre, actúa con sentido común, con inteligencia práctica y con un sexto sentido, la intuición, con sus famosos y esclarecedores pálpitos.

Más Sancho que Watson, le acompaña don Lotario, que aporta una ayuda eficiente para desentrañar los móviles de los asesinatos, las claves psicológicas o morales del asesino, la importancia del ambiente en esa explicación de un secreto que es siempre la narración policiaca.

No era nuevo el peculiar personaje, con el que ya se habían familiarizado bastantes lectores. Lo que sí constituía una novedad era la extensión –esta es la primera novela larga de una serie que hasta entonces había dado lugar a cuentos y novelas cortas- y su ambientación en un Tomelloso contemporáneo del texto, en los años sesenta, cuando ha llegado la televisión y circulan por las llanuras manchegas Seiscientos como el de don Lotario. En esa misma línea vendrían inmediatamente después El rapto de las Sabinas y Las hermanas coloradas, que completan la trilogía novelística esencial del ciclo.

En ese mundo rural la rutina cotidiana queda alterada por situaciones que introducen el desorden del mal: crímenes rurales, oscuros y primitivos como los de algunas novelas provinciales de Simenon o Camilleri, cuyas claves tiene que reconstruir el jefe de la Guardia Municipal de Tomelloso. Si Rafael Reig decía que Galdós era Dashiell Hammett en versión Chamberí, de García Pavón puede decirse que con Plinio pone a Maigret en Tomelloso, a Montalbano en la llanura manchega.

Como en toda novela policiaca, en el principio era un muerto. Pero aquí el cadáver es un muerto anónimo y desubicado que ocupa el nicho que Antonio el Faraón, corredor de vinos, tiene reservado a su suegra en el cementerio municipal. 

A partir de ahí, Plinio inicia una investigación para determinar quién y por qué ha dejado en un cajón de mercancías un cadáver que se parece mucho a los retratos de Witiza.

Frente a Sherlock Holmes, Manuel González, Plinio, actúa con prudencia y astucia, con intuición y sentido común más que con brillantez deductiva, fuma caldo de gallina en vez de tabaco de pipa, y recurre al café con churros en vez de a la heroína y la cocaína.

Y al fondo siempre, una cuidadosa descripción de ambientes, una crítica social cubierta de sutileza cervantina, un muy eficiente manejo del diálogo y una exigencia estilística que le da altura literaria a un género tradicionalmente despreciado, por el descuido con el que se ha trabajado por lo común.

De ahí que en El reinado de Witiza, posiblemente su mejor novela, además de la bien trabada intriga y del trazado profundo de los personajes, brille otra vez la habilidad, el sentido del ritmo y el buen oído de García Pavón en la construcción de los diálogos agilísimos o destellos de virtuosismo en fragmentos de prosa espléndida como este:

Y a la izquierda del Casino, la iglesia. Plomo sobre piedra, torre chata y hechuras sin gracia, donde fueron bautizados cinco siglos de tomelloseros. Suspiradero de beatas, alivio de afligidos, oficina de funerales, catálogo de purpurinas y amenes.

Santos Domínguez

01 noviembre 2013

Antología Cátedra de Poesía de las Letras Universales


Antología Cátedra 
de Poesía de las Letras Universales.
Edición de José Francisco Ruiz Casanova.
30 años Letras Universales. Cátedra. Madrid, 2013.

Una de las colecciones de referencia en el panorama de la edición en español, Letras Universales Cátedra, cumple treinta años de feliz existencia.

Y para celebrarlos reedita en un formato más amplio y más legible algunos de sus títulos emblemáticos: Crimen y castigo, Werther, Mme. Bovary, Las flores del mal en la espléndida edición bilingüe –sin duda la mejor en nuestro ámbito- de Alain Verjat y Luis Martínez de Merlo, o La transformación y otros relatos de Kafka en una nueva y muy reciente –es de 2011- traducción de La metamorfosis y del resto de relatos breves que Kafka publicó en vida, en un volumen presentado por una amplia introducción de Ángeles Camargo y Bernd Kretzsmar.

Pero la joya fundacional de esta colección conmemorativa es la magnífica Antología Cátedra de Poesía de las Letras Universales, preparada por José Francisco Ruiz Casanova.

Presentadas con una honda reflexión del editor sobre la naturaleza de la poesía y su condición de “ensayo de explicación del mundo” y como “lenguaje inexpresable del yo”, sus más de mil páginas reúnen una muestra representativa de la poesía universal desde Homero a Eliot, pasando por Wang Wei, Virgilio, Petrarca, Hölderlin, Rimbaud o Rilke.

Un más que recomendable y espectacular panorama organizado por lenguas (griego, latín, árabe, chino, francés, rumano, portugués, italiano, inglés, alemán y ruso), que reúne a los mejores poetas y los mejores versos de la historia en las eficientes traducciones que ha ido recogiendo la colección en estos treinta años. Un mapamundi de la poesía que debería además ser un incentivo para entrar con más profundidad y extensión en la obra de autores de los que aquí aparecen muestras significativas pero necesariamente breves que resumen el casi centenar de volúmenes de poesía que acumula ya el catálogo de Letras Universales.

Santos Domínguez