03 diciembre 2012

Luis Landero. Absolución


Luis Landero.
Absolución.
Tusquets. Barcelona, 2012.

¿Será posible que, al fin, hayas logrado ser feliz?, piensa mientras se afeita y observa en el espejo su cara radiante de felicidad.

Así comienza Absolución, la última novela de Luis Landero, que publica Tusquets Editores.

Quien medita es Lino, el protagonista reconciliado con un mundo azaroso y con una realidad contingente cuyo sentido parece quedar determinado por detalles triviales, por incidentes nimios que producen cambios decisivos en su vida.

Porque en Absolución, como en otras novelas de Luis Landero, medio huevo cocido, una riña callejera o unos tomates de Almería contaminados pueden alterar el orden previsto de las cosas y plantear un conflicto entre el personaje problemático y el mundo inhóspito. Ese es el conflicto que está en el fondo de la novela clásica, que trata de una criatura arrojada en medio del mundo y en mitad del tiempo, en un entramado constante de pasado, presente y futuro, de ilusiones y desengaños, de esperanzas y decepciones que son el eje de la novela moderna desde el Quijote.

¿Por qué la vida era así de rara, de arbitraria, de inhóspita?, se pregunta el protagonista de Absolución. Y esa interrogación resume el sentido no solo de esta obra, sino de una línea fundamental de la novela española desde Cervantes hasta Landero pasando por Galdós o Baroja.

La culpa y la felicidad, la indagación sobre la vida y la búsqueda de sentido, la insatisfacción y la huida de la realidad conviven en la figura de un protagonista que hace recuento de su vida e inconfundiblemente forma parte del universo literario del autor de Juegos de la edad tardía:

¿Por qué huía de los sitios –se pregunta Lino en pleno recuento-, por qué de pronto necesitaba estar en otra parte, donde no lo conocieran y pudiera pasar inadvertido, libre de obligaciones y reproches?

Perplejo y desorientado, entre la abulia y la fuga, en constante búsqueda de la felicidad, Lino es un personaje formado en el tedio y en la huida que busca su lugar en el mundo. Todo había comenzado con el final feliz provisional de la primera frase, con ese personaje reconciliado con el pasado, pero expuesto a un futuro incierto y acechante que hace acto de presencia –se hace presente- al comienzo de la segunda parte, como un presagio turbio, como una nube oscura:

Y también ahora, como entonces, en rara sintonía con la naturaleza, todo invita a reconstruir la vida sobre las ruinas de un pasado ya muerto. Y diría que es del todo feliz si no fuese porque de vez en cuando un pensamiento fugaz, indescifrable, viene a turbar su dicha.

Y así, tras un imprevisto incidente callejero, todo volverá a cambiar para Lino, alterará su lugar en el mundo y a partir de entonces, huyendo de un crimen o de un matrimonio inminente, buscará su propia absolución con una vida peregrina que se justifica en el azar quijotesco de un camino sin rumbo en que se irá cruzando con todo tipo de personajes.

Una galería espectacular de personajes comparte el camino con el protagonista esquivo y nómada: el imprevisible padre de Lino; el señor Levin, inolvidable y creciente en interés a medida que avanza la novela; Clara, la novia imaginativa y sorprendente; el viajante Gálvez y su doble vida de cazador furtivo de cangrejos de río; Olmedo, un náufrago estable cerca del Duero, un Robinson hablador en medio del campo castellano.

Con la agilidad narrativa que es característica de Landero desde su primera novela y con una equilibrada estructura que articula el relato en tres partes alrededor de un jueves de mayo, Absolución es –como toda novela consistente- una indagación en la vida desde la insatisfacción y la duda, desde la confluencia de la libertad y el destino, el azar y la necesidad, la realidad y el deseo.


Santos Domínguez

01 diciembre 2012

Onetti. Novelas breves


Juan Carlos Onetti.
Novelas breves.
Prólogo de Juan José Saer.
Eterna Cadencia Editora. Buenos Aires, 2012.

Eterna Cadencia Editora ha reunido en un solo volumen las siete novelas breves -El pozo, Los adioses, Para una tumba sin nombre, La cara de la desgracia, Jacob y el otro, Tan triste como ella y La muerte y la niña- que escribió Juan Carlos Onetti, el constructor de uno de los universos literarios más transcendentales de la literatura del siglo XX en español.

Presentadas por un espléndido prólogo de Juan José Saer, se recogen en un cuidado tomo desde la obertura que fue El pozo (1939), escrito en una primera versión durante una tarde sin tabaco y en un arranque de mal humor creativo, hasta La muerte y la niña (1973), pasando por esas dos obras maestras indiscutibles que son Los adioses (1954) y Jacob y el otro (1961).

Prácticamente desde el principio, con una sorprendente madurez en la que se conjuntan el vigor y la contención artística, los temas esenciales de la narrativa de Onetti están ya perfilados: la incomunicación, el fracaso, la soledad de unos personajes a quienes la insatisfacción y la pesadumbre los empujan a la evasión.

Claro que El pozo lo publica Onetti con 30 años, tras diez de maduración y luego de haber extraviado una primera redacción de la novela. Onetti es a esas alturas un personaje más de su narrativa, un escritor desordenado, sin método ni horario, que escribe cuando tiene un arranque creativo, un autor que se identifica con frecuencia con sus personajes, esos indiferentes a los que el narrador trata con indiferencia impávida.

Entre las muchas piezas rigurosamente magistrales que escribió Juan Carlos Onetti hay una, Jacob y el otro, que pese a su poca extensión contiene todo el universo narrativo y estilístico del uruguayo. Publicada a veces en colecciones de relatos, tiene sin embargo la condición técnica de una novela corta. Onetti la escribió a la vez que Juntacadáveres y El astillero y resume el canon novelístico de su autor: por su ambientación en el degradado espacio mítico de Santa María, por la aparición de un personaje narrador como el Dr. Díaz Grey, por la opacidad turbia e insondable de la realidad y los hechos, presentados desde una perspectiva múltiple, parcial e incompleta.

Onetti se siente especialmente cómodo en esa Santa María que no es Montevideo ni Buenos Aires pero tiene rasgos de las dos, porque más que una ciudad es un paisaje moral, uno de esos territorios imperecederos de la imaginación que más que un lugar es una atmósfera o un estado de ánimo.

Con prosa deslumbrante y potencia de demiurgo, con profundidad y desesperanza, demoledor y tierno, comprensivo y piadoso a la vez que pesimista, Onetti explora una y otra vez las fronteras confusas de la realidad y el sueño, la necesidad evasiva y las tendencias monologantes de esos personajes problemáticos e incomunicados que en realidad hablan de su autor, porque la literatura, como escribió Onetti, es una larga confesión.

La radical unidad temática y estilística de estas novelas y su relación con las obras más extensas aconseja entender todos estos títulos como entregas sucesivas de una novela única que Onetti fue elaborando a lo largo de más de cincuenta años. Es la "unicidad vívida que justifica a toda obra de arte" a la que hace referencia Saer en su prólogo.

Eso explica una de las peculiaridades del proceso de escritura del uruguayo: toda su narrativa integra un conjunto de piezas interrelacionadas por una mirada escéptica hacia dentro que encuentra su expresión más acabada en el tratamiento de la acción desde el interior del personaje, en la construcción de un estilo cuidado hasta el último detalle, en la arquitectura rítmica de su prosa o en la elección meditada y certera de cada adjetivo, para articular la lección de expresividad de una lengua sometida a una tensión más propia de la poesía que de la narrativa.

Nada se deja aquí al azar o a la improvisación. Todo está calculado y contribuye a tejer un entramado narrativo que prende a un creciente número de adictos a un mundo literario portentoso, un mundo espectral por el que cruzan personajes derrotados por la vida.

Y así como la niebla o la noche difuminan el paisaje de Santa María, abundan las zonas de sombra sobre los personajes y en la acción de las novelas de Onetti, atravesadas siempre por una mirada introspectiva y desesperanzada, habitadas por seres devastados por la fatalidad, el fracaso y la resignación, perplejos y derrotados bajo la bruma o el humo de los cigarrillos y destartalados por el alcohol.

Los personajes de Onetti combaten el pesimismo y la abulia con la fantasía y alivian sus decepciones en el sueño de un mundo imaginario ambientado las más de las veces en la irreal ciudad del sueño que se llama Santa María.

La ambigüedad de los comportamientos, las interpretaciones múltiples de una realidad opaca, tan borrosa como la niebla que difumina el paisaje es otra de las constantes del mundo narrativo de Onetti, que se mueve con soltura en una zona de indeterminación en la que se confunden la realidad y el sueño, la alucinación y la mirada.

Es un mundo narrativo en el que la invención de historias se convierte en ejercicio de insumisión ante la realidad y los mundos imaginarios se integran en la memoria del narrador como una forma de sobrevivir en el desacato y la rebeldía, como una manera de paliar las frustraciones y de cubrir la distancia que separa la realidad y el deseo. Ese es el mecanismo que sostiene a los antihéroes onettianos.

Con el personaje siempre en un primer plano que se antepone a la acción, las novelas de Onetti tienen el clima moral de un tango, su temperatura delirante, su desaliento resignado.

En ese espacio propio, intermedio entre sus novelas largas y  sus cuentos, las novelas breves de Onetti viven en la frontera difusa del mundo real y la ficción, entre el discurso y la historia y exploran la realidad a través de unos personajes de perfiles borrosos y comportamientos complejos, cuyo rostro –concluye Saer- “tarde o temprano terminamos por reconocer: es el de cada uno de nosotros.”

Santos Domínguez

30 noviembre 2012

Francisco Brines. Aún no


Francisco Brines.
Aún no.
Lectura de Juan Carlos Abril.
Bartleby Poesía. Madrid, 2012.

En su imprescindible colección Lecturas21, Bartleby Editores recupera una obra central en la poesía de Francisco Brines: Aún no, un libro de 1971 que Juan Carlos Abril define en su lectura epilogal como “una obra actual que se balancea entre el pesimismo y el optimismo, y que inexorablemente se decanta hacia lo segundo porque ante todo existen poderosos argumentos para disfrutar de lo que poseemos, de lo que estamos viviendo. El carácter temporal y reflexivo de esta dicotomía implica un descrédito del futuro y una apuesta radical por el presente.”

En ese difícil equilibrio inestable (La gloria de la vida, y su fracaso) se sostiene la poesía de Brines y de manera especial Aún no, al que pertenecen algunos de los poemas más representativos de su obra como Los signos de la madrugada, ¿Con quien haré el amor?, Estela griega, Palabras para una despedida o el texto final, Cuando yo aún soy la vida, donde se lee:

La rosa cuchillada
de la mar, las derribadas luces
de los muertos, fragor de las palomas
en el aire, la vida en torno a mí,
cuando yo aún soy la vida.

“La poesía –ha explicado Brines- surge del mundo personal y de las obsesiones del poeta, pero yo no puedo escribir desde la plenitud ni desde el dolor, necesito un distanciamiento con respecto a la experiencia. La poesía desvela una visión del mundo, una cosmovisión de la vida como pérdida, que me ha concedido la poesía, y así surgen los poemas: del amor y de la pérdida, de la luz y de la sombra. La poesía, secretamente da a conocer aquello que está en uno y no se conoce y, además, es un retrato opaco del escritor.”

Un retrato opaco que dibuja el contorno moral y biográfico de Brines, su mezcla de reflexión y pasión sobre el fondo de luz y sombra de la realidad. De esa lucidez y esa intensidad se alimenta su obra:

"Estimo particularmente, como poeta y lector, aquella poesía que se ejercita con afán de conocimiento, y aquella que hace revivir la pasión por la vida. La primera nos hace más lúcidos, la segunda, más intensos."

En Aún no, esas dos líneas en las que se cruzan la vida y la muerte, el tiempo fugaz  y el amor más fugaz aún, el deseo y el abandono, conviven armónicamente en versos como estos:

¿Cuál será la esperanza?
Vivir aún;
y amar, mientras se agota el corazón,
un mundo fiel, aunque perecedero.

O en otros textos en los que sin abandonar el tono clásico que recorre muchos de los poemas de un libro tan mediterráneo como este, la elegía deja paso a incursiones brillantes en la sátira. Es lo que ocurre en la parte central –la única de las tres que tiene título propio, Composiciones de lugar-, a la que pertenece Vidas paralelas, que termina así:  

que a debida distancia cualquier vida es de pena.

Esa distancia irónica persiste también en otros poemas del libro, como El testigo, de la tercera parte:

creía que la vida
fuese eterna. Bien sé que ya no es cierto
perdí la eternidad, y tú la vida.

Forma de conocimiento, lamento de las pérdidas y afirmación de la vida, como en Métodos de conocimiento, uno de los textos que pueden tomarse como cifra de Aún no y como síntesis del tono, los temas y el lenguaje poético de Francisco Brines. Termina con estos versos:

Algún puñal fallido buscaba un corazón.

Yo alcé también mi copa, la más leve,
hasta los bordes llena de cenizas:
huesos conjuntos de halcón y ballestero,
y allí bebí, sin sed, dos experiencias muertas.
Mi corazón se serenó, y un inocente niño
me cubrió la cabeza con gorro de demente.

Fijé mis ojos lúcidos
en quien supo escoger con tino más certero:
aquel que en un rincón, dando a todo la espalda,
llevó a sus frescos labios
una taza de barro con veneno.
                                                       Y brindando a la nada
se apresuró en las sombras.

Santos Domínguez

29 noviembre 2012

Cimas y abismos de José Luis Parra



José Luis Parra.
Cimas y abismos.
Antología poética.
Selección y prólogo de Antonio Cabrera.
Renacimiento. Sevilla, 2012.

José Luis Parra: Estrago del tiempo y esplendor de la poesía. Con ese título, profético y exacto, resume Antonio Cabrera el sentido de la escritura poética de José Luis Parra (1944-2012) en el prólogo de Cimas y abismos, la antología que apareció en Renacimiento pocos meses antes de la muerte del poeta.

En ese prólogo a su selección de poemas, Antonio Cabrera destaca el proceso de ósmosis entre vida y poesía que alimenta la obra del poeta tardío y el muerto prematuro que fue José Luis Parra.

Porque la poesía no puede nunca con la vida; la vida con la poesía, a veces. Y el tiempo con la palabra, nunca.

Y es que la vida y el tiempo habrán hecho su estrago irreparable, pero no podrán con el esplendor memorable de algunos de los mejores poemas de Parra, con la progresiva intensidad de sus libros sucesivos, sobre todo desde La pérdida del reino. Poemas como este Noviembre, de Tiempo de renuncia:


Tardíamente llegas a mí, país sereno,
otoño dulce, destilada luz.
¿Tardíamente digo? ¿No es, quizás, prematuro,
cuando el clima del corazón aún reverbera
de excesos y nostalgia?
Nada, nada
en mi vida llegó a su hora justa:
muertes anticipadas por el miedo,
impuntuales citas, demoras humillantes
cuando el vigor del cuerpo joven, con más ferocidad,o
precisos cumplimientos reclamaba.
¿No vibra ahora, delicado, el armonioso acorde?
En leve balanceo, en transparente música,
caen las hojas de los plátanos,
salpica la llovizna
tenue de las acacias.
Aunque temo del frío los rigores,
compasiva comienza a ser la carne,
y los labios caídos susurran por el suelo
su mansa aceptación.

La conciencia del tiempo y sus devastaciones, el conocimiento del vértigo y las ruinas son el centro de una poesía caracterizada por la cercanía de su tono y la intensidad de una palabra fluida y sólida que se mueve en el difícil filo que transcurre entre lo narrativo y lo lírico, entre la precisión expresiva y el vuelo de la imagen, a caballo entre la ironía y la emoción.

De poeta a poeta escribe Antonio Cabrera en el prólogo: “estamos ante un poeta para quien la poesía se sobrepone a la vida, ya enumerada por las renuncias y socavada por los descensos.” Un poeta que sabe –añade Cabrera- que “la belleza nunca es modesta, no pierde nunca la sustancia de su brillo. El amor caduco alcanza a regalar todavía instantes grávidos. El sol sigue clavando rayos en el banco de la cocina. El mirlo silba. Hay a veces una luz leonada. Y existe la cerveza.”

Porque en la trama verbal y emocional de todo poeta elegíaco hay un fondo hímnico, ese impulso levanta algunos de los mejores  poemas de José Luis Parra, como este baudeleriano y otoñal Adieu, vive clarté, de su último libro, Inclinándome.

Con él se cierra esta antología, Cimas y abismos, que toma de este texto repleto de antítesis su título, central en la obra de Parra y muy significativo de su desgarro afectivo:

Con qué dulzura expira este verano
de corteses tormentas y turbias claridades,
y qué melancolía
no haber sabido aprovechar su regalada plenitud,
aunque el otoño, con pausada cadencia,
no menos pleno y sosegado se presiente.
En el confín de la orfandad,
cimas y abismos, que tanto me elevaron
y me hundieron,
                              por fin caminan juntos
en una extraña e inquietante calma.
Ah concordia tardía,
la alegría y la desesperación
son ya casi lo mismo.

Santos Domínguez


28 noviembre 2012

La historia del mundo en 100 objetos

Neil MacGregor.
La historia del mundo en 100 objetos.
Traducción de Francisco J. Ramos Mena.
Debate. Barcelona, 2012.

Una estatuilla tallada en un canto rodado en Judea hace once mil años es la representación más antigua que se conoce de una pareja practicando sexo. Representa el abrazo de dos amantes de Ain Sakhri y fue hallada en Uadi Jareitun, cerca de Belén, y fechada hacia el año 9000 a.C.

Está expuesta en una caja en la Sala de Manuscritos del British Museum y forma parte de la selección que resume La historia del mundo en 100 objetos, un espectacular libro escrito por Neil MacGregor, que lleva una década como director del museo, como guión de A history of the world in 100 objects, una serie de programas radiofónicos que emitió la BBC en 2010, y  que acaba de aparecer en español editado por Debate y traducido por Francisco J. Ramos Mena. 

Bajo las luminosas claraboyas del atrio del British Museum este es uno de los libros que más se venden, entre otras cosas porque los cien objetos se presentan con textos como este:

Cuando la última era glacial tocó a su fin, alguien cogió un guijarro de un riachuelo no lejos de Belén –escribe MacGregor- y talló este canto rodado, ya maravillosamente traqueteado por la naturaleza, convirtiéndolo en uno de los objetos más conmovedores que hoy alberga el Museo Británico.

O como este otro, a propósito de la Momia de Hornedjitef, una caja de momia de madera, procedente de Tebas, cerca de Luxor, Egipto y datada hacia el 240 a. C.:

La primera vez que crucé las puertas del Museo Británico, en 1954, a los ocho años de edad, empecé por las momias, y creo que todavía es por ahí por donde empieza la mayoría de la gente en su primera visita. Lo que me fascinó entonces fueron las propias momias, la emocionante y terrible idea de los cuerpos muertos. Hoy, cuando atravieso el Gran Atrio o subo la escalinata frontal, sigo viendo a grupos de niños emocionados dirigiéndose a las galerías egipcias para desafiar el terror y el misterio de las momias.

El objetivo de la serie era hacer un viaje por la evolución de la humanidad a través del tiempo, de distintos lugares del mundo y de diversas civilizaciones. Se trataba, y a eso respondieron los programas y los capítulos de este volumen, de seleccionar cien objetos que debían abarcar el mundo entero y reflejar la enorme variedad de la experiencia humana, de las civilizaciones y de las diferentes capas sociales.

Cada uno de esos cien capítulos incluye no solo el texto de MacGregor, sino una ilustración imprescindible que permite que el lector se acerque a cada uno de esos objetos significativos y a veces humildes que resumen una civilización, la vida diaria o la intimidad de los hombres que vivieron hace miles de años. 

Desde hachas de sílex hasta una Visa oro de los Emiratos árabes, desde una herramienta cortante – un canto tallado bifacial- encontrada en Tanzania y datada hace dos millones de años hasta una lámpara solar china de 2010, pasando por el papiro matemático Rhind, hallado en Tebas, que contiene ochenta y siete problemas aritméticos y geométricos, las piezas de un ajedrez noruego del siglo XII talladas en marfil de morsa y dientes de ballena, un galeón mecánico de finales del XVI o el Rinoceronte de Durero, los cien objetos, organizados en veinte bloques de cinco elementos, trazan la biografía de las cosas, como señala MacGregor en la introducción y resumen una historia de los objetos a través de muchos mundos distintos.

Una momia egipcia, la etiqueta de una sandalia del rey Den hecha con marfil de hipopótamo, mosaicos aztecas y tablillas de escritura cuneiforme en arcilla, una taza de jade o un Buda sedente, un pimentero inglés o el cronómetro marítimo del Beagle, un astrolabio judío o la Piedra Rosetta, uno de los referentes imprescindibles del British... 

Son algunos de los objetos en torno a los que se organiza este libro, que muestra, en palabras de us autor, que la de la “familia humana” no es una metáfora vacua, (...) que toda la humanidad tiene las mismas necesidades y preocupaciones, temores y esperanzas. Los objetos nos obligan a reconocer con humildad que, desde que nuestros antepasados dejaran África para poblar el mundo, hemos cambiado muy poco. Ya sea en piedra o en papel, en oro, plumas o silicio, es seguro que seguiremos fabricando objetos que configurarán o reflejarán nuestro mundo, y que nos definiràn ante las generaciones futuras.

Santos Domínguez


27 noviembre 2012

Seferis. Poesía reunida


Yorgos Seferis.
Mythistórima.
Poesía reunida.
Traducción, prólogo y notas de
Selma Ancira y Francisco Segovia.
Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores. Barcelona, 2012.


Entre el mito y la historia sitúan a Yorgos Seferis (1900-1971) Selma Ancira y Francisco Segovia en el prólogo a la edición bilingüe de su poesía completa que acaba de aparecer en la indispensable colección de poesía de Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores.

El que posiblemente sea el libro central en toda su trayectoria -Mythistórima- es el que se ha utilizado como título para reunir toda la poesía de Seferis. Ese libro se abría con este espléndido poema:
   

        Al mensajero
        tres años lo esperamos a porfía
        pegada la mirada
        a los pinos la playa y las estrellas.
        Fundidos a la reja del arado o a la quilla del barco
        buscábamos hallar de nueva cuenta la semilla primigenia
        de la que germinase una vez más el más antiguo drama.

        Hemos tornado a nuestras casas rotos
        extenuados los miembros, las bocas agrietadas
        por el sabor de la salmuera y de la herrumbre.
        Al despertar viajamos hacia el Norte, extranjeros
        sumidos en la bruma de prístinas plumas de cisnes que nos herían.
        En las noches de invierno el impetuoso viento del Este nos volvía locos 
        en el verano errábamos en la agonía del día que no sabía entregar el alma.

        A nuestra vuelta hemos traído
        estos bajorrelieves de un arte humilde.


En los veinticuatro cantos de ese libro que se publicó en 1935 con una cita de Arthur Rimbaud al frente (si j'ai du goût, ce n'est gueres / que pour la terre et les pierres) se mostraba ya en plena madurez el mundo poético de Seferis, proyectado a menudo en máscaras mitológicas como esta de su espléndido Andrómeda:

Se abre otra vez la herida de mi pecho
cuando declinan las estrellas y se hacen una misma sangre con mi cuerpo
cuando el silencio cae bajo los pasos de los hombres.

Estas piedras que se hunden en el tiempo ¿hasta dónde me arrastrarán?
El mar, el mar ¿quién podrá agotarlo?
Cada mañana veo las manos que hacen señas al buitre y al halcón
atada a este peñasco que el dolor ya ha hecho mío,
miro los árboles cómo respiran la negra calma de los muertos
y luego la sonrisa sin despliegue de las estatuas.

Nacido en Esmirna, la trimilenaria ciudad griega, poco antes de que fuera conquistada por los turcos, en Seferis se cumple como en pocos autores el destino del poeta como un extranjero.

Seferis ejerció como diplomático en una vida errante que le llevó a Alejandría, Pretoria, El Cairo, Estambul, Londres, Nueva York, Beirut, Damasco, Amman o Bagdad, pero su referencia constante fue Grecia. Escribía en 1936, a bordo de un barco, como Ulises:

Dondequiera que viajo Grecia me hiere,
cortinas de montañas archipiélagos granito vivo...
El barco en que viajo llama AG ONÍA 937.

Por eso su obra está escrita desde la noción y el núcleo del exilio y hay en ella una presencia constante del tema del viaje y del eterno retorno que iguala al poeta con Ulises. De esa circunstancia que atraviesa la poesía de Seferis hablan los editores en el prólogo:

Todo en los poemas de Seferis es regreso. Regreso imposible,si se quiere, pero siempre en curso, como el de Ulises en la Odisea. Quizá por eso para él no hay nada más griego que el viaje de vuelta, que carga a las espaldas la nostalgia de una tierra a la que hay que regresar, siempre regresar, pues acaso sea verdad que una patria no es nunca el lugar del que se parte sino siempre el lugar al que se vuelve. Esto es lo que le enseñan Ulises y Jasón.

A los Argonautas les dedica Seferis un poema que comienza así:

Y si el alma a sí misma
se quiere conocer,
es en un alma
donde debe mirar:
al extranjero y al enemigo en el espejo los hemos visto.

Y así, a la vez que se produce esa disolución del yo en el nosotros, el mito, que no es un adorno, se hace dolorosamente historia en Seferis, actualiza su sentido en el presente y el drama clásico revive en tragedias contemporáneas. De esa manera, el mito se convierte en su poesía, como en la de Elytis, en fuente del sentido para el poeta, que une mito, historia y experiencia personal en correlatos como Stratis el Marinero, que aparece prefigurado tempranamente en su primer libro, Estrofa.

En ese libro hay un poema que es en gran medida un homenaje al buque fantasma de Arthur Gordon Pym. Se titula El aire de un día y termina así:

Han muerto todos los del barco, pero el barco sigue la idea que tenía al zarpar del puerto.

Cómo han crecido las uñas del capitán ... y el contramaestre sin afeitar, que tenía tres amantes en cada puerto...

El mar lentamente se hincha, se jacta el velamen y el tiempo se calma.

Destellan los lomos negros de tres delfines, sonríe la sirena, y un marino olvidado hace señas montado en la gavia.

Desde ese primer libro hasta el último, Tres poemas escondidos, pasando por Mythistórima, Gimnopedia, Cuaderno de ejercicios, las tres Bitácoras o El Zorzal, la peregrinación, la búsqueda, el viaje por mar y las preguntas se convierten en claves poéticas que cifran la imagen de la vida para Seferis sobre un paisaje de olivos y rocas, de islas con estatuas y caballos y viento en los cipreses.

Y al fondo, siempre, la temporalidad, la conciencia de la pérdida:

Lamento haber dejado correr un ancho río entre mis dedos
sin beber una sola gota.
Ahora me hundo en la piedra.
Un minúsculo pino sobre la tierra roja,
mi sola compañía.
Cuanto amé se ha perdido con las casas
que eran nuevas el último verano
y se desmoronaron con el viento del otoño.

Incluso tras el intenso ejercicio de abstracción y despojamiento que caracteriza los textos de sus últimos libros, sobre todo los de Tres poemas escondidos, se siguen percibiendo esos mismos temas, aunque sometidos a un radical proceso de desnudez en el que los versos se han adelgazado y adquirido una nueva tensión.

Es lo que ocurre, por ejemplo, en uno de los poemas de Solsticio de verano:

Hablabas de cosas que no ellos no veían
y se reían.

Rema en el oscuro río
a contracorriente;
recorre el camino ignoto
a ciegas, obstinado
y busca palabras enraizadas
como el olivo de muchos nudos—
déjalos que se rían.
Desea que pueblen también otras personas
la soledad sofocante de hoy
en este presente aniquilado—
déjalos.

El viento del mar y la brisa del alba
existen sin que lo pida nadie.

Ningún poema mejor que este para invitar a la lectura de un poeta fundamental.
         
        
Santos Domínguez
        

        

26 noviembre 2012

María Zambrano. La tumba de Antígona

María Zambrano.
La tumba de Antígona
y otros textos sobre el personaje trágico.
Edición de Virginia Trueba.
Cátedra Letras Hispánicas. Madrid, 2012.

La figura trágica de Antígona es una de las que ha alimentado con más fuerza y con mayor continuidad la literatura y la filosofía desde Sófocles hasta hoy. De hecho, George Steiner dedicó un ensayo a las diversas Antígonas de la historia.

Desde la de Eurípides a la de Brecht, pasando por la de Hölderlin, y desde Goethe a Kierkegaard pasando por Hegel, pocos mitos han inspirado tantas interpretaciones, variaciones y reelaboraciones como el de la hija de Edipo.

En la historia de Antígona, explicaba Steiner, se resumen cinco conflictos propios de la condición humana: el enfrentamiento entre hombres y mujeres; entre la senectud y la juventud; entre la sociedad y el individuo; entre los vivos y los muertos; entre los hombres y Dios (o los dioses).

Desde la experiencia de la guerra civil y el exilio, desde los años cuarenta, ese personaje se convierte en un referente constante del pensamiento de María Zambrano, que ya en 1948 hizo una primera aproximación al tema en su “Delirio de Antígona.” Ese es uno de los textos sobre la heroína trágica –entre ellos dos cuadernos inéditos- que recoge Cátedra Letras Hispánicas en La tumba de Antígona y otros textos sobre el personaje trágico, con edición de Virginia Trueba.

Además de los temas que enumeraba Steiner para explicar la enorme fecundidad de la figura de Antígona, en la obra de Sófocles vio María Zambrano una síntesis de poesía y conocimiento que se ajustaba a su concepción de la razón poética. Por eso afirmaba en el prólogo que esta tragedia es entre todas las que de este autor y de todos los demás conocemos la más cercana a la filosofía.

Y hay además otras razones añadidas que explican su interés por el personaje: la rebeldía del resistente, la guerra civil y la condición de exiliada, la angustia y la soledad esencial del personaje.

De manera que, por su sentido existencial o por su dimensión política, Antígona se convierte para María Zambrano en una figura viva y en un símbolo contemporáneo al que dedicó este ensayo de estructura dramática que publicó en 1967 y que, junto con Claros del bosque, es su obra más ambiciosa desde el punto de vista literario.

Pero en medio del desamparo del vencido, del abandono en la oscuridad y de ese no-lugar que define el territorio existencial del desterrado, aparece el sentido moral de Antígona, que nace del todo a la vida en un re-nacimiento que consiste en un nuevo proyecto vital construido con el sacrificio, la piedad y la conciencia, en un nuevo conocimiento poético en busca de la luz que surge de las sombras:

Pedíamos que nos dejaran dar. Porque llevábamos algo que allí, allá, donde fuera, no tenían; algo que no tienen los habitantes de ninguna ciudad, los establecidos; algo que solamente tiene el que ha sido arrancado de raíz, el errante, el que se encuentra un día sin nada bajo el cielo y sin tierra; el que ha sentido el peso del cielo sin tierra que lo sostenga.

En todas las voces sobre las que se vertebran las doce escenas de su estructura dramática suena el eco del pensamiento de María Zambrano, en un viaje sin retorno al fondo de la conciencia a través de la palabra y sobre todo de la escucha, que en su pensamiento filosófico tiene, como en Heidegger, más importancia que el decir, como explica Virginia Trueba en un excelente estudio que ocupa la mitad del volumen. Más que una mera introducción, es el mejor ensayo que conozco sobre La tumba de Antígona.

Por eso el motor esencial de la búsqueda de Antígona es la necesidad de saber y su centro es la palabra contra el poder injusto. Palabra que desde la conciencia se proyecta en una orquestación de voces y ecos, de sombras y de sueños, de metáforas y símbolos (la luz y el agua, la sangre y la piedra) alrededor de los dos monólogos de la protagonista –el personaje autor- que abren y cierran este libro imprescindible y central en la obra de María Zambrano.

Santos Domínguez

24 noviembre 2012

Marco Aurelio, una vida contenida

Fernando R. Genovés.
Marco Aurelio, una vida contenida.
Evohé Didaska. Madrid, 2012.

Siempre hay buenas razones para volver a los clásicos. En especial, volver a quienes, como Marco Aurelio, han dejado una obra de referencia de lo más estimable. Para muchos, entre quienes me incluyo, las Meditaciones representan un libro de cabecera.

Esa es la perspectiva con la que define Fernando R. Genovés su ensayo Marco Aurelio, una vida contenida, que publica Evohé Didaska, un recorrido por la vida y la obra de Marco Aurelio, eslabón de una cadena de filósofos morales de la que formarían parte también Montaigne y Spinoza que como él hicieron de la ética el eje de su pensamiento y sus escritos.

El contento moral y la coherencia del estoico son los objetivos que definen la ética del presente que dio uno de sus mejores frutos en las Meditaciones, que el emperador Marco Aurelio escribió en griego helenístico en el siglo II.

La ecuanimidad, la independencia de juicio, la piedad y la liberalidad, la constancia y la continencia, la frugalidad y la vigilancia sobre sí mismo, la llaneza en el trato y la impasibilidad ante las adversidades, la autosuficiencia, la razón natural y la tolerancia son algunas de las claves de la vida y la obra de quien hizo de la contención su disciplina espiritual y existencial y dejó testimonio de ello en unas Meditaciones que no contienen la propuesta de un sistema filosófico orgánico, pero constituyen –como señaló Stuart Mill- la más alta producción ética del espíritu antiguo.

Hasta tal punto es cierta esa afirmación que –concluye Fernando R. Genovés- con la desaparición de Marco Aurelio la sabiduría y la serenidad dejan de estar presentes en la acción política de la Antigüedad. En rigor, el mundo antiguo queda atrás. El estoicismo abandona el Poder, aunque no perderá en el futuro energía ni fuerza entre los hombres prudentes. Porque para muchos esta perspectiva moral e intelectual sigue definiendo la línea del horizonte en la que mirarse, en la que aprender a vivir, saber pensar y ser uno mismo.

Santos Domínguez



23 noviembre 2012

Mario Luzi. Honor de la verdad



Mario Luzi.
Honor de la verdad.
Estudio introductorio y traducción
de Francisco Deco.
Ediciones Linteo. Orense, 2012.

Con Honor de la verdad, el libro que Mario Luzi (1914-2005) publicó en 1957, Linteo incorpora a su catálogo una de las voces más representativas de la poesía italiana del siglo XX.

Ese título marcaba un cambio decisivo en su trayectoria poética, que a partir de entonces superaría el periodo hermético y abriría las puertas a la realidad. Con esa apertura a lo exterior, Luzi se iría desvinculando paulatinamente de una concepción subjetiva de la poesía para buscar un lugar de encuentro entre el sujeto y el objeto en la conciencia de la naturaleza, para construir unos textos que revelan la convergencia entre el poeta y el mundo, igual que en uno de sus poemas sale el hombre del faro con su barca, / indaga, escruta, va hacia lo abierto.

Frente a la actitud órfica que había predominado en su primera etapa hermética, en Honor de la verdad Mario Luzi se impone la asimilación de la realidad a través de un lenguaje coloquial que no renuncia a la interrogación metafísica y se proyecta en la contemplación del paisaje con un alto contenido simbólico:

la cortina de lluvia abriéndose y cerrándose,
árboles, trozos de ciudad, carretas,
gente, lluvia en la lluvia, humo.


Voces y pájaros, olas y veranos, otoños y ríos, epifanías y noches son algunos de los centros de esos paisajes en los que se resumen la mirada y las imágenes de una poesía en busca de respuestas y de claridad. Así ocurre en este texto, Como debe:

¿Qué quieres tú que vienes de tan lejos
y en vuelo ciego entras en la niebla
hasta aquí donde aun los pajarillos
se desorientan de una rama a otra?

La vida, como debe, se perpetúa,
en mil arroyos se derrama. La madre
entre los hijos parte el pan, alimenta
el fuego; la jornada pasa, plena
o fastidiosa, llega un forastero,
se va, cae nieve, escampa o una llovizna
de fin de invierno apaga los colores,
moja zapatos y vestidos. Llega la noche.
Es poco, de otra cosa no hay señales.



En su estudio introductorio, Francisco Deco, autor de la traducción, explica que en este libro “cada poema abre desde su respiración contenida un tiro de aire. No sabemos hacia dónde. Pero las respuestas posibles se multiplican. En la densidad del misterio se extienden fisuras que van generando un tipo de conocimiento intuitivo.”

Porque en la poesía intensa y figurativa de Mario Luzi la realidad aparece cambiante como la suerte del día,/ el granizo, la lluvia, el claro o es contradictoria como la oscuridad que envuelve días claros, como el día de primavera que ilumina y daña las flores efímeras, o como ese mar que lucha consigo mismo y en el que se proyecta la duda agónica del hombre que lo contempla y del poeta que lo escribe.

Los vivos y los muertos, los días y las noches, los soles y la nieve, la corriente ligera y agitada, el movimiento que es quietud, forman parte de esa lucha interior y expresan un debate existencial metaforizado en ese paisaje con figuras, en la sucesión de las estaciones y los meses y en una aguda conciencia del tiempo y de la pérdida que tiene siempre al fondo la esperanza, como en estos dos espléndidos versos:

Me precedes, no sabes si en verdad
habrá un fanal también sobre esta noche.


O en este arranque de los Versos de octubre:

Aquí donde al vivir se va creando sombra, misterio
para nosotros, para el que debe recogerlo y a su vez
lanza a la espalda su semilla, aquí
es donde debe hacerse luz, no en otra parte.

Santos Domínguez

22 noviembre 2012

Francisca Aguirre. Los trescientos escalones

 
Francisca Aguirre.
Los trescientos escalones.
Lectura de Marta Agudo.
Lecturas21. Bartebly. Madrid, 2012.

Dos homenajes, uno a César Vallejo - Me moriré en Madrid / un día cualquiera / me moriré sin aguacero- y otro a Antonio Machado – En el corazón tenía / la espina de una pasión / no pude arrancarla un día / y el corazón se pudrió-, dos escritores esenciales en su formación ética y estética, abren Los trescientos escalones, el libro con el que Francisca Aguirre ganó el Premio Ciudad de Irún en 1976 y que Bartleby incorpora a su serie Lecturas21 con una lectura epilogal –Las razones de una vida- de Marta Agudo.

Escrito entre 1973 y 1976, era el segundo libro de Francisca Aguirre, tras la revelación deslumbrante que había sido Ítaca poco antes.

El poema que lo cierra es el que da título a la obra. Y es lógico que así sea, porque todos sus textos adquieren su verdadera dimensión cuando se lee Los trescientos escalones, que es la clave de bóveda del libro, la evocación de un cuadro desaparecido de Lorenzo Aguirre, un cuadro que acaba convirtiéndose, como el poema, como el libro, en cifra de la memoria que se levanta frente a las pérdidas. Todos los poemas del libro parecen justificarse en esa ascensión que culmina en este texto fundamental en la trayectoria poética de su autora:

Papá, perdimos tantas cosas
además de la infancia y los trescientos escalones que tú pintaste
nunca he sabido si para decirnos que había que subirlos o bajarlos.
Y ahora pienso, desde tu mano que me ayudaba a recorrerlos,
que tal vez me dijiste entonces
que había que subirlos y bajarlos
y para eso los pintaste
y para eso pasaste días enteros
pintando una escalera interminable,
una hermosa escalera rodeada de árboles y árboles,
llena de luz y amor,
una escalera para mí,
una escalera para que pudiera subir,
vivir,
y una escalera para descender,
callar,
y sentarme a tu lado como entonces.

Actitud presente, Resultados y La infancia continúa subiendo la escalera son las tres partes en que se organiza el conjunto de un libro en el que confluyen pasado, presente y futuro y la vida se hace literatura y la literatura se hace vida, refugio del desamparo y habitación de los sueños frente al miedo, el hambre y el frío de la guerra y la posguerra, frente a una intemperie desvalida, en mitad de un mundo desaforado / cubierto de horror y pena.

En Frontera, el poema que cierra la primera parte del libro, reaparece Antonio Machado evocado en los primeros días del exilio y en la imaginación de un encuentro imposible entre la niña y el maestro:

Yo, que llegué a la vida demasiado pronto,
que fui-que soy-la que se anticipó,
la que acudió a la cita antes de tiempo
y tuvo que esperar en la consigna
viendo pasar el equipaje de la vida
desde el banco neutral de la deshora.

Yo, que nací en el treinta, cuando es cierto
-como todos sabéis-que nunca debí hacerlo,
que hubiera yo debido meditarlo antes,
tener un poco de paciencia y tino
y no ingresar en este tiempo loco
que cobra su alquiler en monedas de espanto.

/.../

Llegué, tal vez al mismo tiempo que él
pero en distinto tiempo.
                                   No lo supe.
(Oh tiempo miserable e injusto.)
Estuve allí -quizá lo vi-.
Pero era tarde.
                                   Yo era pequeña
y tenía sueño.

                              Don Antonio era viejo
y también tenía sueño.
(Señor, qué imperdonable:
haber nacido demasiado pronto
y haber llegado demasiado tarde.)


Los trescientos escalones es un libro atravesado por la experiencia vital y moral del viaje al exilio y a las pérdidas, un  viaje  rememorativo en el que Francisca Aguirre ajusta cuentas con el pasado, como en el espléndido Mi carta que es feliz, pues va a buscaros ("Dura y dura la guerra y esa carta no llega"), rinde homenaje al padre asesinado en prisión por la iniquidad de un régimen criminal ("Cuando mataron a mi padre..."), a la madre “que lo fue resucitando en cada uno de sus cuadros”, como escribe en El último mohicano: 

Mamá nos trajo El último mohicano
y de la mano de ese indio solitario
entramos en el mundo de lo maravilloso
y lo tuvimos todo para siempre.

Y ya nadie podrá quitárnoslo.

Y es que Los trescientos escalones es también una obra celebratoria en la que hay un homenaje constante a lo que nos salva de la desgracia, a la amistad y la literatura (Olga Orozco, Onetti, Don Quijote), a la música de Beethoven o a la copla, a la pintura de Klee y Picasso.

Y, a pesar de todo, es también un homenaje a la vida:

La vida entre los dientes de repente
como un sabor neutral nos pulveriza,
nos somete, nos calla, nos ofende
y nos deslumbra, y nos levanta, y crece.

Porque a pesar del dolor, de la orfandad y la injusticia -esta vida, hay que ver, qué desatino-, sobre el sufrimiento y la desolación se impone la esperanza en este verso memorable:

el mundo para siempre ya es mañana.

Santos Domínguez