07 marzo 2012

Tolstói. La felicidad conyugal


Lev Tolstói.
La felicidad conyugal.
Traducción de Selma Ancira.
Acantilado. Barcelona, 2012.

Estábamos de luto por mi madre, que había fallecido en otoño, y pasamos todo el invierno solas en la aldea, Katia, Sonia y yo.
Katia era una antigua amiga de la casa, una institutriz que nos había criado a todos, y de la que yo me acordaba y a la que quería desde que tengo memoria. Sonia era mi hermana menor. Pasamos un invierno triste y lúgubre en nuestra vieja casa de Pokróvskoe. El tiempo era frío, ventoso, y los montones de nieve eran más altos aún que las ventanas; éstas casi siempre estaban congeladas y empañadas, y el invierno transcurrió sin que apenas fuéramos a ningún lado. Rara vez llegaba alguien a visitarnos; y quien llegaba no aumentaba ni la alegría ni el contento en nuestra casa. Todos tenían una expresión triste, todos hablaban en voz baja, como si temieran despertar a alguien, no reían, suspiraban y con frecuencia lloraban al mirarme y, sobre todo, al mirar a la pequeña Sonia con su vestidito negro. Era como si en casa aún se percibiera la muerte; la tristeza y el horror de la muerte flotaban en el aire.

Con esa fuerza comienza La felicidad conyugal, la novela corta de Lev Tolstói que acaba de publicar Acantilado con una espléndida traducción de Selma Ancira.

Con un decisivo componente autobiográfico, sorprendentemente premonitorio, el novelista anticipó en La felicidad conyugal, una narración de 1859, sus propias circunstancias personales, porque, como ocurre en la novela, Tolstói se casaría en 1862, a los treinta y cuatro años, con una muchacha de dieciocho.

Pero eso no es lo esencial en una obra como esta, que mantiene su fuerza por encima del tiempo y de esas circunstancias que pueden explicar su intensidad, su paisaje o el ambiente de la casa familiar, pero no su vigencia.

Cuando Tolstói escribió La felicidad conyugal era ya un novelista poderoso que revela aquí su especial capacidad en la creación de atmósferas, su enorme sutileza para entrar en el interior de los personajes, para construir el relato desde dentro, para fundir ambientes y personajes desde esa mirada interior que presenta la realidad en la perspectiva subjetiva de Masha, la narradora-protagonista, con sus frustraciones, sus distorsiones, con su complejo de culpa y sus ensoñaciones.

Esta es la historia de una decepción, de un fracaso de las ilusiones en la rutina de la vida diaria de un matrimonio desigual, en los altibajos de una relación tensa y serena, con una historia dramática contenida, que seguramente por eso ha sido propicia a las adaptaciones teatrales. De hecho, la traductora, Selma Ancira, ha contado cómo se reencontró con este texto en Rusia, no a través de la lectura, sino en una representación en un escenario.

Anterior a las grandes obras de Tolstói, Guerra y paz, Anna Karénina y Resurrección, La felicidad conyugal las contiene en germen, en cierta medida es su semilla.

En 1860, poco tiempo después de publicar esta novela corta, esbozó un relato que sería treinta años más tarde La Sonata a Kreutzer, que es el reverso de La felicidad conyugal.

En cualquier caso, como casi todo lo que escribió su autor, esta novela corta, inicial en más de un sentido, es una experiencia lectora inolvidable sobre el conflicto entre la realidad y el deseo.


Santos Domínguez

06 marzo 2012

La familia del aire


Miguel Ángel Muñoz.
La familia del aire.
Entrevistas con cuentistas españoles.
Páginas de Espuma. Madrid, 2011.

Las quinientas páginas de La familia del aire, el volumen en el que Miguel Ángel Muñoz reúne treinta y seis conversaciones con cuentistas españoles, son mucho más que un libro de entrevistas.

Publicadas por Páginas de Espuma y agrupadas en seis secciones, estas entrevistas fueron apareciendo en el estupendo blog El síndrome Chéjov, un lugar de referencia en el estudio del relato corto en español.

En ellas hablan del cuento desde los decanos consagrados como José María Merino, Cristina Fernández Cubas o Enrique Vila-Matas hasta los autores más recientes -Iban Zaldua, Patricia Esteban Erlés o Andrés Neuman-, nadadores que atraviesan el río imaginario que describió Cheever en un cuento.

Y en medio, nombres mayores de hermanos mayores como Eloy Tizón o Juan Bonilla; miembros de la fecunda quinta del 61 como Hipólito G. Navarro, Fernando Iwasaki o Javier Sáez de Ibarra; narradores que habitan el cuarto fantástico como Ángel Olgoso o Muñoz Rengel, o escritores que transitan por la carretera de doble dirección en la que se hacen compatibles la novela y el cuento – Antonio Orejudo o Menéndez Salmón.

El volumen, decía al principio, contiene más que las treinta y seis entrevistas que arman su estructura, más que los útiles apéndices con índices onomásticos y de obras; más que la bibliografía fundamental, rigurosa y actualizada, sobre los autores, sobre el género y su técnica.

La familia del aire ofrece, además, una reunión de poéticas del cuento; sugiere un canon abierto de autores de referencia; traza una historia reciente del género y de su evolución a través de varios grupos generacionales y de diversas estéticas; resume la historia de la literatura a través de uno de sus géneros fundamentales y de las lecturas que orientaron la vocación y la escritura de estos narradores; establece un diálogo fructífero no sólo del autor de las entrevistas con el entrevistado, sino un cruce de opiniones contrastadas entre los distintos cuentistas; y es, en fin, una lección intensa y completa para el lector, que encontrará en estos textos un mapa del relato breve en español y un itinerario de lectura de cuentos memorables, o para el aprendiz de narrador, que podrá rastrear aquí el material que suelen proporcionar los talleres literarios.

Para que no falte de nada, el libro se cierra con la entrevista minuciosa que preparó Miguel Ángel Muñoz para Eduardo Zúñiga, el maestro silencioso que no contestó a las preguntas del entrevistador.


Santos Domínguez

05 marzo 2012

Teoría literaria y Literatura comparada


Jordi Llovet.
Robert Caner. Nora Catelli.
Antoni Martí Monterde. David Viñas Piquer.
Teoría literaria y literatura comparada.
Ariel Letras. Barcelona, 2012.

Publicado por primera vez en 2005 y coordinado por Jordi Llovet, Teoría literaria y literatura comparada se ha convertido ya en una referencia ineludible en los estudios de Teoría de la literatura y de Literatura comparada.

Superados ya los tiempos en que el historicismo positivista o el nacionalismo neorromántico dominaban los estudios literarios y confundían interesadamente historia, filología y literatura o circunscribían las manifestaciones estéticas a las fronteras de los mapas políticos, cada vez parece más evidente que la complejidad de la obra literaria exige otro tipo de planteamientos menos mecanicistas y más atentos a los componentes esenciales de la obra literaria que a su marco local o a sus afueras.

La estilística, el comparatismo, la pragmática o la hermenéutica son algunas de esas direcciones que enfocan el texto literario en su núcleo estético y de sentido y no en la insuficiencia reduccionista de colocar el objeto de estudio en sus márgenes o en la sustitución fraudulenta del texto por el contexto.

Porque, como afirma Jordi Llovet en el prólogo, “los métodos de la historia no siempre (y en muchas ocasiones en absoluto) permiten al estudioso agotar el sentido que encierra una determinada obra literaria. La historia es una disciplina que puede ser usada, sin duda, en el estudio de la literatura, pero que jamás, o muy raramente, agotará lo que es característico de un producto literario.”

Con ese planteamiento este volumen es el resultado de un trabajo en equipo de cinco profesores de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la Universidad de Barcelona. Un trabajo cuyo resultado se articula en cinco capítulos - Literatura y literariedad (Nora Catelli), La periodización literaria (Jordi Llovet), La interpretación de la obra literaria (Robert Caner), Géneros literarios (David Viñas) y Literatura comparada (Antoni Martí)- en los que se abordan el concepto de literariedad y la función poética, los enfoques del formalismo ruso, la estilística, el new criticism o el estructuralismo, el canon cambiante de los distintos periodos literarios, los métodos de la hermenéutica y la estética de la recepción, las distintas funciones de los géneros literarios o la institucionalización académica, la metodología y la crisis de la literatura comparada.

Si no fuera porque uno conoce demasiado cómo sestean en la rutina algunas facultades de Letras, se asombraría de que un volumen como este, que acaba de reeditar Ariel Letras, no sea un manual imprescindible al menos en los repertorios bibliográficos que se recomiendan a los estudiantes de Literatura Comparada.

Por cierto, a más de uno de esos que sestean en sus cátedras le convendría leer -aunque sólo fuera eso- el espléndido epílogo de Jordi Llovet sobre Las enseñanzas de la literatura. Si les parece mucho, que alguien les resuma al menos las diez tesis que resumen el sentido de esa reflexión y del conjunto de la obra.

Santos Domínguez

03 marzo 2012

Los papeles póstumos del Club Pickwick


Charles Dickens.
Los papeles póstumos del Club Pickwick.
Edición y prólogo de Jordi Llovet.
Traducción y notas de José María Valverde.
Debolsillo. Barcelona, 2012.

Lo que empezó siendo un trabajo alimenticio para narrar veinticuatro ilustraciones sobre un club de torpes cazadores acabó siendo la primera novela de Charles Dickens.

Publicada en veinte entregas mensuales entre abril de 1836 y noviembre de 1837, Los papeles póstumos del Club Pickwick tuvo un éxito inmediato y le dio a Dickens una fama que le acompañaría hasta su muerte y que le permitió abandonar el periodismo para dedicarse a la literatura.

Dickens combinó la imaginación y la acción trepidante, la extravagancia y el humor, la diversión en estado puro y la ironía en un inolvidable relato itinerante que se convirtió no sólo en un éxito editorial, sino en un fenómeno social que sobrepasó los límites de la literatura y sirvió para bautizar comercialmente puros o sombreros.

Samuel Pickwick, Sam Weller, Winkle, Snodgrass, Tupman... De entre todos los erráticos personajes que habitan esa novela, quizá ninguno tan inolvidable como Alfred Jingle, un entrañable caradura entregado al parloteo compulsivo y telegráfico, al atropellado análisis de la realidad reducida a su esqueleto esencial por medio de una especie de taquigrafía oral.

De sus “discursos espasmódicos” hablaba Cortázar en Reencuentros con Samuel Pickwick, el prólogo celebratorio que escribió para la edición de Círculo de Lectores.

Un prólogo que remataba con una carta de agradecimiento al protagonista de “una de esas obras que vuelven el mundo más soportable y divertido”, porque “forma parte de esa literatura que no se menciona casi nunca en las discusiones trascendentales pero que ocupa un lugar inamovible en la biblioteca del recuerdo.”

Para conmemorar el bicentenario de Dickens, Debolsillo recupera, bajo la supervisión de Jordi Llovet, la traducción y las notas de la edición de Los papeles póstumos del Club Pickwick que José María Valverde preparó para Clásicos Planeta.

Aunque transformó radicalmente la idea de la novela popular, no es la mejor novela de Dickens, tiene los defectos propios del principiante, se resiente de algunas improvisaciones y de la comercialidad con que fue planeada y sostenida entrega a entrega durante más de año y medio, pero hay en sus páginas un derroche constante de humor, amabilidad e imaginación y una poderosa fuerza narrativa que hace volver a esa obra al lector que la ha visitado alguna vez.

Porque, como señala Jordi Llovet en el prólogo de esta reedición en bolsillo, la narrativa de Dickens pertenece a una estirpe de obras que aspiran a "educar a los lectores haciéndoles pasar, al mismo tiempo, un largo rato lleno de una serena, tierna y desbordada felicidad."

Chesterton, que escamoteó la palmaria influencia cervantina en el trazado de Pickwick y Weller, dos variantes victorianas de Don Quijote y Sancho, hizo este elogio del novelista y de su talento para conectar con el gusto de los lectores:

Dickens no pretendió mostrar los efectos del tiempo y de las circunstancias sobre los personajes, ni tampoco la influencia de estos sobre aquellas. Su meta fue retratar caracteres en una especie de vacío feliz, en un mundo situado mucho más allá del tiempo.

Eso justamente es lo que tienen los clásicos, que están mucho más allá del tiempo.

Santos Domínguez

02 marzo 2012

Claudio Rodríguez. Alianza y condena



Claudio Rodríguez.
Alianza y condena.
Prólogo de Luis García Jambrina.
Cálamo Poesía. Palencia, 2009.

Alianza y condena, celebración y llanto, exaltación y abatimiento, certezas y dudas, iluminaciones y caídas, revelación y sombra.

Era el libro que Claudio Rodríguez prefería de entre los suyos, un libro que plantea un debate –como gran parte de su poesía- en la lucha de contrarios, en la antítesis y el oxímoron.

Alianza y condena es además un libro central en su trayectoria poética, no sólo porque es el tercero de los cinco que escribió, sino porque tras sus dos libros iniciales -Don de la ebriedad y Conjuros-, llenos de la luminosidad de la alianza, a partir de este empieza a imponerse la condena que ensombrece El vuelo de la celebración y Casi una leyenda.

Los textos de Alianza y condena, que publica Cálamo Poesía, exploran la contradicción entre la luz y la sombra, entre la celebración y la elegía, entre un presente negativo y un pasado de plenitud. De ahí la intensidad de este libro, la tensión que lo sostiene desde el primero de sus poemas, Brujas a mediodía, hasta el último, Oda a la hospitalidad.

Y en medio, organizados en cuatro secciones asimétricas, algunos de los poemas y los versos más memorables de toda la obra de Claudio Rodríguez, como destaca en su prólogo, El misterio de la claridad, Luis García Jambrina.

Ejemplos como estos están en la memoria de los lectores de su poesía:

Tal vez, valiendo lo que vale un día, / sea mejor que el de hoy acabe pronto.

Hoy necesito el cielo más que nunca. / No que me salve, sí que me acompañe

Largo se le hace el día a quien no ama / y él lo sabe.

Déjame que te hable, en esta hora / de dolor, con alegres/ palabras. Ya se sabe / que el escorpión, la sanguijuela, el piojo, / curan a veces.

Escrito en los siete años de estancia en Inglaterra como lector, Alianza y condena resume en su intensidad el doble carácter contemplativo y meditativo de la poesía de Claudio Rodríguez, que presenta una realidad dual y paradójica y ahonda en las limitaciones del lenguaje e insiste en un concepto de poesía como aventura entre la intimidad y el mundo y en la imagen de la ciudad como escenario de la alianza y la condena.

Una condena que –como explicó Claudio Rodríguez- está dentro de la alianza, igual que dentro de la condena existe la alianza.

La extrañeza del cuerpo y la extrañeza del lenguaje son el eje de los poemas más significativos de este libro, en el que las palabras están sometidas a una tensión emocional y conceptual que acaba reflejando su insuficiencia de “palabras muertas” ante el vacío y la pérdida.

La fuerza de esa condena está presente en Cáscaras, Brujas a mediodía o Ciudad de meseta, pero quizá ningún poema la refleje con tanta intensidad como Ajeno, uno de los preferidos por su autor:

Largo se le hace el día a quien no ama
y él lo sabe. Y él oye ese tañido
corto y duro del cuerpo, su cascada
canción, siempre sonando a lejanía.
Cierra su puerta y queda bien cerrada;
sale y, por un momento, sus rodillas
se le van hacia el suelo. Pero el alba,
con peligrosa generosidad,
le refresca y le yergue. Está muy clara
su calle, y la pasea con pie oscuro,
y cojea en seguida porque anda
sólo con su fatiga. Y dice aire:
palabras muertas con su boca viva.
Prisionero por no querer, abraza
su propia soledad. Y está seguro,
más seguro que nadie porque nada
poseerá; y él bien sabe que nunca
vivirá aquí, en la tierra. A quien no ama,
¿cómo podemos conocer o cómo
perdonar? Día largo y aún más larga
la noche. Mentirá al sacar la llave.
Entrará. Y nunca habitará su casa.


Santos Domínguez

01 marzo 2012

Life. Los grandes fotógrafos

Life.
Los grandes fotógrafos.
Lunwerg. Madrid, 2011.

Desde su fundación en 1936 la revista Life promovió el ensayo fotográfico, un nuevo tipo de periodismo que tenía como eje la imagen. Con esa fórmula editorial se daba un extenso e intenso tratamiento visual a los temas que abordaba cada entrega: además de la de portada, una imagen para la apertura de cada reportaje, otra para el cierre, y en medio una secuencia fotográfica que centraba el tema, lo enfocaba y lo presentaba de modo panorámico.

De esa manera, Life se ha convertido no sólo en un referente del periodismo del siglo XX, sino en un imprescindible repertorio de imágenes que resumen casi un siglo de historia a través de una selecta y muy restringida nómina de fotógrafos que nos han dejado su mirada sobre la realidad en todos sus matices, en toda su diversidad temática, geográfica, en toda su variedad de enfoques.

En la diversidad de sus matices, estas imágenes trazan no solo la historia, también la intrahistoria del siglo XX. Algunas de ellas son ya iconos que componen una representación sustancial de lo contemporáneo, de sus contrastes y sus contradicciones.

Para conmemorar el 75 aniversario de Life, la editorial Lunwerg publica un espléndido volumen antológico que reúne varios centenares de las fotografías más significativas aparecidas en la revista. Y lo hace en un álbum organizado alrededor de los noventa y nueve autores de las fotografías y de setecientas imágenes de enorme calidad y pluralidad.

Crudas o sutiles, explícitas o alegóricas, impactantes o plácidas, en ellas aparecen personajes famosos en distintos campos junto a seres anónimos tan significativos como ellos.

Urbanas o rurales, en blanco y negro o en color, en medio de un espectáculo o en la intimidad, en interiores o exteriores tan extremos como el de un feto en un útero o el espacio, estas imágenes explican por qué gran parte de la cultura del siglo XX es visual.

De Robert Capa a John Zimmerman, de Arthur Griffin a Marc Kauffman pasando por Margaret Bourke-White, los fotógrafos que nos dejaron ese legado forman parte de un club muy exclusivo al que han accedido menos de cien estilistas, de cien artistas que firmaron un fotoperiodismo creativo.

El volumen lleva como introducción un texto de John Loengard, un veterano fotógrafo de Life, que presenta así esta recopilación:

A los fotógrafos que trabajan para LIFE les gusta retratar el mundo que los rodea, especialmente a las personas que hay en él y lo que esas personas hacen. Cada uno de nosotros cree que lo hacemos mejor que nadie (...). Desde épocas pretéritas, la tarea del escritor ha consistido en describir la forma en que se comportan las personas. Con la invención de la fotografía, esa tarea también se convirtió en la propia del fotógrafo. Pero mientras que los escritores pueden reunir material simplemente hablando con las personas, aunque sea por teléfono, a los fotógrafos les resulta imposible. Ellos y los sujetos a los que retratan deben interactuar. El sujeto ha de hacer algo de interés, enfrente mismo de la cámara… o no hay imagen. La suerte es importante, desde luego, pero para los fotógrafos no lo es menos saber lo que hay que extraer de un sujeto. Para saberlo, deben tener un punto de vista propio.

Muchos de esos fotógrafos, estuvieron en la primera línea de los abundantes conflictos del siglo XX, fueron testigos cercanos de las tragedias, aventureros solitarios que arriesgaron la vida y a veces la perdieron en el intento de fotografiar lo que serían sus últimos minutos.

Fotografiaron -siempre en tercera persona, como señala Loengard- la guerra y la paz, el amor y el odio, la música y el silencio, la furia y la tranquilidad, la alegría y la tristeza, la opulencia y la miseria.

Y lo hicieron fundiendo su misión testimonial con una innegable voluntad artística y la función documental de la imagen con su creatividad en fotografías elocuentes o sugestivas, directas o simbólicas en las que se mezclan la vida, la verdad y el conocimiento, como señala en su rememoración inicial -Haber sido fotógrafo de LIFE- Gordon Parks, uno de los primeros y mejores fotógrafos de la revista y de la historia.

La infancia y la vejez, el metro de Nueva York o las calles italianas de la posguerra, las selvas de Vietnam, los campos de concentración y las playas llenas de veraneantes, Sinatra y Dashiell Hammett, son el centro de algunas de estas fotografías que van más allá del mero concepto de ilustración para elevarse a la categoría de obras de arte por el genio creativo de estos noventa fotógrafos.

De todos ellos se traza una breve pero brillante caracterización y unos pocos, recuerda Loengard, permanecen en la memoria y se convierten en clásicos. ¿Por qué? Supongo que porque mantienen su capacidad para sorprender.”

Santos Domínguez

29 febrero 2012

Mientras los dioses juegan


Alain Daniélou.
Mientras los dioses juegan.
Prólogo de Joscelyn Godwin.
Traducción de Antonio Rodríguez.
Memoria mundi. Atalanta. Gerona, 2012.

Con un título que mejora notablemente el original de 1985, Atalanta publica Mientras los dioses juegan, la traducción de La fantaisie des dieux et l’aventure humaine, uno de los libros esenciales de Alain Daniélou.

Con traducción de Antonio Rodríguez y un prólogo de Joscelyn Godwin, Mientras los dioses juegan es un acercamiento a la visión del mundo del shivaísmo hinduista desde la urgencia de un Daniélou que en marzo de 1984 estaba seguro de que vivimos al borde de un cataclismo, pero se trata de un cataclismo causado por nuestros errores y que sólo desencadenará la locura de los hombres.

Desde esa perspectiva inicial, Daniélou expone la teoría de los ciclos con los que el shivaísmo explica el nacimiento, el desarrollo y la desaparición de las civilizaciones y la evolución y decadencia del universo, porque, como el espacio y el tiempo, la vida de los hombres y de las especies responden a ritmos ligados a periodos astronómicos que fundamentan su explicación mítica y precientífica del universo.

Tras la edad de la sabiduría, la de los ritos, la de la duda, hasta llegar a la actual, la edad de los conflictos, una edad de desórdenes que pondrá fin al ciclo de la humanidad actual, que se inició hace sesenta y dos milenios con un diluvio que está en el recuerdo atávico de todas las civilizaciones.

Como en todas las mitologías, tras una edad de oro y una posterior edad de hierro también el shivaísmo calcula un fin del mundo, le pone fecha y lo reconoce en una serie de señales premonitorias del cataclismo último.

Alain Daniélou, que quedó deslumbrado por la India y se instaló en Benarés en 1937, se convirtió al hinduismo y permaneció en aquel país hasta 1958, explica en las páginas de este volumen algunas de las claves de la cultura shivaísta: la mirada a la naturaleza, al hombre y a la historia; la aparición de aforismos que resumen una sabiduría universal como “El ciego que conduce a otros ciegos” o “Moler harina”; la importancia del cuerpo, del culto fálico y el conocimiento interior a través del yoga, el hombre social y el papel de la mujer; la transmisión de la sabiduría y las relaciones entre los maestros y los discípulos, la práctica de la sexualidad como experiencia de aproximación a la divinidad y la naturaleza del lenguaje como instrumento de transmisión del saber y de manifestación del pensamiento.


Santos Domínguez

28 febrero 2012

Los documentos póstumos del Club Pickwick


Charles Dickens.
Los documentos póstumos del Club Pickwick.
Introducción de Doireann MacDermott.
Traducción y notas de José María Valverde.
Austral. Barcelona, 2012.

Lo que empezó siendo un trabajo alimenticio para narrar veinticuatro ilustraciones sobre un club de torpes cazadores acabó siendo la primera novela de Charles Dickens.

Publicada en veinte entregas entre abril de 1836 y noviembre de 1837, Los documentos póstumos del Club Pickwick tuvo un éxito inmediato y le dio a Dickens una fama que le acompañó hasta su muerte y que le permitió abandonar el periodismo para dedicarse a la literatura.

Dickens combinó la imaginación y la acción trepidante, la extravagancia y el humor, la diversión en estado puro y la ironía en un inolvidable relato itinerante que se convirtió no sólo en un éxito editorial, sino en un fenómeno social que sobrepasó los límites de la literatura y sirvió para bautizar comercialmente puros o sombreros.

Samuel Pickwick, Sam Weller, Winkle, Snodgrass, Tupman... De entre todos los personajes que habitan esa novela, quizá ninguno tan inolvidable como Alfred Jingle, un entrañable caradura entregado al parloteo compulsivo y telegráfico, al atropellado análisis de la realidad reducida a su esqueleto esencial.

De sus “discursos espasmódicos” hablaba Cortázar en Reencuentros con Samuel Pickwick, el prólogo celebratorio que escribió para la edición de Círculo de Lectores.

Un prólogo que remataba con una carta de agradecimiento al protagonista de “una de esas obras que vuelven el mundo más soportable y divertido”, porque “forma parte de esa literatura que no se menciona casi nunca en las discusiones trascendentales pero que ocupa un lugar inamovible en la biblioteca del recuerdo.”

Para conmemorar el bicentenario de Dickens, Austral recupera la traducción, las notas y los fotolitos de la edición de Los documentos póstumos del Club Pickwick que José María Valverde preparó para Clásicos Planeta.

No es su mejor novela, tiene los defectos propios del principiante y las improvisaciones de la comercialidad con que fue planeada y sostenida entrega a entrega durante más de año y medio, pero hay en sus páginas un derroche constante de imaginación y una poderosa fuerza narrativa que hace volver a esa obra al lector que la ha visitado alguna vez.

En esa idea insiste Doireann MacDermott en la introducción a esta feliz recuperación:

Pickwick es una curiosa mezcla de fantasía y realidad, de alegría y tristeza; ello conduce a preguntarnos por qué tuvo tanto éxito cuando apareció. Tal vez ningún escritor inglés, ni siquiera Shakespeare, logró una relación tan feliz con su público como el joven Dickens.

Chesterton, que escamoteó la palmaria influencia cervantina en el trazado de Pickwick y Weller, dos variantes victorianas de Don Quijote y Sancho, hizo este elogio del novelista que es también una respuesta por anticipado a esa pregunta sobre el éxito del autor:

Dickens no pretendió mostrar los efectos del tiempo y de las circunstancias sobre los personajes, ni tampoco la influencia de estos sobre aquellas. Su meta fue retratar caracteres en una especie de vacío feliz, en un mundo situado mucho más allá del tiempo.

Eso justamente es lo que tienen los clásicos, que están mucho más allá del tiempo.

Santos Domínguez

27 febrero 2012

Vulva


Mithu M. Sanyal.
Vulva.
La revelación del sexo invisible.
Traducción de Patricio Pron.
Anagrama. Barcelona, 2012.

Esta es una pequeña historia cultural de Occidente a través de la representacion del genital femenino en la vida cotidiana, el folclore, la medicina, la mitologia, la literatura y el arte. Sin embargo, esto puede parecer desconcertante a simple vista. ¿No basta ya con que existan historias culturales del beso o de la tetera? ¿Qué conocimiento puede obtenerse de la vulva? A objeciones de este tipo puede responderse que todo el mundo es libre de tener su propio concepto del beso o de la tetera, pero casi nadie negaría que estos fenomenos existen, a diferencia de lo que sucede con el genital femenino.

Con ese párrafo comienza la historiadora cultural Mithu M. Sanyal (Düsseldorf, 1971) la introducción de Vulva, el renovador ensayo que acaba de publicar Anagrama con traducción de Patricio Pron.

Es el punto de partida de un estudio cuyo objetivo es hacer visible una realidad que por definición ha sido históricamente invisible y rebajada a la carencia de sexo o a lo oscuro, lo innombrable o lo sucio:

A través de una serie de ensayos que llevé a cabo en diferentes grupos de científicas constaté que todas podían dibujar penes pero ninguna podía representar gráficamente una vulva reconocible. Me sentí fascinada. ¿Por qué mujeres muy formadas podían reproducir genitales masculinos sin problemas al tiempo que sus propios genitales les resultaban tan extraños y misteriosos que ni siquiera podían dibujarlos rudimentariamente? Al pensar en ello, advertí que, con la salvedad de las ilustraciones médicas, tanto ellas como yo solo podíamos ver imágenes de la vulva como productos de las industrias del porno y de la higiene. Así que decidí ponerme a la búsqueda del lugar simbólico que ocupa la vulva en nuestra cultura.

De ahí que este ensayo, cuyo elocuente subtítulo es La revelación del sexo invisible, sea, además de reivindicativo, profundamente subversivo en su enfoque y en su desarrollo.

Con una perspectiva multidisciplinar que combina la etimología con la psicología social, la anatomía con la antropología cultural, la pintura con la literatura, el mito y el teatro, la iconografía y la teología y el arte contemporáneo con las mentalidades mágicas de la prehistoria, se aborda en sus diversas secciones la degradación de la sexualidad femenina en las diversas culturas y religiones.

Entre el cristianismo y el hinduismo, entre los escultores románicos y Picasso, entre la Biblia y Freud, entre San Agustín y Mallarmé, Vulva propone un recorrido por las figuras más representativas de la feminidad desde la Eva originaria y pecadora a Gypsy Rose Lee, la reina del striptease intelectual, pasando por María Magdalena, Salomé o Kali, una de las esposas de Shiva, desde El origen del mundo de Courbet a los textos explícitos de la punk Kathy Acker y a las performances de Public Cervix Announcement.

Este es un estudio pionero en su punto de vista y en su objetivo de denunciar un estado de la cuestión dominado aún por un dominio abrumador de lo fálico. Lo resume Mithu M. Sanyal en estas líneas:

En rigor, deberíamos decir que el discurso occidental no está basado en la dualidad de los sexos sino en su unicidad, puesto que ha fijado un sexo, a saber el masculino, y únicamente ha construido el femenino en oposición a él. (...) Con ello, la mujer era la portadora de la diferencia entre los sexos, la –poco valiosa– desviacion de la norma y –puesto que un ser humano completo sin pene era inconcebible– la castrada.


Santos Domínguez

25 febrero 2012

El libro de los viajes equivocados


Clara Obligado.
El libro de los viajes equivocados.
Páginas de Espuma. Madrid, 2011.

Clara Obligado nació en 1950 en Buenos Aires, donde se licenció en Literatura. Forzada al exilio por sus ideales políticos, vive en España desde 1976. Aquí ha realizado numerosos talleres de literatura creativa, ha colaborado como columnista en varios medios periodísticos y también ejerce de crítica. En 1996 recibió el Premio Lumen por La hija de Marx, una novela erótica, impregnada de humor, ambientada en la época victoriana. Con Páginas de Espuma ha publicado el libro de cuentos Las otras vidas, y ha editado las antologías de microrrelatos Por favor, sea breve y Por favor, sea breve 2.

El libro de los viajes equivocados es también un conjunto de relatos. Se trata de once historias independientes pero unidas por una conexión universal, el azar, título del cuento que inicia la obra y factor que determina el devenir de los personajes en ese viaje sin gobierno ni dirección que es la existencia. Este acervo de aventuras está dibujado como una espiral logarítmica que empuja, entrechoca y propicia la confluencia de personajes y destinos. Así ocurre en el relato Las dos hermanas, cuyo protagonista es un polaco que emigra hacia Nueva York y que acaba en el puerto de Buenos Aires porque se confunde de embarcación; ya anciano, un fotógrafo de National Geographic, y personaje de otro de los relatos, Madison, Los puentes de, le toma una instantánea que inmortalizará su presencia en el planeta.

Al concluir las páginas de este libro tenemos la sensación de haber sido testigos del inicio y el fin de un largo periplo que comienza en los albores del mundo y concluye con una vuelta a empezar del mismo trayecto, aunque quizá con la urdimbre tejida con el hilo de diferentes rumbos y otros navegantes intentando seguir la tenue luz de un faro en la oscuridad del océano.

Alba Pavón