21 noviembre 2011

Calasso. La Folie Baudelaire



Roberto Calasso.
La Folie Baudelaire.
Traducción de Edgardo Dobry.
Anagrama. Barcelona, 2011.

M. Baudelaire ha encontrado la manera de construirse, en el extremo de una lengua de tierra considerada inhabitable y más allá de los confines del romanticismo conocido, un quiosco raro, muy decorado, muy atormentado, pero coqueto y misterioso, donde se lee a Edgar Poe, donde se recitan sonetos exquisitos, donde nos embriagamos con hachís para después reflexionar sobre ello, donde se toma opio y mil drogas abominables en tazas de porcelana muy fina. Este quiosco peculiar, hecho de marquetería, de una originalidad ajustada y compleja, que desde hace un tiempo atrae las miradas hacia la punta extrema de la Kamchatka romántica, yo lo denomino la folie Baudelaire.

De ese texto de Sainte-Beuve, el crítico literario más influyente del XIX y uno de los más reticentes con Baudelaire, al que quiso ocultar tras su silencio aquel segregador de veneno, toma Roberto Calasso el título y la trama de La Folie Baudelaire, que acaba de publicar Anagrama con traducción de Edgardo Dobry.

Para quien está rodeado y como atormentado por la desolación y el agotamiento -afirma Calasso- es difícil encontrar algo mejor que una página de Baudelaire. Prosa, poesía, poemillas en prosa, cartas, fragmentos: todo sirve. Pero, si es posible, prosa. Y, dentro de la prosa, aquella sobre los pintores.

Y de pintura y literatura hablan las densas páginas de este nuevo libro de Calasso, tan lúcido y tan meticuloso como de costumbre. Un Calasso que deambula mirando aquí y allá como un flâneur por los salones y las calles, por los ambientes culturales o canallas del París de Las flores del mal y del Impresionismo. Porque este es un libro tan ligado a la mirada plástica que uno de sus aspectos más llamativos son las cincuenta y dos ilustraciones con cuadros y daguerrotipos que iluminan el texto.

La Folie Baudelaire traza un mapa cultural, artístico y vital del París de la segunda mitad del XIX, pero es también un descenso al subsuelo de aquel mundo, una bajada a los infiernos en la que Calasso se convierte en nuestro Virgilio particular, en un guía que orienta al lector y le lleva de la mano en aquel complejo laberinto en el que se cruzaron pintores y escritores geniales que engendraron la modernidad estética.

Uno de esos padres reconocidos de lo moderno es Baudelaire, quizá el que captó con más lucidez el carácter radicalmente subversivo de la irracionalidad y de lo onírico.

Una ola invasiva, un tsunami cultural, como explica Calasso:

Existe una ola Baudelaire que lo atraviesa todo. Tiene su origen antes de él y se propaga más allá de todo obstáculo. Entre los picos y las caídas de esa ola se reconocen Chateubriand, Stendhal, Ingres, Delacroix, Sainte-Beuve, Nietzsche, Flaubert, Manet, Degas, Rimbaud, Lautréamont, Mallarmé, Laforgue, Proust y otros, como si fueran investidos por esa ola y, por momentos, sumergidos. O como si fuesen ellos quienes chocaran con la ola. Arranques que se cruzan, divergen, se bifurcan. Remolinos, vórtices repentinos. Después sigue la corriente. La ola continúa su viaje, dirigida siempre hacia el «fondo de lo desconocido», de donde provenía.

Sobre el telón de fondo del clima psicológico y el ambiente social de aquel París, se perfila la imagen de Baudelaire como crítico de arte, de la pintura explicada desde la literatura, en una sincronía que conecta las dos artes: Simbolismo e Impresionismo, poetas, novelistas y pintores vinculados en un completo y complejo panorama en que se conjugan la mirada, la palabra y el pensamiento en unas páginas que se aproximan mucho a lo que pudo ser aquel tráfago creativo, aquel París que Calasso define brillantemente como un caos dentro de un marco.

El centro de este libro, su eje decisivo, es un sueño de Baudelaire, el sueño del burdel-museo, un cuento sorprendente, el más audaz del siglo XIX, más moderno que los de Poe, más áspero y abrupto, según Calasso, que reproduce la transcripción febril que hizo el poeta recién despierto.

Pero además de ese centro de gravedad, La Folie Baudelaire es una incursión en la labor de Baudelaire, más que como teórico de la modernidad, como analista de la esencia de lo moderno en el arte. Y en ese sentido, algunas de las páginas fundamentales de este libro son las que se centran en Constantin Guys, un artista al que dedicó El pintor de la vida moderna, el ensayo más bello e iluminador –explica Calasso-sobre un artista de todo el siglo XIX.

Santos Domínguez


18 noviembre 2011

Javier Salvago. La vida nos conoce




Javier Salvago.
La vida nos conoce.
Antología poética.
Prólogo de Juan Bonilla.
Renacimiento. Sevilla, 2011.

El médico me manda no escribir más. Al menos,
me pide que no ponga sobre la llaga el dedo,
que deje de arañarme por dentro como un gato
y, de escribir, que escriba con menos entusiasmo,
que me ande por las ramas –mejor, que fantasee
lo mismo que hacen otros–, que llene las paredes
de tapices, el suelo de mullidas alfombras
y dedique a Venecia y a Pisa algunas odas.
En suma, que no saque mis trapos a la calle
–si por trapos se entienden ciertas intimidades–
y que aprenda a ser pulcro, discreto y decadente
como algunos colegas bastante transigentes.
Total, para que el sueño me otorgue sus blanduras,
imitaré a la grey que aspira a ser oscura.
En un curso intensivo, me aprenderé los nombres
de cuantas telas haya y de todas las flores.
Celebraré los fastos, la gloria, la grandeza
de alguna corte antigua –mejor de ser siniestra–
y afinaré las cuerdas de mi rudo instrumento
para que en adelante suene a Renacimiento.
Si por alguna causa se me agotara el tema
siempre habrá alguna moda, liviana y pasajera,
algo que nos devuelva el sabor del pasado
o su olor, cuando menos, discretamente rancio.
Así que por la paz de un reposo perfecto
–con tal de que no deje testimonio del tiempo
que me tocó vivir–, todo vale. De acuerdo.

En Variaciones sobre un tema de Manuel Machado, que así se titula este poema, está gran parte del mundo poético de Javier Salvago (Paradas, 1950). Sus temas (los sueños fracasados, el tiempo, la vida pasada), la línea clara de su lenguaje, su tono frecuentemente irónico o la influencia de Manuel Machado en la actitud ante el mundo, en la elección de los modelos métricos y en una música que se mueve siempre entre el aire popular del arte menor y el aliento narrativo del alejandrino pareado.

Ese texto pertenece a En la perfecta edad, uno de los libros que forman parte de la antología La vida nos conoce que publica Renacimiento con prólogo de Juan Bonilla.

Desde La destrucción o el humor hasta el inédito Nada importa nada, pasando por Volverlo a intentar, Los mejores años o Ulises, que es posiblemente su mejor libro, se reúne en este tomo un conjunto representativo de la poesía de Salvago.

Una poesía unitaria en sus temas y coherente en sus actitudes, diversa en tonos, directa y coloquial, recorrida por un personaje que evoca el mundo de su infancia y su familia, el tiempo y los espacios en los que discurrió su pasado y transcurre su presente.

Un personaje que asume con dignidad y con hartazgo la derrota de los sueños y los agravios de la vida: Que la vida dolía / yo lo aprendí muy pronto, escribe en uno de sus arranques paródicos.

En ese y en muchos de los textos de Javier Salvago, el spleen, el tedio, el cinismo a la defensiva, el sostenido tono elegiaco marcan la actitud y la tonalidad de una poesía que mira al pasado más que al futuro y se reconoce más en quien fue que en el náufrago superviviente que es.

Poesía de la experiencia, línea clara y con una constante actitud confesional que destaca Juan Bonilla en su prólogo y que tiene como centro la vida que aparece en el título de la antología y al frente de un poema, de su libro Ulises, que se cierra con esta estrofa:

La vida se conoce y nos conoce y sabe
que no somos de piedra para aguantarle tanto,
que nos sobran motivos para coger la puerta
–la vida nos conoce-, y nos ata con lazos.

Santos Domínguez

16 noviembre 2011

El santo del monte Koya y otros relatos


Izumi Kyoka.
El santo del monte Koya
y otros relatos.

Traducción de Susana Hayashi.
Introducción de Carlos Rubio.
Satori Ediciones. Gijón, 2011.

Satori Ediciones, una editorial gijonesa “dedicada a dar a conocer la fascinante cultura japonesa al mundo hispano-hablante a través de obras publicadas por autores de reconocido prestigio, tanto occidentales como japoneses”, acaba de publicar un brillante conjunto de relatos de Izumi Kyoka (1873-1939), autor inédito hasta ahora en español.

Los cuentos de El santo del monte Koya y otros relatos cumplen uno de los objetivos centrales de esta editorial, “cubrir el vacío bibliográfico que existe en lengua española con respecto a la cultura nipona (...) porque creemos que éste es el mejor modo de penetrar en una cultura tan lejana pero, al mismo tiempo, tan cercana. Con este sueño nació Satori, «Iluminación», para aportar un poco de luz sobre un mundo, el nipón, que, en cierto sentido, aún sigue en penumbra.”

Una de las líneas fundamentales de este proyecto es la colección Maestros de la Literatura Japonesa, en la que han aparecido El Caminante, de Natsume Sōseki, o Namiko, de Tokutomi Roka.

Y en esa misma colección acaban de aparecer, por primera vez en lengua española y con traducción de Susana Hayashi, cuatro relatos de Izumi Kyoka, un genio, en palabras de Mishima, que vio en él la materialización más pura del espíritu romántico.

¿El más romántico de los novelistas japoneses? –se pregunta Carlos Rubio en su introducción- ¿El eslabón entre la literatura premoderna y la moderna de Japón? ¿El Edgar Allan Poe de Japón? ¿El creador de la «novela gótica» japonesa? ¿El más difícil de los literatos de la época Meiji (1868-1912)? ¿El mejor representante del simbolismo japonés? ¿El más feminista de los escritores japoneses?

Kyoka, como Koseki, vivió una época en la que Japón se moderniza y entra en conflicto con la tradición. De las dimensiones transcendentales de ese conflicto trata la literatura japonesa del periodo Meiji, que se caracterizó por la asimilación de los modelos culturales y literarios del mundo occidental.

Y en ese contexto conflictivo Kyoka fue un excéntrico que asumió el irracionalismo romántico y exploró el mundo de los sentimientos y la otra realidad de las apariciones fantasmales.

Minoritario, autor de culto, ensimismado y anacrónico, dueño de una mirada ensimismada e independiente, el pesimismo, la rebeldía, la defensa del individualismo frente a la sociedad, las protagonistas femeninas, la evasión y la fantasía son algunas de las claves de su universo narrativo.

Este volumen reúne cuatro de sus relatos fundamentales: El quirófano, con el que obtuvo su primer reconocimiento entre los lectores; El santo del monte Koya, su obra más emblemática, un relato sobre el viaje prodigioso de un monje a través de un desierto montañoso propicio al misterio. Es mucho más que un mero relato de fantasmas, mucho más que una simple secuela de Poe. En palabras de Carlos Rubio, ese texto fijó los mitos centrales de su universo, del que forman parte también los otros dos relatos de este libro: Un día de primavera, la ensoñación de dos hombres seducidos por la misma mujer, y La mujer carmesí, otro relato esencial y sorprendente de su obra de madurez.

Santos Domínguez

14 noviembre 2011

La invención de la Generación del 27


Manuel Bernal Romero.
La invención de la Generación del 27.
Berenice. Córdoba, 2011.

Pocos conceptos habrá más desprestigiados y pocos métodos habrá más inservibles y perturbadores en los estudios literarios que el de las generaciones. Hace ya tiempo que Ricardo Gullón lo explicó lúcidamente en un memorable ensayo, La invención del 98, quizá no suficientemente leído por algunos sectores de la crítica y la didáctica de la literatura española.

Acaba de aparecer en Berenice un libro de Manuel Bernal Romero sobre otra invención, la del 27, un rótulo tras el que se esconde una nómina desigual de poetas valiosos cuya obra ha ido creciendo en lectores y en influencia con el tiempo y de acompañantes y palmeros a los que ese mismo tiempo ha pulverizado sin misericordia.

Basándose en declaraciones, cartas y notas de prensa, Manuel Bernal Romero ha escrito un libro desmitificador que da una nueva interpretación sobre las circunstancias que rodearon la invención del 27 y su presentación en público; sobre la fotografía del intranscendente homenaje a Góngora en el Ateneo de Sevilla a mediados de diciembre de 1927, en la que no aparecen ni Salinas, ni Aleixandre, ni Cernuda; sobre los pormenores de aquella excursión en tren a la gloria que sufragó Sánchez Mejías; sobre las gamberradas, las polémicas y los rechazos que provocó la celebración gongorina y sobre los intereses promocionales de aquella sociedad anónima en palabras de Bergamín, aunque en realidad fuera una sociedad limitada.

Es bien sintomático que los muñidores y propagandistas del grupo y su advocación gongorina fueran Gerardo Diego y Dámaso Alonso, los poetas por los que ha pasado peor el tiempo, o un charlista ágrafo como Pepín Bello.

Y aún más sintomático que Cernuda, que no está en la foto, haya ido creciendo en prestigio. Y entre unos y otros, la reticencia de Lorca, la sensación de Alberti de que aquel homenaje había sido un desastre, “un gran fracaso”, o la renuncia de Salinas a participar en él.

La invención de la generación del 27 narra desde dentro y desde fuera la intrahistoria y la apariencia de aquellos fastos, menos presentables, menos unánimes y en el fondo más divertidos de lo que suele contarse.


Santos Domínguez

11 noviembre 2011

El niño que bebió agua de brújula



Julio Mas Alcaraz.
El niño que bebió agua de brújula.
Calambur. Madrid, 2011.


Los textos de El niño que bebió agua de brújula, el último libro de Julio Mas Alcaraz que publica Calambur, crean su propia lógica, construyen un contenido semántico autónomo y se vinculan entre sí con una sintaxis secreta y coherente.

La vinculación estética de Julio Mas Alcaraz con John Ashbery -de quien hizo una celebrada traducción de El juramento de la pista de frontón- y con Antonio Gamoneda, que firma el texto introductorio, Frontispicio para Julio enloquecido por los límites, lo convierte en un poeta ambicioso y consciente que encarna el modelo de la escritura inconformista y se rebela contra las limitaciones de la realidad, de la existencia y de las palabras, porque vive la “sed de desvarío” que destaca Gamoneda en su presentación y sabe que, como dice el maestro, “la verdad es necesariamente incomprensible.”

El niño que bebió agua de brújula -Nuestras madres, de pequeños, cada mañana, nos daban una cucharada de agua de brújula- es una incursión en el subsuelo del dolor y en la noche, en la pregunta y en el grito, un libro sustentado en la intensidad emocional más que en la articulación racional de la realidad o de las secuencias temporales.

Porque estos poemas organizan su tiempo en “el orden de la memoria” que entiende el dolor y el vacío de las pérdidas. Porque este es un libro dictado por el dolor, escrito con tinta amarga y con la lluvia detenida en el frío de la noche del desamparo y del grito:

En la ira de tu muerte corto mi cara y lleno la ciudad de aullidos.

Este es un libro visionario, duro y punzante en el que los abismos existenciales y los vacíos vertiginosos se salvan a través de la palabra y la memoria, porque “el dolor más agudo y lento busca el recuerdo” para recomponer el orden de un mundo que ya es un espejo roto en mil fragmentos.

Y desde lo mineral, desde la degradación de lo vegetal y los bosques incendiados, desde los pájaros enfermos, el poeta se remonta a las montañas, baja a los infiernos, a los desiertos dunares y a los mares contaminados para remontarse al árbol y exprimir la pulpa de la granada y para oír la circulación de la savia blanca de la higuera.

Porque al final, como en el Canto de San Juan que cierra este libro, aquí se celebra un nacimiento, no una muerte.


Santos Domínguez

08 noviembre 2011

Francisca Aguirre. Los maestros cantores


Francisca Aguirre.
Los maestros cantores.
Prólogo de Olvido García Valdés.
Calambur 20 años. Madrid, 2011.

Tres preguntas en octava para Franz Kafka -¿Cómo pudo vivir un dinosaurio sabiéndose pretérito imposible y escribiendo su historia en alemán?-; un Manrique fluvial y cotidiano, argonauta del tiempo; la prosa endecasilábica para preguntar serenamente ¿qué hacías tú en la guerra, Garcilaso? y para lamentar el error cronológico de Teresa de Ávila, que nació –pero a quién se le ocurre haber nacido entonces- en tiempos infames, cuando lo suyo era el futuro; la lección imposible de Juan de Yepes al caer la tarde...

Los maestros cantores, de Francisca Aguirre, es un libro de preguntas y de afirmaciones, de admiraciones y de dudas. Entre unas y otras, entre la perplejidad y el dolor, entre la gratitud y la piedad, sus poemas en prosa arrancan, como toda su obra, de esa “pena irreversible” de la que habla Olvido García Valdés en su prólogo.

Desde ese lugar de la palabra y del corazón pregunta a Quevedo –¿fue tuya alguna vez la oscura dicha?-, a Lope –¿quién iba a imaginarte solo y triste?-, agradece a Cervantes –mientras sigas velando por nosotros, nada podrán hacernos los verdugos-, comprende a Hölderlin –¿cómo no ibas a naufragar en las tinieblas?-, consuela a Bécquer –algunos muertos jamás se quedan solos- o evoca a Emily Dickinson detrás de la ventana: ¿qué ríos navegables en tus sueños?

Con la cadencia musical del universo por la que se pregunta a Rubén –¿cantan los astros para ti, Darío?-, con el ritmo sereno del endecasílabo o con la solemnidad del alejandrino, los poemas en prosa de Los maestros cantores responden a una vocación musical de la palabra que está presente ya en el título de este libro que se publicó por primera vez en Ensayo general, el volumen en que Calambur editó la poesía completa de Francisca Aguirre hasta el año 2000.

Un Antonio Machado sereno y desolado -¿quedan violetas?- junto a su hermano decadente y sevillano –¿has conseguido ser un buen banderillero?-; una Rosalía experta en aguaceros –¿llueve también por dentro, Rosalía?- y en saudades; Rilke entre las torres tristes de Duino –¿cómo te fue en aquellos corredores?-; un Kavafis de luz y de sombra –¿qué soñabas despierto, Constantino Kavafis?-; Alfonsina Storni en un mar de hierba –¿nadie escuchó tus gritos subterráneos?-; Delmira Agustini, que amó el fuego porque era el fuego-; una tarde con Juan Ramón –todo en ti fue milagro-; la evocación desde la Baixa de Lisboa de un Pessoa triste y distante; César Vallejo, muerto inmortal; Cernuda en su larga espera del alba –qué extraña realidad te regaló la Historia-; Federico entre arrayanes y cipreses –no creo que hayas muerto, y menos para siempre-; Neruda y la gran caracola torrencial de sus poemas –¿se ve bien Machu Picchu desde arriba?-, un Miguel Hernández dulce y viril, erguido sobre el milagro irrepetible de sus versos; Santos Discépolo apoyado en un velador en un cielo con bandoneones y ginebra –¿hay ginebra en el cielo, Discepolín?-; Borges el desdichado –¿cómo es que siempre que te busco encuentro al otro?; Luis Rosales, dueño de la piedad y el albedrío, qué difícil vivir sin escucharte.”

Y al final, tras todos esos nombres memorables, los maestros anónimos de la poesía popular –En Ávila mis ojos, dentro en Ávila...-, los secretos autores de las letras del flamenco, los dueños del habla, los amos de la lengua.

Con todos ellos, estos poemas intensos de Los maestros cantores -a la gente le gustan los entierros y no sabe qué hacer con los endecasílabos –fundan un espacio poético de libertad y verdad y construyen el homenaje de gratitud a esos referentes no solo literarios, sino éticos y vitales.

Es la poesía como espacio de salvación, la poesía como cosa cordial de la que habló uno de los maestros más inagotables y queridos por la autora, Antonio Machado, padre y maestro oscuro entre los álamos del Duero.

Los edita, también memorablemente y exentos por primera vez en un volumen, Calambur en la espléndida colección conmemorativa de sus 20 años.

Santos Domínguez

07 noviembre 2011

Historia de las ideas literarias en España


Historia de la literatura española.
8. Las ideas literarias. 1214-2010.
José María Pozuelo Yvancos (dir.)
Crítica. Barcelona, 2011.


Las ideas literarias. 1214-2010, el octavo volumen de la renovadora Historia de la literatura española dirigida por José-Carlos Mainer que publica la Editorial Crítica, es una de las entregas más esperadas de esta obra monumental.

Aparte de sus nuevos enfoques y de la nueva disposición de materiales en los tomos dedicados a la historia de la literatura en las distintas épocas, las novedades más llamativas del proyecto son dos volúmenes transversales: el que acaba de publicarse -Las ideas literarias- y El lugar de la literatura española, que analizará las relaciones de la literatura española con las de otras lenguas peninsulares (catalana, gallega, vasca) y europeas o con la literatura hispanoamericana.

El primero de esos dos volúmenes transversales, dirigido por José María Pozuelo Yvancos, aborda en un espléndido panorama de conjunto la formación de las teorías literarias y la práctica de la crítica como exponente del canon literario en España a lo largo de ocho siglos, desde 1214 hasta 2010.

Desde la muy desfasada –lo estaba ya en origen, no digamos hoy- y tendenciosa Historia de las ideas estéticas de Menéndez y Pelayo, no se había vuelto a acometer un estudio de conjunto tan ambicioso como este octavo tomo -Las ideas literarias- de la Historia de la literatura española.

Coherentemente con la estructura del conjunto de que forma parte, la organización interna de este tomo en capítulos –cada uno firmado por un especialista- responde en términos generales a la misma secuencia temporal por la que se ha regido el resto de los volúmenes.

El cambiante concepto de lo literario, la evolución histórica de las ideas literarias -lo que los clásicos llamaban la Poética- y las variaciones del gusto lector constituyen el objeto de esta nueva propuesta que hace efectiva la colaboración entre teoría e historia de la literatura y que ofrece enormes posibilidades de desarrollo.

Y así, desde los orígenes del pensamiento literario (1214-1513) hasta los contextos más recientes en que se desarrollan la pragmática, la hermenéutica o los estudios de literatura comparada, se realiza un recorrido que pasa por las artes de trovar y la gaya ciencia, por las propuestas del humanismo y el canon poético italianista, por las polémicas barrocas entre neoaristotélicos y neoplatónicos, por la ética como estética en el pensamiento ilustrado, por la modernidad antinormativa de los románticos y la voluntad documental y objetivista del realismo, por el historicismo positivista a la conjunción contemporánea de filología, crítica y teoría, que encontró uno de sus mejores momentos en la escuela española de Estilística.

A ese mismo criterio de organización responden los 53 textos de apoyo que, como en el resto de las entregas, constituyen una parte fundamental de este volumen. Textos canónicos como la Carta Prohemio del Marqués del Santillana, los comentarios de Herrera y El Brocense a la poesía de Garcilaso, las reflexiones literarias de Cervantes, la Agudeza y arte de ingenio de Gracián, la Poética neoclásica de Luzán y los ensayos literarios de Feijoo, los escritos de Jovellanos y Blanco White, los artículos de Larra, la crítica naturalista de Clarín, los ensayos azorinianos, los enfoques filosóficos de Ortega y María Zambrano o las reflexiones contemporáneas de Juan Benet o de Claudio Guillén.

Tanto el estudio teórico como los textos de apoyo permiten descubrir un hilo conductor que da continuidad y coherencia a ochos siglos de escritura, permiten la lectura unitaria de una tradición no demasiado alejada en ese lapso temporal del resto del canon literario europeo.

En el prólogo general de esta Historia de la literatura española, José-Carlos Mainer adelantaba el planteamiento de Las ideas literarias que aparecen ahora.

Escribía allí Mainer estas palabras que sintetizan el sentido de esta obra: ofrecemos una historia de las ideas literarias en España que considerará de un modo más sistemático que en los volúmenes precedentes la transmisión de los saberes literarios, las peculiaridades de la difusión de lo escrito, (del manuscrito al códice y al libro), los cambios en la consideración de la figura del autor, el alcance de los tratados de estética y los de poética y retórica, la huella del ejercicio de la crítica pero también de las antologías, y –por supuesto- la construcción de la historiografía literaria, así como el nacimiento y desarrollo del concepto mismo de literatura española, un tema que hoy goza de notable lozanía bibliográfica.

Para comprobar esa lozanía, nada mejor que la completa bibliografía que se recoge al final del volumen. Un volumen que, como el resto de los que integran esta Historia de la literatura española, marcará un punto de inflexión en los estudios literarios hispánicos.


Santos Domínguez

04 noviembre 2011

Lee Master. Acta del juicio


Edgar Lee Masters.
Acta del juicio.
Edición de Teresa Barba y Andrés Barba.
Pre-Textos. Valencia, 2011.

Elegid una vida al azar y estudiadla:
alegra, complica, y afecta a otras vidas,
se extingue. ¿Qué es lo que queda?
El destino arroja una piedra y el círculo de su vibración
alcanza las orillas más remotas.

Un libro así sería interminable;
si hubieran de seguirse todas las ondas, las huellas
de una vida cualquiera –pongamos por caso la de Elenor Murray
cuya vida fue humilde y cuya muerte fue trágica.

Así comienza Acta del juicio (Pre-Textos), un libro de Edgar Lee Masters (Kansas, 1868 –Pennsylvania, 1950), el excelente escritor que abrió el camino de la literatura norteamericana contemporánea con una actitud crítica frente al naciente imperalismo de su país.

Su Antología de Spoon River fue un libro más determinante para el rumbo de la poesía en inglés que las Hojas de hierba de Whitman. Un libro imprescindible para quien quiera conocer algunas claves de la literatura actual.

De ese conjunto de epitafios de Spoon River procede gran parte de la literatura norteamericana contemporánea. No sólo la poesía, sino también la narrativa de los últimos cincuenta años.

Y, como los mejores libros de poesía, también esta Acta del Juicio se lee como una novela:

He escrito un libro
llamado Acta del Juicio, un censo espiritual
de nuestra América
(...)
este libro sobre la muerte de Elenor Murray
no es un libro sobre tragedias, aunque muestre también
cómo el destino fue urdiéndose a su alrededor, y cómo otras almas
tocaron su alma, sino un libro también de la casa,
de la riqueza y pobreza, de la debilidad y la fuerza
de esta nuestra nación.

Como ocurre con la Antología de Spoon River, los versos de Acta del juicio desarrollan una novela que tiene como protagonista a Elenor Murray: un relato que comienza con su nacimiento y que pasa inmediatamente, en un salto temporal que significa un giro inesperado de la acción, a la aparición de su cadáver un 7 de agosto junto al río Illinois y sin signos de violencia.

Desde ese momento se inicia un proceso retrospectivo en el que el solitario juez Merival, otro personaje fundamental como hilo conductor, recopila pruebas y pistas que darán a conocer la vida humilde de Elenor Murray, que nació y vivió en Starved Rock, cuyo nombre antiguo era Precipicio solitario, un topónimo que simboliza su vida y prefigura su destino.

Ese lúcido solitario entre libros que es el juez Merival va reuniendo testimonios para esclarecer el camino que había abocado a la protagonista a ese final trágico. Y así va creciendo un complejo árbol de historias en el que se superponen y ramifican las distintas perspectivas de quienes convivieron con ella o fueron testigos de sus distintas peripecias: sus padres; Alma Bell, su amante homosexual; su tío suicida Gregory Wenner, sospechoso de su muerte; el doctor Trace, que hace la autopsia y explica sus deducciones del análisis de las vísceras; el reverendo Percy Fergusson, un predicador puritano atormentado por sus propias críticas; Gotlieb Gerald, ruinoso y erudito vendedor de pianos; Mary Black, enfermera voluntaria como ella en la Francia de la Gran Guerra; el detective Loveridge Chase y el destinatario de sus cartas de amor, Barret Bays, el único testigo de su muerte.

Tras la transcripción parcial de las cartas de Elenor Murray, que constituyen el último testimonio, se produce la deliberación del jurado y el veredicto del juez.

Pero eso no es lo decisivo. El verdadero veredicto sobre la vida y la muerte de Elenor Murray lo había aportado Barret Bays, el personaje crucial en su vida, que, convertido en portavoz del propio Lee Masters, hace una metáfora crítica de América cuando habla de su amante:

¿Quién fue esta mujer?
Esta Elenor Murray fue América:
corrupta, traicionada y traidora, se mintió a sí misma,
medio disciplinada y medio letrada, grosera e inteligente,
esclavizada pero ansiosa de libertad, valiente y tosca,
cobarde, andrajosa e hipócrita,
generosa, amable, noble, creyente,
despreció los mismos rituales que adoptó, temerosa
de Cristo al que tanto amaba, aventurera,
curiosa, mediocre, fácil de sobornar, hambrienta
de dinero, de viajes y experiencias, inquieta y sin reposo,
reservada. Antes de que nadie en el mundo decidiera
actuar y hablar de sus ideales, ella había salido ya afuera
a llevar a todos su libertad, se hubiera atragantado
de libertad en su propia casa. Y así fue porque
así se la había educado, porque eso fue lo que respiró
en este lugar en el que había nacido y crecido.

Santos Domínguez

02 noviembre 2011

Vidas de Pitágoras


David Hernández de la Fuente.
Vidas de Pitágoras.
Atalanta. Gerona, 2011.

A medio camino entre la historia y la leyenda, entre lo apócrifo y lo mágico, entre la filosofía y la ciencia, entre la música y la religión, la figura de Pitágoras atraviesa la historia del pensamiento occidental de los últimos veinticinco siglos.

Filósofo y chamán, astrónomo y orador, Pitágoras formuló una imagen del mundo en clave numérica, creyó en la inmortalidad del alma y en la reencarnación, oyó la música de las esferas astrales y percibió el movimiento armónico del universo. Su pensamiento originó una secta y sus seguidores fundaron un movimiento político que tuvo consecuencias trágicas.

Desde el siglo VI a.C., en que aún se confundían el mito con la historia y la poesía con la filosofía, el adjetivo pitagórico califica a una decisiva tradición literaria y filosófica que arranca de la figura legendaria y carismática de Pitágoras de Samos y de sus innumerables seguidores.

Hijo de Apolo, o avatar hiperbóreo del dios, según algunas tradiciones, sobre su vida se desarrolló entre el siglo I a. C. y el X d. C. una literatura abundante y tardía, distante de los hechos y emparentada con el neoplatonismo, que tuvo sus secuelas en la tradición medieval y en el idealismo renacentista en que confluyó su herencia con la de Platón y con el cristianismo.

A separar la realidad de la leyenda y a fijar la dimensión histórica y el legado cultural de Pitágoras se dedica David Hernández de la Fuente en las Vidas de Pitágoras que acaba de publicar Atalanta en su colección Memoria mundi.

Organizado en dos partes, la primera sección del volumen, un amplio estudio titulado Mediador con lo divino, es un lúcido ensayo que aborda la transcendencia cultural del inventor de la Filosofía. La segunda parte agrupa por primera vez en español, con una nueva traducción anotada, las biografías de Pitágoras que escribieron los antiguos Diodoro de Sicilia, Diógenes Laercio, Porfirio de Tiro, Jámblico de Calcis y Focio de Constantinopla, además del breve epítome que la enciclopedia bizantina Suda dedicaba al filósofo.

Son las biografías que construyeron, muchos siglos después, una imagen legendaria de Pitágoras, al que se le atribuía por ejemplo la formulación de un teorema que conocían en Babilonia dos mil años antes.

El esclarecimiento de la compleja biografía de Pitágoras frente a las falsificaciones, el estudio de la enorme variedad de temas que afrontó, la transcendencia de su pensamiento en la historia de las ideas, y sobre todo la original propuesta de ver en su figura una encarnación del chamanismo griego son las aportaciones fundamentales de este volumen que, como señala el autor, puede ayudar a superar la escisión entre las dos facetas de la secta, entre su escuela antigua y la nueva: la idea de Pitágoras como mediador a la par mántico y político. Esta visión presenta una combinación característica del pensamiento religioso de la Grecia arcaica, la que aúna adivinación y vida cívica.

Santos Domínguez

31 octubre 2011

Carmen Martín Gaite. El proceso de Macanaz


Carmen Martín Gaite.
El proceso de Macanaz.
Historia de un empapelamiento.

Prólogo de Pedro Álvarez de Miranda.
Siruela. Madrid, 2011.

Leyendo, un día de otoño de 1962, el libro de Ferrer del Río Historia del reinado de Carlos III, me asomé, en su prólogo, a la desgraciada historia de don Melchor Rafael de Macanaz, cuyo nombre, denigrado y unido al de «regalismo», apenas si me sonaba de mi lectura de la Historia de los heterodoxos, de Menéndez Pelayo.
Desde aquel momento, mi curiosidad por completar tan confusa y arrinconada historia fue
creciendo tan ardientemente que el deseo de ahondar en el inexplicable proceso que llevó a Macanaz a la fama, al destierro, a la cárcel y a la muerte, llegó a sustituir en mí a todo otro proyecto intelectual.
Algunas personas, que conocían mi anterior dedicación a la literatura, se extrañaron de este inesperado derrotero y aun hubo quien llegó a indignarse seriamente al comprobar lo absorbente y terco de este nuevo afán por seguirle el rastro a un muerto que, según ellos, se cruzaba en el camino de mi auténtica vocación. Esto, aparte de que es muy discutible, nos llevaría a pensar en la relación que pueden tener las historias falsas con las verdaderas, y a otras muchas cuestiones que no son del caso, como, por ejemplo, la de poner en duda el que uno tenga que atenerse implacablemente a una dedicación fija.

Así explicaba su autora la génesis de este El proceso de Macanaz que Siruela acaba de incorporar a su Biblioteca Carmen Martín Gaite. Como sus Usos amorosos del dieciocho en España, esta monografía se ha convertido no sólo en una referencia imprescindible, sino también en un clásico de los estudios sobre el siglo de las luces.

Cuando alguien con el talento literario, la fluidez de la prosa y la capacidad narrativa de Carmen Martín Gaite aborda el género ensayístico, el lector tiene la garantía de que va a leer un relato atractivo que se superpone a la investigación sin que eso implique abandonar la lucidez del análisis y el rigor del estudio.

Y eso es lo que ocurre con este libro, que desde el subtítulo -Historia de un empapelamiento- hace al lector cómplice de la narración de la peripecia biográfica de aquel Melchor de Macanaz que nació en 1670, en el reinado catastrófico de Carlos II, desarrolló su actividad política reformista con Felipe V, padeció treinta y tres años de destierro en Francia y diez de prisión con Fernando VI, y murió a los 90 años, en 1760, cuando empezaba a reinar en España Carlos III, que le había otorgado poco antes su real perdón.

Esta es una biografía que recorre la historia del personaje: sus tentativas de ascenso, el apogeo político que se concretó en los proyectos de desamortización y de abolición de privilegios forales y en su intento de acabar con la inmunidad eclesiástica, y la prolongada caída en desgracia de aquel reformista que chocó con la resistencia inmovilista de la Iglesia, con el poder disuasorio de la Inquisición, con la España oscurantista que apestaba aún a la cadaverina de los últimos Austrias.

Pero este libro va más allá de los límites de la biografía individual de Macanaz y de la peripecia jurídica del proceso y empapelamiento que sufrió aquel adelantado a su tiempo, aquel político en desgracia que acabó convertido en un grafómano infatigable y mediocre que producía una ingente cantidad de escritos que desde el exilio salían en busca de un interlocutor que no encontraron en las pocas luces de aquella España lamentable, sombría y atrasada.

Lo destaca Pedro Álvarez de Miranda en su prólogo, que titula elocuentemente Macanaz encuentra, por fin, interlocutora: tuvieron que pasar más de doscientos años desde su muerte para que Macanaz encontrara por fin su interlocutora en Carmen Martín Gaite, que dedicó seis años de estudio, de documentación y de escritura a ese diálogo con su personaje y con las circunstancias que condicionaron su existencia y su actividad política, “una desgraciada historia”, en palabras de la autora.

Una historia individual rodeada hasta entonces de niebla, de contradicciones, de falsificaciones y silencios. Y una vida novelesca perfilada contra el telón de fondo de aquella España conflictiva y escindida de los primeros Borbones, porque –como afirma Carmen Martín Gaite- la vida de Macanaz, ni siquiera examinada en todo su conjunto, sería tal vida sin una continua referencia a las oscilaciones y progresivo desenvolvimiento de la España de principios del XVIII.

Santos Domínguez