Reseñar libros malos no es sólo una pérdida de tiempo, sino también un peligro para el carácter (W.H. Auden)
01 noviembre 2019
Antonio Gamoneda. Esta luz. Volumen 2
08 abril 2020
Antonio Gamoneda. La pobreza
03 febrero 2017
Antonio Gamoneda. La prisión transparente
07 diciembre 2012
Antonio Gamoneda. Canción errónea
Canción errónea.
Tusquets. Barcelona, 2012.
Entre la luz y la oscuridad, entre el olvido y la memoria, entre la elegía y la celebración matizada de desesperanza, entre la indiferencia y la ira, Canción errónea es una nueva manifestación de la densidad poética de Antonio Gamoneda, que ha reunido en este libro algunos de sus poemas menos elípticos y más directamente confesionales.
Amo este cuerpo viejo y la sustancia
de su miseria clínica.
El olvido
disuelve la materia pensativa
ante los grandes vidrios
de la mentira.
Ya
todo está dirimido.
No hay causa en mí. En mí no hay
más que cansancio y
un antiguo extravío:
ir
de la inexistencia
a la inexistencia.
Es
un sueño.
Un sueño vacío.
Pero sucede.
Yo amo
todo cuanto he creído
viviente en mí.
Amé las manos
grandes de mi madre y
aquel metal antiguo
de sus ojos y aquel
cansancio lleno de luz
y de frío.
Desprecio
la eternidad.
He vivido
y no sé por qué.
Ahora
he de amar mi propia muerte
y no sé morir.
Qué equívoco.
Con la serenidad que otorga la indiferencia y la conciencia de la pérdida, con dudas y con contradicciones que son señales de vida, Gamoneda asume su “ser para no ser” en textos memorables como este:
Un desconocido habita en mí. Agoniza y, para agonizar, utiliza mi corazón.
Pienso en mi padre enloquecido por la visión de frutos muy frescos, pienso en el amor y en la morfina. No. No es mi padre. Pero, entonces, ¿quién agoniza en mí?
Cabe que yo mismo sea el desconocido y que mi corazón no sea mío aunque yo ponga en él sus latidos. Cabe.
En realidad no hay problema. En cualquier caso, yo voy a ser, ya estoy siendo, huérfano de mí mismo.
11 julio 2016
Antonio Gamoneda. Niñez
21 diciembre 2006
Antología de Antonio Gamoneda

Antología poética.
Selección e introducción de Tomás Sánchez Santiago.
Alianza Editorial. Madrid, 2006.
Poeta de la extralimitación llama Tomás Sánchez Santiago a Antonio Gamoneda en La armonía de la tormenta, el enjundioso y contenido prólogo que ha escrito para introducir la lectura de esta Antología poética que acaba de editar El libro de bolsillo de Alianza Editorial.
Y es que si la poesía es casi siempre una experiencia extrema de límites, lo es más en un poeta como Gamoneda que no está por encima de las modas, sino por debajo, porque en su poesía hay algo profundamente telúrico que tira de nosotros hacia abajo, un río subterráneo y torrencial, una voz sumergida y oculta, no tan secreta como acallada por la censura en el franquismo.
De Gamoneda hemos aprendido sus lectores a convivir con la luz del plomo, con la injusticia y la soledad, a soportar el peso del mercurio, el temblor del azufre y el óxido que sabe a una desaparición y tiene el mismo olor que la tristeza. A entender que para un poeta un libro es una aparición y un poema,"un pensamiento que canta."
A las ediciones más asequibles: la generosa recopilación que Miguel Casado hizo en Edad para Cátedra Letras Hispánicas; el Libro del frío y el Libro de los venenos que publicó Siruela y Esta luz (Galaxia Gutenberg) se suma ahora esta excelente Antología poética, que planteaba a su editor literario una dificultad especial. Consciente del riesgo de antologar una escritura tan radicalmente unitaria como la de Gamoneda, Sánchez Santiago ha utilizado con destreza como hilo conductor una serie de elementos temáticos y expresivos que contienen las claves de la unidad de la obra del último premio Cervantes.
Y especialmente el tiempo y el espacio como ejes referenciales de su evolución poética. Una evolución marcada por la temporalidad hasta Descripción de la mentira y por la abolición del tiempo en favor de una poética de lo espacial a partir del Libro del frío. O, lo que es lo mismo, el paso del canto a la contemplación a través de palabras e imágenes de una enorme fuerza expresiva.
Imágenes y palabras fundidas en el magma oscuro de la memoria violenta y armónica que vive en el armario lleno de sombra del que surge una poesía que no se comprende con la inteligencia racional, sino de otra manera más intensa, más primaria, más duradera:
un fruto con la boca, una luz con los ojos.
18 septiembre 2013
Gamoneda. Antología poética
16 diciembre 2022
Antonio Gamoneda. Libro del frío
14 diciembre 2022
Antonio Pereira. Todos los cuentos
14 septiembre 2009
Un armario lleno de sombra

Un armario lleno de sombra.
Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores.
Barcelona, 2009.
Así comienza Un armario lleno de sombra, la memoria de la infancia de Antonio Gamoneda que publica Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores. Dos años después de la muerte de su madre, el poeta abrió el armario en el que se almacenaba el pasado en forma de objetos y olores:
Las manos de mi madre eran grandes. Las ponía en mi frente queriendo medir una fiebre que quizá no existía y yo me acostumbré a sentir reunidos el olor a lejía y la ternura. Las manos fueron grandes en años lejanos; no más tarde, cuando descansaron frías sobre la manta roja que envolvía sus piernas. Las venas, gruesas en otro tiempo, se habían unido en una blancura hasta entonces inexistente.
También era difícil reconocer sus ojos, que habían sido ágiles aunque pareciesen siempre cristalizados en el cansancio. Se hicieron más grandes (se había dilatado su iris o se habían retirado sus párpados) y no había en ellos oscuridad ni señales de pensamiento. Tras la córnea, inexplicablemente azul o carente de color, no lo sé bien, permanecía una mirada interrogante y quieta. Había desaparecido la precisión de la pupila pero no la mirada. La transformación de sus manos y sus ojos duró cinco años, quizá más. Murió suavemente, dejando caer con cuidado la cabeza sobre la clavícula izquierda. Estábamos en la galería y el sol se retiraba ya del frontón blanco de las casas vecinas. Yo estaba dándole de comer.
No son unas memorias al uso, sino una incursión inmisericorde en la sombra, en lo turbio. Para rescatar esa memoria herida, Gamoneda evoca su vida hasta los catorce años en un ejercicio de prosa que quiere evitar las trampas que inventa la memoria y proyecta una luz potente sobre buena parte de su obra poética, marcada por esos años cruciales.
Un armario lleno de sombra escribe la memoria de la infancia con intensidad poética que se superpone a la voluntad narrativa en una serie de secuencias en las que las sensaciones, mezcladas sinestésicamente, se convierten en la base del recuerdo:
Ahora, cuando los gritos vienen a mi memoria, se manifiestan como visiones. En mi cerebro se pronuncian cuchilladas amarillas. Los gritos eran y son amarillos. Sucede. No sé por qué.
El pasado tiene en este libro la forma de los sonidos de la casa familiar y de la calle. Es el recuerdo construido con la materia elemental de la percepción de los olores o los sonidos, con su existencia anterior al pensamiento, porque la vista, el oído o el olfato generan las percepciones primarias que crean la memoria y preparan la comprensión de lo sórdido, lo oscuro, lo vergonzoso, la enfermedad o la pobreza.
Tras la experiencia de la brutalidad, el sadismo y la pederastia frailunas en un colegio de agustinos, desviaciones elevadas a práctica pedagógica habitual en los colegios religiosos de la posguerra inmediata y las décadas posteriores, el libro se interrumpe cuando el niño va a dejar de serlo, pero las experiencias decisivas en su relación con la palabra se han producido ya. De una de esas experiencias escribe el poeta:
En mi vida de adulto, no he encontrado nada más decisivo en relación con la palabra poética. Aquel niño deslumbrado me dejó claro para siempre que el lenguaje de la poesía se sabe y entiende (...) en el exterior del lenguaje conversacional o informativo.
No son unas memorias convencionales, sino una exploración radical en un pasado doloroso del que surgiría el presente del hombre y el poeta. Muchas de las claves de su obra, de su relación con la realidad, de sus imágenes y su trato con la palabra tienen su origen en ese pasado infantil y por eso, al hilo del relato, se evocan algunos fragmentos de su poesía en este libro que ilumina muchas zonas oscuras de la poesía de Antonio Gamoneda.
22 abril 2007
Blues castellano
Lectura de Elena Medel.
Bartleby Editores. Madrid, 2007
Como un libro de contraseñas lo define Elena Medel en su lectura, que titula La canción del solitario. Una lectura profunda y demorada de las sílabas negras de estos textos, de la reiterada tristeza de estas canciones tristes del pobre. Canciones que miran al fondo negro del corazón, a la zona más turbia de la vida.
Escritos en la primera mitad de los sesenta, los paró primero la censura y luego el propio Gamoneda. Se publicaron en 1982 y fueron revisados para la edición de su poesía completa (Esta Luz) en 2004.
Blues castellano es una obertura en la que se incoan temas y actitudes de los libros posteriores: el dolor, el tiempo, la creación poética y la tristeza expresados a través de un lenguaje que es ritmo cordial y respiración desolada.
Por sus anticipaciones y por lo directo de su lenguaje, quizá sea esta la mejor puerta de entrada en el complejo mundo poético de Gamoneda.
Porque en este libro la poesía no es oscura sino que es el resultado de una realidad oscura, los poemas de Blues castellano nacen de una sensibilidad conmovida para conmover al lector con su canción oscura y triste.
El mismo poeta ha explicado que aquí buscó la armonización de intereses éticos y sociales con los poéticos y el resultado fueron estos textos, una canción sencilla enraizada en una certeza básica: que los hombres mueren y no son felices.
Dolor y conjuro, canto y letanía conviven en la expresión de un sujeto poético que es a la vez víctima y verdugo, como en Remordimiento:
Mi vergüenza es tan grande como mi cuerpo,
pero aunque tuviese el tamaño de la tierra
no podría volver y despegar
el cable de aquel vientre ni enviar
la carta del soldado
Blues castellano tiene que ver con una manera de pensar el mundo, pero sobre todo con la voluntad de convertir en poema un estado de ánimo. La desolación, el color negro se imponen en la voz y en el paisaje. Así toma forma el insistente quejido negro de los cantos afroamericanos en un ritmo repetitivo que crea un lenguaje musical y verbal apoyado en la reiteración y en el paralelismo de la poesía y la canción popular.
Como esas canciones negras y espirituales que están en el origen del jazz, estos poemas son a la vez expresión del sufrimiento y una forma de consuelo.
Yo era un proletario- ha explicado Gamoneda-; lo era, al menos, en los años en que escribo el Blues y en los veinte anteriores que le dan contenido.
Después de veinte años se titula el texto en el que aflora ese pasado:
Cuando yo tenía catorce años,
me hacían trabajar hasta muy tarde.
Cuando llegaba a casa, me cogía
la cabeza mi madre entre sus manos.
Yo era un muchacho que amaba el sol y la tierra
y los gritos de mis camaradas en el soto
y las hogueras en la noche
y todas las cosas que dan salud y amistad
y hacen crecer el corazón.
A las cinco del día, en el invierno,
mi madre iba hasta el borde de mi cama
y me llamaba por mi nombre
y acariciaba mi rostro hasta despertarme.
Yo salía a la calle y aún no amanecía
y mis ojos parecían endurecerse con el frío.
Esto no es justo, aunque era hermoso
ir por las calles y escuchar mis pasos
y sentir la noche de los que dormían
y comprenderlos como a un solo ser,
como si descansaran de la misma existencia,
todos en el mismo sueño.
04 octubre 2012
Antonio Pereira. Todos los cuentos
27 febrero 2026
Asamblea. Poesía reunida de Juan Carlos Mestre
Se dice pronto: medio siglo de escritura, desde 1975 hasta 2025. Se dice pronto, porque no son una escritura cualquiera ni medio siglo cualquiera los que se conjuran en las mil quinientas páginas de esta Asamblea que reúne la imprescindible poesía de Juan Carlos Mestre en un volumen que publica Galaxia Gutenberg con edición de Emilio Torné, que ha redactado unas esclarecedoras ‘Notas a la edición’, y con Introducción de Jordi Doce, “El testimonio de la imaginación”. Testimonio e imaginación, dos motores éticos y estéticos que resumen la obra poética de Mestre.
Lo abre una presentación de Antonio Gamoneda (‘Recados de hoy y de mañana para Juan Carlos, hijo mío y maestro, quién me lo diera’) que comienza con estos versos:
Heredero del salmista bíblico y del visionario superrealista, de los bardos ancestrales del noroeste peninsular y de Rimbaud, Lautrèamont y Mallarmé, continuador de la tradición cabalística que explora la esencia simbólica de la realidad y nieto del Romanticismo expresionista de Hölderlin y los poetas de los Lagos, del Lorca neoyorquino y cubano y de Lezama Lima, discípulo cercano de Rafael Pérez Estrada y Antonio Gamoneda, Juan Carlos Mestre ha ido desarrollando en estas cinco décadas una obra poética extensa y sobre todo intensa, afianzada en una voz potente e inconfundible y en unas peculiaridades expresivas que instalan su escritura torrencial en el territorio sagrado de la poesía más alta que se ha escrito en español en las últimas décadas.
Desde la Antífona del otoño en el Valle del Bierzo (1985) -que inaugura en este volumen su canon y desplaza al Apéndice final su Poesía primera (Siete poemas escritos junto a la lluvia y La visita de Safo)- hasta los veintiún poemas del inédito El ciprés descapotable, se recogen aquí libros como La poesía ha caído en desgracia, La tumba de Keats, La casa roja, La bicicleta del panadero, Museo de la clase obrera y el bilingüe 200 gramos de patacas tristes / 200 gramos de patatas tristes, en la primera traducción al castellano de su memorioso libro, escrito en el gallego de su infancia berciana, el relato de su “primera conciencia del mundo” y de su identidad primera a través de espléndidos retratos y poemas en prosa traducidos por Mario Obrero.
Títulos de un itinerario poético jalonado por las estaciones de la perseverancia, en la búsqueda del conocimiento, levantado sobre los cimientos de la memoria y amasado con la conciencia poética y social del poeta que eleva con su palabra una muralla de dignidad frente a la injusticia y una torre de resistencia frente a la humillación, “entre la ira y la misericordia”, como ha escrito el poeta en alguna ocasión.
Y ahí aparece a finales de los noventa la sombra de Keats como símbolo de la conciencia irrenunciable del poeta en La tumba de Keats, una de las claves de bóveda de su obra, donde el tiempo y la compasión, el amor y la historia, la noche y la palabra arrebatada articulan un intenso y largo monólogo en el que el poeta da voz a las sombras frente al olvido y esgrime la resistencia y la utopía como ética de las derrotas, como épica de la dignidad. Frente a las ruinas de la historia, la fuerza resistente de la palabra cuando no importa ya vivir sino la vida, no importa ya morir sino lo humano.
Desde el monólogo autorreflexivo o el diálogo emocional con el tú del lector, que se funde machadianamente con el yo en la cercanía de una voz oracular que recoge la ceniza de las palabras que caen desde un extraño mundo como copos de nieve, la poesía de Juan Carlos Mestre habita un territorio verbal de enorme potencia y de gran carga emocional, como en este Eclipse con Rimbaud, un texto de La casa roja:
He descargado camiones de oscuridad.
He bebido toda la oscuridad.
He dormido con la oscuridad.
He amado la oscuridad y me he acostado con ella.
He tocado las piedras de la oscuridad hasta herirme las manos.
He repetido tu nombre en la oscuridad.
Los jóvenes sin vida están despiertos en la oscuridad.
Los músicos y las rameras guardan su corazón en la oscuridad.
He hospedado mi juventud en el cáñamo de la oscuridad.
He desnudado a la oscuridad y gozado con ella.
He acariciado con dedos de pastor el sexo de la oscuridad.
La oscuridad vive en las palabras que descifran la muerte.
La oscuridad habita los suburbios de la belleza.
Oíd la lepra sagrada de la oscuridad.
Su indesmayable ambición imaginativa, su ruptura con la sintaxis previsible, su insobornable desobediencia reivindicativa, su alternativa a la semántica convencional hacen de esta poesía -especialmente en La casa roja y La bicicleta del panadero, dos libros centrales en la trayectoria poética de Mestre- una actividad fundacional, una reinauguración de la realidad desde la que se defiende la posibilidad de la utopía.
Al alto voltaje poético, simbólico y verbal que contienen esos libros de Mestre se suma a menudo un torrente circulatorio que se alimenta de lo más hondo de la experiencia y de la memoria, del conocimiento del dolor y de la reivindicación de la felicidad. No es casual que una de las antologías más completas de su obra, la que publicó el Fondo de Cultura Económica en 2014, se titulara precisamente Historia natural de la felicidad.
Como la misma dicción poética que lo articula, Asamblea es en su conjunto un libro torrencial, un bosque milenario en el que centenares de poemas “florecen como manzanos” y ofrecen su fruto en sazón en monólogos reflexivos o en diálogos emocionales con el lector, que se funde machadianamente con el poeta en la cercanía de una voz oracular que recoge “la ceniza de las palabras que caen desde un extraño mundo como copos de nieve.”
Ética y verdad se funden en esta poesía que es a la vez sublevación civil y estética, defensa de la desobediencia como vía de la creatividad, reivindicación de la insumisión verbal y la libertad imaginativa y fundación y refundación de un territorio de enorme potencia verbal y de gran carga emocional.
Poesía como forma de conocimiento, palabra en libertad y compromiso ético son tres ángulos fundamentales de la poesía de Juan Carlos Mestre, que junto con la crucial misión reveladora de lo invisible, asume un importante componente ético y crítico, cumple una función testimonial que la convierte en conciencia moral del hombre a través de la luz de la palabra, para hacer del lenguaje no sólo un fuego que ilumine la noche de la tribu, sino también una vía de conocimiento del mundo desde la oscuridad y la intemperie, desde las raíces últimas de la sangre.
Imaginación y resistencia, conciencia y palabra son claves fundamentales en la obra de Mestre, en una creación que transcurre en el espacio de lo imprevisible y conjura tradiciones heterogéneas, invoca la diversidad y refunde lo primitivo con la vanguardia, lo simbólico con lo visionario para proponernos no una imagen coherente del mundo, sino una lectura abierta de la realidad que hace del poema un lugar de encuentro, como en las prosas intensas, irónicas y terminales de Museo de la clase obrera:
si esperabas chatarra de rana y chucrut para las gallinas si esperabas una bella idea perdida una luna envasada al vacío el honesto episodio en que dante abandona la oreja de centeno de la campanera si esperabas hocicos de piedra pómez un guardaespaldas en el termostato de los periódicos al hombre bala que atraviesa sin mirar el cerebro la partícula del poeta dientes de pan para las truchas si esperabas la inteligencia biológica de las hadas de fátima poemas convulsos poemas verdaderos extenuados por el cinismo si esperabas la anatomía de la superstición a los carniceros del santo oficio al adolescente que se enfría en la morgue si esperabas bajo la carpa del circo al hombre simultáneo a los interferidos por el fulgor de dios a los bromurados por el silencio a la puerta de los cementerios de monos no aceptes el ofrecimiento no dejes de aceptar ya estas lejanas palabras aunque sea a regañadientes
El fraseo intenso y alucinatorio con que discurre el verso radical y salmódico de Mestre, generoso en imágenes, va construyendo en cada poema su propia realidad, reivindicando otra forma de ver y de mirar un mundo que parece recién descubierto o recién inaugurado, como en el modelo withmaniano al que se encomendaba el poeta en La casa roja, la casa de la poesía, la casa de la palabra, la casa de las preguntas:
Mi corazón es una casa roja con escamas de vidrio, mi corazón es la caseta de los bañistas cuya eternidad es breve como columna de lágrimas. El minotauro hace rodar sus ojos por el acantilado de las estrellas, la herida del anochecer hace su nido en la arena. Yo hablo con alas, yo hablo con lava de lo ardido y humo de diamante.
“La frecuentación de estas páginas -señala Jordi Doce en la Introducción- no tarda en contagiar a sus lectores el entusiasmo casi febril con que fueron escritas, el asombro radical de su enunciación, pues asombro es lo que sentimos al abrir la puerta de esta asamblea de palabras y figuras vertiginosas, esta fiesta de la metamorfosis y la analogía.”
Cierra esta reseña una breve muestra de los inéditos de El ciprés descapotable. Así termina el último fragmento recogido en Asamblea:
son los tanques frente a lo único verdadero, la vida, el valor del absoluto, es la ruina moral de los actos de fuerza, la disimetría del conflicto, la violencia irrestricta contra la modesta condición de las víctimas. llámalo como quieras, pero entiéndelo de una vez para siempre, no hay escuela en los cementerios, escrito está, escrito estuvo y escrito sigue en las tablas: no matarás, no matarás, no matarás
Santos Domínguez








