Diego Garrido.
Lengua mortal no dice lo que sentía.
Giacomo Leopardi a través de sus cartas.
Anagrama. Barcelona, 2026.
Este haber surgido de la nada, y saber que vamos a volver a ella, irremediable e infinitamente, ¿quiere decir que somos nada también hoy? Que no existiésemos antes y no vayamos a existir después, ¿quiere decir que no existimos ahora, o que da igual que lo hagamos? Muchos respondemos convencidos que sí, que no, que quizá: pero rápidamente conseguimos hacernos otra vez los despistados y seguir con nuestras cosas, variadísimas e iguales. Este despiste es la naturaleza misma, y es el único milagro que existe en el mundo. Leopardi, que pensaba que los hombres y las mujeres son poco más que animales hipertrofiados por el azar y la acumulación del tiempo, animales enfermos de razón, se tomó demasiado en serio esta pregunta, y así contradijo en su base misma a la naturaleza, que le quería feliz. Las cosas no eran, como van a no ser: ¿qué importa que estén siendo? Nada, pensó Leopardi. ¿Podemos pensar nosotros que Leopardi se equivocaba? ¿Dónde está Leopardi?
A eso precisamente, a saber dónde está Leopardi, existencial y literariamente, dedica Diego Garrido su Lengua mortal no dice lo que sentía, que acaba de publicar Anagrama, una consistente aproximación a la figura del romántico de Recanati elaborada a partir de un meticuloso rastreo de su biografía y su filosofía existencial.
Una introducción interpretativa que se construye con rigurosa mirada crítica a través de su abundante epistolario, su obra poética, la prosa de sus Ricordi d’infanzia e d’adolescenza y las Operette morali y su monumental Zibaldone di pensieri, cuya traducción completa y comentada al español está ultimando el propio Diego Garrido, que fija así su propósito:
Voy a tratar de hacer, en este libro un poco caótico y misceláneo, un repaso a su vida física e imaginaria, a través de sus cartas principalmente. Dentro de no mucho (espero) tendré lista una traducción del Zibaldone y el lector de español podrá conocerlo al fin un poco más: casi íntegra, su prosa permanece absurdamente inédita.
La imagen que ofrece Lengua mortal no dice lo que sentía es la de un Leopardi poeta y pensador para quien -explica Diego Garrido- «este regresar a la nada es la única verdad que existió, existe y existirá en el mundo. Nada tiene una razón de ser, todo vive sometido a un juego de creación y destrucción arbitrario, perpetuo y sin porqué. Porque sí las cosas surgen de la nada y porque sí vuelven a ella. Mañana no estaré, ni aquí ni en ningún otro sitio, como no estuve ayer; todo el resto es literatura, ilusión. Y en un mundo sin sentido, sin trascendencia, lo mejor que podemos hacer nosotros es alimentar las ilusiones hasta la bulimia, inventarnos este sentido como creadores; hoy, cuando no podemos fingir ya que no sabemos, mirando paradójica e inevitablemente de frente a la nada. La mayor de todas las ilusiones, la más espontánea y estable, es el arte, la literatura: la poesía.»
Así recuerda Leopardi en el Zibaldone su progresiva “transición de la erudición a la belleza” y “el paso de la poesía a la prosa, de la literatura a la filosofía”:
Las circunstancias me habían llevado al estudio de las lenguas y la filología antigua. Esto formaba todo mi gusto: despreciaba, entonces, la poesía. Es verdad que no me faltaba imaginación, pero no creí ser poeta hasta que hube leído a muchos poetas griegos. Mi transición de la erudición a la belleza no fue, sin embargo, repentina; fue gradual: poco a poco empecé a sentir en los antiguos, y en mis estudios, algo que no sentía antes. Lo mismo me ocurrió con el paso de la poesía a la prosa, de la literatura a la filosofía.
Poesía y filosofía, pensamiento y sentimiento, emoción y reflexión, experiencia y escritura son los ejes de la obra en verso y prosa de Leopardi, en la que expresó su honda conciencia del vacío y de la fugacidad, como en este fragmento de su carta a Pierro Giordani en marzo de 1820:
Porque es esta la miserable condición del hombre, y la bárbara enseñanza de la razón: los placeres y dolores humanos son meras fantasías, y únicamente el malestar que deriva de la certeza de la nulidad de las cosas es justo y verdadero. Y, aunque si regulásemos toda nuestra vida según el sentimiento de esta nulidad el mundo llegaría a su fin y justamente seríamos llamados locos, no deja de ser cierto también que sería esta una locura muy razonable: tanto que comparada con ella toda sabiduría sería una demencia; porque todo en este mundo se hace por el simple y constante olvido de esta verdad universal: que todo es nada.
Y a explorar esa presencia central de su pensamiento existencial dedica Diego Garrido esta iluminadora monografía en la que se leen párrafos como este: «Para Leopardi, lo que existe no debería querer dejar de existir, seguir siendo eternamente debería ser su máxima ambición. Hasta aquí todos los escritores habían estado más o menos de acuerdo, y por eso se inventaron los Dioses, el Arte, las Formas, el Amor... Todas estas cosas, ellos las identificaron con la verdad, mientras que la muerte, la infinita no-existencia de todo, era una pura ilusión –una mentira–. Leopardi dice que la única verdad es la aniquilación y que precisamente todo el resto de las cosas que identificamos con lo cierto (estos Dioses, Arte, Formas, Amor) son las ilusiones: unas ilusiones colocadas en nosotros por la naturaleza, inteligentísima, en este punto misericorde, para no impedirnos vivir este rato antes de regresar obedientes a la nada.»
Y así, Diego Garrido traza una biografía de Leopardi a través de sus textos y reconstruye con sus comentarios introductorios el perfil humano, sentimental e intelectual del poeta a partir de las abundantes y extensas cartas de desahogo a su amigo Pietro Giordani, a su padre Monaldo Leopardi, a su hermano Carlo o al erudito general Pietro Colletta. Comentarios que establecen también el hilo conductor de la biografía del poeta porque sitúan los textos en su contexto y permiten seguir el itinerario biográfico y sentimental de Leopardi y su problemática relación con el opresivo ambiente de Recanati, de donde quiso apartarse desde muy pronto, aunque no lo consiguió nunca.
Junto con la nutrida y muy significativa materia epistolar que nos acerca al día a día de Leopardi, el portentoso Zibaldone es la otra fuente de información para componer una sólida y minuciosa aproximación a la vida, el pensamiento y la escritura del poeta y filósofo con ese apoyo textual de primera mano. Del Zibaldone afirma Diego Garrido que «este libro rarísimo (el mejor de todos para mí, el acto de resistencia contra la realidad más admirable, grotesco y conmovedor que yo conozco, esta épica moderna, esta épica del fragmento) da la sensación de contenerlo literalmente todo, y uno puede anotar completa su biografía emocional en los márgenes [...] Este libro maravilloso, digno de un cuento de Borges (pero que existe y se puede leer), parece haberlo sentido, digerido y expresado todo por ti, cosa que, viendo su conclusión, asusta un poco. El Zibaldone ya ha vivido tu vida, y el final, que conoces, no te va a gustar.»
A esa aproximación que reconstruye desde dentro el proceso creativo, las angustias personales y el desarrollo y radicalización de su pensamiento existencial contribuyen también, aunque en menor medida, los Recuerdos de infancia y adolescencia y los textos esenciales del canon poético leopardiano: desde A Silvia -de donde procede el título de este libro- al final La ginestra o La flor del desierto, pasando por el Canto nocturno de un pastor errante de Asia, El infinito o La tarde del día de fiesta, cuando- explica Garrido- «el día de fiesta ha terminado, y todo termina. De niño no lo sabía pero ya lo sentía. La intuición era dolor, como lo es hoy el conocimiento».
Comenzaba con estos versos memorables, traídos aquí en la traducción de Eloy Sánchez Rosillo:
Dulce y clara es la noche y no hace viento,
y quieta sobre huertos y tejados
está la luna y desde lejos muestra,
serena, las montañas. ¡Oh amor mío!,
las sendas callan ya y en los balcones
velada luce la nocturna lámpara.
Duermes, que te acogió plácido sueño
en tus quietas estancias; no te turba
ningún cuidado, y no sabes ni intuyes
qué gran herida me abriste en el pecho.
Santos Domínguez