7/6/19

Feria del libro. Narrativa




Ednodio Quintero.
Cuentos salvajes.
Atalanta. Gerona, 2019.

“¿Debo confesarles que para mí vida es sinónimo de escritura? O viceversa. Ah, también debo decirles que los vientos que me sostienen en el aire, o enraizado a la memoria agreste donde nací, no son otros que la memoria y el deseo”, escribe Ednodio Quintero (Trujillo, Venezuela, 1947) en uno de los textos que abren la recopilación de sus cuentos completos en un espléndido volumen titulado Cuentos salvajes que publica Atalanta en su colección Ars brevis.

La abre a manera de prólogo un artículo de Enrique Vila-Matas que publicó El País el 24 de julio de 2017 al que pertenecen estas líneas:

Quintero es uno de esos “escritores de antes”, y es posible que, a la larga, haber estado tan alejado de los focos mediáticos le haya beneficiado, porque le ha permitido acceder al ideal de ciertos narradores de raza: ser puro texto, ser estrictamente una literatura.

Cuentos salvajes recoge todos sus cuentos, desde los brevísimos de La muerte viaja a caballo hasta los que ha incluido en la última sección, Lazos de familia, en los que se funden ficción y autobiografía. Cierra el volumen Viajes con mi madre, “el más reciente, extenso y mi predilecto por su carácter lírico, sugestivo, íntimo y personal.”

“Mi vocación y mi destino se funden en un único lugar posible: la escritura. Escribo con pasión, incluso con rabia. Trazo signos enrevesados en los cuales, alguna vez, acaso en las proximidades de mi muerte, descubriré mi rostro verdadero”, explica en Autorretrato, un relato personal, “un fotomatón de 1992”, según sus propias palabras.

Ese es uno de los dos pórticos narrativos que abren esta edición. El otro es Kaicousé, “un intento de ars narrativa, de 1993, donde en un apartado que se titula La noche boca arriba en homenaje a Cortázar, escribe: “en un plazo breve, y como si se hubieran puesto de acuerdo para vapulearme, cayeron en mis manos, y de ahí pasaron a mis ojos y a mi cerebro enfebrecido, textos de Borges, Marcel Schwob, Ambrose Bierce, Kafka y Cortázar”, autores que orientarán su narrativa junto con Beckett y con varios narradores japoneses, de Mishima a Kawabata o Murakami.

Alimentados de la sustancia de los sueños, delirantes y enigmáticos, magistrales y opacos, estos cuentos proponen al lector un viaje asombroso en el que se difumina la realidad en la ficción, en una narrativa levantada sobre una prosa intensa, sutil y llena de matices y calidades poéticas.

Como el puñal tatuado de uno de sus relatos, los cuentos de Ednodio Quintero son hermosos, enigmáticos y afilados. Están construidos desde la poética del vértigo con que la crítica ha calificado la esencia narrativa de esta escritura exigente, imaginativa y perturbadora.



Luis Landero.
Lluvia fina.
Tusquets. Barcelona, 2019.

Ahora ya sabe con certeza que los relatos no son inocentes, no del todo inocentes. Quizá tampoco lo sean las conversaciones de diario, los descuidos y equívocos verbales o el hablar por hablar. Quizá ni siquiera lo que se habla en sueños sea del todo inocente. Hay algo en las palabras que, ya de por sí, entraña un riesgo, una amenaza, y no es verdad que el viento se las lleve tan fácilmente como dicen. No es verdad.

En esas frases, marcadas por la prevención y la desconfianza, están las claves fundamentales de Lluvia fina, la nueva novela de Luis Landero que acaba de publicar Tusquets Editores.

Desde otra perspectiva, en otra situación y con otro significado por tanto, esas frases se retoman en el capítulo final que comienza así:

Así que también Aurora tiene una historia que contar. Una historia que ha permanecido como aletargada hasta hoy. Esperando un estímulo, una súbita brisa que avive las brasas hasta convertirlas en hoguera. Y ahora ya sabe con certeza que los relatos no son inocentes, no del todo inocentes y que no es verdad que a las palabras se las lleve tan fácilmente el viento. No es verdad.

Lo que era un aviso y un oscuro presagio se convierte ya en una certeza del desastre, porque entre esos dos párrafos se desarrolla un constante cruce de historias y de personajes, de frustraciones, mentiras y secretos, de palabras y miradas que componen el complejo mosaico familiar y el cambiante caleidoscopio humano de versiones que sostiene la estructura de Lluvia fina y de su perspectiva narrativa, articulada en torno a la figura de Aurora, mujer de Gabriel y confidente sentimental del resto de personajes.

Desde el fondo turbio del pasado emergen las historias cruzadas en torno a tres hermanos –Gabriel, Sonia y Andrea- que se reúnen junto con sus parejas para celebrar los ochenta años de su madre.

Historias que remueven los rencores, odios y heridas abiertas de unas problemáticas relaciones que irán preparando meticulosamente el trágico desenlace de esta Lluvia fina, quizá el libro más sombrío y amargo de Luis Landero.

Porque las palabras nunca son inocentes, como saben Aurora y los lectores de esta novela.



Juan Eduardo Zúñiga.
Recuerdos de una vida.
Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2019.

En el invierno del año 1930 o 31 cayó en Madrid una gran nevada y, mediada la tarde, el jardincito que rodeaba nuestra casa de la calle General Zabala, en el barrio de Prosperidad, se fue blanqueando; primero, el suelo en los sitios más secos, luego las cuerdas de tender la ropa. Al anochecer, aquel pequeño y familiar espacio se convirtió en un lugar nuevo y sorprendente por la materia que recubrió la verja de hierro, los tallos más finos, las hojas de los geranios, los cables de la luz, el remate de la tapia por donde saltaban los gatos de las casas vecinas. Todo quedó transformado en un escenario fascinante, más aún después, cuando se abrieron las nubes y la luna puso allí su fría luz. 

Con ese párrafo abre el ya centenario Juan Eduardo Zúñiga sus memorias, Recuerdos de una vida, que llegan mañana a las librerías, publicadas por Galaxia Gutenberg.

“Qué larga es la calle de la vida. Avanzamos por ella y atrás dejamos convertido en el olvido cuanto hicimos. Sólo cuando sentimos que el final de la calle se acerca es posible repensar lo sucedido (...) Qué secreta es la calle de los años. Buscamos en los recuerdos cómo será el futuro: inútil tarea porque sólo se encuentra en las cenizas (...) Estas escenas sueltas, desconectadas en su apariencia, tienen un hilo invisible que las cose, finos tendones y venas las vitalizan. Aunque lo más aceptable sería no intentar comprender la vida”, escribe Zúñiga en estas memorias que son la consecuencia de que “nada se olvida, todo queda y pervive”, como reza el título del capítulo quinto, que podría servir también para caracterizar la totalidad de su obra, atravesada decisivamente por la memoria de ese largo invierno de Madrid que se evoca en uno de sus títulos fundamentales.

Se trata, eso sí, de unas memorias reducidas, porque se limitan a su periodo de formación, a sus años de aprendizaje en el Madrid de los años 30 y 40, durante la República, la Guerra civil y la posguerra, el fondo histórico sobre el que transcurren estas memorias de infancia y juventud, semejantes a un modelo tolstoiano que Zúñiga conoce bien.

Redactadas entre abril de 2011 y diciembre de 2018, la amistad y el amor, la guerra y la política, la soledad y la melancolía, el frío y los libros como refugio y como salvación -“La calma es un libro” se titula el capítulo inicial-, el descubrimiento de Winesburg. Ohio, de Sherwood Anderson, las lecturas de Kafka o la tertulia del café Lisboa recorren estas páginas autobiográficas, construidas como una novela de formación del lector infantil y del observador de experiencias ajenas, que conformaron “la actitud vital de quien se asoma a la ventana y al otro lado de los cristales contempla una singular enseñanza de la vida.”

Desde esa ventana vio Zúñiga por primera vez la nieve que cae en sus libros, un paisaje nevado que “muchos años después pensé si fue el trasfondo de una prematura vocación literaria.”

Sobre el telón de fondo de un Madrid asediado, bombardeado y devastado por la guerra, que es también el escenario de su imprescindible Trilogía de la guerra civil, por estos Recuerdos de vida pasean hombres y fantasmas que completan una galería de seres y un autorretrato en movimiento que tiene como eje no sólo al personaje, sino el constante elogio de los libros, el homenaje a la resistencia y a la literatura que vertebra el volumen y con el que se remata la obra:

Cabe pensar que muchas heridas del alma puedan encontrar un libro que, con un personaje, con un párrafo, con dos palabras, ponga el alivio que no darán remedios medicinales. Otros libros, por la presión de sus razonamientos, alcanzarán a mover el ánimo de un grupo. Y hasta podemos aventurar que ejercen una influencia en la mecánica de las costumbres. No maestros de sueños sino maestros de vida, con la enseñanza de que la literatura debe perseguir el espíritu de la época y describir la frondosidad del alma de todos nosotros.




Fernando del Paso. 
Palinuro de México.
Fondo de Cultura Económica. Madrid, 2015.

Palinuro de México es una obra maestra. Por eso su vigencia es cada vez más evidente. Hoy, cuando la medicina engloba la vida entera, este libro de imaginación desbordante, de figuración grotesca y extravagante, nos hace reflexionar sobre nuestra corporeidad y el papel de la medicina. Imposible resumir en este breve espacio el torrente de ideas, imágenes y tropos que bullen en esta mirífica obra. Pero quien emprenda su lectura se sorprenderá al encontrar, cuando menos lo espere, en medio de larguísimos párrafos barrocos que parecerían bufonería pura, la súbita revelación de un aspecto de la realidad que se reconoce por verdadero y que incita a la reflexión. Es decir, encontrará, entre el destello de agudeza y la facecia centelleante, la observación profunda, marca inconfundible del genio”, escribe Francisco González Crussí en el prólogo -“Palinuro de México, o La desmesura”- que abre la edición en el Fondo de Cultura Económica de la mejor novela de Fernando del Paso.

Eso es Palinuro de México, una obra maestra descomunal y desbordante que apareció en 1977 y no ha dejado de crecer desde entonces, una novela torrencial que se renueva en cada lectura y una novela imprescindible, a la altura de Rayuela o de Paradiso, para quien quiera conocer la potencia del idioma.

El nombre del protagonista evoca el del piloto de la nave que conducía a Eneas por el Mediterráneo después de la destrucción de Troya. No es una casualidad: esta novela es también la narración de un viaje metafórico de Palinuro, estudiante de Medicina y de Estefanía, su prima enfermera con la que mantiene una intensa relación de amor incestuoso.

Hay en la figura de Palinuro un fondo autobiográfico reconocido por el propio Fernando del Paso, que también estudió Medicina y que ha explicado que su protagonista refleja “el personaje que fui y quise ser y el que los demás creían que era y también el que nunca pude ser aunque quise serlo.”

Y hay también un trasfondo histórico real: la matanza de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas de México en 1968 en la que morirá el protagonista.

Pero la leve trama apenas importa en esta novela. Lo que importa aquí es la escritura desatada en libertad, una escritura capaz de crear su universo propio y autónomo con la ambición artística de su prosa potente.

En la polifonía de esta obra sorprendente se conjugan la exploración corporal y la lingüística, la fisiología y el lenguaje, las artes plásticas y la medicina. Y con la densidad morosa de sus páginas el lector se interna en los laberintos de la imaginación, disfruta de su exuberancia verbal y participa como invitado en la gozosa celebración del lenguaje que hay en cada párrafo.

En la libertad transgresora de Palinuro de México conviven  la parodia y la denuncia, la anatomía y la historia, la fiesta y el recuento enciclopédico, el erotismo desatado, el amor y la muerte.

Lúdica y filosófica, rebelde y perturbadora, la novela levanta su propio mundo desde la exploración de las posibilidades del lenguaje y propone un viaje gozoso por la literatura y la inteligencia, por el exceso de la vida y el arte, por la fantasía, la historia y la política, la literatura y el cine, la experimentación verbal y la indagación en la dimensión artística del lenguaje médico.

De la fuerza de su prosa, abrumadora y presente en todas sus páginas, deja constancia este ejemplo, el comienzo del capítulo XI, Viaje de Palinuro por las Agencias de Publicidad y otras Islas Imaginarias:

Serían aproximadamente las tres en punto de una tarde gris y desalmada, cuando Palinuro, cansado de una juventud perdida en barrios de dulcerías rancias que colorean los cafés con petulancias geográficas; harto de las cagarrutas de todos los pájaros del Jardín de San Fernando que se olvidaban de largarse al Sur; triste, además, porque ya había pasado el tiempo en que por cada surco de la vida corre un rastro de savia que se armoniza con los buenos y los malos pensamientos; crecido, por otra parte, lo suficiente como para saber que no es fácil cambiar el color de una avenida o las insignias gramaticales de su propia historia. O en otras palabras: cansado, harto, triste y crecido, pensó en despedirse por segunda y última vez de su primera infancia, y por la primera y también la última vez de su segunda adolescencia, y largarse a viajar por la vida, sin pinceles que chupar, ni huesos femorales que memorizar, sin diademas de axiomas y cartílagos humeantes que destazar. 
Y ASÍ COMO LEMUEL GULLIVER 
se lanzó a la aventura para conocer las islas fabulosas de Liliput y Laputa, los Struldbruggs inmortales y los nobles houyhnhnms. Y así como el príncipe Astolfo de Inglaterra voló a la luna en el carro de fuego del profeta Elias en busca de la medicina para la razón perdida de Orlando el Furioso. Y así como Maeldúin visitó la isla de la muralla de fuego giratoria y el país bajo las olas, y así, por último, como Snedgus visitó la isla de los guerreros con cabeza de gato y la isla donde llueve sangre de pájaros, así también Palinuro, que por toda fortuna tenía sus veinte años ambulantes y un clavel en la solapa del saco, se decidió por fin a decirle adiós a sus recuerdos: adiós a las flores asmáticas que desprendían deseos y solsticios para la tía Luisa; adiós al papel crepé de la tumba de los ratones blancos; adiós a las patas de los anteojos del abuelo Francisco, que quedaron zambas de tanto cabalgar en su nariz. 
¡Adiós! 
y a visitar las Agencias de Publicidad y otras Islas Imaginarias.



Andrés Trapiello.
Diligencias.
Pre-Textos. Valencia, 2019.

"Nos trajo la asistenta el periódico con la reseña de X publicada hace días, tan puntual como todas las suyas. Si ese hombre tuviera que juzgar a ciegas la Ilíada o Hamlet también les pondría pegas. Tal vez sea la misma que la del año pasado. Nada que objetar: también mi libro es el mismo que el del año anterior, y yo soy el mismo que el que tenía diez años, y el que tenía diez años, el que soy ahora. Vuelve a repetir que este libro es una miscelánea de la que el lector ha de leer lo que le apetezca, saltándose el resto, cosa que por lo demás no afecta a la calidad del libro, ya que no se trata de ninguna novela. En esto insiste mucho, parece que le importa el nombre que se le dé", escribe Andrés Trapiello en Diligencias, la nueva entrega de su novela en marcha que es, como la vida que refleja, siempre igual y siempre distinta, y que naturalmente plantea una dificultad a quien cada año reseña las nuevas entregas de este Salón de Pasos Perdidos.

Referida al año 2008 y escrita diez años después, como el esto de las entregas, la distancia emocional que pone el tiempo suaviza las aristas del pasado o las resalta con la cercanía afectiva.

Entre la lechuza de Hegel que levanta el vuelo en Nochevieja en el olivar oscuro de Las Viñas y las primeras violetas del final de año sobre la repisa de la chimenea, en estas páginas que reflejan el transcurso imparable de la vida conviven los retratos al minuto, el ámbito doméstico y la vida social del escritor, el campo y la ciudad, la intrahistoria y lo insignificante, los temas de siempre de esta obra en marcha: los libros viejos y los descubrimientos en el Rastro, los análisis clínicos y el mundillo literario, con el morbo añadido de las iniciales descifrables y episodios que hacen una propuesta de complicidad al lector, convertido en espectador privilegiado de un carnavalesco baile de máscaras al que le invita cada año Andrés Trapiello.

Meditaciones y aforismos como estos dos, de tono muy distinto:

Por años que haya cumplido uno y se haga viejo, la nieve cae siempre en el corazón del niño.
Desgraciadamente, quien hace un aforismo hace ciento.

Esa diversidad tonal recorre las páginas de este libro, en las que la melancolía convive con episodios de un refinado sarcasmo, como el siguiente:

No les convencía, porque se veía que tenían todos ellos ya formada una idea en la cabeza. Y si me atrevo con alguien, añadí, suele ser con alguien que puede más que yo. “No es verdad”, me refutó JR. Se hizo un gran silencio. Me recordó que en cierta ocasión había hecho el retrato de un amigo suyo, un buen hombre que se ganaba la vida ocupándose, a cargo de una mancomunidad de pueblos cordobeses, de organizar las actividades literarias de la comarca; temió que si los políticos que lo contrataban leían aquello, le quitarían las sinecura. Me acordaba. No siempre se acuerda uno de la gente a la que ha retratado. Al parecer, aquel retrato, bastante humorístico, le sumió en pesares y aflicciones. Vaya, lo siento..., me disculpé? ¿Pero perdió el trabajo?, pregunté. Ahora el apesarado y afligido era yo. No, me respondió JR., lo ascendieron, ha ganado premios y goza de la mayor consideración literaria y humana en aquella alegre región cordobesa. Respiré tranquilo, porque no es plato de gusto llevar la desgracia y el hambre a una familia.
(...)
Siguió contando JR: aquel día, en el coloquio, como nadie se atrevía a romper el hielo, aquel hombre del que yo había hecho al parecer un retrato algo cruel, se decidió, para justificar al menos su sueldo:
- Sr. A., usted es seguramente el mejor guionista que ha dado el cine español...
A. aceptó el elogio con una somera cabezada, pero sin entrar en el regateo.
-...y ahora una pregunta: el guión de Los santos inocentes...
A. dio un pequeño respingo. Había escrito unos quinientos guiones de cine, pero no ese.
-... es probablemente uno de sus mejores guiones de la historia del cine español. ¿Cómo se sintió al adaptarlo de una gran novela? ¿Le representó especiales dificultades?
A., que al parecer era un hombre tímido y educado, dijo en un murmullo apenas audible:
-Los santos inocentes es una gran película, me gusta muchísimo el guión, pero he de decir que no es mío, no lo escribí yo.
La expresión de sorpresa y contrariedad del preguntante fue grandísima. Carraspeó un poco, se azaró algo, se puso un poco colorado, temió sin duda que si llegaba a oídos de las autoridades mancomunadas le quitaran, esa vez sí, aquel trabajo y se cerniera sobre su hogar la desgracia, el hambre, pero investido de la autoridad que le daba el haberle pagado el viaje y los emolumentos al entrevistado, encontró fuerzas para contraatacar:
- ¿Está usted seguro?



 Pablo d'Ors.
El amigo del desierto.
Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2019.

“Pocos lugares hay en el mundo que sean tan metafóricos como el desierto, como prueba el hecho de que cuando se dice la palabra 'desierto' suele pensarse casi tanto en el desierto físico o externo como en el mental o interior”, explica el narrador protagonista de El amigo del desierto, la novela de Pablo d'Ors que recupera Galaxia Gutenberg diez años después de su primera edición, en la que figuraba como subtítulo -ahora suprimido- Relato de una vocación.

Una novela alegórica sobre el desierto y sobre la transformación espiritual del personaje Pavel, que tras su integración en una sociedad secreta, los Amigos del Desierto, y de sus viajes al Sahara, acaba identificándose cada vez más, hasta diluirse en él, con el desierto, “metáfora del infinito”, de la desposesión y el vaciamiento, de la renuncia y el silencio:

Iba tras ese silencio -único e inconfundible- en que resuena lo esencial.

Lo anunciaba ya una de las citas iniciales, el proverbio árabe que dice “Quien no conoce el desierto, no sabe qué es el silencio.”

Lo que refleja la novela es el ascético camino de perfección de un personaje que proyecta su interioridad en el paisaje y acaba reflejándose en la contemplación de un desierto que -como en Jabès, como en Valente- terminará  identificando con la escritura y la búsqueda interior, con una poética del vacío que está y en San Juan de la Cruz, en el Maestro Eckhart o en Charles de Foucauld, un precursor que “hizo el camino inverso al que suelen seguir los demás: el mundo busca el poder y la gloria (...); él, en cambio, el anonimato y la oscuridad.”

En esa poética del vacío y el silencio, el desierto es el no-lugar, un espacio que está también fuera del tiempo, de manera que Pavel, el protagonista, acaba transformado en dibujante del desierto, en calígrafo de una escritura rota que es también su forma de diluirse en el desierto, de identificarse radicalmente con él: 

Sí, lo deseo; deseo ser como el desierto.




Alfredo Baranda.
Drácula, luz de mi vida.
Menoscuarto. Palencia, 2019.

Drácula, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Dra-cu-la: la punta de la lengua emprende un viaje...

Con esa parodia del comienzo de Lolita se abre Drácula, luz de mi vida, la novela de Alfredo Baranda que obtuvo el XI Premio Tristana de novela fantástica que publica Menoscuarto.

Alejada del tópico fácil, Drácula, luz de mi vida proyecta una nueva mirada sobre la criatura que inventó Bram Stoker, contra el que se revuelve el propio Drácula en una original variante de la pulsión de matar al padre.

Un Drácula cáustico y complejo en el que coexisten la perversión y el refinamiento, la ternura y la crueldad, la reflexión y el delirio, la arrogancia y el desenfado que critica la creación de Stoker, “ese infumable bodrio victoriano que Bram Stoker y yo pergeñamos en apenas unos meses, y en el que por primera vez aparecía el nombre que me habría de acompañar durante el resto de mi vida: Drácula.”

Es el vampiro quien cuenta su propia historia desde el regreso de la muerte, porque “el que muere se transforma de inmediato en un personaje de ficción en la novela del recuerdo. Pasa a ser un fantasma de la imaginación, un espejismo. Aquel que recuerda a un muerto lo que en realidad está haciendo es imaginar a un vivo que nunca existió. Todo recuerdo es un ejercicio de la fantasía, no de la memoria.”

Y es que aunque Bram Stocker había redactado la novela por indicación del propio Drácula, el resultado fue decepcionante, como explica en estas líneas demoledoras: “es una obra banal, aburrida, ramplona, lleno de inconsistencias y muy mal articulada. Lo único terrorífico que hay en ella es el estilo.”

El ágrafo Drácula, que conoció la sangre viscosa de Bram Stoker y la de su mujer, ligera y poco nutritiva, asume el papel de narrar su vida y las circunstancias que rodean el nacimiento del mito vampírico: las conversaciones de Arminius Vámbéry con Stoker; algunas celebridades como Oscar Wilde o Baudelaire, que fueron otros posibles narradores de su historia; amantes como la reina Victoria y personajes con los que tuvo relaciones vampíricas, como Aubrey Beardsley, Schubert, Nietzsche o Emily Brontë..

El Nosferatu de Murnau y el actor Max Schreck, el que mejor ha encarnado al personaje “inquietante y repulsivo” en el cine; la metamorfosis desde la tumba de Isaac Zuckerman, un recorrido por la historia del vampiro, la simpatía por el nazismo y la aparición de Hitler y Eva Braun, Himmler y Goebbels, la relación con Freud, con Belial, uno de los ángeles caídos, y con Ofelia, concubina del demonio y amante de Drácula, completan el relato de un personaje cada vez más solitario, selectivo con sus víctimas y de compleja disposición psicológica.

Un ejercicio literario y una revisión irónica del mito desde dentro, una reinterpretación irreverente y una relectura original escrita con ambición expresiva y con la soltura narrativa de una prosa que fluye con naturalidad.






Jonathan Littell.
Las benévolas.
Traducción de María Teresa Gallego Urrutia.
Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2019.

Benévolas es la traducción literal de Euménides, los siniestros personajes mitológicos -las Furias romanas- con los que Eurípides tituló la tercera parte de la Orestiada.

Y ese es también el título elegido por Jonathan Littell para una de las novelas más potentes y perturbadoras que ha dado la narrativa contemporánea. Publicada originalmente en francés en 2006, acaba de reeditarla Galaxia Gutenberg con la espléndida traducción de María Teresa Gallego Urrutia para la primera edición en español en 2007.

Tradicional en su diseño clásico, basada en hechos reales y en una documentación meticulosa que a veces perjudica su fluencia narrativa, el tema de Las benévolas no es demasiado original: las atrocidades del nazismo, los campos de exterminio y la actuación de las brigadas móviles de las SS especialmente en el frente oriental, en la campaña de Rusia durante la Segunda Guerra Mundial.

La novedad es el punto de vista, la sorprendente posición moral desde la que se relatan los hechos, desde la mirada del verdugo, el narrador-protagonista, Maximilien Aue, un nazi francés orgulloso de haberlo sido y sin el menor cargo de conciencia ante los horrores perpetrados.

Hijo de padre alemán y madre francesa, homosexual, asesino de sus padres, incestuoso con su hermana gemela, ex oficial de las SS doctor en Derecho, culto, melómano, buen lector y entendido en pintura, es un hombre que lleva una vida confortable y ordenada con mujer e hijos y que escribe treinta años después de los hechos, no para justificarse, sino para entretenerse ordenando sus recuerdos:

“Desde que se acabó la guerra, he sido un hombre discreto; gracias a Dios, nunca he necesitado, como mis excolegas, escribir mis memorias para justificarme, porque no tengo nada que justificar;(...)  No; si me he decidido por fin a escribir no cabe duda de que es para pasar el rato y también, es posible, para aclarar uno o dos puntos confusos, para vosotros, quizá, y para mí mismo.”

Y lo hace no sólo con la distancia que dan el tiempo y el espacio, sino con la frialdad moral de su conciencia distante. Es el relato moroso, durísimo en la pormenorización de sus detalles, de quien envejece instalado en la impunidad sin arrepentimiento ni conciencia de culpa. Ha cambiado de nombre y ha podido ocultar un pasado del que no se avergüenza cuando escribe desde la insoportable posición moral de lo que se ha llamado tantas veces la banalización del mal:

Que quede claro: no estamos hablando de culpabilidad, ni de remordimientos. Seguro que esas cosas existen también, no pretendo negarlo, pero me parece que las cosas son mucho más complejas. Incluso a un hombre que no haya estado en la guerra, que no haya tenido que matar, le pasarán estas cosas que digo.

Refinado, frío y orgulloso, desde el principio se muestra desafiante y despectivo con el lector:

Adivino qué estáis pensando: pero qué hombre más malo, os decís, un hombre perverso, un sinvergüenza, vamos, se lo mire por donde se lo mire, que debería estar pudriéndose en la cárcel en vez de soltarnos esa filosofía suya tan confusa de exfascista a medio arrepentir. En lo del fascismo, no hay que confundir las cosas, y en lo de mi responsabilidad penal, no prejuzguéis, que todavía no os he contado mi historia; en cuanto a lo de mi responsabilidad moral, permitidme unas cuantas consideraciones. Con frecuencia han comentado los filósofos políticos que, en tiempos de guerra, el ciudadano, el ciudadano varón al menos, pierde uno de sus derechos más elementales, el de vivir, y eso desde los tiempos de la Revolución Francesa y la invención del reclutamiento, que es ahora un principio universalmente admitido o casi. Pero pocas veces han dejado constancia de que ese ciudadano pierde al mismo tiempo otro derecho, no menos elemental y más vital quizá incluso para él en lo tocante a la idea que se hace de sí mismo en tanto en cuanto hombre civilizado: el derecho a no matar.

Esa crueldad indiferente del verdugo sacude la conciencia del lector a lo largo de las casi mil páginas de la novela, que se organiza en siete partes según una estructura musical que sigue la secuencia de las Suites de Bach: Tocata, Alemandas I y II, Courante, Zarabanda, Minuetto, Aire y Giga.

Esos cambios de ritmo de la danza barroca vertebran en un llamativo contraste este asfixiante viaje a las tinieblas del horror y la crueldad, esta incursión sombría, intensa y pormenorizada en el corazón del espanto y la maldad  desde la mirada del verdugo que se considera un hombre normal:

Soy un hombre como los demás, soy un hombre como vosotros. ¡Venga, si os digo que soy como vosotros!

Pero no creo ser un demonio. Para lo que hice, siempre hubo razones, buenas o malas, no lo sé; en cualquier caso, razones humanas. Los que matan son hombres, como también lo son los muertos; eso es lo terrible. Nunca podemos decir: no mataré nunca, es imposible; como mucho, podemos decir: espero no matar.




Carmen Martín Gaite.
Todos los cuentos.
Edición y prólogo de José Teruel.
Siruela. Madrid, 2019.

Pasamos media vida mirando hacia allá, imaginando. Tanto que nos parece que ya nos hemos ido.
Y un día, al alzar los ojos, estamos aún en el mismo sitio. Acostumbradamente se cruzan nuestros trenes y cada instante es una despedida.

Con esos dos párrafos comienza Desde el umbral, el primer cuento que publicó Carmen Martín Gaite. Ese breve relato de ambiente universitario, fechado en Salamanca el 15 de marzo de 1948, apareció en el número de abril-mayo de la salmantina Trabajos y días. Revista universitaria. 

Con él se abre el volumen que publica Siruela con Todos los cuentos de la autora con edición y prólogo de José Teruel. Es uno de los dos relatos de primera juventud que se recogen en la sección inicial del libro que ofrece en su parte central los diecisiete relatos de Las ataduras y El balneario, el único volumen de cuentos que publicó la autora antes de reunir su narrativa breve en los Cuentos completos que editó en 1978 y a la que no se incorporaron los cuentos que escribió en los ochenta y en los noventa, dispersos hasta ahora y reunidos en este libro que contiene cerca de treinta textos.

Completan la edición dos cuentos maravillosos -El castillo de las tres murallas y El pastel del diablo-, dos cuentos de Navidad -Un envío anómalo En un pueblo perdido- Cuatro cuentos últimos -El llanto del ermitaño, Sibyl Vane, [Donde acaba el amor] Flores malva- y un cuento autobiográfico -El otoño de Poughkeepsie- del que dice José Teruel en su prólogo que “constituye una obra maestra del pulso narrativo de nuestra autora ante la elaboración literaria de la intimidad: de cómo transformar el tiempo inerte «en tiempo de escritura»”.

Publicado póstumamente en 2002, dos años después de su muerte, en Cuadernos de todo, ese cuento final se convierte -en palabras de José Teruel- en una muestra de “esa persistente convergencia en todos sus cuentos entre tratamiento ficticio y momentos autobiográficos /.../ que encuentra en El otoño de Poughkeepsie su pieza maestra.”

La producción cuentística anterior, la que Martín Gaite agrupó en Las ataduras y luego en El balneario, surgió al calor de la Revista Española, en torno a la que se agruparon jóvenes universitarios de la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid -Aldecoa, Fernández Santos, Ferlosio, Medardo Fraile y ella misma-, que revitalizarían en los años 50, bajo la influencia del neorrealismo cinematográfico. De ese ambiente surgen los cuentos de Las ataduras y la mayor parte de los de El balneario, en los que predominan los apuntes impresionistas con finales abiertos, la voluntad de hacer un reportaje narrativo del presente con una mirada cinematográfica.

Y desde entonces el cuento -explica Teruel- “fue un género decisivo en la formación de Carmen Martín Gaite como escritora y lo cultivó, con mayor o menor intermitencia, a lo largo de toda su singladura literaria.”

Una singladura de medio siglo, porque los cuentos que Martín Gaite publicó en vida aparecieron entre 1948 y 1997, cuando aparece el último, En un pueblo perdido.

José Teruel fija en su prólogo -‘La extrañeza ante lo cotidiano’- la evolución de Carmen Martín Gaite desde el neorrealismo de Las ataduras El balneario a los cuentos maravillosos y al eclecticismo y la experimentación de los últimos relatos.

En esa evolución los cuentos de Martín Gaite se mueven entre el reflejo y la invención de la realidad, pasan de lo testimonial a lo introspectivo, del reflejo de lo cotidiano a la imaginación y a lo maravilloso, hasta culminar en las claves autobiográficas de los últimos cuentos, donde la narración aspira a la reconstrucción de la propia identidad en una integración de lo personal y lo ficticio que alcanza su momento cenital en El otoño de Poughkeepsie.

En 1983 había completado en El cuento de nunca acabar una profunda reflexión sobre el relato en la que defendía la imaginación creadora y la participación cómplice del lector en un modelo de cuento abierto. Con esta declaración se cerraba esa meditación sobre la teoría y la práctica del cuento:

Mientras dure la vida, sigamos con el cuento.




Juan Carlos Onetti.
Cuentos completos.
Debolsillo. Barcelona, 2019.


Cuando se cumple un cuarto de siglo de su desaparición, es un buen momento para volver a los relatos de Onetti, uno de los maestros reconocidos del género en lengua española, en la asequible edición de sus Cuentos completos que publica Debolsillo. 

Entre el primero de estos cuentos -Avenida de Mayo-Diagonal Norte-Avenida de Mayo- que apareció el 1 de enero de 1933 y los dos últimos -Ella y La araucaria-, escritos en 1993, transcurrieron seis décadas de escritura. Sesenta años en los que Onetti fue levantando con su narrativa fundacional un universo literario en el que las novelas y los cuentos forman un todo coherente desde el punto de vista formal, en su articulación temática, en la libertad en el uso del tiempo, en las elipsis y las omisiones o en la presencia común de personajes, ambientes y actitudes resumidas en palabras, gestos y comportamientos que resumen la estética del fracaso y la resignación ante la derrota.

Con el telón de fondo de sus paisajes desolados y sus ambientes sórdidos, los cuentos de Onetti bucean en el secreto de la conciencia y la memoria y dibujan un mundo inconfundible, opaco y ambiguo, cerrado y asfixiante, habitado por la soledad y la culpa, la crueldad y la ternura, el fracaso y la incomunicación, la tristeza y la desolación, el deseo y la problemática complejidad de la relaciones amorosas.

Como las novelas, sus cuentos viven en la frontera difusa del mundo real y la ficción, una frontera en la que la imaginación se convierte en alternativa a la realidad a través de unos personajes de perfiles borrosos y comportamientos complejos.

Es una nueva oportunidad de releer obras maestras del género: El infierno tan temido, La novia robada, Bienvenido, Bob, Esbjer en la costa, Mascarada, La casa en la arena, Regreso al sur o Un sueño realizado. 

En anexo, cuatro textos agrupados bajo el rótulo Cuentos inéditos y fragmentos, entre ellos El último viernes, un cuento inédito que aparece junto con  esas obras maestras de un género en el que Onetti estuvo a la misma altura, por lo menos, de sus mejores novelas.



Saadat Hasan Manto.
Diez rupias.
Selección, traducción del urdu y prólogo
de Rocío Moriones Alonso.
Nórdica. Madrid, 2019.


“En el nombre de Dios compasivo y misericordioso. Aquí yace Saadat Hasan Manto, y con él yacen enterrados todos los secretos y los misterios del arte del relato breve. Reposa bajo toneladas de tierra, preguntándose aún quién de los dos es el mejor escritor de relatos, Dios o él.”

Ese es el epitafio que el narrador Saadat Hasan Manto (Punjab,1912- Lahore, 1955), al que Salman Rushdie reconocía como “el maestro indiscutible del relato moderno de la India”, escribió para sí mismo un año antes de su muerte por cirrosis.

Lo recuerda Rocío Moriones Alonso en el prólogo -Manto: Más allá de la literatura india en lengua inglesa- que ha escrito para presentar los dieciocho relatos que ha seleccionado y traducido para la edición de Diez rupias, que publica Nórdica Libros.

Rocío Moriones, que ya había publicado otra selección de relatos de Manto hace siete años, explica en ese iluminador prólogo la problemática trayectoria vital y literaria del autor y las difíciles circunstancias sociohistóricas y culturales en las que escribió su amplia obra narrativa, formada por un total de doscientos cuarenta relatos y alguna novela.

En ese prólogo destaca la traductora la importancia de Manto como “uno de los pocos escritores indios que, a pesar de los prejuicios existentes, han conseguido hacerse un hueco en el panorama editorial occidental.

Tanto la calidad de su obra, escrita en urdu y desarrollada fundamentalmente en el campo del relato, como su carácter de cronista de los sucesos más dolorosos de la historia india de la primera mitad del siglo XX hacen de él uno de los escritores indios más representativos de ese siglo.”

Guionista de cine y de radio, además de narrador, la independencia y la rebeldía son los rasgos fundamentales de su obra y su escritura, cronista de su época y crítico de la injusticia social, Manto se instaló en Pakistán, donde pasó sus últimos seis años de vida, marcados por la autodestrucción y el alcoholismo, y reflejó en sus relatos de ambiente urbano las tensiones entre musulmanes e hindúes que están en el origen de la partición de la India poscolonial.

Esa partición religiosa que separó Pakistán de la India marcó un antes y un después en la historia de la India también partió en dos la biografía y la obra de Manto y constituye la clave fundamental del universo narrativo y moral de un escritor deslumbrante formado en gran medida en la lectura de los clásicos de la narrativa europea del siglo XIX, con Maupassant a la cabeza, a los que tradujo y de los que aprendió los fundamentos técnicos del relato breve, que combinó con una creciente influencia de la técnica cinematográfica.

Este volumen ofrece una selección de relatos representativos de su temática características: la sexualidad, la prostitución y la infancia, la situación de la mujer -en cuentos como El salvar negroTras el juncal o el que da título al volumen-, y sobre todo los conflictos políticos que reflejó en relatos como La nueva ley, Sucedió en 1919 o El último saludo.

Obsceno, irónico e irreverente, revolucionario o reaccionario, polémico siempre, provocador y disoluto, alcohólico y pobre, Manto vio marcada su vida y su obra por las contradicciones y las tensiones de la India y los conflictos religiosos y sociales que sufrió en primera persona.

Pero además de un testigo incómodo, Manto fue un maestro de la descripción y las técnicas elusivas: de la elipsis narrativa y de los finales abiertos; construyó sus relatos desde dentro hacia fuera, con una mirada que arranca del mundo interior del personaje o ahonda introspectivamente en su carácter, y combinó con equilibrio la narración y el diálogo, el monólogo interior y las voces del narrador y de los personajes con una agilidad narrativa y una tonalidad que recuerda con frecuencia a Chejov.

Es la cuarta vez que se traduce al español una obra del urdu, la lengua oficial de Pakistán, al español. En las otras ocasiones, la misma traductora, Rocío Moriones Alonso, hizo una labor tan impecable como la que ofreció en Atalanta: una brillante e inolvidable versión de Aroma de alcanfor, de Naiyer Masud.

Santos Domínguez