13 noviembre 2012

La espiral de la austeridad


Economistas aterrados.
La espiral de la austeridad.
España intervenida.
Traducción de 
Santiago Martín Bermúdez.
Pasos perdidos. Barcelona, 2012.

En esta nueva entrega de los Economistas aterrados, La espiral de la austeridad. España intervenida, que publica Pasos perdidos, Thomas Coutrot, Henri Sterdyniak, Benjamin Coriat y Dany Lang. continúan con sus críticos análisis de las políticas económicas de la Unión Europea. Por un lado denuncian el diagnóstico errado, pues en su opinión la crisis no se inició por el déficit excesivo de los estados, sino por la desregulación financiera mundial promovida por los economistas neoliberales, que permitió, entre otras prácticas lamentables, la formación de gigantescas burbujas inmobiliarias en varios países. Pero por otro lado manifiestan que tampoco la terapia es la correcta: la austeridad sólo conduce a la recesión y al crecimiento del paro, sin que el déficit y la deuda se solucionen.

Pero esto ya lo habían explicado en 2010 en su manifiesto fundacional. Ahora añaden una nueva denuncia: la Unión Europea, un supraestado de escasa legitimidad democrática, ha tomado decisiones que vacían de participación ciudadana importantes decisiones políticas. El llamado Pacto Presupuestario conducirá a que todos los países incluyan en sus Constituciones modificaciones que impiden que los parlamentos nacionales sean autónomos a la hora de diseñar la política económica de cada estado.

En España ya se modificó la Constitución en septiembre de 2011 y si no recuerdan el referéndum es porque no lo hubo. Casi no hubo ni debate.

Con estas medidas la Soberanía se transfiere a unos organismos europeos poco o nada representativos, que tras unos cálculos que los autores del libro consideran opacos, cuando menos, pueden obligar a un país a aplicar una serie de recortes sin tener en cuenta que esa actuación provoque un daño económico y social insufrible.

Los autores no sólo denuncian que el procedimiento es antidemocrático, sino también que el objetivo no es otro que desmantelar el estado social.

Frente a estas políticas europeas erradas, antidemocráticas, crueles y cargadas de objetivos perversos, las propuestas de Economistas aterrados son fácilmente comprensibles: controlar la especulación financiera mundial, conseguir que los países con problemas de deuda paguen unos tipos de interés razonables, prohibir los paraísos fiscales, obligar a que los bancos se dediquen a la gestión del crédito (controlando sus ambiciones especulativas), tomar medidas fiscales que consigan, por ejemplo, que los multimillonarios no puedan pagar menos porcentaje de impuestos que sus chóferes...

Ojalá estas denuncias y estas propuestas se concretaran en una fuerza política que, por un lado inquietase, aunque sólo fuera un poco, a los privilegiados que provocaron la catástrofe; y por otro a los demás, nos trajese un poco de esperanza.
Jesús Tapia

Maravall. La cultura del Barroco

José Antonio Maravall.
La cultura del Barroco.
Ariel. Barcelona, 2012.

Para conmemorar los setenta años de la editorial, Ariel reedita uno de los monumentos del ensayismo hispánico contemporáneo: La cultura del Barroco, un estudio fundamental que José Antonio Maravall publicó en 1975 y que es seguramente la mejor iluminación de conjunto sobre las implicaciones culturales de ideología y estética, de religión y literatura, de política y teatro en el marco de la Contrarreforma de Trento y en medio de una grave crisis económica, social y política.

Con un campo cronológico limitado a la primera mitad del siglo XVII y con una atención especial al reinado de Felipe IV, Maravall desenmascara la instrumentalización de la cultura al servicio de los intereses del poder y desvela los procedimientos de maquinación del teatro y de la fiesta como formas de propaganda para preservar las estructuras señoriales de la monarquía austríaca.

La del Barroco fue –como explica minuciosamente este ensayo- una cultura programada e intervenida desde el poder, desde la alianza trabada por la monarquía, la aristocracia tradicional y el jesuitismo contrarreformista para preservar los privilegios de los poderosos y las diferencias estamentales en una sociedad tan conflictiva como la del Seiscientos español.

Por su transcendencia literaria y su lugar central en la literatura barroca, el ejemplo más significativo es el del teatro nacional de Lope de Vega, Tirso de Molina o Calderón de la Barca. La fórmula urbana del arte nuevo, que conectó con el pueblo de manera asombrosa, fue aprovechada desde el poder para producir una manipulación ideológica de los espectadores, para estimular una cultura persuasiva que imponía desde los escenarios de los corrales la adhesión inconsciente y ciega a los valores tradicionales – el honor, la honra, la jerarquía, la autoridad- sobre los que se asentaba el sistema monárquico señorial de la España barroca. 

Maravall lo resume en estos términos:

El Barroco no es sino el conjunto de medios culturales de muy variada índole, reunidos y articulados para operar adecuadamente con los hombres [...] a fin de acertar prácticamente a conducirlos y a mantenerlos integrados en el sistema social.

Esa es la tesis fundamental de este libro, la revelación de los códigos usados por aquella cultura dirigista que proyectó en el pueblo su afán propagandístico y le inculcó sutilmente el inmovilismo a través de una serie de recursos de acción sicológica y de una cosmovisión pesimista de la realidad.

Una interesada cosmovisión barroca de raíz ascética cuyo centro es el desengaño ante la imagen de un mundo al revés o de un teatro en el que todos fingen, de una naturaleza que se ha convertido en fuerza agresiva que desencadena catástrofes sanitarias o terremotos o inundaciones. Así se impone el miedo a la muerte y se induce finalmente a la inacción, al apartamiento del mundo, al conformismo.

La cultura del Barroco, un ensayo ejemplar e imprescindible sobre aquella cultura dirigida, masiva, urbana y conservadora, forma parte de un proyecto más amplio y ambicioso con el que el profesor Maravall aspiraba a construir una historia social de las mentalidades.

Con todo lo que en él hay de ensayo, de enfoque personal, de erudición, profundidad y rigor analítico, desde su publicación, hace casi cuarenta años, este libro no solo mantiene su vigor, sino que se ha consolidado como un estudio esclarecedor que abrió en su momento nuevas perspectivas en el campo de los estudios de historia cultural y de la sociología de la literatura española.

Santos Domínguez

12 noviembre 2012

Felisberto Hernández. La casa inundada


Felisberto Hernández.
La casa inundada.
Prólogo de Eloy Tizón.
Ars brevis Atalanta. Gerona, 2012.

En los dieciocho relatos que Atalanta recoge en el volumen La casa inundada se resume el particular mundo narrativo de Felisberto Hernández (Montevideo, 1902-1964), un escritor- decía Calvino en el prólogo a la traducción italiana de la obra de Felisberto Hernández- que escapa a toda clasificación y encasillamiento pero que a cada página se nos presenta como inconfundible.

Mucho antes del boom de la novela latinoamericana de los años sesenta, y desde fuera de lo que había sido hasta los años cuarenta su tradición narrativa, Felisberto Hernández contribuyó a modernizar la literatura de Hispanoamérica y la obra de quienes vinieron después.

De esa situación crucial hablan explícitamente las fechas: murió en 1964, el mismo año en que Onetti publicaba Juntacadáveres y poco después de la publicación de Rayuela, La ciudad y los perros. La muerte de Artemio Cruz o El astillero.

A ese papel, tan excéntrico como esencial de Felisberto Hernández, que estuvo allí y estuvo antes, se refiere Eloy Tizón en el prólogo intenso que ha escrito para esta edición. Un prólogo que contiene las claves fundamentales de la narrativa de Felisberto Hernández, uno de esos escritores subterráneos que se ganan a pulso la admiración y el cariño de sus lectores de manera discreta, sin aspavientos ni escándalos, al contrario, se presentan como narradores de apariencia afable y chaleco de punto bajo el cual bombea un corazón indómito empeñado en robar el daguerrotipo de Dios.

El papel de Felisberto Hernández es más el de un profeta visionario que el de un patriarca como Borges, Asturias o Carpentier. Pianista itinerante y pobre en conciertos provincianos por el interior de Uruguay, acabó dedicado exclusivamente a la narrativa y pese a su condición de escritor minoritario fue admirado por Gómez de la Serna y Onetti, y autores más jóvenes, como Cortázar o García Márquez reconocieron la deuda que tenían con él.

Los relatos de su última etapa, que se inicia en 1943 con El caballo perdido y se prolonga con los volúmenes Nadie encendía las lámparas (1947) y La casa inundada (1962), son los que se recogen en este canon de la narrativa de Felisberto Hernández.

Sobre esos cuentos ha dicho Luis Harss palabras definitivas y certeras:  me parece que todos los libros de Felisberto -hechos de misteriosas imágenes casi de sueño- son los de un tipo que está escribiendo al piano. En la pantalla de sus historias se proyectan las imágenes de lo que él va viendo mientras toca el piano. Y ésos son sus cuentos.

Su mundo narrativo, un mundo misterioso y secreto, se alimenta de la sintaxis inconexa de los sueños, de las visiones y la imaginación que sustituye a la realidad, porque Felisberto Hernández parece escribir para ser otro, para huir de sí mismo.


Mis cuentos no tienen estructuras lógicas  /.../ yo no sé cómo hago mis cuentos, porque cada uno de ellos tiene su vida extraña y propia, escribió en Explicación falsa de mis cuentos. Son cuentos escritos en primera persona, porque él fue su propio personaje y en sus relatos se mezclan el sueño y la realidad, la imaginación y el recuerdo para dar lugar a una literatura envolvente en la que los recuerdos de infancia y juventud reconstruyen un  pasado de jardines arruinados, casas deterioradas y objetos animados. Es un pasado imaginario que no está tanto en la memoria como en la invención.

En esta selección que ha hecho Jacobo Siruela no podía faltar el que probablemente sea su cuento más conocido, Nadie encendía las lámparas, uno de los mejores relatos breves que se escribieron en español en el siglo XX. Pero hay otros tan imprescindibles como La casa inundada, que da título a la antología, El cocodrilo o La casa nueva.

Y así como hay una parte inaccesible de su obra en una serie de cuadernos taquigráficos que aún no han sido descifrados, hay también una parte opaca e inaccesible en su mundo literario, en el que lo irreal o lo confuso tienen un papel central y son el paisaje de fondo en el que transcurren los secretos o la sexualidad, las sensaciones y el misterio.

Nadie ignora- escribió Juan José Saer-  que uno de los más antiguos ciclos narrativos que posee la humanidad se lo debemos a una muchacha que, para salvar su vida y la de su hermana, le contaba historias a un tirano para embrujarlo con ellas y, dejándolas en suspenso cada noche, incitarlo a postergar la ejecución capital. Como todos los grandes narradores es esa prórroga lo que parece buscar Felisberto Hernández en cada uno de sus admirables relatos.

Santos Domínguez

10 noviembre 2012

Manuel Rico. Fugitiva ciudad

 

Manuel Rico.
Fugitiva ciudad.
Hiperión. Madrid, 2012.



Estaba en la mirada que entregaba el espejo,
en los días felices, a un huidizo muchacho,
probablemente muerto, quizá oculto
en un armario frío, abandonado
en ese vertedero de desastres
que adorna descampados y abismos industriales,
en el cuarto de atrás de la ciudad
donde has crecido mucho, quizá demasiado:
en tardes sobre todo
y en deudas impagables e hipotecas
de dudoso interés, de incierto euríbor.

Ese poema, Huidizo muchacho, de Fugitiva ciudad (Hiperión), con el que Manuel Rico obtuvo el último Premio Internacional Miguel Hernández-Comunidad Valenciana, resume en su tono y en su contenido el talante poético de Manuel Rico, el compromiso con el presente de una mirada y una voz que tienen sus raíces en el pasado, que emerge en estos textos con más melancolía que desencanto, con más serenidad que indignación.

Patria de la memoria es la palabra poética para Manuel Rico, que une la voluntad testimonial a la voluntad de estilo y el compromiso ético a la potencia del lenguaje y a la ambición creativa que encierran sus adjetivos inesperados o sus sinestesias iluminadoras.

En la metonimia personificadora del título, en esa ciudad fugitiva que es una proyección del poeta, de sus pérdidas y de su evolución personal, confluyen –entre lo íntimo y lo público- ciudades como Madrid, Berlín, Barcelona, Roma o Viena, unidas por la mirada rememorativa de tiempos y lugares convocados por la vivencia del presente y la evocación del pasado, los años de plomo y la memoria histórica, el tiempo parado en el que no estalla la primavera y el espacio familiar al que llega la muerte, los barrios inciertos o los días con música de fondo que estructuran algunas de las secciones de este libro urbano y elegiaco.

En sus poemas, el presente se superpone al perfil del pasado para trazar el mapa de la experiencia y la memoria personal y colectiva, eje fundamental del libro: la guerra de Irak y los recuerdos de la pana y la franela, los bares y los hipermercados, las lecturas y los amigos muertos (Vázquez Montalbán, Dulce Chacón, Diego Jesús Jiménez), la pintura y la música, la conciencia crítica que aparece en Cena en Frankfurt, con Juan Gelman: 

Casi solos, 
nos reímos contra la incertidumbre
de una Europa cobarde, desgajamos 
la naranja misteriosa de los sueños, 
tanteamos la piel donde la vida 
tiembla junto a la muerte, se deseca
cuando el odio es de plata y en los ríos oscuros
los muertos desayunan
el sueño de las algas y de la sal cortada.

O la adolescencia periférica del muchacho huidizo que fue el poeta en los desmontes suburbiales de la ciudad fugitiva:

el muchacho ya viejo que amó las periferias
urbanas y mortales, intentando atrapar
la sombra de un poema.

Santos Domínguez







09 noviembre 2012

Bailando en Odesa


Ilyá Kamínsky.
Bailando en Odesa.
Edición bilingüe.
Traducción y prólogo de
Gustavo A. Chaves.
Libros del Aire.Madrid 2012.

Oración del autor

Si he de hablar por los muertos, tendré que abandonar
este animal que es mi cuerpo,

deberé escribir una y otra vez el mismo poema,
porque una página vacía es la bandera blanca de su rendición.

Si he de hablar por ellos, deberé caminar
sobre el filo de mí mismo, deberé vivir como un ciego

que corre por los cuartos
sin tocar los muebles.

Sí, estoy vivo. Puedo cruzar la calle y preguntar «¿Qué año es?»
Puedo bailar mientras duermo y reírme

frente al espejo.
Hasta dormir es orar, Señor,

yo he de alabar tu locura, y
en un idioma no mío, hablaré

de la música que nos despierta, la música
en que nos movemos. Pues cualquier cosa que diga

es una especie de súplica, y los más oscuros días
tendré que alabar.

Con ese poema en el que parece resonar la voz poética de Rilke, se abre Bailando en Odesa, un libro que Ilyá Kamínsky, poeta norteamericano nacido en Odesa en 1977, publicó en 2004.

Entre lo intimista y lo alucinatorio, entre lo confesional y las revelaciones, esta poesía, cercana en su mirada a lo mágico, es una exploración en la identidad propia a través de la memoria, lo que hace brillar un cuerpo. Esa búsqueda de las raíces indaga, naturalmente, en el recuerdo autobiográfico y familiar, pero también en una serie de escritores, pintores y músicos que constituyen referentes artísticos y morales para Kamínsky: desde Paul Celan hasta Brhams, desde Chagall a Brodsky, desde Chopin a Isaak Bábel, pasando por Mandelstam, a quien dedica uno de los poemas centrales del libro, una hermosísima elegía titulada Música humana, o por Marina Tsvietáieva.

Libros del Aire lo incorpora a su colección Jardín Cerrado en edición bilingüe con traducción y prólogo de Gustavo A. Chaves, que resume estos textos de Kamínsky como “el testimonio de una memoria en que literatura y vida se han mezclado de tal forma que son inseparables, tan inseparables como la vida del poeta y el recuerdo de la ciudad donde vivió su familia y él vio la luz.”

Y de esa ciudad familiar –Nací en la ciudad que tomó su nombre de Odiseo- en la que están sus raíces toman título la obra, la primera sección del libro y este poema en prosa, estremecido y confesional: 


Bailando en Odesa

En una ciudad gobernada conjuntamente por palomas y cuervos, las palomas cubrían el distrito central y los cuervos el mercado. Un niño sordo contó los pájaros que había en elpatio de su vecino, y obtuvo un número de cuatro dígitos. Marcó ese número en el teléfono y le declaró su amor a la voz del otro lado.

Mi secreto: a la edad de cuatro años me quedé sordo. Cuando perdí el oído, empecé a ver voces. En un tranvía lleno de gente, un hombre con un solo brazo me dijo que mi vida estaría misteriosamente conectada a la historia de mi país. Y sin embargo mi país ha desaparecido; sus ciudadanos se dan cita en sueños para realizar elecciones. El hombre no describió sus caras, sólo unos pocos nombres: Roldán, Aladino, Simbad.


Esta edición de Bailando en Odesa contiene como apéndice un conjunto de poemas que con el rótulo Sonia y su cuento de hadas forman parte del libro inédito República Sorda.

Santos Domínguez

08 noviembre 2012

De Borges al presente



José Miguel Oviedo.
Historia de la literatura hispanoamericana.
4. De Borges al presente.
Alianza Editorial. Madrid, 2012.

De Borges al presente es el título del cuarto volumen de la Historia de la literatura hispanoamericana que publica Alianza Editorial. Desde Borges y la literatura fantástica hasta la postmodernidad y el “post-boom”, José Miguel Oviedo hace un recorrido minucioso por la literatura hispanoamericana de los últimos sesenta años, una historia viva y un análisis más profundo de lo que cabría esperar de una obra tan panorámica como esta.

Se abordan en sus cinco apartados cronológicos desde el sistema y la estratagema narrativa de Borges o la órbita de lo fantástico en la que se mueven Bioy Casares, Felisberto Hernández, Virgilio Piñeira o Juan José Arreola hasta la condición extemporánea de Mujica Láinez, pasando por el existencialismo de Ernesto Sábato y por la renovación del regionalismo y el indigenismo en el mundo penitencial de Juan Rulfo, en la nostalgia arcádica de José María Arguedas o en los laberintos históricos de Roa Bastos.

Otras secciones se centran en la renovación neovanguardista de la antipoesía de Nicanor Parra o el superrealismo de Gonzalo Rojas, el universo barroco de Lezama Lima, la aventura triangular de Julio Cortázar en Rayuela o la ardiente lucidez de Octavio Paz en su doble condición de poeta y ensayista, presencias poéticas femeninas potentes y decisivas como Olga Orozco, Idea Vilariño o Blanca Varela, la verticalidad profunda de la poesía de Roberto Juarroz, la literatura anfibia –entre el verso y la prosa- de Mutis o Benedetti, la suma de arte y moral en la prosa de Monterroso y de Julio Ramón Ribeyro.

Como es lógico, se dedica un capítulo específico al boom, a su centro - los círculos mágicos de García Márquez, la libertad estética y moral de Carlos Fuentes, las jerarquías de la realidad y el poder en Vargas Llosa-, a su órbita, de la que forman parte José Donoso más allá del realismo o Cabrera Infante y sus juegos verbales, a su periferia, con Jorge Edwards o Carlos Monsiváis.

Y finalmente hay una aproximación a la posmodernidad a través de la voluntad indagatoria de Sergio Pitol y Juan José Saer, un acercamiento a la poesía de José Emilio Pacheco, Alejandra Pizarnik y Juan Gelman y una indagación en nombres más recientes como los narradores Bolaño, Volpi o Ana María Shua o los poetas Cobo Borda y Jaramillo Agudelo.

Con una perspectiva regional, no nacional, este recorrido por la contemporaneidad de las letras hispanoamericanas es ya un referente en los estudios de conjunto, en las panorámicas literarias que abordan un momento tan brillante como el del último medio siglo de la literatura en aquel continente.

Santos Domínguez





07 noviembre 2012

Robespierre. Una vida revolucionaria



Peter McPhee.
Robespierre.
Una vida revolucionaria.
Traducción de Ricardo García Pérez.
Península. Barcelona, 2012.

Robespierristas, antirrobespierristas, ya es suficiente. Les pedimos, por piedad, dígannos simplemente cómo era realmente Robespierre, escribía en 1941 el historiador Marc Bloch.

Robespierre. Una vida revolucionaria, el libro del profesor Australiano Peter McPhee que apareció a comienzos de este año en su versión original y que acaba de publicar Península con traducción de Ricardo García Pérez, es seguramente el intento más serio y riguroso de responder a las palabras de Marc Bloch y de acercarse a una figura tan compleja como la de quien fue conocido como “el incorruptible”.

Héroe o canalla, monstruo del Terror o revolucionario íntegro, mártir o golpista, egocéntrico y compasivo, víctima de la reacción girondina y de sus propias contradicciones, Robespierre asume el papel de icono de la conflictiva Revolución francesa.

Así justifica Peter McPhee su interés por el biografiado:

La figura de Maximilien Robespierre me ha intrigado desde que, en mi época de estudiante, me preguntaba cómo era posible que en 1793 y 1794 se acabara considerando que quien había formulado los más altos principios de 1789 era la personificación del reinado del Terror. ¿Fue un caso trágico de los riesgos que entraña la rigidez ideológica y personal, como se enseñaba en las furibundas dramatizaciones literarias, o se trató más bien de un ejemplo extremo de que tal vez los grandes líderes acaban siendo vilipendiados por aquellos a quienes han servido y salvado? ¿O se trata de algo enteramente distinto?

A contestar esos interrogantes se dedican los doce capítulos de esta obra que traza un retrato tan profundo como el que requería alguien de personalidad tan polémica y de fama tan controvertida como Robespierre.

Cuando el 29 de julio de 1794 lo guillotinaron los girondinos junto con Saint Just y otros jacobinos, el golpismo reaccionario empezaba a imponer su estrategia y a escribir el final de una revolución que intentó acabar con los privilegios de la nobleza y proclamó la felicidad y la libertad de los ciudadanos como objetivos del nuevo régimen  republicano.

Aquel día acababa simbólicamente no solo un periodo utópico de la Historia. Acababa también la vida del prototipo que encarnó los ideales de la Revolución francesa.

En la fosa común en la que se tiraron sus restos quedó enterrada y cubierta por la tierra y la cal una vida nada fácil que había durado treinta y seis años

El profesor McPhee integra en este libro las últimas aportaciones sobre la vida de Robespierre y las combina con una atención constante al contexto histórico en que transcurrió su existencia. Por eso su acercamiento al personaje no es solo un acercamiento político, sino humano, porque las claves del hombre público, del revolucionario incorruptible, las indaga el biógrafo en la importancia decisiva que tuvieron sus años de infancia y juventud en la formación de su personalidad y su ideología.

Y esa es una de las contribuciones más innovadoras de esta biografía, derribar parte de las barreras existentes entre lo público y lo privado en la vida de Robespierre para contestar a esta pregunta: ¿Quién era aquel hombre que llegó a Versalles tan solo unos días antes de su trigésimo primer cumpleaños?

En aquellos años decisivos en la vida de Robespierre, en los treinta y un años que transcurren entre 1758 y 1789 se habían forjado sólidamente sus planteamientos éticos y políticos.

Fueron los años de infancia traumática de aquel huérfano pausado, razonable y laborioso, años de búsqueda de éxito social del abogado joven, ingenioso e inteligente, soltero y abstemio que se convirtió en el parlamentario brillante y reivindicativo que se enfrentó a los privilegios de la aristocracia y el clero.

Diputado en representación del tercer estado, Robespierre se irguió como modelo de revolucionario activo y radical que se enfrentó sin desmayo a enemigos numerosos e implacables que sabían que descabezando aquel cuerpo descabezaban también los ideales políticos que había defendido desde joven.


Santos Domínguez