16 noviembre 2011

El santo del monte Koya y otros relatos


Izumi Kyoka.
El santo del monte Koya
y otros relatos.

Traducción de Susana Hayashi.
Introducción de Carlos Rubio.
Satori Ediciones. Gijón, 2011.

Satori Ediciones, una editorial gijonesa “dedicada a dar a conocer la fascinante cultura japonesa al mundo hispano-hablante a través de obras publicadas por autores de reconocido prestigio, tanto occidentales como japoneses”, acaba de publicar un brillante conjunto de relatos de Izumi Kyoka (1873-1939), autor inédito hasta ahora en español.

Los cuentos de El santo del monte Koya y otros relatos cumplen uno de los objetivos centrales de esta editorial, “cubrir el vacío bibliográfico que existe en lengua española con respecto a la cultura nipona (...) porque creemos que éste es el mejor modo de penetrar en una cultura tan lejana pero, al mismo tiempo, tan cercana. Con este sueño nació Satori, «Iluminación», para aportar un poco de luz sobre un mundo, el nipón, que, en cierto sentido, aún sigue en penumbra.”

Una de las líneas fundamentales de este proyecto es la colección Maestros de la Literatura Japonesa, en la que han aparecido El Caminante, de Natsume Sōseki, o Namiko, de Tokutomi Roka.

Y en esa misma colección acaban de aparecer, por primera vez en lengua española y con traducción de Susana Hayashi, cuatro relatos de Izumi Kyoka, un genio, en palabras de Mishima, que vio en él la materialización más pura del espíritu romántico.

¿El más romántico de los novelistas japoneses? –se pregunta Carlos Rubio en su introducción- ¿El eslabón entre la literatura premoderna y la moderna de Japón? ¿El Edgar Allan Poe de Japón? ¿El creador de la «novela gótica» japonesa? ¿El más difícil de los literatos de la época Meiji (1868-1912)? ¿El mejor representante del simbolismo japonés? ¿El más feminista de los escritores japoneses?

Kyoka, como Koseki, vivió una época en la que Japón se moderniza y entra en conflicto con la tradición. De las dimensiones transcendentales de ese conflicto trata la literatura japonesa del periodo Meiji, que se caracterizó por la asimilación de los modelos culturales y literarios del mundo occidental.

Y en ese contexto conflictivo Kyoka fue un excéntrico que asumió el irracionalismo romántico y exploró el mundo de los sentimientos y la otra realidad de las apariciones fantasmales.

Minoritario, autor de culto, ensimismado y anacrónico, dueño de una mirada ensimismada e independiente, el pesimismo, la rebeldía, la defensa del individualismo frente a la sociedad, las protagonistas femeninas, la evasión y la fantasía son algunas de las claves de su universo narrativo.

Este volumen reúne cuatro de sus relatos fundamentales: El quirófano, con el que obtuvo su primer reconocimiento entre los lectores; El santo del monte Koya, su obra más emblemática, un relato sobre el viaje prodigioso de un monje a través de un desierto montañoso propicio al misterio. Es mucho más que un mero relato de fantasmas, mucho más que una simple secuela de Poe. En palabras de Carlos Rubio, ese texto fijó los mitos centrales de su universo, del que forman parte también los otros dos relatos de este libro: Un día de primavera, la ensoñación de dos hombres seducidos por la misma mujer, y La mujer carmesí, otro relato esencial y sorprendente de su obra de madurez.

Santos Domínguez

14 noviembre 2011

La invención de la Generación del 27


Manuel Bernal Romero.
La invención de la Generación del 27.
Berenice. Córdoba, 2011.

Pocos conceptos habrá más desprestigiados y pocos métodos habrá más inservibles y perturbadores en los estudios literarios que el de las generaciones. Hace ya tiempo que Ricardo Gullón lo explicó lúcidamente en un memorable ensayo, La invención del 98, quizá no suficientemente leído por algunos sectores de la crítica y la didáctica de la literatura española.

Acaba de aparecer en Berenice un libro de Manuel Bernal Romero sobre otra invención, la del 27, un rótulo tras el que se esconde una nómina desigual de poetas valiosos cuya obra ha ido creciendo en lectores y en influencia con el tiempo y de acompañantes y palmeros a los que ese mismo tiempo ha pulverizado sin misericordia.

Basándose en declaraciones, cartas y notas de prensa, Manuel Bernal Romero ha escrito un libro desmitificador que da una nueva interpretación sobre las circunstancias que rodearon la invención del 27 y su presentación en público; sobre la fotografía del intranscendente homenaje a Góngora en el Ateneo de Sevilla a mediados de diciembre de 1927, en la que no aparecen ni Salinas, ni Aleixandre, ni Cernuda; sobre los pormenores de aquella excursión en tren a la gloria que sufragó Sánchez Mejías; sobre las gamberradas, las polémicas y los rechazos que provocó la celebración gongorina y sobre los intereses promocionales de aquella sociedad anónima en palabras de Bergamín, aunque en realidad fuera una sociedad limitada.

Es bien sintomático que los muñidores y propagandistas del grupo y su advocación gongorina fueran Gerardo Diego y Dámaso Alonso, los poetas por los que ha pasado peor el tiempo, o un charlista ágrafo como Pepín Bello.

Y aún más sintomático que Cernuda, que no está en la foto, haya ido creciendo en prestigio. Y entre unos y otros, la reticencia de Lorca, la sensación de Alberti de que aquel homenaje había sido un desastre, “un gran fracaso”, o la renuncia de Salinas a participar en él.

La invención de la generación del 27 narra desde dentro y desde fuera la intrahistoria y la apariencia de aquellos fastos, menos presentables, menos unánimes y en el fondo más divertidos de lo que suele contarse.


Santos Domínguez

11 noviembre 2011

El niño que bebió agua de brújula



Julio Mas Alcaraz.
El niño que bebió agua de brújula.
Calambur. Madrid, 2011.


Los textos de El niño que bebió agua de brújula, el último libro de Julio Mas Alcaraz que publica Calambur, crean su propia lógica, construyen un contenido semántico autónomo y se vinculan entre sí con una sintaxis secreta y coherente.

La vinculación estética de Julio Mas Alcaraz con John Ashbery -de quien hizo una celebrada traducción de El juramento de la pista de frontón- y con Antonio Gamoneda, que firma el texto introductorio, Frontispicio para Julio enloquecido por los límites, lo convierte en un poeta ambicioso y consciente que encarna el modelo de la escritura inconformista y se rebela contra las limitaciones de la realidad, de la existencia y de las palabras, porque vive la “sed de desvarío” que destaca Gamoneda en su presentación y sabe que, como dice el maestro, “la verdad es necesariamente incomprensible.”

El niño que bebió agua de brújula -Nuestras madres, de pequeños, cada mañana, nos daban una cucharada de agua de brújula- es una incursión en el subsuelo del dolor y en la noche, en la pregunta y en el grito, un libro sustentado en la intensidad emocional más que en la articulación racional de la realidad o de las secuencias temporales.

Porque estos poemas organizan su tiempo en “el orden de la memoria” que entiende el dolor y el vacío de las pérdidas. Porque este es un libro dictado por el dolor, escrito con tinta amarga y con la lluvia detenida en el frío de la noche del desamparo y del grito:

En la ira de tu muerte corto mi cara y lleno la ciudad de aullidos.

Este es un libro visionario, duro y punzante en el que los abismos existenciales y los vacíos vertiginosos se salvan a través de la palabra y la memoria, porque “el dolor más agudo y lento busca el recuerdo” para recomponer el orden de un mundo que ya es un espejo roto en mil fragmentos.

Y desde lo mineral, desde la degradación de lo vegetal y los bosques incendiados, desde los pájaros enfermos, el poeta se remonta a las montañas, baja a los infiernos, a los desiertos dunares y a los mares contaminados para remontarse al árbol y exprimir la pulpa de la granada y para oír la circulación de la savia blanca de la higuera.

Porque al final, como en el Canto de San Juan que cierra este libro, aquí se celebra un nacimiento, no una muerte.


Santos Domínguez

08 noviembre 2011

Francisca Aguirre. Los maestros cantores


Francisca Aguirre.
Los maestros cantores.
Prólogo de Olvido García Valdés.
Calambur 20 años. Madrid, 2011.

Tres preguntas en octava para Franz Kafka -¿Cómo pudo vivir un dinosaurio sabiéndose pretérito imposible y escribiendo su historia en alemán?-; un Manrique fluvial y cotidiano, argonauta del tiempo; la prosa endecasilábica para preguntar serenamente ¿qué hacías tú en la guerra, Garcilaso? y para lamentar el error cronológico de Teresa de Ávila, que nació –pero a quién se le ocurre haber nacido entonces- en tiempos infames, cuando lo suyo era el futuro; la lección imposible de Juan de Yepes al caer la tarde...

Los maestros cantores, de Francisca Aguirre, es un libro de preguntas y de afirmaciones, de admiraciones y de dudas. Entre unas y otras, entre la perplejidad y el dolor, entre la gratitud y la piedad, sus poemas en prosa arrancan, como toda su obra, de esa “pena irreversible” de la que habla Olvido García Valdés en su prólogo.

Desde ese lugar de la palabra y del corazón pregunta a Quevedo –¿fue tuya alguna vez la oscura dicha?-, a Lope –¿quién iba a imaginarte solo y triste?-, agradece a Cervantes –mientras sigas velando por nosotros, nada podrán hacernos los verdugos-, comprende a Hölderlin –¿cómo no ibas a naufragar en las tinieblas?-, consuela a Bécquer –algunos muertos jamás se quedan solos- o evoca a Emily Dickinson detrás de la ventana: ¿qué ríos navegables en tus sueños?

Con la cadencia musical del universo por la que se pregunta a Rubén –¿cantan los astros para ti, Darío?-, con el ritmo sereno del endecasílabo o con la solemnidad del alejandrino, los poemas en prosa de Los maestros cantores responden a una vocación musical de la palabra que está presente ya en el título de este libro que se publicó por primera vez en Ensayo general, el volumen en que Calambur editó la poesía completa de Francisca Aguirre hasta el año 2000.

Un Antonio Machado sereno y desolado -¿quedan violetas?- junto a su hermano decadente y sevillano –¿has conseguido ser un buen banderillero?-; una Rosalía experta en aguaceros –¿llueve también por dentro, Rosalía?- y en saudades; Rilke entre las torres tristes de Duino –¿cómo te fue en aquellos corredores?-; un Kavafis de luz y de sombra –¿qué soñabas despierto, Constantino Kavafis?-; Alfonsina Storni en un mar de hierba –¿nadie escuchó tus gritos subterráneos?-; Delmira Agustini, que amó el fuego porque era el fuego-; una tarde con Juan Ramón –todo en ti fue milagro-; la evocación desde la Baixa de Lisboa de un Pessoa triste y distante; César Vallejo, muerto inmortal; Cernuda en su larga espera del alba –qué extraña realidad te regaló la Historia-; Federico entre arrayanes y cipreses –no creo que hayas muerto, y menos para siempre-; Neruda y la gran caracola torrencial de sus poemas –¿se ve bien Machu Picchu desde arriba?-, un Miguel Hernández dulce y viril, erguido sobre el milagro irrepetible de sus versos; Santos Discépolo apoyado en un velador en un cielo con bandoneones y ginebra –¿hay ginebra en el cielo, Discepolín?-; Borges el desdichado –¿cómo es que siempre que te busco encuentro al otro?; Luis Rosales, dueño de la piedad y el albedrío, qué difícil vivir sin escucharte.”

Y al final, tras todos esos nombres memorables, los maestros anónimos de la poesía popular –En Ávila mis ojos, dentro en Ávila...-, los secretos autores de las letras del flamenco, los dueños del habla, los amos de la lengua.

Con todos ellos, estos poemas intensos de Los maestros cantores -a la gente le gustan los entierros y no sabe qué hacer con los endecasílabos –fundan un espacio poético de libertad y verdad y construyen el homenaje de gratitud a esos referentes no solo literarios, sino éticos y vitales.

Es la poesía como espacio de salvación, la poesía como cosa cordial de la que habló uno de los maestros más inagotables y queridos por la autora, Antonio Machado, padre y maestro oscuro entre los álamos del Duero.

Los edita, también memorablemente y exentos por primera vez en un volumen, Calambur en la espléndida colección conmemorativa de sus 20 años.

Santos Domínguez

07 noviembre 2011

Historia de las ideas literarias en España


Historia de la literatura española.
8. Las ideas literarias. 1214-2010.
José María Pozuelo Yvancos (dir.)
Crítica. Barcelona, 2011.


Las ideas literarias. 1214-2010, el octavo volumen de la renovadora Historia de la literatura española dirigida por José-Carlos Mainer que publica la Editorial Crítica, es una de las entregas más esperadas de esta obra monumental.

Aparte de sus nuevos enfoques y de la nueva disposición de materiales en los tomos dedicados a la historia de la literatura en las distintas épocas, las novedades más llamativas del proyecto son dos volúmenes transversales: el que acaba de publicarse -Las ideas literarias- y El lugar de la literatura española, que analizará las relaciones de la literatura española con las de otras lenguas peninsulares (catalana, gallega, vasca) y europeas o con la literatura hispanoamericana.

El primero de esos dos volúmenes transversales, dirigido por José María Pozuelo Yvancos, aborda en un espléndido panorama de conjunto la formación de las teorías literarias y la práctica de la crítica como exponente del canon literario en España a lo largo de ocho siglos, desde 1214 hasta 2010.

Desde la muy desfasada –lo estaba ya en origen, no digamos hoy- y tendenciosa Historia de las ideas estéticas de Menéndez y Pelayo, no se había vuelto a acometer un estudio de conjunto tan ambicioso como este octavo tomo -Las ideas literarias- de la Historia de la literatura española.

Coherentemente con la estructura del conjunto de que forma parte, la organización interna de este tomo en capítulos –cada uno firmado por un especialista- responde en términos generales a la misma secuencia temporal por la que se ha regido el resto de los volúmenes.

El cambiante concepto de lo literario, la evolución histórica de las ideas literarias -lo que los clásicos llamaban la Poética- y las variaciones del gusto lector constituyen el objeto de esta nueva propuesta que hace efectiva la colaboración entre teoría e historia de la literatura y que ofrece enormes posibilidades de desarrollo.

Y así, desde los orígenes del pensamiento literario (1214-1513) hasta los contextos más recientes en que se desarrollan la pragmática, la hermenéutica o los estudios de literatura comparada, se realiza un recorrido que pasa por las artes de trovar y la gaya ciencia, por las propuestas del humanismo y el canon poético italianista, por las polémicas barrocas entre neoaristotélicos y neoplatónicos, por la ética como estética en el pensamiento ilustrado, por la modernidad antinormativa de los románticos y la voluntad documental y objetivista del realismo, por el historicismo positivista a la conjunción contemporánea de filología, crítica y teoría, que encontró uno de sus mejores momentos en la escuela española de Estilística.

A ese mismo criterio de organización responden los 53 textos de apoyo que, como en el resto de las entregas, constituyen una parte fundamental de este volumen. Textos canónicos como la Carta Prohemio del Marqués del Santillana, los comentarios de Herrera y El Brocense a la poesía de Garcilaso, las reflexiones literarias de Cervantes, la Agudeza y arte de ingenio de Gracián, la Poética neoclásica de Luzán y los ensayos literarios de Feijoo, los escritos de Jovellanos y Blanco White, los artículos de Larra, la crítica naturalista de Clarín, los ensayos azorinianos, los enfoques filosóficos de Ortega y María Zambrano o las reflexiones contemporáneas de Juan Benet o de Claudio Guillén.

Tanto el estudio teórico como los textos de apoyo permiten descubrir un hilo conductor que da continuidad y coherencia a ochos siglos de escritura, permiten la lectura unitaria de una tradición no demasiado alejada en ese lapso temporal del resto del canon literario europeo.

En el prólogo general de esta Historia de la literatura española, José-Carlos Mainer adelantaba el planteamiento de Las ideas literarias que aparecen ahora.

Escribía allí Mainer estas palabras que sintetizan el sentido de esta obra: ofrecemos una historia de las ideas literarias en España que considerará de un modo más sistemático que en los volúmenes precedentes la transmisión de los saberes literarios, las peculiaridades de la difusión de lo escrito, (del manuscrito al códice y al libro), los cambios en la consideración de la figura del autor, el alcance de los tratados de estética y los de poética y retórica, la huella del ejercicio de la crítica pero también de las antologías, y –por supuesto- la construcción de la historiografía literaria, así como el nacimiento y desarrollo del concepto mismo de literatura española, un tema que hoy goza de notable lozanía bibliográfica.

Para comprobar esa lozanía, nada mejor que la completa bibliografía que se recoge al final del volumen. Un volumen que, como el resto de los que integran esta Historia de la literatura española, marcará un punto de inflexión en los estudios literarios hispánicos.


Santos Domínguez

04 noviembre 2011

Lee Master. Acta del juicio


Edgar Lee Masters.
Acta del juicio.
Edición de Teresa Barba y Andrés Barba.
Pre-Textos. Valencia, 2011.

Elegid una vida al azar y estudiadla:
alegra, complica, y afecta a otras vidas,
se extingue. ¿Qué es lo que queda?
El destino arroja una piedra y el círculo de su vibración
alcanza las orillas más remotas.

Un libro así sería interminable;
si hubieran de seguirse todas las ondas, las huellas
de una vida cualquiera –pongamos por caso la de Elenor Murray
cuya vida fue humilde y cuya muerte fue trágica.

Así comienza Acta del juicio (Pre-Textos), un libro de Edgar Lee Masters (Kansas, 1868 –Pennsylvania, 1950), el excelente escritor que abrió el camino de la literatura norteamericana contemporánea con una actitud crítica frente al naciente imperalismo de su país.

Su Antología de Spoon River fue un libro más determinante para el rumbo de la poesía en inglés que las Hojas de hierba de Whitman. Un libro imprescindible para quien quiera conocer algunas claves de la literatura actual.

De ese conjunto de epitafios de Spoon River procede gran parte de la literatura norteamericana contemporánea. No sólo la poesía, sino también la narrativa de los últimos cincuenta años.

Y, como los mejores libros de poesía, también esta Acta del Juicio se lee como una novela:

He escrito un libro
llamado Acta del Juicio, un censo espiritual
de nuestra América
(...)
este libro sobre la muerte de Elenor Murray
no es un libro sobre tragedias, aunque muestre también
cómo el destino fue urdiéndose a su alrededor, y cómo otras almas
tocaron su alma, sino un libro también de la casa,
de la riqueza y pobreza, de la debilidad y la fuerza
de esta nuestra nación.

Como ocurre con la Antología de Spoon River, los versos de Acta del juicio desarrollan una novela que tiene como protagonista a Elenor Murray: un relato que comienza con su nacimiento y que pasa inmediatamente, en un salto temporal que significa un giro inesperado de la acción, a la aparición de su cadáver un 7 de agosto junto al río Illinois y sin signos de violencia.

Desde ese momento se inicia un proceso retrospectivo en el que el solitario juez Merival, otro personaje fundamental como hilo conductor, recopila pruebas y pistas que darán a conocer la vida humilde de Elenor Murray, que nació y vivió en Starved Rock, cuyo nombre antiguo era Precipicio solitario, un topónimo que simboliza su vida y prefigura su destino.

Ese lúcido solitario entre libros que es el juez Merival va reuniendo testimonios para esclarecer el camino que había abocado a la protagonista a ese final trágico. Y así va creciendo un complejo árbol de historias en el que se superponen y ramifican las distintas perspectivas de quienes convivieron con ella o fueron testigos de sus distintas peripecias: sus padres; Alma Bell, su amante homosexual; su tío suicida Gregory Wenner, sospechoso de su muerte; el doctor Trace, que hace la autopsia y explica sus deducciones del análisis de las vísceras; el reverendo Percy Fergusson, un predicador puritano atormentado por sus propias críticas; Gotlieb Gerald, ruinoso y erudito vendedor de pianos; Mary Black, enfermera voluntaria como ella en la Francia de la Gran Guerra; el detective Loveridge Chase y el destinatario de sus cartas de amor, Barret Bays, el único testigo de su muerte.

Tras la transcripción parcial de las cartas de Elenor Murray, que constituyen el último testimonio, se produce la deliberación del jurado y el veredicto del juez.

Pero eso no es lo decisivo. El verdadero veredicto sobre la vida y la muerte de Elenor Murray lo había aportado Barret Bays, el personaje crucial en su vida, que, convertido en portavoz del propio Lee Masters, hace una metáfora crítica de América cuando habla de su amante:

¿Quién fue esta mujer?
Esta Elenor Murray fue América:
corrupta, traicionada y traidora, se mintió a sí misma,
medio disciplinada y medio letrada, grosera e inteligente,
esclavizada pero ansiosa de libertad, valiente y tosca,
cobarde, andrajosa e hipócrita,
generosa, amable, noble, creyente,
despreció los mismos rituales que adoptó, temerosa
de Cristo al que tanto amaba, aventurera,
curiosa, mediocre, fácil de sobornar, hambrienta
de dinero, de viajes y experiencias, inquieta y sin reposo,
reservada. Antes de que nadie en el mundo decidiera
actuar y hablar de sus ideales, ella había salido ya afuera
a llevar a todos su libertad, se hubiera atragantado
de libertad en su propia casa. Y así fue porque
así se la había educado, porque eso fue lo que respiró
en este lugar en el que había nacido y crecido.

Santos Domínguez

02 noviembre 2011

Vidas de Pitágoras


David Hernández de la Fuente.
Vidas de Pitágoras.
Atalanta. Gerona, 2011.

A medio camino entre la historia y la leyenda, entre lo apócrifo y lo mágico, entre la filosofía y la ciencia, entre la música y la religión, la figura de Pitágoras atraviesa la historia del pensamiento occidental de los últimos veinticinco siglos.

Filósofo y chamán, astrónomo y orador, Pitágoras formuló una imagen del mundo en clave numérica, creyó en la inmortalidad del alma y en la reencarnación, oyó la música de las esferas astrales y percibió el movimiento armónico del universo. Su pensamiento originó una secta y sus seguidores fundaron un movimiento político que tuvo consecuencias trágicas.

Desde el siglo VI a.C., en que aún se confundían el mito con la historia y la poesía con la filosofía, el adjetivo pitagórico califica a una decisiva tradición literaria y filosófica que arranca de la figura legendaria y carismática de Pitágoras de Samos y de sus innumerables seguidores.

Hijo de Apolo, o avatar hiperbóreo del dios, según algunas tradiciones, sobre su vida se desarrolló entre el siglo I a. C. y el X d. C. una literatura abundante y tardía, distante de los hechos y emparentada con el neoplatonismo, que tuvo sus secuelas en la tradición medieval y en el idealismo renacentista en que confluyó su herencia con la de Platón y con el cristianismo.

A separar la realidad de la leyenda y a fijar la dimensión histórica y el legado cultural de Pitágoras se dedica David Hernández de la Fuente en las Vidas de Pitágoras que acaba de publicar Atalanta en su colección Memoria mundi.

Organizado en dos partes, la primera sección del volumen, un amplio estudio titulado Mediador con lo divino, es un lúcido ensayo que aborda la transcendencia cultural del inventor de la Filosofía. La segunda parte agrupa por primera vez en español, con una nueva traducción anotada, las biografías de Pitágoras que escribieron los antiguos Diodoro de Sicilia, Diógenes Laercio, Porfirio de Tiro, Jámblico de Calcis y Focio de Constantinopla, además del breve epítome que la enciclopedia bizantina Suda dedicaba al filósofo.

Son las biografías que construyeron, muchos siglos después, una imagen legendaria de Pitágoras, al que se le atribuía por ejemplo la formulación de un teorema que conocían en Babilonia dos mil años antes.

El esclarecimiento de la compleja biografía de Pitágoras frente a las falsificaciones, el estudio de la enorme variedad de temas que afrontó, la transcendencia de su pensamiento en la historia de las ideas, y sobre todo la original propuesta de ver en su figura una encarnación del chamanismo griego son las aportaciones fundamentales de este volumen que, como señala el autor, puede ayudar a superar la escisión entre las dos facetas de la secta, entre su escuela antigua y la nueva: la idea de Pitágoras como mediador a la par mántico y político. Esta visión presenta una combinación característica del pensamiento religioso de la Grecia arcaica, la que aúna adivinación y vida cívica.

Santos Domínguez