13 abril 2011

La larga espera del ángel


Melania G. Mazzucco.
La larga espera del ángel.
Traducción Xavier González Rovira.
Anagrama. Barcelona, 2011.

Georges de La Tour, Tiepolo, Artemisia Gentileschi… Los pintores han atraído la atención de la literatura y han establecido históricamente un diálogo que ha enriquecido las propuestas artísticas de la pintura y la literatura. Un diálogo no sólo con los poetas y con los ensayistas: en los últimos años tres novelistas -Pascal Quignard, Roberto Calasso y Anna Banti -han publicado sendas novelas centradas en la figura de esos tres pintores.

Ahora acaba de sumarse a esa lista de obras notables La larga espera del ángel, de Melania G. Mazzucco (Roma, 1966), una novela centrada en la memoria personal y artística de Tintoretto, que evoca su vida en el marco de aquella Venecia violenta, creativa y rica que el pintor inmortalizó en sus deslumbrantes atardeceres incendiados. La lunga atessa dell'angelo, una excepcional combinación de fuerza y levedad, de ironía y emoción, se publicó en 2008 y ahora aparece en Anagrama con traducción de Xavier González Rovira.

Una espléndida novela que transcurre en los quince días de fiebres terminales de Tintoretto, en la segunda quincena de mayo de 1594. Dos semanas de insomnio y agonía en las que el pintor rememora en primera persona su vida y evoca su pintura entre la vigilia lúcida y el duermevela febril:

porque todo está confuso, y no hay orden en este tumulto. Las cosas fundamentales parecen ahora irrelevantes; las irrelevantes, decisivas. Mis recuerdos están desordenados, porque la memoria obra, como he obrado yo. La memoria cocea, crepita e incesantemente rectifica, e inventa, y mejora, y ahora ya no sé qué es lo que he hecho de verdad y qué es lo que debería haber hecho, qué es lo que me dijeron y qué se callaron, qué fue lo que ocurrió y qué lo que nunca ocurre; porque al final el tiempo todo lo ha limado y todo lo ha recompuesto. La llave de los recuerdos verdaderos se ha perdido en algún lado, y yo no sé encontrarla de nuevo.

Evocación de ambientes, hechos y personajes, por las páginas de La larga espera del ángel desfilan el pasado, la familia, el arte, la vida diaria, los círculos artísticos venecianos, la ciudad de Venecia y sobre todo el recuerdo de Marietta, la hija ilegítima que tuvo con Cornelia, su amante alemana. Venecia y Marietta son los ejes de referencia de los recuerdos desordenados que asaltan a aquel pintor volcánico y ambicioso, rebelde y orgulloso de finales del Cinquecento.

Tintoretto, pintor de santos de iglesia y de vírgenes carnosas, de ángeles espectrales y episodios mitológicos o evangélicos, es en esos momentos finales de su vida un padre que piensa en su hija, a la que educó en la música y la pintura y en la que proyectó su pasión por el arte y por la vida. Un hombre solo, un retratista despiadado que hizo excepcionalmente un retrato enamorado de su hija Marietta en la iglesia de la Madonna dell'Orto.

En esa iglesia, donde está enterrado el artista, está el cuadro que originó esta novela. Es la Presentación de la Virgen en el Templo, en la que la Virgen es Marietta, la niña que sube las escaleras del templo. Su figura la subraya una luz prodigiosa mientras las miradas de los personajes, sus gestos y las líneas de fuerza del cuadro convergen en ella:

He levantado de nuevo la mirada hacia la pintura. En la penumbra, la pequeña María ascendía -titubeante- la empinada escalera del templo, al final de la cual se halla esperándola un sacerdote barbudo. La niña parece consciente de su destino especial. Y eso la hace, al mismo tiempo, vulnerable y feliz. Esa niña tiene su nombre. Ese cuadro lo pinté para Marietta. Cuánto la quise, Señor, y cuánto la quiero todavía.

Es el centro del cuadro, como es el centro de la novela, de los recuerdos y los remordimientos de Tintoretto desde la penumbra de su agonía sin sueño, semejante a la penumbra de recogimiento en la que pintaba sus cuadros, que tenían tanto de mirada interior como de escenografía teatral que preludiaba el Barroco:

No duermo. Han pasado quince días desde la última vez que el sueño vino a por mí y me llevó al país donde todas las cosas perdidas están presentes, y todas las cosas futuras ya han acaecido. Primero dejé de soñar, caía en mis noches como un guijarro en un pozo sin fondo; luego también dejé de dormir. Todo lo que he vivido vibra en la oscuridad. Y, no obstante, mis ojos observan el terrible vacío en el que han sido succionadas todas las cosas. Todo está apagado, pero yo sigo todavía varado aquí, solo con lo que únicamente yo conozco, y recuerdo, y estoy llevándome conmigo.”

En esa penumbra surgen atropellada y fragmentariamente los recuerdos de aquel artista colérico y temperamental, la relación ambigua y problemática con su hija, la evocación de sus cuadros y la narratividad de su pintura en una novela construida desde el interior del personaje-narrador-pintor.

Las calles y los canales, los fondamenta y los puentes, las iglesias, los talleres y los palacios son los espacios por los que transita un gran número de personajes reales o inventados que completan un fresco memorable, una reconstrucción plástica de aquella Venecia misteriosa y complicada en la que Tintoretto desarrolló su arte, su orgullo y su independencia.

Y también su lucha por abrirse camino en una profesión controlada por Tiziano, un hombre que lo combatió con una tenacidad que lo deshonra, un Tiziano que lo tenía todo, era el faro del siglo, y sin embargo no soportaba ni la sombra de una hoja.

Pero por encima de todo, en su agonía insomne le atormenta y le reconforta el recuerdo de Marietta, la materialización de su ambición artística y de su conciencia y sus dudas.

Cinco años de escritura documentada y sensible, volcánica y potente como la pintura de Tintoretto, se reflejan en La larga espera del ángel. Como la pintura de Tintoretto, es una ambiciosa novela poblada de personajes y de historias, sobre el fondo teatral de Venecia, que ya entonces tenía tanto de ciudad real y artística como de decorado.

Una Venecia suntuosa y frágil, refinada y peligrosa, amenazada por los turcos y por la peste, reinventada en su misteriosa complejidad y en la galería de personajes e historias que circulan por sus calles y por una novela que además de recrear la vida del artista y los ambientes venecianos es una constante meditación sobre la vida y el arte:

Y entonces le enseñé a pintar con los ojos cerrados. Hasta entonces había aprendido a pintar con los ojos, ahora tenía que aprender a pintar con la memoria. Y las formas, los gestos, los colores, tenía que reconstruirlos en la mente. Todos los escolares pueden aprender a pintar de la realidad, y tienen que hacerlo, pero luego la verdad y la belleza tienen que hallarla dentro de sí mismos. Porque el arte no imita a la naturaleza, sino que la crea. La verdad y la belleza no son cosas, no están en el mundo, sino en lo más profundo de nosotros, en esa parte escondida que nunca será conocida pero que debe ser liberada. Pintar, pintar de verdad, y no para complacer a un cliente ni para ganarse la paga, es como soñar. Todo es parecido al mundo de allá afuera, casi idéntico, pero no lo es. Sólo en ese deslizamiento se encuentran la verdad y la belleza y el sentido de toda búsqueda y representación. Tienes que llegar a soñar lo que recuerdas. Esto es lo que significa crear.

Santos Domínguez

12 abril 2011

Carlos Giménez. Los profesionales


Carlos Giménez.
Todo Los profesionales.
Debolsillo. Barcelona, 2011.

Como ya hizo con Paracuellos y con Malos tiempos (36-39), como próximamente hará con Barrio, Debolsillo reúne en un volumen toda la serie de Los profesionales, de Carlos Giménez. Cinco álbumes -a los que se añade Rambla arriba, Rambla abajo- sobre los dibujantes de historietas en la España de los años sesenta.

El dibujo y el diálogo se compenetran en un relato gráfico de extraordinaria eficacia narrativa, en la crónica intrahistórica de aquellos años difíciles a través de quienes sobrevivían y combatían o resistían sobre el telón de fondo de la España franquista de los veinticinco años de paz. La narración gráfica de unos años cruciales, la recreación de la memoria a través de la historieta de los dibujantes de historietas.

Tras la reconstrucción de la vida diaria durante la guerra civil o la durísima posguerra en un orfanato del Auxilio Social, en Los profesionales Carlos Giménez sigue compaginando experiencia e invención, que se alimentan mutuamente como el dibujo y el texto para dejar un testimonio vital, una interpretación de la memoria recreada en imágenes y palabras de unos tiempos difíciles.

Imágenes y palabras que construyen una crónica lúcida y exacta que va directa al corazón de la realidad a través de Pablo García, que llega a Barcelona con una carpeta llena de dibujos y de sueños. Una mezcla de humor e ironía, de crítica y ternura que construyen un cómic total, en palabras de Vázquez Montalbán, que veía en aquel dibujo y en aquel relato de una memoria urbana, un “viaje cotidiano entre la memoria y el deseo, la nostalgia y la esperanza.”

De esos cruces hablaba también Juan Marsé en el prólogo de Todo Paracuellos cuando evocaba en sus episodios la suma de fantasía e imaginación, que Carlos Giménez pone al servicio de la crónica, del documento que, además de entretener y conmover, ha de constituir un testimonio más, una pieza más en ese gran tapiz que la memoria colectiva está viendo de recuperar, pese a quien pese, para un mejor entendimiento en esta España de secular desmemoria.

Memoria y homenaje a quienes se abrían paso como dibujantes en aquella Barcelona de los años sesenta que era el centro de la industria del tebeo, la historieta, el cómic o como quiera denominarse esta mezcla de imagen y palabra que forma parte de la cultura contemporánea.

Lo explicaba nítidamente Carlos Giménez en el texto de la viñeta inicial de Los profesionales:

Esta serie pretende contar, un poco por encima, cómo eran allá por la década de los sesenta las agencias de historietas de Barcelona, cómo eran algunos de los dibujantes españoles que entonces empezaban a ser profesionales. Cómo vivían, cómo pensaban, cómo era el mundillo en el que se movían.

La recopilación en un solo tomo de esta celebrada serie es una nueva invitación a comprobarlo.

Santos Domínguez

11 abril 2011

Tao


Lao Tse.
Tao Te Ching.
Versión de Stephen Mitchell.
Traducción de Jorge Viñes Roig.
Alianza. Madrid, 2011.

Me he sentado en el centro del bosque a respirar.
Me he sentado en el centro del mundo a respirar.
Dormía sin soñar, mas soñaba profundo
y, al despertar, mis labios musitaban despacio
en la luz del aroma: “Aquel que lo conoce

se ha callado y quien habla ya no lo ha conocido”.


Con esos versos cerraba Antonio Colinas el Canto XXXV de Noche más allá de la noche. Hay en ellos un recuerdo explícito de una de las reflexiones de Lao Tse en el capítulo 56 de su Tao Te Ching, el Libro del Sendero, que desde el siglo V a.C. ha ido perdurando en el tiempo y traspasando fronteras hasta convertirse en uno de esos escasos referentes culturales que no sólo inciden en su ámbito oriental de origen, sino que han marcado la literatura y el pensamiento occidental.

Ese mismo viaje hacia occidente, hacia el país de los bárbaros, es el que la tradición atribuye a Lao Tse a lomos de un animal de agua, después de escribir el Tao. Un viaje en el que desapareció para siempre sin dejar más huella que su libro, un tratado de armonía en el que la respiración se funde con la naturaleza y la energía viene de la suma de luz y de sombra, de conocimiento y misterio, de una oscuridad de la que surge la luz del conocimiento: Oscuridad de oscuridades; /he aquí la puerta a toda comprensión, se lee en el primer capítulo.

Porque esa es una de las enseñanzas fundamentales de este libro hermético y luminoso, claro y oscuro: la asimilación de la realidad como fusión creativa de contrarios compatibles y complementarios: el Ser (You) y el No-Ser (Wu), lo palpable y lo oculto, lo físico y lo metafísico.

Y en su centro, en el capítulo 40, este otro centro del pensamiento taoísta: Todo nace del ser. /El ser nace de la nada.

La paradoja, la antítesis, las simetrías, el contraste entre logro y renuncia, la síntesis de sombra y luz son las claves taoístas del funcionamiento dual del universo, la base de la plenitud del ser y de su fusión con el mundo como cambio constante, como una realidad que tiene en en ese ritmo dual y en la fluidez bipolar entre la causa y el efecto, entre el Yin y el Yang la clave de su equilibrio dialéctico y de su orden armónico.

La versión del poeta zen Stephen Mitchell que publica Alianza busca el espíritu de este libro profundo y sutil, de esta senda de serenidad, más que la literalidad intraducible de sus palabras: “Si bien no siempre he traducido las palabras de Lao Tse, mi intención ha sido siempre traducir su mente.”
Santos Domínguez

08 abril 2011

Colinas. Obra poética completa





Antonio Colinas.
Obra poética completa
(1967-2010).
Siruela. Libros del Tiempo. Madrid, 2011.


Me he sentado en el centro del bosque a respirar.
He respirado al lado del mar fuego de luz.
Lento respira el mundo en mi respiración.
En la noche respiro la noche de la noche.
Respira el labio en labio el aire enamorado.
Boca puesta en la boca cerrada de secretos,
respiro con la savia de los troncos talados,
y como roca voy respirando el silencio,
y como las raíces negras respiro azul
arriba en los ramajes de verdor rumoroso.
Me he sentado a sentir cómo pasa en el cauce
sombrío de mis venas toda la luz del mundo.
Y, al fin, era un gran sol de luz que respiraba.
Pulmón el firmamento contenido en mi pecho
que inspirando la luz va espirando la sombra,
que nos anuncia el día y desprende la noche,
que inspirando la vida va espirando la muerte.
Inspirar, espirar, respirar: la fusión
de contrarios, el círculo de perfecta consciencia.
Ebriedad de sentirse invadido por algo
sin color ni sustancia y verse derrotado
en un mundo visible por esencia invisible.
Me he sentado en el centro del bosque a respirar.
Me he sentado en el centro del mundo a respirar.
Dormía sin soñar, mas soñaba profundo
y, al despertar, mis labios musitaban despacio
en la luz del aroma: “Aquel que lo conoce
se ha callado y quien habla ya no lo ha conocido”.


Ese poema, el Canto XXXV que cierra Noche más allá de la noche, ocupa un papel central en la escritura de Antonio Colinas, que acaba de reunir su Obra poética completa en un volumen que publica Siruela.

El propio poeta, que ha escrito un prólogo para presentar el libro, ha explicado que hay un antes y un después de ese texto, igual que hay un antes y un después de ese libro, también central en el desarrollo armónico de su trayectoria unitaria y tal vez por eso el preferido del autor. Un libro y un poema en los que el sentir y el pensar encuentran su equilibrio en torno a la razón poética que delimitó María Zambrano y que se encarna ejemplarmente en la poesía de Antonio Colinas.

Más de cuarenta años de poesía, entre 1967 y 2010, que se reúnen en casi mil páginas y en dieciséis libros presentados en un cuidado volumen con un prólogo del autor (Un círculo que se cierra, un círculo que se abre) al que pertenece este párrafo:

Cuando estoy preparando esta edición de mi Obra poética completa me encuentro en la casa de mis abuelos maternos, en ese valle perdido de lo que yo he dado en llamar ‘el noroeste de todos los olvidos’, en el que pasé los veranos de mi infancia y de mi adolescencia. Precisamente por ello, sosteniendo estas páginas entre mis manos -más de cuarenta años de poesía vivida, de vida ensoñada- me parece que se estaba cerrando un círculo en mi interior. Pero ésta no es una apreciación propia de mi edad, más que madura, sino que alude al hecho de que aquí, donde están mis raíces vitales y creativas, tengo la sensación de que culmina cuanto he querido decir a través de la palabra poética.

Y es que la poesía de Antonio Colinas ha proyectado un diálogo entre sus raíces leonesas (el paisaje y las tradiciones de Castra Petavonium), el mundo mediterráneo (Italia, Ibiza) y el pensamiento oriental a través de una palabra que es búsqueda y deseo de ir más allá en el conocimiento de la realidad y de sí mismo.

Tras una primera etapa marcada por un culturalismo vivido y una intensa sentimentalidad neorromántica, por un lirismo telúrico y una pureza formal que tienen su eje en Sepulcro en Tarquinia, la escritura de Antonio Colinas crece en su impulso órfico en la etapa ibicenca que se desarrolla entre Astrolabio y Jardín de Orfeo. Una fase que tiene su centro en Noche más allá de la noche, donde el equilibrio entre el sentir y el pensar, la emoción y la reflexión da lugar a un largo poema en el que la poesía de Colinas alcanza una de sus cimas de profundidad y de transcendencia de la palabra inspirada.

La culminación de ese largo viaje hacia la armonía y la luz, hacia la desnudez expresiva y la depuración de un lenguaje esencial, hacia el conocimiento a través de la razón poética se produce en una tercera etapa a la que pertenecen obras esenciales como el Libro de la mansedumbre, Desiertos de la luz o Tiempo y abismo, en los que se resuelve en síntesis poética la armonía de sentimiento y pensamiento, de tradición oriental y humanismo, de filosofía y mística a través de un diálogo cada vez más resuelto con lo sagrado y con ese alto voltaje emocional que Pound le exigía a la palabra poética.

Escritura y vida, emoción y conocimiento, música y mirada, misterio y armonía se armonizan en una poesía que aspira a la revelación de una realidad superior y que se completa con los Tres tratados de armonía o con las reflexiones críticas recogidas en El sentido primero de la palabra poética.

El lector tiene en esta Obra poética completa el resumen de una vida dedicada a la poesía y de una obra que forma parte ineludible del canon poético español de los últimos cincuenta años. Una obra que por encima de su evolución del culturalismo a la meditación se apoya en una unidad de concepción en la que la poesía –suma de intensidad emocional, de hondo conocimiento y elaboración verbal- es un medio para sentir, interpretar y valorar la realidad y nuestra propia experiencia humana. Pero no sólo esa realidad aparente que los ojos ven, sino la que yo he llamado en otros momentos una realidad transcendida o trascendente.

Descendiente de Orfeo y heredero del primer inspirado de la literatura -aquel pastor antiguo que cantó por primera vez en la Teogonía de Hesiodo-, Antonio Colinas nos ha ido dejando en Sepulcro en Tarquinia, Noche más allá de la noche, Libro de la mansedumbre o Desiertos de la luz algunos de los textos más memorables de la poesía española del siglo XX.

Esta edición incorpora, además de una bibliografía esencial sobre su obra, dos libros inéditos: La viña salvaje, escrito en su etapa italiana y coetáneo del celebrado Sepulcro en Tarquinia, y El laberinto invisible, un libro en marcha que incluye sus últimos poemas.

Entre ellos este, que da título a ese último libro, en el que se reúnen muchas de las claves de la razón poética de Colinas y de su tonalidad esencial:

Para el que sabe ver
siempre habrá al final del laberinto
de la vida
una puerta de oro.

Si la atraviesas hallarás un patio
con musgo, empedrado,
y en él dos cedros opulentos con
sus pájaros dormidos.
(No encontrarás ya aquí la música de Orfeo,
sino sólo silencio.)
Cruza el patio, verás luego otra puerta.
Ábrela.
Ya dentro, en la penumbra,
verás un muro
y, en él, unas palabras muy borrosas
de cuya sencillez brota una luz
que, lenta, pasa a ti y te devuelve
al fin la libertad, la plenitud de ser:
“Sean siempre alabadas
las palabras dulcísimas
que sanan: paz y bien”.

Después, ya en soledad profunda,
verás que te hallas frente a otra puerta
que aún no puedes abrir,
porque no es el momento:
la que quizá te lleve a otro laberinto,
al laberinto último, invisible.
¿De él habrá salida?

(Sólo queda esperar,
esperar al amparo seguro
de esas letras borrosas
que sanan.)

Santos Domínguez

06 abril 2011

El doctor Zhivago


Borís Pasternak.
El doctor Zhivago.
Traducción de Marta Rebón.
Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores.
Barcelona, 2010.

En El doctor Zhivago Borís Pasternak escribió una novela sinestésica al fondo de cuya trama narrativa suena la música, una afición heredada de su madre, una pianista famosa. Una novela en la que el autor proyecta una mirada plástica sobre el paisaje, una mirada aprendida de su padre, el prestigioso pintor ruso que hizo el retrato oficial de Lenin.

En esa obra memorable Pasternak escribió también una novela autobiográfica, un autorretrato poético en el que el autor se transforma en Yuri Zhivago, el médico-poeta que la protagoniza, y refleja en el personaje de Lara la figura real de su amante Olga Ivinskaya.

Pero esa novela es más que todo eso: es un best-seller de los años sesenta que había publicado Feltrinelli en Italia en 1957 y que, bien explotado en plena guerra fría, sirvió para que al año siguiente le concedieran el Nobel de Literatura, al que Pasternak tuvo que renunciar por la presión de las autoridades soviéticas.

Y todavía más: El doctor Zhivago sirvió de base a un espectacular melodrama cinematográfico que rodó en la España de los años sesenta David Lean. Una buena película y una más que discutible adaptación que queda muy lejos de la complejidad y la profundidad de la novela que la origina.

Una suma de géneros, una obra en la que conviven la narración y la poesía -Pasternak era un excelente y reconocido poeta cuando la escribió-, la ficción y el documento en un análisis reflexivo de la realidad de Rusia en la Primera Guerra Mundial, la revolución soviética y la época estalinista.

En ese cruce de vida individual y del contexto histórico que le sirve de fondo y de contrapunto, El doctor Zhivago remite a la estructura de Guerra y paz; en sus diálogos, en su reflexión sobre la espiritualidad y en su relación ambivalente con las prácticas revolucionarias, Pasternak es heredero de Dostoievski y de otros grandes de la novela rusa del XIX como Gogol o Pushkin.

Y junto con El maestro y Margarita, los Relatos de Kolimá o Vida y destino, El doctor Zhivago ocupa uno de los lugares cimeros de la novela del siglo XX.

Una novela que sobrepasa sus propios límites genéricos: la épica y la lírica, la acción y el sentimiento se entremezclan a lo largo de unas páginas que narran o cantan la peripecia sentimental de Yuri y Lara, pero que también le sirven a Pasternak para exponer sus ideas sobre el arte, la religión, la naturaleza, la historia, la poesía o el arte:

Ahora más que nunca veía claro que el arte se ocupa siempre, sin interrupción, de dos cosas. Con insistencia reflexiona sobre la muerte y con insistencia, de ello, crea vida.

Hasta ahora, El doctor Zhivago que se leía en español era la traducción de una traducción. Un doble filtro del texto original -del ruso al italiano, y del italiano al español- que diluía parte de la fuerza de la novela.

Para remediar esa situación, a los cincuenta años de la muerte de Pasternak, Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores publicó en 2010 la primera traducción directa del original ruso. La hizo Marta Rebón, responsable también de la ardua y brillante versión de Vida y destino de Vasili Grossman.

Santos Domínguez

04 abril 2011

Historia de la literatura española.1939-2010


Jordi Gracia y Domingo Ródenas.
Historia de la literatura española.

7. Derrota y restitución de la modernidad 1939-2010.

Crítica. Barcelona, 2011.

Derrota y restitución de la modernidad han titulado Jordi Gracia y Domingo Ródenas el séptimo volumen de la Historia de la literatura española que viene publicando la editorial Crítica bajo la dirección de José-Carlos Mainer.

En un voluminoso tomo de mil doscientas páginas, articulado en los tres apartados comunes a todo el proyecto (Historia y sistema literario, Autores y obras y Textos de apoyo), Jordi Gracia y Domingo Ródenas integran en una visión de conjunto los últimos setenta años de cultura y literatura en España. En esa perspectiva nueva, que toma como referente la desvinculación de la modernidad y la pérdida de la sintonía europea con el modelo nacional católico del primer franquismo y su restitución con la democracia en un largo proceso que tiene sus tres ejes cronológicos en 1939, 1959 y 1986, radica una de las aportaciones que justifican un libro tan ambicioso y lleno de iluminaciones como este.

Esas tres fechas no son más que referencias simbólicas, pero en todo caso permiten contemplar la literatura contemporánea bajo una nueva luz que al ampliar el campo pone en evidencia que entre 1939 -la fecha que abre un abismo con la tradición inmediata y supone la ruptura con los procesos culturales y literarios de la modernidad- y 1986, en que se recupera el vínculo con Europa, hay un lento trayecto que tiene su raíz en torno a 1959, un año crucial en el que coinciden una serie de hechos políticos y culturales que abren un largo proceso hacia la normalización y la modernidad literaria. Eso explica el papel central del grupo del medio siglo, cuyos miembros tendieron puentes sobre el abismo de la continuidad cultural perdida, sentaron las bases de la recuperación de los vínculos perdidos con el 27 o con la literatura europea o americana y revitalizaron decisivamente la poesía, la narrativa y el teatro.

Como en el resto de los volúmenes de esta renovadora Historia de la literatura española, se relacionan textos y contextos, literatura e historia, autores y obras en torno a tres momentos: la posguerra, la restitución de la modernidad y la posmodernidad. Desde el plomo de una posguerra que tuvo que levantar su literatura en el vacío o entre ruinas y reinventar una tradición perdida con los mimbres de la escritura falangista, la literatura social y el neorrealismo objetivista, hasta la restitución de la modernidad y la reinserción de autores, obras y poéticas en la tradición occidental contemporánea.

Cincuenta años antes de aquel simbólico 1986 en que culminaba el proceso de reincorporación a la contemporaneidad, la guerra civil había abierto un abismo con Europa y con la España progresista de los años veinte y treinta. Tuvo que pasar casi un cuarto de siglo desde 1936 para que en 1959 se reconstruyeran los puentes que llevaban a Colliure y a Machado, o a Juan Ramón y Ortega o a Cernuda y Lorca. Y muy poco después, aunque parecía que había pasado un siglo, en torno a 1968, se empezaron a ver los frutos visibles de aquella puesta al día con la novela de Benet, con la asimilación fructífera del boom latinoamericano, con la poesía novísima, el teatro experimental o el ensayo.

Lo destacan así Gracia y Ródenas en la introducción: Es difícil escapar a la impresión de laboratorio cultural democrático que produce la etapa que pivota alrededor de 1968 y sus irradiaciones. En esos años coinciden un puñado de obras que constituyen marcas de calidad literaria indisputables pero son también el registro sordo de otro mundo intelectual cuyas razones estéticas están vinculadas a razones de carácter ético, civil y hasta político. Varios vencedores publican en esos años obras que desactivan toda euforia de victoria; y eso vale para Cinco horas con Mario, de Miguel Delibes,y desde luego también para el Camilo José Cela de San Camilo 36. Pero lo que respira con una mirada autocrítica y cruda sobre la España nacida de la guerra son otras obras de escritores en su primera madurez: Volverás a Región de Juan Benet, Señas de identidad de Juan Goytisolo o Últimas tardes con Teresa de Juan Marsé son predicados literarios que esperan no un público con la cobardía aterida de la primera posguerra sino más bien miradas llenas de coraje, más lúcidas y ambiciosas sobre las exigencias del arte moderno, menos hipotecadas por la historia pasada. Es un público quizá muy joven, lectores de veintitantos años, como el que buscan Pere Gimferrer en 1966 con su Arde el mar, José María Guelbenzu con El mercurio en 1968 o Manuel Vázquez Montalbán con su Manifiesto subnormal en 1969. Pero todos esos nombres —y su público— son asimismo activos seguidores de una sorpresa con valor de revelación y salto estético de futuro: la irrupción refrescante de la obra literaria en lengua española de otros jóvenes nacidos en Perú o Argentina, Colombia o Cuba. Mario Vargas Llosa escribe Conversación en La Catedral, Julio Cortázar ha publicado Rayuela, Gabriel García Márquez deslumbra a todas las audiencias con sus Cien años de soledad o Guillermo Cabrera Infante encandila a las élites literarias con sus Tres tristes tigres. En la literatura española ya nada va a ser igual desde esa felicísima convergencia con las letras hispanoamericanas, no lo van a ser los nuevos escritores ni tampoco los nuevos lectores. Los cambios son de fondo porque son de forma, y el franquismo como hábitat cultural recibe la puntilla que acaba con lo que era ya un moribundo desde casi cualquier punto de vista, excepto el político y el del aparato represivo.

Y de ahí a la posmodernidad en la que las nuevas condiciones sociopolíticas de la democracia generan un nuevo público, un nuevo panorama editorial y nuevos formatos en los que confluyen al menos tres grupos generacionales sobre el fondo de la dispersión estética del último fin de siglo. En la espléndida parte central, Gracia y Ródenas analizan con perspectiva diacrónica y con rigor sincrónico la obra cerrada o en marcha de los autores más significativos de este periodo. De Cela a Vila-Matas, de Rosales a García Montero, de Buero Vallejo a Alonso de Santos, nombres como Martín Santos, Valente, Benet, Nieva, Gil de Biedma, Marsé o Gamoneda van abriendo el camino a nombres actuales como González Iglesias, Javier Marías, Muñoz Molina o Javier Cercas.

Esa tarea de integración en una visión de conjunto justifica, como aclaran los responsables del volumen, que la organización interna de las partes y los capítulos haya aspirado a pautar no tanto los relevos generacionales cuanto la constitución de sistemas literarios complejos en cada una de ellas, donde las edades y los prestigios, las trayectorias y las influencias circulan en direcciones diversas, progresivas o retroactivas, en paralelo o en súbitos bucles y entrecruzamientos. Desde la década de los sesenta, a medida que se enriquecen los estímulos de la vida social y literaria —con la confluencia de la obra de los exiliados, la nueva narrativa hispanoamericana y la traducción de la gran literatura moderna—, ha sido prioritario reconocer la pluralidad de modelos o de códigos y la nueva amplitud del repertorio.

Además de la imprescindible colección de ochenta y cinco textos de apoyo (“Paca, la franca mona”, de Salinas; el expediente de censura de El Jarama, las reflexiones desde el interior de la literatura de autores como Ángel González, Ferlosio o Barral), hay dos aportaciones fundamentales en esta visión de conjunto.

En primer lugar, la ampliación de la perspectiva permite abandonar los confusos y falsificadores enfoques generacionales, de grupo o de movimientos o la aún más absurda delimitación de la literatura en décadas. En segundo lugar, el método y el enfoque permiten integrar en ese panorama de conjunto la literatura del exilio en esos tres momentos: con su relación secreta y difícil en la primera posguerra, con su recuperación paulatina desde el medio siglo y con la integración complicada y algo anacrónica de quienes sobrevivieron al dictador y pudieron volver a España.

Una visión de conjunto nueva y poliédrica, que asume riesgos inevitables pero traza en conjunto el panorama completo de las actitudes, las ideas y las estéticas que caracterizan una época compleja, problemática y confusa, pero decisiva para que la literatura española haya recuperado el tren tantas veces perdido de la modernidad:

Con la mirada puesta en la primera década del siglo XXI son evidentes varias cosas. La plena consolidación de un nivel literario que es exportable, carece de lastres o rémoras localistas y registra los rasgos de identidad de las letras occidentales del nuevo siglo (por ejemplo en la fecundísima hibridación de los géneros de ficción con los no ficcionales). Los escritores ya no se enorgullecen de ser carpetovetónicos ni de ignorar la literatura que se escribe en el mundo; la expectativa del escritor español no es sólo la frontera de su idioma y sabe que el valor de su obra —bien defendido por una agencia literaria— será el arma de negociación para su difusióninternacional. Y sabe también que el valor literario puede ser de muchos tipos, incluido el comercial y popular, e incluido también el más exigente y minoritario, el más inconformista o incluso el tentado por alguna forma de radicalidad.

Santos Domínguez

30 marzo 2011

Cuentos de lo extraño


Robert Aickman.
Cuentos de lo extraño.
Traducción de Arturo Peral Santamaría.
Prólogo de Andrés Ibáñez.
Atalanta, Gerona, 2011.

Tan inquietantes y ambiguos como la fotografía de agua y sombra de Inka Martí que figura en su portada, los seis relatos de Robert Aickman (1914-1981) que Atalanta edita en el volumen Cuentos de lo extraño son una incursión en el lado oculto de la realidad, seis revelaciones de lo extraño, que no es más que una variante de la complejidad de lo cotidiano y de los personajes aparentemente normales que lo habitan.

Seis indagaciones en lo oscuro, en la profundidad de unos abismos que muchas veces están en la conciencia, porque –como mostró definitivamente Poe- el horror no surge de la escenografía exterior, sino del interior del personaje.

¿Junto a Corfú? ¿Junto a Eubea? ¿Junto a Cefalonia? Grigg nunca dijo cuál era.

Con esa indefinición comienza El vinoso ponto, el primero de los relatos, ambientado en una misteriosa isla inaccesible y solitaria, habitada por tres brujas como las de Macbeth, hechiceras como la también insular Circe de Homero, al que homenajea el título.

Y también con una pregunta, aunque retórica, abre su excelente prólogo Andrés Ibáñez: ¿Qué sería de nosotros sin los extravagantes, es decir, sin los escritores ingleses?

Los trenes que van al infierno; las conferencias telefónicas con el más allá de Che gelida manina; la vuelta de tuerca a los relatos de juguetes morbosos y casas de muñecas en La habitación interior; el sueño de un viaje veneciano del introvertido Henry Fern en Nunca vayas a Venecia.

Un viaje al otro lado, al mundo de los sueños, al dato oculto que emerge sutilmente en los últimos párrafos de cada relato, con un eficiente efecto de suspensión y elipsis; seis estaciones de paso en un viaje con demora para llegar a Las entrañas del bosque, a la parada final en el infierno: una ciudad sueca junto a un lago negro, cerca del Kurkhus, un hotel-sanatorio para insomnes.

Con una fluida traducción de Arturo Peral Santamaría, los seis Cuentos de lo extraño son seis iluminaciones en la zona de sombra donde se confunden la vigilia y el sueño, la razón y el subconsciente, las visiones y una realidad tan compleja y poliédrica como la psicología de los personajes.

Aickman es un espléndido narrador que -más allá de su pertenencia a la estirpe de Henry James- convoca en sus cuentos la gran literatura, de Homero a Shakespeare, y tiene una inusual capacidad para buscar el tono de voz adecuado a cada relato, para explorar el horror y el corazón de la maldad.

O para crear atmósferas desasosegantes que evocan los bosques inquietantes de los relatos infantiles y que muchas veces ocupan un lugar central en estas inolvidables narraciones en las que, como Cervantes, Aickman exige más atención a lo que calla que a lo que cuenta.

Y en estos relatos, como en los otros cuarenta y dos que Aickman publicó como Strange Tales o como Strange Stories, hay una constante comunicación entre los espacios exteriores y los mundos interiores, entre el paisaje inquietante y el ambiente cerrado y opresivo para provocar en el lector el efecto único que reclamaba Poe para el cuento.

Estos seis Cuentos de lo extraño proponen un viaje al lado oscuro a través de una tensión narrativa creciente donde se confunden el miedo y el sueño, como el ruido de trenes que se acercan. Un viaje a través de seis estaciones que se podría encomendar a esta frase de Céline que está al frente de uno de los relatos:

Nuestro viaje es por entero imaginario. A eso debe su fuerza.

Santos Domínguez