23 febrero 2011

Clásicos Linceo


Teofrasto.
Caracteres.
Edición de Alberto Nodar.
Cátedra. Clásicos Linceo. Madrid, 2010.



Teognis.
Elegías (Libro I).
Edición de Esteban Calderón Dorda.
Cátedra. Clásicos Linceo. Madrid, 2010.


Sentado en compañía de otros, su especialidad es hablar del que se ha levantado y acaba de irse, y una vez que coge carrerilla no cortarse de poner verde ni a sus familiares. Habla a menudo mal de sus propios amigos y familiares, incluso de los muertos.

Esas líneas tienen dos mil quinientos años de antigüedad y de actualidad. Describen al maledicente, uno de los treinta Caracteres que definió Teofrasto, el que hablaba como Dios, que eso significa textualmente el apelativo que le otorgó su maestro Aristóteles a Tírtamo de Lesbos, que vivió en el siglo IV a. C.

Fue uno de los escritores más admirados de la antigüedad. Sucedió a Aristóteles como director del Liceo peripatético, heredó su biblioteca y el amor a Nicómaco.

Escribió mucho y bien, aunque la mayor parte de su obra se ha perdido. Significativamente, uno de sus campos de interés fue la zoología. Y entre la zoología y la ética se mueven estos Caracteres, un clásico que no perdido actualidad porque en estos veinticinco siglos la especie no ha evolucionado demasiado. El adulador, el pesado, el paleto, el caradura, el fabulador, el gamberro, el arreglalotodo, el grosero o el cobarde siguen siendo variedades frecuentes que además tienen una frecuente facilidad para hibridarse y convivir en un mismo sujeto.

Los publica Cátedra en su colección Clásicos Linceo en edición bilingüe, con traducción y notas de Alberto Nodar, que recuerda en su introducción la influencia de Teofrasto sobre La Bruyère o Elias Canetti.

Dos siglos antes que Teofrasto, Teognis había escrito una ética y una poética del desengaño en su libro I de las Elegías.

Dirigidas a Cirno, su joven amante, su amplitud temática sobrepasa los límites del canto funerario para criticar la falsedad de las relaciones sociales, advertir del peligro de los excesos etílicos o lamentar la fugacidad de la juventud, la necedad y la ingratitud.

Sus dísticos están marcados por el sentimiento del tiempo y por un estoicismo tan extremo como el de esta estrofa:

De todas las cosas la mejor para los humanos es no haber nacido ni llegar a ver los rayos del ardiente sol, y una vez nacido, cruzar cuanto antes las puertas del Hades y yacer tumbado bajo un montón de tierra.

La traducción es de Esteban Calderón Dorda, que se ha encargado de preparar, prologar y anotar la edición bilingüe de las Elegías de Teognis, también en Clásicos Linceo.

Santos Domínguez

21 febrero 2011

Los sinsabores del verdadero policía


Roberto Bolaño.
Los sinsabores del verdadero policía.
Anagrama. Barcelona, 2011.


Para Padilla, recordaba Amalfitano, existía literatura heterosexual, homosexual y bisexual. Las novelas, generalmente, eran heterosexuales. La poesía, en cambio, era absolutamente homosexual. Dentro del inmenso océano de esta distinguía varias corrientes: maricones, maricas, mar-iquitas, locas, bujarrones, mariposas, ninfos y filenos. Las dos corrientes mayores, sin embargo, eran la de los maricones y la de los maricas. Walt Whitman, por ejemplo, era un poeta maricón. Pablo Neruda, un poeta marica. William Blake era maricón, sin asomo de duda, y Octavio Paz marica. Borges era fileno, es decir de improviso podía ser maricón y de improviso simplemente asexual. Rubén Darío era una loca, de hecho la reina y el paradigma de las locas (...) Cernuda, el querido Cernuda, era un ninfo y en ocasiones de gran amargura un poeta maricón, mientras que Guillen, Aleixandre y Alberti podían ser considerados mariquita, bujarrón y marica respectivamente.

Los lectores de Roberto Bolaño reconocerán en este párrafo que abre el primer capítulo de Los sinsabores del verdadero policía (Anagrama) la inolvidable taxonomía poética que aparecía en Los detectives salvajes.

No es el único caso. Cuando llegue al episodio del sorche sevillano en la División Azul, reconocerá el texto de Otro cuento ruso, de Llamadas telefónicas; el recuerdo de la violación de Rimbaud y la cita que lo evoca le devolverán a otro episodio de Los detectives; los escritores bárbaros son los de Estrella distante

Porque Los sinsabores del verdadero policía, a la que Roberto Bolaño se refería ya en una carta de 1995 como MI NOVELA, contiene materiales, personajes (Amalfitano, el exiliado chileno, su hija adolescente Rosa), lugares (Santa Teresa, Sonora) y situaciones que se fueron integrando en su obra de madurez (Estrella distante, Los detectives salvajes, 2666), pero además de ese carácter seminal ofrece abundantes textos inéditos del mejor Bolaño.

Los sinsabores del verdadero policía es una novela póstuma que Roberto Bolaño había empezado a escribir en los ochenta y que siguió redactando y revisando hasta su muerte. Un Bolaño tan familiar como imprescindible, avisa J. A. Masoliver Ródenas en su espléndido prólogo Entre el abismo y la desdicha.

Familiar e imprescindible por su práctica del humor paródico, de la literatura dentro de la literatura, por la acumulación de materiales fragmentarios que forman un rompecabezas en el que el lector tiene un papel decisivo para detectar la presencia de escaleras secretas, pasillos y ventanas que comunican estos textos con el resto de la obra de madurez de Bolaño.

A los lectores de Bolaño les importará poco si estos textos dispares y provisionales iban a formar parte de un proyecto autónomo, si se asimilaron parcialmente en 2666, si los había aparcado definitivamente o si constituyen una novela inacabada, pero no incompleta –como advierte el prologuista- con un nivel de calidad similar a las cimas narrativas de Bolaño.

Ese es un territorio abonado para la duda y la hipótesis filológica. Lo que no admite dudas es que estas páginas, signifiquen lo que signifiquen en el conjunto de la obra de su autor, son una antología del Bolaño maduro, libre y potente, un itinerario por la mejor literatura del brujo contador de historias que mantiene prendido al lector y lo introduce en un mundo en el que la escritura y la lectura se convierten en diversión en estado puro.

Lo demuestran páginas tan divertidas como el casting de un biopic sobre Leopardi para el que se eligen actores como Vargas Llosa, Blanca Andreu, Vila Matas, Jorge Herralde, Josefina Aldecoa, Martín Gaite, Muñoz Molina, Cela, Juan Goytisolo, Javier Marías, Marsé o Martín de Riquer. O la agudeza humorística de las Notas de una clase de literatura contemporánea, con un ranking de poetas que establece desde el más lúcido o el más gordo hasta el peor compañero de borrachera o el que mejor haría de gángster en Medellín o en Hong-Kong.

Pero también páginas de altísima calidad como esta, que justifican una obra entera:

¿Y qué fue lo que aprendieron los alumnos de Amalfitano? Aprendieron a recitar en voz alta. Memorizaron los dos o tres poemas que más amaban para recordarlos y recitarlos en los momentos oportunos: funerales, bodas, soledades. Comprendieron que un libro era un laberinto y un desierto. Que lo más importante del mundo era leer y viajar, tal vez la misma cosa, sin detenerse nunca. Que al cabo de las lecturas los escritores salían del alma de las piedras, que era donde vivían después de muertos, y se instalaban en el alma de los lectores como en una prisión mullida, pero que después esa prisión se ensanchaba o explotaba. Que todo sistema de escritura es una traición. Que la poesía verdadera vive entre el abismo y la desdicha y que cerca de su casa pasa el camino real de los actos gratuitos, de la elegancia de los ojos y de la suerte de Marcabrú. Que la principal enseñanza de la literatura era la valentía, una valentía rara, como un pozo de piedra en medio de un paisaje lacustre, una valentía semejante a un torbellino y a un espejo. Que no era más cómodo leer que escribir. Que leyendo se aprendía a dudar y a recordar. Que la memoria era el amor.
Santos Domínguez

18 febrero 2011

Gimferrer. Rapsodia


Pere Gimferrer.
Rapsodia.
Seix Barral. Barcelona, 2011.

Cuanto pueda decirse –en cualquier sentido- respecto al poema lo dice ya, a su modo, el poema mismo, escribe Pere Gimferrer en la nota que abre Rapsodia (Seix Barral), el libro que escribió en seis días de escritura inspirada, entre el 25 y el 31 de enero de 2010.

Durante unos meses de corrección acabó de perfilar este poema unitario articulado en diecisiete movimientos en los que el diseño musical y la metáfora se convierten en instrumento para reflejar el mundo y para evocar la vida (cuando lo que viví se convierte en metáfora).

La juventud baldía y solitaria, el amor y la literatura, París y Bagdad como ciudades vividas o soñadas, la pintura y la música, la temporalidad, el cine y la poesía son algunas de las constantes temáticas que recorren unos textos en los que la vida se filtra a través del recuerdo y el tamiz de la cultura en una llamativa síntesis de experiencia vital y artística que reúne a Matisse y Góngora, a Browning y Apolo.

Una síntesis que convoca en el mismo poema una pelota de pingpong con Caronte, un balón de goma con Tiépolo y evoca en versos sucesivos la carbonilla de un portal de Londres y la risa junto al Tajo de las ninfas de Garcilaso.

Música e imagen, ritmo y mirada se conjugan en sus versos visionarios y potentes:

Nuestra vida son cartas de una baraja rota:
no la baza de espadas o la dama,
sino el ahorcado de los tarotistas,
cabeza abajo en el turbión de azufre,
navegador de la tormenta negra.

Un espléndido libro esta Rapsodia en la que la vida ya es metáfora de la vida y las imágenes visuales se van sucediendo y encauzando en el ritmo enumerativo del endecasílabo flexible y el alejandrino solemne, porque

Al explicarse, el verso nos explica.

Santos Domínguez

16 febrero 2011

Saber de libros sin leer


Henry Hitchings.
Saber de libros sin leer.
Es fácil hablar de libros que no has leído.

Traducción de Eva Robledillo.
Planeta. Barcelona, 2011.

¿Invitarías a Jane Austen si organizaras una cena?
¿Realmente te gustaría unirte al club de Dante?
¿Debe interesarte la poesía?
Shakespeare: ¿mucho ruido y pocas nueces?
¿De qué va realmente la Biblia?
¿Puede Proust cambiarte la vida?
¿Por qué los rusos? Tolstói y Dostoievski
¿Por qué la gente no deja de hablar de la novela del siglo XIX?
¿Quién demonios es Henry James?
¿Cómo quitarte de encima a un filósofo?
¿Quién importa ahora? La Gran Novela Americana y su escuálida prima inglesa.

Más allá de su título irónico, provocador y comercial, Saber de libros sin leer (Planeta) es un libro que no deja de plantear al lector preguntas como esas y que plantea una muy inteligente reflexión sobre lectura y literatura de un crítico competente y prestigioso como Henry Hitchings.

Aunque la pregunta inicial, más que ¿por qué hablar de libros que no se han leído?, debería ser otra, debería ir más al fondo de la cuestión, a su verdadera raíz: ¿por qué no se lee?

Porque los libros son demasiado largos, porque pesan más que un DVD, porque no se tiene tiempo para leerlos, porque hay alternativas más tentadoras que la lectura, porque “cualquiera que haya tratado de fomentar la lectura habrá oído de todo sobre el atractivo magnetismo del último videojuego, las series televisivas de culto, una página web o un grupo musical. Los demás medios parecen más acuciantes, y su escenario, más impresionante. Es evidente que hoy en día existen más distracciones que las que había en la época, digamos, de Dickens, Wordsworth o Proust. Aunque Shakespeare corriera el riesgo de que le asestaran una puñalada mortal en el ojo, al igual que su homólogo, el dramaturgo Christopher Marlowe, no estaba ocupado frenéticamente editando sus listas de reproducción de iTunes o actualizando su perfil en MySpace.”

O porque, como dijo Philip Larkin, poeta y librero, “los libros son un montón de mierda.”

Lo paradójico de esta situación es que el descenso de lectores es compatible con un aumento paralelo del número de escritores, porque tanto la lectura como la escritura conservan un prestigio social indiscutible, porque hablar de libros es una actividad social: un placer de sobremesa o de las fiestas, del que se disfruta delante de una espumosa jarra de cerveza o de una copita de whisky; es tema de gratos paseos a altas horas de la noche o de enérgicos e impetuosos enfrentamientos; y tal vez incluso una actividad para una pista de tenis o de dormitorio.

La lectura conserva un aura de sacralidad a la que renuncia Henry Hitchings, que hace una defensa cercana de los libros, que no son sagrados ni falta que les hace.

Lo sabía hace siglos un lector ejemplar como Montaigne, que escribía cosas como esta: “Si me aburre un libro, empiezo otro; y me pongo a leer sólo en aquellos momentos en los que comienzo a estar cansado de no hacer nada.”

Este es un libro que escandalizará por su título a algunas mentes estrechas, que no lo leerán, claro está, pero harán aspavientos. Y no harán más. Como no hace nada por la lectura la crítica engolada y gramatical, autoritaria o académica, ejercida por lectores poco recomendables que espantan a otros posibles lectores.

El que de verdad hará algo por los libros y por la lectura es este desenfadado y lúcido ensayo, una mirada crítica sobre el papel del escritor y el lector, un acercamiento nada superficial a obras y autores fundamentales y una invitación constante a leerlos.

Para cerrar el libro, Hitchings propone más preguntas. Un cuestionario con cincuenta preguntas como estas, que no importa responder o no y que contradicen el subtítulo, porque demuestran que no es fácil hablar de libros sin haberlos leído:

¿Qué actor, originario de Montreal, asocia a Shakespeare y Dostoievski?
¿Quién encuentra una nariz en una barra de pan recién horneada?
¿Qué monarca inglés escribió un panfleto sobre los riesgos del tabaco?
¿En qué obra de Shakespeare se basa el filme 10 razones para odiarte?
¿Qué personaje recita el mayor porcentaje de frases en el Otelo de Shakespeare?
¿De qué grupo de música británico es la canción Pyramid Song, que contiene varias alusiones a Dante?
¿Con quién se casó la Beatriz de Dante?

Una última pregunta, esta mía:

¿Se puede resistir alguien a leer un libro tan divertido y tan provocador a la lectura como este?

Santos Domínguez

14 febrero 2011

Stone Junction


Jim Dodge.
Stone Junction.
Una epopeya alquímica.

Prólogo de Thomas Pynchon.
Traducción de Mónica Sumoy Gete-Alonso.
Alpha Decay. Barcelona, 2011.

En su colección Héroes modernos Alpha Decay reedita Introitus lapidis con su título original, Stone Junction.

Precedida de un memorable y entusiasta prólogo de Thomas Pynchon, es la tercera novela de Jim Dodge (California, 1945), un escritor tan secreto y poderoso como el prologuista, que le dedica al libro adjetivos como irreverente y sensible, mágico y americano.

El gobierno de los EE.UU. custodia un enorme diamante esférico extraterrestre de tres kilos: la Piedra Filosofal. En torno a ella se organiza esta novela iniciática, una odisea moderna sobre la búsqueda del conocimiento y de uno mismo a través de su protagonista, Daniel Pearse, una epopeya de forajidos sin jerga melancólica, sin nostalgia de los años ochenta, con magia y sociedades secretas, con drogas y rock’n roll; un viaje a través de los cuatro elementos hasta la conquista del fuego.

Un viaje que se inicia con este párrafo:

Daniel Pearse nació en un lluvioso amanecer, el 15 de marzo de 1966. No recibió un segundo nombre de pila porque su madre, Annalee Faro Pearse, estaba agotada después de dar con un primer nombre y un apellido, sobre todo con el apellido. Según sus más certeros cálculos, el padre de Daniel podría haber sido uno entre siete hombres. Annalee se inclinó por el nombre de Daniel por su sonido fuerte, y porque sabía que él debería ser fuerte.

Al nacer Daniel, Annalee era una huérfana de dieciséis años acogida por la Residencia Femenina de Greenfield, un centro de tutela de Iowa dirigido por las hermanas de la Santísima Virgen María, donde había sido internada por orden judicial tras intentar robar de la vitrina de una joyería una barra de plata de unos treinta gramos. Contó al agente que la detuvo que era una huérfana de la luna, y al juez le dijo que no reconocía la autoridad del tribunal para tomar decisiones sobre su vida. Se negó a colaborar y se limitó a dar su nombre: Annalee Faro Pearse. El juez la condenó a ingresar en Greenfield hasta que cumpliera dieciocho años.


Y que empieza a cobrar intensidad en la página siguiente:

La hermana Bernadette escudriñó el rostro de Annalee durante medio minuto y a continuación desvió la mirada hacia su barriga. Un músculo tembló en su mejilla fláccida.
-Parece ser que estás embarazada -dijo impertérrita.

Annalee removió su cuerpo pesado en la dura silla.

-A mí también me lo parece.

-Te violaron -suspiró la hermana Bernadette-. El niño será dado en adopción.
Annalee hizo un gesto de negación con la cabeza.

-No me violaron. Me folló un hombre a quien yo amaba. Me gustó. Quiero el bebé.
-¿Y quién es el afectuoso padre?
-No lo sé.

La hermana Bernadette juntó las manos sobre la mesa y parpadeó lentamente.
-¿No lo sabes porque nunca has sabido su nombre, o porque hay demasiados nombres que recordar?

Annalee vaciló un momento, tras el cual afirmó con rotundidad:

-Las dos cosas.

Entonces -la hermana Bernadette asintió con la cabeza y, de manera tajante, sentenció- eres una furcia y una ladrona.
Annalee se levantó; sus ojos azules le centelleaban.

-¡Siéntate, furcia! -gritó la hermana Bernadette, dando una manotada contra el escritorio y poniéndose de pie-. ¡He dicho que te sientes!
Annalee, que medía casi un metro ochenta y pesaba poco más de sesenta kilos, le rompió la mandíbula a la hermana Bernadette al primer puñetazo, un derechazo que le propinó con toda su alma.


Se publicó en 1990 y el prólogo de Pynchon es de 1997. En esos siete años, el autor de Mason & Dixon ya había captado el don profético de este libro asombroso y la capacidad visionaria de una novela que se anticipaba a la ciberrealidad.

Stone Junction
es un artefacto novelístico construido por un eficacísimo narrador, una bomba de relojería programada por un sabio desinhibido que se ha estado divirtiendo a fondo mientras la escribía.

A medio camino entre La búsqueda del grial y La conjura de los necios, esta epopeya alquímica es una obra sorprendente, descabellada y divertida.

Espléndidamente traducida por Mónica Sumoy Gete-Alonso, sus afortunados lectores no olvidarán la experiencia, se harán adictos a Dodge y muy probablemente caerán en la tentación de una relectura aún más alucinada, aún más placentera.

Santos Domínguez

11 febrero 2011

Pablo García Baena: Misterio y precisión


Pablo García Baena:
Misterio y precisión.

Edición de Celia Fernández Prieto.
Renacimiento. Sevilla, 2010.


Pablo García Baena (Córdoba, 1923) es uno de los poetas españoles fundamentales de la segunda mitad del siglo XX. En 1947, junto con Ricardo Molina, Julio Aumente y Juan Bernier, fundó la revista Cántico, de importancia capital en la renovación de la poesía española contemporánea. En torno a esa revista se organizó un grupo de escritores andaluces que practicaban una poesía de gran exigencia estética y recuperaban la brillante tradición culta del 27 que había interrumpido la guerra civil.

Alejado por igual del oficialismo madrileño del grupo Garcilaso y de la fría luz leonesa de Espadaña, el grupo Cántico fue una realidad literaria equidistante del preciosismo retórico de unos y del tremendismo negro y solanesco de los otros. Frente a la poesía arraigada y a la del desarraigo, Cántico creó un oasis de calidad en la poesía española de los años cuarenta y cincuenta.

De los poetas del grupo, Pablo García Baena es el de obra más sólida y dilatada. La publicación de sus libros se ve marcada por un prolongado silencio central. Al comienzo edita con evidente continuidad Rumor oculto (1946), Mientras cantan los pájaros (1948), Antiguo muchacho (1950), Junio (1957) y Óleo (1958). Hay un largo paréntesis hasta que en 1971 Almoneda recupera la voz de García Baena, que tiene una de las cimas de su segunda madurez en Antes que el tiempo acabe (1978). Tras recopilar en Recogimiento su obra escrita entre 1940 y 2000, en 2006 añadió a su bibliografía poética un libro mayor, Los campos Elíseos.

Marcada por la influencia del simbolismo juanramoniano, de Cernuda y los metafísicos ingleses, de Góngora y Aleixandre, la poesía de Pablo García Baena, de palabra estilizada y exuberante, es a la vez meditativa y sensual. Su tono elegiaco ante el tiempo, su marcado pesimismo de fondo, no oculta una celebración constante de la vida, la belleza y la naturaleza.

Entre el 18 y el 20 de noviembre de 2009, se celebró en Córdoba un congreso internacional que abordó la figura y la obra de Pablo García Baena, fijó una imagen global de su poesía y subrayó su importancia en la evolución de la poesía española posterior.

Ahora, editadas por Renacimiento y coordinadas por Celia Fernández Prieto, aparecen las actas del congreso en un volumen titulado Pablo García Baena: Misterio y precisión.

Misterio y precisión que son dos de las claves creativas de una poesía que surge de un conocimiento transfigurado y de la mirada elegiaca ante lo que fue –las palabras son del propio García Baena- “gloria momentánea: canción, carne, perfume.”

Los quince textos que recoge el libro son, lo señala la editora en su prólogo- una lectura de la obra del poeta “no tanto desde la distancia académica cuanto desde la estela de una afinidad.”

Una afinidad que combina la amistad con la interpretación, las semblanzas personales con la indagación en su mundo poético y su evolución con el reconocimiento de su resonancia en los poetas posteriores.

Y así, tras un texto preliminar del homenajeado y otro de Caballero Bonald, que hace un recordatorio poético del amigo, Mª Victoria Atencia revive la memoria de quien como ella fue testigo privilegiado de su obra, mientras que Fernando Ortiz y José Infante evocan su relación personal y literaria con el poeta.

La parte central recoge seis ponencias que iluminan la obra poética de Pablo García Baena: Antonio Colinas aborda las claves de su intensidad emocional y su tensión verbal, Guillermo Carnero analiza las constantes que atraviesan sus libros, González Iglesias, el reflejo vivo en ellos del universo clásico, Ruiz Noguera estudia el proceso de formación que culmina en la madurez de Antiguo muchacho, Luis Antonio de Villena, la presencia de los mitos de la infancia y la adolescencia en sus libros, y María Teresa García Galán, la importancia de las artes plásticas en la configuración de su estética.

En un último apartado -Huellas de Pablo en la poesía española- tres poetas cordobeses, Carlos Clementson, Juana Castro y Eduardo García, abordan desde distintas perspectivas la influencia de García Baena en la poesía posterior, el legado de una poesía de la mirada que culmina en Los campos Elíseos, donde se vuelven a fundir el misterio y la precisión que evoca el título de este volumen.

El primer texto de ese libro, El concierto, terminaba con una estrofa en la que se dan cita esas dos claves de toda la poesía de Pablo García Baena que aparecen en el subtítulo del volumen:

El joven violinista del cabello revuelto,
la mano del arco en el regazo amado

dice: tal vez sea la música,
igual a esa palabra almenada,
sólo misterio y precisión.



Santos Domínguez

09 febrero 2011

Años de vértigo


Philipp Blom.
Años de vértigo.
Traducción de Daniel Namjías.
Anagrama. Barcelona, 2010.

Cuando en el siglo XVIII Giambattista Vico definió los periodos históricos y culturales como ciclos sucesivos que obedecen a movimientos pendulares (del racionalismo al irracionalismo, del optimismo al pesimismo, de la prosa al verso) demostró su agudeza analítica y legó un inteligente instrumento crítico.

Lo que no pudo prever es la enorme aceleración de ese péndulo a partir de la segunda mitad del siglo XIX y sobre todo en el siglo XX, cuyos primeros años fueron testigos de una serie acelerada de transformaciones que cambiaron con rapidez la realidad histórica, social y cultural del mundo occidental. Y a ese movimiento vertiginoso alude Philipp Blom desde el título de su amplio, inteligente y ameno análisis de los primeros años del siglo XX.

Cultura y cambio en Occidente, 1900-1914,
es el subtítulo de estos Años de vértigo que publica Anagrama. Un magnífico ensayo en el que Philipp Blom analiza quince años cruciales en la configuración de la cultura y la sociedad contemporáneas. A cada uno de ellos dedica los quince capítulos de un libro que, como su anterior Encyclopédie, combina rigor histórico, lucidez crítica y amenidad expositiva.

Ese es probablemente uno de los rasgos que hacen especialmente recomendable este ensayo que cuenta con enorme destreza narrativa lo que fueron esos años a través de la evocación de detalles triviales de la vida cotidiana y la intrahistoria. Sirvan como ejemplo estos tres párrafos iniciales:

Están en el arcén de una carretera arbolada, en el campo. Son, en su mayoría, hombres y niños varones, desbordantes de expectación. Cae sobre ellos el calor del verano. Miran la carretera que se extiende ante ellos hasta donde alcanza la vista. Se empieza a oír un débil murmullo. Un coche aparece en la línea recta entre los árboles, diminuto y envuelto en una nube de polvo, y va aumentando de tamaño con cada segundo que pasa. El vehículo se precipita a toda velocidad hacia los espectadores, propulsado por un potente motor, ruge aún con más fuerza... Es un espectáculo de potencia concentrada.

Entre el público, un joven de dieciocho años prepara la cámara para tomar la foto que lleva tiempo deseando hacer. El bólido se acerca, rugiente, vibrante de energía. Ya casi está ahí. El fotógrafo adolescente mira atentamente por el objetivo. Puede ver con claridad al piloto y al copiloto detrás del imponente capó; ve el número seis pintado en el tanque de gasolina; siente la onda expansiva producida por el ruido y la potencia cuando la máquina pasa a su lado a toda velocidad. En ese preciso momento ha apretado el disparador. Luego, cuando se asiente la polvareda, tendrá que esperar para ver cómo saldrá la foto.

Cuando ve la fotografía tomada ese veintiséis de junio de 1912 en el Grand Prix francés, el fotógrafo se decepciona. Del coche número seis sólo se ve la mitad, y el fondo ha salido borroso y extrañamente dilatado. El joven la descarta. Se llama Jacques-Henri Lartigue. La imagen que él considera un fracaso se expondrá cuarenta años después y lo hará famoso; será la prueba de toda la energía y la velocidad que tanta importancia tuvieron en los años que van desde el comienzo del nuevo siglo hasta el otoño de 1914.

En o alrededor de 1910, la naturaleza humana cambió, afirmaba Virginia Woolf en una conferencia sobre literatura. Quizá la realidad no fuera tan exacta como sostenía la autora de Las olas, que situaba el cambio en un mes concreto, el de diciembre, pero fueron quince años críticos que cambiaron el mapa del mundo, los valores sociales, el papel de la mujer, la maquinaria, la ciencia, el arte, la literatura y la música.

Pocas veces se acumulan en tan escaso tiempo tantas novedades y tantas aportaciones al pensamiento contemporáneo: el feminismo y Freud, Picasso y la teoría de la relatividad, los rayos X y Marinetti, Joyce y la crisis del lenguaje artístico, el genocidio colonialista del Congo y la angustia del patriarcado machista.

La velocidad de los automóviles, los primeros aviones, las cámaras fotográficas, el cine, las multitudes futuristas se suceden en este ensayo de ritmo rápido que refleja una acumulación de novedades y contradicciones, de incertidumbres y avances que contenían el germen del peligro.

Esa época problemática se inició con la Exposición Universal de París y con la muerte de la reina Victoria de Inglaterra, que había reinado durante 64 años, y desembocó en la Gran Guerra, con la que acabó definitivamente el mundo decimonónico, supuso el fin de una época, pero es analizada con rigor y contada con su destreza habitual por Philipp Blom, que destaca su potencia germinal y consigue acercar aquel mundo al nuestro a través de evidentes paralelismos, porque la historia sólo adquiere sentido desde la mirada del presente, desde la incertidumbre compartida con este comienzo del siglo XXI.

Apartados como La dinamo y la Virgen, Su Majestad y el señor Morel, Señoras de armas tomar, El culto de la máquina rápida o El crimen de Wagner enganchan desde el título, como su evocación del tráfago en las calles de París o de la Viena de Freud y Hofmannsthal, del domingo sangriento en la Rusia zarista, de las manifestaciones de las sufragistas y las prácticas naturistas de la juventud, de las carreras y de la locura y las gamberradas de los apaches en las noches parisienses.

Sus casi setecientas páginas hablan con agilidad sobre el dinamismo artístico y sobre el vértigo de la vida urbana. Y se leen con facilidad y con sostenido interés, como los quince capítulos, uno por año, de la novela con la que se abrió el siglo XX.

Santos Domínguez