28 abril 2010

Correspondencia de Gil de Biedma


Jaime Gil de Biedma
El argumento de la obra.
Correspondencia.
Edición de Andreu Jaume.
Lumen. Barcelona, 2010.


Narciso en Calibán titula Andreu Jaume el prólogo que introduce El argumento de la obra, la edición que ha preparado en Lumen de las cartas que Jaime Gil de Biedma escribió entre 1951, en Salamanca, y 1989, un mes antes de su muerte.

Son dos centenares largos de cartas, en su mayoría inéditas, en las que Gil de Biedma habla de sí mismo, de sus poemas y de la poesía de su grupo.

Estas cartas reflejan en primera persona la configuración de su mundo personal y literario, de sus preocupaciones intelectuales y su evolución estética a través de la correspondencia con maestros y discípulos, con poetas y críticos. Desde los mayores como Guillén a los jóvenes como Gimferrer o García Montero, pasando por amigos y compañeros de viaje como Carlos Barral, Gabriel Ferraté, Juan Marsé, Caballero Bonald o José Ángel Valente.

Cuando se cumplen veinte años de su muerte, es la primera vez que se edita íntegramente la correspondencia de Gil de Biedma. El lector tiene una magnífica ocasión para conocer ese material privado, esa intimidad cotidiana que ilumina gran parte de su obra. A través de este cuaderno de bitácora que sirve para orientarse en la literatura del autor de Las personas del verbo se puede entrar en la memoria vital, en el mundo intelectual y moral de Gil de Biedma y en la creación del personaje homónimo que recorre toda su obra poética.

Están en esta correspondencia las primeras versiones de poemas como La lágrima, que escribió entre el 29 de agosto y el 4 de septiembre en su convalecencia de Nava de la Asunción para dedicárselo a María Zambrano; las costuras intrahistóricas de la literatura española y sus capillitas poéticas y editoriales durante cuatro décadas; apuntes de ideas que desarrollaría en sus ensayos o en sus poemas; maldades cómplices que revelan su gusto por la sátira y su humor; pero hay también reflejos de la amargura y la soledad que le acosaron con frecuencia o del dolor por el paso del tiempo que expresó en el texto del que toma título este volumen:

No volveré a ser joven

Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
-como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.


Dejar huella quería
y marcharme entre aplausos
-envejecer, morir, eran tan sólo
las dimensiones del teatro.


Pero ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.

(Poemas póstumos)

Estas cartas de Jaime Gil de Biedma, entre el Calibán salvaje y el Ariel espiritual, componen una autobiografía fragmentaria, pero muy viva, un autorretrato incompleto en el que conviven las luces y las sombras del poeta.

Y, como advierte Andreu Jaume en su espléndido prólogo, la importancia de estas cartas radica en que describen “un itinerario crítico que puede ser muy útil no sólo para entender mejor su poesía sino también para atemperar las estridencias creadas por su popularidad.”

A propósito de estridencias, es muy significativa la discreción que Gil de Biedma le pide al profesor Dionisio Cañas en una carta de 1989:

Querido Dionisio. Tu deseo de escribir sobre el erotismo en mi obra y ser muy claro al respecto me ha dejado muy preocupado. Yo te pediría por favor que evitases la claridad –sé ambiguo como mis poemas lo son– si quieres hablar de este asunto. Podrías complicarme mucho la vida que bastante complicada y difícil la tengo en estos momentos e incluso causarme perjuicios personales.


Santos Domínguez

26 abril 2010

Gil de Biedma en Galaxia Gutenberg

Jaime Gil de Biedma.
Obras. Poesía y prosa.
Edición de Nicanor Vélez.
Prólogo de James Valender.
Galaxia Gutenberg /Círculo de Lectores.
Barcelona, 2010.


Veinte años después de la muerte de Jaime Gil de Biedma (Barcelona, 1929-1990), Galaxia Gutenberg /Círculo de Lectores edita por primera vez en un volumen la totalidad de su obra literaria: la poesía completa que reunió en Las personas del verbo, el diario de 1956 y los ensayos de El pie de la letra.

Poeta fundamental en la segunda mitad del siglo XX en España, Gil de Biedma encontró su propia voz en el diálogo con la poesía inglesa, concibió la poesía como simulacro de la experiencia, a través de una persona lírica que expresa no la realidad de la anécdota, sino la perspectiva que la afronta, la recuerda o la reconstruye como espejismo. Es la perspectiva distanciada de una mirada externa que se proyecta sobre sí mismo, transformado en personaje, en persona del verbo.

La ironía, la importancia del tono adecuado y la música como elemento esencial en la construcción del poema son algunas de las claves que recorren la poesía de Gil de Biedma, que hizo la crónica de un despertar en su primer libro, Compañeros de viaje, que tiene como eje el paso desde el final de la adolescencia a la edad adulta y la conciencia de grupo, entre la apertura al exterior y la tendencia al aislamiento.

Con la sombra de Baudelaire y el espacio urbano de Barcelona al fondo, Moralidades es ya un libro de madurez en el que se cruzan las ideas con los sentimientos y la conducta en un erotismo que oscila entre lo pandémico y lo celeste.

Poemas póstumos, su última entrega poética, es un libro escrito desde la conciencia trágica del tiempo. En los poemas de ese libro Gil de Biedma ha acrecentado la distancia de sí mismo como personaje, proyectado en la vejez y la muerte. Es lo que ocurre en sus textos más significativos, Contra Jaime Gil de Biedma y Después de la muerte de Jaime Gil de Biedma.

La búsqueda del tono, de una voz propia, le plantea un reto a Gil de Biedma. Su preocupación poética es conseguir una modulación expresiva en la que se reconcilien el lenguaje hablado y el lenguaje poético y para ello tuvo muy presentes los modelos de la poesía moderna francesa, de Gérard de Nerval a Baudelaire, y de la lírica inglesa de Wordsworth, Browning, Yeats, Eliot o Auden.

Browning o Tennysson, y después Pessoa, Eliot o Borges crearon personajes para atribuirles otra vida, para explorar otras dimensiones de lo humano. Gil de Biedma tuvo bastante con ese complejo personaje que se llamaba Jaime Gil de Biedma, con el que practica un juego de espejos, de ironía y de máscaras. Eso explica – para empezar- el título que el autor elige para su obra. Esas personas que viven en el poema y a las que se refería al sesgo en su conocida declaración: "Yo creía que quería ser poeta, pero en el fondo quería ser poema.”

Al integrarse en esa tradición, que es en gran medida también la de Luis Cernuda, el autor de Las personas del verbo se suma a la llamada poesía de la experiencia, entendida no como mera imitación de la realidad, sino como el simulacro de una experiencia.

El Diario del artista en 1956, que se publicó parcialmente en 1974 y apareció ampliado en la versión póstuma de 1991, muestra esa misma distancia entre el autor y su personaje. Barcelona, Manila, Nava de la Asunción son los paisajes del diario. Carlos Barral, Gabriel Ferrater, Carlos Bousoño, Jorge Guillén o María Zambrano, sus interlocutores en un juego de espejos que reflejan el conflicto entre la realidad y el deseo.

En El pie de la letra recogió Gil de Biedma la mayor parte de su obra crítica, veinticinco ensayos que reflejan su evolución literaria, entre ellos la monografía que escribió desde el desapego sobre el Cántico guilleniano o los estudios sobre Cernuda, Eliot o Baudelaire. Como en Auden, su referencia más constante, en Gil de Biedma se unen constantemente conciencia crítica e impulso lírico para vertebrar una obra coherente. Una obra en la que se compaginan la lucidez reflexiva y la creación poética en la determinación de algunas claves esenciales que subyacen a la aparente sencillez de sus versos: la compleja voz que habla en el poema, por qué y en nombre de quién habla y a quién se dirige.

Hay en El pie de la letra un artículo de Gil de Biedma, “Como en sí mismo al fin”, que debería figurar como prólogo o epílogo de cualquier edición de su poesía. Allí se pueden leer estas líneas:

Un poema moderno no consiste en una imitación de la realidad o de un sistema de ideas acerca de la realidad –lo que los clásicos llamaban una imitación de la naturaleza-, sino en el simulacro de una experiencia real.

Lo que pasa en un poema -declaraba Gil de Biedma en una entrevista- jamás le ha pasado a uno. Como decía Auden, los poemas son anteproyectos verbales de vida personal.

En un amplio apéndice, la edición preparada por Nicanor Vélez y presentada por un extenso prólogo de James Valender recoge poemas sueltos, numerosas prosas dispersas que no se habían recogido hasta ahora en libro, textos de recitales, entrevistas y un abundante número de traducciones que reflejan la actividad de Gil de Biedma como traductor de poesía inglesa y catalana y de una obra de Brecht.

Santos Domínguez

24 abril 2010

Baudelaire esencial




Charles Baudelaire.
Las flores del mal.
Edición de Manuel Neila.
Renacimiento. Sevilla, 2010.



Charles Baudelaire.
El spleen de París.
Edición de Manuel Neila.
Espuela de Plata. Sevilla, 2010.

Vivió entre 1821, el mismo año que murió Napoleón, y 1867, el año en que Marx publicaba El capital. Entre esas dos fechas transcurrió la vida de Charles Baudelaire, uno de los fundadores de la modernidad y el autor que más ha influido en la poesía contemporánea.

Acaban de aparecer simultáneamente en Renacimiento y Espuela de Plata dos nuevas ediciones de sus libros esenciales, Las flores del mal y El spleen de París, con traducciones de Manuel Neila.

Las flores del mal es un libro esencial en el nacimiento de la poesía contemporánea. Con París y Jeanne Duval al fondo, con una sólida base autobiográfica, Las flores del mal convirtió la gran ciudad en ámbito y tema de una poesía claustrofóbica que, desde el sentido del presente y la radicalización de la rebelde subjetividad romántica, busca siempre el aire libre y el vagabundeo urbano por las calles de París.

Las flores del mal supuso el desplazamiento del paisaje de la naturaleza al de la gran ciudad, al nuevo París de las muchedumbres y los bulevares que sustituía a la abigarrada ciudad de los barrios medievales, la ciudad en profunda transformación de mediados del XIX que sirvió de marco para una obra poética que transformó el panorama literario.

Lúcido y moderno, Baudelaire inaugura con Las flores del mal una nueva literatura que alteró la forma de representar la realidad, modificó la voz lírica y el tono del poema y cambió el papel del lector.

Pese a la indiferencia general de la crítica, fue una propuesta explosiva que abrió un abismo con lo anterior, de manera que a partir de este libro ya no se podrá seguir escribiendo poesía como hasta entonces.

El albatros, Don Juan en los infiernos, Invitación al viaje, Letanías de Satán, Las muchedumbres o Las viejecitas forman parte ya del canon del que surge la poesía contemporánea. La traducción que Manuel Neila hace de esos textos y del resto de los que integran el libro propone “una versión rítmica que /.../ intenta preservar la máxima información estética con la mínima transgresión semántica.”

Cuando Baudelaire dio por terminadas esas flores malsanas que acercaban la vida a la literatura y suponían la desacralización del arte y el artista, escribió los poemas en prosa del Spleen de París, el contrapunto de Las flores del mal, su réplica en prosa. La relación entre ambas obras es evidente: Spleen e ideal se titulaba la primera parte de Las flores del mal; Cuadros parisienses la segunda.

Los une la misma incursión en la ciudad como fondo y como tema, el mismo tono, una voz y una mirada parecidas. En las dos obras, el caos movedizo de la gran ciudad se convierte en el paisaje literario y vital que sirve de fondo a la exaltación del presente y a la conciencia de sí mismo del artista, relegado al anonimato de las multitudes y la vida moderna.

Lo resumió en el comienzo de Las muchedumbres, uno de los poemas en prosa que integran El spleen de París:

No a todos les está permitido tomar un baño de multitud; gozar de la muchedumbre es un arte; y sólo puede darse un festín de vitalidad, a expensas del género humano, aquel a quien un hada insufló en su cuna el gusto por el disfraz y la máscara, el odio al domicilio y la pasión por el viaje.

Santos Domínguez

23 abril 2010

Criptozoología


Rafael Alemañ Berenguer.
Criptozoología. Cazadores de monstruos.
Melusina. Barcelona, 2010.


Sobre los monstruos ocultos y quienes los persiguen, sobre las pruebas de su existencia o los fraudes de quienes las fabrican trata la Criptozoología, una joven disciplina que da título a este volumen que contiene abundantes ilustraciones, grabados y documentos fotográficos.

Entre la leyenda, la realidad y la falsificación, burdamente manipulados o inquietantemente verosímiles, son testimonios de esa vieja atracción de los hombres por lo misterioso y lo desconocido. Una atracción que se inscribe en el triángulo que forman el hombre, los animales y los mitos.

Lo publica Melusina y es un libro de los seres imaginarios escrito desde una perspectiva muy distinta de la de Borges. Su autor, Rafael Alemañ Berenguer, explica que su objetivo es lograr que “la posibilidad de seres insospechados se nos antoje menos extraña de lo que cabría esperar.

Porque algunos monstruosos seres de leyenda, como el basilisco o los grifos, no son más extraños que otros cuya existencia está comprobada científicamente, como la serpiente voladora asiática o el molusco negro de ojos rojos y dientes afilados que vive a mil quinientos metros de profundidad.

A medio camino entre la fascinación y el terror, las páginas de Criptozoología son un recuento de seres sorprendentes como los dragones o los monstruos marinos que siempre han habitado el subconsciente humano, poblado las pesadillas de los hombres y propiciado una abundante literatura fantástica.

A través de un relato de indicios, de la defensa de sus evidencias y la estimación de su verosimilitud, este ensayo habla también de las limitaciones del hombre y más que a dar respuestas se dedica a plantear preguntas sobre la posible existencia de criaturas que han sido relegadas muchas veces al territorio del mito o de la literatura fantástica.

Sus páginas son también un recorrido por la zoología antigua de Aristóteles o Plinio el viejo, por las sistematizaciones medievales y los bestiarios como reflejo de los testimonios de viajeros y peregrinos de aquella época supersticiosa.

Procedentes de la mitología antigua, como el basilisco, el grifo, la hidra, el unicornio o la mantícora, representantes de la zoología imaginaria y alegórica de la Edad Media, la mayor parte de estos seres monstruosos fueron descartados por Linneo en el siglo XVIII, por las exploraciones y el positivismo del XIX, que supusieron el paso del mito a la realidad, aunque como explica su autor “no es necesario sumergirse en las ensoñaciones de la mitología para encontrar criaturas fantásticas y aún en todo o en parte desconocidas, que exciten nuestra imaginación. Poco tardaremos en comprobar para nuestra sorpresa que muchos de esos seres, más originales e impresionantes que cualquier criatura de leyenda, tal vez existan en el mundo real y esperen todavía que los reconozcamos como miembros de pleno derecho en el inventario de los seres vivos.”

Y a esa empresa contribuyen los esfuerzos conjuntos de mitógrafos y zoólogos, historiadores, arqueólogos o expertos en antropología que van tras las pistas de animales desconocidos, ocultos en las profundidades marinas como el Kraken, mezcla de pulpo gigante, medusa y dragón marino. Presuntas serpientes marinas de sesenta metros y restos misteriosos en las playas, el monstruo del lago Ness o náufragos de la prehistoria forman parte de esta taxonomía de la monstruosidad en la que conviven el fraude y el enigma, el charlatán de feria y el científico serio, los fósiles vivientes y el homínido del Himalaya, el yeti y las criaturas de los bosques americanos, el hombre de los hielos y las especies desconocidas.

Luis E. Aldave

21 abril 2010

Las olas


Virginia Woolf.
Las olas.
Traducción de Andrés Bosch.
Lumen. Barcelona, 2010.

Es la novela más experimental y arriesgada de Virginia Woolf y probablemente su cima creativa, su obra más acabada. Las olas, que publicó en 1931, era su séptima novela y en ella alcanzaba su prosa un nivel irrepetible de belleza y perfección.

Su trama es muy sencilla: es la sucesión de monólogos interiores de seis personajes -Bernard, Susan, Rhoda, Neville, Jinny y Louis- que repasan su vida al ritmo de las olas en la playa, en un constante ir y venir por el tiempo y la memoria.

A ellos se suma un séptimo personaje, Percival, probable trasunto de su hermano, al que los lectores no le oyen hablar, pero al que se refieren los otros seis personajes, tras quienes se ha querido ver a T.S. Eliot, Lytton Strachey y otros miembros del grupo de Bloomsbury.

Como hilo conductor, enmarcan los monólogos nueve intermedios escritos en tercera persona que van fijando el paso del tiempo sobre un cambiante paisaje costero a lo largo de un día. Entre el amanecer y el ocaso, ese marco temporal simboliza el tránsito de la infancia a la plenitud juvenil, a la madurez y a la vejez de los personajes.

Este es comienzo de la novela, cuando aún no ha amanecido:

Aún no había salido el sol. El mar no se distinguía del cielo, salvo por unos ligeros pliegues, como un paño arrugado. Poco a poco, a medida que el cielo clareaba, una raya oscura se iba formando en el horizonte dividiendo el cielo y el mar, y en el paño gris se formaban gruesas líneas que avanzaban bajo la superficie, una tras otra, cada una siguiendo a a anterior, persiguiéndose en un movimiento perpetuo.

Más próximos en su tensión lingüística al poema en prosa que a la narrativa, esos interludios y los monólogos interiores desarrollan un flujo de conciencia similar al oleaje en su ritmo ininterrumpido, en una sucesión que construye la imagen de la vida que pasa, de la sangre que fluye, la metáfora del tiempo imparable.

Toda la realidad exterior se filtra a través de la conciencia de los personajes, que hablan de sus sensaciones, expresan sus pensamientos y sus recuerdos, sus percepciones del mundo. A través de uno de ellos, Rhoda, se expresa la propia autora.

En su diario, Virginia Woolf anotó el complejo proceso de escritura de Las olas, sus dudas y su satisfacción final ante un libro que consideró el primero en el que conseguía un estilo propio.

Lumen lo publica ahora en su Biblioteca Virginia Woolf con traducción de Andrés Bosch.

Santos Domínguez

19 abril 2010

Julian Barnes. Nada que temer


Julian Barnes.
Nada que temer.
Traducción de Jaime Zulaika.
Anagrama. Barcelona, 2010.

Esto no es “mi autobiografía”. Tampoco es la “búsqueda de mis padres”. Sé que ser hijo de alguien implica una sensación de familiaridad asqueada y grandes zonas prohibidas de ignorancia: al menos a juzgar por mi familia. (...) Lo que estoy haciendo, en parte –y que puede parecer innecesario-, es intentar comprobar hasta qué punto están muertos. Mi padre murió en 1992, mi madre en 1997. Genéticamente, sobreviven en dos hijos, dos nietas y dos bisnietas: un orden demográfico casi indecente. Narrativamente, sobreviven en la memoria, en la que algunos confían más que otros.

Desde su habitual ironía, Julian Barnes se acerca en Nada que temer, que publica Anagrama con traducción de Jaime Zulaika, a la idea de la muerte y la divinidad a través de su propia conciencia del tiempo y de la experiencia familiar.

Inclasificable y divertida pese a su tema sombrío, Nada que temer mezcla en su burla distanciada autobiografía y novela, memoria y reflexión, seriedad y sonrisa. Esa es la peculiaridad más llamativa de este texto: su enfoque socarrón del tema de la muerte, la religión y las relaciones humanas en el restringido ámbito familiar: abuelos, padres y, sobre todo, el contrapunto racionalista de su hermano filósofo.

Ajeno a cualquier tentación melodramática o a un enfoque existencial, todo es aquí sonrisa, flema e ironía: Habida cuenta de mi historial familiar de fe atenuada, combinada con irreligión enérgica, yo podría, como parte de la rebeldía adolescente, haberme convertido en un devoto.

Este libro es, entre otras cosas, una explicación jocosa de cómo desestimó esa posibilidad verosímil, un relato que revela cómo el joven Barnes descartó toda veleidad religiosa con deducciones como esta:

Siendo adolescente, encorvado sobre un libro o revista en el cuarto de baño, solía decirme a mí mismo que Dios no podía existir porque la idea de que pudiera estar observándome mientras me masturbaba era absurda; era más absurda aún la de que todos mis antepasados difuntos estuviesen colocados en fila y también mirando.

Nada que temer es un repaso por la educación sentimental de alguien tan flaubertiano como Julian Barnes, una educación que hizo de él -como de su hermano- un distante antropólogo en tierra de antropófagos.

Se declaró ateo feliz a los veinte años y se suavizó como agnóstico a los cincuenta. Fue todo un proceso vital e intelectual el que le llevó a matizar su posición, a pasar de la determinación a la precaución. Un proceso en el que se mezclan los recuerdos personales con un recorrido por sus lecturas y por las posiciones ante la muerte y la religión de escritores, filósofos y compositores. Renard, Stravinski, Montaigne, Larkin, Stendhal, Flaubert, Ravel, Zola son algunos de ellos.

La mayoría de esos autores han muerto, bastantes son franceses y uno de ellos señaló una vez que cuando se teme de verdad a la muerte se deja de hablar de ella. Si eso es verdad, Julian Barnes, que habla todo el tiempo de la muerte, le ha perdido el respeto, quizá porque sabe que tener el sabor de la muerte en la boca, mantener una conciencia continua de la temporalidad es la mejor manera de liberarse del miedo y de sus servidumbres.

Santos Domínguez

17 abril 2010

Pablo Neruda. Antología general


Pablo Neruda.
Antología general.
Alfaguara. Madrid, 2010.

Desde hace unos años, la editorial Alfaguara, la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española vienen publicando cuidadas ediciones conmemorativas de distintos acontecimientos. Con tiradas millonarias destinadas a España e Hispanoamérica, con tapa dura y precios muy asequibles, están destinadas a una distribución masiva. Primero fue el Quijote, luego Cien años de soledad y el año pasado, La región más transparente.

En el Congreso de la Lengua Española de Valparaíso estaba prevista la presentación de una nueva edición conmemorativa: una amplia recopilación de la obra de Pablo Neruda coordinada por el académico chileno Hernán Loyola bajo el título Antología general.

Un terremoto devastador y un maremoto -Como una ola hecha de todas las olas, escribió Neruda de su poesía- provocaron la suspensión del congreso, pero no la circulación de esta espléndida edición conmemorativa.

La antología, organizada cronológicamente, es un recorrido completo por la obra de Neruda e incorpora como homenaje a la que iba a ser sede del Congreso un texto inédito, la Crónica de San Pancho, que el poeta escribió para agradecer la protección que le dio en 1948 una familia de Valparaíso cuando lo perseguía la dictadura militar.

Los textos de Neruda –no sólo sus poemas canónicos, sino prosas, crónicas, conferencias y poemas sueltos- aparecen agrupados en doce secciones que giran en torno a tres fases poéticas e ideológicas.

Hasta 1923, la modernidad clásica, heredera del simbolismo y el modernismo del XIX en el poeta ritual de Crepusculario. Es el equivalente en poesía del novelista decimonónico, seguro de sí mismo y de su mundo de certezas.

Desde 1924 la nueva modernidad vanguardista del siglo XX. Con ella irrumpen ya en su poesía el conflicto, la incertidumbre y la búsqueda. Es ya el Neruda mayor de las Residencias y el de la modernidad militante del Canto general, el Neruda en el que se confunden poesía y política que se prolonga hasta las Odas elementales y Las uvas y el viento.

Y de ahí a la posmodernidad irónica y crítica que en Neruda se inicia en 1957 con el Tercer libro de las Odas. La pérdida de certezas produce en su poesía un cambio de modulación, de tono, no de ideología. Es el Neruda de Las manos del día, de Geografía infructuosa o El mar y las campanas.

En todo ese recorrido Hernán Loyola ha ido encajando piezas y haciendo convivir biografía y literatura, versos y prosas, poemas y cartas, artículos y conferencias de Neruda para que den una idea honda y global de la rebeldía adolescente del poeta, de su viaje a través de la noche, de su decisiva experiencia oriental, de sus años españoles y sus clandestinidades, de sus exilios y sus retornos, de sus melancolías y sus batallas, de su fulgor y su muerte.

Enmarcando la antología se reúnen diez estudios firmados por académicos y especialistas en Neruda. Los cuatro que abren el libro -de Jorge Edwards, Alain Sicard, Selena Millares y Hernán Loyola- son una introducción a la vida y la obra del poeta que culmina con una guía elaborada por el responsable de la selección.

Edwards aporta una crónica testimonial de los últimos años de Neruda, Alain Sicard traza un panorama temático de su poesía, Selena Millares estudia sus poéticas y el diálogo que establece su obra con diversas tradiciones poéticas. Hernán Loyola explica los criterios de selección y periodización de los textos del libro en una síntesis sobre la vida y la obra del chileno.

Y tras la antología, un conjunto de Evocaciones y lecturas nerudianas en las que participan autores como Pere Gimferrer, Francisco Brines o Eduardo Lizalde.

Cierran el volumen una bibliografía esencial, un glosario de voces y tres índices pensados para facilitar la consulta de esta antología que se convertirá inmeditamente en un texto de referencia imprescindible en las ediciones de la obra de Neruda, aquel poeta más cerca de la sangre que de la tinta que caracterizó definitivamente García Lorca.

Santos Domínguez