30 abril 2008

Cuentos de la Gran Guerra


Cuentos de la Gran Guerra.
Edición de Juan Gabriel López Guix.
Alpha Decay. Barcelona, 2008.


En su colección de narrativa Alfanhuí, Alpha Decay edita una espléndida antología de veinte relatos que se publicaron en los veinte años siguientes al inicio de la Primera Guerra Mundial que hasta el periodo de 1939 a 1945 se llamó la Gran Guerra.

De la edición, la selección y el prólogo se ha encargado Juan Gabriel López Guix, que ha restringido el campo de la antología a la producción literaria en inglés, con relatos de escritores de los países anglófonos que ofrecen la imagen literaria múltiple de quienes vivieron el conflicto, lo sufrieron con mayor o menor cercanía y reflejaron en sus textos sus reacciones ante la guerra.

Arthur Machen, Rudyard Kipling, Vernon Lee, Saki, Conan Doyle, Conrad, Lord Dunsany, Edith Wharton, D.H. Lawrence, Katherine Mansfield o Somerset Maugham son algunos de los veinte nombres que firman estos
Cuentos de la Gran Guerra.

Una guerra de una crueldad sin precedentes que provocó casi veinte millones de muertos y cambió de forma radical el panorama político y cultural de Europa, ya muy agitado en los años previos al conflicto. Las repercusiones de aquellos encarnizamientos quedan resumidas en estos veinte relatos, uno por cada millón de muertos civiles o militares, que reflejan también diversas tendencias estilísticas, entre lo clásico y lo nuevo. Porque en aquellos años moría un mundo y nacía otro también en el terreno de la literatura.

Musil, Broch, Roth, Svevo vieron aquella guerra y sufrieron sus consecuencias desde el otro lado del campo de batalla y para ellos la ruptura fue más violenta. Pero en el campo aliado y entre los autores recogidos en esta antología también hubo variedad de situaciones y diversas maneras de enfocar la guerra y sus secuelas en los relatos: desde la propaganda bélica de Kipling y su testamento de odio a la terapia que busca en la literatura la curación de las heridas morales, más traumáticas que las de la carne, en Wyndham Lewis o Richard Aldington, pasando por el alegato pacifista de Vernon Lee en una actualización de las danzas de la muerte que se titula El ballet de las naciones.

Siete de estos cuentos, más de la tercera parte, se traducen por primera vez al castellano. Y entre esos inéditos, uno de los más interesantes es El prisionero alemán, de James Hanley, que fue quemado en público en 1933 y estuvo prohibido en Inglaterra hasta 1997. Es un intenso relato que denuncia los impulsos criminales de dos soldados británicos, un desmentido explícito de la heroicidad civilizadora de los vencedores, que parecen presagiar en su brutalidad lo peor de Abu Ghraib.

No hay héroes en estos relatos, como no hay héroes en las guerras, pero el volumen contiene narraciones inolvidables, como la que elabora la mirada irónica y distante de un Saki que fija su atención en las repercusiones de la guerra en las especies ornitológicas; un inquietante y prekafkiano cuento de Lord Dunsany o
Gustav, una narración de Somerset Maughan de la que arranca la novela moderna de espías.

Santos Domínguez

28 abril 2008

Dama Sarashina


Dama Sarashina.
Sueños y ensoñaciones de una Dama de Heian.
Prólogo de Carlos Rubio.
Traducción de Akiko Imoto y Carlos Rubio.
Atalanta. Gerona, 2008.


Nació en Japón hace justamente mil años, en 1008, pero su sensibilidad delicada, la matización sentimental de su mirada nos permiten leerla como a una contemporánea próxima.

No sabemos su nombre, no puso título a esta autobiografía evocadora que publica por primera vez en español Atalanta con traducción de Akiko Imoto y Carlos Rubio, que ha escrito también un prólogo en el que sitúa a la autora y su obra en el contexto de creencias y costumbres de la época Heian.

Estos Sueños y ensoñaciones de una Dama de Heian forman parte de una tradición muy arraigada en la literatura japonesa: la de la escritura femenina, refinada e intimista, introspectiva y sincera.

Escritos como un diario en el que se diluyen, difuminados por el recuerdo, los límites entre lo narrativo y lo lírico, en sus capítulos se intercalan 89 poemas que funcionan como contrapunto, como subrayado y como hilo conductor del conjunto.

No es la única frontera que se borra en el libro: también el interior y el exterior se funden aquí ejemplarmente, igual que se anula el paso del tiempo en unos textos intemporales y de sorprendente modernidad en los que confluyen el verso y la prosa en el lenguaje común de la emoción.

Diario impreciso que elude lo cotidiano y se levanta sobre los materiales del recuerdo y la elaboración del sentimiento y la memoria, la actitud de su autora busca más la reconstrucción del pasado que la anotación circunstancial del presente.

La adolescencia, la plenitud y la decadencia los tres momentos que se unen desde la evocación. Y en las descripciones de la realidad evocada, la melancolía es a la vez la fuente y el resultado de una mirada contemplativa que se proyecta sobre el mundo y sobre la soñadora Dama Sarashina.

Las lágrimas, los libros, los sueños anotados al despertar recorren como temas sucesivos estos textos en los que la imprecisión de la realidad, el claro de luna de un otoño del siglo XI, una rama de ciruelo o las flores fugaces del almendro, la espesura del bosque o las cimas de los montes son el fondo o el objeto de la confidencia o la reflexión, de la celebración de la amistad o el lamento de la separación.

La edición, cuidada hasta el mínimo detalle, incorpora a la calidad del texto el valor añadido de las xilografías de una edición ilustrada de 1704.

Santos Domínguez

27 abril 2008

Kilómetro 43



Abel Murcia.
Kilómetro 43.
Prólogo de Justo Navarro.
Bartleby Poesía. Madrid, 2008.


Abel Murcia identifica tiempo y espacio: el tiempo es nuestro espacio, nuestras experiencias son nuestro destino, explica Justo Navarro al comienzo del prólogo que ha escrito para presentar este Kilómetro 43 de Abel Murcia que acaba de publicar Bartleby Poesía.

Traductor de Wislawa Szimborska y de Kapuscinski, que han dejado su huella en el tono y el fraseo de su poesía, la escritura de Abel Murcia en este libro es una forma privilegiada del recuerdo, un diálogo temporal con el que fue, con lo que fue a la vez que él, con una memoria que tiene siempre una inevitable dimensión espacial:

Y si miras atrás,
no verás otra mar que la de Ulises

De esa manera, a la altura del kilómetro 43, el poeta mira el retrovisor para llenar con palabras el vacío que dejamos atrás. Para llenarlo o para explicarlo, para entenderlo y entenderse hoy en la ausencia del que fuimos y de los que no están.

Meditación, memoria y experiencia y una pausada respiración del verso para conducir la emoción por un cauce de ríos manriqueños hacia el mar, por una carretera que a estas alturas ya ha dejado en el poeta las heridas de 43 kilómetros de viaje.

La bicicleta de la infancia ha cambiado sus ruedas por las de una rueca que deshila el destino. Las playas, los calendarios, los veranos o las cigüeñas son las referencias con las que se evoca un tiempo que no existe (Cuánta nada he encontrado en estos doce meses), un yo que sólo persiste en los sueños (Mirarse en el espejo y sentirse mirado/ por el que nunca fuimos) o lugares que ya no existen más que en la memoria (Ya no existen las playas desiertas de mi infancia).

Lo resume Abel Murcia en un verso espléndido que recoge el sentido del libro, su origen y la justificación de su escritura:

Sucede con los reinos, el mío ya no existe.

Santos Domínguez



26 abril 2008

Sacrificiales





Rómulo Bustos.
Sacrificiales.
Veintisiete letras. Madrid, 2007.


Veintisiete letras inaugura su colección de poesía, Ajuar de frontera, con una magnífica obra: Sacrificiales, el último libro del colombiano Rómulo Bustos (1954) prologado por Samuel Serrano.

Si, como se ha dicho alguna vez, ser poeta en Colombia es una de las maneras de ser anónimo, en el caso de Rómulo Bustos la invisibilidad compartida con otros poetas de su edad es aún mayor, por su resistencia a participar en encuentros o lecturas públicas. Afortunadamente, su Oración del impuro, una recopilación de su obra que publicó hace pocos años la Universidad Nacional de Colombia, permitió una difusión algo mayor de sus textos.

En lo que se refiere a la arquitectura y al andamiaje verbal de los poemas, esa condición invisible es un rasgo que caracteriza su propia práctica poética, alejada por igual del exceso barroco de la imaginería recargada o del coloquialismo que lastra una parte de la última poesía hispanoamericana.

Una poesía que asume riesgos y es un ambicioso salto en el vacío que Samuel Serrano relaciona en su prólogo con la empresa prometeica de crear un nuevo espacio sagrado que Octavio Paz destacaba en El arco y la lira como rasgo impulsor de la poesía moderna. Es la imaginación sacralizante a la que el prologuista se ha referido en otra ocasión para caracterizar la poesía de Bustos.

Profunda, exigente, interrogativa, a menudo irónica y distante o atravesada por una aguda conciencia del tiempo, la poesía de Rómulo Bustos es un ejercicio de armonía que transmite la imagen problemática de la “monstruosa inocencia” del mundo: el vuelo purísimo sustentado en las alas del mal; la realidad conflictiva del raro animal de dos cabezas o “la torva beatitud” con que ejerce su oficio un carnicero transformado en Abraham o la indolencia con que tararea mientras afila sus cuchillos.

De esa suma de perplejidades que se dan cita en la materia pardójica y oscura de la vida, de esa lucha de contrarios surge el poema, como la luz de la sombra o la sombra de la luz.

De eso trata el poema Sufí:

Como un perro que inútilmente
intenta morder su cola
giro en sentido inverso del movimiento de los astros
para alcanzar mi sombra

Sólo ella puede darme noticias de mi luz.
Sacrificiales, que es casi un ejercicio alquímico de integración de contrarios en la armonía del poema, es en gran medida una reflexión sobre la actividad poética, sobre la misión de la escritura.

Una reflexión que estaba ya perfilada en esta Poética de Oración del impuro:

Encender el misterio
de una lámpara ciega
cuya luz imposible
acaso nos haya sido prometida

He aquí el terrible regalo de los dioses

Exigente y profunda en su temática, precisa y depurada en su expresión, la poesía de Rómulo Bustos aspira a unir reflexión y sugerencia, pensamiento y emoción alrededor del impulso transcendente y de la idea de la poesía como revelación de lo secreto y como afinada forma de conocimiento:

a mí la mayoría de los poemas me los dicta Gabriel el ángel de la palabra
(...)
Lo que quiero decir es que no sé cómo escribo o por qué
El arcángel tampoco lo sabe. A él también le dictan.


Santos Domínguez

24 abril 2008

Conrad. Entre mareas


Joseph Conrad.
Entre mareas.
Traducción de Sonia y Gloria Ayerra.
El olivo azul. Sevilla, 2008.

El 24 de febrero de 1915 se publicaba en Londres Entre mareas, un volumen de relatos de Joseph Conrad. Sería el último que apareció en vida del autor y contenía cuatro novelas cortas escritas entre 1911 y 1914: El socio, La posada de las dos brujas, Por culpa de los dólares y El hacendado de Malata.

Tuvieron un enorme éxito comercial, le reportaron seis veces más ingresos que El corazón de las tinieblas, pero Conrad, siempre autocrítico y exigente consigo mismo, era consciente de su carácter menor y alimenticio. Sabía que había antepuesto en ellas la comercialidad a cualquier otro criterio y que en consecuencia eran “no tanto arte como una operación financiera.”

Escritas en arranques de inspiración que interrumpían momentáneamente la redacción de obras mayores o aliviaban los momentos en los que las novelas encontraban algún escollo, con ellas buscaba Conrad un rendimiento económico rápido o un reconocimiento público que se le resistía. Hacía más de quince años que había publicado El corazón de las tinieblas y ni esa obra magistral ni las posteriores Lord Jim y Nostromo tuvieron el éxito que le proporcionarían El hacendado de Malata y las otras tres novelas que aparecieron en este volumen que rescata Narrativas del Olivo Azul con nuevas traducciones de Sonia y Gloria Ayerra.

El lector se va a encontrar aquí con un Conrad menor, pero absorbente e inolvidable, dueño de los resortes de la intriga, del manejo de los personajes y la gestión de las situaciones:

La pasión amorosa no correspondida combinada con una historia de fantasmas en El hacendado de Malata; el relato de enredos y asesinatos de estirpe dickensiana en Por los dólares; una historia truculenta y gótica, la de La posada de las dos brujas, ambientada en Asturias en la guerra de la Independencia con manuscrito encontrado; o la historia familiar con barco mercante y estafas de El socio.

Es un Conrad todo lo comercial que se quiera, pero en estos relatos está el inconfundible mundo narrativo (el misterio, la maldad, la intriga, las situaciones límite) de un Conrad que deja su impronta incluso cuando asimila modelos como los de Dickens o Wilkie Collins.

Santos Domínguez

23 abril 2008

Moralistas franceses



Moralistas franceses.
Edición y traducciones de
José Antonio Millán Alba y Salustiano Masó.
Introducción de Alicia Yllera.
Biblioteca de Literatura Universal.
Almuzara. Córdoba, 2008.



En la Biblioteca de Literatura Universal la editorial Almuzara publica una espléndida recopilación de textos de Moralistas franceses en una edición preparada por José Antonio Millán Alba.

Más de siglo y medio de máximas y pensamientos que se mueven entre el apunte y el aforismo, en las formas breves y abiertas. Literatura del fragmento y de la conciencia de unos moralistas que no se dedican a dar lecciones de moral, sino a reflexionar críticamente sobre la condición humana y las costumbres y son los autores más representativos de un género literario que tiene su antecedente más directo en Montaigne, se configura a mediados del XVII bajo la influencia determinante de Gracián y su Oráculo manual y se desarrolla con fuerza hasta la restauración borbónica del XIX.

Se recogen aquí los Pensamientos de un Pascal, riguroso y matemático o teólogo especulativo, que encarna en su propia obra inacabada y en su pensamiento las contradicciones que él mismo destacó como propias de la naturaleza humana:

La naturaleza del hombre no consiste en ir siempre. Tiene sus idas y venidas. La fiebre tiene sus escalofríos y ardores, y el frío muestra tanto la grandeza del ardor de la fiebre cuanto el mismo calor.

Las Máximas y reflexiones de La Rochefoucauld, pesimista y barroco en su denuncia y desenmascaramiento de las apariencias engañosas: Son necesarias mayores virtudes para soportar la buena fortuna que la mala.

Los Caracteres de La Bruyère, con su estilo recortado, su admirable prosa exacta y su acritud incisiva frente a la sociedad: Un hombre noble se siente pagado por la diligencia con que cumple su deber, por el placer que siente al hacerlo, y se desinteresa de los elogios, la estima y la gratitud que a veces le faltan.

Los aforismos tajantes de un Chamfort desilusionado y amargo, de corazón a veces roto y a veces endurecido: Amistad de Corte, fe de zorros y sociedad de lobos.

El marqués de Vauvenargues, que representa el paso del pesimismo barroco a la racionalidad del siglo de las luces. Más que optimismo, lo que hay en él es una comprensión benévola e indulgente: La enfermedad extingue en algunos hombres el valor, en otros el miedo, y hasta el apego a la vida.

O un Joubert que está en la transición del Neoclasicismo a la sensibilidad prerromántica y que en este aforismo es un profeta del pesimismo existencial de Schopenhauer: Se es desdichado casi únicamente por obra de la reflexión.

Confundidos a menudo con filósofos, estos moralistas no aspiran a crear un sistema cerrado de pensamiento, sino que prefieren habitar en el fragmento, en la intuición abierta, en lo concreto y la experiencia de lo vivido.

Con antecedentes en la sentencia escueta y didáctica, en este tipo de literatura importa mucho la concisión, pero más aún el ingenio, la subjetividad y la agudeza de su mirada profunda sobre el hombre y la sociedad.

Su pensamiento fragmentado y la percepción de un sistema en crisis los convierte en bisabuelos de Cioran y otros padres de la posmodernidad. Tal vez eso explique no sólo el número creciente de lectores actuales de Gracián, cuyas páginas frecuentaron estos moralistas franceses, sino el interés que despiertan estos autores. Sus formas breves, su fragmentarismo, su visión del hombre han sido reivindicados por la posmodernidad, que los sigue leyendo como materiales contemporáneos de su sensibilidad y su visión del mundo.

Santos Domínguez


22 abril 2008

Fiebre de guerra



J. G. Ballard.
Fiebre de guerra.
Traducción de
Javier Fernández y David Cruz.
Contemporáneos Berenice. Córdoba, 2008.


Casi a la vez que James Graham Ballard (1930) publica su autobiografía, la editorial Berenice ofrece la primera traducción al español de Fiebre de guerra, un libro de relatos del autor británico que está considerado como uno de los más renovadores e interesantes escritores de literatura fantástica.

Ha sido elogiado por Ray Bradbury, Susan Sontag o Martin Amis y cuenta con muchos lectores también en España, en donde se han editado traducciones de la mayor parte de su obra. Dos de sus mejores novelas (El imperio del sol y Crash) han sido adaptadas al cine con éxito y polémica.

La suya es una narrativa desolada y perturbadora, una exploración por el terreno de lo desconocido y lo inquietante que ha renovado el género de la ciencia ficción y le ha dado un sesgo crítico y testimonial. Profeta de las catástrofes ecológicas derivadas del calentamiento global, su mirada ácida se ha dirigido a revelar los peligros de la civilización con excelente prosa y relatos muy bien armados, naturalezas muertas creadas por un equipo de demolición, según las define el propio Ballard.

No es una casualidad ni un dato trivial que su vocación literaria surgiera en una sala de disección de cadáveres. Allí se moldeó su imaginación y se educó su mirada:

Sin duda, toda mi ficción es una disección de una grave patología que presencié en Shanghai y más tarde en el mundo de posguerra: desde la amenaza de la guerra nuclear hasta el asesinato del presidente Kennedy, desde la muerte de mi esposa hasta la violencia que subyace a la cultura del entretenimiento de las últimas dos décadas del siglo XX.

En la ciencia ficción halló un tipo de narrativa sobre el presente, y con frecuencia tan ambigua y elíptica como Kafka. Reconocía un mundo dominado por la publicidad y el consumo, de un gobierno democrático que mutaba en uno de relaciones públicas Este era un mundo de autos, oficinas, autopistas, aerolíneas y supermercados donde en realidad vivíamos, pero que estaba completamente ausente de casi toda la ficción seria Ningún personaje de las novelas de Virginia Woolf le cargaba nafta al auto. Nadie en las novelas de Sartre o Thomas Mann pagaba por un corte de pelo. Nadie en las novelas de posguerra de Hemingway se preocupaba por los efectos de una exposición prolongada a la amenaza de la guerra nuclear.

Una declaración como esa da las claves de las narraciones de J. G. Ballard, que van más allá de la pura corteza de lo fantástico y de sus límites para profundizar en las claves de la crueldad y en la crítica de las atrocidades del mundo:

Quería interiorizar la ciencia ficción, buscar la patología que yacía bajo la sociedad de consumo, el paisaje de la televisión y la carrera por las armas nucleares, un vasto y virgen continente de posibilidades ficcionales. O eso pensaba, mirando el silencioso campo de vuelo con sus pistas vacías que se extendían hacia una blanca inmensidad nevada.

Fiebre de guerra, el último libro de cuentos de Ballard, que permanecía inédito en español, es un conjunto espléndido de textos que se mueven entre la crítica social y la ficción, entre el Beirut bélico y caótico del relato que da título al libro y la historia secreta de la Tercera Guerra Mundial, que dura sólo cuatro minutos y pasa desapercibida.

Son sólo dos ejemplos. A lo largo del libro la variedad de estilos, de técnicas y de enfoques es una constante e intensa lección de narrativa que culmina en el último texto, El índice, un relato prodigioso que arma una historia exclusivamente con los datos de un índice imaginario. Ese índice es el único resto de la supuesta autobiografía inédita de Henry Rhodes Hamilton, un personaje fundamental en la historia del siglo XX cuya figura ha desaparecido sin dejar más huella que el índice onomástico y analítico.

El de ese relato es un ejercicio de virtuosismo técnico que está al alcance sólo de unos pocos privilegiados como Ballard. Un texto como El índice bastaría para reconocer en él la mano de uno de los escritores más importantes de la literatura inglesa contemporánea.

Sus adictos están de enhorabuena y los que no lo conozcan tienen en este libro una puerta de entrada a un altísimo edificio literario, lleno de imaginación y de talento.

La traducción que han preparado Javier Fernández y David Cruz está a la altura de las circunstancias y hace justicia a la excelente prosa del original.

Santos Domínguez