07 marzo 2008

Babel en España



John Haycraft.
Babel en España.
Traducción de Antonio Rivero Taravillo.
Prólogo de Gerald Brenan.
Epílogo de Patricio Hidalgo Nuchera.
Almuzara. Córdoba, 2007.


El presente libro –escribe Gerald Brenan en el prólogo de Babel en España- de John Haycraft parte con una gran ventaja sobre todos los demás libros escritos por extranjeros acerca de España. No se trata de un libro de viajes y tampoco es la obra de alguien que simplemente ha vivido en el país. Es el relato de un joven que ha trabajado ganándose la vida en una gran ciudad de provincias, y que ha tenido para ello que tratar de forma tanto oficial como privada con un considerable número de personas. Sólo alguien torpe e insensible podría escribir con este tema un libro insulso, y Haycraft es excepcionalmente perspicaz e inteligente.

Cuando se cumple el medio siglo de su primera edición, Almuzara publica por primera vez en español Babel en España, la radiografía implacable de la Córdoba franquista de los cincuenta que John Haycraft editó en Londres en 1958. Aquel Babel in Spain llevaba el prólogo de Brenan que se recupera también en esta edición en Noche Española y mereció una elogiosa reseña de Cyrill Connolly y una reacción furiosa de la sociedad cordobesa.

El matrimonio Haycraft – John y Brita- llegó a Córdoba para poner en marcha una academia de inglés, sin señales matrimoniales externas, sin hijos ni tendencia a ir a misa de doce. A partir de su llegada, la mirada de Haycraft sobre la ciudad no es la de un turista, sino la de quien se sumerge en la vida de una ciudad con balcones floridos y un atraso secular, con callejas e hipocresía. Es la ciudad tradicional y soñolienta de los pregones y las apariencias, la de la Mezquita y la de una Medina Azahara de cartón piedra, la ciudad que conoció Haycraft entre 1953 1958 y dejó reflejada en esta Babel en España cuyo título alude a la academia de idiomas que fundó en la capital andaluza.

Desde los primeros capítulos, el paisaje humano es el que da el tono de Córdoba a través de un mosaico de personajes que completan la imagen global de una ciudad semejante a otras de la España de la posguerra. La religión, el enchufismo, las diversas maneras de la corrupción dibujan una vida cotidiana marcada por la intolerancia y el remilgo provinciano y farisaico.

Por aquella academia y por otros lugares de enseñanza y encuentro, John Haycraft ve desfilar un muestrario ciudadano cuyas enormes diferencias sociales le hacen escribir que hay en Córdoba dos ciudades: la pudiente de los palacios y el Círculo de la Amistad, donde dan clases particulares, y la ciudad miserable que vive en el estoicismo de la pobreza. Dos ciudades vistas desde dentro, no superficialmente, con intereses y motivaciones tan diversos como determinados por sus circunstancias socioeconómicas y culturales. Ese muestrario humano da cuenta de una sociedad compleja en la que el conservadurismo imperante en la ciudad ensimismada empieza a mostrar sus primeras grietas. Por ellas parecía colarse el interés por el mundo exterior de una parte de aquella sociedad.

No eran más que grietas superficiales y nuevas apariencias. Del escándalo que ocasionó el libro tratan el epílogo de Patricio Hidalgo y el apéndice documental con las cartas que lo denunciaron en la prensa cordobesa.

Fue un libro impertinente, pero no malintencionado, que levantó ampollas en la sociedad local, un libro que escandalizó a unos y alarmó a otros. Muchas décadas después, sigue llamando la atención la furibunda reacción de Castilla del Pino, que descalifica a Haycraft como un campeón de la estupidez en Casa del olivo. Es uno de aquellos personajes que se vieron retratados y ofendidos en Babel in Spain.

Vista en la distancia, la crítica de Babel en España es más inocente que ácida y se sostiene en la solidez de su estilo. El primero en denunciarlo, un novelista cuya fama ha borrado el tiempo, no pudo evitar el elogio de su estilo barojiano y de sus muy animadas páginas de fluida lectura.

Superadas las circunstancias que lo hicieron incómodo entre quienes lo entendieron como una ofensa o una delación, es un espléndido y vivísimo testimonio de la realidad social de la provincia en la posguerra.


Santos Domínguez

05 marzo 2008

Kafka va al cine


Hanns Zischler.
Kafka va al cine.
Traducción de Jorge Seca.
Editorial Minúscula. Barcelona, 2008.


Ilustrado con abundante material gráfico procedente de programas de mano, anuncios y fotogramas, Minúscula publica en su colección Con vuelta de hoja Kafka va al cine.

Un libro insólito de Hanns Zischler, que a la condición de filólogo y crítico de cine une su profesión principal de actor conocido por sus interpretaciones en películas de Wim Wenders, Claude Chabrol o Steven Spielberg. Cuando apareció la edición original de este libro en Alemania, hace doce años, W. G. Sebald la saludó con estas palabras en un artículo, Kafka en el cine, que se ha recogido en su reciente Campo Santo:

A diferencia de los germanistas como es debido, cuyas obstinadas investigaciones se convierten regularmente en una parodia de erudición, y a diferencia también de los teóricos de la literatura que ponen a prueba su gran perspicacia en la dificultad de Kafka, Hanns Zischler se limita a hacer un comentario reservado, que nunca trata de ir más allá de su objeto de interés (...) en un volumen con los más sorprendentes hallazgos, escrito sin pretensiones y en todo sentido ejemplar.

Entre la frase que inaugura los diarios de Kafka (Los espectadores se quedan petrificados cuando pasa el tren) y una carta de 1924, en la que poco antes de su muerte alude a El chico, de Chaplin, Zischler ha hecho una ardua labor de investigación en las cartas y los diarios del autor de La metamorfosis en busca de explicaciones sobre la obra, la vida y la personalidad de Kafka, cuyo interés por aquel arte incipiente recuerda Max Brod en su Autobiografía:

Adoraba las primeras películas que aparecían por aquel entonces. Le gustaba especialmente una que en checo se titulaba Táta Dlouhán, que podría traducirse por ‘Padre zanquilargo’. Arrastró a sus hermanas a verla, luego a mí, siempre lleno de entusiasmo, y durante horas no había manera de hacerle hablar de otra cosa que no fuera esta magnífica película.

Hasta 1913 la correspondencia y los cuadernos de Kafka reflejan un interés creciente por el cine, que frecuentó en Praga y en Berlín y en sus viajes a París y a Milán, y que fue para él a la vez espuela y consuelo, evasión y motor de escritura, estímulo creativo y le proporcionó una nueva manera de enfocar la realidad, la perspectiva K.

A partir de ese año las alusiones al cine, tan apasionadas como esporádicas, en sus cartas y en sus diarios son más infrecuentes, pero aquella nueva forma de expresión y de mirar artísticamente el mundo probablemente le siguió conmoviendo y perturbando hasta el final de su vida.

Santos Domínguez


03 marzo 2008

Memorias de Julián Marías


Julián Marías.
Una vida presente.
Memorias.

Páginas de Espuma. Madrid, 2008.


Coincidiendo con el congreso internacional Julián Marías: Una visión responsable, Páginas de Espuma recupera, revisadas por Francisco Javier Jiménez y en un solo volumen, las memorias que Julián Marías escribió a finales de los años ochenta y publicó en tres tomos.

Entre lo íntimo y lo público, entre la referencia al ámbito familiar, las circunstancias históricas y su trabajo intelectual, Julián Marías (1914-2005) rememora en Una vida presente setenta y cinco años de existencia en una labor que le permite en primer lugar conocerse y explicarse mejor a sí mismo:

Una vida presente ha consistido sobre todo en hacer explícita, hasta donde es posible, una vida; y digo hasta dónde es posible porque la vida humana es siempre arcana, recóndita, misteriosa, no ya para los demás sino para uno mismo. La mía, después de escribir estas páginas, cuya tensión dramática creo que es perceptible, es un poco menos oculta, más clara, mejor poseída, más mía, y por tanto más verdadera.

Llevaban años descatalogadas y por eso era imprescindible reeditar este impresionante testimonio vital y ético de quien fue uno de los intelectuales más sólidos y coherentes de la segunda mitad del siglo XX en España.

Los viajes y las reflexiones políticas, la rememoración emocionada de las muertes familiares más cercanas y dolorosas, la influencia intelectual de Ortega, el corte brutal que provocó la guerra civil en su vida profesional y personal son algunos de los temas que recorren estas memorias. Unas memorias que si a Marías le sirvieron para ahondar en el sentido de su trayectoria biográfica, al lector le reporta el ejemplo y la lección moral de una vida dedicada al trabajo intelectual con el telón de fondo de una agitadísima época de la historia reciente.

Julián Marías organizó los tres tomos de la primera edición en torno a tres secuencias temporales (1914-1951; 1951-1975; 1975-1989) en las que se cruzan constantemente vida personal y realidad histórica incluso en la elección de esas referencias temporales.

Muy acertadamente, se han mantenido los tres prólogos que abrían los tres tomos de la edición original. Y es que Marías, que empezó a escribir estas memorias el 14 de julio de 1988 y las dio por terminadas el 9 de julio de 1989, cambia de tono según la época de la que habla y los hechos que marcan cada uno de los tres ejes temporales en que las estructura estas memorias intensas y extensas, cubren tres cuartos de siglo de España a lo largo de casi un millar de páginas de amplio formato y buena prosa.

Tras los años decisivos de lecturas en el Instituto, el despertar de la vocación intelectual de Julián Marías, casi simultánea a su primera educación sentimental, es una nueva prueba de esa constante implicación de lo público y lo privado en su memoria. No es una casualidad, sino una de las claves compositivas de esta reconstrucción, el hecho de que 1931, un año crucial en la Historia contemporánea de España, fuese también un año decisivo en la vida de aquel estudiante que llegaba a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central y que al año siguiente descubriría a Ortega.

Transfondo familiar y horizonte intelectual son líneas convergentes en el itinerario vital de un Marías en cuya experiencia se siguen cruzando los destinos privados y públicos de manera que el final de los años en la Facultad coincide con el final de la República y la desolación de la guerra civil. Con el franquismo vendrían las delaciones, la detención y la cárcel, el comienzo de un largo exilio interior y de una inhabilitación que le mantuvo alejado de la enseñanza oficial como consecuencia de un episodio que resultará familiar a los lectores de Javier Marías y Tu rostro mañana:

Durante este tiempo, Lolita se encontró con uno de los “testigos de cargo” compañero de la Facultad, mayor que nosotros, a quien íbamos a ver a su casa durante la guerra y prestarle libros. Le dijo a Lolita: “Si Marías no vuelve a acordarse de que tiene una carrera, podrá vivir; en otro caso, lo hundiremos; porque gentes como Ortega, sobramos». (En primera persona de plural.) Lolita quedó indeciblemente deprimida. El promotor de todo aquello encontró otro día a un compañero de estudios y le dijo: “He metido en la cárcel a Marías y le van a salir treinta años.”
Lo más interesante fue lo que le sucedió a Salvador Lissarrague; su padre, militar, había sido asesinado; mis denunciantes lo encontraron y le preguntaron: “¿Conoces la actuación de Marías durante la guerra?” Dijo que sí, y lo citaron como testigo. Tenía, por su relación con Falange y la muerte de su padre, prestigio político; el juez lo recibió y lo escuchó. Hizo los más fervientes elogios de mí. El capitán jurídico se iba poniendo nervioso; al fin no pudo más y le preguntó: “¿Usted sabe que ha sido citado como testigo de cargo?” Lissarrague contestó: “Yo creía que había sido citado para decir la verdad.” El juez se quedó sorprendido, y empezó a preguntarle, si era cierto lo que decía, a qué respondían las encarnizadas denuncias. Lissarrague contestó concisamente: “Envidia.” No estoy seguro de que la explicación fuese tan sencilla; pero su intervención cambió las cosas.


La familia, los libros, la evocación de los amigos y los maestros, la preocupación por España son los hilos conductores de las memorias de quien fue espectador privilegiado de unos años decisivos, de quien vivió para contarlos con una sucesión en la que se mezclan raíces y metas, vida personal y trayectoria intelectual.

Evocación viva, capacidad analítica y voluntad narrativa se funden en la palabra de Julián Marías, que cuenta su vida para revivirla y porque su deber –como pedía Ortega- era comunicar la ciencia vital de la sabiduría sobre la vida concreta y transmitir la fidelidad al futuro.

La última parte de sus memorias, la más sombría, mantiene pese a todo esa lucidez tan admirable como el esfuerzo diario de un Marías que se sobreponía al desánimo y a la falta de proyecto de esos casi treinta años en los que fue un superviviente abatido por la pérdida de su mujer.

En esos últimos años es el tiempo el que se impone a un presente que mira con serenidad o emoción el pasado y que contempla el futuro como una incertidumbre que aconseja utilizar el mañana como un adverbio interrogativo.

Inteligentes, conmovedoras y bien escritas, son la memoria personal de un intelectual riguroso y coherente y el reflejo de un tiempo y de un país. No se equivocaba su autor cuando consideraba que estas Memorias serían su obra fundamental, porque en ella está vertebrado el argumento vital e intelectual que dio sentido a su existencia.


Santos Domínguez

02 marzo 2008

Poesía y música


Diez poetas, diez músicos.
Ilia Galán (ed.)
Calambur Poesía. Madrid, 2008.


En un reciente libro-disco, coordinado por Ilia Galán, Calambur reúne la palabra de diez poetas y la armonía de diez compositores actuales que pusieron música a diez de sus textos.

Interpretadas en el CD Diez autores con diez obras (Fundación Autor) por Raquel Lojendio (soprano), Alfredo García (barítono) y Jorge Robaina (piano), las partituras de Tomás Marco, Ramón Barce o Claudio Prieto han tomado como punto de partida poemas de María Victoria Atencia, Antonio Colinas, Luis Alberto de Cuenca, Antonio Gamoneda, Félix Grande o Clara Janés.

Los poetas seleccionaron de entre su obra aquellos textos que por su levedad, su tono o su estructura ofrecían más posibilidades como eje de una partitura.

Con esa base, cada uno de los compositores le ha puesto música a un poema, pero el libro va más allá de las diez pistas del disco y ofrece una selección de textos de los diez poetas.

Se trata de una iniciativa que pretende el reencuentro de dos actividades artísticas que nacieron juntas para irse separando progresivamente desde que la imprenta y el libro empezaron a favorecer la recepción solitaria y callada, no oral ni memorística, de la poesía.

Unidas poesía y música en Homero y en los orígenes de la lírica, en el Cancionero de Palacio y en el Romanticismo alemán que aunaba a Goethe o a Schiller con Beethoven y daba sus mejores frutos en las óperas de Wagner, la famosa definición de Verlaine (la poesía como música con palabras) era también una declaración autosuficiente de independencia.

Este proyecto de integración que se ha hecho realidad en las diez composiciones del álbum mira hacia atrás, toma como referencia la colaboración de músicos y poetas en el 27, y tiene voluntad de futuro. Es sólo el primer paso de un recorrido que requiere continuidad y talento en la aproximación de las dos artes.

El primer resultado es este CD de palabras con música o de música con palabras.

Santos Domínguez

01 marzo 2008

Mahmud Darwix


Mahmud Darwix.
Poesía escogida (1966-2005).
Edición y traducción de Luz Gómez García.
Colección La Cruz del Sur. Pre-Textos. Valencia, 2008.


De mi lengua he nacido, escribía en un verso memorable el poeta palestino Mahmud Darwix (Birwa, Galilea,1941).

En su lengua árabe, una misma palabra sirve para nombrar el verso y para designar la casa, de la misma manera que en su obra la búsqueda poética se funde con el tema de la patria y el exilio y la experiencia personal con el destino humillado de su pueblo:

Pensaba - me dijo- que la patria
era que yo bebiese a sorbos el café de mi madre

y que volviera, tranquilo, con la tarde.

Darwix es junto con Adonis el más importante poeta árabe actual, sus libros tienen una enorme difusión en los países árabes y sus recitales poéticos son seguidos por un público que llena estadios para escucharle y ver de cerca a un escritor que es casi una leyenda y un icono que simboliza la identidad palestina y la resistencia de su pueblo.

Cuando tenía seis años, el ejército israelí, en su avance armado hacia Líbano, arrasó la aldea donde nació. La expulsión de su tierra fue para él también la expulsión de la niñez. Infancia y paraíso se igualan aquí no sólo en su relación metafórica, sino en el ámbito biográfico de la pérdida:

¿Qué haré sin exilio, sin una larga noche
que escrute el agua?

Aquel mismo ejército, más eficaz que ejemplar, dinamitó en 2002 en Ramala la Casa de la Poesía y el Centro de Arte Khalil Sakakini, uno de los símbolos de la cultura palestina que dirigía Mahmud Darwix.

Esta amplia antología bilingüe, preparada por Luz Gómez García y editada por Pre-Textos, es la muestra significativa de una trayectoria poética de cuarenta años en los que la voz del poeta ha seguido creciendo y evolucionando, siempre en tránsito, en lucha por la expresión y con el telón de fondo de una realidad cada vez más dramática para su pueblo.

Desde sus primeros libros, Pájaros sin alas y Hojas de olivo, Darwix ha construido una poesía en la que el tono lírico, en línea con la poesía árabe clásica, convive con un tono más narrativo y una voluntad más testimonial. Entre el poema amoroso, el recuerdo de la infancia y la denuncia de la ocupación, Darwix ha reunido en su obra lo mejor de la tradición y la modernidad para levantar una poesía de mucha calidad, de alto voltaje emocional y político, entre la combatividad y la delicadeza intimista:

Como estar en la azotea de mi vieja casa
y que una estrella nueva
se clavase en mis ojos.

Los años han ido matizando la voz exigente del poeta, suavizándola y renovándola con las aportaciones de la poesía occidental contemporánea, encaminándola hacia una mayor abstracción a través del símbolo y el mito y de una mayor libertad del verso y convirtiéndola en una reunión de géneros y tonos que van de lo lírico a lo trágico y a lo narrativo.

Para alguien como Darwix, con la mirada tan acostumbrada a las destrucciones y a los memoricidios, la poesía es una cuestión de arquitectura que se manifiesta en un gusto por la composición de la qasida clásica y se enriquece con las aportaciones de la modernidad y el verso libre.

Su trayectoria ascendente culmina en Menos rosas y en dos libros -Mural y Estado de sitio-, estructurados como dos poemas largos que constituyen una summa poética de la vida y la escritura de Darwix.

En esos libros el poeta entabla un diálogo con los demás, con cada objeto y consigo mismo, y este diálogo es una referencia continua de su experiencia poética. Una muchacha o un soldado, el amor y la resistencia, la cárcel o los pájaros habitan la poesía de Darwix, entre el poema narrativo largo o el destello breve de unos cuantos versos que son relámpagos de belleza sobre el cielo azul y los olivos centenarios de su patria de espigas, de la que ha escrito:

Sobre esta tierra hay por qué vivir: los últimos días de septiembre, una mujer que sale de los cuarenta como melocotón maduro, la hora del sol en la cárcel, nubes que semejan un tropel de criaturas, los vítores de un pueblo a quienes encaran risueños la muerte, y el miedo de los tiranos a las canciones.

Santos Domínguez

29 febrero 2008

Nuestro común amigo



Charles Dickens.
Nuestro común amigo.
Traducción de C. Miró.
Clásicos Espasa. Madrid, 2008.


En su nueva y muy cuidada colección de Clásicos, Espasa publica Nuestro común amigo, la última novela de Dickens.

La escribió después de Grandes esperanzas y tras una disparatada gira de lecturas que deterioró mucho su salud. Lo primero que tuvo fue el título de la novela -algo excepcional en su forma de trabajar. La demoró una y otra vez y la fue escribiendo y publicando por entregas, en cuadernos mensuales que costaban un chelín. Treinta mil ejemplares se tiraron de la primera entrega, que salió a la calle el 1 de mayo de 1864, cuando Dickens tenía ya terminado el material de los cuatro meses siguientes y podía trabajar ya sin demasiadas urgencias.

De esa forma fue creciendo la novela durante año y medio hasta completar su forma definitiva, con cuatro partes y 77 capítulos en los que el misterio y la intriga son una exigencia del género además de una inclinación personal que es más acusada en sus últimas obras.

De trama compleja y muy elaborada, Henry James, habitualmente muy crítico con Dickens, reconocía en Nuestro común amigo la mano experta de un autor habituado a manejar con soltura personajes y situaciones.

Es una de sus mejores novelas. El propio autor tiene esa sensación cuando la remata con este párrafo, redactado cinco años antes de su muerte:

Nunca estaré más cerca de mis lectores que como lo estuve al escribir esta novela; como lo estaré hasta que se escriba en mi vida la palabra con la que hoy cierro este libro.

Chesterton escribió en un ensayo de 1906: Dickens fue más un mitólogo que un novelista: quizá el último y más excelso estudioso de los mitos. Sus personajes no siempre se transforman en personas de carne y hueso, pero siempre se convierten en una especie de dioses. Se trata de personajes como Punch o Papá Noel, por los que no pasa el tiempo, seres que viven en un perpetuo verano, siempre idénticos a sí mismos. Dickens no pretendió mostrar los efectos del tiempo y de las circunstancias sobre los personajes, ni tampoco la influencia de éstos sobre aquéllas. Su meta fue retratar caracteres en una especie de vacío feliz, en un mundo situado mucho más allá del tiempo.

Cuando Chesterton redactó esas líneas no estaba pensando en Nuestro común amigo, en la que pesa mucho más la presión del ambiente que el carácter del personaje. Está en ella el Dickens más sombrío para hablar del Londres coetáneo y de la ascensión social de unos nuevos ricos que amasan su fortuna como contratistas de la recogida de basuras.

Y de la misma manera que en Casa desolada la niebla y el barro se convertían en una opaca metáfora de la vida en Londres, aquí la riqueza se levanta sobre toneladas de basura y polvo, los desperdicios se erigen en símbolo de la sociedad en una sátira salvaje con aliento poético, como destacó Priestley en una brillante aproximación a su narrativa, de la que Nuestro común amigo es una de las muestras más acabadas.

Santos Domínguez

28 febrero 2008

Cervantes, comentarista del Quijote


Emilio Martínez Mata.
Cervantes comenta el Quijote.
Cátedra. Crítica y Estudios literarios.
Madrid, 2008.


Cuando Cervantes toma la decisión de desdoblarse en las voces de los diferentes narradores que cuentan el Quijote, no sólo funda la novela moderna sobre ese artificio de perspectivas, miradas y voces.

Tras esos portavoces, desautorizados en ocasiones, Cervantes se oculta y se distancia de la materia novelesca que ha dejado en manos de unos narradores que además de contar la acción la comentan.

Con los distintos autores del Quijote y con esa genialidad que en la Segunda parte se llama Sansón Carrasco, comparte Cervantes esa condición de comentarista desde la distancia, o sea desde la ironía.

Como la de un ventrílocuo, la voz de Cervantes detrás de esas máscaras comenta su técnica, se burla de la afectación, enjuicia los libros de caballerías, aborda las relaciones entre la historia y la literatura o abre la puerta de las múltiples lecturas que admite y provoca su calculada ambigüedad.

Sobre esta base, esencial para entender el Quijote, Emilio Martínez Mata ha elaborado este Cervantes comenta el Quijote, un trabajo que -como su objeto de estudio- reúne descripción e interpretación para abordar muchas de las claves del sentido de la novela.

Aparece en la colección de Crítica y estudios literarios de Cátedra, con prólogo de Anthony Close, y con un enfoque abierto que viene exigido por la propia naturaleza antidogmática del Quijote. Los debates abiertos por el relativismo de la obra tienen dos lugares privilegiados, el prólogo de la primera parte y el diálogo de Don Quijote, Sansón Carrasco y Sancho al comienzo de la segunda.

Y en torno a esos dos ejes se construye este estudio que arranca de un hecho llamativo: el primer comentario de su propia obra lo hace el Cervantes ortónimo en el prólogo de 1605, lo primero que lee quien lee el Quijote, aunque sea lo último que escribió Cervantes antes de imprimir la Primera parte.

Ese prólogo es una exposición de incertidumbres que contrastan con la seguridad de otros prólogos cervantinos, y una obertura en la que se anuncia la ficción de las diferentes voces narrativas y su cruce de perspectivas, el tono paródico, la burla de la afectación desde la poética de la claridad y la elegancia en ese jardín de senderos que se bifurcan que es también el Quijote.

La creación decisiva de Cervantes en el Quijote de 1615 es Sansón Carrasco. A partir del momento en el que ese personaje aparece como lector y primer comentarista del de 1605, la ficción y la realidad desdibujan definitivamente sus fronteras y se crea un efecto de profundidad semejante al que produce el cuadro dentro del cuadro en Las meninas de Velázquez o el teatro dentro del teatro en Hamlet. Más aún que la primera parte, la segunda es una lección de relativismo comprensivo y de tolerancia, de mirada global sobre el haz y el envés del mundo o sobre la fragilidad conceptual de la verdad.

Impregnado del espíritu de Cervantes, Emilio Martínez Mata ha realizado un libro en el que, lejos de la erudición y con su sola inteligencia como guía de lectura, el comentarista comenta al comentarista.

Santos Domínguez