19 febrero 2008

La sátira contra la mala poesía


La sátira contra la mala poesía.
Antología de poesía satírica del Siglo de Oro.

Edición, introducción y notas de Eduardo Chivite.

Berenice. Córdoba, 2007.

El juicio o estimación literaria, con razón o sin ella, no pocas veces termina en enfrentamiento poético o guerra literaria. Requiere, pues, la sátira contra la mala poesía para su efectividad, necesariamente, más de calidad literaria en su imposición que de verdad, y debe ser, claro está, impoluta técnicamente hablando, escribe Eduardo Chivite en el prólogo de la antología de poesía satirica del Siglo de Oro que ha publicado en la editorial Berenice.

Y para demostrarlo ha reunido una amplia colección de composiciones satíricas, una generosa muestra de puñales poéticos. Unos más brillantes o más afilados que otros, están escritos entre 1554 y 1610, un periodo crucial y cambiante en la poesía española, unos años centrales en las polémicas lingüísticas y literarias del Manierismo y el Barroco.

Pero los límites a los que se ha sometido esta antología no sólo son temporales, sino formales y temáticos: los que separan la actitud y la finalidad de la poesía satírica de la burlesca.

Cervantes, Lope, Góngora, Quevedo, los Argensola son algunos de los autores representados en esta antología que reúne por primera primera vez de forma homogénea y cronológica los textos de un subgénero poético que comparte la crítica literaria y la creación, el juicio de valor y la potencia verbal.

La sátira, decía Borges en Historia de la eternidad, tiene “la obligación de ser memorable.” No todos los textos que se recogen en esta antología cumplen esa condición estética, aunque sí son representativos de un momento de la sociología literaria en el que se estaba concretando la profesionalización del escritor. Se estaba definiendo ya un mercado del mérito y el prestigio intelectual. Junto con esa competencia que daba frecuentemente en lo personal, surgían los administradores de la fama, las porteras del Parnaso, los detentadores de una autoridad de la que surgía el canon.

La selección incorpora casi cincuenta textos, cada uno de los cuales va precedido de un interesante comentario que lo sitúa con precisión en el contexto social y literario y lo explica junto con las oportunas notas que lo acompañan.

Mayra Vela

18 febrero 2008

Cortejo de sombras


Julián Ríos.
Cortejo de sombras.
Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores.
Barcelona, 2007.


Cuarenta años después de escribir esta su primera novela, Cortejo de sombras, Julián Ríos se ha decidido a publicarla, para suerte de los lectores, en la colección Narrativa, de Galaxia Gutenberg /Círculo de Lectores.

Escrita entre 1966 y 1968, como recuerda Julián Ríos en Tamoga revisitada, el texto que prologa esta edición, Cortejo de sombras es una espléndida novela, habitada por personajes inolvidables y escrita con una prosa de altísima calidad, que envuelve desde el primer párrafo al lector y le atrapa con la fuerza de su voz narrativa y el interés de su mundo novelístico. Una calidad que no se convierte aquí en un factor antinarrativo, porque esa prosa es casi invisible y su eficacia callada no perturba la fluidez de la narración, sino que la hace funcionar con la precisión de un mecanismo.

Cortejo de sombras es una recreación pasmosa de Galicia transformada en el territorio imaginario de Tamoga, un pueblo de frontera, con puerto y tres cines, un espacio que podría ser el de Los gozos y las sombras contemplado por Onetti o evocado por Rulfo.

Organizada en nueve capítulos que pueden leerse de forma autónoma como relatos independientes o como piezas de una novela coral, dos de ellos se publicaron como cuentos después de ganar el Gabriel Miró y el Hucha de Plata.

Desde el primer capítulo, la historia de un suicida en ciernes que llega a Tamoga para matarse, se suceden historias como la de la viuda Dª Sacramento, un personaje que parece venir de un cuento de Faulkner para arder en el fuego de una mesa camilla, como Palonzo, un anormal inocente de salvaje brutalidad.

La guerra civil, con sus madrugadas de paseos y fusilamientos sumarísimos, es el telón de fondo de Cacería en julio, que tiene su inesperada continuación cuando treinta años después, en otro relato, un hombre va a buscar al médico en una noche de llovizna movido por una antigua y oscura necesidad de venganza.

La intrusa que rompe la monotonía de la vida de dos hermanos solterones, el moribundo que sale fuera de su cuerpo y fuera del tiempo durante tres minutos de paro cardiaco, el farmacéutico que venga la humillación de una doble traición familiar o el emigrante que regresa al pueblo para encontrarse en una curva con la muerte...

Son algunas de las presencias de este recuento de muertes, de distintas historias unidas por sus finales convergentes, por espacios, personajes y tiempos compartidos, conectados por su situación en esa antesala de la muerte que se llama Tamoga, el centro de una novela que se encomienda a esta cita del Libro de Job:

Nosotros somos de ayer y no sabemos nada, porque son una sombra nuestros días sobre la tierra.

Si no hubiera permanecido inédita hasta hoy, si se hubiera publicado en 1969 por ejemplo, Cortejo de sombras hubiera obligado a escribir de otra manera la historia de la novela española contemporánea.

Julián Ríos, un escritor subversivo y deslumbrante como pocos, es en Cortejo de sombras más lo segundo que lo primero. En sus posteriores Larva, Poundemonium o Monstruario, que se publicarán en esta misma colección, combinará subversión y deslumbramiento y exigirá al lector - y al crítico- un esfuerzo mucho mayor que en esta novela de Tamoga.


Santos Domínguez

16 febrero 2008

Como si hubiera muerto un niño


Carlos Sahagún.
Como si hubiera muerto un niño.
Lectura de Antonio Lucas.
Bartleby. Lecturas21. Madrid, 2008.

Si por un lado – escribía en 1963 Carlos Sahagún en unas Notas sobre la poesía - la necesidad me obliga a hacer referencias a mi historia privada, por otro, la Historia grande manda en mí y me hace tomar partido, responsabilizarme, como hombre, ante los demás.

Comunicación y expresión, el compromiso moral consigo mismo y con la realidad son algunas de las claves de la poesía de Carlos Sahagún (1938), el más oculto de los poetas del medio siglo, un autor que mientras ejerció como tal practicó una poesía de la vida que era testimonio del hombre concreto y de su realidad histórica.

Catedrático de Instituto en Segovia, Barcelona y Madrid, fue un poeta precoz que con poco más de dieciocho años ganó el Adonais con Profecías del agua, que reunió con Como si hubiera muerto un niño y Estar contigo en Memorial de la noche.

Primer y último oficio fue su último libro. Lo dio por cerrado hace más de treinta años y desde entonces Carlos Sahagún ha sido un poeta huido, un bartleby que opta por el silencio y la renuncia. Y así, Itinerario del poeta huido, titula Antonio Lucas la lectura que ha hecho en Bartleby para la reedición de Como si hubiera muerto un niño, que obtuvo el Premio Boscán en 1960.

De ese libro forma parte Cosas inolvidables, un texto que resume la doble condición de su poesía, entre la memoria lírica individual y la ética solidaria con los demás:

Pero ante todo piensa en esta patria,
en estos hijos que serán un día
nuestros: el niño labrador, el niño
estudiante, los niños ciegos. Dime
qué será de ellos cuando crezcan, cuando
sean altos como yo y desamparados.
Por mí, por nuestro amor de cada día,
nunca olvides, te pido que no olvides.
Los dos nacimos con la guerra. Piensa
lo mal que estuvo aquella guerra para
los pobres. Nuestro amor pudo haber sido
bombardeado, pero no lo fue.
Nuestros padres pudieron haber muerto
y no murieron. ¡Alegría! Todo
se olvida. Es el amor. Pero no. Existen
cosas inolvidables: esos ojos
tuyos, aquella guerra triste, el tiempo
en que vendrán los pájaros, los niños.
Sucederá en España, en esta mala
tierra que tanto amé, que tanto quiero
que ames tú hasta llegar a odiarla. Te amo,
quisiera no acordarme de la patria,
dejar a un lado todo aquello. Pero
no podemos insolidariamente
vivir sin más, amarnos, donde un día
murieron tantos justos, tantos pobres.
Aun a pesar de nuestro amor, recuerda.

La infancia perdida y el descubrimiento simultáneo del mundo de la injusticia y del primer amor son temas frecuentes en la poesía de todos los tiempos, pero ocupan un lugar central en la poesía de la promoción del medio siglo y en Carlos Sahagún. De La casa, otro de los poemas clave del libro, son estos versos que explican su título y dan noticia de su tema y su tono:

Dicen que ha muerto un niño y por las calles
pasa su entierro luminoso. ¡Nadie
se acerque! Oh, sí, dejadme solo,
quiero velar su cuerpo todavía una noche,
llorar por él como si fuera invierno
y estuviera desnudo.

La emoción contenida en la palabra precisa, la transparencia y el compromiso que revelan sus versos cordiales o indignados se proyectan sobre el conjunto del libro. Como si hubiera muerto un niño surge de la comunicación con el paisaje, del diálogo con la realidad y con la amada, con un tú que habita aquel paisaje y esta poesía aún solar y del sur, de playas y pinares de su infancia almeriense. Y ese paisaje se confunde con el sentimiento en la memoria y se convierte a menudo en el paisaje de un corazón amargo que se mueve entre el temblor y el inconformismo.

Poeta precoz en logros y precoz también en la renuncia a la poesía, el esfuerzo insistente de Antonio Lucas ha permitido vencer la resistencia de Carlos Sahagún a la reedición de Como si hubiera muerto un niño en la serie Lecturas21 con que Bartleby -ninguna editorial más adecuada al talante de Carlos Sahagún- sigue recuperando la poesía de los años sesenta enriquecida con la interpretación de poetas actuales.

Abrió esta serie Félix Grande y luego se han recuperado títulos imprescindibles de Diego Jesús Jiménez, Ángel González, Antonio Gamoneda o Caballero Bonald. No tardará mucho en aparecer una nueva entrega con Teatro de operaciones, de Martínez Sarrión con lectura de Julieta Valero.

Santos Domínguez

15 febrero 2008

Cavafis narrador


C. P. Cavafis.
A la luz del día.
Edición y traducción de
Pedro Bádenas de la Peña.
Miguel Gómez Ediciones. Málaga, 2007.

Del lugar de la literatura en donde se encuentran Poe y Baudelaire, de las raíces que alimentan la narración y la poesía contemporáneas, surge A la luz del día, el relato breve de Constantino Cavafis que publica por primera vez en castellano Miguel Gómez Ediciones, con edición de Pedro Bádenas de la Peña, traductor de la poesía de Cavafis y buen conocedor de una obra que comparte temas, actitudes y ambientes alejandrinos con este relato.

A la luz del día permaneció inédito hasta 1979, en que se editó en la Universidad de Palermo, y pertenece al terreno de la literatura fantástica. La irrupción de lo sobrenatural en lo cotidiano, la difuminación de las fronteras entre lo lógico y lo mágico son algunas de las constantes de un subgénero que se puso de moda a finales del XIX.

A la luz de día desarrolla una trama sencilla a partir de una conversación trivial. El mundo del sueño y la vigilia, el misterio y el secreto, el ensueño y el terror acaban haciéndose visibles, a través de descripciones inquietantes.

Esta es una rareza dentro de la obra de Cavafis, que lo escribió influido por la lectura de Hoffman y Poe, con quienes compartió planteamientos estéticos como la unidad de impresión, la importancia de la sugerencia, la indefinición o el ensueño, que son fundamentales también en su poesía, igual que la intensidad del estilo, la voz de la primera persona, el destello visionario o el efecto suspensivo del final abierto.

Santos Domínguez

13 febrero 2008

El reino de las mujeres


Antón Chéjov.
El reino de las mujeres.
Traducción de Gonzalo Guillén Monje.
Breviarios de Rey Lear. Madrid, 2008.



Breviarios de Rey Lear publica El reino de las mujeres, una novela corta de Antón Chéjov, con una nueva traducción de Gonzalo Guillén Monje.

La mirada compasiva y honda de Chéjov, más piadosa que optimista, está aquí a la altura de sus mejores relatos. Una mirada magistral que vive en el matiz y en la sutileza con que construye a los personajes, en las contradicciones de sus comportamientos y en la economía de la elipsis.

La protagonista, Anna Akimovna, es uno de esos personajes femeninos con carencias emocionales que abundan en los relatos y en el teatro de Chejov, profundos y delicados a un tiempo.

Hay en esta novela el mismo olor a coles y a pobreza que en las novelas de Dostoievski, el mismo mundo de amos y siervos, la misma nieve, pero ahí acaban las semejanzas. La mirada de Chéjov nunca contempla a los personajes, como hacían Dostoievski o Tolstoi, desde arriba, sino cara a cara. Por eso hay un hilo invisible y persistente, como la melancolía invisible y persistente de su literatura, que une a Chéjov con Cervantes y con Shakespeare en la construcción de un universo narrativo en el que conviven ricos y pobres, la simulación y la sinceridad.

Por eso, como ocurre con ellos, leerle es una experiencia inolvidable que altera en el lector la forma de mirar el mundo y amplía su profundidad de campo.

Esta novela corta, espléndidamente traducida por Gonzalo Guillén Monje, es además una nueva prueba de que los clásicos que de verdad lo son nos esperan siempre en el futuro.

Santos Domínguez

12 febrero 2008

Un plan de lectura para toda la vida



Clifton Fadiman y John S. Major.
Un plan de lectura para toda la vida.
La guía definitiva de lo que hay que leer.

Traducción de Pilar Adón, Marta Bris y Gloria Mengual.
Planeta. Barcelona, 2008



Es ya un clásico de un género al que pertenecen libros como la Biblioteca personal de Borges, Cómo leer y por qué, de Harold Bloom o las Cien cartas a un desconocido, de Roberto Calasso.

Se publicó por primera vez en Estados Unidos en 1960 firmado por Clifton Fadiman, que hizo cuatro revisiones de este plan. La última, que es la que se traduce en esta edición, contaba ya con la colaboración de John S. Major, se fechaba en 1998 y presentaba una selección de 133 autores, muchos de ellos representados con varios títulos, lo que multiplica la primera cifra por tres o por cuatro.

No era la única novedad importante. En un mundo cada vez más globalizado, se incorporaban libros de tradiciones ajenas al canon occidental y en un apéndice se ofrecía una ampliación de propuestas de lectura con autores del siglo XX a cargo de John S. Major.

Ahora se traduce por primera vez al español en esta edición preparada por Planeta a la que muy acertadamente se incorpora otro apéndice con las mejores traducciones disponibles en español de esos libros que tienen la condición de clásicos porque nos hablan por encima del tiempo y del espacio.

El Plan está diseñado -explica Fadiman- para llenar nuestras mentes —de forma lenta, gradual y sin coacciones— con lo que algunos de los más grandes escritores han pensado, sentido e imaginado. Y después de haber compartido estos pensamientos, sentimientos e imágenes, aún nos quedará mucho que aprender: todos morimos ignorantes. Pero al menos no nos sentiremos tan perdidos, tan desconcertados. Nos habremos liberado de lo meramente contemporáneo. Comprenderemos un poco mejor –no mucho, pero un poco— la posición que ocupamos en el tiempo y en el espacio.

Organizado en cinco secciones que responden a cinco grandes periodos culturales, están en este plan de lectura desde la anónima epopeya de Gilgames a García Márquez y el nigeriano Chinua Achebe. Pero que nadie espere un resumen sinóptico de grandes obras. Lo que va a encontrarse el lector es mucho más que eso: dos páginas escuetas, pero suficientes para incitar a la lectura de autores y textos de poesía, novela, ensayo o teatro.

No es mi deseo colmar de elogios este plan de lectura para toda la vida. No es mágico. No le convierte a uno automáticamente en una persona culta. No tiene la clave para los misterios fundamentales de la vida. No le hará feliz. Todos estos beneficios son los que suelen atribuir a sus productos los fabricantes de dentífricos, automóviles y desodorantes, pero no Platón, Dickens o Hemingway. El libro no le servirá más que para ayudarle a convertir su vida interior en algo más interesante, como lo hace una historia de amor o un proyecto que le exige toda su energía.

Como tantos otros, yo he ido leyendo estos libros, a ratos, durante toda mi larga vida. Una de las cosas que he descubierto es que resulta fácil decir que te hacen crecer, pero bastante difícil demostrárselo a los lectores más jóvenes. Tal vez es mejor decir que actúan como un líquido para revelar películas; es decir, que te hacen ser consciente de lo que no sabías que sabes. Más que instrumentos para la mejora personal, son instrumentos de descubrimiento personal. Esta idea no es mía. Se encuentra en Platón, que fue quien pensó en ello, como en otras muchas cuestiones, por primera vez. Sócrates se autodenominó «comadrona de ideas». Un buen libro suele ser eso, una comadrona que hace que salga a la luz lo que ha estado enrollado como un embrión en las oscuras profundidades del cerebro.

Luis E. Aldave

11 febrero 2008

Sombras


Ángeles Vicente.
Sombras. Cuentos psíquicos.
Edición y prólogo de Ángela Ena Bordonada.
Rescatados Lengua de Trapo. Madrid, 2008.



Sola en mi habitación, hasta donde llegan los últimos rumores de la noche, estoy enferma y triste pensando en amargas y lúgubres quimeras, y haciendo el análisis de mi vida, queriendo descifrar el enigma de mis pensamientos. En mi corazón se refleja como en un espejo la ansiedad de mi dolor, que me parece el espectro de un sueño. ¿Qué grito de ignorada boca sale de la profundidad de mi alma? ¿Qué vanas quimeras flotan a mi alrededor? ¿Qué palpitaciones de un mundo invisible siento como si lucharan exhaustas? ¿Quiénes son los vencidos en el ansia de la liberación? ¿Qué desvarío es este? ¿Qué me sucede? ¿Qué busco? ¿Qué quiero? ¿Por qué esta depresión de alma? ¿Por qué este deseo de buscar siempre algo nuevo? Cuanto me rodea, me aburre.


Así comienza Sombras, el primero de los catorce cuentos psíquicos que Ángeles Vicente (Murcia, 1878) reunió en un volumen aparecido en 1911 en la casa editorial de Fernando Fe. Lengua de Trapo los rescata con edición y prólogo de Ángela Ena Bordonada, que se ocupó de editar en esta misma editorial Zezé, una novela erótica sorprendente y desenfadada. En ella una Ángeles Vicente adelantada a su tiempo mostró la sexualidad femenina desde una perspectiva inédita por entonces: la de la propia mujer.

Aparte de cierto tufillo estilístico de época, esas primeras líneas de Sombras muestran las claves del libro: la mirada femenina, lo desconocido, el sentido de la realidad y la existencia.

A esa búsqueda de respuestas responde la acumulación de interrogaciones, el signo de una época de crisis en la cultura europea. Las décadas de transición del XIX al XX fueron años de desorientación de los que surgieron la mentalidad y la literatura contemporáneas.

En esos años críticos y desorientados escribió su obra narrativa –dos novelas y dos tomos de cuentos- Ángeles Vicente. En ella proyectó su mentalidad progresista a través de unos textos que son el resultado de las tendencias irracionalistas que sucedieron al exceso naturalista y al culto extremo al dato verificable que sustentaba aquella técnica.

Estos cuentos psíquicos abordan las limitaciones de la razón, el campo vedado a la lógica que exploran estos relatos en los que las patologías mentales y los elementos fantásticos conviven con planteamientos avanzados y la reivindicación feminista con lo sobrenatural, los sueños o la noche.

Un reseñista anónimo que no había visto este libro ni por el forro lo saludó en ABC como la expresión de una escritora cálida, realista y apasionada. Nada de eso, ninguna de esas tres cosas, existe en estos cuentos que abordan la cara oculta de la realidad, la crítica social o el anticlericalismo, la parodia del espiritismo o la defensa de la cultura, la educación y el progreso.

Aparte del que da título al volumen, relatos como El huerto encantado, La última aventura de don Juan o Algunos fenómenos psíquicos de mi vida, en los que la crítica social es compatible con la literatura fantástica, revelan a una escritora con apreciables dotes para el manejo de la intriga y los personajes.

Santos Domínguez