27 octubre 2007

El condenado a vivir

Klaus Mann.
El condenado a vivir.
Traducción de Luis Bonmatí.
El Nadir. Valencia, 2006.

La editorial valenciana El Nadir hace en su catálogo y en su nombre una apuesta por aquellos autores marginales, olvidados o malditos cuyas obras, muchas veces inéditas en español, son fundamentales para comprender la modernidad y sus márgenes.

Uno de esos autores, morfinómano y culto, homosexual y lúcido, es Klaus Mann, del que han publicado dos libros muy distintos pero complementarios: El condenado a vivir, una colección de artículos y ensayos que se traducen por primera vez, y Encuentro en el infinito, una novela inédita hasta ahora en español.

Con más lucidez que talento, a Klaus Mann (1906-1949) le persiguió la sombra de su padre hasta su suicidio en Cannes. Thomas Mann le escribía unos días después a Hermann Hesse:

Mis relaciones con él fueron difíciles y no exentas de un sentimiento de culpabilidad dado que mi existencia desplegaba una sombra sobre la suya. Él trabajaba muy rápido y muy fácilmente; eso explica los errores y las negligencias de sus libros.


El condenado a vivir reúne un conjunto heterogéneo de veintiséis textos -artículos, ensayos breves y un par de poemas- que dan una imagen muy certera de la lucidez intelectual y las obsesiones de un ser tan problemático y angustiado como Klaus Mann, más dotado para el rigor intelectual del análisis que para la pura creación.

Escritos entre 1930 y 1949, en unos años cruciales en su vida y en la historia de Alemania, reflejan el ascenso del nazismo y predicen la proximidad de las catástrofes públicas y privadas que marcaron su vida y la historia de Europa. Klaus Mann se revela en ellos como uno de los intelectuales que mejor y más rápidamente comprendieron que estaban asistiendo al fin de una época, de una idea de Europa y a la crisis definitiva de unos modelos culturales que iban a dejar paso al desfile de los bárbaros. Había llegado la hora de los asesinos que pronosticó Rimbaud y evocaba Mann.

Entre el análisis diagnóstico y el presentimiento de una realidad que confirmaría sus peores pronósticos, estos textos son el testimonio lúcido y doloroso de aquel tiempo, la crónica de una crisis personal, social y política en la que lo exterior se proyecta en el escritor, que a su vez contempla esa realidad como una ampliación de su existencia problemática.

Todo acaba configurando la crónica de una decepción, dibujando un paisaje de catástrofes colectivas y angustias íntimas de quien se ve a sí mismo como un ser aparte que tiene en el aislamiento, la soledad y la distancia la atalaya privilegiada de su lucidez desilusionada y profética.

En Suicidas, un texto de 1931, Klaus Mann parece tener una premonición de su propia muerte en Cannes, dieciocho años después: Un amigo mío, Wolfgang D., se mató en Cannes con un arma de fuego. Le gustaba mucho Francia, sobre todo el Midi; creo que fue a propósito allí para morir.

Y esa, la obsesión creciente por la muerte como la única patria y la autodestrucción como el ángel redentor, es una de las fuerzas temáticas de estos textos, en la variante de la necrológica o en la repetida alusión al suicidio del Himno a la muerte, uno de los mejores artículos del libro, o en La última decisión (1941-42), donde escribe:

El hijo de un famoso novelista se suicida a causa del fracaso de su revista /.../ El primogénito de un premio Nobel, decepcionado por el fracaso de una revista literaria, se suicida. (...)
Tuve que abandonar la revista. Y deseo morir porque era -porque soy- incapaz de afrontar y de soportar la exorbitante acumulación de mediocridad y maldad, ignorancia y holgazanería egoísta que rigen el mundo y este país.

A medida que van pasando los años, el suicidio se acaba convirtiendo en el tema dominante, a propósito de dos escritores suicidas, como Zweig y Virginia Woolf.

El libro se cierra con el que posiblemente es el ensayo más sólido de Klaus Mann, La crisis del espíritu europeo, un texto que se publicó al mes de su muerte y que es su testamento intelectual, su última reflexión sobre el papel de los intelectuales europeos de la posguerra.

Santos Domínguez


26 octubre 2007

Península pentagonal


Mario Praz.
Península pentagonal.
La España antirromántica.

Traducción de Manuel Vicente Rodríguez Alonso.
Almuzara. Córdoba, 2007.


En su serie Noche Española, que recoge la mirada extranjera de distintos escritores sobre España, Almuzara publica Península pentagonal, de Mario Praz (1896-1982), uno de los más interesantes ensayistas italianos del siglo XX.

Es la primera vez que se publica en español este libro con la visión que Praz ofreció de España en 1928, tras el viaje que hizo dos años antes, y ocho años después de la primera España negra de Solana. Una versión cáustica y agresiva que suavizó en la versión revisada de 1955, que es la que se ha utilizado como base de la edición española.

Subtitulada La España antirromántica, el propio autor lo define como un libro pintoresco que intenta desenmascarar la leyenda del pintoresquismo español. El propósito de ir más allá del tópico, de ver lo otro, como destacó Eugenio Montale en la reseña de este libro.

Con el despego irónico y la distancia del anglicista que habla del sur, Praz elabora en este libro una contraguía que rompe los tópicos que se habían venido repitiendo sobre España desde los viajes de los románticos franceses Merimée y Gautier o, luego, aquel primer Barrès, desorientado y superficial.

Una desmitificación que ridiculiza y combate el pintoresquismo castizo y va siempre más allá de la superficialidad del turista que llega con las ideas preconcebidas de plazas con naranjos y pasiones y rejas, con guitarras y caballistas y un fondo de jardines y callejones:

Si existe en Europa un país donde menos se cumpla el requisito capital de lo pintoresco, la rápida sucesión de muy variados efectos, ese país es España.

La primera imagen no puede ser más impactante: en Vizcaya, en un paseo, las señoras llevan bajo el brazo lechones con cintas de colores. Una romería en Alcalá de Guadaira, con cigarras y castañuelas, un prostíbulo malagueño, una procesión en Sevilla o una corrida en Barcelona describen con agresividad un país sórdido y a unos españoles que son gente positiva y practican la civilizada virtud de la pereza y la superficialidad:.

Aquí hablaba Luis de León, aquí, todavía ayer, hablaba Miguel de Unamuno. ¿Ofrecen su mensaje los caracteres grabados en los bancos? No: los estudiantes de Luis de León, como los estudiantes de Unamuno, sólo han grabado sus propios nombres y los usuales garabatos idiotas u obscenos. ¿Para quién agitaba el sacerdote su bandera? ¿Para quién pronunció su palabra el profesor del siglo XVI o el del siglo XX?

Para una España monótona que se refleja en los colores de tierra seca de su pintura, del Greco a Goya, en la arquitectura repetitiva de El Escorial y en la noche oscura de San Juan de la Cruz, en la gastronomía o en los espectáculos públicos de la Semana Santa sevillana y en una corrida de toros vista con decepción y sufrida con aburrimiento por una joven norteamericana. Ese episodio le sirve a Praz para redactar sobre la tauromaquia un interesante capítulo que es un ensayo de interpretación simbólica y antropológica de ese rito de sangre, voluptuosidad y muerte.

Y si como en todo rito lo fundamental es la reiteración de determinados actos, la monotonía vuelve a ser una señal de la vida española, del carácter de los españoles o de sus manifestaciones artísticas. De ahí la visión despectiva de la Alhambra como exponente de un arte frágil y decepcionante, perfecto en su monotonía como las telarañas, las colmenas y los cristales de la nieve. Un arte inmóvil e impersonal que tiene su continuación en el plateresco de San Juan de los Reyes, en el barroco escurialense o en la Sagrada Familia, expresiones renovadas de la monotonía de lo español.

Tras eso, y como contrapunto humorístico e irónico, el memorable retrato grotesco de Mr. Cockerell, uno de esos inglesitos españolizados que tanto abundaron en la Andalucía de la primera mitad del XX, o el episodio esperpéntico de un milagro segoviano en Domingo de Pasión.

Y en un nuevo giro inesperado, otro cambio de tono para elaborar un triunfo de la muerte en la visión del arzobispo Carranza o imaginar un diálogo entre Calleancha y Puertaestrecha sobre el tratado sanjuanista de Baruzzi y sobre el misticismo en la pintura del Greco.

Un último capítulo sobre la devoción mariana como peculiaridad española completa este estupendo baedecker corrosivo y profundo, este relato de una decepción, como subraya Juan Bonilla en su epílogo.

Santos Domínguez


25 octubre 2007

Viento en los oídos

José Marzo.
Viento en los oídos.
ACVF Editorial. Madrid, 2007.


Años antes de que yo naciera, mi tío Isidro fue llamado a filas para defender a tiros las últimas posesiones del imperio.
Decenas de miles de hijos del emperador fueron reclutados en las vastas tierras del interior y enviados a las lejanas colonias de ultramar. Los pastores dijeron adiós a sus montañas y a sus perros, los campesinos abandonaron el arado y los bueyes, los golfillos se despidieron de las billeteras y las comisarías. «Restaurar el honor mancillado de nuestro pueblo». «Proteger los logros de la civilización». Desde la gloriosa época de la conquista, ninguna generación gozó como ellos de la oportunidad de dar su sangre por causas tan elevadas.

Después de un viaje en vagones de tren que duró días y de un viaje en bodegas de barco que duró semanas, arribaron a un luminoso puerto del trópico. Los edificios blancos resplandecían al sol. En la bocana, flanqueada por dos garitas vigía, se enseñoreaban los trapos coloreados de nuestra patria. Por entre las almenas de las murallas asomaban los cañones de bronce bruñido. Posados en ellos, unos pajarones desgarbados y jibosos, de plumas verdes y pico negro, escrutaban la espuma de las olas y emitían un incesante «ñac-ñac».

Los reclutas formaron en la plaza y se les ordenó que dejaran la ropa en las losas. Les lavaron el vómito del barco a baldazo limpio, con un agua de mar tan salada y tan caliente que desinfectaba las heridas y reblandecía los callos de los pies. Les cortaron el pelo al cero y los médicos comprobaron que todos tenían la dentadura completa y dos testículos, y cinco dedos en cada mano y en cada pie. Así, tal como vinieron al mundo, entraban ahora en el Mundo Nuevo. Y para que fueran por completo unos hombres nuevos, les entregaron una gorra de plato, una blusa y un pantalón, un cinto de caña trenzada, un par de botas, una pastilla de jabón y diez céntimos para tabaco.

Con esas líneas intensas, llenas de crudeza y de ironía, empieza la última novela de José Marzo (Madrid, 1967), Viento en los oídos, que publica ACVF Editorial.

Autor de varias novelas y de tres volúmenes de relatos reunidos en la trilogía Aurora, que publicó esta misma editorial, José Marzo aborda en Viento en los oídos la historia novelada y verosímil de unos años convulsos, los que van desde la guerra de Cuba y el desastre del 98 a la guerra civil, con episodios intermedios como la guerra del Rif.

La crudeza y la ironía de las primeras líneas son algunas de las claves constantes de esta novela, en una mezcla que quizá pueda explicarse a partir de una reflexión como esta, que le hemos leído a su autor en un artículo en La Fábula Ciencia:

Quien siente el vacío de sus contemporáneos debe distanciarse y mirar el presente con la misma altura desde la que se contemplaría a sí mismo dentro de cincuenta años, dos siglos. Es una ilusión, pero permite alzar la cabeza y respirar.

Narración oral y fábula histórica, Viento en los oídos se ubica en Titulcia, una ciudad imaginaria con catedral y tranvía, telón de fondo de vidas como las de Isidro, Mercedes, Juan Expósito o don Silvestre, unos personajes bien trazados y cuyas existencias individuales, en un ambiente de violencia agazapada, se cruzan en un destino común para trazar el entramado colectivo del que son protagonistas y víctimas.

Por eso, a medida que avanza, la narración gana solidez y hace que aumente el interés del lector por una novela consistente en la que cada uno de esos hilos acaba cumpliendo una función en el conjunto de una obra habitada – como la historia- por personajes de individualidad profunda y contradictoria.

En otro lugar, ha escrito José Marzo unas palabras que resumen el sentido último de su novela: Registrar hoy las injusticias del pasado es un aviso para el presente y una advertencia lanzada desde el futuro.

Una novela que termina así:

Así pasaron los años. Todo pasa, aunque no he visto que el tiempo acabe poniendo a cada cual en su lugar. Algunos tienen más de lo que se merecen, muchos carecen de lo que necesitan. Nunca olvidé ni los cuatro números ni las cuatro letras aprendidas en mi infancia, ni el beso del cariño ni la mano de la amistad. Y por fin he hecho lo que un día me prometí cumplir: una de esas promesas que no se pueden decir hasta que no se han realizado. Tan sólo me prometí contar algún día la experiencia de mi tío Isidro. Para que lo lea quien lo pueda leer, para que lo escuche quien lo quiera escuchar. Para que no caiga en el olvido. Y la he contado sin apartarme un solo punto de la verdad que fluye por debajo de la historia y que seguimos oyendo cuando el viento nos sopla en los oídos.



Mayra Vela Muzot


24 octubre 2007

Exploradores del abismo



Enrique Vila-Matas.
Exploradores del abismo.
Anagrama. Barcelona, 2007.


Voy pensando que un libro nace de una insatisfacción, nace de un vacío, cuyos perímetros van revelándose en el transcurso y final del trabajo. Seguramente escribirlo es llenar ese vacío. En el libro que terminé ayer, todos los personajes acaban siendo exploradores del abismo o, mejor dicho, del contenido de ese abismo. Investigan en la nada y no cesan hasta dar con uno de sus posibles contenidos, pues sin duda les disgustaría ser confundidos con nihilistas. Todos ellos han elegido, como actitud ante el mundo, asomarse al vacío. Y no hay duda de que conectan con una frase de Kafka: «Fuera de aquí, tal es mi meta.»

Enrique Vila-Matas ha contado alguna vez que después de terminar Doctor Pasavento tenía la sensación de estar al final de un camino, ante un abismo. A sondear el precipicio, a explorar el abismo se dedican los diecinueve textos de Exploradores del abismo, que publica Anagrama y que cierran como epílogo unas líneas de Peter Handke en El peso del mundo:

Sostenía yo maquinalmente el bolígrafo apuntando hacia las cosas. Cuando me di cuenta, lo desvié de inmediato en otra dirección, en la que no había nada.

En el otro extremo del libro, Café Kubista, el texto inicial porque funciona como prólogo, aunque es el último que escribió, explica Vila-Matas el proceso que le llevó a recuperar la narrativa corta:

Estoy seguro de que no habría podido escribir todos esos relatos si previamente, hace un año, no me hubiera transformado en alguien levemente distinto, no me hubiera convertido en otro. Justo es decir que el cambio se produjo con una sencillez abrumadora. Un colapso físico, acompañado de una rápida pérdida de peso, contribuyó a ello. De pronto, tuve la sensación de haber heredado la obra literaria de otro y tener ahora tan sólo que gestionar su obra. Desde entonces, soy alguien que necesita de las leves discordancias con el antiguo inquilino de su cuerpo, discrepar con él ligera y sutilmente y, siempre que pueda, a modo de redundancia jocosa, hacerle perder peso en sus razonamientos.

Así pues, tras mirar su propio abismo, el narrador/autor intenta ser otro y emprende la búsqueda de nuevos caminos para ir en su escritura más allá de la trilogía metaliteraria de Bartleby y compañía, El mal de Montano y Dr. Pasavento:

Quién sabe si terminar un libro de cuentos no es como vaciar de golpe un cubo en el Café Kubista. Ver vaciarse todo y conocer su contenido, saber perfectamente de qué se ha llenado todo. Y saberlo en medio de un clima risueño, discreto y geométrico. Un clima en el fondo alegre. Porque mis constantes vitales de esta mañana son el sol que saluda los despertares, el descubrimiento del placer de ser cortés, la revelación algo tardía de que todo es excepcional, el despliegue de gentileza en el trato a las personas, la impresión de vivir en plena tempestad de calma, la satisfacción de haber perdido unos kilos, la gestión de la herencia literaria del antiguo ocupante de mi cuerpo, el abordaje suave de una lógica espartana del trabajo, la creencia de que los gordos son los demás, la utilización de la ironía templada como rasgo de elegancia, de tímida felicidad, en definitiva.

Este es un libro que se puede leer como un conjunto trabado de relatos breves, pero también como los capítulos sucesivos de una novela peculiar, en el territorio peligroso e incierto de la literatura y de la vida, con la ambigüedad de la primera persona, cuyo carácter borroso se sitúa en la frontera del sueño y la realidad, la vida y la ficción, el autor y el narrador.

Un libro hecho con relatos, novelas cortas y ensayos, con formas literarias inestables, pero también con hilos conductores como el equilibrista Maurice Forest-Meyer, que aparece en casi todos los textos acompañado de Delia Dumarchey, la mujer tuerta de elegante cojera y legendario ojo de cristal. Ese funambulista es a la vez un elemento unificador y la metáfora de quien, como el escritor, se mueve sobre el vacío y ha hecho del abismo su medio.

La ironía constante y el distanciamiento unifican además el tono de unos textos escritos a veces con ritmo lento de novela, otras veces con alusiones metaliterarias y hasta con personajes normales.

La decisión de escribir sobre historias de la vida cotidiana es el tema del más irónico de los textos: La gota gorda, un relato que abre y cierra la posibilidad de una nueva manera narrativa de Vila-Matas, que culmina en ese texto y en el libro un viaje de ida y vuelta. Y lo hace con sentido festivo, no trágico, porque comprende que en el centro de la fiesta está el vacío, pero en el centro del vacío hay otra fiesta, como intuyó Roberto Juarroz en versos memorables y verticales evocados por Vila-Matas, o por el fingidor que escribe en ese relato:

He sudado la gota gorda con las secreciones y exudaciones de mis personajes, he hecho un esfuerzo increíble por mostrar ‘apego a la existencia normal de las personas normales’. Y últimamente me siento ya bien adaptado a mi nueva asquerosa vida [...] Me he dedicado a hablar de seres corrientes y vulgares, es decir, de individuos amostazados, apopléticos y analfabetos, pero lo he pasado mal, muy mal. Y todo para que dijeran que he cambiado un poco de estilo. [...] Creo que en el fondo me fascinan todas esas señoras y señores tan enormemente vulgares, con su nariz y su hígado y su patata y en fin, con todas esas cosas tan bien puestas y su existencia normal de personas normales, normalísimas. Además, ¿pero qué diablos?, ¿acaso no se trataba de cambiar de estilo?”

Pese a todo, este es un paso adelante en la narrativa de Vila-Matas, que ha ido más allá de una fórmula y de la autorreferencialidad ficticia y ha escrito en La gloria solitaria, el penúltimo texto del libro una excelente reflexión en la que se unen narrativa y ensayo, Thomas Bernhard y Glen Gould, Walser y Benjamin, DeLillo y Thelonius Monk y los registros más personales y brillantes de Vila-Matas para trazar su poética.

El homenaje a Chejov en Fuera de aquí, el autofictivo ladrón de gestos y frases en el autobús de la línea 24 (La Modestia) y, ya cerca de la novela corta y como eje de la obra, los excelentes Niño y Porque ella no lo pidió son los relatos en los que un Vila-Matas tan paradójico como siempre, tan brillante como en sus mejores páginas, alcanza la mayor altura de un libro que es también un puente levantado sobre el abismo.

Los lectores normales disfrutarán con estos relatos. A los mutantes seguirá sin gustarles. Mala suerte.

Santos Domínguez

23 octubre 2007

Instante propicio, 1855


Patrik Ourednik.
Instante propicio, 1855.
Traducción de Kepa Luis Uharte Mendicoa.
Melusina Sic. Barcelona, 2007.


Patrik Ouředník (1957), poeta checo afincado en París desde 1985, es también narrador y ha traducido a Beckett, Vian, Queneau, Jarry, Rabelais.

En España, la editorial Tropismos había publicado Europeana, una breve historia del siglo XX, un libro que venía avalado por un considerable éxito internacional. A caballo entre la ficción y el ensayo, irónica y reflexiva, Europeana es una peculiar historia de Europa en el siglo XX escrita con mordacidad corrosiva.

Instante propicio, 1855, que acaba de publicar Melusina, es un libro complementario del anterior. En él Patrik Ourednik vuelve a unir la imaginación y la historia para escribir una desalentada sátira del fin de las utopías y de los atavismos totalitarios.

Un relato que se plantea como un diario que se inicia en marzo de 1904, cincuenta años después del fracaso de aquella aventuraque se llamó Fraternitas, una efímera colonia libertaria que fundó un grupo de ciento setenta europeos en medio de la jungla brasileña en 1855.

Quien deja testimonio en su diario es un sangrador y veterinario italiano, hijo bastardo de un abogado genovés en cuya casa servía su madre, que vuelve a su Pisa natal con el hijo recién nacido.

Pisa, Perugia, Génova, Lyon, Ginebra, Viena, Túnez, Cuneo componen la geografía de un aprendizaje vital y político que le lleva a colaborar en publicaciones anarquistas y a fundar en Brasil aquella comuna.

Cuando empieza el relato, como decíamos más arriba, hace ya mucho tiempo que ha fracasado la experiencia utópica y se ha impuesto el pesimismo:

El mundo es pura locura. El ser humano nace encadenado. En un mundo de rencor y miedo. En el frío, busca el camino de la putrefacción. Poca gente anhela convertirse en asesino, pero pocos rechazan matar. Sin una finalidad, el mal se arrastra por la Historia. Carros por senderos fangosos. No sé si comprender el mal hace más lúcido al ser humano. No sé si le hace a uno más fuerte para esperar la muerte. Sólo sé una cosa: aguardo la mía propia con calma, resignación y sin lástima.

Lo que se cuenta después es la crónica de aquel fracaso cuyas raíces están en el relato del viaje desde Europa entre enero y abril de 1855.

Desde la llegada a Brasil hasta el 15 de octubre se interrumpe un relato que se cierra con la transcripción de un sueño:

Mi madre señalaba una tumba y decía Ahora vivo aquí, y luego señalaba otra y decía Aquí vives tú, ahora nos veremos más a menudo. Yo quería cogerla de la mano, pero no podía. Luego empezaba a hundirse en la tierra, pero no daba impresión de estar ni asustada ni sorprendida, me miraba con seriedad, quizá también un poco severa, y desaparecía en la tierra, y cuando ya sólo le asomaba la cabeza, cerraba los ojos y desaparecía entera. Ya llevamos aquí seis meses. Decio ha vuelto a la colonia, ha traído un hacha y quería cortar el poste del patio en el que ondea la bandera rojinegra. Trajo con él a una docena de antiguos colonos y algunos indios, uno de ellos reía todo el tiempo y agitaba su machete. Casi todos estaban borrachos.

Luis E. Aldave

22 octubre 2007

El talento de los demás


Alberto Olmos.
El talento de los demás.
Lengua de Trapo. Madrid, 2007.

Lengua de Trapo, que renueva su diseño, sigue apostando con fuerza en su colección Nueva Biblioteca, el mascarón de proa de la editorial, por la renovación y la calidad, por nuevos nombres que completan un muestrario de tendencias actuales y aportan aire fresco a la narrativa española e hispanoamericana reciente.

Uno de esos nombres es el de Alberto Olmos (1975), que publicó hace pocos meses en esta misma editorial Trenes hacia Tokio, un recorrido delirante por un Japón enloquecido y sórdido, una ágil novela contada con mucha soltura que tuvo una excelente acogida crítica.

El talento de los demás, su nueva novela, es una confirmación de su propio talento, de su destreza para interesar al lector y su capacidad para proponer una perspectiva inédita de la realidad a través de Mario Sut, violinista, que comienza a narrar su historia con esta fuerza:

Mi madre vive en un barrio muy elegante de la ciudad, en el piso décimo de un edificio con portero descamisado y ascensores ronroneantes. Desde ese décimo piso, hace casi dos décadas, saltó mi padre. Yo lo vi. Mi padre me sentó en un sillón de cuero para que lo viera matarse. Ella dice que no, que se cayó accidentalmente, pero yo asistí en primera fila a su suicidio, totalmente planeado. Abrió la ventana del salón de par en par y se encaramó al alféizar tirando de las cortinas (de ahí el desgarrón). Después se quitó las gafas, las arrojó al vacío y se precipitó tras ellas. Sólo entonces me asusté, corrí hacia la ventana, quise ayudarle. Pero mi padre era ya una esvástica de piernas y brazos contra la acera, casi oculto a mis ojos por la presencia de un olmo en su trayectoria descendente. Vi las gafas, colgando de una rama, con los cristales oscurecidos por la luz del sol, y no pude dejar de pensar en esos ojos que me habían mirado por última vez en el salón de mi casa, antes de que las lentes se tiñeran de negro y mi padre entrara miope en la muerte.

Yo tenía siete años, acababa de iniciarme en el violín y todo el mundo me compraba discos. «Papá se ha caído», recuerdo que le dije a mi madre, cuando llegó por fin a casa y los vecinos que habían subido a consolarme se pusieron en pie tragando saliva. Ella dejó caer al suelo un par de bolsas, acudió a la ventana, pero el cuerpo ya se lo habían llevado y sus lágrimas descendieron en vano los diez pisos.


Una novela polifónica, variada en registros y voces narrativas, de episodios sorprendentes y comportamientos inesperados, con referentes constantes en el cine y narrada con solvencia y un ritmo envidiable, en la que emergen el magisterio de Faulkner y la acidez de Thomas Bernhard.


Santos Domínguez


21 octubre 2007

La historia secreta de las palabras


A. Buitrago Jiménez y J. A. Torijano.
Diccionario del origen de las palabras.
Espasa. Madrid, 2007.


Entre la disciplina lexicográfica del diccionario etimológico y un propósito divulgador que busca la evolución curiosa de algunas palabras, con una redacción que en su tono desenfadado huye de la frialdad académica, el Diccionario del origen de las palabras elaborado por los profesores Buitrago y Torijano que publica Espasa se puede consultar como un diccionario incompleto, pero admite también una divertida lectura continuada.

Un diccionario incompleto que en sus entradas resume un repertorio de curiosidades, la historia peculiar, oculta y llamativa, de muchas palabras con una acertado equilibrio de rigor científico y amenidad expositiva.

¿Por qué motivo palabras como vándalo, idiota, hortera o pánfilo se han ido cargando de valores negativos que no tenían en su origen?

¿Cómo se pasa de la etimología árabe de asesino (adicto al hachís) a su significado actual?

¿Es histérico -como coñazo o suegra- una manifestación de machismo en el lenguaje?

¿Cómo pasa Pantalón de ser un nombre propio a designar una prenda de vestir?

Todo eso y más, incluida una historia de las letras del abecedario, se puede encontrar en este diccionario que es más y menos que un diccionario al uso.


Santos Domínguez