18 febrero 2007

En ciudades ajenas



Adam Zagajewski.
Poemas escogidos.
Traducción del polaco por Elzbieta Bortkiewicz.
Selección y prólogo de Martín López-Vega.
Pre-Textos. Valencia, 2005.



El poeta norteamericano Charles Simic, en un ensayo sobre Zagajewski, destacaba la legibilidad como virtud más sobresaliente de la poesía polaca contemporánea frente al oscuro hermetismo oracular que, desde Mallarmé, caracteriza a la poesía de la modernidad.

Lo recuerda Martín López-Vega en la introducción de los Poemas escogidos de Adam Zagajewski que publicó Pre-Textos en edición bilingüe con traducción de Elzbieta Bortkiewicz.

Zagajewski definió la poesía como la ciencia de lo cotidiano que tiene la vida como objeto. La fluidez y la claridad de sus versos y la utilización de la realidad cotidiana son las bases de esa poética cercana que le habla al lector al oído.

La ciudad y la historia, la literatura, el arte y la música se convierten en los temas de una poesía que, como en su obra en prosa, constituyen el punto de partida para una reflexión más honda y transcendente en la que resuena el humanismo de la tradición europea.

Con la pincelada de poemas breves impresionistas o con poemas largos y enumerativos, Zagajewski elabora una poesía reflexiva que enlaza con Cernuda o con Philip Larkin. Poesía que es, más que coloquial, conversacional y dialogante y más que narrativa, interrogativa, porque la misión de la poesía es hacer preguntas, no contestarlas.

Y es que la poesía es una experiencia en los límites del conocimiento y una formulación de preguntas a las que el poeta no sabe responder: “una experiencia del misterio del mundo - es el autor el que habla-, un escalofrío metafísico, una gran sorpresa, un descubrimiento y una sensación de estar cerca de lo inefable.”

Cuando Czeslaw Milosz recibió el Nobel, escribió un discurso en el que señalaba que la condición del poeta es la del exiliado. En esa misma idea de la poesía como actividad del emigrado, insiste Zagajewski en sus Dos ciudades y en el memorable comienzo de la Canción del emigrado:

En ciudades ajenas venimos al mundo
y las llamamos patria...

Y pese a todo, pese al desarraigo, pese a que la poesía es también parte del caos, Zagajewski mantiene su defensa del fervor, la confianza en la función salvadora de la literatura, metaforizada en el pájaro que aparece al final de Antaño:

Un pájaro pequeño bebe de ese agua
y canta, y una vez más
salva el desorden de las cosas, nos salva a ti y a mí
y al canto.

Así de sencillos son en apariencia los textos de quien está, con toda razón, en la boca de muchos lectores y en el oído de muchos escritores.

Santos Domínguez

16 febrero 2007

Stig Dagerman



Stig Dagerman.
Nuestra necesidad de consuelo es insaciable...
Pepitas de calabaza. Logroño, 2007.



Estoy desprovisto de fe y no puedo, pues, ser dichoso, ya que un hombre dichoso nunca llegará a temer que su vida sea un errar sin sentido hacia una muerte cierta. No me ha sido dado en herencia ni un dios ni un punto firme en la tierra desde el cual poder llamar la atención de Dios; ni he heredado tampoco el furor disimulado del escéptico, ni las astucias del racionalista, ni el ardiente candor del ateo. Por eso no me atrevo a tirar la piedra ni a quien cree en cosas que yo dudo, ni a quien idolatra la duda como si ésta no estuviera rodeada de tinieblas. Esta piedra me alcanzaría a mí mismo ya que de una cosa estoy convencido: la necesidad de consuelo que tiene el ser humano es insaciable.

Stig Dagerman, el niño prodigio de las letras escandinavas, nació cerca de Estocolmo en 1923, frecuentó los ambientes anarquistas suecos y colaboró en algunas de sus publicaciones. Entre 1945 y 1949, de los 21 a los 26 años, escribió casi toda su obra: cuatro novelas, cuatro obras de teatro, un volumen de novelas cortas, cuentos, ensayos y poemas.

Pepitas de calabaza acaba de editar Nuestra necesidad de consuelo es insaciable, una pequeña obra maestra de la desesperación con una traducción de José Mª Caba que ha logrado conservar y transmitir toda la fuerza expresiva y la intensidad de su prosa poética.

La edición se completa con cinco anexos: un artículo de Marc Tomsin (Stig Dagerman, un escritor anarquista) otro de Federica Montseny sobre la tragedia de aquel genio al que conoció y con el que trató frecuentemente, ya que su mujer era hija de exiliados españoles, y dos textos más de Stig Dagerman (El anarquismo y yo y ¡Cuidado con el perro!, un poema que fue la última entrega para el peródico Arbetaren en el que solía colaborar.

Tras cinco años de silencio literario casi completo, interrumpido sólo por este texto, intenso y desolado, se suicidó en 1954. Dos años antes, en mayo de 1952, fechaba este testamento vital y existencial cuya publicación en la editorial Pepitas de calabaza debería servir para despertar la curiosidad por la obra de un autor muy interesante.

Parte de su obra está disponible en español: su novela La serpiente apareció hace unos años en Alfaguara y Otoño alemán, uno de los libros más interesantes que se han escrito sobre la posguerra, lo editó recientemente Octaedro.

Nuestra necesidad de consuelo es un texto estremedor. Dagerman lo cerraba con estas palabras:

Sé que las recaídas en el desconsuelo serán numerosas y profundas, pero la memoria del milagro de la liberación me lleva como un ala hacia la meta vertiginosa: un consuelo que sea algo más y mejor que un consuelo y algo más grande que una filosofía, es decir, una razón de vivir.

Santos Domínguez

14 febrero 2007

Tragedias de Shakespeare



William Shakespeare.
Tragedias.
Traducción y prólogos de José María Valverde.
Planeta. Barcelona, 2006.

La corona y la espada. El puñal y el veneno. El hacha y el pañuelo. Esos son algunos de los instrumentos de que se sirven la muerte, la venganza o el odio en las tragedias de Shakespeare.

Las brujas de Macbeth con su profecía cumplida en las sombras del bosque de Birnam. La duda permanente de Hamlet, un intelectual alojado en la incertidumbre. El desenfado joven de Mercucio, un poco bocazas y tan responsable de su muerte como los dos adolescentes de Verona. La mezcla sutil de grandeza y debilidades en un Julio César declinante. Un Yago que ensombrece al moro de Venecia en una tragedia que trata más de la traición, la mentira y la envidia que de los celos. El rey que tenía tres hijas...

Como a todos los clásicos que lo son de verdad, a Shakespeare no se le acaba de leer nunca. En cada nueva lectura, en cada nueva versión, en cada puesta en escena incide una luz distinta.

Planeta recupera las traducciones y prólogos que José María Valverde preparó para su colección de Clásicos Universales y edita en un tomo de gran formato seis tragedias imprescindibles de Shakespeare: Romeo y Julieta, Julio César, El rey Lear, Othello, Hamlet y Macbeth.

Los 48 cuadros que ilustran la edición recogen las aportaciones de la pintura a los textos de Shakespeare. Desde prerrafaelistas como Waterhouse y Millais, con su famosa Ophelia, hasta el romántico francés Delacroix o Henry Fuseli, al que se considera el pintor especialista en Shakespeare.

Auden destacó la distancia que separa las tragedias griegas, en las que el desastre viene desde fuera como una maldición inevitable, y las de Shakespeare, en las que los personajes labran minuciosamente el camino de su ruina.

Complejas, cercanas y distantes a la vez, esas criaturas de Shakespeare no son los arquetipos de la envidia, la mentira o la ambición, sino sus encarnaciones más definitivas en esa invención de lo humano con que resumía su obra toda Harold Bloom, que dejó las cosas claras hace unos años.

Al comienzo de su excelente Shakespeare. La invención de lo humano, que tradujo Tomás Segovia y publicó Anagrama, respondía a la posible pregunta: ¿Y por qué Shakespeare? con una respuesta también interrogativa, aunque retórica: Pues, ¿quién más hay?

Santos Domínguez

13 febrero 2007

Los planetas

Dava Sobel
Los planetas
Editorial Anagrama
Barcelona, 2006

En la mejor tradición anglosajona, la divulgadora científica Dava Sobel aborda una descripción de nuestro sistema solar asequible incluso para los más legos en astronomía. Ya con su obra Longitud consiguió un enorme éxito editorial al vender millones de ejemplares convirtiendo en apasionante una historia con un argumento que parecía poco propicio para llegar a públicos masivos: la carrera de un hábil relojero inglés para fabricar un cronómetro lo suficientemente preciso y fiable como para permitir a los marinos medir con exactitud la longitud de un punto geográfico.

Ahora, con Los planetas, pretende con un estilo ameno y asequible acercarnos los conocimientos básicos de los astros que forman nuestro sistema solar. Para ello recurre a referencias próximas al lector común. Poemas, pinturas, narraciones mitológicas, composiciones musicales o relatos bíblicos; sirven como hilo argumental para presentarnos la historia y detalles astronómicos básicos del Sol, la Luna y los planetas.

En ocasiones los recursos expresivos de la autora llegan al límite de lo discutible, como en el capítulo dedicado al planeta Marte, que es narrado en primera persona (no es broma) por el famoso meteorito en el que los científicos creyeron ver rastros de vida marciana. Dejando de lado la temible piedra parlante, se trata de una obra entretenida, que aporta abundante información científica sobre la historia de la astronomía desde las observaciones a simple vista de babilonios, egipcios y griegos hasta las misiones más recientes de la Nasa, pasando por los emocionantes sondeos telescópicos de Galileo.

En las páginas finales, casi como un regalo y antes de un útil glosario y un apartado de curiosidades, Dava Sobel nos proporciona información sobre la reunión de astrónomos celebrada en Praga en el verano de 2006 (en la que participó con una definición de planeta que no fue finalmente aceptada) de la que salió la humillante degradación de Plutón, desde la categoría de noveno planeta a la infamante de vulgar planeta enano.

Cuando en el futuro recitemos la lista de planetas, al llegar a Neptuno, sentiremos la mutilación y el vértigo al mirar hacia el cinturón de Kuiper, que dicen que está lleno de morralla estelar, cientos de planetas enanos, y por donde orbita, casi a la deriva, pronto olvidado, el que fuese planeta noveno, hoy sólo un cascote astral, lejos del Sol y de cualquier estrella.

Jesús Tapia

12 febrero 2007

Las ilusiones perdidas



Honoré de Balzac.
Las ilusiones perdidas.
Traducción de José Ramón Monreal.
Grandes Clásicos Mondadori.
Barcelona, 2006.


Es la más larga y posiblemente la mejor de las novelas de Balzac. Las ilusiones perdidas, que en un principio estaba pensada como una novela corta, acabó convirtiéndose en una trilogía: Los dos poetas, Un gran hombre de provincias en París y Los sufrimientos del inventor son sus tres partes.

Balzac las escribe entre 1835 y 1843, inmediatamente después de su Cesar Birotteau, y antes de La prima Bette. Son sus años más creativos, los años en los que decide la integración de estas novelas en una serie, La comedia humana, que completaría febrilmente en los siete años posteriores, asediado por las deudas. En total noventa novelas hasta su muerte en 1850.

Llevaba tiempo descatalogada esta novela que recupera ahora Mondadori para su espléndida colección de Grandes clásicos con una cuidada traducción de José Ramón Monreal y un apéndice indispensable de notas que aclaran las referencias históricas o establecen las conexiones entre esta novela y otras que forman parte del universo narrativo de Balzac.

Lo que se cuenta aquí es la historia del triunfo público y el fracaso personal de Lucien de Rubempré, un joven que llega desde Angulema a París con la ambición idealista de hacer carrera como poeta. La historia de la degradación del idealismo y de la voluntad de Schopenhauer en una novela que anticipa las de Baroja. El choque de la realidad y el deseo, de la sociedad y el individuo acaba rubricando esta historia de un desengaño en el que la realidad social constituye el paisaje humano que es no sólo el telón de fondo de esta trilogía, sino el vivo retrato de una época.

Las novelas de Balzac tienen su centro de interés situado en el lugar en donde se cruzan los individuos con la sociedad, los ideales con las reglas del juego, el idealismo y el pragmatismo. Lucien se va integrando en esa sociedad, se va convirtiendo en un cínico en medio de un camino de imperfección que traiciona sus ideales y le lleva a escribir crónicas periodísticas llenas de deshonestidad y de manipulaciones interesadas. Ese es el precio que tiene que pagar por el éxito quien acaba siendo un arribista integrado en el sistema, alguien que ha vendido su alma al diablo del éxito, la celebridad y el lujo.

Hay en el fracaso de Lucien y en su amargura más de una clave autobiográfica y una cierta actitud exculpatoria. Y es que esa época fue también la de las ilusiones perdidas de la generación de Balzac, la del fracaso de los ideales libertarios proyectados por el Romanticismo y asimilados por una burguesía que en esos años había pasado del ímpetu revolucionario al encastillamiento defensivo en las actitudes más reaccionarias.

El mundo editorial y el mundo del periodismo son el objeto de la denuncia de Las ilusiones perdidas. En aquellos años la profesión periodística empieza a convertirse en uno de los brazos armados de la sociedad francesa, en instrumento del poder o de la oposición al poder, en una actividad comercial sin ley. El periódico deja de estar al servicio de la verdad y se dedica a halagar a sus lectores con hipocresía y mentiras y a degradar a quienes dedican su talento a propagar la infamia en sus páginas.

El retrato implacable de la actividad periodística le salió caro a Balzac. Desde los periódicos, aquellos que se vieron retratados tan negativamente en esta novela tramaron su venganza y se dedicaron a silenciarlo o a ridiculizarlo.

Balzac no se arrugó en aquella batalla. Con gallardía y orgullo, escribió una obra aún más demoledora contra los periodistas, la Monografía de la prensa parisina.

Pero a partir de entonces, pese a que su altura literaria seguía creciendo, todo fue más complicado para Balzac y sus últimas novelas tienen ya un tono más oscuro, más desengañado.

Santos Domínguez

11 febrero 2007

El puente que cruza la luna




Tess Gallagher.
El puente que cruza la luna.
Traducción de Eduardo Moga.
Bartleby Editores. Madrid, 2006





Ahora somos como aquel montón mate de arena
del jardín del Pabellón de Plata de Kyoto,
diseñado para revelarse sólo a la luz de la luna.

¿Quieres que esté de duelo?
¿Quieres que guarde luto?

¿O, como la luz de la luna en la arena blanquísima,
quieres que use tu luz para brillar, para relucir?

Brillo. Estoy de duelo.

Quizá después de transcribir un texto como este, con el que Tess Gallagher abre El puente que cruza la luna que publica Bartleby en edición bilingüe y con una estupenda traducción de Eduardo Moga, lo más adecuado sería recomendar su lectura y callarse.

Con ese tono emocionado y sostenido está escrita esta elegía afirmativa, este diálogo constante que Tess Gallagher, la viuda de Raymond Carver, mantiene con su marido muerto. El tú y el nosotros se convierten en los vínculos lingüísticos entre el pasado y el presente, en los signos de la persistencia o en la memoria del sol que sigue existiendo en la luz lunar, mortal y femenina.

Es la propia autora la que explica en una nota el sentido del título:

"El puente que cruza la luna" es una traducción de los caracteres chinos del Puente de Togetsu, en el río Oí, cerca de Kioto, en la zona de Arashiyama, conocido por las muchas e importantes obras literarias que celebran su belleza. En los antiguos días de la aristocracia, había una curiosa costumbre (...) que consistía en tirar abanicos al agua desde los barcos, para que flotaran río abajo.

La zona montañosa de la orilla de Sagano del puente también es conocida por sus muchos templos, y como lugar de retiro para los que desean emprender una vida de soledad. Caminando por el Puente de Togetsu a finales de noviembre de 1990, con dos amigos japoneses, se me ocurrió que acababa literalmente de cruzar el título de mi libro.

Se dice que el nombre del puente es una alusión a la luna que atraviesa el cielo nocturno.

Carver murió en 1988 y cuatro años después, en 1992, Tess Gallagher publicaba este Moon Crossing Brigde que, casi quince años después, es su primer libro de poemas traducido al español. Un libro que habría que leer a la vez que el magnífico Carver y yo, que Bartleby editará próximamente.

Y es toda una revelación a la luz de la luna, como la que nombra ese poema inicial. La nieve, la niebla, la lluvia son las marcas meteorológicas de una atmósfera fría, pero serena. Serena incluso en la rebeldía contra el olvido y la separación, contra la muerte. Parece como si, ya abolido el futuro, tampoco interesase el presente y todo el esfuerzo vital se concentrase en luchar contra el pasado, contra la niebla que insiste en desdibujar los perfiles del recuerdo. Y la luz se va abriendo paso con trabajo y con fuerza en el libro, hasta llegar al poema final, cuyo título (Cerca, como todo lo que se ha perdido) condensa esa insistencia en la memoria salvadora.

Y ese es el sentido vital, otra vez afirmativo, que tienen estos textos, dotados de una fuerza expresiva que Eduardo Moga ha sabido mantener en su traducción:

Sí, puede volver a la vida el tiempo suficiente
como para que la eternidad lo aprese, hasta que uno de nosotros
pueda velar y escribir el poema sordo,
un poema al que le falte hasta el lenguaje
con el que no está escrito.

Este es un libro desolado y sin embargo no es un libro triste. Sé que no es fácil explicarlo, pero me tranquiliza saber también que quien lo lea no va a necesitar que se le explique nada. Y aunque hay algún momento de hermetismo visionario en su imaginería, en él se entiende todo. Está aquí convocada y reunida toda la fuerza inefable de la mejor poesía para restañar una herida profunda que duele con un dolor más hondo que el de la melancolía. Como en el conmovedor Despertar, que se cierra con estos versos:

Permanecimos muertos
un poco, el uno junto al otro, serenos
y a flote, en el vasto y extraño manto
del mundo abandonado.


Santos Domínguez

10 febrero 2007

Poesía completa de Broch



Hermann Broch.
En mitad de la vida. Poesía completa.
Prólogo de Clara Janés.
Traducción de Montserrat Armas y Rafael-José Díaz.
Igitur. Montblanc (Tarragona), 2007.


Hasta esta traducción al español que Montserrat Armas y Rafael-José Díaz acaban de publicar en Igitur, la poesía completa de Hermann Broch no había sido traducida a ninguna lengua.

Imagina el lector el trabajo que hay en esta edición, y agradece a los traductores su esfuerzo y a los editores su valentía, sobre todo cuando el propio Broch reconocía la casi total imposibilidad de traducir su obra:

La muerte de Virgilio es una obra poco menos que imposible de traducir. (...) Ninguna poesía es total y perfectamente traducible, y La muerte de Virgilio es poesía.


No es raro, pues, que esta sea la primera traducción de la poesía completa de Hermann Broch a cualquier lengua.

Broch escribió poesía durante toda su vida. Los cincuenta y tres poemas que conforman su obra poética completa los escribió entre 1913 y 1949, dos años antes de su muerte en New Haven. Y una parte significativa de estos textos es estrictamente contemporánea de la redacción de La muerte de Virgilio, participan del mismo tono y de las mismas preocupaciones.

Pero Broch, el poeta renuente, como lo llamó Hanna Arendt, nunca reunió sus poemas en un libro. Habían ido apareciendo en revistas y se recopilaron en 1953, dos años después de su muerte, para formar un tomo de sus obras completas.

No hay, por tanto, en este libro una concepción unitaria, sino una integración cronológica de textos, lo que permite verlos como el reflejo de su evolución personal y literaria: desde el entusiasmo amoroso, la captación racionalista de la realidad o la incursión en un paisaje, en textos juveniles, hasta el desencanto y la visión filosófica desolada e irracionalista del mundo en los poemas de la madurez.

La poesía no fue para Broch una actividad específica o diferenciada, quizá porque toda su obra es obra poética. Desde luego, buena parte de su obra narrativa se adentra en el territorio de la poesía.

Thomas Mann decía que La muerte de Virgilio era el poema en prosa más importante escrito en lengua alemana. Y él mismo definió esa obra, una de las cimas de la literatura del siglo XX, como un extenso poema lírico. Allí la conciencia del poeta Virgilio/Broch desdibuja las fronteras genéricas de lo narrativo y lo lírico para moverse entre la realidad y la alucinación, entre el verso y la prosa, una prosa que tiene la tensión de la poesía que se desborda en el ritmo del versículo.

Como indicaba Hannah Arendt y recuerda Clara Janés en un prólogo lleno de sensibilidad y de hondura, ser poeta y no quererlo ser constituyó el rasgo característico de su personalidad, inspiró la acción dramática de su obra más importante y se convirtió en el conflicto central de su vida.

Su actitud ante el lenguaje es, en efecto, la de un poeta, la de quien explora los límites de la lengua y de la realidad y concibe la poesía como único medio de conocimiento de la verdad más profunda: la de la muerte.

Y es que para Broch la poesía es una despedida continua. En su Adiós a Musil escribía:

Hay que decir adiós a quien siempre se despidió, porque se pasó la vida despidiéndose. Nunca lo hizo de un modo sentimental, apenas dolorosamente; se despedía siempre con la exactitud de un cronista que atrapa el pasado, porque quiere la realidad presente, el germen del futuro. Esta búsqueda del tiempo perdido que ha sido siempre una parte esencial del escritor: arrebatar al olvido lo que nos pertenece, atrapar otra vez el vértigo de lo que hemos vivido, mirar hacia el pasado invisible para hacerlo transparente.

Es la sombra luminosa de la realidad, del tiempo, de la verdad, es decir, de la muerte, que recorre también toda la obra de Broch en verso y prosa.

Contraste y lucha de mito y logos, la poesía de Broch, su obra toda, no se detiene en el detalle emocional ni en la anécdota descriptiva. Va siempre en busca de la idea profunda, de la palabra verdadera que dé cuenta de la única verdad, la de la muerte.

Ese es el tema constante en su poesía y su narrativa, la validez de la poesía como forma de conocimiento y la defensa de la lógica superior del arte: el arte que no es capaz de reproducir la totalidad del mundo no es arte, decía en uno de sus ensayos.

Algunos de los textos más tempranos de Broch son cuatro sonetos que escribió en 1914 sobre el problema del conocimiento de la realidad. En ellos ya está presente esa reflexión sobre la función de la poesía como vía de expresión de lo inefable. El mundo es ya en esos sonetos, y lo será aún más en La muerte de Virgilio, una niebla impenetrable.

Y la poesía se interna en esa niebla en una búsqueda semejante a la de la ciencia, con la que debería confluir como forma superior de conocimiento, como confluyen la realidad externa y los procesos psíquicos en la fusión que propicia la poesía. La literatura aparece así como “la disciplina racional de la vida irracional.

La reflexión sobre los límites del lenguaje y del conocimiento es una constante en la totalidad de su obra. En uno de los ensayos que publicó Seix Barral bajo el título Poesía e investigación decía Broch:

Escribir poesía significa adquirir el conocimiento a través de la forma.

Mito, metafísica y poesía se convierten, pues, en los únicos caminos, en los únicos lenguajes verdaderos del conocimiento.

La realidad, el sueño, el tiempo y el olvido y la muerte son los temas que explora esta poesía de la que está desterrada la nostalgia, una experiencia de conocimiento en la que el pasado forma parte del presente.

Una experiencia de búsqueda de la identidad de un yo siempre oculto a través de dualidades y contradicciones de las que debe surgir la unidad del conjunto: la luz y la oscuridad, lo oculto visible, la noche y la tarde dorada, el paisaje nocturno o la contemplación de una mañana serena de primavera para llegar a captar la imagen del mundo, para acabar concluyendo en un monólogo áspero: Te hundes en el dolor.

Sobre algo oscuramente parecido a su actitud como poeta había escrito en La muerte de Virgilio: “se había convertido en un hombre sin paz, que huye de la muerte y busca la muerte, que busca la obra y huye de la obra, uno que ama y que odia, un vagabundo a través de las pasiones internas y externas, un huésped de su propia vida.”

El poema más largo de los que escribió Broch a excepción de La muerte de Virgilio es Mitad de la vida (1934), que da título al libro. Contiene ese texto, entre su verso inicial (Nunca reconozco el lenguaje en mi boca ni las palabras escritas) y los versos de cierre (Oh, mitad de la vida, escuchas contemplando la canción de tu vejez:/el lenguaje reencontrado.) algunas de las claves del pensamiento poético y filosófico de Broch.

La altura que tiene esta poesía, su potencia verbal, su misterio, el esfuerzo por entrar en la realidad profunda del mundo, le dan sentido y valor a un libro como este.

Corroboran que la apuesta, que el trabajo arduo de los traductores, ha valido la pena para poner al alcance del lector de español una obra tan poderosa y tan inquietante como el mundo del que da cuenta.

Santos Domínguez