26 diciembre 2006

Los ojos de Davidson




H.G. Wells.
Los ojos de Davidson.
Traducción de José Luis López Muñoz.
Prólogo de Alberto Manguel.
Atalanta. Barcelona, 2006.


Casandra en Inglaterra titula Alberto Manguel su brillantísima introducción a Los ojos de Davidson, la colección de relatos fantásticos de H. G. Wells (1866-1946) que publica la editorial Atalanta en su colección Ars brevis.

Habla en ella, y de ahí la alusión a la sibila, de la visión profética de Wells. No voy a entrar en su capacidad visionaria como autor de ciencia ficción, porque sus contemporáneos no le leyeron así en una época en la que ni siquiera estaba inventado el género. Quiero, sin embargo, destacar algo especialmente sorprendente en estos magníficos cuentos: sus premoniciones y su carácter precursor, su capacidad de abrir territorios para la imaginación narrativa.

Ya ocurría en La isla del doctor Moreau, a la que debe tanto La invención de Morel de Bioy Casares, y ocurre en muchos de estos relatos.

Los ojos de Davidson
trata un tema del que dan otras versiones La trama celeste de Bioy Casares y El cuento más hermoso del mundo de Kipling sobre el cruce de espacios y tiempos de universos distintos.

El Sur de Borges y La noche boca arriba de Cortázar recuerdan la trama de Bajo el bisturí. Y en algunas de las Crónicas marcianas de Bradbury parece seguir brillando El astro.

Escribe Manguel sobre ese fondo inconsciente del que se nutre la obra de Wells para proyectarse hacia el futuro:

Wells poseyó una visión profética, al menos en el sentido de que previó nuestra lenta y ciega carrera hacia la autodestrucción, y la facilidad con que volvemos a conductas terribles y bestiales, a nuestros temores prehistóricos y a nuestros prejuicios inmemoriales. (...) Para Wells, nuestros límites son físicos e intelectuales, pero podemos ampliarlos por medio de un intelecto más sofisticado y una ética más aguda que nos permitirá evitar las trampas de la mentira y ser generosamente honestos con nosotros mismos y con nuestros congéneres.

Wells quiso ser un novelística crítico, satírico y filosófico, en la estela de Voltaire y de los librepensadores del siglo XVIII. Con esa voluntad y esos modelos empezó a escribir ficciones científicas y ensayos filosóficos. Fueron años penosos en los que no conseguía publicar lo mucho que escribía: varias novelas y cuentos, poesía y prosa cómica, algún ensayo.

Así hasta que pudo publicar en 1895 La máquina del tiempo, cuyo éxito avaló la edición posterior de La isla del doctor Moreau, El hombre invisible, La guerra de los mundos, Los primeros hombres en la Luna, El alimento de los dioses, y una serie de magníficos cuentos, algunos de los cuales se recogen en este volumen.

El país de los ciegos es uno de los más conocidos relatos de Wells, quizá el más inolvidable. Alberto Manguel lo considera tan inimitable que no le otorga descendencia conocida y lo entronca con el inconsciente colectivo. Sin ánimo de rectificar a ese lector, uno de los más inteligentes y sólidos que uno ha conocido, a mí me parece que están en germen, en el cuento o en ese inconsciente del que surge, el Informe sobre ciegos de Sábato y la epidemia del Ensayo sobre la ceguera de Saramago.

Wells publicó una primera versión de ese cuento en 1904. Treinta y cinco años después modificó el desenlace y dio esta explicación a sus lectores:

Siempre he tenido un sentimiento incómodo acerca de este cuento; lo he recorrido mentalmente en la cama, durante mis paseos y en otras ocasiones inadecuadas, hasta que por fin puse manos a la obra y le di un enfoque enteramente nuevo [...]. La idea central, que un hombre con vista va a caer en un valle de ciegos y comprueba la falsedad del dicho “En el país de los ciegos el tuerto es rey”, sigue siendo la misma en ambas, pero el valor atribuido a la facultad de ver cambia profundamente. Lo he cambiado porque ha habido un cambio en la atmósfera del mundo que nos rodea. En 1904, el énfasis se ponía en el aislamiento espiritual de aquellos cuya visión era más clara que la de sus congéneres, y en la tragedia de su incomunicable apreciación de la vida. El visionario muere, un paria que no encuentra otra manera de liberarse de su don si no es con la muerte, y el mundo ciego continúa, invenciblemente seguro y satisfecho de sí mismo. Pero en la versión más reciente, la visión se convierte en algo mucho más trágico: ya no es una historia de belleza desatendida y de liberación; el visionario observa cómo la destrucción se abate sobre ese mundo ciego que por fin ha llegado a soportar y hasta a amar; lo ve claramente, y no puede hacer nada para salvarlo de su destino.

El joven Wells tenía un sentido optimista de la historia, pensaba que el hombre recorría un camino de perfección. Con el paso del tiempo conoció las experiencias desoladoras de dos guerras mundiales y cuando murió en 1946 compartía con el protagonista de El país de los ciegos el desaliento.

La irreprochable traducción de José Luis López Muñoz es, sin duda, uno de los valores añadidos de esta cuidada edición. El otro es el prólogo de Alberto Manguel, una iluminadora introducción a la narrativa de Wells y a sus anticipaciones y simbolismos.

Wells, que combatió por igual el nazismo, el comunismo y el cristianismo, es para los ingleses el primer escritor del siglo XX, para Wilde un Julio Verne científico y para Borges uno de los más admirables narradores de la historia de la literatura.

Santos Domínguez

25 diciembre 2006

En un bosque extranjero



Santos Domínguez.
En un bosque extranjero.
Aguaclara. Alicante, 2005.



Ya en el último poema de Las provincias del frío se adivinaba este bosque. En él la palabra se le ha vuelto a Santos materia vegetal, hecha del filamento de su misma sílaba, del follaje de sus imágenes y del pulmón, de ese enorme pulmón de su verso que lo nutre como el fuelle de su propio aliento.

En Las provincias del frío la de su verbo había sido una naturaleza también potente, pero ordenada. Los suyos eran setos de homenajes, glorietas con motivos literarios. En ellas las deudas poéticas estaban siendo pagadas con los tapices de un verso alejandrino, abundante como en Santos se nos muestra siempre, barroco como un oboe que narra o teje, por épico, navegaciones e infiernos, Eurídices y Mañaras con ese fondo turbio de laguna veneciana. En él están los poemas contemplativos y barrocos mejor orquestados que he leído después de Colinas.

En cambio, en Un bosque extranjero, Santos ya no le debe a nadie, canta solo en la noche con esa virtud de pájaro oculto que sabe incendiar el bosque con su trino. Y trina es su virtud por cierto. A saber: El verso, que ya he dicho, un verso amplio de estirpe clásica y con ambición sinfónica que, a más de ancho, es abundante y generoso. Nada insinúa, apenas calla nada, hasta agotar el poema y rematarlo.

Sin este verso no se podría lograr la segunda de sus virtudes, esa ambición cósmica que apunta en cada poema y que muestra la naturaleza como una cúpula hecha del entramado de sus propias imágenes.

El uso de la imagen en Santos da para un capítulo aparte y es la tercera de sus virtudes que señalo. En Las provincias del frío se trataba de imágenes lógicas, más domésticas y previsibles. En cambio, aquí en el Bosque se han distorsionado arriesgándose hasta el límite de un surrealismo. Revelan así por un lado la ambición del poeta y por otro la gozosa evidencia de que el lenguaje, como parte también de ese bosque, goza de una autonomía vegetal y creativa que supera en la suficiencia de su inspiración al propio poeta. Aquí es la sintaxis limpia de Santos la que la contiene, librándola del descarrío en que degenera para algunos la tentación del surrealismo.


José A. Ramírez Lozano

24 diciembre 2006

Obras completas de Nicanor Parra



Nicanor Parra.
Obras completas & algo + (1935-1972).
Edición de Niall Binns.
Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores.
Barcelona, 2006.

Huele literalmente a madera este primer volumen de los dos en los que recogerá Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores las Obras completas de Nicanor Parra. En una nota al final del libro se indica que el papel empleado se ha fabricado a partir de madera procedente de bosques y plantaciones gestionadas con criterios ecológicos. Ha sido declarado libro amigo de los bosques por Greenpeace.

Y le sienta bien a la poesía de Parra ese olor a madera y esa preocupación medioambiental, porque Parra es además de un gran poeta una fuerza de la naturaleza.

En el prefacio a esta edición de la poesía de Parra, escribe Harold Bloom:

¿Cuál es la función de la poesía en 2005, cuando Estados Unidos ha enloquecido y ha coronado a un plutócrata que -por fortuna- es demasiado ignorante para convertirse abiertamente en fascista? Chile tuvo su Edad Oscura, y ahora nos toca a nosotros. Hay algunos poetas vivos maravillosos en Estados Unidos, entre los cuales destaca John Ashbery. Pero no tenemos a ninguno tan persuasivamente irreverente como Parra.

Con una introducción general del responsable de la edición, Niall Binns, y un prólogo de Federico Schopf, este amplio tomo de más de mil doscientas páginas reúne por primera vez la amplia producción del torrencial poeta chileno entre 1935 y 1972.

Nicanor Parra, que siempre se había resistido a hacerlo, no sólo ha autorizado por fin a reunir su poesía, sino que ha orientado y supervisado el trabajo de recopilación y edición de Nial Binns e Ignacio Echevarría.

Junto a su libro más conocido, Poemas y antipoemas, se recogen en este volumen muchos textos dispersos en antologías, su poesía visual, no sólo las doscientas cuarenta y dos tarjetas que integran los Artefactos de 1972, sino también el mítico e inencontrable Quebrantahuesos, la colección de collages de 1952.

Ha sido el propio Parra el que se ha ocupado de proponer la secuencia canónica de su trayectoria poética, de manera que el volumen no tiene un orden cronológico, sino que se abre con los Poemas y antipoemas, que el autor considera el primer libro de ese canon.

Los Poemas y antipoemas (1954) son el yin y el yang, el principio masculino y el femenino, la luz y la sombra, el frío y el calor, como él mismo ha explicado. Seguramente a eso se refería también Pablo Neruda cuando decía de este libro que era una delicia de oro matutino o un fruto consumado en las tinieblas.

Un libro que en realidad contiene tres libros y tres direcciones poéticas:

-La reacción antivanguardista en los poemas neorrománticos y posmodernistas de la primera parte.

-Los textos expresionistas y su crispada brutalidad amarga de la segunda sección.

-Los más interesantes y personales antipoemas, entre Kafka, el surrealismo y los cortos de Chaplin, el resultado de hacer circular por el poema tradicional la savia surrealista. Los antipoemas son el canto del cisne de las vanguardias y convierten a Parra en el último vanguardista de la lengua.

Así termina uno de los más conocidos de esos antipoemas, Recuerdos de juventud:

Yo iba de un lado a otro, es verdad,
Mi alma flotaba en las calles
Pidiendo socorro, pidiendo un poco de ternura;
Con una hoja de papel y un lápiz yo entraba en los cementerios
Dispuesto a no dejarme engañar.
Daba vueltas y vueltas en torno al mismo asunto,
Observaba de cerca las cosas
O en un ataque de ira me arrancaba los cabellos.

De esa manera hice mi debut en las salas de clases,
Como un herido a bala me arrastré por los ateneos,
Crucé el umbral de las casas particulares,
Con el filo de la lengua traté de comunicarme con los espectadores:
Ellos leían el periódico
O desaparecían detrás de un taxi.

¡Adónde ir entonces!
A esas horas el comercio estaba cerrado;
Yo pensaba en un trozo de cebolla visto durante la cena
Y en el abismo que nos separa de los otros abismos.

Están aquí también las coplas festivas y de aire popular de La cueca larga:

Algunos toman por sed
otros por olvidar deudas
y yo por ver lagartijas
y sapos en las estrellas.

Los Versos de salón (1962), afirmativos y alegres, de tono conversacional, como su emblemática Montaña rusa:

Durante medio siglo
La poesía fue
El paraíso del tonto solemne.
Hasta que vine yo
Y me instalé con mi montaña rusa.

Suban, si les parece.
Claro que yo no respondo si bajan
Echando sangre por boca y narices.

Las Canciones rusas, en las que el poeta se reconcilia con su entorno, como en esta dedicada al astronauta Yuri Gagarin:

Las estrellas se juntan alrededor de la tierra
Como ranas en torno de una charca
A discutir el vuelo de Gagarin.

Ahora sí que la sacamos bien:
¡Un comunista ruso
Dando de volteretas en el cielo!
Las estrellas están muertas de rabia
Entretanto Yuri Gagarin
Amo y señor del sistema solar
Se entretiene tirándoles la cola.

O los Artefactos, la colección de tarjetas postales que hacen de Parra el gran desenmascarador de la hipocresía y la apariencia a través de la poesía visual.

Los trapos al sol es la sección que al final de cada tomo recoge en un apartado independiente los textos que el propio Parra ha considerado marginales en su trayectoria poética. Se integran en ese apartado, además de los poemas que aparecieron dispersos o en antologías, el Cancionero sin nombre (1937), los Ejercicios respiratorios, de 1943, muy marcados por la influencia de Withman, los ya citados Quebrantahuesos (1952) o sus magníficas traducciones de poesía rusa contemporánea.

Como es habitual en las cuidadas ediciones de Galaxia Gutenberg, se evitan aquí las notas a pie de página y se colocan al final del volumen, lo que facilita una lectura exenta y limpia de los textos de Parra, que a sus noventa y dos años sigue siendo uno de los poetas más jóvenes del mundo.

Santos Domínguez


22 diciembre 2006

Lunas de agosto


Justo Vila.
Lunas de agosto.
Los libros del Oeste. Badajoz, 2006.

Justo Vila, que acaba de publicar Lunas de agosto en la editorial pacense Libros del Oeste, tiene ya una larga y acreditada trayectoria como historiador y novelista. Gran parte de su trabajo en ambos campos se ha centrado en la guerra civil, la posguerra y la represión en Extremadura.

Rigor histórico, valor documental y capacidad narrativa, se combinan en estas Lunas de agosto, que es una novela, no un tratado histórico pero tampoco una obra de imaginación. El mismo rigor que tiene Justo Vila como historiador lo utiliza narrativamente en Lunas de agosto. No se trata por tanto de que la novela se distinga de la historia por contar mentiras. Es una cuestión de tratamiento de la materia, de enfoque, no de mentiras.

El relato supone la actualización narrativa de la historia, con especial intensidad en su parte central, entre los días 13 y 15 de agosto de 1936, en los que tienen lugar la preparación y el desarrollo del asalto a los baluartes y brechas del recinto fortificado de Badajoz.

La crueldad del teniente coronel Yagüe y su deseo de escarmentar por adelantado y aterrorizar al resto de las poblaciones leales a la legalidad republicana, ocasionó una matanza que, junto con el bombardeo de Guernica, fue una de las mayores que sufrió la población civil durante la guerra.

El interés del autor por este tema arranca de un episodio que se cuenta al principio de la novela: una manifestación en los primeros años de democracia que al llegar a la Plaza de Toros Vieja, se para y se calla. Alguien le dijo entonces que allí habían matado a mucha gente.

El núcleo de estas Lunas de agosto lo constituyen, pues, los días anteriores y las primeras horas de la entrada en Badajoz de las columnas de Asensio y Castejón el 14 de agosto de 1936 y la madrugada de las ejecuciones, la del quince de agosto, una madrugada sin luna. Las lunas del título son una imagen del espanto en los ojos aterrorizados de una de las mujeres que sufrieron el miedo, el dolor y las humillaciones de los vencidos que habían perdido a sus padres, a sus maridos, a sus hermanos.

Hay en la obra una mezcla de narración e historia, conducida por un sistema de narradores múltiples y alternantes que van sucediéndose como se suceden en el desarrollo de la acción personajes reales y personajes inventados y la perspectiva de quienes ocuparon la capital pacense en el verano de 1936 y quienes la defendieron y fueron luego represaliados.

Víctimas y verdugos sobre los que se proyecta la mirada actual de sus descendientes, simbolizados en las figuras del nieto de Rafael Alcántara, un maestro asesinado en la plaza de toros, y de Dolores, la nieta del falangista que mató al maestro y que ha ido recogiendo su versión de los hechos en una memoria escrita en sus últimos días en un hospital.

Ese cuaderno del falangista Benito Albarrán, conservado por su nieta, es, junto con el relato de Marcelo Rojas un superviviente de los ametrallamientos en la plaza de toros, uno de los dos ejes narrativos del libro.

Era imprescindible fundir lo documental y lo intrahistórico, lo colectivo y lo individual y eso requería no sólo la presencia de varias perspectivas narrativas, sino la construcción de una novela coral, con técnica caleidoscópica y un enfoque deudor del documental cinematográfico.

La base documental sobre la que descansa la novela está construida con las narraciones orales y los testimonios periodísticos de un joven Mario Neves, integrado como personaje en la novela, que entró por la frontera de Caia para mirar cara a cara al terror, al odio y al fanatismo y quedar marcado de por vida. No quiso ni pudo volver al escenario de aquellos crímenes hasta el año 82, cuarenta y seis años después de los hechos. También en ese sentido las fuentes pertenecen más a la intrahistoria periodística que a la historia que las integra luego en un sentido global, supraindividual.

La dureza del texto y la de los hechos admite, casi requiere, de ese tono coral que recuerda a la tragedia clásica. Y en relación con esto, quizá se entienda mejor el papel fundamental que tienen las mujeres en la novela. Mujeres que, además de su función narrativa, son la voz de la conciencia y la memoria, la salvaguardia del recuerdo de las víctimas, del miedo y del sufrimiento. Como en las tragedias griegas.

Y como en las tragedias griegas, esta es también una historia cruel de errores y traiciones, de personajes heroicos y seres despreciables. Una historia narrada desde distintas perspectivas, pero siempre desde dentro, con la fuerza que tiene la primera persona.

La novela acaba otro 15 de agosto, setenta años más tarde, cuando dos generaciones después, el nieto de una víctima y la nieta del verdugo, reivindican la necesidad de la memoria y de la reconciliación.

De la misma manera que la víctima no existe sin verdugo ni este sin aquella, no es posible la reconciliación sin la memoria. Ni la memoria, para ser creadora, puede tener más sentido que la superación del rencor.

Como los mejores relatos sobre la guerra, como La forja de un rebelde, Capital de la gloria o Días de llamas, tal vez la mejor de todas y una de las más recientes, Lunas de agosto tiene también mucho de exorcismo, de conjuro y de desahogo de la memoria colectiva.

Con ella, Justo Vila cierra un ciclo novelístico, del que forman parte también La agonía del búho chico y La memoria del gallo, sobre la guerra civil, la posguerra y la represión en Badajoz.

Decía al principio que lo que distingue un libro de historia de una novela no es la mentira, ni la falsificación. No hay aquí fabulación, aunque pueda haber algo de ficción como recurso narrativo.

La fabulación la están haciendo los sedicentes historiadores sediciosos. Presuntos. Que además son pésimos novelistas. No es necesario que lo comprueben. No soy tan cruel como para invitarles a leer a César Vidal.

Santos Domínguez

Imprescindibles 2006



Es tiempo de listas y caprichos. Con poco de lo segundo, creo, aquí va lo primero, la lista que me pidió Javier García para el portal No te salves, al que dedica, con interés desinteresado, parte de sus esfuerzos y sus ilusiones.

Los 12 imprescindibles de Narrativa.

Los 12 imprescindibles de Poesía.

Los 12 imprescindibles de Ensayo y Memorias.

21 diciembre 2006

Antología de Antonio Gamoneda


Antonio Gamoneda.
Antología poética.

Selección e introducción de Tomás Sánchez Santiago.
Alianza Editorial. Madrid, 2006.

Poeta de la extralimitación llama Tomás Sánchez Santiago a Antonio Gamoneda en La armonía de la tormenta, el enjundioso y contenido prólogo que ha escrito para introducir la lectura de esta Antología poética que acaba de editar El libro de bolsillo de Alianza Editorial.

Y es que si la poesía es casi siempre una experiencia extrema de límites, lo es más en un poeta como Gamoneda que no está por encima de las modas, sino por debajo, porque en su poesía hay algo profundamente telúrico que tira de nosotros hacia abajo, un río subterráneo y torrencial, una voz sumergida y oculta, no tan secreta como acallada por la censura en el franquismo.

De Gamoneda hemos aprendido sus lectores a convivir con la luz del plomo, con la injusticia y la soledad, a soportar el peso del mercurio, el temblor del azufre y el óxido que sabe a una desaparición y tiene el mismo olor que la tristeza. A entender que para un poeta un libro es una aparición y un poema,"un pensamiento que canta."

A las ediciones más asequibles: la generosa recopilación que Miguel Casado hizo en Edad para Cátedra Letras Hispánicas; el Libro del frío y el Libro de los venenos que publicó Siruela y Esta luz (Galaxia Gutenberg) se suma ahora esta excelente Antología poética, que planteaba a su editor literario una dificultad especial. Consciente del riesgo de antologar una escritura tan radicalmente unitaria como la de Gamoneda, Sánchez Santiago ha utilizado con destreza como hilo conductor una serie de elementos temáticos y expresivos que contienen las claves de la unidad de la obra del último premio Cervantes.

Y especialmente el tiempo y el espacio como ejes referenciales de su evolución poética. Una evolución marcada por la temporalidad hasta Descripción de la mentira y por la abolición del tiempo en favor de una poética de lo espacial a partir del Libro del frío. O, lo que es lo mismo, el paso del canto a la contemplación a través de palabras e imágenes de una enorme fuerza expresiva.

Imágenes y palabras fundidas en el magma oscuro de la memoria violenta y armónica que vive en el armario lleno de sombra del que surge una poesía que no se comprende con la inteligencia racional, sino de otra manera más intensa, más primaria, más duradera:

como se comprende
un fruto con la boca, una luz con los ojos.


Santos Domínguez

20 diciembre 2006

El negro del Narciso



Joseph Conrad.
El negro del Narciso.
Traducción de Antonio Ballesteros.
Espasa. Relecturas. Madrid, 2006.

Faulkner leía El negro del Narciso, como el Quijote, una vez al año. Y Borges solapó en El inmortal una cita del Prefacio de Conrad a esta novela que publica Espasa en su cuidada colección Relecturas, con traducción y prólogo de Antonio Ballesteros.

El negro del Narciso tiene todos los ingredientes de la mejor novela de aventuras y mares, tormentas y amuradas de combés, escotas y arriadas y aproadas de barlovento. Ese léxico lleno de matices y misterio y crea por sí solo una atmósfera de emoción con la que el lector se embarca en la aventura para comprobar que en alta mar espacio y tiempo se confunden, que el espacio lo mide la luz del día y el tiempo lo marca la profundidad de campo en el horizonte.

Pero es mucho más que eso. Es la primera novela en la que Conrad encuentra su propia voz, un narrador en primera persona inconfundible y ventajista que luego utilizaría en Lord Jim o en El corazón de las tinieblas.

Hace más de un siglo, desde 1897, que está navegando este velero que es el verdadero protagonista de la novela junto con el mar. Un barco que es un microcosmos, un universo en escala en el que, como en el otro, las situaciones de riesgo ponen a los personajes al límite de los comportamientos más altos y los más vergonzosos. Conrad conocía de primera mano ese mundo inquietante y complejo que es un barco, porque había cruzado muchos mares a lo largo de dieciséis años enrolado en barcos ingleses.

Por cierto que es una buenísima idea añadir al final tres páginas de ilustraciones imprescindibles para entender el sistema de palos, vergas y botavaras, la distribución del espacio en la cubierta y los 25 tipos de velas que llevaba un velero como aquel Narcissus que navega desde Puerto de Bombay hasta Londres con la perturbadora presencia del negro Wait, gigante y enfermo, a bordo.

Y había comprobado que el mar es indiferente y poderoso, que en aquel mundo ya no cabían los viejos veleros y que las tripulaciones debían luchar contra el mar y contra sí mismos, en defensa de su dignidad y enfrente del vacío. Conrad había formado parte de la tripulación del Narcissus, donde al parecer vivió un episodio que sirvió de base a esta novela.

El negro del Narciso, su tercera novela, no es sólo una narración de aventuras con barco y marinería inquietante, sino algo más ambicioso: un intento de reflejar la esencia de la vida. Y al frente puso un Prefacio que es la reflexión más importante que publicó Conrad sobre su obra y sobre la función de la literatura. En la estela de Henry James, que consideraba que una novela es una realidad compleja que va más allá del mero desarrollo de la historia que transcurre en su superficie, Conrad cree que el novelista debe aspirar a explorar y a reflejar la vida en toda su complejidad y que la misión moral del escritor es la búsqueda de la verdad, una experiencia de intensidad que debe transcender al estilo, a la intensidad de la prosa.

La honra de un escritor- decía Conrad- reside en cuidar las frases como la tripulación baldea y cuida la cubierta, sin esperar más recompensa que el respeto silencioso de sus iguales.

En 1909, con trece obras publicadas, le liquidaban menos de cinco libras por derechos de autor. No sólo había publicado esta novela. Otras como Lord Jim, Nostromo o El agente secreto no le habían servido para lograr el reconocimiento que le vino de una de sus peores novelas, Azar, en 1913. Así son las cosas.

Leer El negro del Narciso, una de las mejores novelas de Conrad, es una experiencia inolvidable, una peripecia que absorbe al lector.

Santos Domínguez