19 octubre 2006

Diarios de Zenobia



Zenobia Camprubí.
Diario. 3. Puerto Rico (1951-1956)
Edición de Graciela Palau de Nemes.
Alianza Literaria. Madrid, 2006.

Hace más de veinte años que Graciela Palau de Nemes recopiló los dos primeros tomos del diario que Zenobia Camprubí llevó a lo largo de otros veinte años de exilio: El diario de Cuba (1937-1939) y el de Estados Unidos (1939-1950).

En 1993, la profesora Palau de Nemes tuvo que abandonar por razones personales la edición del material que estaba preparando para que formara parte de una tercera entrega, la última, de los diarios de Zenobia: la correspondiente a los últimos años de su autora y de Juan Ramón Jiménez en Puerto Rico.

Terminada afortunadamente esa labor, Alianza Literaria publica este tercer tomo de los diarios que Zenobia escribió durante los últimos años de su vida, entre 1951 y 1956. Y aprovechando esta primera edición, se reeditan los dos anteriores, que estaban agotados desde hace algún tiempo.

Se completa de esa manera un material de más de mil páginas que Zenobia empezó a escribir en La Habana en 1937 y que mantuvo hasta mes y medio antes de su muerte en 1956, justo en los días en que a Juan Ramón le daban el Nobel, hace ahora cincuenta años.

Un material de enorme importancia literaria y sociocultural, porque no sólo es el monólogo de una mujer inteligente, sensible y sobre todo paciente con alguien tan difícil de soportar como el poeta. Porque Zenobia fue una mujer esencial en la vida de Juan Ramón Jiménez durante más de cuarenta años, pero eso no tendría más interés que el puramente privado si no hubiera desarrollado una ardua labor en la conservación y ordenación de su obra.

Zenobia, que se había educado en Estados Unidos y era una mujer moderna, detestaba el papel subalterno de la mujer casada en España, no se hubiera casado con Juan Ramón si no hubiera sabido que sería ella la que llevaría el peso de la casa y la responsabilidad de su administración cotidiana. De alguna manera debía de intuir que vivir con Juan Ramón era otra forma de estar soltera.

Del desconcierto y la inactividad de un Juan Ramón desorientado en Cuba en los primeros años de exilio se hablaba en el primer tomo. El segundo daba importantes informaciones sobre la composición de Espacio y Tiempo, los Romances de Coral Gables o Una colina meridiana. Y el tercero, que cierra el ciclo diarístico, recoge también el cierre de la producción poética de Juan Ramón.

Era el momento apremiante de revisar y reunir defiinitivamente la obra abundantísima del poeta. De esa labor que llevó a cabo en sus últimos años Zenobia sobreponiéndose al desánimo, al exilio y a la soledad, a las psicosis insoportables del poeta y al dolor físico que la acosó, se habla en este tercer tomo del Diario en los años de Puerto Rico.

Se refleja aquí la actividad desatada de quien sabe dos cosas: que su trabajo es importante y que aunque no le queda mucho tiempo no está dispuesta ni a la rendición ni a la autocompasión. Y drogada por el dolor, pero lúcida y urgente, se afana en ordenar los materiales ingentes de la Tercera antología poética.

Las fechas en las que Zenobia escribe con más frecuencia coinciden con las más críticas de su vida: el comienzo del exilio, con sus conflictos interiores y sus desajustes, y al final de su vida, cuando Juan Ramón sufría más trastornos mentales y ella luchaba contra un cáncer que la iba minando aceleradamente. Cuando su existencia es tranquila, Zenobia escribe poco o no escribe.

En este tercer tomo, una Zenobia enferma se afana en dos actividades que la preocupan especialmente: en organizar la edición de la obra de Juan Ramón y en dejar resuelta la situación vital de quien ya sin duda iba a sobrevivirla.

Como en la vida que refleja, hay de todo en este tercer diario: desde una oscura premonición de su enfermedad el 16 de octubre de 1951, meses antes del diagnóstico, hasta el zapatillazo que le lanza el 21 de agosto de 1955 un Juan Ramón enfadado que se resiste a la higiene personal, pasando por una carta de Goethe felicitando a Juan Ramón por la traducción de Platero y yo al alemán (13 de marzo de 1955).

Cenas, hospitales, problemas con las editoriales o con vecinos molestos, la economía doméstica o la higiene del poeta, que se resiste al agua y a los peluqueros y no quiere tomar las medicinas y acaba poniendo a Zenobia de los nervios con sus variadas psicosis, con sus simulaciones de enfermo imaginario.

Seguramente andan por debajo de estas situaciones las claves de algunas irregularidades e incongruencias de Lírica de una Atlántida, una recopilación de libros y versiones que tiene a veces el aire de un borrador silvestre.

Además de la edición, la introducción y las notas a pie de página, Graciela Palau ha escrito un epílogo (Muerte y ausencia de Zenobia Camprubí) en el que evoca los últimos meses de un Juan Ramón desorientado, superviviente y viudo, aún más retraído y más abandonado de sí mismo que hasta entonces.

El índice de personas del final de cada tomo es tan útil como imprescindible en una obra como esta que admite una lectura continua, fácil y gustosa, y que puede utilizarse también como obra de consulta de nombres relacionados con Juan Ramón y su obra.

Lo decía arriba: este es un texto de evidente importancia sociocultural y literaria, pero es también el conmovedor testimonio personal de una mujer admirable sobre la que se aporta un material gráfico no muy abundante, pero muy significativo.

Habrá lectores - concluye Graciela Palau de Nemes al final de su texto de reconocimiento y advertencia- que se valdrán del contenido de este triste Diario 3 para desmerecer a Zenobia y al poeta, como ya lo han hecho con los anteriores. Pero "la inmensa minoría" sabrá leerlo con justicia y equidad.


Santos Domínguez

18 octubre 2006

Clara Campoamor, la mujer olvidada




Isaías Lafuente.
La mujer olvidada.
Clara Campoamor y su lucha por el voto femenino

Temas de Hoy. Madrid, 2006.



El 1 de septiembre de 1931, el día en que subí por primera vez los seis peldaños de la tribuna de oradores del Congreso de los Diputados para defender el sufragio femenino, yo tenía que estar muerta.

De esta manera comienza la narración de la autobiografía ficticia de Clara Campoamor que ha escrito Isaías Lafuente y publica Temas de Hoy. Se trata de recrear o imaginar las memorias que Clara Campoamor nunca llegó a escribir. Anciana y enferma, desde su exilio en Lausana, la mujer que defendió y consiguió el reconocimiento del derecho al voto para las mujeres españolas en las Cortes constituyentes de la Segunda República, recuerda aquel debate memorable en el que tuvo que enfrentarse a los prejuicios de los hombres y de la única mujer, Victoria Kent, que ocupaban sus escaños.

A través de sus páginas, Isaías Lafuente nos descubre la apasionante vida de una mujer que antes de cambiar la Historia tuvo que cambiar la suya propia. Huérfana de padre, tuvo que abandonar sus estudios siendo una niña para ponerse a trabajar. Con 32 años, cuando la vida de las mujeres de su época estaba amortizada, decidió reemprender su formación y en una década intensa consiguió acabar Derecho, montar su bufete de abogada en Madrid y obtener un escaño como diputada.

La suya fue la primera voz de mujer que se escuchó en el Parlamento español. Su apasionada defensa del voto femenino, en contra de su propio partido, que la dejó sola, fue, paradójicamente, su mayor éxito político y la causa de un imparable declive que la llevó al ostracismo. Vivió su largo exilio consumida por la angustia de no poder regresar a su país y por la decepción de que pasaban los años sin que las mujeres españolas lograsen recuperar los derechos que ella había contribuido a conquistar cuarenta años antes.

Perseguida por el régimen de Franco, nunca se le permitió regresar a España. Sólo pudo hacerlo, convertida en cenizas, tras su muerte, el 30 de abril de 1972. La memoria no ha hecho suficiente justicia a esta mujer excepcional. Y en la España actual aún se encuentran enciclopedias, libros de texto o tratados políticos que olvidan incluir su nombre.

Muy acertadamente, Isaías Lafuente utiliza la primera persona para suplir el hecho de que no escribiera su autobiografía en estos recuerdos de Clara Campoamor desde Lausana en los últimos días de su vida.

El alemán Dr. Moebius y otros Moebius nacionales hablaban de la inferioridad mental de la mujer. ¿Es la mujer un ser humano?, se preguntaba en aquella España Gregorio Martínez Sierra, famoso dramaturgo de la época. Todavía no se sabía entonces que sus mejores obras las había escrito precisamente una mujer, precisamente la suya: María Lejárraga.

Clarín decía de Emilia Pardo Bazán que era un marimacho y otro famoso novelista de la época sólo acertaba a decir cuando le comunicaban que había muerto Dª Emilia:

-¡Qué pena! ¡Con lo bien que la chupaba!

Las mujeres tenían sus derechos civiles limitados. O simplemente no tenían derechos. No se concebía la coeducación y en los primeros tiempos de la Segunda República se daba la paradoja de que las mujeres podían ser elegidas como Clara Campoamor o Victoria Kent, pero no podían ser electoras.

Circulaba en aquella España el tratado La indiferencia espiritual del sexo femenino, del diputado gallego Novoa Santos, patólogo patológico que decía que el histerismo no es una enfermedad sino la propia estructura de la mujer.

En ese contexto se desarrolla la vida de Clara Campoamor, telegrafista que luego deja de escribir al dictado, que dio clases en la Escuela de Adultos y entró en el Ateneo, donde conoció a Margarita Nelken.

Con 33 años inicia el Bchillerato, ingresa luego en en la Universidad donde completa estudios de Derecho. Y casi a la vez que Victoria Kent, fue la primera mujer que abrió bufete en Madrid. Sus primeros gestos republicanos se produjeron durante la dictadura de Primo de Rivera. Luego vivió la proclamación de la República en San Sebastián.

Y tras el decreto de las faldas, que hizo elegibles a las mujeres y a los curas, fue elegida parlamentaria en las listas del Partido Radical.

Y empezó a defender, para eso subió a la tribuna aquel primero de septiembre de 1931, el voto femenino. Un voto peligroso porque las mujeres estaban dominadas por la sacristía, según se denunció en aquel enfrentamiento en el Congreso con Victoria Kent que lo consideraba inoportuno y prematuro. Y aunque se llegaron a proponer alternativas enloquecidas como el llamado voto de la menopausia, el derecho de voto para la mujer a los 45 años, finalmente triunfó la propuesta que defendía Clara Campoamor, que en 1936 publicó Un pecado mortal, memoria personal sobre su lucha por el voto femenino.

Tenía que estar muerta, iba pensando, porque la esperanza de vida para la mujer de su época ya la había rebasado por entonces. Desde esa condición de superviviente, el 1 de setiembre de 1931, con 43 años, Clara Campoamor sube por primera vez a la tribuna de oradores del Congreso.

Setenta y cinco años después de aquellas jornadas de septiembre de 1931, este libro es un merecido homenaje a su lucha y a su memoria.


Mayra Vela Muzot.

17 octubre 2006

El fulgor de la pobreza



Luis Mateo Díez.
El fulgor de la pobreza.
Punto de lectura. Madrid, 2006.


Lo que Edira recordaría siempre como el gesto de una despedida fue la sonrisa que se dibujó en los labios de su padre aquella sobremesa de la celebración, cuando todos la miraban y en las palabras que recobraban las felicitaciones y el brindis tras los postres, se hizo unánime la alegría, como si los veinticinco años que acababa de cumplir tuviesen un sentido especial: el cuarto de siglo que comienza a llenar tu vida de un pasado que ya se contrapone al presente y orienta el futuro.

Tres meses más tarde, la desaparición de Cos­­mo vino a confirmar lo que aquella sonrisa significaba, cuando ya nadie en la familia comprendía lo que a Cosmo le estaba sucediendo y de cuyo secreto sólo Edira sabía algo: no lo que pudiera cons­tatar con los datos de una comprobación sino con las presunciones y las sospechas que con tanta inquietud había observado.

Esas son las primeras líneas de El fulgor de la pobreza, la primera de las tres novelas cortas que integran el volumen del mismo título que acaba de aparecer en Punto de lectura.

Desde hace unos años, Luis Mateo Díez viene publicando una serie de novelas cortas que ha denominado Fábulas del sentimiento. Agrupadas en trilogías, serán en total una docena de relatos breves destinados a completar una tetralogía, de las que han aparecido ya las tres primeras entregas: El diablo meridiano, El eco de las bodas y El fulgor de la pobreza, que apareció hace un año en Alfaguara y se edita ahora en formato de bolsillo.

El excepcional contador de historias que es Mateo Díez afronta en estas narraciones un reto nada fácil, que resumo con sus propias palabras: "contar con naturalidad cosas muy complejas, muy hondas y misteriosas."

Literatura de la intensidad y del fragmento, con subdivisiones en capítulos organizados a su vez en secuencias muy breves, esa disposición de la materia narrativa marca su propio ritmo de lectura, fluido y lento a la vez.

Como los anteriores volúmenes de la serie, este toma el título del primero de los tres relatos, El fulgor de la pobreza, que tiene su origen en una cita de Rilke. Una novela corta en la que el narrador y los personajes tejen en Armenta el hilo del relato de una desilusión, una huida y una revelación en torno a dos figuras, la de Cosmo Ferrando y la de su hija, Edira.

En La mano del amigo, la crónica de una muerte anunciada desde la primera línea del texto, el narrador ve reforzada su voz con la opinión de otros personajes en la historia de una amistad, de una desconfianza y un secreto, de un odio de oscuras raíces y de una traición que tiene como protagonistas y víctimas en Oceda a Roncel y a Elio.

Deudas del tiempo se centra en la figura de Dacio Estrada, emigrante de vuelta en Buril, para quien la distancia no es el olvido y la memoria que funde el pasado y el presente le llena de terror y de malos sueños en los que una deuda acaba convertida en una persecución implacable.

Los tres relatos del volumen tienen una serie de vínculos que los relacionan muy profundamente y le dan una visible coherencia a la trilogía: su técnica polifónica y la presencia de asuntos como el recuerdo, el secreto, el silencio, la huida, la revelación, el destino y la pasión.

Esos son los temas con los que se explora el sentido de la vida en una serie narrativa que tiene también una gran homogeneidad estilística en la densidad de una prosa muy elaborada y concentrada en la forma de la novela corta, de lectura exigente y lenta con la que el lector se aproxima al ritmo lento de la evocación.

Santos Domínguez

15 octubre 2006

Leyendo en las piedras



Antonio Colinas.
Leyendo en las piedras.
Siruela. Barcelona, 2006.

He tenido que regresar, una vez más, a Petavonium
.

Así comienza un intenso y emocionado viaje por la memoria y por el misterio, entre el mito y la realidad, entre la vigilia y el sueño.

Antonio Colinas regresa a Petavonium con este Leyendo en las piedras que publica Siruela. Como en el poema de su Jardín de Orfeo, a las piedras del tiempo, las piedras de la sangre helada de mis antepasados: la piedra-musgo, la piedra-nieve, la piedra-lobo (...) para poner el oído en la piedra, para escuchar el sonido de la montaña.

Eso, un regreso a los paisajes de la memoria, es este conjunto de dieciocho textos unidos por un protagonista con fuerte contenido autobiográfico, que vuelve a la casa de sus antepasados para desvelar los secretos de su memoria en torno a ese lugar mítico llamado Petavonium, una referencia familiar para los lectores de la poesía de Colinas.

Un espacio exterior y una memoria personal reunidos explícitamente en el título del primer relato. A ese espacio en ruinas de la casa que es el centro del mundo llega un protagonista también en situación de crisis para buscar su origen, para reencontrarse a sí mismo por medio del reencuentro con la naturaleza, con el misterio de las piedras y las montañas.

Memoria y misterio se alían para hablarnos en primera persona, con la prosa depurada y la voz serena de Antonio Colinas, de los temas esenciales de la literatura y de la vida: la muerte, el amor, la naturaleza o el más allá.

Y para reconstruir, con la intensidad del lenguaje poético, un pasado en el que se confunden la realidad y el sueño en un tiempo intrahistórico que vive en la memoria y tiene sus claves en los símbolos de las piedras, un tiempo transitivo que se capta con los sentidos, como se oye la música del tiempo en la piedra del monte.

La piedra salvadora e intrahistórica en la que se buscan, como en los espacios de la memoria, las respuestas desde un paisaje abrasado por soles y cierzos, un centro del mundo que es ese viejo campamento romano de Petavonium.

Allí se espera la nieve bajo el tiempo detenido del paisaje y las piedras.

Santos Domínguez

13 octubre 2006

La noche del lobo




Javier Tomeo.
La noche del lobo.
Anagrama. Barcelona, 2006.

Aquel 30 de noviembre, jueves, Macario estuvo navegando por Internet, de visita virtual en Transilvania y en unas páginas sobre el hombre-lobo. Del espacio virtual salió al espacio real del páramo cuando caían la tarde y la niebla. Hablaba solo y se torció un tobillo.

Cerca de él, poco después, Ismael, un agente de seguros que ha salido a pasear tras dormir una siesta de dos horas, también se lastima el tobillo.

Ese planteamiento es el punto de partida de La noche del lobo, la nueva novela de Javier Tomeo que acaba de publicar Anagrama. A partir de esa situación, con dos hombres solos, inmovilizados en la noche de niebla, Javier Tomeo empieza a pisar con seguridad un terreno en el que se siente especialmente cómodo: el del diálogo.

Un absurdo azar une a dos personajes que, bajo la luna llena, van a tener que compartir el desamparo dialogando y contrastando sus opiniones delirantes sobre asuntos como la gordura, el matrimonio, las pólizas de seguros y las constelaciones, los vampiros, los lobos y los licántropos.

Diálogo o monólogo, porque esos dos personajes son un solo personaje desdoblado o, si se prefiere, dos complementarios: uno se ha dañado el tobillo izquierdo, el otro, el tobillo derecho; uno es un jubilado que vive apartado en el campo, el otro vive en la ciudad...

En ese paisaje que no se ve, en el que sólo se oye en la oscuridad, hay dos grillos al fondo, conversando también. Y el contrapunto de un cuervo solitario y un mochuelo desorientado que parecen comentar los hechos o subrayar los diálogos.

Ya lo hemos dicho aquí alguna otra vez, al reseñar sus cuentos: la obra narrativa de Javier Tomeo es una de las más peculiares de los últimos treinta años. Desde El castillo de la carta cifrada a La mirada de la muñeca hinchable, pasando por Amado monstruo o El cazador de leones Javier Tomeo ha ido construyendo un universo novelístico inconfundible al que ahora se añade La noche del lobo.

Otra vez una novela corta e inquietante, con rasgos característicos como el absurdo, el humor y una cierta crueldad que recuerda a Buñuel; con situaciones insólitas, cómicas y lamentables a la vez, que son una reflexión simbólica y amarga sobre la condición humana.

Como la mayor parte de las novelas de Tomeo, La noche del lobo obedece a un diseño escueto y minimalista: dos personajes que se manifiestan en diálogos rápidos, un narrador omnisciente y un paisaje que no existe, envuelto en la noche y en la niebla, un vacío que sugiere en el lector el vacío existencial de los dos personajes sin rostro, perdidos en la noche y en la vida, hundidos en la desolación y en la soledad.

Tomeo vuelve así a la tendencia a la abstracción y al simbolismo de sus mejores textos, con una preferencia clara por los personajes masculinos y solitarios y un final abierto como la vida, como en otras obras suyas, en esa media distancia narrativa en la que es más eficaz.

Una media distancia que es la de la novela corta de ciento treinta o ciento cincuenta páginas, que Tomeo ha justificado alguna vez con estas palabras: Mis personajes, que tienen vida propia, me dicen que están cansados, y yo tengo que hacerles caso y parar.

Hace poco declaraba Javier Tomeo que había escrito esta novela con gusto y de un tirón. Así la va a leer sin duda cualquier lector que se acerque a ella: de un tirón y con gusto.

Santos Domínguez

10 octubre 2006

La novela del corsé


Manuel Longares.
La novela del corsé.
Seix Barral. Barcelona, 2006


El 31 de diciembre de 1979, Carmen Martín Gaite saludaba en Diario 16 la aparición "de un libro realmente espléndido", La novela del corsé, de Manuel Longares, que publicaba Seix Barral, la misma editorial que acaba de reeditarla.

Era la primera novela de quien habría de revelarse con el tiempo como uno de los narradores más sólidos de los últimos treinta años. Novelas posteriores como Soldaditos de Pavía (1984) y sobre todo las dos más recientes y portentosas, Romanticismo (2001) y Nuestra epopeya (2006) así lo han ratificado.

Era por tanto no sólo oportuna, sino casi imprescindible la recuperación de esta primera novela que desde aquel ya lejano 1979 no se había reeditado y de la que sólo quedaban restos descatalogados en librerías de viejo.

La novela del corsé es una obra atípica. Metanovela y artefacto narrativo han sido algunos de los términos utilizados para clasificarla. Inútilmente, porque este es un libro que escapa a cualquier clasificación convencional.

Tomando como base el auge de la novela erótica en España entre 1890 y 1930, Manuel Longares mezcla el talento y la inventiva, la documentación y el humor para construir un texto que participa de la novela y del ensayo, con sus consiguientes notas y bibliografía, hasta el punto de que recuerdo haberlo visto citado alguna vez como el mejor análisis de la novela erótica española.

Paráfrasis sutil, imitación irónica del estilo ampuloso y efectista de ese subproducto literario, del que se aprovechan textos y fragmentos de aquellas novelas eróticas que se integran como citas, La novela del corsé es sobre todo la exploración inmisericorde de una sociedad de sexualidad reprimida, morbosa y enfermiza, la que aparecía en las novelas de Felipe Trigo, de Jacinto Octavio Picón, de Alberto Insúa o Emilio Carrere.

No es una casualidad, creo, que la decadencia de ese tipo de novelas ocurra a partir de 1931, cuando las costumbres y los comportamientos sexuales empezaron a cambiar con la llegada de la Segunda República.

Aquellas novelas eran los sinapismos del priapismo. Y así se titula la primera parte de esta obra. Entre ese planteamiento inicial y la demostración de que hacer el amor se paga, de la quinta parte, se van sucediendo ojos que no ven y corazones que no sienten, prácticas sexuales en las que el contacto desconecta o un amor perdido y no hallado en el templo. Todo ello en un ambiente irrespirable de neurosis y mujeres mancilladas, de lobas de arrabal en aquella España del cuplé, de enfermiza voluptuosidad. Una España sórdida y rijosa, con doble moral y adulterios, con fetichismo y ludibrio. Una sociedad de pornógrafos y orquíticos que se pirraban por lo verde.

Irónico y documentado análisis de la novela sicalíptica de comienzos del siglo XX, por encima de esos límites circunstanciales, La novela del corsé es un alegato intemporal contra los tabúes y las represiones de una moral escabrosa e hipócrita que daba lugar a vidas secretas, a mantenidas y prostíbulos y a muchachas decentes que llevaban la dignidad pendiente de una membrana que acreditaba su honestidad de vírgenes terribles en una sociedad quizá más decente, sin duda más hipócrita, más enferma, más sucia.

Pero en primer lugar, y por encima de cualquier otra consideración, este es un libro magníficamente escrito. Está aquí ya presente, más que el novelista creador de mundos y ambientes, el excelente prosista que es Longares, su dominio excepcional de la frase, su altura estilística inusual en una obra primeriza como esta, su prosa excepcional, de una calidad que sólo alcanzan unos pocos privilegiados como él.


Santos Domínguez

08 octubre 2006

Filología de la miseria



Victor Klemperer.
LTI. La lengua del Tercer Reich. Apuntes de un filólogo.
Traducción de Adan Kovacsics
Editorial Minúscula. Colección Alexanderplatz.
Barcelona, 2004.

Entre los refugiados que había en el pueblo se hallaba también una trabajadora berlinesa con sus dos hijitas. No sé cómo fue, pero el hecho es que antes de la llegada de los norteamericanos nos pusimos a hablar. Dicho sea de paso, durante unos días me hizo gracia escuchar un berlinés tan auténtico en plena Alta Baviera. Era muy amable y enseguida percibió nuestra afinidad política. No tardó en contarnos que su marido había estado largo tiempo en la cárcel por comunista y que ahora se encontraba en un batallón de castigo, Dios sabe dónde, si es que aún vivía. Y ella también pasó un año en prisión, añadió llena de orgullo, y aún seguiría allí si las cárceles no hubieran estado atestadas y no la hubieran necesitado en la producción.
—¿Por qué estuvo usted en la cárcel? —pregunté.
—Pues por ciertas palabras... (Había ofendido al Führer, los símbolos y las instituciones del Tercer Reich.)
Fue una iluminación para mí. Al oír esta frase lo vi todo claro. Por ciertas palabras. Por eso y en torno a eso emprendería el trabajo en mis diarios. Quería extraer el balancín de todo cuanto lo rodeaba y limitarme, además, a esbozar las manos que lo sujetaban. Así se creó este libro, no tanto por vanidad, espero, sino más bien por ciertas palabras.


En 1933, el mismo año que los nazis llegan al poder, Victor Klemperer empieza a recopilar un material que redactaría clandestinamente para acabar publicándolo en 1946 en LTI. La lengua del Tercer Reich que ha editado por primera vez en español la Editorial Minúscula, en un tomo elegante, cuidado y sobrio.

LTI eran las siglas secretas de Lingua Tertii Imperii, el objeto de análisis inicial de estos apuntes de un filólogo que había desempeñado su cátedra en Dresde, donde escribe en la navidad de 1946 la emocionada dedicatoria a Eva Klemperer, su mujer, que es también el eje del prefacio.

Sólo en parte es este libro lo que anuncia el subtítulo: un análisis de la lengua del nazismo como caldo de cultivo de su ideología, un heroísmo de uniforme y de culto al cuerpo que acabó teniendo ecos necrológicos.

Sólo en parte, decía, porque LTI es mucho más que eso. En él la visión filológica acaba teniendo menos relevancia que el ambiente, la lengua se revela como vehículo esencial de la intrahistoria del nazismo, como reflejo de la zozobra que llevó aquel tiempo a la vida cotidiana. La lengua del Tercer Reich es menos una reflexión filológica que un testimonio estremecedor. Y menos un testimonio que un alegato terminante contra la tiranía y el terrorismo de estado.

Y así como el estilo es el hombre, las épocas se delatan por su lenguaje. En el Tercer Reich, por la uniformidad de la lengua escrita y hablada, por la pobreza lingüística, por la expresión monótona propia del pensamiento único.

Acosado, depurado y perseguido por el nazismo, de Klemperer supimos por sus magníficos diarios que publicó Galaxia Gutenberg hace unos años y por su presencia en Quien espera, un desolador y brillante capítulo de Sefarad, de Muñoz Molina.

En aquellos días feroces su forma de sobrevivir y de mantener la libertad interior y la dignidad fue hacer esta filología de la miseria, este análisis de un lenguaje que funcionó como excipiente y vehículo de penetración del nazismo en las masas. Un lenguaje que acaba hablando y pensando por uno mismo.

El canon lo había fijado Goebbels: era el estilo del agitador que grita como un charlatán frenético. Era un modelo lingüístico pensado para la invocación exaltada y para el énfasis.

Una jerga sentimental en la que el efecto tóxico ataca como un veneno con nuevas palabras o con palabras viejas que se cargan de sentidos nuevos: pueblo, heroísmo, patria, raza, heroísmo, fanático, histórico, eterno...

Las runas y los signos de puntuación, el uso significativo del entrecomillado irónico, los nombres propios y las abreviaturas, el léxico de la fe y la divinización del jefe, los anuncios de acontecimientos familiares y ritos públicos, nacimientos, bodas y necrológicas trazan la memoria de aquellos días de oprobio y revelan que el lenguaje del vencedor no se habla impunemente, que la lengua se respira y ordena la vida. Y que la vida acaba viviéndose según la ordena la lengua.

Pero con ser esto importante en el libro, lo decisivo es que se trata de una autobiografía parcial en la que se incorporan con naturalidad fragmentos de sus diarios y se conjuran los demonios que convocaba aquella sociedad y aquella lengua.

Santos Domínguez