11 mayo 2018

Rosario Castellanos. Poesía no eres tú


Rosario Castellanos.
Poesía no eres tú.
Obra poética (1948-1971).
Fondo de Cultura Económica. México, 2017.


HIMNO 

Después de todo, amigos,
esta vida no puede llamarse desdichada.
En lo que a mí concierne, por ejemplo,
recibí en proporción justa, en la hora exacta
y en el lugar preciso y por la mano
que debe dar, las dádivas.

Así tuve muertos en la tumba,
el amor en la entraña,
el trabajo en las manos y lo demás, los otros,
a prudente distancia
para charlar con ellos, como vecina afable
acomodada en la barda.

Y recreos. Domingos enteros en la playa,
arboledas anónimas y amigas,
manantiales ocultos que cantaban,
libros que se me abrieron de par en par y bóvedas
maravillosamente despobladas.

Dioses a quienes venerar, demonios
tan hermosos que herían la mirada,
sueños para dormir asido al cuerpo ajeno
como hiedra de tactos y palabras
... y algún relámpago de medianoche
para alumbrar el orden de mi casa.

Ese espléndido poema de Rosario Castellanos (México, 1925- Tel Aviv, 1974), de su libro Materia memorable, forma parte de Poesía no eres tú, el volumen en el que reunió en 1972 su obra poética escrita entre 1948 y 1971.

Acaba de reeditarlo el Fondo de Cultura Económica en un volumen muy cuidado que es la cuarta reimpresión de la cuarta edición, lo que refleja la cantidad de lectores que se han acercado a la obra de una de las voces imprescindibles de la poesía hispanoamericana. 

Rosario Castellanos es uno de los grandes nombres de la literatura mexicana del siglo XX y forma parte, como Jaime Sabines y José Emilio Pacheco, de una irrepetible edad de oro de la poesía contemporánea en ese país.

Desde Apuntes para una declaración de fe, su primer poema, hasta El retorno, que cierra su último libro, Viaje redondo, la obra de Rosario Castellanos tiene un evidente fondo autobiográfico y desarrolla, con una conciencia cada vez más radical de su condición femenina, una trayectoria que va desde la búsqueda al conocimiento, a la afirmación de su propia identidad, esa “dignidad de isla” que nombraba en uno de sus poemas.

La soledad y el tiempo, el amor y la muerte (“entre la muerte y yo he erigido tu cuerpo”), la amargura, la rebeldía y la ironía de un humor cada vez más negro son algunos de los temas, los enfoques y los tonos de una poesía de enorme potencia verbal y emocional.

Así, por ejemplo, en Muro de lamentaciones:

Alguien, yo, arrodillada: rasgué mis vestiduras 
y colmé de cenizas mi cabeza. 
Lloro por esa patria que no he tenido nunca, 
la patria que edifica la angustia en el desierto 
cuando humean los granos de arena al mediodía. 
Porque yo soy de aquellos desterrados 
para quienes el pan de su mesa es ajeno 
y su lecho una inmensa llanura abandonada 
y toda voz humana una lengua extranjera. 

Porque yo soy el éxodo.

Con esa constante presencia de lo autobiográfico que recorre sus libros, la poesía de Rosario Castellanos es una mirada al espejo, una forma de trazar su autorretrato, incluso cuando se proyecta en una máscara como en la excelente Lamentación de Dido, la reina abandonada por Eneas y hermanada con la poeta en la desolación:

Ah, sería preferible morir. Pero yo sé que para mí no hay muerte. 
Porque el dolor —¿y qué otra cosa soy más que dolor?— me ha hecho eterna.

La expresión de ese dolor, la explosión emocional de la mujer abandonada y sola alcanza uno de sus momentos más altos en Elegía, un poema de En la tierra de en medio:

Nunca, como a tu lado, fui de piedra. 

Y yo que me soñaba nube, agua,
aire sobre la hoja,
fuego de mil cambiantes llamaradas,
sólo supe yacer,
pesar, que es lo que sabe hacer la piedra 
alrededor del cuello del ahogado.

En Destino, un poema de Lívida luz que empezaba con dos versos memorables (“Matamos lo que amamos. Lo demás/no ha estado vivo nunca.”), confluyen los temas esenciales de la poesía de Rosario Castellanos, en la que se fusionan ejemplarmente el ímpetu del sentimiento y la potencia de una palabra que nunca deriva hacia la oscuridad metafórica, sino hacia la expresividad enunciativa y directa. Así termina ese poema:

El ciervo bebe el agua y la imagen. Se vuelve
—antes que lo devoren— (cómplice, fascinado) 
igual a su enemigo. 

Damos la vida sólo a lo que odiamos.

El amor como crecimiento o como destrucción, la rebeldía ante la soledad y las postergaciones, la incursión en la herida y en la sombra marcan las claves de esta poesía, exigente y rigurosa desde el punto de vista formal y estrechamente vinculada a la realidad biográfica y a las circunstancias sentimentales de su autora.

Además de sus libros originales, Poesía no eres tú incorpora las versiones que hizo Rosario Castellanos de poemas de Emily Dickinson y Paul Claudel y las especialmente brillantes de Marcas, de Saint-John Perse.

Santos Domínguez

09 mayo 2018

Fernández Mallo. Trilogía de la guerra



Agustín Fernández Mallo.
Trilogía de la guerra.
Seix Barral. Barcelona, 2018.

“Damos por supuestas tantas cosas”, afirma el narrador en la frase que abre el primer libro de la Trilogía de la guerra, con la que Agustín Fernández Mallo ganó el Premio Biblioteca Breve de Novela de 2018 que convoca y publica Seix Barral.

Una novela ambiciosa y arriesgada que proyecta una nueva mirada para elaborar un mundo narrativo en torno a la guerra civil española, la guerra de Vietnam y el desembarco de Normandía. Esos son los tres ejes que articulan los libros en los que se organiza la Trilogía a través de tres narradores en primera persona: un escritor, un astronauta excombatiente en Vietnam y una mujer que como ellos viaja al pasado para explicarse el presente.

A partir de esa triple perspectiva subjetiva se elabora un texto que adquiere su sentido global en el conjunto, en la composición de un mosaico repleto de imágenes gráficas y literarias en torno a la devastación y la barbarie, las ruinas y las desolaciones.

Desde la isla de San Simón en la ría de Vigo, con los restos de un campo de concentración que fue escenario de torturas y fusilamientos; desde Manhattan o desde la costa fractal de Normandía, tres historias, tres guerras y tres narradores que establecen una red de conexiones insospechadas, un entramado de relaciones entre lugares y personajes, entre distintos tiempos o entre los vivos y los muertos.

Entre lo narrativo y lo ensayístico, entre la historia y la ficción, la ciencia y política, la novela se convierte así en un caleidoscopio que propone una reflexión sobre la realidad, la historia y el presente y perfila un mapa moral del mundo contemporáneo.

 Santos Domínguez

07 mayo 2018

Emilio La Parra. Fernando VII


Emilio La Parra. 
Fernando VII. 
Un rey deseado y detestado.
Tusquets. Barcelona, 2018. 

Un rey deseado y detestado. Ese es el subtítulo de la espléndida biografía de Fernando VII que publica Tusquets, con la que Emilio La Parra obtuvo el XXX Premio Comillas de Historia, Biografía y Memorias, cuyo jurado señaló que es un ensayo llamado a convertirse en la biografía de referencia de Fernando VII y su época, por “el enorme conocimiento sobre el personaje y la valiosa y múltiple documentación aportada. Además de ratificar historiográficamente la turbia leyenda que acompaña a la figura de este monarca, el libro arroja nueva luz sobre las complejidades de una etapa histórica indudablemente tiránica, que, con numerosos matices, explica gran parte de la historia posterior de España.” 

Deseado y detestado, protagonista de un agitado periodo histórico al que Galdós dedicó la segunda serie de los Episodios Nacionales. Un convulso cuarto de siglo, de 1808 a 1833, en el que se suceden conspiraciones e intrigas, gobiernos y camarillas, traiciones y juramentos falsos que jalonan la trayectoria de quien acabó siendo un tirano que encabezó dos golpes de estado anticonstitucionales, restauró el absolutismo e instauró el terror de 1824.

La monumental biografía que ha escrito Emilio La Parra se organiza en tres partes -Príncipe de Asturias, Rey de España y El gobierno de la monarquía- que responden a los tres momentos esenciales de un proceso que arranca con la jura de Fernando como sucesor de Carlos IV y con el diseño de la educación del príncipe y se cierra en sus conflictivos últimos días, con la defensa de los derechos de su hija Isabel y la ruptura con su hermano, el infante don Carlos.

Entre esos dos momentos, un periodo repleto de conflictos políticos, de golpes de estado en los que participó o de los que fue víctima, su enfrentamiento con Godoy, la conspiración de El Escorial y el Motín de Aranjuez, el acceso al trono el 19 de marzo de 1808 tras la abdicación forzosa de Carlos IV, la renuncia en Bayona ante Napoleón, ante quien tuvo un comportamiento servil y cobarde, la restitución de la monarquía absoluta con el golpe de Estado de mayo de 1814, la represión contra los liberales constitucionalistas y los afrancesados, la pérdida de América, el juramento en 1820 de la Constitución, que traicionó poco después con su papel como director de la contrarrevolución, su inhabilitación tras el fracaso del golpe del 7 de julio de 1822, su vuelta al poder de la mano de los Cien mil hijos de San Luis y el ejercicio tiránico de su poder como monarca absoluto durante la década ominosa.

Fernando VII se preocupó mucho de su imagen y por eso fue también -sobre todo al principio de su mandato- un rey imaginado, el rey deseado que quiso parecer próximo a sus súbditos, que vieron en él la imagen del bien frente a Godoy y Napoleón.

Sin embargo, los hechos revelan una y otra vez su debilidad de carácter, su cobardía y la capacidad para la intriga y las maniobras que le llevaron una y otra vez a traicionar su palabra y a la nación, su astucia para servirse de sectores ideológicos contrapuestos, su falta de escrúpulos para defender sus propios intereses al margen de los de los españoles.

Es “un caso de difícil defensa”, como escribió Carlos Seco Serrano, porque pocas figuras históricas habrán suscitado una unanimidad semejante en la valoración negativa de su figura. Y por eso “a partir del destronamiento en 1868 de su hija y sucesora Isabel II, y en algunos casos incluso antes, los españoles intentaron eliminar de los espacios públicos el recuerdo de Fernando VII.”

Pese a su constante preocupación por cuidar su imagen, su aspecto físico no le ayudaba: “Fernando VII – escribe Emilio La Parra) fue un hombre de mediana estatura, corpulento (en 1821 pesaba 103 kilos) /.../ Gran comilón, su obesidad fue en aumento con el tiempo, circunstancia que su pintor preferido, Vicente López, no pudo ocultar. En los excelentes retratos realizados por este artista se observa la creciente obesidad, la pérdida de cabello y el prematuro envejecimiento del monarca, cuyo aspecto es cada vez más abotargado.”

Y menos aún le favorecía su personalidad: “Los historiadores destacan como rasgos dominantes de la personalidad de Fernando VII el disimulo, la desconfianza, la crueldad y el espíritu vengativo. Era capaz de soportar en silencio todas las humillaciones, «incubando un odio que aflorará en forma de venganza cuando llegue la hora del triunfo». Un hombre terco, cabezón y muy consciente de su elevada condición según La Forest, temeroso ante el poderoso y cruel con el inferior, desconfiado ante todo y ante todos.”

De la condición del personaje da cuenta el hecho de que, tras haber sido obligado a abdicar por Napoleón en Bayona, diera muestras -retenido ya en Valençay en plena Guerra de la Independencia- de una sumisión vergonzosa y de una bajeza moral incomprensible: mientras extorsionaba a sus compatriotas, felicitó a José Bonaparte que había usurpado la corona española, celebró las victorias francesas en España, pidió al emperador que lo aceptara como hijo adoptivo y le rogó que lo considerase como un príncipe francés

“Uno de sus contemporáneos más críticos –añade La Parra-, el sacerdote liberal García Blanco, lo describió como «un bípedo de gran potencia, atronado y atrevido [...], grande sólo de cuerpo y de facultades corporales; en todo lo demás y en pensamientos, escaso; muy vulgar al expresarse y proceder». Con más o menos variantes, ninguna de ellas sustancial, esta es la caracterización del monarca que ha prevalecido.”

Santos Domínguez


04 mayo 2018

Francisco Brines. Antología poética


Francisco Brines. 
Antología poética.
Introducción y selección de Ángel Rupérez.
Alianza Editorial. Madrid, 2018.

El libro de bolsillo de Alianza Editorial publica una amplia antología de la obra poética de Francisco Brines, una voz imprescindible que en el último medio siglo ha ido creando una sólida poesía contemplativa marcada por un constante tono elegiaco matizado a veces con algún acento hímnico o con impulsos epicúreos. 

La ha preparado Ángel Rupérez, que se ha ocupado de la selección de los textos, que presenta en una Introducción en la que hace un recorrido por la evolución de la poesía de Brines, de la que afirma que “puede leerse enteramente como un viaje de ida y vuelta”en el que “el amor, a pesar de sus exaltaciones y sus arrebatadores espejismos, acaba fallando -por degradación, por acabamiento, por distancia, por muerte- y en consecuencia, ante el vacío que deja, limítrofe con el más radical desamparo, se produce como reacción salvadora el regreso al lugar de origen, el más importante de todos, el que recibe el nombre más inmaculado que aparece en estos poemas: la infancia.” 

Entre Las brasas y La última costa, con libros intermedios tan fundamentales como Insistencias en Luzbel o El otoño de las rosas, la reflexión sobre el tiempo constituye el eje temático de la poesía de Brines, que agrupó en 1997 su poesía completa bajo un significativo título: Ensayo de una despedida. 

El tiempo y el paisaje, la memoria y el amor, la soledad, la fugacidad de la vida y el sentido de la existencia son el centro espiritual de una poesía en la que hay un constante equilibrio entre lo físico y lo ético y que el poeta ha resumido así: “El conjunto de mi obra es una extensa elegía.” 

Planteada como forma de conocimiento y como lamento de las pérdidas, la poesía de Brines se levanta como una expresión depurada de la materia existencial, como elaboración verbal de la sentimentalidad objetivada y de las sensaciones tamizadas por la inteligencia. Porque Brines entiende la poesía como el dibujo de un retrato opaco que perfila el contorno moral y biográfico del poeta con su mezcla de reflexión y pasión sobre el fondo de luz y sombra de la realidad. 

De esa lucidez y de esa intensidad se alimenta su obra, porque –como él mismo explica- “estimo particularmente, como poeta y lector, aquella poesía que se ejercita con afán de conocimiento, y aquella que hace revivir la pasión por la vida. La primera nos hace más lúcidos, la segunda, más intensos.” 

Esas dos líneas en las que se cruzan la vida y la muerte, la memoria del tiempo fugaz y el amor más fugaz aún, el deseo y el abandono, conviven en la poesía de Francisco Brines y quedan reflejadas en todos sus matices en esta amplia antología, que es una nueva puerta abierta al conocimiento o al reencuentro con su obra, a la que se añaden diez poemas del libro inédito Donde muere la muerte. 

Santos Domínguez

02 mayo 2018

Philippe Claudel. Sobre algunos enamorados de los libros


Philippe Claudel.
Sobre algunos enamorados de los libros.
Traducción de Lluís Maria Todó.
Minúscula. Barcelona, 2018.

Sobre algunos enamorados de los libros a quienes fascinaba la literatura y que aspiraban a convertirse en escritores pero no lo consiguieron por diversas causas relacionadas con las circunstancias, con el siglo en que nacieron, con su carácter, debilidad, orgullo, cobardía, molicie, bravura, o incluso con el azar, que hace de la vida un juguete y de nosotros, en sus manos, tan solo diminutas criaturas, vulnerables y taciturnas.

Ese es el título completo del libro de Philippe Claudel que publica Minúscula en su colección Tour de force, con traducción de Lluís Maria Todó.

Una agridulce fantasía borgeana compuesta de cien textos breves y agudos sobre las víctimas de la literatura, sobre escritores frustrados, derrotados por la página en blanco o por la falta de talento, como “ese que deseaba ser olvidado y lo consiguió” o como “aquel que se convenció de que para convertirse en escritor bastaba con quererlo.”

Sobre algunos enamorados de los libros es un divertimento narrativo construido con imaginación e inteligencia, humor y poesía, crueldad y belleza, una galería de retratos breves que se mueven siempre entre lo cómico y lo patético, una historia universal de los fracasos literarios en sus distintas variantes.

Y un desfile de seres solitarios y extravagantes que viven en los márgenes de la literatura: el que vivía cerca de Esmirna y se despertaba cada mañana con una novela en la cabeza, el poeta escocés destripador de colegas, el japonés tímido que devoró en tres bocados un libro de haikus, un afilador de lápices en espera de inspiración, un escritor tartamudo o el que soñaba novelas que ya se habían publicado, el novelista que asesinaba académicos para ocupar su puesto...

Y hasta alguna lectora como la que “solo hacía el amor con escritores, con la esperanza de dar a luz a un libro. Lo único que consiguió fue quedarse embarazada de mellizos, de los que decidió abortar, pues no quería correr riesgos y no sabía si el padre era un poeta alcohólico o un escritor de novelas de terror.”

Son algunas de las criaturas que recorren estas páginas que se abren con la evocación del suicida Virgile Maubert, novelista frustrado e incomprendido por su mujer, que “deseó durante su breve paso por la tierra unirse a la comunidad de los literatos”, esas “criaturas que pensaban que lo que surgía de su cerebro y se traducía en un ensamblaje de palabras podía servir a la humanidad. Consolarla, emocionarla, iluminarla. Muchas cosas se perdonaron al pecado de orgullo que animaba a aquellos seres. Se les escuchó con atención. A veces fueron homenajeados. Se dio su nombre a las avenidas. Se esculpieron en mármol y bronce sus rostros y sus manos. Fueron admitidos en los más importantes diccionarios, en las enciclopedias. Era justo que sus esfuerzos se vieran prolongados en algún eco. Pero en verdad, tan solo sirvieron para distraer a los mortales de su época. Y sus libros son como mudas que caen en los siglos ciegos y sordos. Porque nada cambia jamás al hombre.”

Virgile, pese a todo, quiso ser uno de ellos. “No lo consiguió. No fue el único ni el primero.”

Santos Domínguez

30 abril 2018

Campbell. Mitología occidental


Joseph Campbell. 
Las máscaras de Dios.
Mitología occidental.
Traducción de Isabel Cardona.
Edición revisada por Santiago Celaya.
Atalanta. Gerona, 2018.

“La división geográfica entre las esferas oriental y occidental del mito y el ritual es la meseta de Irán. Al este se encuentran las dos esferas espirituales de la India y Extremo Oriente; al oeste, Europa y el Levante”, escribe Joseph Campbell en la Introducción -Mito y ritual: este y oeste- de La edad de la Diosa, la primera parte de Mitología occidental.

Es el tercer tomo de la obra monumental de Joseph Campbell Las máscaras de Dios, que publica Atalanta con traducción de Isabel Cardona en una edición revisada por Santiago Celaya con las actualizaciones científicas supervisadas por la Joseph Campbell Foundation en 2016.

Explica allí que “en general, la historia reciente de la mitología occidental se puede describir en términos de una grandiosa interacción de estas dos piedades contrarias; concretamente, de una violenta marea de intercambios, este a oeste, oeste a este, este a oeste y, de nuevo, oeste a este, empezando por el primer intento serio persa contra Grecia el 490 a.C.”

Organizado en cuatro partes -La edad de la Diosa, La edad de los héroes, La edad de los grandes clásicos y La edad de las grandes creencias-, el volumen ofrece un recorrido por los arquetipos presentes en los ritos, el arte y la literatura desde las antiguas cosmologías y mitologías de la Diosa madre a la Europa renaciente de los mitos celtas y germánicos, pasando por los dioses y héroes de la Biblia, por la mitología griega, el helenismo y la Gran Roma o por el diálogo entre Europa y el Levante mediterráneo, entre la cruz y la media luna.

“En un nivel del pasado más profundo que el del vaivén de Persia, Grecia, Roma, Bizancio, el islam y posteriormente Europa –afirma Campbell-, el legado de la Edad del Bronce proporcionó muchos de los motivos básicos del pensamiento mitológico, tanto occidental como oriental. Es más, el origen de este legado no está ni en la India, como aún creen muchos, ni en China, sino en Oriente Próximo, en el Levante, donde las palas de la investigación arqueológica reciente han descubierto un fondo de preparación que se remonta a ca. 7500 a.C.”

Es una nueva entrega de la historia natural de los mitos que elaboró Campbell durante décadas de estudio de las diversas metáforas de la divinidad: la ubicua Gran Diosa Madre de la fecundidad, desposada de la serpiente o consorte del toro, esposa o madre del dios muerto y resucitado que está representada hace 7500 años como mínimo; los héroes-conductores-profetas del Antiguo Testamento -Abraham, Jacob, Moisés-, que hacen del sometimiento a la divinidad su forma de relacionarse con lo sagrado, y los dioses y héroes de Europa –griegos, romanos, celtas y germanos-, de signo humanista. Y así Job aparece como paradigma de los mitos del Levante semítico y Prometeo como modelo de los héroes europeos.

Desde las dos raíces de la mitología occidental, la de los desiertos árabes-sirios del Oriente Próximo, y la heleno-aria de Europa, que se unen en el sincretismo del helenismo, Campbell hace un ejercicio de mitología comparada a través de los episodios bíblicos, la mitología griega, los ritos mistéricos o las leyendas irlandesas de los druidas celtas. Mitologías que proponen interpretaciones poéticas del mundo como expresión de las cosmogonías matriarcales o patriarcales y de las diversas etapas evolutivas del pensamiento mágico: de la edad de los héroes, la de los grandes clásicos o la de las grandes creencias, en la que se produce un conflicto entre intolerancia y paganismo y tienen lugar los intercambios y las incomprensiones entre los dos grandes mundos espirituales de Occidente: el que se materializa en el Islam y el que desde el cristianismo, a través de la conciencia humanista expresada en la Reforma protestante, culmina en las propuestas de respeto a la libertad individual, científica y de pensamiento.

“Y este individualismo humanístico -explica Campbell- ha liberado poderes creativos que en apenas dos siglos han provocado cambios en la prosperidad y la adversidad del hombre como no se habían producido en los dos milenios anteriores.”

Santos Domínguez

27 abril 2018

Cavafis. Antología poética



Cavafis. 
Antología poética.
Edición de Pedro Bádenas.
Alianza Editorial. Madrid, 2018.

El libro de bolsillo de Alianza Editorial publica la segunda edición, revisada, de la Antología poética de Cavafis, que incluye 165 poemas, los 154 canónicos autorizados por el poeta y otros once que aportan una muestra muy representativa de su poesía.

El responsable de la edición, Pedro Bádenas de la Peña hizo el año pasado una revisión sistemática y una renovación de sus traducciones anteriores, que, como explicó el año pasado al presentar una nueva edición crítica de la obra completa de Cavafis, ha mantenido vivas y abiertas a reconsideración y mejora.

La organización temática de esta muy manejable antología facilita al lector la entrada en el rico mundo poético del poeta alejandrino. Por eso, a partir de unos ejes fundamentales (Pensamiento, Historia antigua, Estética, Poética y Erótica) se suceden los temas centrales de su poesía: el destino, la soledad, el amor, la identidad, la vejez y la muerte, aunque –como destaca Bádenas en su Introducción- “el arte de la escritura cavafiana radica en cómo nos dice las cosas, no en lo que dice. El secreto de su poesía es entonces el tono de su voz.”

Pocos poetas tendrán tantos poemas tan memorables y tan intensos como Ítaca ( "Ten siempre a Ítaca en tu mente./ Llegar allí es tu destino" ), como El dios abandona a Antonio ( "Sobre todo no te engañes, no digas que fue / un sueño, que tu oído te engañó") o Idus de marzo ( "Teme, alma mía, la grandeza" ) o como los más antiguos Murallas ( "Sin sentirlo, fuera del mundo me cercaron" ) o La ciudad, el poema que Cavafis prefería de entre los suyos, el primero de sus poemas canónicos, que se cerraba con estos versos desolados:

No hallarás nuevas tierras, no hallarás otros mares.
La ciudad te seguirá. 
Vagarás por las mismas calles. 
Y en los mismos barrios te harás viejo;
y entre las mismas paredes irás encaneciendo.
Siempre llegarás a esta ciudad. Para otra tierra -no lo esperes-
no tienes barco, no hay camino.
Como arruinaste aquí tu vida,
en este pequeño rincón,
así en toda la tierra la echaste a perder.

Además de las espléndidas traducciones de los textos, el antólogo ha incorporado al pie de cada poema notas breves pero muy esclarecedoras, que orientan al lector en el complejo mundo de referencias históricas, literarias o biográficas sobre las que se sostienen los poemas de esta antología pensada para "ofrecer al lector, mediante la selección y ordenación de los poemas, la imagen que considero responde fielmente a la personalidad intelectual y artística del autor."

Santos Domínguez

25 abril 2018

Mujica Láinez. Sergio


Manuel Mujica Láinez.
Sergio.
Prólogo de Luis Antonio de Villena.
Drácena. Madrid, 2018.


“Ese fue siempre el destino de Sergio Londres: huir”, se lee en Sergio, la novela que Manuel Mujica Láinez publicó en 1976, editada ahora por primera vez en España por Drácena con un prólogo –‘Perturbaciones de la belleza’- de Luis Antonio de Villena, que la define como “un canto a la belleza moceril, a la bendita ambigüedad que se resuelve en lo masculino.”

Su trama argumental se construye sobre una peripecia continua de lances amorosos y enredos a través de una galería de personajes singulares y excéntricos en torno al objeto de deseo y posesión representado por Sergio Londres, que -como explica Villena- “para los otros -masculino o femenino- es una continua salvación, algo así como la posesión del Ángel.” 

Desarrollada con mucha agilidad y un fluido ritmo narrativo, en la novela se suceden situaciones y personajes desde la efectista aparición del adolescente protagonista, sonámbulo, desnudo y erecto a los 13 años en una siesta de hotel y ante la asombrada mirada de un grupo de clientes, hasta el trágico desenlace en el que muere ocho años después acribillado por las balas junto a Juan Malthus, el amigo que ya era su pareja estable.

Entre esos dos episodios, de la mano de un Mujica Láinez que demuestra aquí también la calidad de su prosa y su capacidad para la creación de personajes hondos y complejos,  el esplendor y el tormento de la belleza y sus conflictivas consecuencias indeseables en torno a un protagonista que, con la misma mirada melancólica de sus ojos azules que Tadzio en La muerte en Venecia, es objeto de acechos y asedios de varia intención, del acoso de hombres y mujeres de muy diversa edad y talante: Madame Aupick, una pianista viuda de la que acaba huyendo un año después; un fraile franciscano que lo confunde con el Poverello de Asís en su desnudez descalza y mendicante y con el que está tres años en un seminario donde nadie lo incomoda y donde descubre la masturbación; Mr. Light, predicador hipócrita y puritano que intenta abusar de él; un pas de quatre con el playboy José Luis Moreno; un trío con los hermanos Juan y Soledad Malthus....

Con una ambigüedad constante entre el deseo y la repugnancia, entre la belleza y la violencia, el humor y la tragedia, Sergio se articula sobre una sucesión de huidas que le llevan al final de su destino trágico en una novela escrita con la agilidad elegante de la prosa de Mujica Láinez. 

Todo un acierto su recuperación.
Santos Domínguez


23 abril 2018

Emmanuel Bove. Un hombre de talento


Emmanuel Bove.
Un hombre de talento.
Traducción de Mercedes Noriega Bosch.
Pasos perdidos. Madrid, 2018.

“Eran las diez de la mañana. Maurice Lesca cogió la bolsa de hule, la dobló y se la colocó bajo el brazo. Cerró la puerta de la modesta cocina. Era un hombre de 57 años para quien, más que un beneficio, su elevada estatura y su fuerza se habían revelado un engorro durante toda su vida. Su pelo era canoso y castaño a partes iguales. Dependiendo de la luz, un color predominaba sobre el otro, ora haciéndole parecer más viejo ora rejuveneciéndole. En su rostro estaban inscritos los desengaños de una ya dilatada existencia. Llevaba un sombrero ablandado por el uso, calado no solo hasta las cejas, sino hasta las orejas y la nuca, y un holgado gabán gris verdoso. Cuando Maurice Lesca caminaba por la calle se le reconocía desde lejos por la forma que tenía de meter las manos en la abertura vertical de los bolsillos, empujándolas hacia delante como si escondiese algo demasiado voluminoso para que cupiese en ellos. A fin de que nadie reparase en que iba sin camisa y sin corbata, llevaba una bufanda cruzada sobre el pecho. Sus pantalones eran tan largos que le tapaban los talones. En cuanto a sus zapatos, estaban tan desgastados que habían perdido su forma natural y ni siquiera parecían exactamente iguales.” 

Así comienza Un hombre de talento, la novela que Emmanuel Bove escribió en 1942, el mismo año en que huyó a Argel desde la Francia ocupada. 

La publica Pasos perdidos con traducción de Mercedes Noriega Bosch y es una de las novelas que mejor reflejan el mundo sombrío y desalentado de Bove a través de un protagonista opaco, de comportamiento contradictorio y sorprendente.

Su incapacidad para la vida, su torpeza para las relaciones sociales, su carencia de sentido práctico conducen a Maurice, el protagonista, a una existencia miserable, a la desolación, al desengaño, a una constante sensación de fracaso:

“Los hombres de talento, los hombres inteligentes y, en especial, los hombres de carácter, todos tenían éxito en la vida. Si de joven hubiese seguido el camino que se abría ante él, si hubiese sido más paciente, si se hubiese contentado con ser un poco más rico cada año, un poco más respetable que el año anterior, hoy sería tan feliz como el profesor. Viviría en una buena casa. Tendría una criada. Tendría una esposa elegante que hablaría de él en los círculos sociales. Pero, por desgracia, todas esas cosas siempre le habían parecido ridículas. De modo que no podía quejarse. Y si ahora, en lugar de ser un personaje tan importante como el profesor, se veía obligado a rogarle a ese mismo profesor que le prestase cada mes unos cuantos cientos de francos (siempre con el miedo de que hubiese pasado poco tiempo desde el préstamo anterior, de que se hartase de él, de abusar) no tenía por qué extrañarse.”

Con el telón de fondo de los ambientes sórdidos por los que se mueve en París, Lesca es un derrotado que no acaba de perder del todo la esperanza de conseguir un bienestar elemental al que no tiene acceso. Vive una existencia precaria, la de un hombre que habita al fracaso permanente en el terreno profesional, sentimental y en la vida diaria.

No se trata sólo de una cuestión material: es también la indigencia moral, la humillación de tener que pedir dinero a su antiguo suegro para sobrevivir, tras una sucesión de decisiones equivocadas que le llevaron a dejar el ejercicio de la medicina o a separarse de su mujer.

Lesca es un hombre solitario y abandonado que vive con su hermana Emily y que decide ayudar por compasión a la señora Maze, librera divorciada, su única amiga. Enfermo, viejo y pobre, sucesivamente desinteresado y mezquino, solidario y desdeñoso, generoso y egoísta, Lesca es un personaje de comportamiento incomprensible y contradictorio, acosado por las dudas: “Ayer dije una cosa y acto seguido dije la contraria. Ahora pienso que quizá tenía razón. Hace un momento, pensaba que me equivocaba. ¿Qué pensaré dentro de cinco minutos? No tengo ni idea. Lo contrario de lo que pienso ahora, sin duda.” 

Un personaje que se mueve siempre entre la acción y la abstención, porque “todo aquello en lo que se embarcaba Lesca, incluso cuando su objetivo era absolutamente desinteresado, se acababa volviendo contra él.”

Además de una obra perturbadora, es una de las novelas más agrias de un Bove irónico en el título –Un homme qui savait en el original- y sarcástico cuando presenta el carácter complejo del protagonista, un antihéroe humillado y orgulloso que se arruina la vida entre la duda y la inacción, un ser desanimado y grotesco al que nadie se toma en serio, porque nadie lo entiende. Ni él mismo ni el perplejo lector de esta novela inolvidable.

Santos Domínguez

20 abril 2018

Poesía de trovadores, trouvères y Minnesinger


Poesía de trovadores, 
trouvères y Minnesinger.
Antología de Carlos Alvar.
Alianza Editorial. Madrid, 2018. 


Cuando los días son largos, en mayo, 
me agrada el dulce canto de los pájaros de lejos, 
y cuando me voy de allí, 
me acuerdo de un amor de lejos. 
Voy con ánimo cabizbajo y sombrío, 
de modo que ni el canto, ni la flor del espino 
me placen más que el helado invierno. 

Nunca más gozaré de amor 
si no gozo de este amor de lejos, 
pues no sé de mejor ni más gentil 
en ninguna parte, cerca ni lejos. 
Su mérito es tan cierto y puro 
que allí, en el reino de los sarracenos 
yo sería, por ella, llamado cautivo. 

En el reino de los sarracenos, en Trípoli, murió el autor de esas dos estrofas, Jaufré Rudel, príncipe de Blaya y trovador que escribió entre 1125 y 1148. 

Se había enamorado de la condesa de Trípoli de oídas, como Montesinos en los romances castellanos, por los testimonios de los peregrinos que volvían de Antioquía, y no se conformó con escribir sobre ella canciones como esta. Se hizo cruzado, se embarcó y enfermó en la travesía marítima antes de llegar a la costa libanesa. Llegó a Trípoli medio muerto, pero tuvo tiempo de conocer a la condesa, que  fue a visitarlo y se hizo monja después de ver cómo Jaufré murió en sus brazos.

Ese es uno de los textos que forman parte de la antología Poesía de trovadores, trouvères y Minnesinger preparada por Carlos Alvar y publicada por Alianza Editorial en una nueva versión revisada y actualizada en El libro de bolsillo.

Una antología que recoge la producción poética de los trovadores provenzales, que escribieron una poesía refinada durante los siglos XII y XIII en una lengua poética propia, el occitano. Dirigida a los círculos cortesanos, esa poesía combinaba música y letra y convirtió a los trovadores en los primeros poetas profesionales. 

De distinta condición social, desde reyes y señores feudales a plebeyos con educación,  profesionales o aficionados, los trovadores manejaban un código literario para iniciados, el amor cortés, un complejo sistema de actitudes que luego asimiló Petrarca y un universo ideológico y sentimental que era el correlato amoroso de las relaciones feudales. Practicaron el canto frente al cuento, defendieron la individualidad lírica –conocemos por su nombre a unos  trescientos cincuenta de estos trovadores- y se expresaron en la lengua vulgar con una nueva lírica basada en esquemas silábicos y acentuales y en la rima, claves de la construcción de la métrica moderna,

Esas composiciones se recogieron en cerca de cien cancioneros en los siglos XIII y XIV y se desarrollaron en dos direcciones temáticas -la cansó, de carácter amoroso, y el sirventés, de tema satírico personal, moral, político o literario- y en dos tendencias estilísticas: el estilo fácil y llano “trobar leu” de Jaufré Rudel o Bernart de Ventadorm, y el hermético “trobar clus” del violento y amargo Marcabrú, con la variante del “trobar ric” del original y oscuro Arnaut Daniel.

Todos somos trovadores, como señaló Pere Gimferrer en una ocasión, toda la poesía posterior se alimenta de ese sustrato: desde el Dolce stil novo de Dante hasta Ezra Pound, pasando por Petrarca o Quevedo.

En otros territorios y otras lenguas surgieron imitadores o continuadores que aclimataron la herencia de los trovadores: los trouvères, reelaboradores cultos de la poesía trovadoresca en la lengua de oïl del norte de Francia, y los Minnesinger que, con Walther von der Vogelweide a la cabeza, asumieron en el lied, el lai y el Spruch, sus tres formas fundamentales, el legado de la lírica provenzal en Alemania. 

Santos Domínguez