17 marzo 2017

Simic. El lunático


Charles Simic.
El lunático.
Traducción de Jordi Doce.
Vaso Roto. Madrid, 2017. 

Se acabó el largo día en el que tanto 
y tan poco ha ocurrido. 
Grandes expectativas se frustraron 
para resucitar sin entusiasmo. 

Los espejos cobraron vida y luego se vaciaron, 
obedeciendo los caprichos del azar. 
Las manecillas del reloj de la iglesia se movieron, 
a veces suavemente, otras con brusquedad.

Cayó la noche. El cerebro y sus misterios 
se adensaron. Un letrero de neón rojo 
VENTA DE FUEGOS ARTIFICIALES se encendió en el tejado 
de un viejo y tétrico edificio al otro lado de la calle. 

Una planta de tiesto ya muy marchita 
a la que nadie riega o presta atención 
proyectaba su sombra en la pared del cuarto 
con lo que a mí me pareció alegría salvaje.

Con ese poema, titulado Así pues, se cierra El lunático, un conjunto de setenta poemas de Charles Simic que publica en edición bilingüe Vaso Roto con traducción de Jordi Doce.

Breves y directos como ese texto, por debajo de su aparente sencillez hay una profunda carga meditativa, una desolación ante el tiempo y el mundo que a menudo se oculta bajo una distancia irónica o humorística, pero que no disimula su hondo carácter elegíaco.

Esos poemas, conmovedores más allá de su superficie trivial, nacen de un difícil equilibrio entre la celebración y la tristeza, entre la mirada meditativa y la iluminación simbólica sobre una realidad en la que se cruzan lo trágico y lo cómico. Conviven en ellos en distintas proporciones la imaginación y la descripción, entre lo figurativo y lo visionario, entre la melancolía y el ingenio.

Una imaginación más ligada a la construcción alegórica que surge de lo cotidiano que al relámpago de la metáfora para expresar la profundidad emocional con la que Simic mira el paisaje y evoca la infancia. 

O proyecta su mirada hacia fuera y hacia dentro para hablar de la fugacidad y la muerte, como en La luz:

A nuestros pensamientos les gusta el silencio 
en este amanecer sin pájaros, 
el modo en que la luz temprana 
toma el mundo tal cual 
y no hace comentarios 
sobre las manzanas que el viento 
hizo caer de un árbol, 
o el caballo que se ha escapado 
de su cerca y está pastando 
tranquilamente entre las tumbas 
de un camposanto familiar.

Porque, como en la aparente sencillez de este poema, en los que forman parte de El lunático, lo cotidiano y su carga simbólica concitan la mirada compasiva de Simic sobre el mundo.

Tras esa superficie descriptiva, en estos poemas una enorme y oscura carga de profundidad trasciende lo cotidiano y, pese a todo, levanta su esperanza frente al horror, como en Sobre mí mismo:

Soy el rey sin corona de los insomnes 
que sigue espantando a sus fantasmas con un sable, 
un estudiante de los techos y las puertas cerradas 
que apuesta a que dos más dos no son siempre cuatro. 

Una vieja alma jovial que toca el acordeón 
en el turno de noche de la morgue. 
Una mosca que huyó de la cabeza de un loco 
para darse un respiro en la pared vecina. 

Descendiente de herreros y curas de pueblo: 
un ayudante de escenario malhumorado 
de dos célebres e invisibles maestros ilusionistas, 
uno llamado Dios, el otro Diablo, asumiendo, claro está, 
que soy la persona que me figuro ser.

Santos Domínguez

15 marzo 2017

La revista que dio nombre a los tebeos


Antoni Guiral.
Con la colaboración de Lluís Giralt.
100 años de TBO.
Ediciones B. Barcelona, 2017.


La revista que dio nombre a los tebeos es el subtítulo de un espléndido volumen que resume la historia del TBO. 

En marzo de 1917 aparecía el primer número del TBO, la revista infantil semanal que acabaría designando genéricamente en español las historietas gráficas, los tebeos.

Para conmemorar ese centenario, Ediciones B publica un volumen espectacular, espléndidamente editado, que ofrece un recorrido por sus series más representativas, por su evolución histórica y por los dibujantes y guionistas que mantuvieron esta publicación durante décadas.

100 años de TBO es el título de este volumen que, con la colaboración de Lluís Giralt, ha realizado Antoni Guiral, que escribe en el Prólogo:

“100 años de TBO quiere ser un recuerdo a la trayectoria de esta publicación y, sobre todo, un homenaje a todas las personas que la forjaron, que la hicieron posible. Personas como Joaquim Buigas, quien tomó las riendas de TBO a partir de su número 10 en 1917, y que pasó cuarenta y seis años de su vida dedicado en cuerpo y alma a ella. Como sus otros directores y técnicos editoriales. Como todos los autores que pasaron por la revista; unos, colaboradores fijos y exclusivos, otros, regulares, y algunos más pasajeros. Eran guionistas, escritores, ilustradores, humoristas gráficos e historietistas, profesionales de la palabra y de la imagen que hicieron lo mejor que sabían su trabajo. Y lo hicieron muy bien. Entre sus nombres hay firmas insignes, básicas en la historia del dibujo en general, otras más modestas pero igualmente respetables. Todos ellos y ellas dejaron su impronta con sus textos, secciones e historietas y con sus personajes, algunos de una popularidad increíble y básicos en la historia de la historieta.”

Fundado en Barcelona por el impresor Arturo Suárez y dirigido por Joaquín Buigas desde el número 10, con el domicilio –Aribau 177, 163 desde 1954- que acompañaba la cabecera, en 1931 el TBO tenía una tirada de más de 100.000 ejemplares a la semana; más del doble en 1935 y en 1956 rondaba los 300.000. 

Ese fue su techo. La competencia con las publicaciones de Bruguera –Pulgarcito, DDT, Tío Vivo- y el cambio de época y de contexto social provocaron un descenso progresivo en su tirada, aunque todavía a comienzos de los años setenta su difusión calculada era de 600.000 lectores a la semana. 

Su nombre era, como explicaba su exdirector Alberto Viña, “una ingeniosidad que consigue con sólo tres letras hacer una frase festiva -te veo- con falta de ortografía incluida para lograr el efecto deseado.”

El volumen se organiza en dos partes: una primera dedicada a su evolución histórica en cinco capítulos que abordan su evolución a lo largo de cinco etapas en las que aparecieron y se desarrollaron series que acabarían constituyendo las señas de identidad de la revista: La familia Ulises, Los grandes inventos de TBO, El profesor Franz de Copenhague, Josechu el Vasco, Eustaquio Morcillón y Babali, Melitón Pérez o Altamiro de la Cueva.

La segunda parte está dedicada a resumir la trayectoria de treinta de sus creadores más significativos: dibujantes y guionistas como Coll, Sabatés, Urda, Benejam, Jofré, Opisso, Massana, Bernet Toledano o Muntañola.

Tan generosamente ilustrado que puede entenderse también como una antología del TBO, ofrece una recopilación muy completa de una publicación emblemática en el panorama de la historieta en España entre 1917 y 1998.  

Santos Domínguez
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13 marzo 2017

Wilhelm Gwinner. Arthur Schopenhauer


Wilhelm Gwinner.
Arthur Schopenhauer 
presentado desde el trato personal.
Edición de Luis Fernando Moreno Claros.
Hermida Editores. Madrid, 2017.

Hermida Editores publica Artur Schopenhauer presentado desde el trato personal, de Wilhelm Gwinner, con traducción, prólogo y notas de Luis Fernando Moreno Claros, autor de la mejor biografía en español del autor de Parerga y paralipómena.

Pero este libro, que se traduce por primera vez al castellano, es otra cosa: es una fuente primaria en la investigación de la vida y la obra de Schopenhauer, un texto escrito desde el trato personal y desde la frecuentación de su amistad, lo que permitió a Wilhelm Gwinner “una mirada a su vida, su carácter y su pensamiento”, como indicaba literalmente el subtítulo original del libro.

El jurista Gwinner veía pasear al filósofo con su perro por las afueras de Fráncfort y un día se decidió a visitarlo. Tenía casi cuarenta años menos que él, pero su fidelidad y su discreción provocaron un grado de confianza tal que Schopenhauer lo designó como albacea y le dejó su biblioteca y sus manuscritos. 

Y en 1862, dos años después de la muerte del pensador, publicó la primera edición de este libro, que durante mucho tiempo fue un texto de referencia sobre el filósofo, porque es la semblanza íntima y profunda del hombre y el autor de El mundo como voluntad y como representación.

Escrito desde la amistad y la admiración, como hizo Eckermann en sus conversaciones con Goethe, resume su trato con Schopenhauer en sus últimos años. Y aunque quizá lo menos interesante sea el Capítulo VII, dedicado a resumir el pensamiento del filósofo, la imagen que el conjunto nos transmite de él es la del genio incomprendido o envidiado, la de un intelectual aislado en su orgullosa soledad independiente, ignorado –en palabras de Moreno Claros- por “la caterva intelectual alemana, los profesores de universidad y los escritores de rango y sin él.”

Aunque no se identificaba totalmente con el pensamiento ateo y pesimista de Schopenhuaer ni fue uno de sus apóstoles fanáticos, aunque su prosa es mucho más torpe que la de su maestro, Gwinner dejó trazado en estas páginas un testimonio de primera mano sobre cómo creció y maduró el filósofo, qué aspecto tenía, cómo hablaba, quién fue, lo que enseñó, cómo vivió y cómo murió.

Parece que en uno de los capítulos, el titulado Quién fue, copió literalmente fragmentos de algún manuscrito inédito que le había legado Schopenhauer; especialmente, de un cuaderno en el que el filósofo había ido anotando pensamientos asistemáticos que componen un mosaico de su visión del mundo y de sí mismo. Por eso a Gwinner le acusaron de plagio, no sin razón aunque sin pruebas, porque aquel manuscrito desapareció. 

En todo caso, en la distancia, parece que no se le pudo dar mejor destino a aquel cuaderno: integrarlo de esa manera anómala y reprochable sirvió para completar el retrato de Schopenhauer en este libro, que tuvo un enorme éxito en su tiempo y conoció abundantes reediciones.

Luis Fernando Moreno Claros ha puesto al día en su traducción anotada esta biografía de la que destaca en el Prefacio que “su autor dio voz en ella, de manera casi literal, a Schopenhauer; así que el lector actual podrá congratularse de oír el eco de las palabras del gran filósofo vibrando en las mejores líneas de esta obra.” 

Líneas como estas, que rematan el capítulo sobre “Lo que hizo” Schopenhauer:

“así que en los últimos diez años de su solitaria vida tuvo la satisfacción de llegar a ver cómo despuntaba frente a él, claro y verdadero, el día de su fama; había estado esperando este amanecer más de cuarenta años con la indomeñable confianza del genio, aplazándolo incluso al tiempo de después de su muerte. Pero esa fama tardía fue también lo único que le era lícito esperar siendo un escritor alemán. Nunca trabajó por dinero y honores, y cuando le ofrecieron nombrarlo miembro de la Academia de Berlín, rechazó el nombramiento con orgullo: lo habían despreciado durante toda su vida y ahora pretendían adornarse con su nombre cuando muriera. Si había vivido sin ellos también podía morir sin ellos. Que siguieran entonando cánticos anualmente en loor del descubridor de las mónadas y la armonía preestablecida. Incluso sin el diploma de la Academia, Schopenhauer tuvo el honor de seguir siendo el que era.”

Tal vez por eso, en la última línea del libro, Gwinner evoca la respuesta que el filósofo le dio cuando le preguntó dónde quería descansar:

“Es indiferente, ya me encontrarán”. 
Santos Domínguez

10 marzo 2017

Keats. Endimión

John Keats.
Endimión.
Edición de Paula Olmos 
y Jorge Cano Cuenca. 
Cátedra Letras Universaales. Madrid, 2017.

Siempre hallaremos dicha en algo bello:
su encanto aumenta con el tiempo; nunca
se perderá en la nada, pues nos brinda
la calma de un rincón para el reposo
de sueños dulces y benéfico sosiego.

Con esos versos abría John Keats Endimión, el largo poema narrativo que publicó en 1818 y que acaba de aparecer en Cátedra Letras Universales en edición bilingüe de Paula Olmos, responsable de la traducción y del completo estudio introductorio, y Jorge Cano Cuenca, autor de las notas mitológicas y geográficas de este relato poético de más de cuatro mil versos organizados en cuatro libros. Una versión rítmica, no rimada, del poema, como explica la traductora en su Prólogo apologético. 

Alejado por igual del sentimentalismo de Coleridge y Worsdworth, los poetas de los lagos, y del malditismo provocador de Byron y Shelley, John Keats (Londres, 1795 - Roma, 1821), el romántico que murió más joven, a los 25 años, fue el poeta-poeta, el más claramente tocado por el don de la poesía y la palabra, el que más prestigio conserva hoy porque su obra ha pasado sin daño por encima del tiempo. 

Visionaria y creativa, su poesía presagia a Rilke en su viaje hacia la esencia de la realidad, hacia lo que se agita en las profundidades, una suma de reflexión y creatividad, de meditación e imaginación, de lucidez y contemplación receptiva en la que el poeta se deja tomar por la realidad, que posee al poeta, el que ve como pudieron ver los dioses.

“Él describe lo que ve. Yo describo lo que imagino”, escribía Keats para diferenciar su poesía de la de Byron. Porque en Keats la imaginación no es sólo el motor de la escritura, sino el método para entender el mundo de una manera profunda.

Y esa imaginación que viene de Milton y de Blake se apoya en la subjetividad de los sentidos y se proyecta sobre una naturaleza que en Keats nunca se convierte en símbolo conceptual, sino en pura presencia sensorial, como en estos versos del libro III de Endimión:

¡Qué melodía salvaje y armoniosa 
encontraba mi espíritu en todo lo que es bello!

En ese largo poema, basado en la historia mitológica del pastor enamorado de la luna, esa subjetividad del poeta se refleja en la figura de su personaje, transformado en prototipo del héroe romántico: “John mira, y es Endimión”, escribió Cortázar en su memorable Imagen de John Keats.

A través de él se genera el verdadero tema del libro: la búsqueda del amor, el cruce de lo ideal y lo real en una indagación imaginativa del poeta en sí mismo y en su lugar en el mundo; un proceso de aprendizaje y asimilación del dolor y la tristeza. 

La naturaleza y la imaginación, el mito y los sentidos, la belleza y lo clásico se dan cita en sus largas series de versos que discurren en libertad sin ajustarse a ningún molde estrófico ni genérico, porque al diseño narrativo se superpone muchas veces el destello lírico en la mirada al paisaje. Es el resultado de esa radical libertad romántica que no se encorseta en el molde estrecho de un género.

Termino con otra cita de Julio Cortázar, que señalaba a propósito de este libro, al que regresaba cada poco tiempo: 

“Cuando el poeta no ve suficiente belleza en torno, la crea; pero esa creación no se opone, ni sustituye, ni denuncia; esa creación entra en el octavo día, sigue adelante sin desmentir la semana del Génesis.”

Santos Domínguez

08 marzo 2017

Josep Pla. La vida lenta


Josep Pla.
La vida lenta.
Notas para tres diarios
(1956, 1957 y 1964).
Edición y prólogo de Xavier Pla.
Traducción de Concha Cardeñoso Sáenz de Miera.
Austral. Barcelona, 2016.

El 1 de enero de 1956 anotaba Josep Pla en su diario: “Esta noche, cuando volvía a casa (a las dos) a pie, con una tramontana fortísima en contra, pensaba que, a veces, la vida parece más larga que la eternidad. En la cama (glacial), leo los dos últimos números de Il Borghese, hasta las ocho. Me levanto a las cuatro de la tarde. Hace un día despejado, soleado y lívido —sin viento. ¡Año nuevo, vida nueva! Me paso lo que queda del día en casa, junto al fuego.”

Es la primera de las notas de tres diarios de Josep Pla que permanecieron inéditos hasta que hace dos años los publicó Destino en el volumen La vida lenta. Notas para tres diarios (1956, 1957 y 1964), con edición y prólogo de Xavier Pla y traducción de Concha Cardeñoso Sáenz de Miera, que acaba de aparecer en Austral en formato de bolsillo.

La vejez, el insomnio, el frío en su masía, los problemas con la bebida y con la censura, el malestar ante la vida o el asco hacia el franquismo se van repitiendo en la prosa afilada de estas anotaciones hechas en agendas extranjeras, con pluma de tinta azul o negra y sin tachaduras apenas.

Casi todas estas notas las escribió en la cama, en madrugadas insomnes, muchas veces después de volver de Palafrugell después de cenar y beber demasiado, en una repetida inversión de horarios que le lleva a acostarse cuando está bien avanzada la madrugada y a levantarse -si se levanta- por la tarde.

Y ante esa desazón generalizada, la literatura se levanta en estas páginas como refugio ante las inclemencias de la vida y como defensa frente al mundo. Aislado en la masía como Montaigne en su torre, para defenderse del mundo y para observar la vida a distancia, Pla atravesaba estos años un estado depresivo y tenía problemas de alcoholismo, lo que le provocaba crisis de culpabilidad y una autocrítica que se extiende también a su escasa consideración por lo que escribe o por lo que lee: “Paso del alcohol a la lectura ávida, que me produce el mismo daño”, escribía el 15 de febrero de 1957. 

Tres dietarios que nunca se proyectaron como libro, aunque constituyen una especie de "taller de borradores" que luego aprovecharía en sus artículos, como señala Xavier Pla en su prólogo, y completan la imagen de un Josep Pla que está en ellos en estado puro para trazar un autorretrato involuntario pero definitivo que refleja su situación en unos años cruciales. Y lo más revelador, una frase que se repite con mucha frecuencia en estas anotaciones: “No hay nada que hacer.”

Santos Domínguez

06 marzo 2017

Las turbias aguas del mojito


Philippe Delerm.
Las turbias aguas del mojito. 
Y otras buenas razones para vivir en la tierra.
Traducción de Mercedes Noriega Bosch.
Pasos Perdidos. Madrid, 2016.

Damos un sorbo, sorprendidos por ese frescor que nos hace buscar la humedad de las marismas. Todo cóctel impone un consumo lento, con breves interrupciones, con abandonos y regresos. Pero al mojito no puedes imponerle nada. La degustación se torna fascinación, y él es quien lleva la batuta. Lo que más sorprende en un manglar de tonos tan venenosos, es ese persistente regusto azucarado. Dejas que te invada una fiebre fría, te abandonas. Porque sabes que, al final de ese glauco peregrinaje, llegará el calor, la euforia. Pero antes tendrás que desviarte hacia el bosque de hojas de menta, no tener miedo a desaparecer bajo las aguas, abandonar la esperanza de la luz. Nadar todas las transgresiones, perderte, hundirte, buscar infinitamente, sumergirte. Entonces emergerá el placer. 

Así termina Las turbias aguas del mojito, el texto que da título a un espléndido volumen de Philippe Dellerm que publica la editorial Pasos perdidos con una brillante traducción de Mercedes Noriega, que ha mantenido en español el difícil equilibrio de la prosa potente y a la vez ligera de estos textos. 

Cuarenta y dos estampas en las que la mirada receptiva de lo exterior, la sensorialidad del adjetivo y la limpia sintaxis de sus frases componen un libro afirmativo y sereno. Un libro en el que llueve la luz y el tiempo es una playa.

Cuarenta y dos acuarelas delicadas, sutiles y luminosas que fijan el instante presente y el espacio inmediato en las páginas de este libro solar y veraniego en el que el tiempo se detiene una mañana de vacaciones en la bahía de Saint-Nazaire tras las huellas de Monsieur Hulot o en la alegría como de última viñeta de Astérix con cena a la luz de la hoguera de la celebración.

El olor a madreselva en las noches de verano, el sabor transparente de la sandía, un tango que construye una noche argentina en la orilla del Sena, los pianistas en una estación de metro, una pancarta publicitaria que acaba convirtiéndose en cometa mirada desde la playa, colgada de una avioneta … Son claros en el bosque, iluminaciones en la noche, porque “la sombra se ve obligada a inventar su propia luz.” 

Y por eso aquí el desorden es cálido y se bebe la sombra como se bebe la luz veneciana con el color caliente del instante. Porque este es el libro celebratorio y afirmativo de un cazador de sonrisas al vuelo, un libro leve y luminoso, porque “no hay nada tan ligero como la luz.”

Un libro alejado de la nostalgia incluso en la evocación de la infancia al recuperar una vieja historieta de Tintín: “Y ahora estás ahí, después de tanto tiempo. La sonrisa que dibujan tus labios es la del tiempo que no existe. Todo lo contrario a la nostalgia.”

“Tierna es la vida. Cruel”, escribe Philippe Dellerm en la línea final del libro. Pero así como la madera se renueva al recubrirla con pintura, así también la vida mejora al tratarla con esta mirada a las pequeñas cosas, con una prosa transparente que celebra el momento, el chaparrón y la fruta para “esperar, aplazar el mañana. Esperar a que tanta alegría dispersa cristalice en la idea de felicidad.” 

Santos Domínguez

03 marzo 2017

Pameos y meopas de Julio Cortázar


Julio Cortázar.
Pameos y meopas.
Ilustraciones de Pablo Auladell.
Nórdica Libros. Madrid, 2017.

“Mis poemas no son como esos hijos adulterinos a los que se reconoce in articulo mortis, sino que nunca creí demasiado en la necesidad de publicarlos; excesivamente personales, herbario para los días de lluvia, se me fueron quedando en los bolsillos del tiempo sin que por eso los olvidara o los creyera menos míos que las novelas o los cuentos”, escribe Julio Cortázar en el prólogo de Pameos y meopas, que publica Nórdica con espléndidas ilustraciones de Pablo Auladell.

Poeta asiduo y disperso, Cortázar valoraba la poesía como el territorio más alto de la literatura y aunque se resistió a publicarla y a veces recurrió a la edición encubierta con el seudónimo Julio Denis, no dejó nunca de escribirla. 

En Pameos y meopas reunió un puñado de poemas escritos a lo largo de quince años, entre 1944 y 1958, en París, Buenos Aires y Roma. Bajo ese título que es la indisimulada y doble metátesis de la palabra poemas,  agrupó estos textos en los que se cruzan lo clásico –“de golpe me nacía un meopa trufado de referencias clásicas”- y la mirada o el lenguaje de la vanguardia. 

Porque en este conjunto heterogéneo conviven el verso libre de Menelao mira hacia las torres o de los Cantos italianos con las redondillas cantables de Tratado de sus ojos y el soneto clásico de Último espejo.

Con esa diversidad métrica coexisten también varios temas, desde el amoroso al artístico, y distintos enfoques, desde el burlesco al visionario. Y esa suma de perspectivas en las que cohabitan lo tradicional y lo moderno la ha querido reflejar Pablo Auladell en unas ilustraciones como la que aparece en la portada, donde conviven un Orfeo saxofonista y otro que pulsa la lira. 

Cuando Saúl Yurkievich editó su obra poética completa, señaló que “escasas veces alcanza Cortázar con su poesía la pródiga, la prodigiosa potencia de su prosa” y encontraba estos poemas faltos de tensión rítmica. 

Es probable, pero también es verdad que no faltan en estos poemas ni potencia de imágenes ni ambición visionaria en la elaboración de un mundo poético personal. Algunos de ellos son de la misma época en que proyectó su interés por la poesía en la escritura de Imagen de John Keats, un libro imprescindible que puede leerse también como una poética del propio Cortázar.

Hay en estas páginas poemas de indiscutible calidad, como Notre-Dame la nuit, Los vitrales de Bourges o Masaccio, en el que suena el eco de la música lorquiana  ("Por las gradas sube Ignacio con toda su muerte a cuestas") en “Por las calles va Masaccio con un trébol en la boca”) antes de este remate: 

Se fue, y ya amanecía 
Piero della Francesca.

Algunos de estos poemas alcanzan una altura que, como señalaba Cortázar en el prólogo, le permitía “volver la mirada hacia una región de sombras queridas, pasearme con Aquiles en el Hades, murmurando esos nombres que ya tantos jóvenes olvidan porque tienen que olvidarlos, Hölderlin, Keats, Leopardi, Mallarmé, Darío, Salinas, sombras entre tantas sombras en la vida de un argentino que todo quiso leer, todo quiso abrazar.”

Santos Domínguez

01 marzo 2017

Biblioteca Marcel Schwob


Con espléndidas traducciones de Mauro Armiño y Antonio Álvarez de la Rosa, Alianza Editorial publica en su colección El Libro de Bolsillo la Biblioteca Marcel Schwob con cuatro volúmenes: Vidas imaginarias, Corazón doble, El libro de Monelle El rey de la máscara de oro / La cruzada de los niños.

Se recoge en ellos la obra narrativa de un autor fundamental, secreto durante mucho tiempo y cada vez más conocido, porque la potente sombra de sus propuestas narrativas se ha proyectado en la literatura posterior.

Schwob está en el origen de la Historia universal de la infamia de Borges, pero también –a través del argentino- en la raíz del Confabulario de Arreola, de las Falsificaciones de Denevi, las Fabulaciones de Perucho y los Sueños de sueños de Tabucchi, recreadores de vidas y de voces. Y se podrían añadir más nombres que han asumido la herencia de Schwob: Cunqueiro, Bolaño, Vila-Matas...

Y es que hay una red de relaciones -lógicas y secretas a la vez- que une en algún alto lugar de la literatura a Stevenson con Villon y a este con Shakespeare o Poe. Muchas de las líneas de esa red las ha trazado o las ha recorrido Marcel Schwob, que -escribe Antonio Álvarez de la Rosa en la 'Presentación' de Vidas imaginarias- "asumió que la brújula vital de un escritor solo marca el norte de su escritura, el deseo de crear, sabedor de que toda lectura interesante, literaria o erudita, sirve para alimentar la pluma, la irresistible atracción de dejar de ser uno para mudarse e instalarse en los mundos que va creando, imanes de lo maravilloso y de lo insólito."

Decía Borges hace décadas que “en todas partes del mundo hay devotos de Marcel Schwob que constituyen pequeñas sociedades secretas.” Hoy las cosas han cambiado: el número de devotos de Schwob ha aumentado mucho, a la sombra creciente de un autor irrepetible y con colecciones como esta de la Biblioteca Marcel Schwob en El Libro de Bolsillo de Alianza Editorial sus lectores ya no forman parte de esas pequeñas sociedades secretas.

Santos Domínguez

27 febrero 2017

El crujido de la seda



Lilian Elphick.
El crujido de la seda.
Antología de microrrelatos.
Edición de Gemma Pellicer.
Menoscuarto. Palencia, 2016.

De una serie compuesta por seis microrrelatos y titulada El crujido de la seda toma su nombre la antología de Lilian Elphick que aparece en la colección Reloj de arena de Menoscuarto, con edición y prólogo de Gemma Pellicer.

Aunque Lilian Elphick era conocida aquí por muestras breves en antologías generales de microrrelatos como Después de Troya, que apareció en esta misma editorial, esta selección es la carta de presentación en España de la narradora chilena, una autora de trayectoria consolidada en el terreno del cuento y la microficción.

La precisión cortante de su prosa afilada, el impulso imaginativo de los planteamientos y la habilidad en su desarrollo recorren los cincuenta textos de esta antología de microrrelatos en los que importa, más que la sorpresa, la ambigüedad de un mundo opaco y de unos comportamientos a veces incomprensibles. De ahí el carácter complejo de los personajes en medio de la realidad inasible que emerge en estos textos, que son también una mirada al otro lado del espejo. 

Inspirados a menudo en mitologías o bestiarios, en personajes de textos bíblicos, de cuentos populares o en referencias a la literatura clásica, conviven en ellos el humor y el horror en una coexistencia que se percibe ya en estos dos textos iniciales:

VOLVER AL PUNTO DE PARTIDA
Un fantasma soñó que era una sábana amarillenta, seca y tiesa. Cuando despertó nadie escuchó sus gritos, salvo la tierra y los gusanos que por tanto tiempo lo habían acompañado.

AGRADECIMIENTOS
Agradezco que no me hayas amado como lo hubiera querido. Somos dos fantasmas que no tienen de dónde agarrarse. Hubiéramos besado el aire, dado abrazos al espacio vacío. Y no hay nada peor que enamorarse de la transparencia.

Procedentes de cuatro de sus libros, estos microrrelatos se cuelan en los límites de la realidad y de la razón, para instalarse en el filo de la navaja, cerca de la locura y de la muerte y al borde del abismo.

Enfocados desde diversas perspectivas, la subjetiva del narrador–personaje en primera persona, la más distante en tercera persona o la del diálogo rápido que compone una escena, muchos de estos textos se levantan en un espacio de intermediación, en un ámbito indeciso entre la realidad y el vértigo del sueño. Como en este borgiano Sueño del pájaro: 

Un pájaro soñó que era Chuang Tzu. Al despertar tenía brazos y no alas. Triste porque ya no podía volar, se dedicó a escribir. Una mariposa se posó en su ala y le dijo: «No has despertado aún».

Don Quijote y Sancho, Píramo y Tisbe, Penélope y Ulises, Caperucita y Noé, Cervantes y Blancanieves, Leda y Pandora son los protagonistas de estos microrrelatos en los que se superponen en el tiempo de la narración los tiempos del mito y de la vida, y la realidad y la  literatura se funden y se confunden o se proponen versiones femeninas de Aquiles, Narciso o Adán. 

Entre la intensidad poética y la hondura reflexiva, cabe en ellos también el humor corrosivo y la actitud reivindicativa. Y con el sabio, astuto uso de la elipsis y su capacidad de sugerencia se afronta la reescritura actual o feminista del mito, la revisión crítica de la tradición o del personaje literario clásico en unos microrrelatos que están a medio camino entre la mirada lúdica y la irónica, entre el desenfado y la hondura crítica.

Así en este Diluvio I:

-¿Nombre? 
-Grr.
-¿Cédula de identidad?
-Fzzzt.
-Repita lentamente, por favor.
-F-z-z-z-t.
-¿Estado civil?
-...
-¿Le comieron la lengua los ratones?
-...
-¿Nacionalidad?
- Grrfzztroar.
-¡Déjeme ver, d, e, f, g... Lo siento. Su país no está en mi lista.
- ¡Grrrrrrrrrr! ¡Grrfzztroar!
-Abandone el arca o si no, llamo a las fuerzas especiales. ¿Me entendió? ¡Siguiente!

Santos Domínguez



24 febrero 2017

Rilke en Toledo



Antonio Pau.
Rilke en Toledo.
Trotta. Madrid, 1997.

En noviembre de 1912 llegaba a Toledo un Rilke en busca de sí mismo y de una ciudad por la que sentía una antigua atracción ligada a la figura del Greco que pintó allí unos ángeles que comunican lo terrenal con lo celeste.

En esa ciudad, intermedia también en el aire entre la tierra y el cielo, tuvo el poeta algunas de las experiencias estéticas y espirituales más decisivas en su vida y su obra. Y a ese viaje, que en el fondo le dirigía al interior de sí mismo, dedicó Antonio Pau un libro memorable, Rilke en Toledo, publicado por la Editorial Trotta.

Un volumen que reconstruye esa estancia intensa y breve de Rilke en Toledo con un abundante despliegue gráfico y con un rastreo de las cartas y los poemas en los que Rilke habla de su relación con una ciudad que le impresionó tanto que esa experiencia emergió luego en su poesía. 

De ese episodio rilkeano de crecimiento interior surgiría el tema del ángel que sería vertebral en las Elegías de Duino y convertiría a Toledo en el lugar de las Elegías y las revelaciones, un ámbito que pertenece más a lo espiritual que a lo físico.

En esa ciudad, que el poeta veía más en los espacios astrales que en la tierra, Rilke proyectó la búsqueda de sí mismo, impulsado por la necesidad de encontrar la ciudad ideal que había visto reproducida en los cuadros del Greco. Llamado por esa pintura y por esa ciudad, esa breve experiencia toledana dejó una semilla que no tardaría en germinar en su obra poética posterior, en las Elegías y los Sonetos a Orfeo. 

Del cambio vital y literario que había provocado en él la estancia en Toledo, en donde se sintió más un habitante que un turista, dejaba constancia ya en una carta de finales de 1912: "Contemplar este mundo, ya no desde el hombre, sino desde el ángel, es quizá mi auténtica tarea, o al menos la tarea en la que confluyen todos mis intentos anteriores."

Con un álbum comentado de fotografías, cuadros y grabados, Antonio Pau evoca una estancia breve e intensa en la que se produjo la fusión de lo exterior y lo interior, simbolizado en aquella estrella fugaz que vio caer una noche sobre el Puente de San Martín y sobre su propio interior, al que en realidad se había dirigido en aquel viaje a la ciudad de la revelación, que iluminaría con fuerza su vida y su obra.

Santos Domínguez