29 febrero 2016

Una relectura de Celan


Arnau Pons.
Celan, lector de Freud. 
Herder. Barcelona, 2016.

De una conferencia de Arnau Pons, poeta y traductor, en un ciclo sobre “El lenguaje ante lo insondable” surge el ensayo central de este Celan, lector de Freud  que publica Herder y en el que el autor aborda una lectura a contracorriente de la poesía de Paul Celan.

El filólogo Jean Bollack, una autoridad en la obra de Paul Celan, definió a Pons como “un maravilloso descifrador, atento y lúcido, de lo que el poeta ha escrito.” Y de esa perspicacia crítica deja cumplida muestra este libro al afrontar desde una nueva perspectiva la interpretación y el desciframiento de una poesía tan difícil como la de Celan.

Una poesía tan oscura que, como señala Pons, “se ha convertido en un lugar de confrontación entre diferentes corrientes hermenéuticas” y que plantea “la necesidad de abordar los poemas de Celan de modo diferente a lo habitual. Se trata de buscar la persona y entender su mensaje.”

Porque los de Celan son poemas esencialmente dialógicos en los que, señala Arnau Pons, se produce el desdoblamiento del sujeto poético en el yo del sujeto histórico y en el tú del sujeto lírico. La suma indisociable de esos dos elementos da lugar al nosotros en el que se funden lo analítico y lo poético. 

Por eso Celan concebía el poema como “un mensaje que se envía en una botella con la creencia -no siempre muy esperanzada, es cierto- de que en cualquier lugar y en cualquier momento pueda ser arrastrado hasta la orilla, tal vez la orilla del corazón.” 

“Hay que dejar –explica Arnau Pons- que los textos hablen por sí mismos, en lugar de proyectar en ellos las expectativas o las experiencias que uno tiene.” Y a esa concepción del poema responde la exigencia de un método hermenéutico que permita que el lector se deje ocupar por el poema, que debe invadir su corazón. 

Es la antítesis de la concepción habitual de la lectura que aborda el poema como un ámbito ocupable. Y a esa nueva luz se hace una relectura -una lectura a contracorriente- de cuatro textos de Celan: Francfort, septiembre; Torcida; ...Y tampoco ningún tipo, y Arroja el año solar. Cuatro textos con la huella del simbolismo psicoanalítico y con la herida del holocausto al fondo.

Al acometer una nueva interpretación y una relectura de la obra de Celan en el ámbito de otra lengua, inevitablemente se plantea una mirada a las traducciones. De hecho, además de hacer una evaluación muy crítica de la traducción de Reina Palazón, Pons propone una nueva traducción de cada uno de los cuatro poemas que analiza.  

Completa el volumen la reproducción del coloquio con los asistentes a la conferencia y el texto de una conversación de Arnau Pons con Jean Bollack sobre la manera de leer a Celan.

Santos Domínguez

26 febrero 2016

Javier Sánchez Menéndez. El libro de los indolentes


Javier Sánchez Menéndez.
El libro de los indolentes
(Sobre la poesía).
Prólogo de Jesús Moreno Sanz. 
Plaza y Valdés Editores. Madrid, 2016.

Presentada por un prólogo de Jesús Moreno Sanz, aparece en Plaza y Valdés Editores una nueva edición de El libro de los indolentes, de Javier Sánchez Menéndez.

Un volumen que incorpora a las dos anteriores ediciones -El encuentro en Camarinal y Saúl, el ángel negro- un tercer capítulo, El vuelo, que comienza así:

De los indolentes aprendí que la poesía no se pone por el este ni sale por el oeste, que la poesía se escribe en todos los países, que ella se aprende universalmente (...). De los indolentes comencé a valorar el verso libre, a justificar la ética por encima de la estética.

Sigue hablando en estos cuarenta y ocho fragmentos nuevos el farero distante que reflexiona sobre la vida y la poesía, sobre la vida en la poesía, sobre la poesía en la vida, sobre ética y estética en unos textos atómicos e intensos de prosa sincopada y fragmentaria que viven en un territorio donde coexisten la alucinación y la lucidez.

No se trata de una poética en sentido estricto, ni de una propuesta basada en una lógica poética, sino de tanteos asistemáticos en la sombra a través de estos apuntes que a veces se instalan en la calma serena de un claro del bosque y otras veces tienen la agitación desatada de las aguas bravas de la costa atlántica.

Se trata de un peculiar ejercicio ascético en el que importa menos lo racional que las intuiciones, de un juego -en el sentido más serio de la palabra- de espejos para indagar sobre la vida, sobre el otro, sobre sí mismo y sobre las máscaras proteicas que se suceden en esas páginas. 

Porque aquí el yo se difumina y se desdobla en muchos y el sueño y la vigilia desdibujan sus fronteras visibles en un viaje de búsqueda hacia lo hondo y hacia lo alto; un viaje en el que -como Dante a Virgilio en su bajada a los infiernos- el autor elige a sus guías: Platón y Claudio Rodríguez, María Zambrano y los presocráticos, Hölderlin y Rilke, Parra y Juan Ramón.

Y es en esa elección de compañeros de viaje donde se perfila una línea poética que construye su propio territorio –el de la poesía como forma de conocimiento- no desde el ensayo, sino desde la poesía misma sobre los cimientos frágiles de lo incomprensible, lo inefable y lo contradictorio:

Los indolentes me ayudaron a comprender el origen del mundo, los errores y los misterios de todo aquello que un hombre busca en los años de su más insensata rigidez.
(...)
En la administración de la justicia radica la esencia de los indolentes, de la justicia poética y de la ética y la estética humana. Ambas circunstancias se unen de la mano para conseguir la veracidad, que es el ejercicio de la contradicción y el caos. Sin ella no existiríamos, ni seríamos, ni habría poesía entre los seres humanos.

Entrar en este libro –y sobre todo salir de él- supone para el lector asumir que se asoma al abismo de las galerías de la conciencia, a un confuso laberinto de espejos como el que recorrió Machado cuando llegó al límite de la sinceridad.

Santos Domínguez

24 febrero 2016

De Orfeo a David Lynch


Fernando Broncano 
y David Hernández de la Fuente (eds.)
De Orfeo a David Lynch.
Escolar y Mayo. Madrid, 2015.

Del mito al logos, de lo mágico a lo simbólico y de la antigüedad clásica a la contemporaneidad en un proceso que abarca lo humanístico y lo tecnológico, la filosofía y la poesía, la música, la pintura o el cine.

Esos son algunos de los itinerarios que recorren los quince ensayos recogidos en el volumen De Orfeo a David Lynch que publican Escolar y Mayo Editores con la coordinación de Fernando Broncano y David Hernández de la Fuente.

Un volumen colectivo que reúne las ponencias de un curso celebrado en 2010 en el Círculo de Bellas Artes de Madrid alrededor de la figura de Orfeo, “un héroe mítico –explican los editores en su Introducción- muy particular, quizá el más extraño de la antigua mitología griega, entre músico enamorado y mágico cantor, muy conocido por el amor a su mujer Eurídice, por la que cruzó la frontera del mundo de los muertos. (…) Pero, además, su figura es tal vez la que más ha inspirado a la posteridad como símbolo del creador y de su anhelo por perdurar en el amor y en la música (…) y ciertamente, triunfar de la muerte.”

Orfeo es el padre de la música y el fundador mítico de la poesía lírica, el que bajó a los infiernos y regresó frustrado de donde nadie vuelve, del mundo de los muertos, el artista que se cruza con la muerte y por un momento triunfa sobre ella y sobre el olvido.

Una figura que inspiró los cultos órficos y que recorre la historia del arte y de la cultura con la magia de su música y con su conflictiva relación con el amor y la muerte. Junto con Prometeo al que le vincula una semejante potencia trasgresora y una común y dolorosa conciencia de los límites, Orfeo es el más vivo de los mitos clásicos: tiene una presencia constante la cultura occidental y su presencia forma una parte esencial del imaginario artístico y amoroso de la historia del arte y la literatura.

Entre la poética, la mitología y la filosofía, Orfeo representa el poder de la armonía de la música y de la creatividad de la poesía para ordenar el mundo frente al caos. 

De la poesía de Ovidio a la ópera inaugural de Claudio Monteverdi, de los sonetos de Rilke al cine de Cocteau pasando por Víctor Hugo o la iconografía cristiana, autores como Carlos García Gual,  Fernando R. de la Flor, Pilar Pedraza o Alberto Ávila Salazar exploran, entre el ensayo y la ficción, la presencia de Orfeo -"el viudo en el laberinto” lo llama Pilar Pedraza en el rastreo minucioso de su huella- en la poesía española de los Siglos de oro, en la pintura, la escultura, el teatro, la música o el cine.

"El arte es el poder por el cual la noche se abre,” titula Hugo Castignani su análisis del mito de Orfeo el oscuro en Mauricio Blanchot antes de que cierre el libro un espléndido epílogo narrativo ("Damnatio ad Bestias") en el que Alberto Ávila Salazar evoca a través de Werner Herzog y David Lynch la presencia del orfismo en su cine. 

Un mito órfico que nos descubre que el infierno no es más que el pasado irreversible en el que Orfeo estuvo con Eurídice. Lo resumen con brillantez estas palabras de Fernando Broncano y David Hernández de la Fuente: “El infierno no es sino lo que fuimos. Lo sabe Orfeo.”

Santos Domínguez

23 febrero 2016

Diario de una vida breve


Juan Manuel Silvela Sangro.
Diario de una vida breve.
Prólogo de José Muñoz Millanes.
Epílogo de Julián Marías.
Pre-Textos. Valencia, 2015.


¿Para qué estábamos todos ahí? ¿Para qué estábamos todos alrededor de algo? ¿Alrededor de una casa, de un coche, de un símbolo? ¿Para qué estábamos todos absurdamente distribuidos en esta fría mañana de otoño? ¿Para qué estaban los ministros, los académicos, los catedráticos, los estudiantes y los simples transeúntes? ¿Para qué tantas flores, tan inmensas coronas de dalias, tantos crisantemos, tanta rosa cubriendo aquel coche negro? ¿Qué hacía allí García Gómez mirando seriamente detrás de sus gafas, Ruiz Giménez moviéndose incesantemente de un lado para otro? ¿Garrigues, que imponía respeto por sí mismo, José María Entrecanales, que se acababa de fugar de la Escuela de Caminos, Peque Bustelo y Víctor Pradera? ¿Por qué tanta gente desconocida? ¿Para qué se aglutinaban tan heterogéneos individuos? ¿Para qué estábamos de pie en plena calle, juntos mi hermano y yo en esta mañana azul y soleada, pero terriblemente fría? Para que Ortega no tuviera frío.

Esa es una de las anotaciones más intensas del Diario de una vida breve, de Juan Manuel Silvela Sangro, que murió en París en 1965, meses antes de cumplir los 33 años. Dos años después, por iniciativa de su madre, se publicó este diario que recupera Pre-Textos con un prólogo de José Muñoz Millanes. 

En aquella edición de 1967, de la que esta no es exactamente una reedición, sino una selección, el prólogo -que aquí aparece como epílogo- lo firmaba Julián Marías, amigo de la familia, que aclaraba que este diario “es sumamente juvenil, durante varios años adolescente. Todo él está penetrado de una fragilidad, procedente, probablemente, de su conciencia de salud insegura, de amenaza permanente, que al coexistir con una ‘normalidad’ habitual tiene una repercusión biográfica y no biológica. Quiero decir: no es el diario de un enfermo, sino de alguien que vive con una impresión reforzada de incertidumbre. Una vida considerablemente cómoda, holgada, refinada, en última instancia feliz, pero suspendida, más allá de lo habitual, en el vacío sobre el que se cierne siempre toda existencia humana.”

A aquella primera caracterización añade esta otra en su prólogo Muñoz Millanes: “este es un diario donde la introspección y las conclusiones son secundarias, donde lo que más importa es la atención sorprendida, la curiosidad insaciable, el descubrimiento gozoso de los distintos aspectos de la vida entre la adolescencia y la primera juventud.” 

De esa curiosidad y de la situación privilegiada de aquel joven con inquietudes intelectuales, un señorito de la alta burguesía ilustrada madrileña de la posguerra, procede el valor testimonial que destacaba  Marías en su prólogo: “el diario en tono menor de Manolo Silvela, velado de grises, hecho de bondad y buena educación, muestra con mucha más fuerza que tantas novelas lo que ha sido Madrid –al menos, un fragmento de Madrid- desde 1949; y en él, yendo y viniendo, ensayando la vida, soñándola, esperándola, deseándola, temiéndola, desconfiando de ella, tratando de entenderla, gozándola siempre, un personaje atractivo, sincero, lleno de matices, generoso y por ello a última hora feliz.”

Los conciertos de música clásica, la pintura abstracta del grupo de Cuenca, la poesía de Vivanco o las greguerías de Ramón, la crónica del entierro de Ortega, una presencia constante y cercana en la vida de Silvela y en estas páginas en las que se resumen las actuaciones del filósofo en el cine Barceló, la relación con Julián Marías, que encauzó muchas de sus inquietudes intelectuales, la capacidad para evocar ambientes y escenarios no sólo refinados, también populares -tabernas y mercados, descampados y calles- son, en coexistencia con muchas anotaciones triviales  -Comimos en casa de mamá sin mamá. Me fui al fútbol-, lo más destacado de este diario.

Un diario de formación y aprendizaje que refleja, en sus propias palabras, cómo va  creciendo en criterio y pensar serio, el proceso de maduración intelectual y la educación sentimental de quien va tomando conciencia de la vida y de sí mismo entre la melancolía, la exaltación y la esperanza desde enero de 1949 hasta finales de 1958, cuando distintas frustraciones e insatisfacciones le empujaron a romper con el pasado y a interrumpir este diario para siempre. 

Santos Domínguez

22 febrero 2016

Upton Sinclair. Entre dos mundos


Upton Sinclair.
Entre dos mundos.
Traducción de Pablo González-Nuevo.
Hoja de Lata. Gijón, 2015. 


Tras El fin del mundo, el título que inauguraba la serie Historia narradaHoja de Lata publica Entre dos mundos, que Upton Sinclair escribió a distancia suficiente de los hechos para tener perspectiva del telón de fondo panorámico en el que transcurre la peripecia de Lanny Budd.

La época de entreguerras, entre el Tratado de Versalles y el crack de Wall Street en 1929 es el periodo que abarca este novelón de casi mil páginas en el que la paz da lugar a la explosión vitalista de los felices años veinte y a la especulación con un dinero que parecía crecer en los árboles.

En aquel fin de época se estaba enterrando el mundo anterior a la Gran Guerra y se estaban poniendo los cimientos de los totalitarismos y el desastre económico.

Con el contrapunto sostenido de la acción novelesca y la crónica periodística, aquel sueño degeneró en pesadilla, en el despertar de la fiesta y en una mala resaca de la borrachera como en la canción que se evoca al final de estas páginas, cuando los nubarrones de la historia asoman ya en el horizonte: “Porque esta noche seremos felices, felices seremos / y mañana sobrios estaremos.”

Sinclair lo publicó en 1941, cuando ya había estallado la Segunda Guerra Mundial y podía preguntarse en el texto inicial: ¿Cuánto durará todo esto? No puedo precisarlo. Depende en gran medida de dos figuras públicas y bien conocidas ya: Hitler y Mussolini. ¿Qué serán capaces de hacerle a la humanidad y cómo responderá la humanidad ante dichos actos? Me resulta difícil creer que cualquiera de los dos se resigne a una muerte pacífica. Tan  solo espero sobrevivir a ambos para poder contarlo. Y, ocurra lo que ocurra, Lanny Budd estará lo suficientemente cerca como para contarlo.

Eso ocurriría al año siguiente, en Los dientes del dragón.

Santos Domínguez

20 febrero 2016

Benítez Ariza. Nosotros los de entonces



José Manuel Benítez Ariza.
Nosotros los de entonces.
(Poesía amatoria 1984 2015)
La Isla de Siltolá. Colección Arrecifes. Sevilla 2015.

"Nosotros, los de entonces, / esos desconocidos", escribe José Manuel Benítez Ariza en uno de los últimos poemas de su antología de poesía amatoria que publica La Isla de Siltolá en su colección Arrecifes.

Una antología temática que reúne a lo largo de tres décadas de poesía una parte significativa de la obra de José Manuel Benítez Ariza, que señala en su introducción que “poesía amorosa” equivale simplemente a “poesía” y que "no hay poesía amorosa que no sea elegíaca.”

Y por eso ese título nerudiano que el autor ha elegido para recoger esta selección que incorpora un libro inédito, La intemperie, hasta completar un conjunto de sesenta poemas que reflejan la persistencia del tema amoroso en la poesía de Benítez Ariza, su matizada evolución de tono, enfoque y estilo.

Entre una Canción inicial – “Amor que acaricia el cuerpo / buscando tocar el alma” y la Canción final –“en ese espacio sin gente / hay sitio para los dos”- en el centro del libro el texto que le da título  resume desde el presente la nostalgia de otro tiempo: “Hoy es domingo y llueve. / Esta lluvia me trae nostalgia de la nieve.”

Santos Domínguez

19 febrero 2016

José María Jurado. Gusanos de seda


José María Jurado García-Posada. 
Gusanos de seda.
JMJ. Badajoz, 2015.

Spiegel im Spiegel (Espejo en el espejo) es el título de una bellísima composición para piano y violín de Arvo Part que inspira uno de los poemas de este emocionante Gusanos de seda, de José María Jurado García-Posada

Esa imagen del espejo en el espejo es también una manera de resumir el núcleo de este libro sobrecogedor, tan atravesado por la muerte y por las sombras, que se lee con el corazón en un puño y con el pasmo admirativo que provoca –desde siempre, pero cada vez más- la poesía de José María Jurado. 

Entre dos fotografías –dos espejos- que anulan el tiempo con su disposición inversa, desde el presente a un pasado distante más de cuarenta años, lo que se cuenta aquí es un viaje interior por la memoria del padre y la ruta de la seda, que no es sólo la de los viajeros medievales, sino otra imagen en el espejo: el ciclo de la vida de los gusanos de seda -tan distintos de aquellos que describió el Baudelaire más macabro- que en su secuencia circular de capullos, mariposas, huevos y larvas se convierte también en cifra de la vida de los hombres. 

“Se canta lo que se pierde”, nos dejó dicho el maestro Antonio Machado, que en una de sus cimas, “Esta luz de Sevilla… Es el palacio / donde nací, con su rumor de fuente./ Mi padre, en su despacho...”— fijó la imagen joven de su padre en unos versos que hacen el milagro no sólo de parar el tiempo, sino de invertirlo ("ya vuelven de su ayer a su mañana...") y que cumplen exactamente la misma función de la última fotografía de este libro. 

Y ese tono machadiano con su luz de Sevilla, que es también la luz de la última fotografía en la que el padre levanta en brazos a su hijo, es el que recorre Águilas, 14 y su evocación de la casa familiar, la memoria de un pasado traído al presente por el milagro de la palabra:

Águilas, 14

[Sevilla]

Llueve sobre la casa de mi madre.
El agua descuartiza las paredes.
De pie, bajo la lluvia, ante el umbral contemplo
cómo pasan las sombras,
cómo pasan las sombras de las sombras,
a través de los siglos y los siglos.

Este solar,
que alguna vez fue huerta, cuadra,
horno de pan, taller de alfarería,
vio desfilar las águilas de Roma
y ya llevaba mil años habitado.
Desde aquel remotísimo fenicio
que atravesó la niebla y los pantanos
y cobijó sus sueños tras un muro
en el siglo, ¿cuál?, antes del tiempo.

En su recinto
hubo alegría y duelo;
en primavera, flores y, en el invierno, lumbre.
Engendrados y muertos en la casa
se sucedieron hombres y mujeres
bajo los alminares y los galeones
como las hojas de los árboles.

Acaso pudo dar refugio
a un soldado de Urbina
o alojar a una escuadra de dragones franceses,
y escuchó –esto es seguro-
las radiadas arengas de Queipo de Llano
(«y nadie se atrevía a asomarse a las ventanas»).

Sentados a la mesa cuatro niños
atienden a sus juegos.
Mi madre borda y canta,
junto al balcón su padre lee
y una luz cereal ilumina la estancia.
Es una tarde clara de verano.
La última. 

Pasajeros terrestres de la casa

Porque igual que a la infanta Margarita la salva Velázquez de la muerte –Pero a ti, Margarita / Velázquez te ha salvado de la muerte-, el arte sirve para hacernos la ilusión de que refutamos el tiempo, de que rescatamos de la muerte y del olvido ese coro de sombras que entona desde ningún lugar el oscuro estribillo de las pérdidas. 

¿Por qué estamos aquí? se pregunta el presente del poeta tras hacerse otra pregunta -ubi sunt?- que mira a un tiempo antiguo. Entre esos dos tiempos, los viejos arqueros de la muerte han tensado la sangre, pero el poeta mantiene viva la punta de fuego de su esperanza y aguarda la luz. 

La luz de Trafalgar, fijada para siempre en la mirada memoriosa del paisaje, la música y la pintura, en las palabras de la noche oscura de este libro, en ese viaje hacia Oriente –quizá también por eso haya aquí un naranjo chino- y hacia el origen a través de las ciudades de la memoria y del corazón: además de Sevilla, esa cervantina "Roma triunfante en ánimo y grandeza" que no ha perdido del todo su condición de centro del mundo, además de la ciudad gremial y mesetaria, monumental a cachos, un lugar que ya no tiene ni dos cines y medio, habitado desde tiempo inmemorial por fantasmas que han hecho de ella un tranquilo cementerio con calles amarillas, un café de Lisboa, una calle expresionista de Salzburgo, el mármol de la luna llena en Piazza Navona. 

Las palabras de este Gusanos de seda –que se nutre del recuerdo y la emoción, del cine y la literatura, de la pintura y la música- construyen una casa de la memoria que conjura todos los sentidos, un espacio-tiempo lleno de flores y de cuadros, de músicas y olores, de imágenes y de sonidos. 

Y de poemas memorables como Fin de curso, un texto esencial del libro, un conmovedor viaje hacia el presente del poeta adulto que mira las nieblas y las cruces o el sorprendente Let it be, camino de Emaús. 

Decía Nabokov, aquel escritor sabio en mariposas y experto ajedrecista, que la verdadera literatura se escribe y se lee con la médula. Si hubiera leído este libro, lo hubiera aportado como ejemplo. 

Porque este es un libro en el que cabe el mundo: la literatura y la música, la vida y la muerte; un libro en el que sobre todo cabe un hombre bueno y un poeta todavía mejor que lo corona con ese estallido final del último poema, que el lector sólo puede leer con el rabillo del ojo, porque quema como un bloque de hielo antártico.

Empezaba esta reseña donde quiero acabarla: evocando como una clave central la composición de Arvo Part, Espejo en el espejo, que tiene la textura tonal de los sueños, “esa borrosa patria de los muertos” de la que habló inolvidablemente Octavio Paz a propósito de sus reencuentros oníricos con el padre muerto.

Santos Domínguez

18 febrero 2016

La noche de los muertos vivientes


John Russo.
La noche de los muertos vivientes.
Traducción de Hernán Sabaté.
Prólogo de George A. Romero.
Hermida Editores. Madrid, 2016.

¿Qué podríamos aprender de los muertos si éstos tuvieran los medios para regresar a nosotros? ¿Si volvieran de la muerte? ¿Serían amigos? ¿O enemigos? ¿Podríamos enfrentarnos a ellos, nosotros que..., nosotros que jamás hemos vencido nuestro temor a afrontar la muerte?, escribe John Russo en la primera secuencia narrativa de La noche de los muertos vivientes, que edita Hermida Editores en su colección La Caja de Pandora.

Russo la publicó como novela en 1974, con prólogo de George A. Romero, que había dirigido la película seis años antes e intervenido junto con él en un guión inspirado en Soy leyenda, de Richard Matheson.

La transcendencia de la película está fuera de duda. La noche de los muertos vivientes inauguró un nuevo género, el de los zombies, cuyas secuelas más recientes llegan a The Walking Dead; elevó el nivel de una película de serie B hasta la categoría de clásico, y sobre todo actualizó el terror trasladándolo de los ambientes góticos o expresionistas europeos al presente norteamericano. 

Se pasaba así de Transilvania a Pensilvania, de la capa del vampiro al zombie en albornoz, del vuelo de los murciélagos a un fondo sonoro de grillos en el campo, alrededor de una granja abandonada donde siete personajes resisten la invasión de los muertos vivientes –esas cosas- , un ejército de resucitados caníbales que asesinan en masa y provocan primero la perplejidad y luego el caos en el tercio este del país.

Narrada con frialdad distante y rodada casi como un documental, asoma en su trasfondo -y ahora, con la perspectiva de los años se ve mejor que entonces- el panorama problemático de la sociedad estadounidense de los 60: los conflictos raciales, los cambios de modelo familiar, la prevención ante las masas o la ineficacia de la administración para proteger la seguridad de los individuos. 

Santos Domínguez

17 febrero 2016

Arriva Italia



Marcos Pereda.
Arriva Italia.
Popum Books. Santander, 2015.

“La historia del toreo – afirmaba Ortega y Gasset- está ligada a la de España, tanto que sin conocer la primera resultará imposible comprender la segunda.” Sin ir tan lejos, Jovellanos también había observado dos siglos antes el reflejo de la situación política y social de España en los espectáculos y las diversiones públicas.

De un punto de partida parecido arranca Marcos Pereda en este Arriva Italia que publica Popum Books. Subtitulado significativamente Gloria y miseria de la nación que soñó ciclismo, propone un recorrido por la historia de Italia, una historia en bicicleta, a través de su ciclismo en tres décadas del siglo XX -los treinta, los cuarenta, los cincuenta-  que fueron testigos de la estaticidad mayestática de un Coppi, de la agonía extrema de un Magni, de la grandilocuencia en la forma y en el fondo de un Bartali.

Porque, como explica su autor, este libro construye el relato de tres personas y un país que estaba contenido en ellas, que comprendía a millones como ellas. Es la historia de Gino Bartali, el Vecchio Gino, Gino el Piadoso, el hombre católico, ferviente, el que pedaleaba heroísmo, el que exudaba tenacidad. Es la historia de Fausto Coppi, la clase, la elegancia, la entrega absoluta del aficionado, el mito, la leyenda, el mártir. Es la historia de Fiorenzo Magni, el del pasado oscuro, el de los secretos a medio decir, el de las victorias tristes, el de la derrotas gozosas. 
Es, claro, y sobre todo, el relato de un país, de todo un país, que se pensó a sí mismo a partir de la bicicleta en el momento más delicado de su existencia. Es la historia de Italia en los años treinta, cuarenta y cincuenta del siglo XX. Es fascismo, es Guerra Mundial, es nazis, bombardeos, Solución Final, cuerpos en las cunetas y devastación, sí, pero también la historia de adversarios abrazándose, de actos de valentía inmensa, de lucha frente a la sombra, de pecado y redención. Es la historia de todos los italianos, de tres de ellos, de todos ellos.

Una historia que va más allá del deporte para indagar en la construcción de un imaginario patriótico a partir de tres ciclistas elevados a la categoría de héroes populares, semejantes a los que en la épica clásica o medieval se convertían en referentes simbólicos de una nación: el potente Bartali, el antifascista al que quiso rentabilizar el fascismo y del que acabó renegando Mussolini; el elegante Coppi, un personaje a medio camino entre la Iliada y la Odisea, entre Aquiles y Ulises cuando lo moviliza el ejército en la Segunda Guerra Mundial, una leyenda que acaba siendo el símbolo de la Italia de la posguerra, y Magni, un ciclista enigmático y misterioso, inteligente y tosco sobre la bicicleta, en la que llevaba ocultos mensajes de la resistencia antifascista.

Así resume su libro Marcos Pereda: 

Es una Historia en bicicleta, nada más y nada menos. 
La de un país que imagina sus campeones para no recordar sus desdichas. Que vibra con sus mitos para celebrar su vigor. 
Es la historia de Italia, del Giro, de Bianchi, de Bartali, de Legnano, de Coppi, de la Wilier, de Cottur, de Binda, de Bottecchia, de Magni, del Stelvio, del Pordoi, de los tiffosi, de Monte Cassino, de Trento, Trieste y Corvara, la de Alcide, la de los Goldenberg, y Togliatti, la de Mussolini o Skorzeny. Es la historia de Pavese y Moravia, de Buzzati y Calvino, pero también la de Pasolini, la de Visconti, la de Baricco y la de Fellini. Todas esas historias. 
Nada más que esas historias. 
Silencio. 
Arriva Italia.

Santos Domínguez

16 febrero 2016

Joan Margarit. Ensayos sobre poesía



Joan Margarit. 
Un mal poema ensucia el mundo.
Ensayos sobre poesía, 1988-2014.
Selección y prólogo de Jordi Gracia.
Arpa Editores. Barcelona, 2016.

Cantamos al propio misterio. Queda por decidir desde dónde cantar, y esa es la búsqueda que cada poeta realiza a su manera. En esto consiste el estilo, la voz propia, esa voz que hay que encontrar si se quiere ser escuchado. El lugar desde el cual yo lo intento es un lugar en el tiempo. Es el instante durante el cual se conecta el mundo con el sentimiento. El instante del fogonazo, cuando se ilumina lo que es opaco y oscuro. Intento ejercer una inteligencia sentimental a través de la poesía, a la cual no pienso que le quede más característica para identificarse respecto de la prosa que la concisión y la exactitud. Es la más exacta de las letras en el mismo sentido que las matemáticas son la más exacta de las ciencias. Y si se trata de un mal poema, ensuciará el mundo, como una bolsa de basura dejada en medio de la calle. Porque un mal poema no es neutral, sino que contribuye a ensuciar, a desordenar el mundo, igual que un buen poema contribuye de algún modo al orden y la higiene del mundo, escribe Joan Margarit en uno de los textos que forman parte de Un mal poema ensucia el mundo, una reunión de sus ensayos sobre poesía que publica la nueva editorial Arpa.

Con selección y prólogo de Jordi Gracia, se recopilan en este volumen una serie de ensayos dispersos en los que Margarit reflexiona sobre la poesía desde dos orillas, la del autor y la del lector, que  tiene más que ver -haciendo un paralelismo con la música- con el intérprete que con los que se han de limitar a escuchar un concierto. Por esto hay tan pocos lectores de poesía, y por esto son tan fieles. Los que han hecho el esfuerzo de aprender a interpretar un poema, de aprender a escuchar el orden fundamental de las palabras, han accedido a un mundo al cual difícilmente renunciarán.

Con la precisión de su prosa y a través de la lucidez de sus reflexiones sobre la escritura y la lectura, sobre el amor y la muerte, el tiempo y la memoria, la historia o la ciudad, que son también ejes fundamentales de su obra poética, se concreta en estos ensayos breves el Margarit ensayista que hay detrás de sus poemas, el que escribe que la poesía es una herramienta para gestionar el dolor y la felicidad y, sobre todo sus vertientes más domésticas, la tristeza y la alegría, una gestión de la que depende lo que se guarda de la vida pasada o que la memoria es el lugar donde he buscado mis poemas.

Son ensayos anclados en la subjetividad y en la libertad de la reflexión,  porque como señala Jordi Gracia en su prólogo –La conquista de la libertad- “sin yo y sin libertad no hay ensayo literario.” 

Provistos de “la luminosidad y hasta la contundente naturalidad” con que los caracteriza el editor y organizados en cuatro secciones,  la primera –Un viaje poético- contiene artículos, prólogos y epílogos de Margarit sobre libros propios como Joana, Cálculo de estructuras o Casa de Misericordia y sobre autores como Thomas Hardy o Gabriel Ferrater, con abundantes reflexiones y revelaciones sobre la manera de escribir sus poemas y su manera de leer los de los otros.

La segunda parte –Las razones de los poemas- reúne un conjunto de notas que utiliza el autor para presentar sus poemas más significativos en una lectura comentada, mientras que la tercera sección recoge las Nuevas cartas a un joven poeta que aparecieron en un volumen exento en 2009. Este es quizá el núcleo de la reflexión teórica de Joan Margarit sobre el fenómeno poético, la tradición y la inspiración, la poesía y el amor o la poesía y la soledad, desde la perspectiva doble y privilegiada del escritor consciente y del lector excepcional de poesía.

Finalmente, la cuarta parte –Poesía y otras ciencias- recoge cuatro conferencias que exploran las relaciones entre  la poesía y las matemáticas, la palabra y la arquitectura o el poema y el misterio.

Un conjunto de textos que iluminan la obra y resumen la poética de Joan Margarit y su concepción de la escritura -Un poema ha de decir justo lo que necesita (la mayor parte de las veces sin saberlo) su lector o lectora-  y su reivindicación del papel decisivo del lector:

Me siento encerrado, no dentro de una casa, sino dentro de cada uno de estos lectores, imprescindibles, porque los poemas no existen sin ellos. Dentro de nosotros, en el lugar donde somos más solitarios, hay unos poemas y una música cerca de una chimenea encendida que sólo se apagará con la muerte. Mientras tanto, en medio del hielo y la niebla, rodeado por la inclemencia de la intemperie, este amparo siempre nos está esperando.

Porque entender un poema es un proceso de entrada y salida de una caja negra y no hay nadie más difícil engañar que los lectores de poesía.

Santos Domínguez