17 febrero 2014

Trollope. Ojo por ojo


Anthony Trollope.
Ojo por ojo.
Traducción de Miguel Ángel Pérez Pérez.
Alianza Editorial. Madrid, 2014.

Con traducción de Miguel Ángel Pérez Pérez, responsable también de una espléndida edición de Las torres de Barchester en Cátedra, Alianza publica en su colección 13/20 Ojo por ojo, una obra de la última época del novelista inglés de la época victoriana Anthony Trollope (1815-1882).

Prolífico autor de casi cincuenta novelas, contemporáneo de Dickens, Thackeray, Wilkie Collins, George Eliot y las hermanas Brönte, de la fecundidad de su producción puede dar idea el hecho de que el mismo año que esta novela (1879) publicó otros tres títulos, aunque estaba ya en la fase final de su vida, pues moriría tres años después.

Pero esa fecundidad no se explica solo como resultado de una escritura compulsiva, sino sobre todo porque las novelas de Trollope tuvieron un enorme éxito de público, no tanto de una crítica que vio en él una máquina narrativa que construía historias superficiales sin profundizar en la sicología de los personajes ni ahondar en la complejidad de los conflictos.

Las novelas de Trollope sintonizaban con un público amplio porque reflejaban la vida cotidiana de su época con tramas sencillas y lineales que combinan el humor y la emoción. Conformista y convencional, sus personajes carecen de profundidad en el diseño de su carácter, pero su mérito fundamental radica en la capacidad de conectar con el gusto mayoritario de los lectores, a los que ofrecía lo que esperaban de una novela: un argumento poco complicado que interese al lector no por su profundidad, sino por su capacidad para emocionarle. 

Centrándonos en Ojo por ojo, una típica novela de Trollope, ni los prejuicios sociales o religiosos de la clase alta frente a una muchacha pobre de la que se enamora el protagonista provocan la más mínima reflexión crítica del narrador sobre aquella sociedad victoriana. Lo que aprovecha Trollope, lo que de verdad le interesa en esa historia es el conflicto que generan esas actitudes, su carga narrativa, en suma.

Anthony Trollope es –como explicaba Miguel Ángel Pérez en el prólogo a su edición de Las torres de Barchester- el más prolífico de los escritores victorianos. También el más desconocido en España, aunque en los últimos años a esa traducción se han sumado otras como la de El amor de un hombre de cincuenta años en Funambulista.

Su elusiva ambigüedad, su resistencia al compromiso y su cultivo de la paradoja lo convierten en un narrador sutil y en un escritor de sensibilidad casi contemporánea.

Y desde luego en un clásico menor nada despreciable, autor de uua literatura que todavía hoy tiene su público.

Santos Domínguez


15 febrero 2014

El largo invierno chino


Carlos Palacios.
El largo invierno chino.
Eutelequia. Madrid, 2013.

Milán era una ciudad laboriosa, de furgonetas y motociclos descargando constantemente mercancía delante de las puertas de los comercios. Era también silenciosa, pero de un sordo rumor maquinoso y monótono de oficina; la gente no se paraba a hablar por la calle y solo se escuchaba el ronquido de los motores y el timbre de los tranvías. Las casas y las aceras tenían un aspecto de decrepitud contenida, como esperando una lluvia torrencial que definitivamente las arruinase. Algunas veces parecía una ciudad alemana detenida en los años setenta, con edificios de cristales roñosos y acero, plagados de carteles comerciales y relojes electrónicos. Otras veces recordaba a una ciudad del Imperio Austrohúngaro, a los tiempos de Verdi y Manzoni. Tras grandes puertas de madera en forma de arco por las que en el siglo XIX habían cruzado las carrozas, se escondían amplios y graciosos patios, muchos de ellos verdaderos jardines franceses a los que se asomaban las fachadas internas de las casas, con ropa tendida y estrechas balconadas comunicantes donde los vecinos tenían que pegarse a las paredes para darse paso cuando se encontraban. De los tejados, imponentes chime-neas expulsaban de forma ínmisericorde un humo blanco que luego se compactaba en el cielo como si fuera nata.

Esa descripción de Milán, el espacio en que se desarrolla la novela, forma parte de El largo invierno chino, de Carlos Palacios, que publica Eutelequia.

Articulada sobre la perspectiva alternante entre el narrador, un profesor español en Milán –como el autor, por cierto- y John Won, limpiador en el CUBO, un edificio donde se hacinan trabajadores chinos sin permiso de residencia, es una metáfora que desborda los límites de la ciencia ficción o la novela negra para trazar un relato parabólico, desolado y crítico, del mundo actual.

Eso resume el eje temático de la novela, que se expresa en un párrafo como este:

Y así iniciamos nuestra expansión por el Viejo Continente. Ya éramos propietarios de unos bazares en los que se encontraba de todo y a precios bajísimos y ahora también de restaurantes en los que satisfacíamos la demanda de miles de europeos deseosos de imitar a los americanos. Abrimos muchísimos locales y tuvimos que llamar a numerosos compatriotas. Las autoridades nos permitían todo porque éramos necesarios. Comer en uno de nuestros restaurantes costaba una cuarta parte de lo que costaba comer en uno de los de aquí y a los altos cargos y a los empresarios les convenía mantener la ficción de que sus ciudadanos tenían capacidad económica suficiente para invitar a toda la familia. En Europa viven como en un teatro: piensan que tienen libertad para hacer lo que quieran, pero la libertad la tienen nada más que unos pocos. ¿Libertad para qué?, que se decía al principio en la Unión Soviética. La única igualdad ha sido la que tenemos en nuestras sociedades comunistas, el resto es mentira. Ahora parece que se están cansando de los restaurantes chinos y hemos sacado la moda de los restaurantes japoneses de sushi, por supuesto que gestionados por nuestros hombres; nadie nota la diferencia y todos contentos, por no hablar del beneficio extraordinario que estamos consiguiendo. Contamos con una gran ventaja que definirá el mundo futuro, Won: la lengua. Habrá ciudadanos de primera, que seremos nosotros, y ciudadanos de segunda, y no será por cuestiones económicas sino por cuestiones lingüísticas. Nuestra lengua es prácticamente imposible para los occidentales. La Academia China de la Lengua lucha cada año para hacer aún más compleja nuestra gramática y que no pueda ser entendida por nadie que no sea nativo. ¿Se da cuenta?

Porque esta novela no solo es una denuncia de la explotación de los trabajadores clandestinos chinos por las distintas redes organizadas extendidas por Europa, sino una oscura profecía apocalíptica sobre la implantación de un nuevo modelo socioeconómico que parece asumirse en las sociedades occidentales siguiendo el ejemplo chino.

Ese es el verdadero peligro amarillo con el que se nos viene amenazando desde hace décadas. Y para reflejarlo, como en los esperpentos de Valle-Inclán, Carlos Palacios adopta una perspectiva deformante y grotesca, porque una realidad como la actual solo puede reflejarse con la matemática del espejo cóncavo, con una óptica de la distorsión.

Santos Domínguez

14 febrero 2014

Tzara. El hombre aproximado


Tristan Tzara.
El hombre aproximado.
Edición bilingüe de 
Alfredo Rodríguez López-Vázquez.
Cátedra Letras Universales. Madrid, 2014.


Como “una obra capital de la poesía europea del siglo XX” define El hombre aproximado Alfredo Rodríguez en la edición bilingüe que ha traducido y prologado en Cátedra Letras Universales.

Con la publicación en 1931 de ese largo poema, Tristan Tzara culminaba un ambicioso proyecto poético iniciado en 1925 que aspiraba en sus diecinueve cantos a construir una reinterpretación contemporánea del hombre, la historia y la cultura.

Creador del dadaísmo, el más radical y efímero movimiento de vanguardia, Tzara se declaraba ya surrealista cuando publicó L’Homme approximatif, un libro que Jean Cassou saludó como “uno de los más completos testimonios de la poesía contemporánea.”

Y es que de las cenizas iconoclastas del incendio dadaísta nació el surrealismo, pese a los desencuentros de Tzara y un André Breton fascinado con los poemas dadá unos años antes de elaborar el primer Manifiesto surrealista.

Hace ahora cien años, en 1914, el adolescente rumano Samuel Rosenstock (1896-1963) terminaba el primer poema que firmaría con su nombre artístico definitivo de Tristan Tzara. Utilizaba aún la lengua rumana y estaba iniciando un camino que le llevaría pronto a convertirse en poeta francés.

Aún no había creado el dadaísmo, pero había dado ya el paso previo que le permitía superar el simbolismo, indagar en las imágenes visionarias de Rimbaud, asimilar su tonalidad poética y ensayar una poesía experimental en la línea de Apollinaire, de los collages de Laforgue, el profeta del versolibrismo francés, o practicar el simultaneísmo auspiciado por Huelsenbeck.

Con el agitado telón de fondo de la primera guerra mundial, convirtió el Cabaret Voltaire de Zurich -tan efímero como el dadaísmo, pues estuvo abierto solo seis meses- en la plataforma de lanzamiento de un ismo decisivo que fue una respuesta incendiaria y global a los sistemas sociales y culturales de la época. 

Fueron tiempos convulsos y desorientados de agitación y propaganda, de relaciones conflictivas entre un dadaísmo autodestructivo y el incipiente surrealismo que aprovechó lo mejor de sus antecesores en la construcción de un movimiento más consistente al que Tzara declaraba pertenecer, superadas las diferencias de épocas anteriores, en una declaración de adhesión total que envió a Le Journal des Poètes en diciembre de 1932, un año después de publicar El hombre aproximado, calificado por M. Raymond como la obra poética de más altura que ha producido el surrealismo.

Con un potente tono profético y una actitud radicalmente visionaria, estos poemas de ambición cosmológica hacen de Tzara un Lucrecio vanguardista en busca de las raíces ancestrales del hombre y de su conciencia cósmica.

Un Tzara que explora los límites del arte desde el abismo de la razón y las fronteras de la expresión:

las campanas doblan sin motivo y también nosotros 
los ojos de las frutas nos miran atentamente
y todos nuestros actos se controlan no hay nada escondido
el agua del arroyo tanto lavó su lecho
se lleva los hilillos de las miradas que arrastraron
al pie de las paredes en los bares lamieron vidas
incitaron a los tibios abrieron tentaciones avalaron éxtasis
cavaron a fondo antiguas variantes
y soltaron las fuentes de las lágrimas prisioneras
las fuentes sujetas a los diarios sofocos
las miradas que cogen con secas manos 
la claridad que trajo el día o la recelosa aparición
que dan la cuidadosa riqueza de la sonrisa
atornillada como una flor al ojal de la mañana
/…/
las campanas doblan sin motivo y también nosotros
nos vamos para huir del hormigueo de las carreteras
con un frasco de paisaje una enfermedad una sola
una sola enfermedad que cultivamos la muerte
sé que llevo conmigo la melodía en mí y eso no me da miedo

Santos Domínguez


12 febrero 2014

Salinger


David Shields y Shane Salerno.
Salinger.
Traducción de Javier Calvo.
Seix Barral. Barcelona, 2014.

“Esta gente no entiende que no soy uno de ellos, que en realidad no soy más que una pura infección purulenta. Me han clasificado como Tipo Inteligente y Callado con un sentido del humor mordaz de esos,”escribía Salinger a Whit Burnett, que había sido su profesor de escritura creativa en la Universidad de Columbia.

Esas palabras, que se recogen en la voluminosa biografía de Salinger que han escrito los periodistas David Shields y Shane Salerno y que publica Seix Barral con traducción de Javier Calvo, podrían resumir la postura del autor de El guardián entre el centeno ante o frente los demás, la incómoda manera de estar en el mundo de un escritor rodeado de misterio y de silencio y apartado voluntaria y tempranamente de la vida pública.

Una biografía que aspira a ser definitiva y que tras nueve años de trabajo aporta una gran cantidad de material inédito, fotografías y cartas a amigos, amantes, compañeros de armas en la Segunda Guerra Mundial y cientos de testimonios y opiniones sobre un autor de obra tan breve como decisiva  y de vida tan opaca que cuando murió en 2010 a los 91 años se había convertido en una leyenda impermeable, como señalan los autores, que añaden:

A diferencia de lo que nos han dicho, no se pasó recluido los últimos cincuenta y cinco años de su vida. Viajó mucho, tuvo muchas aventuras amorosas y amistades de toda la vida, consumió cantidades abundantes de cultura popular y a menudo encarnó muchas de las cosas que él mismo criticaba en su narrativa. Lejos de ser un ermitaño, mantuvo un diálogo constante con el mundo a fin de reafirmar la noción que éste tenía de su reclusión. Lo que él quería era privacidad, pero el silencio literario que trajo consigo su reclusión se ha llegado a asociar tanto con él como El guardián entre el centeno. Se ha hablado mucho de lo difícil que debió de ser para Salinger vivir y trabajar a la sombra del mito, lo cual es innegablemente cierto; pero nosotros mostramos que en gran medida también se dedicó a perpetuarlo.

Tres propósitos explícitos son los que orientan la investigación y el resultado de esta biografía de quien se pasó diez años escribiendo El guardián entre el centeno y el resto de su vida arrepintiéndose de haberla publicado: explicar los motivos de su silencio literario desde 1965, tras escribir una novela de la que se han vendido más de 65 millones de ejemplares en todo el mundo; entender por qué desapareció de la escena y averiguar qué escribió durante los cuarenta y cinco años que duró ese silencio.

Además de recuperar ese abundante material gráfico, literario y epistolar de Salinger el esquivo, los autores han entrevistado a más de doscientas personas que han contribuido decisivamente a la estructura polifónica de esta biografía oral y escrita en la que se ofrecen distintas aproximaciones a la figura hermética del narrador: amigos, amantes, editores, lectores, compañeros de clase o del ejército, detractores o admiradores ofrecen distintas versiones –a veces antagónicas- de una figura tan compleja que requiere esa perspectiva múltiple, no ya para entenderla sino para acercarse a ella, también a través de doce conversaciones con el novelista, que resumen –en palabras de Shields y Salerno-  una serie de encuentros que durante más de medio siglo tuvieron distintos periodistas, fotógrafos, investigadores, fans y parientes con un hombre que nunca dejó de vivir su vida como si fuera un agente del contraespionaje.

Dos claves parecen explicar todo este complicado asunto en torno al autor y su obra: la experiencia traumática del combatiente en la guerra mundial y su incorporación a la doctrina vedanta. Si la primera destruyó al hombre y creó al artista que escribió El guardián entre el centeno y Nueve cuentos, la segunda borró al artista a cambio del equilibrio psíquico que le procuró su actitud de renuncia y desapego.

La raíz de todo parece estar en el estrés postraumático que le produjo su experiencia de la guerra. Por eso la biografía arranca en las playas de Normandía el Día D, con los combates evocados por Salinger y sus compañeros, con los que conoció la realidad íntima y brutal de la guerra y su secuela de muertes y mutilaciones. Ese trauma lo intentó superar en principio con la terapia de una escritura con la que intentaba conjurar la angustia, luego con el aislamiento y con la filosofía hinduista del vedanta, que sirve como clave estructural de las cuatro partes que vertebran esta biografía, que va desde el aprendizaje del dolor a la renuncia al mundo, de quien ya de niño, como recuerda su hermana, “se estaba siempre escapando.”

La relación complicada con su padre, al que definió una vez como “un maleante”; su escaso rendimiento académico, su relación con Oona O’Neill, que se casó con Chaplin poco después de que Salinger se alistara; los inicios difíciles de su actividad literaria, el recuerdo de los combates en el bosque de Hürtgen y la nieve y los cadáveres helados de la batalla de las Ardenas, los campos de exterminio, un defecto físico, su obsesión por las chicas púberes, la polémica recepción de El guardián entre el centeno son algunas de las claves autobiográficas de una vida en las afueras que acabaría reflejando en su narrativa, tan enigmática a veces como su propia existencia, una especie de suicidio lento, como explican los autores.

Pero quizá lo más llamativo de esta obra es la información que se recoge en el último capítulo del libro, titulado Secretos, donde se aporta una relación descriptiva de los cinco libros que Salinger autorizó para que se publiquen con arreglo a un calendario póstumo previsto entre 2015, cuando se cumplan cinco años de su muerte y medio siglo de silencio, y 2020.

A estas alturas ya se han filtrado en las redes de internet tres de los cuentos inéditos que forman parte de ese proyecto ideado por el propio Salinger como parte de su estrategia huidiza.

Santos Domínguez

11 febrero 2014

Carpe noctem



 En tres colecciones –Rescatados, Ensayo y Narrativa- se organiza el incipiente catálogo de la editorial Carpe noctem, que nace con un lema: Literatura de calidad para lectores exigentes.

Con tiradas cortas a precios asequibles y versiones electrónicas que no superan los cuatro euros, han aparecido tres títulos que cumplen el propósito explícito de los editores: publicar obras de autores que exploren “las posibilidades de la ficción y del lenguaje”

Tres títulos para tres maestros de la literatura en español: Rojas Herazo –En noviembre llega el Arzobispo-, Abelardo Castillo –El que tiene sed- y un ensayo sobre Félix Grande, que definió estas dos obras como “dos de las más grandes novelas del siglo XX en lengua castellana.”

En la colección Rescatados el objetivo es recuperar obras descatalogadas, clásicos vigentes que no se han reeditado, como En noviembre llega el Arzobispo, del colombiano Rojas Herazo, maestro de García Márquez e impulsor del realismo mágico.

Una novela de dictador a la que Luis Rosales le puso un prólogo memorable que se recupera también en la edición de una obra que, en palabras del editor, contiene “una de las mejores prosas en castellano de los últimos cien años. Año arriba, año abajo.” Coetánea de Cien años de soledad, esa circunstancia probablemente perjudicó a esta novela protagonizada por el cacique Leocadio Mendieta.

La colección Narrativa tiene como objetivo la edición de textos esenciales no publicados hasta ahora en España. La inaugura Abelardo Castillo, que describió en El que tiene sed una bajada a los infiernos del alcoholismo. Con su prosa potente y cruda, es el portentoso relato de una autodestrucción a través de la figura lúcida y ebria de Esteban Espósito, de su deterioro y su vivencia de la adicción, con un enfoque distante y humorístico que evita el patetismo.

Un espléndido estudio de Pilar Cáceres sobre la poesía de Félix Grande es la primera de las entregas de la colección Ensayo. Lenguaje, memoria y trauma es el título de ese ensayo en torno a esas tres claves radicales, a las fuentes dolorosas de la memoria traumática de las que se nutren las raíces emocionales de la poesía de Félix Grande y el consuelo sanador de la lengua.

Asumiendo el doble reto de editar títulos de calidad a precios asequibles, Carpe noctem no es un proyecto irreflexivo ni una aventura de advenedizos ignorantes. Por el contrario, responde a una idea asentada en un concepto claro de los criterios de calidad  literaria, en el cuidado del catálogo y en una ambición no económica, sino cultural, de reivindicar la vigencia de unos libros en función de su excelencia, no en términos de mercado.

Descatalogados o nunca editados en España, la recuperación de estos textos es una demostración escandalosa de cómo el mercado y el canon han engendrado híbridos monstruosos de material fungible que se olvida en dos semanas.

Santos Domínguez

10 febrero 2014

Chandler. La ventana alta



Raymond Chandler.
La ventana alta.
Epílogo de Robert F. Moss.
Traducción de Juan Manuel Ibeas.
Debolsillo. Barcelona, 2014.

Fue la tercera novela de Raymond Chandler que protagonizó Philip Marlowe. La escribió en 1941, inmediatamente después de Adiós, muñeca, y alternó su redacción con la de La dama del lago.

Tras una primera versión que tituló The Brasher Doubloon y que fue rechazada por sus editores, la reescribió y le dio otro aire y otro título, el definitivo La ventana alta, que Debolsillo acaba de publicar con traducción de Juan Manuel Ibeas y un epílogo en el que Robert F. Moss relaciona esta novela con un caso real.

Y aunque no es la mejor novela de Chandler, que alcanzaría su cima en 1953 con El largo adiós, fue un paso más en la configuración del perfil definitivo de ese detective irrepetible que se llama Marlowe.

Con un ritmo rapidísimo, en 36 capítulos breves que funcionan como secuencias cinematográficas, su agilidad narrativa se refleja no solo en la acumulación de sucesos, personajes y cadáveres, sino también en la viveza de unos diálogos convincentes que perfilan cada vez más y mejor la figura de un detective duro y desengañado que se permite –ya al final de la novela- esta ridiculización del método lógico-deductivo que inauguró Poe con C. Auguste Dupin y culminó Sherlock Holmes:

Pues claro. Considerar las evidencias una a una, integrarlas todas en un patrón coherente, añadir algún que otro detalle que me saco de la manga por aquí y por allá, analizar los motivos y los personajes, y presentarlos de un modo totalmente diferente de lo que todo el mundo, incluido yo mismo, pensaba que eran hasta este momento mágico… y, por último, lanzarme en picado, como quien no quiere la cosa, sobre el sospechoso menos prometedor /…/ El cual, en ese momento, se pone pálido como un papel, echa espuma por la boca y se saca una pistola de la oreja derecha.

Frente a ese procedimiento clásico, el de Marlowe es la intuición, que se completa con su habilidad como investigador, con su astucia de francotirador algo quijotesco que se enfrenta desde el desengaño a la corrupción del poder y a una policía sobornada por los políticos.

Nada es lo que parece a primera vista en esta novela: lo que parecía un caso trivial, el hurto doméstico de una valiosa moneda antigua, no es un caso menor, sino que encubre una realidad turbia y unas complicadas relaciones familiares.

Cínico y solidario en un mundo violento y cruel, en una sociedad cuyas claves de funcionamiento son el engaño y la ambición de poder, la simulación y la codicia económica, Marlowe es ya aquí un personaje sólido con un perfil definido que el cine ayudó a consolidar.

La importancia de esta novela la resumió ejemplarmente José Ángel Barrueco con estas palabras que escribió en el viento:  "Es cierto que La ventana alta no está a la altura de su precedente, Adiós, muñeca, pero funciona porque ahí están la ironía de Marlowe, su desencanto frente al mundo, las descripciones exhaustivas y siempre precisas del narrador y, sobre todo, ese mundillo de mujeres fatales, mafiosos y detectives, con unos diálogos magistrales que uno relee con deleite. En esta ocasión, Philip Marlowe es contratado para buscar una moneda robada, lo cual es sólo el hilo de un ovillo de engaños y chantajes que tendrá que resolver."

Santos Domínguez

08 febrero 2014

Pedro Larrea. La orilla libre



Pedro Larrea.
La orilla libre.
Ilustraciones de Cristina Rodríguez García.
Ártese quien pueda. Madrid, 2013.

Cada vez que te desnudas 
la calle padece el crujir de los escaparates.

La ropa de las tiendas 
querría pasarse de moda durante tu cuerpo.

Pero déjame que no te vistas.

Escribe Pedro Larrea en uno de los textos de carácter amoroso que aparecen en La orilla libre, que publica la editorial Ártese quien pueda. 

Es el primer libro de un poeta que había dado ya algunos anticipos de textos sueltos en revistas convencionales –todo lo convencional que puede ser la poesía- y en algunos lugares del ciberespacio. 

Casi inaccesibles o con escasa difusión en uno u otro formato, es ahora cuando Pedro Larrea da una muestra amplia y heterogénea –tal vez demasiado heterogénea- de su mundo poético en seis secciones en las que conviven diversas propuestas rítmicas y estilísticas, desde el fragmento al verso libre, pasando por el soneto y sus endecasílabos disciplinados o por el arte menor asonantado.

Pero eso no es más que la piel superficial de un libro lleno de sacudidas verbales y de ímpetu visionario, de rupturas creativas con la norma, de ambición imaginativa y hallazgos expresivos.

Los textos de La orilla libre habitan un territorio poético que está muy lejos del vuelo bajo y de la prosaica trivialidad expresiva o de la ocurrencia burbujeante y sin sentido.

Porque muchos de estos poemas son el resultado de la convergencia de una mirada y una palabra que se cruzan para dar como resultado otra manera de observar y entender el mundo. 

Una propuesta que sólo puede desarrollarse en el cauce expresivo de una poesía tan frecuente en destellos como estos:

(sobre un poema de Carl Sandburg)

Puede que no haya mejor
imagen del tiempo que esta:
en un puerto, un gato y niebla.
Pero a Carl se le olvidó
aclarar que el gato era
otra cosa que la niebla
misma, y que aquella ciudad
era más vieja que el mar.
Así está bien. Un maullido
flota, un vapor ronronea.
El gato explica la niebla
como el tiempo el infinito.

Santos Domínguez

07 febrero 2014

Esther Ramón. Caza con hurones


Esther Ramón.
Caza con hurones.
Icaria. Barcelona, 2013.

Para no dormirse
con ojos de asesino
y matar conejos
con las manos del sueño,
decidió clavarse la hoja
del helecho,
acercó la sombra
de su palma extendida
a la otra sombra,
y dolía más
que el dolor.

Con esos versos elabora Esther Ramón el poema Punición, que forma parte de su Caza con hurones (Icaria).

Como esa caza con hurones, la poesía tiene mucho de cerco furtivo en busca de la presa. Y como el hurón, así también el poeta explora en las galerías subterráneas, escruta en lo oculto, escribe unos textos que bucean en lo profundo con una mirada poética en la que se funden el cazador y la presa, el sujeto y el objeto, el que mira y lo mirado.

Organizado en tres secciones que construyen una secuencia de desarrollo del sentido del texto, Caza con hurones es un libro intensamente unitario en el que Esther Ramón habla de la vida y la muerte desde la vigilia y desde el sueño, evoca el mundo real y el imaginado, la reflexión y lo inconsciente, la mirada y las revelaciones.

Cargados de elipsis evocadoras, de potencia expresiva y de capacidad de sugerencia, sus poemas inquietantes y telúricos se mueven en un territorio en el que conviven lo vivo y lo muerto, lo inerte y lo que respira oculto en el secreto de un túnel.

Caza con hurones es un libro ambicioso, a la vez claustrofóbico y aéreo, un libro lleno de sombra, pero también de luz y de agua, de espacios abiertos y cerrados, de encierro y vuelo, de estancamiento y fluencia, de temporalidad e inmovilidad:

y escarba lejanías 
donde fue mirlo
y existieron batidas
en la fronda, 
caídas del aire, 
desde abajo.


Santos Domínguez

06 febrero 2014

Cantos : & : Ucronías




Miguel Ángel Muñoz Sanjuán.
Cantos : & : Ucronías.
Calambur Poesía. Madrid, 2013.


La de Miguel Ángel Muñoz Sanjuán es una de las voces más personales y ambiciosas de la poesía española actual. Visionaria y arriesgada, alejada de cualquier canon, Cantos : & : Ucronías, que publica Calambur, es un nuevo salto sin red y hacia delante, hacia el vértigo de la palabra y la imagen, una invitación a explorar un territorio poético que, como enseñó Mallarmé, se construye con palabras, no con ideas.

Palabras que -en la frontera de lo discursivo, en las afueras de la comunicación convencional y en las antípodas del lenguaje utilitario- cuestionan los límites de la propia poesía y, como las trompetas bíblicas, rompen las murallas de la ciudad sumisa de la prosa y la costumbre con un impulso que nos cita a nuestro pesar: que nos precisa con idiomas que no comprendemos: con ojos que ya nos miraron cuando aún no éramos este ahora.

Santos Domínguez

05 febrero 2014

Isidore Ducasse. Poesías


Isidore Ducasse.
Conde de Lautréamont.
Poesías.
Traducción, prólogo y notas
de Ángel Pariente.
Renacimiento. Sevilla, 2014.

No acepto el mal. El hombre es perfecto. El alma no muere. El progreso existe. El bien es irreductible. Los anticristos, los ángeles acusadores, las penas eternas, las religiones son el producto de la duda.

Ese fragmento forma parte de las Poesías de Isidore Ducasse que Renacimiento publica en una nueva edición bilingüe corregida y aumentada con traducción, prólogo y notas de Ángel Pariente, quizá el mejor especialista español en la obra del autor Los Cantos de Maldoror, de los que hizo una espléndida traducción en Alianza.

Aunque las escribió a la vez que los Cantos o muy poco después, nada tienen que ver las Poesías con los Cantos, ni siquiera la firma. Si en estos Ducasse utilizó el seudónimo de Conde de Lautréamont, las Poesías las editó con su verdadero nombre.

Frente al frenesí demoníaco y visionario del ángel de las tinieblas que concibe los Cantos, las Poesías son una propuesta burguesa, moralista y reaccionaria; frente al ímpetu creador de la locura y el arrebato, todo es control y freno en estas Poesías que Ducasse publicó en dos fascículos en abril y junio de 1870, pocos meses antes de morir y solo un año después de Los Cantos de Maldoror y sus letales frutos amargos.

Aquellos fascículos no se distribuyeron y hasta medio siglo después no aparece, con una nota previa de André Breton, la edición completa de estas Poesías que trazan una imagen muy distinta de la del autor de los Cantos y que en sus textos equívocos –la expresión es de Ángel Pariente- revelan un radical cambio de rumbo, un arrepentimiento opaco o una enigmática contradicción que Ducasse reconoce ya en la declaración preliminar:

Sustituyo la melancolía  por el valor, la duda por la certeza, la desesperación por la esperanza, la maldad por la bondad, las lamentaciones por el deber, el escepticismo por la fe, los sofismas por la indiferencia de la calma y el orgullo por la modestia.  

Y desde luego, si Maldoror era una bajada a los infiernos de la locura y del mal, estos prosaicos fragmentos –así los llama el propio poeta- son una caída en la intensidad expresiva de aquellos Cantos de expresión desatada que hicieron de Lautréamont un profeta del superrealismo.

Nada que ver con este Ducasse antimoderno que escribe en las Poesías cosas como estas:

La melancolía y la tristeza son ya el comienzo de la duda; la duda es el comienzo de la desesperación; la desesperación es el comienzo cruel de los diferentes grados de la maldad.

La poesía no es la tempestad, ni tampoco el ciclón. Es un río fértil y majestuoso.

Algunos espíritus excesivamente inteligentes /…/ se han arrojado, irreflexivamente, en brazos del mal.

Hay más verdades que errores, más buenas cualidades que malas, más placeres que penas.
  
Un poeta debe ser más útil que ningún otro ciudadano de su tribu.

Colocad una pluma de ganso en la mano de un moralista que sea un escritor de primer orden. Será superior a los poetas.

Santos Domínguez