10 febrero 2013

Pérez Galdós. La fe nacional


Benito Pérez Galdós.
La fe nacional y otros escritos sobre España.
Edición y prólogo de José Esteban y Jesús Egido.
Breviarios de Rey Lear. Madrid, 2013.

¿Pero España es así y ha de ser siempre así? ¿Es en ella mentira la verdad, farsa la justicia, y únicos resortes el favor o el cohecho?, escribía Galdós en Vergara, uno de los Episodios nacionales en los que el novelista se acercaba a la historia reciente de aquella agitada España en crisis.

Muchos años después de aquella Paz de Vergara con la que acabó la primera guerra carlista, no han cambiado demasiado las cosas y la lectura decimonónica de Galdós sigue proyectándose sobre la España actual.

Por eso sigue siendo tan pertinente como desalentador comprobar la actualidad de sus reflexiones sobre España en La fe nacional y otros escritos sobre España que aparece en Breviarios de Rey Lear con introducción de José Esteban y Jesús Egido.

Galdós, conciencia viva de España es el título de esa introducción en la que si el sustantivo conciencia es un elogio, el adjetivo viva es una desgracia y su actualidad parece tener el perfil de una maldición histórica.

El volumen toma su título de unas palabras que Galdós pronunció en un banquete de homenaje el 9 de diciembre de 1900. En aquel momento crítico, y seguramente como consecuencia del desastre del 98, se agudizaron las viejas tensiones entre el centro y la periferia que habían estado también al fondo de las dos guerras carlistas.

Galdós lanzaba en aquellas palabras que tienen más de un siglo un mensaje optimista, porque el pesimismo –afirmaba- no es más que una forma de la pereza.

Como recuerdan los editores en la introducción, el novelista hizo siempre frente a los ataques reaccionarios y clericales que intentaron detener en el tiempo el desarrollo socioeconómico español, en defensa de intereses privados, pero cuesta trabajo suponer que hubiera mantenido ese optimismo después de un siglo más de fanatismo clerical, de dictadura y oligarquía, de injusticias y corrupciones diversas.

Santos Domínguez

09 febrero 2013

Conrad. El espejo del mar



Joseph Conrad.
El espejo del mar.
Recuerdos e impresiones.
Edición y traducción de Javier Marías.
Prólogo de Juan Benet.
Debolsillo. Barcelona, 2012.

Aunque poco conocido, El espejo del mar es desde hace tiempo un libro de culto para iniciados en Conrad. El mejor de los suyos en opinión de algunos de sus más prestigiosos lectores. Por eso, a instancias de Juan Benet, Javier Marías hizo con ella una de sus mejores y más difíciles traducciones en una edición que publicó Hiperión.
“Contra el aprovechado y explotador gremio de los editores en general /.../ y contra uno de éstos en particular, nítido ejemplo de aprovechamiento y explotación,” Marías revisó en 2004 para una edición ilustrada en Reino de Redonda la traducción  del “libro que más trabajo le dio en su vida y le supuso más dificultades -pero quizá también más íntimos orgullo y satisfacción.” Una de las razones era “el inalterado e inconmovible entusiasmo del traductor por dicho libro.”

Aunque sin el material gráfico de la edición de Reino de Redonda, esa es la versión que publica Debolsillo, con el prólogo de Juan Benet, que compartía su entusiasmo con el editor y explicaba que en este libro “no hay una sola página de estilo menor, no hay un solo personaje o frase de reputación dudosa, nadie viene de fuera con voz propia. Todo el libro es Conrad cien por cien, y, además, el mejor Conrad, el que sabía dibujar un hecho del mar con la más perfecta forma literaria, y el que sabía ilustrar un acontecimiento narrativo con la más acertada imagen marinera.”

Son catorce textos escritos “como si le hablara a un viejo amigo" por un marinero en tierra como desahogo mientras componía Nostromo, una de sus novelas más trabajadas e intensas. Catorce capítulos que completan una narración autobiográfica sobre su relación con el mar y los veleros, una experiencia fundamental en la vida y la obra de Conrad.

El espejo del mar constituye –escribía Conrad en 1919- el mejor homenaje que mi piedad puede rendir a los configuradores últimos de mi carácter, de mis convicciones, y en cierto sentido de mi destino: al mar imperecedero, a los barcos que ya no existen y a los hombres sencillos cuyo tiempo ya ha pasado.
Santos Domínguez

08 febrero 2013

Shakespeare. Poesía completa



William Shakespeare.
Obra completa V.
Poesías.
Edición de Andreu Jaume.
Traducciones de Andrés Ehrenhaus y Andreu Jaume.
Debolsillo. Barcelona, 2013.


Antes que por su obra dramática, Shakespeare sería popularmente conocido como poeta lírico, la condición en que aún, según los cánones isabelinos, se cifraban el prestigio y la legitimidad de un autor, escribe Andreu Jaume en el texto introductorio que abre la edición de la poesía de Shakespeare, un volumen con el que se completa la publicación de su obra en  Debolsillo.

Escritos la mayoria de ellos en los años en que las plagas de peste mantenían cerrados los teatros de Londres, el primero de ellos, el narrativo Venus y Adonis (1593), fue el poema largo más vendido en la época isabelina y plantea una síntesis del amor cortés en el que confluyen la tradición clásica de Ovidio, la herencia medieval de los trovadores provenzales y la sensibilidad prerrenacentista de Petrarca, a las que se añade la marca de Marlowe, tan decisiva también en su teatro.

Un año después apareció La violación de Lucrecia, un poema dramático de casi dos mil versos construidos con la gravedad y la altura del lenguaje trágico para tratar un episodio de violencia desatada que clausuró la monarquía romana.

Los Sonetos, que se publicaron en 1609 y que entonces pasaron casi desapercibidos, son hoy, tras cuatro siglos de controversias y enigmas, la parte más viva y conocida de la poesía de Shakespeare. Ciento cincuenta y cuatro textos de una belleza turbulenta que siguen, después de tanto tiempo, tan desafiantes y tan resistentes al asedio crítico como el primer día.

Como todos los clásicos verdaderos, los sonetos son el mapa de un terreno minado, de un territorio propicio a la conjetura. Todo es aquí indicio e incertidumbre: desde la dedicatoria de la primera edición a un misterioso Mr. W. H. a la ambigüedad sexual a la que alude la voz lírica que habla en ellos, alusiva y elusiva, de secretas complicidades y connotaciones.

Amor y temporalidad, espiritualidad y grosería, y una variedad de tonos que van de lo retórico a lo coloquial conviven en estos textos que provocan constantes perplejidades en torno a un triángulo amoroso rodeado de misterio.

Los 126 primeros sonetos se dirigen a un desconocido y opaco Fair Youth, un amor platónico del que no sabemos nada, salvo que ese muchacho responde al ideal de belleza femenina inaccesible del petrarquismo, al que compara en el delicado soneto 18 con un día de verano:

Shall I compare thee to a summer's day?
Thou art more lovely and more temperate:
Rough winds do shake the darling buds of May,
And summer's lease hath all too short a date.

Como ignoramos todo acerca de la Dark Lady, la dama oscura que inspira los textos numerados entre el 127 y el 152 -los que describen una sexualidad explícita- o los que aluden al Rival Poet (¿Marlowe?, ¿Chapman?, ¿ninguno de los dos?).

No es raro, pues, que estos sonetos hayan provocado una diversidad de enfoques que van desde el estructuralismo a la crítica biográfica o psicoanalítica, pasando por la social o la feminista, sin que ninguna de esas direcciones los explique en todos sus matices inabarcables y elípticos.

Rodeados de misterio desde su misma composición, los sonetos son probablemente, como nos recordaba Wordsworth, la llave con la que Shakespeare nos abre su corazón. Pero la enigmática dedicatoria, la ambigüedad sexual o el pansexualismo declarado de muchos de los dedicados a un hermoso joven, la dama oscura y secreta a la que se dirigen otros, su tono a veces intimista y a menudo escabroso, han contribuido a aumentar el misterio que rodea la vida de Shakespeare y sus relaciones amorosas.

O han sido la base de las lecturas más mojigatas que defienden la impersonalidad de estos textos, la ausencia de alusiones biográficas, la idea en definitiva del personaje poético, del Speaker poet.

¿Dónde encontrar a Shakespeare en Shakespeare?, se preguntaba Bloom antes de descartar en los sonetos el material autobiográfico, antes de decirnos que habría que ser el mismísimo diablo para encontrarlo ahí.

Se enfoquen de una manera o de otra, los sonetos son la narración de dos fracasos tras dos historias amorosas (el amigo y la mujer morena) que se abordan en su proceso y en su desarrollo. Hay más cosas en los sonetos, claro: las rivalidades amorosas se confunden con las poéticas y hay un refinamiento amoroso que va más allá del petrarquismo, además de un envidiable equilibrio, tan inglés, entre sentimiento y pensamiento.

Nunca acabaremos de descifrar estos textos, escribió Borges. Los sonetos de Shakespeare siguen habitando el territorio secreto de la conjetura: desde el significado de las siglas W. H. de la dedicatoria hasta la identidad del hermoso joven (el ambiguo master-mistress), de la dama oscura o el poeta rival que aparecen en ellos, pasando por los dobles sentidos y los juegos de palabras, por la mezcla de platonismo y sexualidad, de refinamiento y crudeza que los recorre.

El Lamento de una amante, editado desde el principio junto a los Sonetos, ha quedado oscurecido por la sombra que esos textos mayores han proyectado sobre un poema largo pero indudablemente menor y desacreditado sobre cuya autoría ha llegado a dudar una parte de la crítica.

Cierra el volumen El fénix y el tórtolo, un enigmático poema de 1601, de evidente sentido alegórico. Texto hermético en clave, juego privado o broma para iniciados es, en palabras de su traductor Andreu Jaume, “un poema extraordinariamente hipnótico, de lectura inagotable” y un antecedente de la poesía de John Donne y los metafísicos ingleses que impusieron su código poético a lo largo de ese siglo que acababa de iniciarse cuando se publicó este El fénix y el tórtolo, que Jaume Andreu define como “el álgebra de toda su obra.”

Salvo la traducción de los Sonetos y el Lamento, que recuperan la versión que apareció en Galaxia Gutenberg en 2009, las traducciones de Andrés Ehrenhaus y Andreu Jaume son nuevas e inéditas y se han realizado expresamente para la edición de este quinto volumen que completa una colección que se ha convertido ya en una referencia imprescindible para los lectores de Shakespeare en español.

Santos Domínguez

07 febrero 2013

La conjura de los necios


John Kennedy Toole.
La conjura de los necios.   
Traducción de J.M. Álvarez Flórez y Ángela Pérez.
Anagrama. Otra vuelta de tuerca. Barcelona, 2013.


Cuando en el mundo aparece un verdadero genio, puede identificársele por este signo: todos los necios se conjuran contra él.

De esa cita de Jonathan Swift toma su título una de las novelas más leídas del siglo XX. Medio siglo después de terminada y cuando acaban de cumplirse treinta años de la primera edición en español, Anagrama recupera, con la espléndida traducción de J.M. Álvarez Flórez y Ángela Pérez, La conjura de los necios, de John Kennedy Toole (1937-1969), que se suicidó doce años antes de que la obra se editara en la Universidad de Louisiana gracias a la insistencia de su madre.

Ignatius J. Reilly, una explosiva mezcla de Bart Simpson, Falstaff y Torrente, es el eje de una novela de personaje, tradicional en la técnica, en la forma y en la estructura, pero extraordinariamente renovadora en su manera de enfocar la realidad y en su mezcla de humor y amargura, de crítica y sarcasmo.

Ácida y corrosiva, ambientada en la Nueva Orleans -la desvergonzada capital del vicio del mundo civilizado /.../ famosa por sus jugadores, prostitutas, exhibicionistas, anticristos, alcohólicos, sodomitas, drogadictos, fetichistas, onanistas, pornógrafos, estafadores, mujerzuelas, por la gente que tira la basura a la calle, por sus lesbianas...- en la que nació y donde transcurrió la mayor parte de la vida del autor, no es difícil rastrear en la novela las huellas de una existencia descabalada, excéntrica y problemática.

Kennedy Toole proyectó en La conjura de los necios sus frustraciones y sus paranoias, sus problemas con el alcohol y su relación con una madre castrante y sobreprotectora, la soledad de su homosexualidad reprimida y sus neurosis, su aislamiento y su sobrepeso en una autoricaricatura antiheroica a la que llamó Ignatius J. Reilly.

Y de ese cóctel inflamable surgió una novela irrepetible que provoca tanto la hilaridad como la tristeza en los millones de lectores que ha tenido la novela desde su publicación en 1980.

Pero no solo el protagonista –“una especie de Oliver Hardy delirante, Don Quijote adiposo y Tomás de Aquino perverso, fundidos en uno”, como señala Walker Percy en su prólogo– entra en el elenco de personajes inolvidables que pueblan La conjura de los necios.

Burma Jones, el portero negro del cabaret Noche de alegría, de Lana Lee, donde trabaja la stripper Darlene con su inseparable cacatúa; el inútil patrullero Mancuso; Myrna Minkoff, la amiga revolucionaria de Ignatius, con quien mantiene una grotesca relación epistolar; la injubilable Miss Trixie, octogenaria furiosa con la dentadura postiza bailona; la insoportable señora Reilly, madre de Ignatius, con arturitis en el codo y adicta al moscatel, o Dorian Greene, el lánguido activista gay, son algunos de los secundarios que forman el puzzle de una narración delirante y vertiginosa en la que resuenan los ecos de Swift y de Cervantes, de Rabelais y de Dickens.

En un mundo al que le faltan geometría y teología, Ignatius es un inadaptado que se niega a «mirar hacia arriba». El optimismo me da náuseas. Es perverso. La posición propia del hombre en el universo, desde la Caída, ha sido la de la miseria y el dolor.

Santos Domínguez

06 febrero 2013

La filosofía poética de Antonio Machado


 José María García Castro.
La filosofía poética de Antonio Machado.
Biblioteca de Ensayo Siruela. Madrid, 2013.


En Antonio Machado no se debe, no se puede separar el pensador y el poeta. En este libro hemos querido ofrecer al lector una síntesis del pensamiento machadiano que denominamos «filosofía poética» porque, para Antonio Machado, la filosofía es poética o no es, escribe José María García Castro en la introducción de La filosofía poética de Antonio Machado, que acaba de aparecer en la Biblioteca de Ensayo Siruela.

Este es el planteamiento de un libro que tiene su origen en la tesis doctoral de su autor y que propone un recorrido meticuloso por las claves del pensamiento poético machadiano, por la constante y cada vez más intensa reflexión del poeta sobre la materia y la forma poéticas y sobre el trasfondo filosófico de la creación literaria.

Porque la conciencia poética y la reflexión teórica recorren los textos machadianos desde las primeras notas de Los complementarios, que empezó a escribir recién llegado a Baeza en 1912. Allí es donde Machado empieza a anotar sus primeras reflexiones filosóficas, que articulará de manera sistemática en el Cancionero apócrifo de Abel Martín y en las distintas fases de elaboración de su Juan de Mairena.

Complementarios y apócrifos, en ellos proyectará Machado su ironía como método socrático de aproximación a la verdad, su asimilación de Leibniz, Spinoza y Heidegger, de Bergson o Nieztsche.

Teoría poética e ideario filosófico van siempre de la mano en Machado, especialmente a partir de Nuevas canciones, un libro en el que la voz lírica del poeta deja paso a la reflexión sobre la literatura, la sociedad, la identidad o el conocimiento.

García Castro hace en este volumen un análisis de las claves del pensamiento machadiano a través de su lógica poética, de la necesidad del diálogo con el otro o de la suma de razón y sentimiento como instrumentos gnoseológicos de su teoría y su práctica poéticas, que se construyen sobre las ruinas del positivismo y el racionalismo.

Porque, decía Machado a través de Mairena, todo poeta supone una metafísica y sobre esa vinculación entre el poeta y el filósofo, sobre el paralelismo de esas dos actividades, añadía  esto: Los grandes poetas son metafísicos fracasados y los grandes filósofos son poetas que creen en la realidad de sus poemas.

A partir de la crítica del conceptualismo, del simbolismo y el esteticismo, Machado defiende dos ideas básicas que están en la raíz de su literatura: la poesía como palabra en el tiempo y como método de revelación del ser a la conciencia.

Esa conciencia poética de Machado, cada vez más sólida, elaboró una teoría de la escritura y del conocimiento que su autor fue perfilando y matizando a lo largo de un cuarto de siglo, con los complementarios, Abel Martín y Juan de Mairena como cauces y voces de una reflexión sostenida del poeta que se resume en este documentado estudio de García Castro.

Santos Domínguez

05 febrero 2013

Henry James. Novelistas



Henry James.
Novelistas.
Traducción de Amelia Pérez de Villar.
Páginas de Espuma. Madrid, 2012.

El efecto- por no decir la principal obligación- de la crítica es que nuestra asimilación y disfrute de lo que alimenta nuestro intelecto sea lo más consciente posible, escribe Henry James en La nueva novela, uno de sus ensayos críticos fundamentales.

Henry James es uno de los iniciadores de una fecunda estirpe de críticos y escritores anglosajones que hicieron compatible la perspicacia de sus análisis con la brillantez de su principal actividad creativa.

A esa tradición crítica, bien alejada de aquella otra formada por escritores frustrados que tan bien conocemos aquí, pertenecen nombres tan fundamentales como T. S. Eliot, W. H. Auden y, entre nosotros, Clarín, Salinas, Cernuda o Gil de Biedma.

Una parte significativa de la obra crítica de Henry James acaba de aparecer en la colección Voces/Ensayo de Páginas de Espuma con traducción de Amelia Pérez de Villar.

Novelistas es un volumen que se publicó en 1914 con quince ensayos críticos de diverso calado sobre autores imprescindibles como Stevenson, Zola, Flaubert o Balzac, maestros indiscutibles de la novela del siglo XIX, y sobre otros nombres menores como los de George Sand, a la que admiró mucho y le dedicó abundantes páginas, D’Annunzio o Dumas hijo.

Desde el reconocimiento de su deuda con un autor tan radicalmente alejado del mundo jamesiano como Stevenson -que nunca borró sus huellas, y esas huellas han resultado ser, seguramente, nuestro mejor compañero. Las hemos seguido hasta aquí, de año en año, de estadio en estadio, con la misma sensación de encantamiento con la que él nos hizo seguir a algún héroe acorralado entre el brezo- hasta el estilo impredecible y despreocupado de la señora Oliphant, autora de muchos centenares de obras en las que la habilidad sustituye al arte, James pasa revista a la fuerza arrolladora del naturalismo en Zola, declara su  admiración por Flaubert, que hace compatibles el Romanticismo y el Realismo, o destaca la capacidad de Balzac para reflejar en sus novelas la densidad compleja de la realidad.

Desde el entusiasta ensayo que abre el libro con una efusiva semblanza personal de Stevenson y un espléndido análisis de su mundo narrativo y su correspondencia, hasta el imprescindible y a veces polémico La nueva novela, la conciencia de la técnica narrativa, el conocimiento de los resortes del relato y la inteligencia de Henry James recorren las páginas de un volumen fundamental para conocer la teoría y la práctica de la novela desde dentro, a través de uno de los escritores más lúcidos y decisivos en la transición de la novela decimonónica a la novela contemporánea.

Santos Domínguez

04 febrero 2013

Juan Ramón Jiménez. Idilios


Juan Ramón Jiménez.
Idilios.
Edición de Rocío Fernández Berrocal.
Prólogo de Antonio Colinas
La Isla de Siltolá. Sevilla, 2013.

Juan Ramón se vació en su obra («¡Cómo soy yo mi 'obra'; cómo me voy quedando sin mí, de darme a ella!») y con ello trajo la modernidad a la poesía española, la necesaria lucidez y la nueva sensibilidad. Un buen poeta contiene en sí la tradición, toda la historia de la literatura, y la supera. En las obras de JRJ posteriores a 1910 se da el verdadero temblor del verso maduro, la medida exacta del ritmo, la hondura de la conciencia, el anhelo de la «trasparencia», la revelación del horizonte de la pureza. En su actitud, su manera de ser y estar, su ejemplo, su fe en la palabra, su afán inquebrantables y ejemplares de orfebre absoluto entregado a la belleza, en ella, en su Obra, se nos devuelve pleno, porque, como afirmó, es la poesía, son los poetas los que logran extraer «el tesoro de la inmensidad y dejarlo en la eternidad», los que viven entre nosotros siempre «resucitados».

Con esas palabras y su admirable suma de lucidez crítica y sensibilidad lectora termina Rocío Fernández Berrocal la espléndida introducción que ha escrito para su edición de Idilios en La Isla de Siltolá.

Una introducción que apremia al lector a entrar en este libro que Juan Ramón Jiménez escribió en un momento crucial de su vida y su obra, entre Moguer y Madrid.

Del total de 98 poemas -uno ilegible- en los que se organizan sus dos partes –Idilios clásicos, Idilios románticos- treinta y ocho permanecían inéditos, por lo que Idilios, uno de los libros amarillos de Moguer, era un semiinédito que se publica por primera vez cuando se cumple un siglo de su composición.

Juan Ramón lo escribió entre 1912 y 1913, lo revisó y añadió nuevos textos en los años siguientes, fiel a su concepción de la obra en marcha, y volvió de nuevo a él en sus años de Puerto Rico para dejar preparada en una carpeta de la sala Zenobia - Juan Ramón la portada, la dedicatoria y la relación de textos que debían formar parte del libro, aunque sus poemas estaban desperdigados en Puerto Rico, Madrid y Moguer y la profesora Fernández Berrocal ha tenido que rastrearlos para recomponer el libro.

Como explica la editora en la introducción, Idilios es un libro central en la trayectoria de Juan Ramón, porque es una de las cimas que coronan su época sensitiva y se proyecta hacia la depuración de la época intelectual que iría asociada no solo a la evolución interior de su obra, sino a la presencia decisiva de Zenobia, que está ya en los poemas finales de este libro y que sería el eje del Diario de un poeta recién casado. Es la llama doble en la que arde el poeta incendiado –así lo calificaba Zenobia- por la llama de la poesía y la del amor.

Esa centralidad de encrucijada se aprecia incluso en el interior del libro, porque la primera parte recuerda aún a la melancolía decadente y a la sentimentalidad ensimismada, más literaria que real, de Arias tristes o Jardines lejanos, de Elegías o de Pastorales.

La de los Idilios clásicos es aún una sentimentalidad intransitiva ambientada en jardines lejanos, poblada por fantasmales presencias nocturnas, por siluetas femeninas entrevistas bajo la luna o por mujeres vespertinas sin nombre y sin verdad. Frente a ese ensueño irreal, aparece al final de los Idilios románticos la mujer real -Zenobia- que llega a Juan Ramón por no sé qué caminos conocidos y que provoca no solo un cambio de actitud ante la realidad, sino un nuevo enfoque del estilo y sobre todo un decisivo –para él y para la poesía española- cambio de tono, tan influyente como el que dos décadas antes había iniciado Rubén Darío.

Y ahí es decisivo el paso de una poesía nostálgica que mira al pasado a una poesía del presente: Al encontrarte, Amor, hallé el Idilio ...

Idilios es por eso un libro de encrucijada, un cruce de la voz personal y el sentido universalista que destaca Antonio Colinas en su prólogo, La palabra en los límites. Obra de encrucijada y límites, texto fronterizo entre sentimiento y pensamiento y camino de desnudez, a esa síntesis parece aludir Juan Ramón al referirse a estos Idilios con tres notas: brevedad, gracia y espiritualidad.

Un ejemplo: el cierre del último, espléndido poema, uno de los 22 inéditos de la segunda parte:

En sueños, oigo el agua
correr, correr, correr.
                                       La sueño.
Y entonces ella me ve a mí 
corriendo, cada noche, muerto...

Ninguna edición de lujo, nada de príncipes, ni de ediciones de filólogos. Cada libro, sin notas, en la edición más clara y sencilla. La perfección formal del libro. El libro no es cosa de lujo… Eso para los que no leen. Material escelente, seriedad y sobriedad era lo que deseaba Juan Ramón para sus libros.

Por ejemplo una edición como esta, enriquecida con la biografía del libro y la lectura con la que la editora fija su centralidad en la obra juanramoniana.

Santos Domínguez


03 febrero 2013

Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero

Álvaro Mutis.
Empresas y tribulaciones
de Maqroll el Gaviero.
Debolsillo. Barcelona, 2012

Uno de los conjuntos novelísticos más ambiciosos y brillantes de la literatura contemporánea en español. Un recorrido completo y tortuoso por puertos y peligros de la mano de Álvaro Mutis y Maqroll el Gaviero.

Debolsillo reúne en un estuche con dos tomos las siete novelas que resumen las aventuras y errancias de un personaje inolvidable: La Nieve del Almirante, Ilona llega con la lluvia, Un bel morir, La última escala del Tramp Steamer, Amirbar, Abdul Bashur, soñador de navíos y Tríptico de mar y tierra. La edición se cierra con un epílogo de García Márquez (Mi amigo Mutis), un texto escrito sólo para decirle con todo el corazón, cuánto lo admiramos, carajo, y cuánto lo queremos.

Santos Domínguez

02 febrero 2013

Cormac McCarthy. Trilogía de la frontera




Cormac McCarthy.
Trilogía de la frontera.
Traducciones de
Pilar Giralt y Luis Murillo.
Debolsillo. Barcelona, 2012.

Con traducciones de Pilar Giralt (Todos los hermosos caballos) y Luis Murillo (En la frontera y Ciudades de la llanura), Debolsillo reúne en una cuidada edición en un estuche tres novelas imprescindibles, que forman la Trilogía de la frontera de Cormac McCarthy, junto a Don DeLillo y Philip Roth uno de los grandes del último medio siglo en la novela norteamericana.

Anteriores a No es país para viejos y La carretera, estas tres novelas construyen la épica degradada del sur en la frontera entre Texas y México a través de dos antihéroes, John Grady Cole y Billy Parham, a mediados del siglo XX.

Bajo la mirada dura y cinematográfica de McCarthy, con la prosa cortante y fría de un narrador sólido, esta trilogía cuenta un viaje de formación y unas historias crepusculares, muestra la soledad de las existencias errantes de los protagonistas en unas formas de vida que tienen los días contados en un mundo en extinción.


Esos jinetes que cabalgan interminablemente sobre su desarraigo forman parte de una época que se acaba, de modo que la frontera del título no es solo una referencia espacial a un Sur que ya no existe, sino también a un tiempo que se acaba sobre el telón de fondo del paisaje hostil del desierto mejicano.

Santos Domínguez


01 febrero 2013

Rilke en Ronda


Rainer Maria Rilke.
En Ronda.
Cartas y poemas.
Prólogo de Anthony Stephens.
Traducción de Mariano Peyrou, 
Juan Andrés García Román y Manuel Arranz. 
Pre-Textos. Valencia, 2012.

Ronda tiene mucho que ofrecerme, /.../ es el lugar justo para quedarme una temporada, escribía Rilke el 18 de diciembre de 1912 en una carta a su amiga Sidonie Nádherny.

El poeta había llegado a Ronda en diciembre de 1912 y se quedaría en el Hotel Reina Victoria hasta febrero de 1913.

Era aquel un momento crucial en la trayectoria vital y poética de Rilke, en quien vida y poesía son tan ejemplarmente inseparables como en Juan Ramón Jiménez. No hacía mucho que había iniciado la que Antonio Pau, sin duda el mejor especialista en Rilke en España, llama su etapa cósmica, que aspira a fundir lo interior y lo exterior, a expresar la unidad de lo visible y lo invisible, a encontrar en el interior del poeta el espacio interior del mundo.

Había llegado a la ciudad casi por casualidad, después de la experiencia intensa en un Toledo atravesado por el recuerdo de El Greco, de pasar por el milagro de Córdoba y de tener una mala experiencia de Sevilla, extrañamente desagradable, como escribe en una de las cartas de este espléndido volumen que reúne los textos que escribió en Ronda y que publica Pre-Textos, en coedición con la Real Maestranza de Caballería de Ronda, en su colección Textos y Pretextos.

Ronda fue para Rilke una sorpresa y un descubrimiento, como destaca en su prólogo Anthony Stephens. En aquella ciudad, antigua, extraña y asombrosa, llegó al límite de la crisis poética que se había desencadenado tras escribir las dos primeras Elegías de Duino a principios de 1912.

Aquella angustia creativa, complicada con una aguda crisis religiosa que experimentó después de estar en Córdoba, lo puso al borde del suicidio, aunque finalmente recuperó su voz en unos días de enero de 1913 en los que escribió febrilmente algunos poemas fundamentales en su obra: La trilogía española, Al ángel y parte de lo que sería la Sexta elegía de Duino.

Completa el volumen un espléndido Álbum de Ronda con imágenes que justifican el impacto que produjo en Rilke aquella ciudad. Las cartas que escribió en Ronda reflejan la impresión imborrable que le dejó un paisaje que inmortalizó con la figura de un ángel nocturno dibujado sobre un alto fondo de estrellas:

Alzado candelabro, rotundo sobre el límite y sereno...

Santos Domínguez