04 abril 2011

Historia de la literatura española.1939-2010


Jordi Gracia y Domingo Ródenas.
Historia de la literatura española.

7. Derrota y restitución de la modernidad 1939-2010.

Crítica. Barcelona, 2011.

Derrota y restitución de la modernidad han titulado Jordi Gracia y Domingo Ródenas el séptimo volumen de la Historia de la literatura española que viene publicando la editorial Crítica bajo la dirección de José-Carlos Mainer.

En un voluminoso tomo de mil doscientas páginas, articulado en los tres apartados comunes a todo el proyecto (Historia y sistema literario, Autores y obras y Textos de apoyo), Jordi Gracia y Domingo Ródenas integran en una visión de conjunto los últimos setenta años de cultura y literatura en España. En esa perspectiva nueva, que toma como referente la desvinculación de la modernidad y la pérdida de la sintonía europea con el modelo nacional católico del primer franquismo y su restitución con la democracia en un largo proceso que tiene sus tres ejes cronológicos en 1939, 1959 y 1986, radica una de las aportaciones que justifican un libro tan ambicioso y lleno de iluminaciones como este.

Esas tres fechas no son más que referencias simbólicas, pero en todo caso permiten contemplar la literatura contemporánea bajo una nueva luz que al ampliar el campo pone en evidencia que entre 1939 -la fecha que abre un abismo con la tradición inmediata y supone la ruptura con los procesos culturales y literarios de la modernidad- y 1986, en que se recupera el vínculo con Europa, hay un lento trayecto que tiene su raíz en torno a 1959, un año crucial en el que coinciden una serie de hechos políticos y culturales que abren un largo proceso hacia la normalización y la modernidad literaria. Eso explica el papel central del grupo del medio siglo, cuyos miembros tendieron puentes sobre el abismo de la continuidad cultural perdida, sentaron las bases de la recuperación de los vínculos perdidos con el 27 o con la literatura europea o americana y revitalizaron decisivamente la poesía, la narrativa y el teatro.

Como en el resto de los volúmenes de esta renovadora Historia de la literatura española, se relacionan textos y contextos, literatura e historia, autores y obras en torno a tres momentos: la posguerra, la restitución de la modernidad y la posmodernidad. Desde el plomo de una posguerra que tuvo que levantar su literatura en el vacío o entre ruinas y reinventar una tradición perdida con los mimbres de la escritura falangista, la literatura social y el neorrealismo objetivista, hasta la restitución de la modernidad y la reinserción de autores, obras y poéticas en la tradición occidental contemporánea.

Cincuenta años antes de aquel simbólico 1986 en que culminaba el proceso de reincorporación a la contemporaneidad, la guerra civil había abierto un abismo con Europa y con la España progresista de los años veinte y treinta. Tuvo que pasar casi un cuarto de siglo desde 1936 para que en 1959 se reconstruyeran los puentes que llevaban a Colliure y a Machado, o a Juan Ramón y Ortega o a Cernuda y Lorca. Y muy poco después, aunque parecía que había pasado un siglo, en torno a 1968, se empezaron a ver los frutos visibles de aquella puesta al día con la novela de Benet, con la asimilación fructífera del boom latinoamericano, con la poesía novísima, el teatro experimental o el ensayo.

Lo destacan así Gracia y Ródenas en la introducción: Es difícil escapar a la impresión de laboratorio cultural democrático que produce la etapa que pivota alrededor de 1968 y sus irradiaciones. En esos años coinciden un puñado de obras que constituyen marcas de calidad literaria indisputables pero son también el registro sordo de otro mundo intelectual cuyas razones estéticas están vinculadas a razones de carácter ético, civil y hasta político. Varios vencedores publican en esos años obras que desactivan toda euforia de victoria; y eso vale para Cinco horas con Mario, de Miguel Delibes,y desde luego también para el Camilo José Cela de San Camilo 36. Pero lo que respira con una mirada autocrítica y cruda sobre la España nacida de la guerra son otras obras de escritores en su primera madurez: Volverás a Región de Juan Benet, Señas de identidad de Juan Goytisolo o Últimas tardes con Teresa de Juan Marsé son predicados literarios que esperan no un público con la cobardía aterida de la primera posguerra sino más bien miradas llenas de coraje, más lúcidas y ambiciosas sobre las exigencias del arte moderno, menos hipotecadas por la historia pasada. Es un público quizá muy joven, lectores de veintitantos años, como el que buscan Pere Gimferrer en 1966 con su Arde el mar, José María Guelbenzu con El mercurio en 1968 o Manuel Vázquez Montalbán con su Manifiesto subnormal en 1969. Pero todos esos nombres —y su público— son asimismo activos seguidores de una sorpresa con valor de revelación y salto estético de futuro: la irrupción refrescante de la obra literaria en lengua española de otros jóvenes nacidos en Perú o Argentina, Colombia o Cuba. Mario Vargas Llosa escribe Conversación en La Catedral, Julio Cortázar ha publicado Rayuela, Gabriel García Márquez deslumbra a todas las audiencias con sus Cien años de soledad o Guillermo Cabrera Infante encandila a las élites literarias con sus Tres tristes tigres. En la literatura española ya nada va a ser igual desde esa felicísima convergencia con las letras hispanoamericanas, no lo van a ser los nuevos escritores ni tampoco los nuevos lectores. Los cambios son de fondo porque son de forma, y el franquismo como hábitat cultural recibe la puntilla que acaba con lo que era ya un moribundo desde casi cualquier punto de vista, excepto el político y el del aparato represivo.

Y de ahí a la posmodernidad en la que las nuevas condiciones sociopolíticas de la democracia generan un nuevo público, un nuevo panorama editorial y nuevos formatos en los que confluyen al menos tres grupos generacionales sobre el fondo de la dispersión estética del último fin de siglo. En la espléndida parte central, Gracia y Ródenas analizan con perspectiva diacrónica y con rigor sincrónico la obra cerrada o en marcha de los autores más significativos de este periodo. De Cela a Vila-Matas, de Rosales a García Montero, de Buero Vallejo a Alonso de Santos, nombres como Martín Santos, Valente, Benet, Nieva, Gil de Biedma, Marsé o Gamoneda van abriendo el camino a nombres actuales como González Iglesias, Javier Marías, Muñoz Molina o Javier Cercas.

Esa tarea de integración en una visión de conjunto justifica, como aclaran los responsables del volumen, que la organización interna de las partes y los capítulos haya aspirado a pautar no tanto los relevos generacionales cuanto la constitución de sistemas literarios complejos en cada una de ellas, donde las edades y los prestigios, las trayectorias y las influencias circulan en direcciones diversas, progresivas o retroactivas, en paralelo o en súbitos bucles y entrecruzamientos. Desde la década de los sesenta, a medida que se enriquecen los estímulos de la vida social y literaria —con la confluencia de la obra de los exiliados, la nueva narrativa hispanoamericana y la traducción de la gran literatura moderna—, ha sido prioritario reconocer la pluralidad de modelos o de códigos y la nueva amplitud del repertorio.

Además de la imprescindible colección de ochenta y cinco textos de apoyo (“Paca, la franca mona”, de Salinas; el expediente de censura de El Jarama, las reflexiones desde el interior de la literatura de autores como Ángel González, Ferlosio o Barral), hay dos aportaciones fundamentales en esta visión de conjunto.

En primer lugar, la ampliación de la perspectiva permite abandonar los confusos y falsificadores enfoques generacionales, de grupo o de movimientos o la aún más absurda delimitación de la literatura en décadas. En segundo lugar, el método y el enfoque permiten integrar en ese panorama de conjunto la literatura del exilio en esos tres momentos: con su relación secreta y difícil en la primera posguerra, con su recuperación paulatina desde el medio siglo y con la integración complicada y algo anacrónica de quienes sobrevivieron al dictador y pudieron volver a España.

Una visión de conjunto nueva y poliédrica, que asume riesgos inevitables pero traza en conjunto el panorama completo de las actitudes, las ideas y las estéticas que caracterizan una época compleja, problemática y confusa, pero decisiva para que la literatura española haya recuperado el tren tantas veces perdido de la modernidad:

Con la mirada puesta en la primera década del siglo XXI son evidentes varias cosas. La plena consolidación de un nivel literario que es exportable, carece de lastres o rémoras localistas y registra los rasgos de identidad de las letras occidentales del nuevo siglo (por ejemplo en la fecundísima hibridación de los géneros de ficción con los no ficcionales). Los escritores ya no se enorgullecen de ser carpetovetónicos ni de ignorar la literatura que se escribe en el mundo; la expectativa del escritor español no es sólo la frontera de su idioma y sabe que el valor de su obra —bien defendido por una agencia literaria— será el arma de negociación para su difusióninternacional. Y sabe también que el valor literario puede ser de muchos tipos, incluido el comercial y popular, e incluido también el más exigente y minoritario, el más inconformista o incluso el tentado por alguna forma de radicalidad.

Santos Domínguez

30 marzo 2011

Cuentos de lo extraño


Robert Aickman.
Cuentos de lo extraño.
Traducción de Arturo Peral Santamaría.
Prólogo de Andrés Ibáñez.
Atalanta, Gerona, 2011.

Tan inquietantes y ambiguos como la fotografía de agua y sombra de Inka Martí que figura en su portada, los seis relatos de Robert Aickman (1914-1981) que Atalanta edita en el volumen Cuentos de lo extraño son una incursión en el lado oculto de la realidad, seis revelaciones de lo extraño, que no es más que una variante de la complejidad de lo cotidiano y de los personajes aparentemente normales que lo habitan.

Seis indagaciones en lo oscuro, en la profundidad de unos abismos que muchas veces están en la conciencia, porque –como mostró definitivamente Poe- el horror no surge de la escenografía exterior, sino del interior del personaje.

¿Junto a Corfú? ¿Junto a Eubea? ¿Junto a Cefalonia? Grigg nunca dijo cuál era.

Con esa indefinición comienza El vinoso ponto, el primero de los relatos, ambientado en una misteriosa isla inaccesible y solitaria, habitada por tres brujas como las de Macbeth, hechiceras como la también insular Circe de Homero, al que homenajea el título.

Y también con una pregunta, aunque retórica, abre su excelente prólogo Andrés Ibáñez: ¿Qué sería de nosotros sin los extravagantes, es decir, sin los escritores ingleses?

Los trenes que van al infierno; las conferencias telefónicas con el más allá de Che gelida manina; la vuelta de tuerca a los relatos de juguetes morbosos y casas de muñecas en La habitación interior; el sueño de un viaje veneciano del introvertido Henry Fern en Nunca vayas a Venecia.

Un viaje al otro lado, al mundo de los sueños, al dato oculto que emerge sutilmente en los últimos párrafos de cada relato, con un eficiente efecto de suspensión y elipsis; seis estaciones de paso en un viaje con demora para llegar a Las entrañas del bosque, a la parada final en el infierno: una ciudad sueca junto a un lago negro, cerca del Kurkhus, un hotel-sanatorio para insomnes.

Con una fluida traducción de Arturo Peral Santamaría, los seis Cuentos de lo extraño son seis iluminaciones en la zona de sombra donde se confunden la vigilia y el sueño, la razón y el subconsciente, las visiones y una realidad tan compleja y poliédrica como la psicología de los personajes.

Aickman es un espléndido narrador que -más allá de su pertenencia a la estirpe de Henry James- convoca en sus cuentos la gran literatura, de Homero a Shakespeare, y tiene una inusual capacidad para buscar el tono de voz adecuado a cada relato, para explorar el horror y el corazón de la maldad.

O para crear atmósferas desasosegantes que evocan los bosques inquietantes de los relatos infantiles y que muchas veces ocupan un lugar central en estas inolvidables narraciones en las que, como Cervantes, Aickman exige más atención a lo que calla que a lo que cuenta.

Y en estos relatos, como en los otros cuarenta y dos que Aickman publicó como Strange Tales o como Strange Stories, hay una constante comunicación entre los espacios exteriores y los mundos interiores, entre el paisaje inquietante y el ambiente cerrado y opresivo para provocar en el lector el efecto único que reclamaba Poe para el cuento.

Estos seis Cuentos de lo extraño proponen un viaje al lado oscuro a través de una tensión narrativa creciente donde se confunden el miedo y el sueño, como el ruido de trenes que se acercan. Un viaje a través de seis estaciones que se podría encomendar a esta frase de Céline que está al frente de uno de los relatos:

Nuestro viaje es por entero imaginario. A eso debe su fuerza.

Santos Domínguez

28 marzo 2011

Grandes hitos de la novela del XIX


Juan Bravo Castillo.
Grandes hitos de la historia
de la novela euroamericana.

Vol. II.
El siglo XIX: Los grandes maestros.

Cátedra. Madrid, 2010.

Desde 1996, Juan Bravo Castillo viene elaborando una ambiciosa obra que constituye una revisión del canon novelístico euromericano y propone una amplio panorama del desarrollo de un género fundamental en la configuración de la literatura contemporánea.

Desde el Quijote, con el que Cervantes escribe la partida de nacimiento y fija las claves técnicas y temáticas del género, la novela se ha convertido en la forma literaria más renovadora y representativa de la modernidad.

Por eso, tras un primer volumen que abarcaba desde los antecedentes del género y Cervantes hasta finales del siglo XVIII con la llegada del Romanticismo, acaba de aparecer un segundo tomo dedicado al siglo XIX y está prevista una tercera parte centrada en el siglo XX.

Grandes hitos de la historia de la novela euroamericana es el título genérico de esta serie de enorme envergadura que publica Cátedra y que en este segundo volumen aborda el estudio de los grandes maestros del siglo XIX, un siglo de esplendor del género narrativo.

El enfoque unitario de Juan Bravo Castillo no sólo profundiza en las grandes novelas de los grandes maestros decimonónicos, sino que construye un método basado en criterios de unidad para relacionar a unos autores con otros. De Walter Scott a Balzac, y de este a Dostoievski o a Galdós hay una línea continua de influencias que permite establecer la relación de distintos autores y novelas más allá del estudio del género compartimentado por países y lenguas.

Un género que se desarrolla vertiginosamente durante el siglo XIX de forma paralela a la vida urbana, que se convirtió en el objeto de la atención de la novela realista y naturalista. Uno de los maestros del XIX, Zola destacaba en 1881 la capacidad totalizadora de la novela, que había relegado a los otros géneros a lugares menos centrales y que, más allá de su capacidad de divertir, de entretener o de emocionar, se había convertido en un método documental de reflejo y de análisis de la realidad. La novela, decía Zola, es todo lo que se quiera, un poema, un tratado de patología, un tratado de anatomía, un arma política, un ensayo moral.

El desarrollo de la lectura y de una industria editorial cada vez más eficiente, las tiradas más amplias, la novela por entregas, la aparición de novelistas excepcionales en varios países, la generación de un público lector cada vez más amplio son algunas de la claves de un panorama que se cifra en los tres vértices del triángulo que une y relaciona de forma inseparable a lectores, autores y editores.

Las más de mil páginas de este segundo volumen, que se abre con un capítulo panorámico sobre la novela decimonónica en Europas, se dedican a la trayectoria de los grandes novelistas de aquel siglo: el intimismo de Jane Austen y la novela histórica de Walter Scott; la novela total de Balzac; Stendhal y la novela de los happy few; la evolución de Dickens desde el realismo sentimental al realismo social; la emergencia del yo romántico en la novela victoriana inglesa de las hermanas Brontë; Flaubert y la salvación por el arte; la novela norteamericana de Melville y su revitalización de la epopeya; el nacimiento del realismo americano en Mark Twain; Dostoievski y la psicología de las profundidades; Tolstói y el retorno de la épica; el naturalismo de Émile Zola; Galdós y el renacer de la novela en España; Clarín y La Regenta; la consagración de la novela de aventuras con Stevenson; el descubrimiento del realismo psicológico con Henry James y el nacimiento del género policiaco son los capítulos que recorre esta obra monumental de la que se prepara ya la tercera entrega.
Santos Domínguez

25 marzo 2011

José María Álvarez. Los obscuros leopardos de la Luna


José María Álvarez.
Los obscuros leopardos de la Luna.
Renacimiento. Sevilla, 2010.

¿Cuándo contemplé por última vez
los redondos ojos verdes y los largos cuerpos ondulantes

de los oscuros leopardos de la Luna?


De esa cita de Yeats toma su título el último libro de José María Álvarez, que publica Renacimiento en su colección Calle del Aire.

Un libro del que dice Abelardo Linares en la nota de contracubierta que “es quizás el más maduro y sin duda el más juvenil de los libros de Álvarez.” Y el lector no tiene más que empezar a leerlo para darse cuenta de lo ajustado de esa afirmación del editor.

No es esa la única confluencia que se produce en Los obscuros leopardos de la Luna, que –como todos los libros de José María Álvarez- es un aleph en el que se dan cita todas las ciudades – de París a Venecia, de Murcia a Budapest, de Cambridge al Puente de Triana-, todos los viajes y los días, y el pasado vuelve al presente a través de la evocación y la celebración del placer y de la vida misma.

Porque, como en el aleph borgiano, comparecen en este libro lugares y tiempos, personas y personajes, músicos, escritores y pintores, antiguos y modernos, clásicos y postcontemporáneos. Y el culturalismo –nunca decorativo- se hace carne y se convierte en clave cifrada de la elegía, la sátira o la oda, en máscaras y en correlatos metafóricos en los que convergen vida y literatura.

Una fusión de vida y cultura que recorre toda la obra de Álvarez desde Museo de cera a Tósigo ardento o a los diarios y que da en este libro algunas de sus muestras más acabadas y brillantes en ¡Sin prisioneros!, un monólogo rebelde e intenso puesto en boca de Rimbaud, que empieza con estos versos:

No. No me hables de París, de aquellos
imbéciles que babeaban ante no se qué

virtudes
de la Poesía. Piara
de falsarios. ¿Sabes? ninguno estaba

dispuesto a
apostar lo que hay que
apostar.
No. No busques en mi rostro

-Por cierto ¿por qué no quitas

esa fotografía mía que tienes entre tus libros?-,
no busques en mi mirada, en mi gesto
nada de aquello.

Cuando yo desperté de ese sueño

estaba ya cociéndome en Harar.

Hay que tocar la carne fría de lo que sientes

que está más allá.
Esas espesas quemaduras

como un sol de lija.

Sí. Olvidar lo que escribí
y quién era cuando lo hice.
Al menos este sudor es verdad, y estas moscas, y estas
pulgas, y esta peste, y los muslos
de esta abisinia, y la gentuza con que trato cada día.
Siempre he preferido al peor delincuente
que aquellos intelectuales. Al menos el proscrito
está vivo. Aquellos amaban cadáveres.
No, no quiero saber nada, y tú, si me haces caso

sal también de ahí.
Lo importante es la vida,
su trallazo.
Y la Poesía es un destino en carne viva.

Abundan en el libro poemas memorables como este. Dejo aquí solo unos ejemplos para no repetir el índice: Paseo “Stendhal”, una evocación matinal del novelista en París, los dieciséis textos de homenaje a la Antología Palatina, y entre ellos estas Sirenas de burdel, un poema en el que José María Álvarez convoca a Rufino y la mitología clásica, a Errol Flynn y a Lautreamont con Lear y sus hijas al fondo:

Yo chupo el alma, dijo la primera.
Los hoyuelos de este culo ni insinúan

el néctar que libarás, esa humedad sagrada,
dijo la segunda.
Estos pezones, este cuello, estos labios,

estos muslos, este coño, nunca

han ardido por nadie como hoy

por ti, dijo la tercera.
¿Cuál elegir de las tres cortesanas?

Me acordé de Paris, lo que aquel Juicio trajo.
Las tres, las tres, pagaré lo que sea,
dije, pero las tres.
Santos Domínguez

23 marzo 2011

Antes de las jirafas


Matías Candeira.
Antes de las jirafas.
Páginas de Espuma. Madrid, 2011.


Homenaje y parodia, afecto y distancia recorren los dieciséis relatos que Matías Candeira (Madrid, 1984) ha reunido en Antes de las jirafas. Es su segundo libro de cuentos –hace algo más de un año publicó La soledad de los ventrílocuos- y lo edita Páginas de Espuma.

Hace un millón de años que aparecieron las jirafas. Y antes de que aparecieran, el mundo era un lugar de monstruos y de bestias, de seres desalojados del paraíso como los que aparecen en estos relatos, que presentan una parada de monstruos de serie B, una mitología personal anclada en Norteamérica, en el Baltimore de Poe o en el Manhattan de Spiderman, en la literatura pulp y en el fanzine, un conjunto de mutantes físicos o mentales, de seres tentaculares, mutantes y asesinos en serie que poblaron la imaginación adolescente de su autor y a los que probablemente esté diciendo adiós, como este Dr. Octopus:

Me llamo Otto Octavius, tengo cincuenta y tres primaveras y mido un metro noventa de estatura (con mis tentáculos de metal, algo más; es verdad que impongo). Eso he dicho. Me llamo Otto Octavius, y mis amigos y mis enemigos me llaman el Dr. Octopus, porque como quien dice, a los ciudadanos de América les gusta mucho clasificar y así llenan la marea negra de sus vidas. Más tarde hablaré de Peter, el retrasado mental que me llamó así por primera vez. Otto antes del accidente de fisión, y Octopus después. Supongo que me llamo de alguna manera, pero no como ellos dicen, no como ellos querrían.

Seres como este narrador de Manhattan Pulp a los que Candeira contempla con una perturbadora mezcla de afecto e ironía, con una mirada ambivalente con la que también se despide de la infancia y la adolescencia. Porque esa ambivalencia, esa mirada contradictoria se dirige a estos perturbados pero afecta también a ese mundo personal.

Y por eso estos relatos, desde el primero –El extraño- hasta el último –Fractura- provocan una turbación constante en el lector, que ve cómo lo extraño invade la realidad a través de una fractura en la normalidad.

Esa penetración de lo extraordinario en lo ordinario, de lo anormal en lo usual, de lo oscuro en lo cotidiano y del margen en el centro es una clave del género fantástico desde Poe hasta Cortázar, desde Kafka hasta Borges o José María Merino. Y es una constante que une estos relatos protagonizados o narrados por seres extraños y marginales que ponen en cuestión nuestra idea de la normalidad.

Otra de las claves secretas de lo fantástico suele ser el humor. No se olvide que para algunos lectores Kafka es un humorista y que según cuentan quienes lo conocieron se reía cuando leía La metamorfosis.

En Antes de las jirafas también el humor desempeña un papel importante, aunque sólo sea para poner distancia con lo narrado y mostrarlo desde otra perspectiva. Es lo que ocurre en uno de los mejores relatos del libro, Jimmy, donde la peripecia de un asesino en serie se afronta desde una desconcertante perspectiva humorística que engancha al lector desde el primer párrafo:

Aquí donde lo ven, inclinado sobre una mesa que acaba de improvisar en el camarote y escribiendo emocionado su primera carta de amor, Jimmy Cole se habrá cargado a estas alturas a treinta o treinta y pico personas, contando por lo bajo.

Es sólo un ejemplo del oficio de este joven narrador, que conoce la importancia que tiene un buen comienzo, pero que más allá de esa pericia muestra en todos estos relatos un buen pulso narrativo y una solvencia considerable para resolverlos o para dejar al lector en una inquietud suspensiva.


Santos Domínguez

21 marzo 2011

Borges por Bioy


Adolfo Bioy Casares.
Borges.
Edición Minor
al cuidado de Daniel Martino.
BackList Selectos. Barcelona, 2011.

Una tarde –recuerdo con exactitud la fecha: el viernes 22 de noviembre de 1996-, en la que presuntamente organizaríamos su Descanso de caminantes, comenzamos en cambio a conversar sobre biógrafos y biografías, y a discutir un tema que lo obsesionaba desde siempre: la figura de Johnson, el carácter de Boswell y aun el papel de Malone, el erudito irlandés que había ayudado a Boswell a editar su Vida de Johnson. Esa tarde, a diferencia de otras, sentí que Bioy ponía un énfasis casi melancólico en cada una de sus observaciones. Por fin mencionó la vida de Borges que alguna vez había planeado, para la que había reunido tantas anotaciones y que nunca se había resuelto a escribir. Amargamente, repitió una frase que solía invocar al leer un texto sobre algún asunto que él podría haber escrito mejor: shame to be mute and let barbarians speak; una cita, descubrí muchos años después, de un drama perdido de Eurípides. Me dijo que, con su silencio, había permitido que otros tomaran la palabra para hablar de Borges. En ese momento, algo me impulsó a explicarle que ese libro ya existía; que estaba, como la estatua en el mármol, contenido en sus Diarios: sólo faltaba aislar ese material, ordenarlo, revisarlo y agregar notas, donde fuera necesario, para aclarar las alusiones literarias y las referencias a la vida cotidiana de cuarenta años atrás. Me confesó que había intentado hacerlo –yo conocía esas breves selecciones, aparecidas en la prensa- pero que había desistido ante las dificultades de la empresa. Quién sabe cuánto hubo de premeditado en este diálogo, porque cuando le propuse preparar juntos el postergado libro no ocultó su entusiasmo: al día siguiente, a la sombra insigne de Boswell y, toute proportion gardée, de Malone, estábamos trabajando en Borges, no en Descanso de caminantes.

A partir de esa tarde, leí los Diarios -más de cincuenta años de registros, multiplicados en cuadernos de apuntes y aun en minúsculas agendas- en busca de cualquier fragmento, por pequeño que fuera, correspondiente a ese texto ideal; casi todos los días, pasábamos unas cuatro o cinco horas leyendo y corrigiendo esos fragmentos. En 1999, establecido el texto, comencé a escribir las notas y el glosario, que Bioy, muerto en marzo, ya no vería. Me consuela pensar que, como llegamos a leer íntegramente no menos de dos veces el conjunto definitivo antes de que me aplicara a anotarlo, Bioy ha de haber tenido la certeza –ojalá fundada- de que la obra alcanzaba su destino. “Consiguió lo que anhelaba su corazón -habría comentado Borges-, tardó mucho en conseguirlo y acaso no hay mayores felicidades”.

Con esas líneas evocaba Daniel Martino la génesis y el desarrollo de Borges, una biografía parcial y de primera mano que organizó a partir de los diarios de Bioy Casares. Daniel Martino, albacea de Bioy, revisó y organizó con él estos materiales durante 1997 y 1998 y con ellos preparó un voluminoso tomo que BackList acaba de reeditar en edición minor, con lo esencial de la amplísima y a veces tediosa edición original.

Respecto de aquella edición maior, que apareció hace cinco años, se ha hecho una selección que ha reducido a lo esencial las entradas minuciosas de los diarios de Bioy. Aun así, el resultado es un volumen muy manejable de más de setecientas páginas que incorpora un glosario actualizado, un nuevo índice analítico y mantiene el pliego de fotografías del libro original.

Desde el miércoles 21 de mayo de 1947, en que Bioy comienza a llevar su diario, gran parte de las anotaciones tienen como objeto y como sujeto a su amigo Borges, quince años mayor que él y a quien había conocido otros quince años antes. Y con ese material borgiano que no se publicó en los Diarios de Bioy se ha construido este volumen.

Casi cuarenta años después de aquel mayo del 47, tras una amistad ejemplar, leal y colaborativa que duró más de medio siglo y dio lugar a resultados tan memorables y bienhumorados como Bustos Domecq o don Isidro Parodi, el lunes 12 de mayo de 1986, Bioy anotaba su última conversación con Borges, que le llamó desde Ginebra para despedirse definitivamente. Murió un mes después, el 14 de junio:

Apareció la voz de Borges y le pregunté cómo estaba: “Regular, nomás”, me respondió. “Estoy deseando verte”, le dije. Con una voz extraña, me contestó: “No voy a volver nunca más.” La comunicación se cortó. Silvina me dijo: “Estaba llorando”. Creo que sí. Creo que llamó para despedirse.

No es una categoría crítica, pero es un hecho conocido lo poco recomendable que es la intimidad de los escritores. Cuando además se juntan dos y uno habla del otro y con el otro, los resultados pueden ser explosivos, como en muchas de estas anotaciones, pero no deberían sorprender ni escandalizar al lector avisado.

Aunque se trate de Borges y Bioy, dos chismosos ejemplares que hablan de literatura con inteligencia y lengua afilada y lucen sus ocurrencias con un ingenio hiriente y descalificador del que no se salvan Shakespeare, ni Goethe, ni Pound, ni Mann, ni Juan Ramón, ni Lorca, ni Alejandra Pizarnik, ni Hegel ni Cristo.

Ahorro al lector la enumeración –que también sería chismosa- de las descalificaciones o los chismes maledicentes, las críticas epigramáticas, las ocurrencias, los lamentables juicios políticos, el racismo o la misoginia reiterada en estas páginas.

Pese a todo, hay en ellas mucha literatura y mucha agudeza crítica. Y, como ha ocurrido en otros casos, el tiempo las despojará de maldad y las dejará en el puro juego ingenioso, de una sinceridad directa y una candidez alejada de la impostura estatuaria y de la voluntad de fama póstuma.

En todo caso, ni la imagen del retratado ni la del retratista, copartícipes de más de una patosería, ganan nada en estos primeros planos. Unos primeros planos elocuentes pero indiscretos y desfavorecedores, porque revelan detalles indeseables o enfoques de ese lado menos fotogénico que tenemos todos.

Un lado que se duplica en aquel monstruo de dos cabezas inteligentes y dos lenguas al que otras lenguas, no menos afiladas, llamaron Biorges, que perpetró diálogos como este, del domingo 30 de agosto de 1953:

Hablamos de Shakespeare. Dice que en literatura fue un amateur, the divine amateur; lo compara con Dante, verdadero literato. Recordó que las piezas de teatro no se consideraban literatura: las escribían de cualquier modo, con argumentos ajenos y hasta confusísimos. (…) Bioy: "Tal vez si se hubiera cultivado y esmerado, quizá habría perdido esa inflamada y feliz elocuencia, que es probablemente la mejor de sus virtudes. Cuando quiere ser un escritor, en los sonetos, se pierde en antítesis y en sutilezas fútiles".

Santos Domínguez

18 marzo 2011

Jaccottet. El paseo bajo los árboles


Philippe Jaccottet.
El paseo bajo los árboles.
Traducción de Rafael-José Díaz.
Cuatro Ediciones. Madrid, 2011

El suizo Philippe Jaccottet (Moudon, 1925) es uno de los poetas fundamentales de la literatura contemporánea en francés. Gran parte de su obra ha sido traducida al español por Rafael-José Díaz, experto traductor y poeta que se ha encargado también de preparar la edición de El paseo bajo los árboles, un conjunto de prosas cruciales para entender el mundo ético y estético de Jaccottet que acaba de publicar Cuatro Ediciones.

En El paseo bajo los árboles, un libro de 1957 que amplió en 1961 y que estaba inédito en español, Philippe Jaccottet escribe un intenso y fecundo tratado de ignorancia y de incertidumbre y ofrece las claves de la profundidad de su mirada poética y de su tono verbal, un tono bajo y de una misteriosa hondura, como sabe quien haya leído su poesía.

La necesidad de escribir estos textos la explica el poeta en estas palabras: a partir de cierto momento ya no pude conformarme con escribir poemas; tuve que intentar comprender esas emociones y la relación que las unía a la poesía. Se había apoderado de mí cierta curiosidad, que me hizo escribir los pocos textos que siguen, y que tal vez me haga escribir otros, nunca se sabe.

Los capítulos de El paseo bajo los árboles persiguen la delimitación del misterio de la experiencia poética, son un asedio a la incertidumbre de la forma, tanteos en la sombra e incursiones en el espacio de la sorpresa de la palabra, la percepción y el conocimiento.

Jaccottet se mueve en ellos entre la indagación en la realidad, la alucinación febril y la lucidez crítica del poeta consciente del territorio que pisa, de ese espacio compartido con otros visionarios como Novalis, Hölderlin o Rilke, tres poetas alucinados cuya palabra potente también miró a la cueva del origen y a la belleza efímera.

Se busca en ellos la entrada en el enigma de la luz, que guía la mano del poeta; la misma luz que vio Hölderlin y que irradia desde el interior de las cosas; una búsqueda de la transparencia en el río y en los pájaros, en el árbol, las montañas y la luna.

Y a través de intuiciones de lo imperceptible y de los tanteos en la oscuridad se produce la revelación de la imagen, y el sueño se convierte en puerta de acceso al poema y a la belleza que brilla en la extrema contradicción; en la contradicción llevada hasta el enigma y hasta un enigma que, si lo pensamos, debe parecernos también una locura: alas de mariposa, semillas, miradas...

Entre la reflexión y la duda, las indagaciones en el interior de sí mismo y la mirada hacia el paisaje, los textos de Jaccottet trazan un itinerario lleno de idas y venidas, un trayecto poético no lineal, sino elíptico, espiral y curvo.

Como en el resto de la obra de Jaccottet, conviven en estas prosas – esenciales para entender la leve tonalidad poética y la honda mirada de su autor- el saber y el no saber, en una actitud que oscila entre el sondeo en lo inefable y la aspiración a la exactitud expresiva . Una actitud que recuerda el no saber sabiendo de los místicos españoles del Renacimiento y que se resumía en textos como El ignorante, que empezaba con este verso: A medida que envejezco, crezco en ignorancia.

La edición se complementa con una detallada cronología que recorre la vida y la obra de Jaccottet y con un iluminador diálogo de 1991 entre el poeta y Jean Roudaut. Allí también encontrará el lector invitaciones a la lectura de la poesía de Jaccottet y destellos como la percepción de que en el poema la luz del mundo se transparenta del modo más puro.

Santos Domínguez

16 marzo 2011

Marsé. Caligrafía de los sueños

Juan Marsé.
Caligrafía de los sueños.
Lumen. Barcelona, 2011.

Así es como imaginamos al ángel de la historia. Vuelto hacia el pasado. Donde vemos una cadena de acontecimientos, él ve una única catástrofe que no hace más que amontonar escombros ante sus pies. El ángel desearía quedarse, despertar a los muertos y recomponer lo que se ha venido abajo.

Con esa cita memorable de Walter Benjamin sobre el ángel de la historia, un texto escrito a propósito del inquietante cuadro de Paul Klee, encabeza Juan Marsé su última novela, Caligrafía de los sueños, que publica Lumen.

Y esas palabras, como la muchacha que mira en la fotografía de cubierta hacia atrás igual que el ángel, explican la voluntad rememorativa, el trabajo de Marsé con esos materiales de derribo - de los que habló Rafael Chirbes y que evocaba Benjamin al final de la cita- y la mirada del novelista hacia un mundo que fue suyo en la infancia y la adolescencia y que ya no existe más que como paisaje mental y como ámbito de su narrativa.

En la Barcelona de posguerra, en el Barrio de Gracia, a lo largo de la calle Torrente de las Flores que va de Travesera de Dalt a Travesera de Gracia, transcurren las vidas en vía muerta de unos personajes que se evaden de la realidad en el Cine Selecto, en el Salón Verdi o en tabernas como el Rosales, personajes que conviven con las ratas azules que hacen guardia sobre los luceros y con sotanas tan negras como las ratas.

Cuarenta y seis esquinas son demasiadas para una calle como esa, en la que las oscuras existencias de los personajes consuelan sus fracasos en el refugio de los sueños que ofrecen las sesiones dobles del cine de barrio, en las aventis y en las contorsiones de bailarinas excéntricas.

Personajes en busca de la felicidad que son observados por su autor con una mirada compasiva que recuerda mucho a la de Cervantes. Y es que esta novela, que recapitula los temas y los ambientes más significativos de Marsé e incorpora muchos rasgos autobiográficos en la figura adolescente de un Ringo Kid que ya aparecía en Si te dicen que caí, es quizá su obra más cervantina, no sólo por esa mirada piadosa, sino por el impulso evasivo que otorga a perdedores como Matarratas o Abel Alonso, que usan la fantasía para huir de una realidad gris y se sobreponen a ella a base de sueños o de conspiraciones.

Ese impulso vincula entre sí a los personajes de Caligrafía de los sueños tanto como el ambiente compartido del barrio, pero de una manera más profunda. Porque esta es una historia sobre el amor de la señora Mir y sobre una carta perdida de Abel Alonso, pero también es un retrato de Ringo Kid como artista adolescente, una novela de formación en la que se funden memoria y fabulación, realidad e imaginación en torno a un rasgo característico de la novela desde su fundación cervantina como género moderno: el conflicto entre el individuo y el mundo, entre la realidad y el deseo.

Como ocurre también en la materia sonámbula que Ridruejo captó en las aventis, esta es una novela visual en su origen y en su desarrollo (Yo trabajo con imágenes, no con ideas, ha dicho reiteradamente Marsé), una obra construida con la palabra, la memoria, la fabulación y con una mirada casi cinematográfica que huye por igual de la nostalgia y de la distancia para situarse en un territorio narrativo en el que la imaginación derrota a la dura realidad de los perdedores.

Es el mismo territorio de la trilogía Si te dicen que caí, Un día volveré y Ronda del Guinardó, con personajes que vienen de esas novelas, de algunos de sus cuentos o de El embrujo de Shanghai, en cuyo comienzo el capitán Blay, que también anda por las páginas de Caligrafía de los sueños, evocaba esos sueños juveniles que se corrompen en boca de los adultos.

Es ese jardín de verdad con ranas de cartón en el que el novelista ha cifrado su técnica de trabajo y que intuye Ringo-Marsé en el primer capítulo: lo inventado puede tener más peso y solvencia que lo real, más vida propia y más sentido, y en consecuencia más posibilidades de pervivencia frente al olvido.

Caligrafía de los sueños es también -como el resto de su obra- un ajuste de cuentas de Marsé con su pasado. Un ajuste de cuentas hecho no desde el rencor, sino desde la necesidad de explicarse un mundo y una época a lo largo de catorce capítulos y un epílogo encabezado por esta significativa cita de Joseph Roth: Todo lo que crecía requería mucho tiempo para crecer. Y todo lo que desaparecía necesitaba mucho tiempo para ser olvidado.

Cuando toma conciencia de esa obligación moral del testigo, Ringo-Marsé afila su lapicero y empieza a anotar en una libreta la melodía de las palabras que ahora vuelven.

Las anota para que tarden mucho en ser olvidadas. Porque esa, la de mantener la memoria, es junto con la invención de los sueños, una de las funciones de la literatura.

Santos Domínguez

14 marzo 2011

La siesta de M. Andesmas


Marguerite Duras.
La siesta de M. Andesmas.
Traducción y prólogo de Amelia Gamoneda.
Demipage. Madrid, 2011.

Aunque había salido del camino con paso vivo, el perro se hizo el remolón bordeando el precipicio. Olió la luz gris que cubría la llanura. En esa llanura había cultivos que rodeaban un pueblo, ese pueblo, y numerosas carreteras partían de él rumbo a un mar mediterráneo.

En ese paisaje, visto desde lo alto de una casa solitaria en el bosque, sitúa Marguerite Duras La siesta de M. Andesmas, una espléndida novela corta que publicó en 1962 y que reedita Demipage con traducción y prólogo de Amelia Gamoneda.

Un bosque, un valle, un monte, un pueblo y el mar al fondo. Y en el centro de ese paisaje, Andesmas (acrónimo de tres apellidos de amantes de la autora: Antelme, Des Forêts y Mascolo), un anciano en el duermevela de la siesta mientras espera al contratista Michel Arc.

Pasan por allí, en la tarde caliente de junio, un perro rojo, y luego la hija y la mujer del contratista que no llega. Desde el pueblo suben las notas de una canción (Cuando las lilas florezcan para siempre). Suena la vida allá abajo y Andesmas, entre el sueño y la vigilia, espera en silencio y mira, entre la plenitud de la tarde luminosa y la sombra creciente de un haya, el abismo que tiene delante de la casa.

No pasa nada. Inmóvil en un sillón de mimbre, Andesmas dormita en un tiempo dilatado en el que convergen el presente, el pasado y el futuro, y en un espacio impreciso que es el de un paisaje real entre Saint-Tropez y Gassin, pero sobre todo el de la conciencia, el deseo y la incertidumbre.

Hablar de las perspectivas narrativas, de las convergencias temporales, de los cambios de voz y de otros rasgos propios de la estética del nouveau roman sería lícito, pero limitaría la excepcional grandeza de esta novela corta, su enorme profundidad lírica, la potencia verbal de sus páginas.

Está aquí en su plenitud turbadora lo que Vila-Matas llamó gran poesía de la nada y estimulante tratado de poesía de las incertezas. Porque en La siesta de M. Andesmas, como en la poesía, no pasa nada y pasa todo.

Pasa todo en la conciencia del anciano que espera que vuelva el tiempo, que las lilas florezcan para siempre, sobrecogido frente al precipicio y ante una vida que se desmorona. Y pasa todo, intensamente, en la conciencia del lector atrapado por su inquietante y perturbadora intensidad verbal y emocional.

La inmovilidad del relato es la inmovilidad de Andesmas, pero sobre todo la de su tonalidad y su fuerza lírica, igual que su tensión emocional y verbal tienen más de la poesía que la narrativa, como la abolición del tiempo y la ausencia de acción en el espacio solitario que comparten el lector, el autor y el personaje.

Pocas veces se encontrará el lector con una obra de intensidad tan sostenida como esta, en la que el tiempo, la conciencia y el abismo se abren bajo una luz cada vez más etérea, con el protagonismo absoluto de la palabra en una novela imborrable a la que no le sobra ni le falta nada. Una obra de arte absoluta.

La traducción de Amelia Gamoneda, a la altura de un original tan exigente como la mejor poesía.

En 2004 se estrenó una adaptación cinematográfica (L'Après-midi de monsieur Andesmas) que dirigió Michelle Porte. Como sucede con las obras excepcionales, pese a la sensibilidad de la directora, pese a la excelente interpretación de Michel Bouquet y de Miou-Miou, la película está muy por debajo de una novela tan irrepetible como La siesta de M. Andesmas.

Santos Domínguez

11 marzo 2011

La palabra iluminada de Manuel Padorno


Manuel Padorno.
La palabra iluminada.
(Antología 1955-2007)

Edición de Alejandro González Segura.
Cátedra Letras Hispánicas. Madrid, 2011.


Atravesé la puerta. Al otro lado
no estaba el mundo. Ya, todo distinto.
Por lo que tuve que empezar siquiera
a descifrarlo. ¿Qué se parecía?
Nada. Absolutamente nada. Nunca.
Para nombrarlo como era, entonces
debía utilizar otro lenguaje
(que deberé aprender), y es por lo que
trazo unos signos, formo algunas letras,
vuelvo palabras lo que vi, sabiendo
que con ellas no puede referirme
con toda exactitud a aquello, el otro
lugar en donde entré, donde salí
hasta ver, borroso, lo invisible.

Esos versos, de Entrada al desvío, forman parte de Desvío hacia el silencio y resumen el sentido de la poesía y la creación del poeta y pintor canario Manuel Padorno (1933-2002), uno de esos autores inclasificables que fueron coetáneos de los más conocidos poetas del grupo de los 50.

Poetas como Antonio Gamoneda, Luis Feria, Mª Victoria Atencia, Ángel Crespo, Félix Grande, Fernando Quiñones, Paca Aguirre o César Simón, por citar sólo a algunos, porque la nómina podría alargarse con muchos nombres más de poetas excelentes que hicieron su particular camino de perfección en solitario.

A estos poetas que afrontaron al margen de grupos su aventura poética a través de un mapa que les llevó a alcanzar su propio tono de voz, los manuales y las antologías los suelen confinar a los márgenes del canon, aunque su obra esté a la altura de los canónicos Claudio Rodríguez, Jaime Gil de Biedma, Ángel González o José Ángel Valente, que era, por cierto, el que señalaba que donde acaba el grupo empieza el poeta.

De esa aventura estética, de esa búsqueda de un mundo poético propio que se justifica en sí misma tanto como en sus hallazgos da cuenta La palabra iluminada, la reciente y extensa antología Manuel Padorno que Cátedra Letras Hispánicas publica con introducción, selección y notas de Alejandro González Segura.

La palabra iluminada recorre el proceso creador de Padorno desde el inicial Oí crecer a las palomas hasta los póstumos Canción atlántica y Edenia. Medio siglo de poesía que intenta “llegar hasta el desvío, desvelar la realidad”, como señalaba el poeta en las palabras preliminares de su antología personal La guía.

Manuel Padorno fue un poeta en el que la insularidad iba más allá del rasgo biográfico y de su hábitat. Afecta a la misma esencia de su razón poética. Porque la poesía de Padorno proyecta una mirada comprensiva a la realidad, es una constante búsqueda de lo invisible, del otro lado, una indagación en lo infrecuente por parte de quien se veía a sí mismo como un nómada que convoca la epifanía de la luz o como un sacerdote revelador de lo oculto o lo etéreo: La lámpara que rueda en mí, tan torpe, /también alumbra lo desconocido.

La luz, el mar, el agua, el viaje con la palabra hacia la revelación de otra realidad, hacia esa Edenia de su último libro, son algunas de las constantes temáticas de una poesía que se mueve en el filo de la oralidad y el hermetismo, entre el tono coloquial y la elaboración gongorina.

Su poética atlántica, minuciosamente analizada en la introducción por Alejandro González Segura, conecta a Padorno con el tercer Juan Ramón, el de Lírica de una Atlántida, en un deseo común de descubrir otra realidad, de expresar lo inefable, de escribir desde el otro costado o desde el otro lado.

La luz y la palabra que se resumen en el título de la antología son una constante en quien como Padorno era pintor además de poeta. De hecho, para la viñeta de la portada se ha elegido un acrílico sobre lienzo, Nómada marítimo, que resume el mundo del poeta, tan marcado por la mirada, la luz y la iluminación de la palabra.

Sobre esa línea luminosa que une su poesía con su pintura escribía Manuel Padorno en su conferencia Una lectura distinta del mundo a través de la pintura y la poesía (1995):

El motivo principal tanto de mi pintura como de mi poesía, desde siempre, es desvelar el mundo exterior, ir penetrando y fijando una nueva lectura del mundo, lo que yo llamo el “afuera”, fundamentado principalmente en el tema de la luz y del mar. Así surge el nomadeo de la luz, el “Árbol de luz”, la “Gaviota de luz”, “El vaso de luz”, la “Pirámide de luz”, “La luna del mediodía”, “La carretera del mar”, etc. Se trata de crear una mitología, una cosmología atlántica, canaria, basada en el mundo invisible, en lo que no se ve, en lo que se desconoce, en lo que se ignora.

Un mundo poético que podría resumirse en estos versos que cierran la Sextina del vaso de luz:

El solitario tiene un vaso de agua
en sus manos (la orilla de la playa)

donde bebe la llama de la luz.


Santos Domínguez