14 enero 2011

Yo quisiera llover


Fernando Aramburu.
Yo quisiera llover.
Demipage. Madrid, 2010


Grata como susurro al escanciarte, en la memoria
de noches calurosas al borde de un abismo de besos,
entre brazos que habrán palidecido,
con tu presencia derramada me encuentro a cualquier hora

de la edad que hoy arrastro igual que a piedra.

Tú eres ya para mí más que un amor gozosa

manera noble de estar conmigo a buenas

con que quisiera perdurar hasta las nubes últimas,
en la boca tu amargo sabor sabio
y ofrecida a la mano y deliciosa
igual que cuerpo a nuestro antiguo afán tendido.

Hoy te tomo con sed insoportable

de juventud, en cálices comunes

que apuro al discurrir las anodinas horas

a la caducidad abandonadas.


Sáciame, mientras caigo como hoja

enferma de existencia consumida,

a tu modo cordial de suave soledad,
espuma deleitosa,
fresco amargor de quien espero sepa

un rato devolverme los días que pasaron,

de amable dios tardío sangre rubia.

Esos son los versos de Cerveza, uno de los poemas de Fernando Aramburu que publica Demipage en Yo quisiera llover, la antología poética en la que Juan Manuel Díaz de Guereñu recoge muestras de la producción poética del novelista entre 1977 y 2005.

Procedentes, salvo los poemas finales inéditos o no incluidos en libro, de los seis tomos de poesía que ha publicado Aramburu, los textos de Yo quisiera llover son en gran medida la historia de un desistimiento, la prehistoria de su obra narrativa, el retrato del autor en busca de una voz propia que finalmente se concretó en el relato y en la novela, donde encontró una mayor amplitud de campo para mirar el mundo y su mejor tono de voz para contarlo, aunque antes lo ensayó en textos como el que da título al volumen:

Yo quisiera llover, llover
interminablemente,
sentir que me deshago en una
larga melena de gotas finas y festivas.

Mi sueño es un caer, es un caer
que moja en la desamparada tarde
los muros
cenicientos, las lápidas, los rostros.

Santos Domínguez


12 enero 2011

Historia torcida de la literatura


Javier Traité.
Historia torcida de la literatura.
Principal de los libros. Barcelona, 2010.

Javier Traité, librero y blogger, ha escrito en Historia torcida de la literatura, que publica Principal de los libros, una desenfadada celebración de la literatura, una propuesta de acercamiento irreverente a los clásicos y sobre todo una ingeniosa invitación a la lectura.

De Gilgamesh a Jaroslav Hasek, sus páginas son un repaso a los cachondos de nuestros abuelos bíblicos o troyanos, un paseo medieval por el amanecerr de los golfos en el Tirant lo Blanc, por los cuentacuentos del XIV, por el Renacimiento del bueno, el feo y el malo (Moro, Rabelais y Maquiavelo), por las hostias como panes del Siglo de Oro y las rivalidades conceptistas y culteranas; por la Ilustración de Rousseau (un hijoputa) o por la depravación de Sade, autor de una literatura jodidísima.

De esos antecedentes surgen las plumas torcidas de nuestros padres decimonónicos, con su spleen y su golfería parisina, la resaca de vodka de los novelistas rusos, el joven Werther, el primer emo de la literatura, o el flipe drogadicto del XIX inglés.

Y así, de capítulo en capítulo, hasta llegar al resultado de todo esto, al fruto de toda esta historia, la literatura torcida del siglo XX: un Jack London desconcertante, un Faulkner alcohólico o las gónadas de Henry Miller, la ensaladilla británica de Virginia Woolf, Conrad y Lawrence, el frente latinoamericano y español o la fuerza de la narrativa germánica de Mann o Musil.

Con más humor de sal gorda que distancia irónica y un exceso gesticulador innecesario, porque tiende al trazo grueso y simple de la caricatura, este es un libro para iniciados cómplices. Lo leerán con gusto y sin sorpresa quienes ya estaban convencidos de que los clásicos no son aburridos ni habitan un territorio sagrado.

Por el contrario, quienes vean en la literatura una actividad masoquista diseñada para el sufrimiento estupendo y transcendente, quienes encuentren en ella una variante menos frailuna y más presentable del cilicio, deberían abstenerse de leer un libro como este.

Santos Domínguez

10 enero 2011

Papini



Giovanni Papini.
El piloto ciego.
Traducción de Paloma Alonso Alberti.
Prólogo de Alicia Mariño.
Rey Lear Editores, Madrid, 2009.

Giovanni Papini.
Palabras y sangre.
Traducción de Paloma Alonso Alberti.
Rey Lear. Madrid, 2010.

Giovanni Papini (Florencia, 1881-1956) es uno de los más genuinos representantes de la crisis de la cultura europea en el tránsito del XIX al XX. Esa crisis finisecular dio lugar a un irracionalismo artístico y literario que fue apartándose cada vez más de las tendencias realistas y se fue radicalizando hasta la explosión definitiva de las vanguardias.

En esa clave y en ese contexto hay que entender la producción narrativa de Papini, un autor polémico y contradictorio que pasó de proyectar su angustia en la provocación incendiaria a militar en el catolicismo y en el fascismo. Leída en esa clave irracionalista, la transición no fue tan abrupta.

Como descendiente de un cambiante Proteo lo admiró Borges, que reconoció en él a uno de sus maestros en la incursión de lo fantástico en lo real y destacó su contradictoria complejidad: pragmatista y romántico, ateo y después teólogo. No sabemos cuál es su cara, porque fueron muchas sus máscaras.

Rey Lear está recuperando desde el año pasado lo más significativo de su obra. Y con buen criterio ha iniciado esa recuperación por sus relatos cortos, antes de acometer la publicación de Gog, la obra mayor del proteico italiano.

A la publicación de los trece relatos de El piloto ciego (1909) se ha añadido recientemente otro volumen con los catorce cuentos que componen Palabras y sangre (1912), en los que un Papini desasosegado daba un paso más en la exploración del absurdo existencial, en la expresión de la angustia y el desconcierto previos a la Primera Guerra Mundial, una época en la que, como recordaba Borges, el hombre se reclinaba en su melancolía y en sus crepúsculos.

La melancolía, la subjetividad o la desaparición de las fronteras que separan la fantasía de una realidad huidiza y problemática se convierten en el vínculo que une las distintas piezas de este mundo narrativo que comparten un transfondo filosófico y una mirada distanciada y cruel.

Traducidos por Paloma Alonso Alberti, El piloto ciego y Palabras y sangre contienen algunos de los relatos -Dos imágenes en un estanque o El hombre que se perdió a si mismo- que podrían figurar en una antología contemporánea del género.

Santos Domínguez

07 enero 2011

Prosopoema del arte de la escritura

Lu Ji.
Wen fu.
Prosopoema del arte de la escritura.
Edición y traducción de
Pilar González España.
Cátedra. Madrid, 2010.

Así es el comienzo: se interioriza la visión, se adentran los sonidos. Se demora el pensamiento y todo se interroga.


Poesía y filosofía, literatura y tao, metáfora y psicología se funden en este Prosopoema del arte de la escritura que escribió Lu Ji en China a finales del siglo III.

Son poemas que hablan del poema, doscientos sesenta y dos versos, agrupados en quince capítulos y una coda, que constituyen una meditación metapoética sobre el proceso creativo en poesía, sobre la originalidad, la inseguridad del poeta, el misterio de la escritura, sobre la inspiración o la fusión de lenguaje y emoción transformada en luz en la caza nocturna del poema:

Desdeña las flores marchitas, ya abiertas, del amanecer, y quédate con los brotes tiernos, aún cerrados, de la noche.

Con prólogo y traducción de Pilar González España, responsable también de las minuciosas notas de la edición, aparece en Letras Universales de Cátedra este tratado sutil sobre la poesía, esta incursión intuitiva en la secreta oscuridad de la composición, en la escritura como proceso de búsqueda y expresión de emociones.

Y como experiencia creativa que convoca en el texto tradición y renovación, porque partiendo de lo antiguo se puede llegar a lo nuevo y establecer un diálogo entre las transgresiones del presente y la destreza de los clásicos:

A veces miras atrás, y te llama un pasaje previo. A veces miras adelante y te impulsa un pasaje futuro.


Santos Domínguez

05 enero 2011

En busca del tiempo perdido

Marcel Proust. 
En busca del tiempo perdido. 
Traducción de Carlos Manzano. 
Debolsillo. Barcelona, 2010.

Debolsillo edita un estuche con los siete volúmenes de En busca del tiempo perdido en tapa dura. Obra esencial en la literatura contemporánea, Proust dejó en ella el relato de su vocación literaria y reinventó su vida en una autobiografía ficticia a través de la evocación de lugares y sensaciones, de la crónica social de doscientos personajes en los ambientes refinados de comienzos del siglo XX.

La densidad de una novela que indaga en la densidad del recuerdo a través de la memoria involuntaria y de un tiempo interior y subjetivo cuya lentitud desorientó a André Gide, que emitió un informe negativo para Gallimard en el que mostraba su rechazo a que Proust empleara treinta páginas minuciosas para evocar las vueltas que da en la cama el narrador desvelado.

En sus miles de páginas, el eje es el tiempo perdido, pero sobre todo la experiencia de búsqueda, el tiempo recobrado en un entramado circular, la salvación a través del arte, porque el pasado forma parte del presente y, para recuperarlo a través del arte, Proust recurre a un pintor, a un novelista y a un músico.

Porque la verdadera vida, la única vida vivida con intensidad es la literatura, concluye en El tiempo recobrado, en el que vuelve un pasado que se desdobla en un presente que superpone la realidad y la ficción en la memoria del narrador protagonista envejecido, confundido él también con su autor. Así se cierra un círculo temporal que regresa al punto de partida de la serie, al momento narrativo en que confluyen el tiempo del narrador y el tiempo narrado.

El descubrimiento del mundo, el despertar sexual, los celos y la muerte, la aristocracia de los Guermantes, la homosexualidad, el refinamiento y la melancolía en París y en Combray, las ilusiones perdidas y la decadencia irreversible de un mundo que muere, reflejada a través del snob Swann y el barón de Charlus, de Odette y Albertine. Un pasado en el que la memoria superpone ficción y realidad, igual que se superponen lo consciente y lo subconsciente, la voz del narrador y la del autor y los tiempos distintos en los que viven.

Amor, tiempo y deseo al fondo, al otro lado de la habitación forrada de corcho en la que escribía Proust, con una insuperable capacidad estilística para crear atmósferas y monólogos interiores de una lentísima elegancia en los que se refleja una languidez espiritual que inunda su estilo, recuperado también en la traducción de Carlos Manzano, que propone la mejor versión española de la serie proustiana.

Santos Domínguez

03 enero 2011

Rimbaud


Edmund White.
Rimbaud.
Traducción de
Nicole d’Amonville Alegría.
Lumen. Barcelona, 2010.

Descubrí a Rimbaud, en 1956, cuando tenía dieciséis años. (...) Siendo yo un desgraciado adolescente gay, sofocado por el aburrimiento y la frustración sexual, y paralizado por el odio hacia mí mismo, anhelaba huir a Nueva York y triunfar como escritor; me identificaba completamente con los deseos de Rimbaud de ser libre, de ser publicado, de ser sensual, de ir a París. Lo único de lo que carecía era de su arrojo. Y de su genio. (...) El mito de Rimbaud me parecía a la vez enigmático y emocionante.

Edmund White, novelista y ensayista norteamericano, profesor en la universidad de Princeton y crítico literario, inicia con esas palabras la biografía de Rimbaud que publicó hace dos años y que acaba de editar en español Lumen con traducción de Nicole d’Amonville Alegría.

Es un acercamiento a aquel niño “alarmantemente bueno”, al estudiante ejemplar de Charleville, con una madre fastidiosa y un padre huido de casa, al adolescente rebelde, precoz y procaz, al ángel infernal del exceso que cambió la poesía europea en cuatro años de escritura.

Su evolución vital fue paralela a su evolución literaria. Pasó de imitar a Horacio en anacrónicas composiciones en latín al deslumbramiento parnasiano por lo nuevo y a una ruptura radical con la tradición.

En pocos escritores se cruzan vida y obra con tanta intensidad como en Rimbaud. Lo subraya Edmund White en este párrafo: Yeats dijo que el escritor ha de elegir entre la vida y la obra; Rimbaud terminó eligiendo las dos cosas.

Buscó el escándalo desde sus primeros poemas en francés, como Las buscadoras de piojos, que escribió a la vez que se declaraba en rebeldía con el mundo, se escapaba de casa y comenzaba una interminable peripecia de vagabundeos que expresaban su aversión al sedentarismo.

Propenso a las máscaras, Rimbaud escribió en una ocasión Yo es otro, para aludir a su propio desdoblamiento en ángel de luz y de tinieblas, a la convivencia en él de la inocencia y la depravación. La vida y la obra de Rimbaud están instaladas en una zona de sombra, en una opacidad misteriosa y llena de contradicciones. Escribió poemas heterosexuales antes de irse a los 16 años con Verlaine, que le siguió en sus idas y venidas tortuosas y violentas, y comparte protagonismo con Rimbaud en la parte central y más intensa de esta magnífica biografía.

Rimbaud dominaba a Verlaine, el poeta de más edad. Rimbaud era el principal, el "esposo infernal", y Verlaine, diez años mayor y casado, era la pasiva, “virgen fatua.”

Con Verlaine practicó el exceso del libertinaje, de la absenta y el hachís, y mostró la parte más brillante de su poesía, su incapacidad para las relaciones sociales y su tendencia provocativa y egotista. Aquellas relaciones, que los condujeron a una estancia en Londres evocada por Cernuda en un memorable poema, desembocaron en una situación de ruptura a mano armada en Bruselas.

Tras esos episodios intensos vino la separación definitiva de Verlaine y de la poesía. Rimbaud vagabundeó por las calles y los tugurios de Europa, llegó a Alejandría, El Cairo y Java, y acabó traficando con esclavos y armas en Somalia y Etiopía. Una década en el Norte de África y Arabia, el actual Yemen. Allí empezó a sufrir el cáncer de huesos que acabaría con su vida en Marsella en 1891.

Este Rimbaud de White propone también un recorrido por su poesía, por la potencia visionaria de sus sinestesias, hace un interesante análisis de Una estación en el infierno y de otros poemas de un poeta decisivo cuya vida osciló entre el arrebato ascético y el exceso alcohólico, entre la actitud del gamberro indeseable y la inspiración del genio.

Canalla o mártir, aquel gamberro iluminado, aquel genio perverso y adolescente tal vez renunció a la poesía cuando dejó de ser para él la imagen de la verdad absoluta. Entonces posiblemente pensó que ya no tenía nada que decir. Y esa es la clave de su última obra, Una estación en el infierno, un texto atravesado por la angustia de quien reniega a partir de entonces de su medio de expresión y de la poesía visionaria.

Dejó de escribir a la edad en la que muchos empiezan. Con veinte años renunció a la literatura, pero antes dejó puestas las bases de la poesía contemporánea:

Fue el poeta más experimental de su época, alguien que en los cuatro breves años de su carrera logró tener tres estilos completamente distintos, mientras que Verlaine fue una voz mucho más lírica.

Pese a asedios tan eficaces y brillantes como el de Edmund White, Rimbaud sigue siendo una “leyenda duradera, autocontradictoria y extendida, (...) el poeta que sigue eludiéndonos, el que corre por delante de nosotros, justo fuera de nuestro alcance, con sus “suelas al viento.”


Santos Domínguez

31 diciembre 2010

Luis Rosales en Letras Hispánicas

Luis Rosales.
La casa encendida.
Rimas.
El contenido del corazón.
Edición de Noemí Montetes-Mairal y Laburta.
Cátedra Letras Hispánicas. Madrid, 2010.

Como el náufrago metódico que contase las olas que le bastan para morir;
y las contase, y las volviese a contar, para evitar errores,
hasta la última,
hasta aquella que tiene la estatura de un niño y le besa y le cubre la frente,
así he vivido yo con una vaga prudencia de caballo de cartón en el baño,
sabiendo que jamás me he equivocado en nada,
sino en las cosas que yo más quería.

Con esa espléndida Autobiografía se abren las Rimas, uno de los tres libros que acaban de aparecer en Cátedra Letras Hispánicas con edición, prólogo y notas de Noemí Montetes-Mairal y Laburta.

Como las tapias del Retiro, a medio camino entre jardín y bosque, a las que alude en el texto inicial de El contenido del corazón, en Luis Rosales la poesía fue un ejercicio constante de diálogo, de integración y de juntura, una manifestación creativa que habita en la frontera de lo clásico y lo contemporáneo, de lo íntimo y lo prójimo, de lo lírico y lo narrativo. Desde ese libro, en el que encontró su tono de voz y halló la raíz que alimenta su obra posterior, Rosales fue un náufrago metódico que nadaba desesperadamente entre el azar y la necesidad, entre lo milagroso y lo cotidiano con la libertad del versículo, del verso libre o del poema en prosa, dueño de una expresión que se mueve entre la contención y el desbordamiento del sentimiento y la palabra.

Sobre su complejo proceso creativo, sometido a la constante reelaboración de una creciente obra en marcha, sobre la formación poética de Rosales y su integración generacional, sobre el sentido y la construcción de estos tres libros, Noemí Montetes-Mairal ha elaborado un extenso y muy inteligente prólogo que abre esta edición de Cátedra Letras Hispánicas con la que la colección se suma a la celebración del centenario del poeta.

El contenido del corazón, La casa encendida y Rimas habitan un mundo de frontera en el que conviven una sencillez casi prosaica con la alucinada visión superrealista, la intensidad poética con la voluntad narrativa, la memoria y el corazón. Esa simbiosis entre una voz lírica y un enfoque descriptivo caracteriza a estos tres libros que constituyen la columna vertebral de la poesía de Rosales y la base de libros posteriores, marcados por una búsqueda constante, porque para el poeta escribir es trazarme una meta que nunca alcanzo.

Minuciosamente anotados y precedidos de ese exhaustivo estudio preliminar, los tres libros contienen las claves poéticas de una obra fundamental en la poesía de la segunda mitad del XX. En ellos, con el paso de un lirismo estricto a una voluntad narrativa y evocadora, se ha hecho presente el tono inconfundible y renovador de una voz que crecería aún más con el Diario de una resurrección y La carta entera.

Santos Domínguez

29 diciembre 2010

La imaginación sonora


Eugenio Trías.
La imaginación sonora.
Argumentos musicales.
Galaxia Gutenberg. Círculo de Lectores.
Barcelona, 2010.

Cuando San Isidoro lamentaba la fugacidad de la música, cuyos sonidos no se podían registrar por escrito, no preveía que unos siglos después, coincidiendo con el nuevo milenio, iba a tener lugar una invención decisiva que modificaría radicalmente no sólo el ámbito de la música, sino el de la cultura occidental.

La notación musical, que no tenía precedentes en el mundo antiguo, se convertiría en un acontecimiento crucial para el desarrollo artístico de Europa. Así empezaba un largo proceso al que se sumaría la polifonía contrapuntística, que cambiaría el sentido de la música y el curso de la historia de la cultura.

En La imaginación sonora, que completa el díptico abierto con El canto de las sirenas y publica Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, Eugenio Trías analiza los hitos fundamentales de ese camino a lo largo de un milenio. Desde la invención de la escritura musical en los monasterios medievales hasta la música contemporánea y su tránsito hacia el mundo global.

Desde Josquin des Près y Palestrina a Ligeti y Scelsi, alfa y omega de un proceso que abarca un milenio, Eugenio Trías invita a un viaje que se inicia en la Alta Edad Media con la música como vehículo entre el mundo inteligible y el sensible.

Con un fondo de meditación existencial sobre el tiempo, La imaginación sonora propone un diálogo sostenido entre la música y la filosofía a través de un milenio y de las tres edades del espíritu en una amplia sucesión de argumentos musicales en la cultura occidental: la música penitencial de Orlando di Lasso; Palestrina, el Homero de la música, la fuente de la que bebió Wagner; las cantatas crepusculares, los oratorios y las Pasiones de Bach; la energía radiante de un Haydn que va desde el corazón de la luz al centro de la inteligencia para superar la música barroca con la sonata; el Mozart de La clemenza di Tito, su última ópera; la Oda a la alegría y la Misa en tiempos de guerra de Beethoven; Listz, que puso las bases para la música del futuro en De la cuna a la tumba; Wagner y la utopía trágica de la Tetralogía, el adiós a la vida de Anton Bruckner en el tercer movimiento de su Novena sinfonía; la teología negativa del Otello y el amor ridente de Las alegres comadres de Windsor de Verdi; el tiempo y la muerte en la Octava sinfonía y en la Canción de la tierra de Mahler; el conflicto entre forma e idea que atraviesa toda la obra de Schönberg; el colorido del timbre en la música de Ligeti y el renacimiento del verbo en Scelsi.

Esos son los argumentos que se suceden en un magnífico ensayo lleno de sabiduría y de sugerencias que cierra una Coda filosófica que en un preludio y tres movimientos aborda la esencia del arte sonoro, la diferencia entre la música en el tiempo y la palabra en el tiempo, su relación con la filosofía o su función curativa o consoladora.

Santos Domínguez

27 diciembre 2010

El mundo bajo los párpados



Jacobo Siruela.
El mundo bajo los párpados.
Atalanta. Gerona, 2010.

Toda nuestra historia es únicamente la de los hombres despiertos; nadie hasta ahora ha pensado en una historia de los que duermen.

A esa aguda intuición de un duermevela de Lichtenberg encomienda Jacobo Siruela El mundo bajo los párpados, un ensayo escrito desde la conciencia de la historicidad del onirismo, una aproximación a esa historia inédita de los sueños que publica Atalanta en su colección Imaginatio vera.

En el prólogo de su Libro de sueños, Borges reivindicaba el sueño como el más antiguo y el no menos complejo de los géneros literarios y justificaba así la conveniencia de trazar una historia de los sueños que exploraría su evolución y delimitaría los sueños inventados por el sueño y los sueños inventados por la vigilia.

Y es que cada cultura y cada época tienen una forma propia de mirar, una estilística histórica del sueño que desde la zona más opaca de la personalidad irrumpe en la parte más secreta de los hombres. Ya intuyó Hegel que si reuniéramos los sueños de un momento histórico determinado, veríamos surgir una exactísima imagen del espíritu de ese periodo.

Relatar un sueño, transferirlo de su esfera íntima a un ámbito público, es hacer un viaje de regreso desde el laberinto, desde la frontera de la irracionalidad y el subconsciente, en el límite mismo del tiempo y del espacio. Ese viaje de un mundo a otro implica la dificultad de establecer una gramática del sueño, cuya sintaxis no se somete a una articulación lógica y se funda en un peculiar mundo de significados autónomos, en una semiología propia cuyos símbolos e imágenes a menudo comparten la doble condición de premonitorias y opacas.

Por eso los sueños, entendidos con frecuencia como mediación entre los dioses y los hombres, han precisado intérpretes que descifren su hermenéutica caótica y determinen su sentido oracular, tan determinante de estrategias bélicas desde la antigüedad como la valoración del vuelo de las aves o la inspección de las vísceras sacrificiales.

Aunque posiblemente se ocupe del mundo metafórico del sueño en otro volumen, no es ese el propósito de Jacobo Siruela en este libro. El mundo bajo los párpados establece una fenomenología del sueño, explica su analogía metodológica con los procesos creativos de la poesía, su relación con lo sagrado en la búsqueda de sueños propicios y reveladores, de iluminaciones en las que el poeta asume un papel oracular, intermedio entre el ámbito humano y la divinidad: el de mediador entre los hombres y la Musa.

Narrativas y turbadoras, sus páginas evocan también la capacidad curativa de los sueños y la creencia en su poder terapéutico en los templos de la antigüedad, contienen descripciones de ensueños, de sueños conscientes en el duermevela lúcido de los onironautas que navegan por esa zona ambigua habitualmente intransitable entre el sueño y la vigilia, al margen del tiempo y del espacio.

Somos de la materia de los sueños, dice Próspero en La tempestad, antes de hablar de la brevedad de la vida. Y El mundo bajo los párpados es también una indagación en la identidad entre el sueño y la muerte, dos reinos de sombras asociados en la mitología clásica a dos dioses gemelares: Hipno y Tánato.

Dos sombras tutelares: la máscara del sueño bajo la que tal vez no sea difícil reconocer el rostro de la muerte.

Santos Domínguez