William Somerset Maugham.
Diez grandes novelas y sus autores.
Los secretos del arte narrativo.
Traducción de Fabián Chueca.
Tusquets. Condición Humana. Barcelona, 2026.
“Las novelas de las que me he ocupado en estas páginas son muy distintas entre sí, pero tienen un rasgo en común: cuentan buenas historias, y sus autores las relatan de una manera muy sencilla. Narran acontecimientos y ahondan en motivaciones sin recurrir a ninguno de los fastidiosos recursos literarios como el monólogo interior o el salto atrás, que vuelven tediosas tantas novelas modernas. Cuentan al lector lo que desean que sepa, y no, como está de moda en la actualidad, le dejan que adivine quiénes son los personajes, cuál es su ocupación y cuáles sus circunstancias: en una palabra, hacen todo lo posible para facilitarle las cosas. No parece que hayan intentado impresionar con su sutileza ni sobresaltar con su originalidad. Como personas, son bastante complicados; como escritores, son increíblemente sencillos”, escribe William Somerset Maugham en el texto que cierra su espléndido Diez grandes novelas y sus autores, que Tusquets incorpora a su sólida colección de ensayo Condición Humana, con traducción de Fabián Chueca.
A finales de los años cuarenta, el director de la revista literaria estadounidense Redbook pidió al escritor británico William Somerset Maugham, un novelista con prestigio y popularidad, que elaborase una lista de las diez mejores novelas de la literatura universal. La lista fue, como todas las de este tipo, arbitraria y discutible, pero estaba llena de sugerencias y posibilidades:
“Como es natural, mi lista era arbitraria -reconoce Somerset Maugham-. Podría haber confeccionado otra con diez novelas distintas, tan buenas cada una en su estilo como las que escogí, aduciendo razones igualmente válidas para justificar su selección. Si pedimos a cien personas, de amplias lecturas y cultura adecuada, que hagan una lista de esta índole, es muy probable que aparezcan citadas al menos doscientas o trescientas novelas, pero creo que en todas las relaciones tendrían cabida la mayoría de las que yo elegí. ”
Aquella propuesta provocó poco después una nueva invitación de la que en 1954 surgió este libro, cuando “un editor estadounidense me sugirió reeditar en forma abreviada las diez novelas que había enumerado, acompañadas de sendos prefacios cuya redacción correría de mi cuenta.”
Y así surgieron estos doce ensayos memorables sobre el arte de la ficción, sobre diez novelistas de siglo XIX, evocados en estupendas semblanzas narrativas, y sobre sus obras más representativas. Doce ensayos recopilados en un volumen subtitulado Los secretos del arte narrativo que se encomienda a dos significativas citas iniciales que orientan el enfoque de los artículos:
Siempre me han gustado las correspondencias, las conversaciones, los pensamientos, todos los pormenores del carácter, de las costumbres, en una palabra, de la biografía de los grandes escritores. (Saint-Beuve)
La primera condición de una novela es que interese. Ahora bien, para que así sea, hay que ilusionar al lector hasta tal punto que pueda creer que lo que se le cuenta ha sucedido de verdad. (Balzac)
Es, en resumen, la biografía de los grandes escritores como literatura y la novela como testimonio y documento fiable de su tiempo. Y es muy interesante que un novelista como Somerset Maugham cuente las vidas de otros novelistas (Fielding, Jane Austen, Stendhal, Balzac, Dickens, Flaubert, Melville, Emily Brönte, Dostoievski y Tolstoi) como si fuesen novelas y que cuente las novelas (Tom Jones, Orgullo y prejuicio, Rojo y negro, David Copperfield, Madame Bovary, Moby Dick, Cumbres borrascosas, Los hermanos Karamazov, Guerra y paz) como si él mismo hubiese sido testigo de los hechos narrados:
“En los capítulos que siguen -explica el narrador convertido aquí en ensayista- he dedicado, en cada caso, unas páginas a la vida y al carácter del autor en cuestión. Y lo he hecho así, en parte, para mi disfrute personal, pero también por el lector, pues creo que saber qué tipo de persona era el autor permite comprender y valorar mejor su obra. Saber algo acerca de Flaubert explica muchas cosas que de otro modo resultarían inquietantes en Madame Bovary, y saber lo poco que hay que saber de Emily Brontë infunde un mayor patetismo a su extraña y maravillosa obra. Como soy novelista, he escrito estos ensayos desde mi propio punto de vista. El peligro que eso entraña es que el novelista es muy propenso a que lo que más le guste sea aquello que se asemeja a las novelas que él hace, y que juzgue la obra de los demás por su proximidad a su práctica personal. ”
Cuando Flaubert declaraba que Mme. Bovary era él, le estaba dando a Somerset Maugham una pista que aprovecha con brillantez en este libro, que es lo que suele ser la crítica anglosajona: una invitación a la lectura y una reivindicación del placer de leer novelas, porque -escribe Somerset Maugham- “las personas sensatas no leen una novela como si fuera una obligación. Las leen para divertirse.”
Ese enfoque lúdico y el valor añadido de la sutil inteligencia del autor de El filo de la navaja hacen de este libro una lectura muy recomendable y una nueva excusa para visitar otra vez la novela clásica del siglo XIX.
El análisis cercano y rememorativo de las diez novelas (que podrían haber sido otras, claro) y de la personalidad de sus autores va enmarcado entre dos capítulos, uno inicial y otro final, sobre el arte de la ficción y su práctica.
El primero, El arte de la ficción, es un intenso tratado sobre el oficio de narrar y su técnica en el que Somerset Maugham, con la pericia de quien es un solvente narrador, aborda cuestiones como el punto de vista, entre el narrador en primera persona y el narrador omnisciente, los métodos de construcción del personaje o los diálogos para concluir que “no hay por qué leer una novela sin disfrute. Si al lector no se lo proporciona, para él la obra en sí carece de valor. En este sentido todo lector es su mejor crítico, pues solo él sabe con qué disfruta y con qué no. Creo, sin embargo, que el novelista puede decir que no se le hace justicia si no se reconoce que tiene derecho a exigir algo a sus lectores. Tiene derecho a exigir que el lector posea la pequeña dosis de aplicación necesaria para leer un libro de trescientas o cuatrocientas páginas. Tiene derecho a exigir que el lector posea suficiente imaginación para ser capaz de interesarse por la vida, las alegrías y las penas, las tribulaciones, los peligros y las aventuras de los personajes de su invención. Si el lector no es capaz de dar algo de sí mismo, no obtendrá de una novela lo mejor que esta puede ofrecerle. Y si no es capaz de darlo, sería mejor que no la leyera. No existe obligación alguna de leer una obra de ficción.”
El último texto, En conclusión, es un puro ejercicio de imaginación narrativa, lleno de inteligencia e ironía. En él, el ensayista-narrador convoca a los diez novelistas a una fiesta en su casa y les deja moverse con la discreción elegante de un buen anfitrión.
Es la fiesta de la lectura que se celebra como culminación de este libro, una fiesta a la que está invitado todo lector de novelas. Una reunión de escritores y de conversaciones que vale más que muchos tratados soporíferos sobre el oficio de escribir y el de leer.
Santos Domínguez