21 enero 2011

William Cliff. El pan cotidiano


William Cliff.
El pan cotidiano.
Traducción y prólogo de Rafael-José Díaz.
Pre-Textos. Valencia, 2010.

Con un texto fechado hace nueve años, en febrero de 2002, abre William Cliff El pan cotidiano, un largo y único poema de 140 estrofas de diez versos que se publicó en 2006 y aparece ahora en Pre-Textos con traducción y prólogo de Rafael-José Díaz, que ha hecho un meritorio trabajo de aproximación al tono original de la poesía del belga André Imberechts, que firma con el seudónimo William Cliff.

Un tono oscuro que refleja lo cotidiano con un lenguaje cotidiano en una desolada poesía intimista o urbana, calurosa o invernal, en la que se suceden los lugares y los tiempos, las estaciones del año y las del ferrocarril, y se evocan vagos movimientos de vida / que recuerden la existencia animal.

La insatisfacción, el trabajo degradante, la decrepitud física y la contaminación atmosférica son algunos de los temas de un poeta que, como señala Rafael-José Díaz en su prólogo, “no ha dejado en cada uno de sus libros de explorar territorios casi siempre vetados a la palabra supuestamente inmaculada del poema.”

Fechados entre febrero de 2002 y julio de 2005, los poemas de El pan cotidiano constituyen un diario discontinuo y fragmentario de impresiones y recuerdos, de soledad y bares, ensoñaciones y desalientos, preguntas y deseos, insomnios y excesos alcohólicos con la destrucción y el tiempo al fondo.

Cualquier hecho trivial le sirve al poeta para dar cauce a una desolada meditación existencial en la que la degradación del mundo es paralela a la decadencia personal. Un insecto agresivo o un condón usado, la receta de una sopa o el coloquio en una radio se convierten en estos poemas en metáforas del problemático sentido de la existencia.

O del sentido de la escritura, como en este texto, del 9 de octubre de 2003:

la nobleza del gesto de escritura
como el que hace ese escriba egipcio
que proyecta su alma hacia lo que soporta
y lo transmite al gesto de la mano
del corazón al dedo de la mirada al trazo
dibujado en lo blanco de la página
esa nobleza rara se dispone
a la creación de un elevado estilo
y no al mero abandono despreciable
que cae en las teclas de un ordenador


Santos Domínguez

19 enero 2011

Bestiario y fuga de Gabriel Sofer


Gabriel Sofer.
Bestiario y fuga.
El olivo azul. Córdoba, 2010.

El misterioso y brillante Gabriel Sofer vuelve a las librerías con un nuevo libro de relatos. Ilustrado por Lina Vila y publicado por El olivo azul, Bestiario y fuga es un fabulario secreto y neoyorkino, un bestiario contemporáneo y urbano.

Un cuervo vitalista y cínico y un palomo viejo, melancólico y reflexivo, los dos personajes centrales que evolucionan a través del valor dialéctico del diálogo, conversan en unos textos de estructura abierta, en un rosario de historias de arranque visual subrayado por las ilustraciones de Lina Vila.

Una fábula moral en Brooklyn, una indagación simbólica en el hombre y en su vida en fuga a través de los animales, de unos personajes vivos y contradictorios que huyen, cada uno a su manera. Y el arte de la fuga como técnica musical y literaria se convierte en la clave de un libro tan asombroso, tan intenso y tan complejo como su anterior Al final del mar.

Santos Domínguez

17 enero 2011

Ayala. Autobiografía(s)


Francisco Ayala.
Autobiografía(s).
Obras Completas II.
Galaxia Gutenberg /Círculo de Lectores.
Barcelona, 2010.


Entonces, el autorretrato que yo me pinto ante mis propios ojos, ¿no resultará también un retrato de "personaje desconocido"?

Con esa aguda conciencia autocrítica reflexionaba en 1991 Francisco Ayala acerca de la problemática sinceridad de las obras autobiográficas y sobre la propensión al autoengaño. La cita forma parte de Retrato de personaje desconocido, que es el capítulo inicial de El tiempo y yo o El mundo a la espalda, uno de los tres libros de memorias de Ayala que se recogen en Autobiografía(s).

Así se titula el segundo volumen de las Obras Completas de Francisco Ayala (1906-2009), que está publicando
Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores con edición de Carolyn Richmond. Un volumen que reúne por primera vez la totalidad de los textos autobiográficos de quien es una de las referencias literarias y éticas de la literatura y el pensamiento español del siglo XX.

En este volumen -del que forman parte textos esenciales como El tiempo y yo o El mundo a la espalda (1992) y De mis pasos en la tierra (1998)- ocupan un lugar central sus Recuerdos y olvidos (1906-2006), a los que se han incorporado los apéndices que no aparecían en las ediciones más recientes de unos textos que van mucho más allá de la simple autobiografía y contienen la conciencia lúcida y crítica de un siglo conflictivo.

Un siglo que le vio pasar del paraíso granadino de la infancia a la experiencia del destierro a través del brillante Madrid republicano; el duradero exilio bonaerense que dejó huellas imborrables en su vida y su acento porteño; los retornos profesorales desde Estados Unidos y los recuerdos que se intensifican a su regreso a España.

Conviven en estas páginas todas las facetas de Ayala: el escritor y el profesor, el novelista y el sociólogo, el crítico lúcido y el memorialista poco o nada autocomplaciente consigo mismo. Conviven también aquí la memoria, la realidad y la ficción que evoca Luis García Montero en el prólogo que presenta este volumen en el que un Ayala cercano conversa con el lector sobre el 27, el Berlín del nazismo, la España de la República, el exilio en Buenos Aires o la ciudad de Nueva York, sobre la creación artística, su relación con la realidad y su exigencia ética.

Un Ayala directo y completo, que con su intenso pulso narrativo hace un riguroso examen de conciencia en una cuidadísima edición que recupera su memoria, su vida y su literatura.

Santos Domínguez

14 enero 2011

Yo quisiera llover


Fernando Aramburu.
Yo quisiera llover.
Demipage. Madrid, 2010


Grata como susurro al escanciarte, en la memoria
de noches calurosas al borde de un abismo de besos,
entre brazos que habrán palidecido,
con tu presencia derramada me encuentro a cualquier hora

de la edad que hoy arrastro igual que a piedra.

Tú eres ya para mí más que un amor gozosa

manera noble de estar conmigo a buenas

con que quisiera perdurar hasta las nubes últimas,
en la boca tu amargo sabor sabio
y ofrecida a la mano y deliciosa
igual que cuerpo a nuestro antiguo afán tendido.

Hoy te tomo con sed insoportable

de juventud, en cálices comunes

que apuro al discurrir las anodinas horas

a la caducidad abandonadas.


Sáciame, mientras caigo como hoja

enferma de existencia consumida,

a tu modo cordial de suave soledad,
espuma deleitosa,
fresco amargor de quien espero sepa

un rato devolverme los días que pasaron,

de amable dios tardío sangre rubia.

Esos son los versos de Cerveza, uno de los poemas de Fernando Aramburu que publica Demipage en Yo quisiera llover, la antología poética en la que Juan Manuel Díaz de Guereñu recoge muestras de la producción poética del novelista entre 1977 y 2005.

Procedentes, salvo los poemas finales inéditos o no incluidos en libro, de los seis tomos de poesía que ha publicado Aramburu, los textos de Yo quisiera llover son en gran medida la historia de un desistimiento, la prehistoria de su obra narrativa, el retrato del autor en busca de una voz propia que finalmente se concretó en el relato y en la novela, donde encontró una mayor amplitud de campo para mirar el mundo y su mejor tono de voz para contarlo, aunque antes lo ensayó en textos como el que da título al volumen:

Yo quisiera llover, llover
interminablemente,
sentir que me deshago en una
larga melena de gotas finas y festivas.

Mi sueño es un caer, es un caer
que moja en la desamparada tarde
los muros
cenicientos, las lápidas, los rostros.

Santos Domínguez


12 enero 2011

Historia torcida de la literatura


Javier Traité.
Historia torcida de la literatura.
Principal de los libros. Barcelona, 2010.

Javier Traité, librero y blogger, ha escrito en Historia torcida de la literatura, que publica Principal de los libros, una desenfadada celebración de la literatura, una propuesta de acercamiento irreverente a los clásicos y sobre todo una ingeniosa invitación a la lectura.

De Gilgamesh a Jaroslav Hasek, sus páginas son un repaso a los cachondos de nuestros abuelos bíblicos o troyanos, un paseo medieval por el amanecerr de los golfos en el Tirant lo Blanc, por los cuentacuentos del XIV, por el Renacimiento del bueno, el feo y el malo (Moro, Rabelais y Maquiavelo), por las hostias como panes del Siglo de Oro y las rivalidades conceptistas y culteranas; por la Ilustración de Rousseau (un hijoputa) o por la depravación de Sade, autor de una literatura jodidísima.

De esos antecedentes surgen las plumas torcidas de nuestros padres decimonónicos, con su spleen y su golfería parisina, la resaca de vodka de los novelistas rusos, el joven Werther, el primer emo de la literatura, o el flipe drogadicto del XIX inglés.

Y así, de capítulo en capítulo, hasta llegar al resultado de todo esto, al fruto de toda esta historia, la literatura torcida del siglo XX: un Jack London desconcertante, un Faulkner alcohólico o las gónadas de Henry Miller, la ensaladilla británica de Virginia Woolf, Conrad y Lawrence, el frente latinoamericano y español o la fuerza de la narrativa germánica de Mann o Musil.

Con más humor de sal gorda que distancia irónica y un exceso gesticulador innecesario, porque tiende al trazo grueso y simple de la caricatura, este es un libro para iniciados cómplices. Lo leerán con gusto y sin sorpresa quienes ya estaban convencidos de que los clásicos no son aburridos ni habitan un territorio sagrado.

Por el contrario, quienes vean en la literatura una actividad masoquista diseñada para el sufrimiento estupendo y transcendente, quienes encuentren en ella una variante menos frailuna y más presentable del cilicio, deberían abstenerse de leer un libro como este.

Santos Domínguez

10 enero 2011

Papini



Giovanni Papini.
El piloto ciego.
Traducción de Paloma Alonso Alberti.
Prólogo de Alicia Mariño.
Rey Lear Editores, Madrid, 2009.

Giovanni Papini.
Palabras y sangre.
Traducción de Paloma Alonso Alberti.
Rey Lear. Madrid, 2010.

Giovanni Papini (Florencia, 1881-1956) es uno de los más genuinos representantes de la crisis de la cultura europea en el tránsito del XIX al XX. Esa crisis finisecular dio lugar a un irracionalismo artístico y literario que fue apartándose cada vez más de las tendencias realistas y se fue radicalizando hasta la explosión definitiva de las vanguardias.

En esa clave y en ese contexto hay que entender la producción narrativa de Papini, un autor polémico y contradictorio que pasó de proyectar su angustia en la provocación incendiaria a militar en el catolicismo y en el fascismo. Leída en esa clave irracionalista, la transición no fue tan abrupta.

Como descendiente de un cambiante Proteo lo admiró Borges, que reconoció en él a uno de sus maestros en la incursión de lo fantástico en lo real y destacó su contradictoria complejidad: pragmatista y romántico, ateo y después teólogo. No sabemos cuál es su cara, porque fueron muchas sus máscaras.

Rey Lear está recuperando desde el año pasado lo más significativo de su obra. Y con buen criterio ha iniciado esa recuperación por sus relatos cortos, antes de acometer la publicación de Gog, la obra mayor del proteico italiano.

A la publicación de los trece relatos de El piloto ciego (1909) se ha añadido recientemente otro volumen con los catorce cuentos que componen Palabras y sangre (1912), en los que un Papini desasosegado daba un paso más en la exploración del absurdo existencial, en la expresión de la angustia y el desconcierto previos a la Primera Guerra Mundial, una época en la que, como recordaba Borges, el hombre se reclinaba en su melancolía y en sus crepúsculos.

La melancolía, la subjetividad o la desaparición de las fronteras que separan la fantasía de una realidad huidiza y problemática se convierten en el vínculo que une las distintas piezas de este mundo narrativo que comparten un transfondo filosófico y una mirada distanciada y cruel.

Traducidos por Paloma Alonso Alberti, El piloto ciego y Palabras y sangre contienen algunos de los relatos -Dos imágenes en un estanque o El hombre que se perdió a si mismo- que podrían figurar en una antología contemporánea del género.

Santos Domínguez

07 enero 2011

Prosopoema del arte de la escritura

Lu Ji.
Wen fu.
Prosopoema del arte de la escritura.
Edición y traducción de
Pilar González España.
Cátedra. Madrid, 2010.

Así es el comienzo: se interioriza la visión, se adentran los sonidos. Se demora el pensamiento y todo se interroga.


Poesía y filosofía, literatura y tao, metáfora y psicología se funden en este Prosopoema del arte de la escritura que escribió Lu Ji en China a finales del siglo III.

Son poemas que hablan del poema, doscientos sesenta y dos versos, agrupados en quince capítulos y una coda, que constituyen una meditación metapoética sobre el proceso creativo en poesía, sobre la originalidad, la inseguridad del poeta, el misterio de la escritura, sobre la inspiración o la fusión de lenguaje y emoción transformada en luz en la caza nocturna del poema:

Desdeña las flores marchitas, ya abiertas, del amanecer, y quédate con los brotes tiernos, aún cerrados, de la noche.

Con prólogo y traducción de Pilar González España, responsable también de las minuciosas notas de la edición, aparece en Letras Universales de Cátedra este tratado sutil sobre la poesía, esta incursión intuitiva en la secreta oscuridad de la composición, en la escritura como proceso de búsqueda y expresión de emociones.

Y como experiencia creativa que convoca en el texto tradición y renovación, porque partiendo de lo antiguo se puede llegar a lo nuevo y establecer un diálogo entre las transgresiones del presente y la destreza de los clásicos:

A veces miras atrás, y te llama un pasaje previo. A veces miras adelante y te impulsa un pasaje futuro.


Santos Domínguez

05 enero 2011

En busca del tiempo perdido

Marcel Proust. 
En busca del tiempo perdido. 
Traducción de Carlos Manzano. 
Debolsillo. Barcelona, 2010.

Debolsillo edita un estuche con los siete volúmenes de En busca del tiempo perdido en tapa dura. Obra esencial en la literatura contemporánea, Proust dejó en ella el relato de su vocación literaria y reinventó su vida en una autobiografía ficticia a través de la evocación de lugares y sensaciones, de la crónica social de doscientos personajes en los ambientes refinados de comienzos del siglo XX.

La densidad de una novela que indaga en la densidad del recuerdo a través de la memoria involuntaria y de un tiempo interior y subjetivo cuya lentitud desorientó a André Gide, que emitió un informe negativo para Gallimard en el que mostraba su rechazo a que Proust empleara treinta páginas minuciosas para evocar las vueltas que da en la cama el narrador desvelado.

En sus miles de páginas, el eje es el tiempo perdido, pero sobre todo la experiencia de búsqueda, el tiempo recobrado en un entramado circular, la salvación a través del arte, porque el pasado forma parte del presente y, para recuperarlo a través del arte, Proust recurre a un pintor, a un novelista y a un músico.

Porque la verdadera vida, la única vida vivida con intensidad es la literatura, concluye en El tiempo recobrado, en el que vuelve un pasado que se desdobla en un presente que superpone la realidad y la ficción en la memoria del narrador protagonista envejecido, confundido él también con su autor. Así se cierra un círculo temporal que regresa al punto de partida de la serie, al momento narrativo en que confluyen el tiempo del narrador y el tiempo narrado.

El descubrimiento del mundo, el despertar sexual, los celos y la muerte, la aristocracia de los Guermantes, la homosexualidad, el refinamiento y la melancolía en París y en Combray, las ilusiones perdidas y la decadencia irreversible de un mundo que muere, reflejada a través del snob Swann y el barón de Charlus, de Odette y Albertine. Un pasado en el que la memoria superpone ficción y realidad, igual que se superponen lo consciente y lo subconsciente, la voz del narrador y la del autor y los tiempos distintos en los que viven.

Amor, tiempo y deseo al fondo, al otro lado de la habitación forrada de corcho en la que escribía Proust, con una insuperable capacidad estilística para crear atmósferas y monólogos interiores de una lentísima elegancia en los que se refleja una languidez espiritual que inunda su estilo, recuperado también en la traducción de Carlos Manzano, que propone la mejor versión española de la serie proustiana.

Santos Domínguez

03 enero 2011

Rimbaud


Edmund White.
Rimbaud.
Traducción de
Nicole d’Amonville Alegría.
Lumen. Barcelona, 2010.

Descubrí a Rimbaud, en 1956, cuando tenía dieciséis años. (...) Siendo yo un desgraciado adolescente gay, sofocado por el aburrimiento y la frustración sexual, y paralizado por el odio hacia mí mismo, anhelaba huir a Nueva York y triunfar como escritor; me identificaba completamente con los deseos de Rimbaud de ser libre, de ser publicado, de ser sensual, de ir a París. Lo único de lo que carecía era de su arrojo. Y de su genio. (...) El mito de Rimbaud me parecía a la vez enigmático y emocionante.

Edmund White, novelista y ensayista norteamericano, profesor en la universidad de Princeton y crítico literario, inicia con esas palabras la biografía de Rimbaud que publicó hace dos años y que acaba de editar en español Lumen con traducción de Nicole d’Amonville Alegría.

Es un acercamiento a aquel niño “alarmantemente bueno”, al estudiante ejemplar de Charleville, con una madre fastidiosa y un padre huido de casa, al adolescente rebelde, precoz y procaz, al ángel infernal del exceso que cambió la poesía europea en cuatro años de escritura.

Su evolución vital fue paralela a su evolución literaria. Pasó de imitar a Horacio en anacrónicas composiciones en latín al deslumbramiento parnasiano por lo nuevo y a una ruptura radical con la tradición.

En pocos escritores se cruzan vida y obra con tanta intensidad como en Rimbaud. Lo subraya Edmund White en este párrafo: Yeats dijo que el escritor ha de elegir entre la vida y la obra; Rimbaud terminó eligiendo las dos cosas.

Buscó el escándalo desde sus primeros poemas en francés, como Las buscadoras de piojos, que escribió a la vez que se declaraba en rebeldía con el mundo, se escapaba de casa y comenzaba una interminable peripecia de vagabundeos que expresaban su aversión al sedentarismo.

Propenso a las máscaras, Rimbaud escribió en una ocasión Yo es otro, para aludir a su propio desdoblamiento en ángel de luz y de tinieblas, a la convivencia en él de la inocencia y la depravación. La vida y la obra de Rimbaud están instaladas en una zona de sombra, en una opacidad misteriosa y llena de contradicciones. Escribió poemas heterosexuales antes de irse a los 16 años con Verlaine, que le siguió en sus idas y venidas tortuosas y violentas, y comparte protagonismo con Rimbaud en la parte central y más intensa de esta magnífica biografía.

Rimbaud dominaba a Verlaine, el poeta de más edad. Rimbaud era el principal, el "esposo infernal", y Verlaine, diez años mayor y casado, era la pasiva, “virgen fatua.”

Con Verlaine practicó el exceso del libertinaje, de la absenta y el hachís, y mostró la parte más brillante de su poesía, su incapacidad para las relaciones sociales y su tendencia provocativa y egotista. Aquellas relaciones, que los condujeron a una estancia en Londres evocada por Cernuda en un memorable poema, desembocaron en una situación de ruptura a mano armada en Bruselas.

Tras esos episodios intensos vino la separación definitiva de Verlaine y de la poesía. Rimbaud vagabundeó por las calles y los tugurios de Europa, llegó a Alejandría, El Cairo y Java, y acabó traficando con esclavos y armas en Somalia y Etiopía. Una década en el Norte de África y Arabia, el actual Yemen. Allí empezó a sufrir el cáncer de huesos que acabaría con su vida en Marsella en 1891.

Este Rimbaud de White propone también un recorrido por su poesía, por la potencia visionaria de sus sinestesias, hace un interesante análisis de Una estación en el infierno y de otros poemas de un poeta decisivo cuya vida osciló entre el arrebato ascético y el exceso alcohólico, entre la actitud del gamberro indeseable y la inspiración del genio.

Canalla o mártir, aquel gamberro iluminado, aquel genio perverso y adolescente tal vez renunció a la poesía cuando dejó de ser para él la imagen de la verdad absoluta. Entonces posiblemente pensó que ya no tenía nada que decir. Y esa es la clave de su última obra, Una estación en el infierno, un texto atravesado por la angustia de quien reniega a partir de entonces de su medio de expresión y de la poesía visionaria.

Dejó de escribir a la edad en la que muchos empiezan. Con veinte años renunció a la literatura, pero antes dejó puestas las bases de la poesía contemporánea:

Fue el poeta más experimental de su época, alguien que en los cuatro breves años de su carrera logró tener tres estilos completamente distintos, mientras que Verlaine fue una voz mucho más lírica.

Pese a asedios tan eficaces y brillantes como el de Edmund White, Rimbaud sigue siendo una “leyenda duradera, autocontradictoria y extendida, (...) el poeta que sigue eludiéndonos, el que corre por delante de nosotros, justo fuera de nuestro alcance, con sus “suelas al viento.”


Santos Domínguez