31/1/11

Casanova el admirable


Philippe Sollers.
Casanova el admirable.
Traducción de Mauro Armiño.
Páginas de Espuma. Madrid, 2010.

Una bellísima portada han elegido los editores de Páginas de Espuma para publicar la traducción que Mauro Armiño ha hecho de Casanova el admirable, un magnífico ensayo en el que Phillip Sollers se acerca a la figura del libertino Giacomo Casanova.

Un personaje complejo, huidizo e inabarcable, un filósofo de la acción, como señala Sollers, que ha querido recuperar en este ensayo biográfico-filosófico la imagen de Casanova como uno de los más grandes escritores del XVIII, un genio ensombrecido con frecuencia por el brillo de la leyenda o del escándalo. Casanova es un gran compositor -escribe Sollers-. Tanto en la vida como en la escritura. Trata de demostrar que su vida se ha desarrollado como si se escribiese a compás.

Agudo y reivindicativo, riguroso y brillante, más narrativo que ensayístico, Casanova el admirable es un libro repleto de propuestas para el lector actual, una lectura contemporánea de la obra de Casanova, un hombre del presente puro, un excepcional narrador que escribe para un lector del futuro porque fue un hombre del futuro.

Todo el mundo cree saber quién es Casanova. Están equivocados, escribe Sollers para abrir este libro que apareció en Francia hace doce años y es una reivindicación de la actualidad de las actitudes del libertino veneciano y de su calidad como escritor, uno de los mayores del XVIII, porque sus Memorias son una obra maestra, el proyecto de alguien que avanza en su verdad.

Junto con la denuncia de las falsificaciones que han deformado la imagen de Casanova, tergiversado y reducido a la condición de animal de circo, ese el propósito de Sollers, que ha elaborado una biografía espléndida del libertino ilustrado, de un hombre complejo, huidizo y oscuro, que habla tanto del personaje biografiado como del biógrafo.

Porque, como se podía esperar de la brillantez y la inteligencia del escritor francés, cada una de las páginas de este libro, con Mozart y la partitura del Don Giovanni al fondo, cada uno de sus párrafos, es un dardo que da en el centro de la diana, un recorrido minucioso por su vida y su memoria, por las ciudades y las mujeres, por las estaciones sucesivas que jalonaron su biografía, su imparable huida hacia adelante y alimentaron la línea argumental de su recuerdo entre Venecia y el castillo de Bohemia donde narró su vida y consumió sus últimos años mientras escribía líneas tan memorables como estas:

Yo soy el sabio en el sillón sombrío. Las ramas y la lluvia se lanzan contra la ventana de la biblioteca.

Santos Domínguez

28/1/11

Heroidas


Ovidio.
Heroidas.
Traducción de Vicente Cristobal López.
Prólogo de Maruja Torres.
BackList Clásicos. Barcelona, 2010.

Me abraso como se abrasan las mieses en una fértil campiña, cuando los Euros indómitos avivan el fuego. Faón visita ahora los campos lejanos del Etna Tifoide; a mí me domina un ardor tan intenso como el fuego del Etna. Y no se me ocurren canciones que asociar a las bien templadas cuerdas. Las canciones son producto de una mente desocupada. Ni me agradan ya las muchachas de Pirra o Metimna, ni ninguna de las otras de Lesbos.

Esas líneas, que forman parte de una misiva ardiente y desesperada de Safo a Faón, pertenecen a las Heroidas, un conjunto de veintiuna cartas –la mayoría femeninas, la mayoría despechadas y llenas de insatisfacción amorosa- que Ovidio escribió poco antes de purgar sus días disipados en el destierro del Ponto Euxino. Salvo esta, todas estas epístolas elegiacas las atribuyó a la mujer de un héroe mitológico o al héroe que la responde.

En estas cartas -de Penélope a Ulises, de Briseida a Aquiles, de Fedra a Hipólito, de Dido a Eneas, de Ariadna a Teseo, de Medea a Jasón, de Paris a Helena y de Helena a Paris, de Leandro a Hero o de Hero a Leandro- está posiblemente el mejor Ovidio, el más intensamente lírico.

El autor de estas Heroidas es un poeta con más sutileza erótica que en el Ars amandi, más cercano a lo sagrado que en las Metamorfosis y más próximo a la sensibilidad del lector actual que en cualquiera de esas otras obras.

A esa proximidad, que hace de Ovidio -como de todo verdadero clásico- un contemporáneo nuestro, no es ajena la excelente traducción de Vicente Cristobal López que acaba de publicar en BackList, con un prólogo de Maruja Torres, que presenta a Ovidio como El hombre que comprendía a las mujeres.

Tanto las comprendía, que aquí se puso no en su piel, sino en sus venas para hacerlas hablar en un tono elegiaco, con la urgencia del deseo o de la desolación de las pérdidas, con la intensidad de la pasión o la intimidad de la tristeza.

Así construyó una espléndida obra coral cuyas voces femeninas interpretan la misma partitura: una polifonía de la tristeza de mujeres enamoradas y abandonadas.

Santos Domínguez

26/1/11

El mar de iguanas



Salvador Elizondo.
El mar de iguanas.
Atalanta. Gerona, 2010.

Hay solamente noche y primavera, escribía el mexicano Salvador Elizondo (1932-2006) la noche del 4 de marzo de 1988 en el primero de sus Noctuarios, uno de los cinco cuadernos que completó entre 1986 y 1997. Otro mes de marzo, dieciocho años después, murió Elizondo y ya hubo sólo noche para él.

Junto con Noctuarios, Atalanta acaba de reunir en el volumen El mar de iguanas la Autobiografía precoz y los relatos Ein Heldenleben y Elsinore de un excepcional escritor, uno de los fundadores de la revista Vuelta y de la contemporaneidad en la literatura mexicana.

Con un prólogo de Adolfo Castañón, que hace doce aproximaciones a la obra de Elizondo, El mar de iguanas, que era el título de una obra proyectada y no realizada, recopila una parte significativa de la escritura potente de su autor.

Profesor, articulista, ensayista, poeta y traductor de Paul Valèry, Malcolm Lowry y Poe, excéntrico y contradictorio, mexicano y europeo, experto en cine y en literatura, Elizondo fue uno de los intelectuales más unánimemente elogiados por compatriotas como Monsiváis, Fuentes, Paz o Margo Glantz.

La Autobiografía precoz, que escribió a los 33 años, recoge los recuerdos de infancia y juventud de Elizondo y sus primeros merodeos por el filo de la navaja, por la cercanía del abismo que fue el espacio natural de su vida y su literatura, que cuenta –las palabras son de Carlos Fuentes- el combate universal entre el cuerpo y el lenguaje.

El descubrimiento del cuerpo y la desnudez, la génesis de la melancolía, el estado de ánimo que comparte con Cristo y con Jack el Destripador, la pasión amorosa por Silvia y sus amores descompuestos, la locura latente que finalmente estalló y le recluyó en un manicomio, la reflexión sobre la poesía y el lenguaje, sobre el cine de Eisenstein y la pintura, el recuerdo de ciudades como Roma, París o Nueva York, el malditismo como opción ética, la crueldad y la locura compartidas con Sade y con Bataille, la caligrafía china, la poesía de Pound y el alcohol.

Todos esos materiales caben en las apretadas e intensas páginas de esa Autobiografía precoz recorrida por una mirada lúcida y crítica en la que se superponen -como en los montajes cinematográficos con los que estaba tan familiarizado Elizondo- los temas, los tonos y los géneros para proponer –como en el cine de Eisenstein y en los ideogramas chinos- un nuevo sentido, distinto y más complejo del que tenían aisladamente.

No es la única propuesta combinatoria que aparece en El mar de iguanas. Sus textos promueven un diálogo constante entre el diario y el relato, entre el ensayo y la poesía.

Por ejemplo, Ein Heldenleben, un cuento que toma título de un poema sinfónico de Richard Strauss, reconstruye la memoria infantil del nazismo y la Guerra Mundial desde el México de los años cuarenta.

O Elsinore, una novela corta y autobiográfica que se ambienta en un internado militar de California con el nombre del castillo danés de Hamlet. Ese colegio donde estudió Elizondo después de la Segunda Guerra Mundial enmarca un autorretrato del artista adolescente del que dijo Octavio Paz que fundía la ligereza y la inteligencia, la gracia y la melancolía.

Cierra el libro la escritura nocturna de los Noctuarios, que reflejan a un Elizondo mallarmeano, maduro y culminante. Son textos distintos a los diurnos en tono y temas, porque -como escribe el 19 de noviembre de 1986- tiene que haber una diferencia de estilo entre los pensamientos que se producen de día y las ideas que surgen de noche.

Y así estos textos son una exploración que se interna en un territorio cercano a la poesía, en el terreno del sueño, la muerte, el desvelo y el duermevela, en la oscuridad a ratos lúcida de las noches de alcohol y marihuana. Pero además de eso, estos diarios nocturnos trazan un itinerario de ciudades y lecturas cuyo sentido resumen estas líneas:

me pasé la primera etapa tratando de hablar con los vivos, es decir viajando, la segunda con los muertos, o sea leyendo, y pienso que ha llegado la de ponerme a hablar de los vivos y de los muertos conmigo mismo.

Aunque este volumen no sea exactamente la concreción del proyecto misceláneo que Elizondo quería titular El mar de iguanas, es un homenaje que su autor hubiera agradecido como lo agradecemos ahora quienes tenemos el privilegio de leerlo para comprobar cómo la dureza de algunas de sus páginas convive con una prosa magistral, de la que deja constancia el comienzo de la Autobiografía precoz:

Beda, el Venerable, compara la vida humana al paso de una alondra extraviada que penetra en un recinto, lo cruza fugazmente y vuelve a salir hacia la noche.


Santos Domínguez

24/1/11

Clarín. Narrativa completa

Leopoldo Alas «Clarín».
Narrativa completa.
I. Cuentos.
II. Novelas.
Edición, introducción y notas de Francisco Caudet.
Cátedra Bibliotheca AVREA. Madrid, 2010.

Con excelentes prólogos de Francisco Caudet sobre la evolución y la conciencia crítica del Clarín cuentista y sobre la génesis de dos estrategias narrativas en sus dos novelas, la Bibliotheca Avrea de Cátedra reúne la narrativa completa de uno de los grandes autores de la segunda mitad del XIX en Europa en dos tomos cuidados en detalle.

Nadie discute la importancia de Clarín, reconocido como el mejor escritor de relatos cortos del siglo XIX en España y como autor de la mejor novela que –junto con Fortunata y Jacinta- dio en nuestro país aquel siglo agitado y prosaico.

El primer volumen recopila los relatos breves y las novelas cortas. Cerca de ciento cincuenta narraciones en las que, como señaló Carolyn Richmond, Clarín elabora una autobiografía ficticia a través del análisis de la psicología y la conducta de sus personajes en libertad. Ambientados en espacios rurales o urbanos de Asturias o en el Madrid que conoció de estudiante, reflejan el aprendizaje y la madurez de un narrador en el que coincideron de manera inusual la conciencia crítica y la solidez técnica en un camino de perfección que lo llevó de la sátira costumbrista a la denuncia sociopolítica.

Fueron, evidentemente, muchos, demasiados cuentos los que escribió Clarín. Casi todos ellos reflejan una inconfundible unidad de estilo, pero también una inevitable irregularidad que hace que convivan en estas ediciones completas los relatos prescindibles con obras maestras del género como Pipá, ¡Adiós, Cordera!, El frío del Papa o El dúo de la tos.

Corazón y cabeza, cielo y suelo, deseo y frustración, idealismo y realidad suelen estar en el centro de un debate en el que los personajes caeen con frecuencia en el bovarysmo y se crean una imagen falsa de sí mismos. Esos rasgos, comunes a los cuentos y a novelas cortas como Doña Berta, Cuervo y Superchería, se convierten en líneas de comunicación con la técnica novelística de La Regenta y Su único hijo.

No es el único trasvase de maneras de narrar: la mirada irónica de quien se siente, como antes Quevedo y luego Valle-Inclán, superior a sus criaturas, la atención al detalle y a la minuciosidad descriptiva de exteriores e interiores comunican también la narración larga con las formas breves que Clarín simultaneó durante sus años más creativos.

El segundo volumen, además de La Regenta y Su único hijo, recupera las diez novelas que Clarín dejó sin terminar. A desbrozar las estrategias narrativas que están en su base dedica Francisco Caudet el prólogo de ese tomo, cuyo eje es Vetusta y la sinfonía de voces y murmullos que es la banda sonora de esa ciudad gobernada desde los confesionarios, los salones aristocráticos y las tertulias del casino.

En esas dos novelas, repletas de personajes inolvidables, un Clarín pre-proustiano que se mueve entre el realismo y el simbolismo, entre el impulso romántico y la observación naturalista, indaga aún con inseguridad en un territorio narrativo que exploraría Proust decisivamente algunos años después.

Como en sus mejores relatos breves, la técnica compositiva se pone en estas novelas al servicio del análisis del hombre interior, su pensamiento, su sentir, su voluntad. Una técnica que llega a lo más profundo de unos personajes en los que conviven lo lúgubre y lo luminoso, la poesía y la prosa, lo blanco y lo negro, lo material y lo espiritual.

Como en todos los libros de la Bibliotheca Avrea, las abundantes e ilustrativas notas se colocan al final de cada tomo para no interrumpir la lectura fluida de los textos en una edición que será de referencia obligada en los próximos años.

Santos Domínguez

21/1/11

William Cliff. El pan cotidiano


William Cliff.
El pan cotidiano.
Traducción y prólogo de Rafael-José Díaz.
Pre-Textos. Valencia, 2010.

Con un texto fechado hace nueve años, en febrero de 2002, abre William Cliff El pan cotidiano, un largo y único poema de 140 estrofas de diez versos que se publicó en 2006 y aparece ahora en Pre-Textos con traducción y prólogo de Rafael-José Díaz, que ha hecho un meritorio trabajo de aproximación al tono original de la poesía del belga André Imberechts, que firma con el seudónimo William Cliff.

Un tono oscuro que refleja lo cotidiano con un lenguaje cotidiano en una desolada poesía intimista o urbana, calurosa o invernal, en la que se suceden los lugares y los tiempos, las estaciones del año y las del ferrocarril, y se evocan vagos movimientos de vida / que recuerden la existencia animal.

La insatisfacción, el trabajo degradante, la decrepitud física y la contaminación atmosférica son algunos de los temas de un poeta que, como señala Rafael-José Díaz en su prólogo, “no ha dejado en cada uno de sus libros de explorar territorios casi siempre vetados a la palabra supuestamente inmaculada del poema.”

Fechados entre febrero de 2002 y julio de 2005, los poemas de El pan cotidiano constituyen un diario discontinuo y fragmentario de impresiones y recuerdos, de soledad y bares, ensoñaciones y desalientos, preguntas y deseos, insomnios y excesos alcohólicos con la destrucción y el tiempo al fondo.

Cualquier hecho trivial le sirve al poeta para dar cauce a una desolada meditación existencial en la que la degradación del mundo es paralela a la decadencia personal. Un insecto agresivo o un condón usado, la receta de una sopa o el coloquio en una radio se convierten en estos poemas en metáforas del problemático sentido de la existencia.

O del sentido de la escritura, como en este texto, del 9 de octubre de 2003:

la nobleza del gesto de escritura
como el que hace ese escriba egipcio
que proyecta su alma hacia lo que soporta
y lo transmite al gesto de la mano
del corazón al dedo de la mirada al trazo
dibujado en lo blanco de la página
esa nobleza rara se dispone
a la creación de un elevado estilo
y no al mero abandono despreciable
que cae en las teclas de un ordenador


Santos Domínguez

19/1/11

Bestiario y fuga de Gabriel Sofer


Gabriel Sofer.
Bestiario y fuga.
El olivo azul. Córdoba, 2010.

El misterioso y brillante Gabriel Sofer vuelve a las librerías con un nuevo libro de relatos. Ilustrado por Lina Vila y publicado por El olivo azul, Bestiario y fuga es un fabulario secreto y neoyorkino, un bestiario contemporáneo y urbano.

Un cuervo vitalista y cínico y un palomo viejo, melancólico y reflexivo, los dos personajes centrales que evolucionan a través del valor dialéctico del diálogo, conversan en unos textos de estructura abierta, en un rosario de historias de arranque visual subrayado por las ilustraciones de Lina Vila.

Una fábula moral en Brooklyn, una indagación simbólica en el hombre y en su vida en fuga a través de los animales, de unos personajes vivos y contradictorios que huyen, cada uno a su manera. Y el arte de la fuga como técnica musical y literaria se convierte en la clave de un libro tan asombroso, tan intenso y tan complejo como su anterior Al final del mar.

Santos Domínguez

17/1/11

Ayala. Autobiografía(s)


Francisco Ayala.
Autobiografía(s).
Obras Completas II.
Galaxia Gutenberg /Círculo de Lectores.
Barcelona, 2010.


Entonces, el autorretrato que yo me pinto ante mis propios ojos, ¿no resultará también un retrato de "personaje desconocido"?

Con esa aguda conciencia autocrítica reflexionaba en 1991 Francisco Ayala acerca de la problemática sinceridad de las obras autobiográficas y sobre la propensión al autoengaño. La cita forma parte de Retrato de personaje desconocido, que es el capítulo inicial de El tiempo y yo o El mundo a la espalda, uno de los tres libros de memorias de Ayala que se recogen en Autobiografía(s).

Así se titula el segundo volumen de las Obras Completas de Francisco Ayala (1906-2009), que está publicando
Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores con edición de Carolyn Richmond. Un volumen que reúne por primera vez la totalidad de los textos autobiográficos de quien es una de las referencias literarias y éticas de la literatura y el pensamiento español del siglo XX.

En este volumen -del que forman parte textos esenciales como El tiempo y yo o El mundo a la espalda (1992) y De mis pasos en la tierra (1998)- ocupan un lugar central sus Recuerdos y olvidos (1906-2006), a los que se han incorporado los apéndices que no aparecían en las ediciones más recientes de unos textos que van mucho más allá de la simple autobiografía y contienen la conciencia lúcida y crítica de un siglo conflictivo.

Un siglo que le vio pasar del paraíso granadino de la infancia a la experiencia del destierro a través del brillante Madrid republicano; el duradero exilio bonaerense que dejó huellas imborrables en su vida y su acento porteño; los retornos profesorales desde Estados Unidos y los recuerdos que se intensifican a su regreso a España.

Conviven en estas páginas todas las facetas de Ayala: el escritor y el profesor, el novelista y el sociólogo, el crítico lúcido y el memorialista poco o nada autocomplaciente consigo mismo. Conviven también aquí la memoria, la realidad y la ficción que evoca Luis García Montero en el prólogo que presenta este volumen en el que un Ayala cercano conversa con el lector sobre el 27, el Berlín del nazismo, la España de la República, el exilio en Buenos Aires o la ciudad de Nueva York, sobre la creación artística, su relación con la realidad y su exigencia ética.

Un Ayala directo y completo, que con su intenso pulso narrativo hace un riguroso examen de conciencia en una cuidadísima edición que recupera su memoria, su vida y su literatura.

Santos Domínguez

14/1/11

Yo quisiera llover


Fernando Aramburu.
Yo quisiera llover.
Demipage. Madrid, 2010


Grata como susurro al escanciarte, en la memoria
de noches calurosas al borde de un abismo de besos,
entre brazos que habrán palidecido,
con tu presencia derramada me encuentro a cualquier hora

de la edad que hoy arrastro igual que a piedra.

Tú eres ya para mí más que un amor gozosa

manera noble de estar conmigo a buenas

con que quisiera perdurar hasta las nubes últimas,
en la boca tu amargo sabor sabio
y ofrecida a la mano y deliciosa
igual que cuerpo a nuestro antiguo afán tendido.

Hoy te tomo con sed insoportable

de juventud, en cálices comunes

que apuro al discurrir las anodinas horas

a la caducidad abandonadas.


Sáciame, mientras caigo como hoja

enferma de existencia consumida,

a tu modo cordial de suave soledad,
espuma deleitosa,
fresco amargor de quien espero sepa

un rato devolverme los días que pasaron,

de amable dios tardío sangre rubia.

Esos son los versos de Cerveza, uno de los poemas de Fernando Aramburu que publica Demipage en Yo quisiera llover, la antología poética en la que Juan Manuel Díaz de Guereñu recoge muestras de la producción poética del novelista entre 1977 y 2005.

Procedentes, salvo los poemas finales inéditos o no incluidos en libro, de los seis tomos de poesía que ha publicado Aramburu, los textos de Yo quisiera llover son en gran medida la historia de un desistimiento, la prehistoria de su obra narrativa, el retrato del autor en busca de una voz propia que finalmente se concretó en el relato y en la novela, donde encontró una mayor amplitud de campo para mirar el mundo y su mejor tono de voz para contarlo, aunque antes lo ensayó en textos como el que da título al volumen:

Yo quisiera llover, llover
interminablemente,
sentir que me deshago en una
larga melena de gotas finas y festivas.

Mi sueño es un caer, es un caer
que moja en la desamparada tarde
los muros
cenicientos, las lápidas, los rostros.

Santos Domínguez


12/1/11

Historia torcida de la literatura


Javier Traité.
Historia torcida de la literatura.
Principal de los libros. Barcelona, 2010.

Javier Traité, librero y blogger, ha escrito en Historia torcida de la literatura, que publica Principal de los libros, una desenfadada celebración de la literatura, una propuesta de acercamiento irreverente a los clásicos y sobre todo una ingeniosa invitación a la lectura.

De Gilgamesh a Jaroslav Hasek, sus páginas son un repaso a los cachondos de nuestros abuelos bíblicos o troyanos, un paseo medieval por el amanecerr de los golfos en el Tirant lo Blanc, por los cuentacuentos del XIV, por el Renacimiento del bueno, el feo y el malo (Moro, Rabelais y Maquiavelo), por las hostias como panes del Siglo de Oro y las rivalidades conceptistas y culteranas; por la Ilustración de Rousseau (un hijoputa) o por la depravación de Sade, autor de una literatura jodidísima.

De esos antecedentes surgen las plumas torcidas de nuestros padres decimonónicos, con su spleen y su golfería parisina, la resaca de vodka de los novelistas rusos, el joven Werther, el primer emo de la literatura, o el flipe drogadicto del XIX inglés.

Y así, de capítulo en capítulo, hasta llegar al resultado de todo esto, al fruto de toda esta historia, la literatura torcida del siglo XX: un Jack London desconcertante, un Faulkner alcohólico o las gónadas de Henry Miller, la ensaladilla británica de Virginia Woolf, Conrad y Lawrence, el frente latinoamericano y español o la fuerza de la narrativa germánica de Mann o Musil.

Con más humor de sal gorda que distancia irónica y un exceso gesticulador innecesario, porque tiende al trazo grueso y simple de la caricatura, este es un libro para iniciados cómplices. Lo leerán con gusto y sin sorpresa quienes ya estaban convencidos de que los clásicos no son aburridos ni habitan un territorio sagrado.

Por el contrario, quienes vean en la literatura una actividad masoquista diseñada para el sufrimiento estupendo y transcendente, quienes encuentren en ella una variante menos frailuna y más presentable del cilicio, deberían abstenerse de leer un libro como este.

Santos Domínguez

10/1/11

Papini



Giovanni Papini.
El piloto ciego.
Traducción de Paloma Alonso Alberti.
Prólogo de Alicia Mariño.
Rey Lear Editores, Madrid, 2009.

Giovanni Papini.
Palabras y sangre.
Traducción de Paloma Alonso Alberti.
Rey Lear. Madrid, 2010.

Giovanni Papini (Florencia, 1881-1956) es uno de los más genuinos representantes de la crisis de la cultura europea en el tránsito del XIX al XX. Esa crisis finisecular dio lugar a un irracionalismo artístico y literario que fue apartándose cada vez más de las tendencias realistas y se fue radicalizando hasta la explosión definitiva de las vanguardias.

En esa clave y en ese contexto hay que entender la producción narrativa de Papini, un autor polémico y contradictorio que pasó de proyectar su angustia en la provocación incendiaria a militar en el catolicismo y en el fascismo. Leída en esa clave irracionalista, la transición no fue tan abrupta.

Como descendiente de un cambiante Proteo lo admiró Borges, que reconoció en él a uno de sus maestros en la incursión de lo fantástico en lo real y destacó su contradictoria complejidad: pragmatista y romántico, ateo y después teólogo. No sabemos cuál es su cara, porque fueron muchas sus máscaras.

Rey Lear está recuperando desde el año pasado lo más significativo de su obra. Y con buen criterio ha iniciado esa recuperación por sus relatos cortos, antes de acometer la publicación de Gog, la obra mayor del proteico italiano.

A la publicación de los trece relatos de El piloto ciego (1909) se ha añadido recientemente otro volumen con los catorce cuentos que componen Palabras y sangre (1912), en los que un Papini desasosegado daba un paso más en la exploración del absurdo existencial, en la expresión de la angustia y el desconcierto previos a la Primera Guerra Mundial, una época en la que, como recordaba Borges, el hombre se reclinaba en su melancolía y en sus crepúsculos.

La melancolía, la subjetividad o la desaparición de las fronteras que separan la fantasía de una realidad huidiza y problemática se convierten en el vínculo que une las distintas piezas de este mundo narrativo que comparten un transfondo filosófico y una mirada distanciada y cruel.

Traducidos por Paloma Alonso Alberti, El piloto ciego y Palabras y sangre contienen algunos de los relatos -Dos imágenes en un estanque o El hombre que se perdió a si mismo- que podrían figurar en una antología contemporánea del género.

Santos Domínguez

7/1/11

Prosopoema del arte de la escritura

Lu Ji.
Wen fu.
Prosopoema del arte de la escritura.
Edición y traducción de
Pilar González España.
Cátedra. Madrid, 2010.

Así es el comienzo: se interioriza la visión, se adentran los sonidos. Se demora el pensamiento y todo se interroga.


Poesía y filosofía, literatura y tao, metáfora y psicología se funden en este Prosopoema del arte de la escritura que escribió Lu Ji en China a finales del siglo III.

Son poemas que hablan del poema, doscientos sesenta y dos versos, agrupados en quince capítulos y una coda, que constituyen una meditación metapoética sobre el proceso creativo en poesía, sobre la originalidad, la inseguridad del poeta, el misterio de la escritura, sobre la inspiración o la fusión de lenguaje y emoción transformada en luz en la caza nocturna del poema:

Desdeña las flores marchitas, ya abiertas, del amanecer, y quédate con los brotes tiernos, aún cerrados, de la noche.

Con prólogo y traducción de Pilar González España, responsable también de las minuciosas notas de la edición, aparece en Letras Universales de Cátedra este tratado sutil sobre la poesía, esta incursión intuitiva en la secreta oscuridad de la composición, en la escritura como proceso de búsqueda y expresión de emociones.

Y como experiencia creativa que convoca en el texto tradición y renovación, porque partiendo de lo antiguo se puede llegar a lo nuevo y establecer un diálogo entre las transgresiones del presente y la destreza de los clásicos:

A veces miras atrás, y te llama un pasaje previo. A veces miras adelante y te impulsa un pasaje futuro.


Santos Domínguez

5/1/11

En busca del tiempo perdido

Marcel Proust.
En busca del tiempo perdido.
Traducción de Carlos Manzano.
Debolsillo. Barcelona, 2010.

Debolsillo edita un estuche con los siete volúmenes de En busca del tiempo perdido en tapa dura. Obra esencial en la literatura contemporánea, Proust dejó en ella el relato de su vocación literaria y reinventó su vida en una autobiografía ficticia a través de la evocación de lugares y sensaciones, de la crónica social de doscientos personajes en los ambientes refinados de comienzos del siglo XX.

La densidad de una novela que indaga en la densidad del recuerdo a través de la memoria involuntaria y de un tiempo interior y subjetivo cuya lentitud desorientó a André Gide, que emitió un informe negativo para Gallimard en el que mostraba su rechazo a que Proust empleara treinta páginas minuciosas para evocar las vueltas que da en la cama el narrador desvelado.

En sus miles de páginas, el eje es el tiempo perdido, pero sobre todo la experiencia de búsqueda, el tiempo recobrado en un entramado circular, la salvación a través del arte, porque el pasado forma parte del presente y, para recuperarlo a través del arte, Proust recurre a un pintor, a un novelista y a un músico.

Porque la verdadera vida, la única vida vivida con intensidad es la literatura, concluye en El tiempo recobrado, en el que vuelve un pasado que se desdobla en un presente que superpone la realidad y la ficción en la memoria del narrador protagonista envejecido, confundido él también con su autor. Así se cierra un círculo temporal que regresa al punto de partida de la serie, al momento narrativo en que confluyen el tiempo del narrador y el tiempo narrado.

El descubrimiento del mundo, el despertar sexual, los celos y la muerte, la aristocracia de los Guermantes, la homosexualidad, el refinamiento y la melancolía en París y en Combray, las ilusiones perdidas y la decadencia irreversible de un mundo que muere, reflejada a través del snob Swan y el barón de Charlus, de Odette y Albertine. Un pasado en el que la memoria superpone ficción y realidad, igual que se superponen lo consciente y lo subconsciente, la voz del narrador y la del autor y los tiempos distintos en los que viven.

Amor, tiempo y deseo al fondo, al otro lado de la habitación forrada de corcho en la que escribía Proust, con una insuperable capacidad estilística para crear atmósferas y monólogos interiores de una lentísima elegancia en los que se refleja una languidez espiritual que inunda su estilo, recuperado también en la traducción de Carlos Manzano, que propone la mejor versión española de la serie proustiana.

Santos Domínguez


3/1/11

Rimbaud


Edmund White.
Rimbaud.
Traducción de
Nicole d’Amonville Alegría.
Lumen. Barcelona, 2010.

Descubrí a Rimbaud, en 1956, cuando tenía dieciséis años. (...) Siendo yo un desgraciado adolescente gay, sofocado por el aburrimiento y la frustración sexual, y paralizado por el odio hacia mí mismo, anhelaba huir a Nueva York y triunfar como escritor; me identificaba completamente con los deseos de Rimbaud de ser libre, de ser publicado, de ser sensual, de ir a París. Lo único de lo que carecía era de su arrojo. Y de su genio. (...) El mito de Rimbaud me parecía a la vez enigmático y emocionante.

Edmund White, novelista y ensayista norteamericano, profesor en la universidad de Princeton y crítico literario, inicia con esas palabras la biografía de Rimbaud que publicó hace dos años y que acaba de editar en español Lumen con traducción de Nicole d’Amonville Alegría.

Es un acercamiento a aquel niño “alarmantemente bueno”, al estudiante ejemplar de Charleville, con una madre fastidiosa y un padre huido de casa, al adolescente rebelde, precoz y procaz, al ángel infernal del exceso que cambió la poesía europea en cuatro años de escritura.

Su evolución vital fue paralela a su evolución literaria. Pasó de imitar a Horacio en anacrónicas composiciones en latín al deslumbramiento parnasiano por lo nuevo y a una ruptura radical con la tradición.

En pocos escritores se cruzan vida y obra con tanta intensidad como en Rimbaud. Lo subraya Edmund White en este párrafo: Yeats dijo que el escritor ha de elegir entre la vida y la obra; Rimbaud terminó eligiendo las dos cosas.

Buscó el escándalo desde sus primeros poemas en francés, como Las buscadoras de piojos, que escribió a la vez que se declaraba en rebeldía con el mundo, se escapaba de casa y comenzaba una interminable peripecia de vagabundeos que expresaban su aversión al sedentarismo.

Propenso a las máscaras, Rimbaud escribió en una ocasión Yo es otro, para aludir a su propio desdoblamiento en ángel de luz y de tinieblas, a la convivencia en él de la inocencia y la depravación. La vida y la obra de Rimbaud están instaladas en una zona de sombra, en una opacidad misteriosa y llena de contradicciones. Escribió poemas heterosexuales antes de irse a los 16 años con Verlaine, que le siguió en sus idas y venidas tortuosas y violentas, y comparte protagonismo con Rimbaud en la parte central y más intensa de esta magnífica biografía.

Rimbaud dominaba a Verlaine, el poeta de más edad. Rimbaud era el principal, el "esposo infernal", y Verlaine, diez años mayor y casado, era la pasiva, “virgen fatua.”

Con Verlaine practicó el exceso del libertinaje, de la absenta y el hachís, y mostró la parte más brillante de su poesía, su incapacidad para las relaciones sociales y su tendencia provocativa y egotista. Aquellas relaciones, que los condujeron a una estancia en Londres evocada por Cernuda en un memorable poema, desembocaron en una situación de ruptura a mano armada en Bruselas.

Tras esos episodios intensos vino la separación definitiva de Verlaine y de la poesía. Rimbaud vagabundeó por las calles y los tugurios de Europa, llegó a Alejandría, El Cairo y Java, y acabó traficando con esclavos y armas en Somalia y Etiopía. Una década en el Norte de África y Arabia, el actual Yemen. Allí empezó a sufrir el cáncer de huesos que acabaría con su vida en Marsella en 1891.

Este Rimbaud de White propone también un recorrido por su poesía, por la potencia visionaria de sus sinestesias, hace un interesante análisis de Una estación en el infierno y de otros poemas de un poeta decisivo cuya vida osciló entre el arrebato ascético y el exceso alcohólico, entre la actitud del gamberro indeseable y la inspiración del genio.

Canalla o mártir, aquel gamberro iluminado, aquel genio perverso y adolescente tal vez renunció a la poesía cuando dejó de ser para él la imagen de la verdad absoluta. Entonces posiblemente pensó que ya no tenía nada que decir. Y esa es la clave de su última obra, Una estación en el infierno, un texto atravesado por la angustia de quien reniega a partir de entonces de su medio de expresión y de la poesía visionaria.

Dejó de escribir a la edad en la que muchos empiezan. Con veinte años renunció a la literatura, pero antes dejó puestas las bases de la poesía contemporánea:

Fue el poeta más experimental de su época, alguien que en los cuatro breves años de su carrera logró tener tres estilos completamente distintos, mientras que Verlaine fue una voz mucho más lírica.

Pese a asedios tan eficaces y brillantes como el de Edmund White, Rimbaud sigue siendo una “leyenda duradera, autocontradictoria y extendida, (...) el poeta que sigue eludiéndonos, el que corre por delante de nosotros, justo fuera de nuestro alcance, con sus “suelas al viento.”


Santos Domínguez